"Se doblaban las rodillas por el cansancio, los músculos de sus piernas brillaban como aceitadas y endurecidos por la larga caminata.  Sus pies descalzos se enterraban en una arena color siena, mojada por el lento y suave oleaje del mar. Con un simple vestido de lino blanco,  se aferraba al chal  envolviendo su cabeza cubriendo su cuello y hombro.  Su mirada fija en el horizonte, siempre mirando adelante.  Siempre, mirando, adelante...
El color del cielo un gris plomo del mismo color del mar, no había estrellas en el cielo, tampoco una luna blanca.  Sus pies paso a paso seguían enterrándose en esa arena mojada, parecía que no respiraba, su cuerpo estaba helado y mojado por la brisa del mar.  Había dejado de sentir frío, por tanto frío que sintió.  Ella solo caminaba avanzando, dominada por la fuerza de un pensamiento.  Algo estaba fijo en su mente, tal vez un objetivo, tal vez... un recuerdo.
Ni siquiera la mente se aceleraba para distinguir alguna imagen lejana.  Nada en ella tenía interés. 
Todo era silencio, un curioso silencio hasta  imposible estando a la orilla del mar.
El paisaje era uno.  Los colores una perfecta armonía.  El movimiento del mar con el movimiento de la mujer al caminar, era solo armonía.
El silencio de la noche..., el movimiento imperceptible.  La armonía..., la armonía.
De la que ella estaba ausente, pues su mente estaba fija, en algo, tan lejano."
Tan lejano como el canto del pájaro nocturno despidiendo la noche;  como los pasos de ese perseverante trabajador.  Y perder la noción del tiempo, hasta despertar por ese rayo de sol entrando por la ventana, pensando en el sueño.  Un sueño que se repetía continuamente durante muchos años, siempre la misma mujer, con un objetivo que no se definía en el sueño, un misterio que ella creía saber.  Pero era solo un sueño, ya estaba despierta y un día de acción prometía comenzar.  Se vistió de acuerdo al día, ni frío, ni caliente, templado quizás.  Apenas unos pasos y ya estaba en el baño.  Lo primero que hizo fue mirarse al espejo, y vio reflejado un rostro relajado y que no terminaba de despertar, entonces decidió regalarle una sonrisa, la imagen del espejo le devolvió una persona agradable de sentimientos, le pareció recibir una risa, entonces rió,  hasta reír a carcajadas, lo hizo impulsada no por un motivo de la mente, sino por un fuerte sentimiento de reír acompañada por la imagen del espejo que tal vez  era ella desde su interior, pero para el caso no importaba, y entre risas y carcajadas lavó su rostro, fregó sus dientes, peinó sus cabellos, arqueó sus pestañas, embelleció sus ojos, se sentía alegre y dispuesta a vivir ese nuevo día del que tenía oportunidad de hacerlo.
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Salió del baño fue a la sala de estar y abrió las cortinas del ventanal,  permitiendo que el sol se expandiera en la habitación, girando y danzando llegó a la cocina y preparó un té para desayunar, como costumbre  desayunaba parada, apoyada por la espalda en la mesada de la cocina, ambas manos abrazando la taza caliente como capturando ese calor que le resultaba agradable, mirando a su alrededor.  Estaba sola,  pues sus hijos como todas las mañanas de la semana tenían sus actividades programadas.
Terminó su té, caminó hasta la habitación, tomó sábana y frazadas de la cama y las abrió como las hojas de un libro, para ventilar y sacudir. Ese movimiento del brazo al abrir la sábana, era automático en el ritmo de un trabajo, es imperceptible a los sucesos, porque ocasionan un movimiento que la persona no se da cuenta, pero ese movimiento abrió sucesos en su mente,  fijando la vista en el color de la sábana viajó a los recuerdos, esa cama con colchón la había cambiado tres veces, se había asesorado sobre las energías que circulan en una habitación, la posición de los muebles,  a los puntos cardinales, a los espacios libres alrededor de la casa, los colores de las paredes, los adornos, recordaba cada detalle y cada detalle de esos la separaba de aquel hombre que había elegido para compartir el resto de sus días, porque era así, ella había elegido a ese hombre para compartir el resto de su vida, ella había soñado en construir un hogar, una familia, un presente, un futuro, un pasado con historia, con obstáculos, con crisis, con alegrías con satisfacciones de haber vivido.
