Ambas descendieron de una espectacular moto blanca, tomadas de la mano, sonriendo con ternura, subieron las escalinatas por entre majestuosos jardines de un lujoso hotel, contratado por Paris, es su nombre, veintiocho años, profesional, con un status social por ser nativa en un país desarrollado donde las personas logran acomodarse socialmente a temprana edad.  Lo tenía todo, y también tenía el amor.  Con esa manera de ser que la distinguía, con un marcado carácter intelectual, siempre conservadora del dominio de si misma, diplomática con el trato a los demás, amante de los desafíos, con independencia personal.  Pero había conocido el amor, y ese amor era un desafío.
En una reunión ocasional y sin importancia la conoció a ella, y en ese momento tocó el cielo con las manos, sintió latir su corazón.  ¿Un amor que ella induciría? ¿Un amor que ella conquistaría? O ¿Un amor que ella construiría?  Le gustó su rostro, sus cabellos rubios, sus ojos de un profundo color celeste, su aspecto tímido,  París la veía culta y refinada; se acercó a ella y no demoró en descubrir que era susceptible y fácil de manipular.  ¡Encontró el amor de una manera tan fácil y natural para ella!
Lo tenía todo planeado, sin olvidar detalles para disfrutar unos días con ella.
Lo tenía todo programado.  Una boda espectacular y un departamento confortable que compartiría con ella.  Nada en su vida podía salir mal.  ¡Absolutamente nada!
Salió de sus pensamientos cuando ingresaron al hall del hotel, dirigiéndose a la recepción anunciando su llegada.  El conserje verificó la reserva ante la orgullosa París y mirándola fijo a los ojos le hizo una observación.  París se sorprendió y entrando en cólera llamó al gerente del hotel, quien  sostuvo la misma observación.  París estaba fuera de si, la mujer rubia trataba de todas formas de persuadirla, hasta que lo consiguió.  Ingresaron a la mujer rubia a la suitte contratada, mientras que a París le destinaron una habitación al fondo del hall cuyas dimensiones eran el ancho y largo de la cama.  Sin valijas.  Sin compañía de su amada.  En una habitación minúscula.  Explotó en su enojo, porque todo era desagradable.
El enojo no le permitía pensar en nada más que no fuera "la discriminación". No por su condición social,  no por su belleza, puesto que París era hermosa, solo por ser morena.
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El enojo no le permitía pensar cuantas veces en su vida había hecho algo similar, o peor tal vez.  La vida le estaba mostrando la otra cara de la moneda y montada en su soberbia no se daba permiso en pensar en errores del pasado.
Poco a poco, extenuada se adormecía, sin relajarse del todo sentada en la cama, con la mirada fija en el paño que decía cumplir la función de una cortina.  Le pareció ver que la punta del extremo inferior derecho de ese paño se movía, tuvo una sensación extraña porque no corrió ninguna brisa de aire en el lugar. Nuevamente se percató del movimiento,  decidió cerciorarse de lo que veía cuando... el extremo superior derecho se desprendió del clavo que la sostenía, continuó con movimientos armónicos en la tela formando un cuerpo, de Cortina; hasta desprenderse totalmente y caer al suelo parada en ambas piernas, de Cortina, levantando sus brazos, dio un paso y aceleró el segundo, el tercero, aún más el cuarto y traspasó la pared saliendo al exterior de la habitación.
Perpleja vio el vacío que había dejado descubriendo la pequeña ventana.  Sin entender  abrió la puerta mirando al pasillo y vio la Cortina correr y subir en el ascensor.  París la alcanza  cuando se cierra la puerta, se apresura a subir por las escaleras y la ve que desciende en el primer piso y traspasa el techo, la persigue hasta llegar al último piso del edificio, este estaba en construcción, habían grandes rollos de telas,  todos apilados, fijó la atención en dos de ellos que se iluminaban.