Cada cosa en la que creyó la separó de él.  Cada proyecto que puso en acción la separó aún más de él.  Hasta que llegó a una posición donde la vida la puso en una encrucijada y tuvo que hacer una elección, para ello se tomó tiempo, donde analizó absolutamente todo, en ese tiempo salieron a la luz sus sueños, sus ilusiones, sus esperanzas, sus proyectos y sus grandes ideales.
Que la mente trajera de algún lugar en donde estaban archivadas todos esos anhelos, ¡era sorprendente!  Como sorprendente es también dedicarle tiempo a la toma de desiciones.  Se había dado cuenta de la elaboración de sus anhelos.  Podía contar con los dedos de la mano uno a uno los años, de convivencia en matrimonio,  creyendo estar enamorada, paralelo a los años elaborando sueños.
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Y fueron los grandes ideales los que hicieron que ella tomara una fuerte determinación de cambiar el rumbo de su vida.  Él una vez más, como otras tantas partió de la casa, y ella le dijo adiós agradeciendo el compartir, bendiciendo el presente, bendiciendo el futuro, el que sentía en el fondo de su corazón que sería prometedor de nuevos y buenos horizontes.
Había pintado todo de blanco, paredes, puertas, ventanas, cortinas blancas.  El blanco son todos los colores,  representando la pureza, la nieve, el hielo, el frío y cuando todo es blanco mejor se refleja la luz del sol.
Juntó ambas manos en posición de rezo, las colocó entre sus piernas y se sentó lentamente en la cama con la mirada fija en el exterior a través de la ventana, miró solo miró, sin pensar y allí se quedó un montón de minutos.  Miró un punto lejano, miró más allá de la cerca de la casa vecina, más allá de las calles, de las casas del barrio, miró aquel punto lejano de la playa en la orilla del mar.
Ese sueño que se repetía durante años, que durante el día le hacía recordar cosas extrañas que no podía definir y creer que en algún momento ella aparecería en el Impulsada se levantó y fue al jardín.  Aquel día extraordinario,  podía romper con las cosas que hacía habitualmente, no trabajaría ese día, los hijos no estaban, no tenía la obligación de almorzar, ese tiempo lo dedicaría a regar el jardín.  La lluvia se había tomado un largo descanso. Le dedicó gran parte del día a esa tarea, la disfrutó.  Siempre sintió pasión por la música, le parecía escucharla en el aire, acompañada de las voces del canto de los pájaros los que la exaltaban en alegría. No permitió interferencias de la mente en ese contacto con la naturaleza elemental.  Después de esa tarea, haría algo distinto: cumpliría con el deseo de estudiar un idioma madre y ese día, era el último para la inscripción y el primero de clases, en un lugar distante de su casa, debía tomar dos transportes para asistir, así que sacó del cajón de la mesa de luz un pequeño aparato grabador y reproductor de sonido para escuchar música durante su viaje. 
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Pulsó el reproductor en la grabación número veinte, no recordaba su contenido, un joven cantaba un poema de un pájaro azul en un idioma oriental.  En el cielo por el horario ya no volaban las aves, si volaba el transporte público por la avenida llevándola a destino. Viajando en conjunto físico mental justificando el tiempo para conectarse con el más allá e imaginar el estar en una lujosa limousine, compartirla con desconocidos  que le hicieran señal de detente en alguna esquina a su  chofer. Escuchando esa melodía, donde solo la mente podía traer la traducción del poema, ella sabía lo que decía sin entender el idioma.  Y después del silencio sonó la voz de un hombre cantando una canción como improvisada, con un relato de una historia que él la cantó, y que ella tenía grabada por aprovechar una oportunidad. Él con suave voz, cantaba una historia de cómo su brazo había quedado completo.
Él, que vivía en algún lugar del otro hemisferio. Él, al que ella vio ese día en un medio audiovisual, y sintió latir su corazón.
El destino le había dado la oportunidad de estar con la grabadora en la mano y capturar esa voz.  Sonrió, mientras escuchaba su voz al cantar.  Y sintió relajarse el corazón en el centro de su pecho.  Suspiró.  Y con ese suspiro parecía decirle al Creador, las cosas locas que hacía Él con su creación y en los juegos que la sometía y en las que ella se enredaba con ilusión.
Al salir del curso la noche estaba presente.  Y una luna que comenzaba a crecer se veía blanca en el fondo oscuro del cielo. El transporte había llegado junto con ella a la parada y paradas más adelante subió un hombre con un instrumento de cuerdas y cantó dos canciones populares,  alegrando gran parte del trayecto.  No despegó los ojos de los gestos de aquel hombre, prestó atención siguiendo el ritmo con el movimiento de su pie derecho, le agradó el detalle cuando pasó su gorra recogiendo el beneficio del dinero, entregaba un caramelo de colores a cambio,  ella egoístamente lo guardó en su bolsa,  sabía, que en algún momento alguien extendería su mano y ella lo depositaría, era tan importante para ella que cualquier impulso que la llevara a una acción diferente en su vida, el Creador derramara  su Gracia con algún don que le hiciera sentir lo agradable del momento.
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Llegó a su casa, compartió la cena con sus hijos y las anécdotas.  No podía dejar de lado su esencia de "mujer cuenta cuentos".  Su esencia de extrema fantasía.
Sentada entre las sábanas de su cama, bebía un té de hierbas  de a sorbos dedicando unos minutos a la lectura,  momento para desconectarse y/o conectarse, leía algo diferente a su vida, le apasionaban las historias de piratas, viajaba con los relatos, podía viajar a lugares lejanos, y podía sentir la adrenalina de los pobladores construyendo fortalezas para cuidar sus tesoros que luego eran arrebatados por los piratas, historias de siglos atrás, historias que siguen permanentes en el presente,  escuchando una música orquestada hasta que la vencía el sueño.
Perder la noción del tiempo.
No solo en el estado de relajar el cuerpo, dormir e ingresar a los umbrales del sueño.
La mayoría de las veces es perder la noción del tiempo transcurrido en la vida.
Se va dejando en el pasado la infancia, la niñez, la adolescencia, la juventud.  Donde más se pierde la noción del tiempo es en el recuerdo de las motivaciones.  ¿Qué motivó a jugar con muñecas?, ¿Qué motivó aquellos días de la niñez a orinarse en la cama? ¿Qué motivó a temblar  ante la pregunta de un profesor? ¿Qué motivó a dudar en hacer algo o no? ¿Qué motivo tuvo la vida? ¿Qué motivo tuvo ella al vivirla?
Porque esa fuerte motivación existió en cada momento, en cada instante aún imperceptible.  Es lo mismo que pensar que motiva dormir, que motiva despertarse.