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La luz brillante de las telas la ingresaron al más alto nivel mental, invitándola a sumergirse en un estado temporal y transitorio de esa etapa de la vida con actitudes y sentimientos no definidos, que con la excusa de correr tras la Cortina estaba dejando atrás, ese movimiento de ideas que la sumergían a recordar sus actitudes profesionales o comerciales, los sentimientos sexuales y al amor, y lo más profundo que había en ella y que nunca permitió conocer, como las virtudes de un soñador.  Mirar las telas brillar, era una experiencia perturbadora, aunque fuera una tontería pensar en el significado de estar parada ahí, en ese lugar, en ese instante: la ingenuidad, la culpabilidad, la poca preparación, la simpleza.  Cosas, que a lo largo de la vida podía encontrar en ocasiones de sentirse expuesta, en la que la habían encontrado desprevenida, porque su primer pensamiento al mirar las telas iluminadas fue "se pueden confeccionar muchas sábanas para camitas de niños". ¡Ese pensamiento pasó por la cabeza de París!, estaba dejando salir a la luz sus sentimientos de pobreza, de falta de protección, de amor, de aquellas necesidades que pueden ser las necesidades de la vida. Como darse cuenta de su condición estéril, vacía, expuestos al azar frente a los elementos y a los caprichos de la humanidad...
Entonces vio la Cortina correr, y quiso alcanzarla, el panorama cambió,  estaba en el exterior del edificio, ¡no podía salir de su asombro!, su cuerpo recto y duro, sus ojos bien abiertos, caminaba mirando a un lado y al otro, ¡todo en ruinas! ¿Era el final de una guerra?; miraba donde ponía sus pies por entre los escombros, hasta que chocó con una montaña de colchones nuevos impidiéndole avanzar ¡se sorprendió aún más! Y pensó:" bajo estas condiciones ¿cuántos niños y familias los necesitarán?".  Ese pensamiento la conducía a darse cuenta que jamás se había interesado por cuestiones domésticas.
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A su izquierda, vio la Cortina correr, la siguió hasta llegar a una calle sin salida, de entre los escombros sale un hombre vestido de soldado portando un arma de fuego apuntándole directamente a ella gritando como un loco, vio que la calle estaba empapada de combustible, se encontró en una posición en la que no tenía escapatoria.  Esta vez su pensamiento fue más elevado aún, concreto, se trataba no de decidir; evidentemente hasta el momento su vida había sido todo un problema, y recurrió a lo único que tenía en ese instante, elevó su mentón, su rostro al cielo, su mirada fija buscando sumergirse en la luz del sol, cuando escucho el rugir de un motor y vio a su amada conducir con maestría esa moto blanca, ¡se sorprendió nuevamente! Al ver el rostro de la mujer rubia disgustada porque París estaba en ese lugar, ¡estaba descubriendo otra faceta! Que la inducía a tomar una firme resolución de elegir, y no lo dudó.
Montó a la moto agarrando con dominio el volante, rugió el motor mientras la giraba para salir de allí, aceleró en el instante en que el soldado lanzaba una llamarada de fuego incendiándolo todo.  París recurrió a las reservas de entusiasmo y de energía, lo que en realidad para ella significaba recurrir al concepto general de la vida, porque en ese momento estaba en crisis y debía hacerle frente a esa situación que la estaba poniendo a prueba y la elección era el impulso de seguir el camino emprendido.
La rueda trasera de la moto patinó sobre el combustible, y rodó en una sola rueda, la  delantera se elevó como la trompa de un elefante y salió acelerada, siguiendo a la Cortina que se dibujaba como una sombra en el horizonte.   En algún momento perdió a su compañera, no le importó.  El motor de la moto dejó de rugir, sintió que se elevaba, parecía volar.  En el horizonte brillaba un inmenso Sol amarillo.  Apenas se divisaba la sombra de la silueta de la Cortina fundiéndose en El.
Y París seguía ese camino indicado, intentando fundirse en la fuente de calor más potente de la mitología, porque ya no importaba cual fuera el nivel de desarrollo alcanzado, sino que era probable que el hecho de subrayar su entusiasmo, justificaba su satisfacción interior.
Y se iluminó la moto blanca.
Y se iluminó París, fundiéndose en el Sol...
TITULO DE LA OBRA:  "LA ELECCIÓN
                                            Que justificaba su satisfacción interior"
Autora:  Liana
1960

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