 "Las imágenes se aceleraban cada vez más, algo que estaba distante en instantes quedaba frente a los ojos.  Solo se escuchaba el ruido de un motor acelerado.  Se sentía el nerviosismo en el lugar.  Escuchaba sollozar a su lado un llanto contenido de una mujer.  Y veía a su frente un camino azul bordeando un alto acantilado y al otro costado de la ruta piedras de montaña, luego un descender a gran velocidad.  La sensación de vértigo.  Se veía claramente las manos de un hombre al volante de un auto.  El auto que rodaba por ese camino a gran velocidad.  Y el paisaje cambió.  El acantilado, las piedras de la montaña parecían haber quedado bien atrás, el auto seguía a gran velocidad. La ruta tenía otros autos que se desplazaban a menor velocidad.  La sensación de correr como locos peligrando la vida y el sonido mudo del llanto de una mujer. La fuerte luz encandilando al conductor, el cruce de rutas, las advertencia señalizadas en el camino, el no respetarlas por no importar, el apuro...y gritos. Ruidos a fuertes impactos.  Y corrían, dando manotazos para separar despejando el camino a su paso los espesos matorrales en el corazón de una selva.  Se escuchaba la respiración agitada de correr, con alegría y la voz de un  hombre pidiéndole a ella que se acercara más, y salieron de los espesos matorrales a un valle claro, verde, fértil.  Él se acercó mirándola con amor, ella le extendió su mano.  La sensación del calor, de la humedad de esa mano en las manos de él,  la emoción de haber vivido el vértigo en la ruta;  ¡una gran emoción, de haber llegado por fin, a ese lugar!.  Allí estaban con sus corazones latiendo agitados; de concluir el pacto y dar el salto a lo desconocido, saltando tomados de la mano un arroyo de agua cristalina.   Y la fuerte sensación de él al saltar, sentir la mano de ella  soltando la de él.  Mientras caía sobre la tierra húmeda  giraba su cuerpo para mirar atrás viéndola a ella con una luz blanca resplandeciente y clara, con sus pies descalzos y firmes a la orilla del arroyo, el vestido de lino blanco, y el chal  resbalándose por los hombros y sus brazos hasta caer sobre el barro.  ¡Fue lo último que vio!"
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La luz del sol pegaba en su cara, con ambas manos cubrió su rostro como buscando oscuridad.  Despertó de golpe.  Inhaló profundo y exhaló.  Era solo un sueño, que se repetía, que se repetía...
Se había convertido en una gran investigadora.  Sus sueños la obligaban ha hacerlo.  La intensa actividad nocturna la conducía a una intensa actividad diurna.  Decir que tenía ratos libres era inventar que los tenía.  Su trabajo estaba relacionado con escuchar problemas de las personas.  En algún lugar la había ubicado El Creador, ella ignoraba que pieza era en el tablero de ajedrez, lo que no ignoraba era que ella era parte de esa jugada maestra. Las circunstancias la fueron convirtiendo en una ermitaña.  Podía tener recuerdos dolorosos y alegres de la familia.  De aquellos que la vieron nacer, que la vieron crecer y que la vieron partir.  Podía tener recuerdos anecdóticos y aventureros de aquellos que por momentos compartieron con ella experiencias en su niñez, en su juventud.  Pero había llegado a un estadio de su vida,  mostrando un temperamento nervioso e inquieto, irresponsable a los demás la mayoría de las veces, donde podía recordar: ¡que la motivaba a vivir!, y eso la desprendía, al punto de no importarle nada.  En algún momento le puso nombre a esos motivos, les llamó desarraigos.  Pero los desarraigos la llevaron a competir con la vida y ella se desarraigó antes.  Confundió las cosas.  Confundió su vida.  Hasta que le encontró sentido.  Por eso trabajaba para la gente.  Descubrió que el dinero era una energía para equilibrar, por eso se sentía dichosa.  El Creador le proveía de todo y ella se daba el lujo de soñar.  Tenía en claro que debía aceptar las cosas tal como eran, como también tenía en claro que debía construir para que sus sueños se hicieran realidad.
Descubrió que el amor no dura para siempre.  Descubrió que aquello que amó con fuerza otro día se puede rechazar.  Y cada vez que se enamoró lo sintió como si fuera la primera vez.  Y dejar un amor, era darle lugar a otro.  Descubrió que en ella la fidelidad no existe como lo define la palabra misma. Descubrió que la fidelidad es una sensación.  Y el amor es el amor, y amar no tiene límites, y amar no tiene raza, y amar no tiene sexo, porque el amor es la vida y eso la convertía en una idealista.
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Hay cosas que ella no podía explicar, como el estar parada en medio del jardín y que un picaflor girara alrededor de ella dejándole sentir el aleteo golpeando su cuerpito.  Con sus ojos podía ver el picaflor girando alrededor de ella y con su cuerpo percibir la sensación placentera y con la mente sentirse única, única en esa experiencia.  Es la energía del amor.; es la energía de vivir en un mundo diferente estando en el mundo de los demás.  Un amor idealista. 
"La armonía del color de la noche, el color del mar, el color de la arena.  El silencio.
Los ojos de esa mujer estaban fijos en la sombra que cada vez se distinguía mejor.
A pesar de tener el cuerpo mojado y frío, no sentía el cansancio.  Solo tenía centrado su pensamiento en una sola cosa, era lo que la motivaba a avanzar.
Las rocas, la tierra mojada de un barranco un camino sinuoso en ascensión era lo que se presentaba ante sus ojos, a los lejos luces tenues brillando en la oscuridad dispersas, distantes y las sombras de siluetas de un poblado cerca del mar, ascendió dejando rodar al avance de sus pasos tierra y cada vez tierra más seca.  La curva de un camino.  De la oscuridad un hombre salió a su encuentro.
La sensación de los latidos del corazón en el centro de su pecho.  La sensación de la mano húmeda y fría de ella en la mano seca y calida de él. La sensación de la alegría en su mirada porque ella estaba allí.
Él sabia que ella llegaría por eso no le importó esperar, el tiempo que sea.
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Tomados de la mano, avanzando cada uno con el mismo pie, como puestos de acuerdo, se miraban a los ojos, subieron las escalinatas hasta llegar a una plaza de piedra, y subieron más escaleras  hasta llegar a un desván de una casa.  Ella se sentó en una banqueta de madera.  Él la envolvió con una manta, y también le envolvió sus pies.  Ella comenzaba a temblar de frío. El abrió la ventana que dejaba ver desde esa altura el inmenso horizonte del mar, que se confundía con el infinito horizonte del cielo.  Encendió un candelero que iluminó la habitación con una tenue luz dorada.  Se arrodilló frente a ella y del piso levantó un cofre en forma de arcón, que le entregó y ella lo abrazó, él levantó su mano derecha mostrando una llave labrada de plata que brilló destellando una luz reluciente, la que le entregó a ella, que con ternura colgó del cuello de su amado.  Y se fundieron en un abrazo de amor.  La sensación del amor pactado por toda la eternidad".
Saber que no tenía que despertarse temprano la relajaba a despertarse a cualquier hora del día.  Saber que no tendría que ir a trabajar la motivaba a hacer nada.  Pensó que en algún lugar lo había guardado. Pensó que la búsqueda no planificada no tendría sentido, mejor sería revisar ordenar y desechar lo innecesario hasta llegar a el. Así pasó el día, con imágenes que le venían a su mente de lugares donde creía haber estado y decidió iniciar una búsqueda concreta de un lugar en el mundo, partir y vivir en el lugar de sus sueños.  Hasta que encontró un pequeño cofre que le había regalado su abuela, que entraba entre sus manos, negro con contornos metálicos dorados y bordado con hilos de oro.  Nunca lo había abierto, no sabía lo que contenía.  Ese día no lo abriría tampoco, por una promesa realizada a su abuela.  Era eso lo que buscó todo el día, el cofre.
Los días transcurrieron, como transcurren los días, mientras planificaba con sus hijos mudarse a algún lugar en el mundo, buscó intensamente hasta encontrarlo.  Programaron la partida y hacia allá se trasladaron los tres.
Estar en un lugar nuevo significa ambientarse con la casa, ambientarse con la gente, ambientarse con el lugar, y eso lleva un tiempo, como también se experimentan grandes sensaciones: que alguna vez  estuvo allí.  Vivir  era inhalar los recuerdos; y ser transportada en el tiempo con solo cerrar sus ojos.
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"Parecían lenguas de fuego, las antorchas que iluminaban las calles del poblado, parecían pequeños dragones custodiando la ciudad, y en el centro de la plaza, la música, mesas alrededor con familias comiendo y bebiendo alegremente.  Las jóvenes  se hablaban al oído, mientras los muchachos ejecutaban instrumentos, otros cantaban, otros bebían y otros invitaban a las niñas a bailar.  La sensación de estar como un firme testigo mirando todo ese escenario, el palpitar del corazón con unos nervios fuera de lugar y mirar ansioso a todos lados sin fijarlos en ninguno.  Y allí apareció, la mujer que él amaba.
Se quedó petrificado por un momento, quieto, lo único que se movía era su corazón.
Ambos caminaron a su encuentro, se tomaron de las manos y danzaron, giraron al ritmo de la música y los cantos, se miraron, sonrieron, sintieron la felicidad. Tomados de la mano subieron las escalinatas de un lugar que estaba adornado con tules blancos y flores rojas, tan rojas que se perdían en la noche, hasta llegar a la cima, y allí en algo que simbolizaba un altar, estaba apoyado un pequeño cofre en forma de arcón a su lado  una llave de plata que brillaba como la luz de la luna.  Ella tomó la llave y abrió el arcón, y sobre una tela aterciopelada roja estaba depositado un camafeo con su cuerpo  de porcelana blanca y celeste, con las orillas trabajadas en plata con la forma de la clave de sol.  Ella lo levantó con cuidado.  Lo abrió.  El del bolsillo de su camisa extrajo un retrato de si mismo que lo colocó del lado izquierdo.  Ella de su bolsita extrajo una imagen de si misma que la colocó en el lado derecho del camafeo.  Ella besó la imagen de él, y la extendió con ambas manos hasta los labios de él.  Él besó la imagen de ella.  Expresando felicidad, tomó ambas manos de ella y ambos presionaron cerrando el camafeo,  lo devolvieron al interior del arcón.  Ella lo cerró con dos vueltas de llave".
Inhalaba los recuerdos parada en ese lugar.  Recuerdos de una vida pasada. Sus fantasías la motivaron a tomar desiciones que la llevaron a trasladarse hasta ese lugar en algún del mundo, sin saber exactamente cuando había sellado un pacto de amor.  Un pacto de amor eterno. 
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La emoción invadió sus sentidos y con la emoción nació una esperanza abriendo la puerta de la oportunidad a las nuevas sensaciones de estar a punto de completar su vida, en una noche donde el pueblo concurría a un evento organizado por la orquesta sinfónica de jóvenes.  Se percató de la mirada de un hombre aunque cerrara los ojos para disfrutar de la música.
Ella no era una persona que retuviera fácilmente los nombres y los rostros de las personas.  Era una persona que aunque demostrara concentración se distraía fácilmente.  Siempre había en la naturaleza un elemento que le llamara más la atención que ocupar su mente con un nombre o con un rostro.
Salió del concierto.  Llevaba en el brazo su poncho.  Ya en la calle se envolvió con el.  La noche estaba templada y se podían apreciar claramente cada una de las estrellas.  Caminó escuchando el sonido de sus tacos como golpes secos en la calle,  subiendo y bajando por esas calles de montaña a la orilla del mar en dirección a la arena color siena de la playa,  distinguía claramente el mar del cielo.  Todas las estrellas del universo estaban en ese pedacito de cielo.  Todas esas luces hacían un solo reflejo del mar.  Buscó el pequeño reproductor en el bolsillo de su ropa, no lo tenía.  No quería confundirse. Le pareció escuchar que la arena se movía y giró su cabeza para mirar atrás y vio claramente la figura de un hombre acercarse.  Aquello era un eterno presente y lo estaba viviendo sin sueños, sin fantasías, creyendo que el Creador puede regalarle un sueño imposible.  Parada allí, como petrificada, sintiendo los latidos de su corazón en el centro de su pecho, mientras él se acercaba hasta quedar frente a ella.
Y escuchó su voz, él le hablaba, ella escuchaba su voz asombrándose cada vez más.
¡Reconoció su voz!  Ella no lo conocía, solo una vez tuvo la oportunidad de capturar su voz cuando cantaba un relato de una historia... ¡Reconoció su voz!
Entonces ella extendió su mano y él extendió la suya.  Caminaron en silencio, caminaron hasta esa plaza de piedra donde pactaron un encuentro para la noche siguiente.
Al ingresar a su casa, encendió todas las luces.  Quería ver todo con absoluto detalle.  En ese eterno presente ya no se movía ninguna página de un libro.  Muchas veces creía ser como las paredes blancas de aquella habitación que había dejado años atrás.
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Alguna vez tuvo familia.  Alguna vez tuvo grandes amigos.  Alguna vez transitó por un camino de grandes aprendizajes.  Recorría habitación por habitación de la casa. Dedicándole un tiempo para observarla.  ¡Un sueño hecho realidad!... La armonía: la armonía de los colores y las formas.  La armonía del estilo.  De un estilo propio a su edad.  De un estilo correspondiente a su nueva vida.
¡Cuantas veces se había sorprendido y admirado de algún artista! ¡Cuantas veces había cantado aleluya al cielo por la maravilla de la vida! ¡Cuantas veces se había sonreído a si misma y bailado la alegría de tener la oportunidad de vivir un nuevo día!  Entonces... continúo riendo, hasta que el sonido de su risa traspasara dimensiones... Aquella noche, parecía ser una noche en la que ella no dormiría, y recordó: todas las niñas cuando cumplen quince años quieren vestirse de novia, porque tienen la ilusión de hacer una vida de una mujer angelical.  Pero en sus quince años habían ocurrido motivos que la impulsaron a vivir situaciones diferentes, ese día la había visitado su abuela, trayéndole un regalo de cumpleaños.  Se sorprendió al ver al descubierto del papel de regalo ese pequeño cofre, negro con la orilla metálica dorada bordado con hilos de oro, que nunca lo abriría hasta llegada la ocasión.  Tal fue su promesa que nunca sintió la curiosidad por abrirlo.
Ese cofre guardado en algún lugar al descuido y hasta en algún lugar al olvido, quedaba como un símbolo de representación del misterio; el misterio que la impulsaba a vivir; el misterio del motivo...Y otra vez, después de tantos años comenzó a buscarlo,  y cuando lo encontró,  lo dejó sobre la mesa de luz.
Dormir, soñar, pensar, era lo mismo.
"Escuchaba unos violines, hasta sentir nítidamente la música y una voz de mujer murmuraba un coro, y su cuerpo flotó, flotó hasta llegar a un lugar celestial.
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Lo invadió la sensación de estar solo, mirar adelante, mirar a sus costados, mirar atrás era un gran, gran infinito, sintió el llamado de alguien y luego vio un gran libro y en el líneas,  garabatos, recibió un lápiz de dibujo, un lápiz mágico y sobre los garabatos él comenzó a dibujar, trazó un mapa con precisa exactitud, orientó una dirección, y perfeccionó un lugar.  Alguien dio vuelta la página de ese libro y con ese lápiz mágico comenzó a escribir una historia, en ese lugar adquiría la gran memoria y conocía todo su pasado y podía intuir su futuro y le permitieron en esa historia graficar un amuleto y se inspiró y dibujó.  Dibujó un cofre de color negro, con una argolla dorada y lo bordó con hilos de oro y para terminar solo escribió: "yo tendré tres años más que tú, mi amor"".
Suavemente abrió sus ojos y miró el cofre en la mesa de luz.
Otra vez un sueño, donde ella tenía la plena seguridad de ser él.
Quería contemplar desde la plaza de piedra como se escondía el sol en el horizonte, se sentó en un lugar donde la envolviera la oscuridad.  El sol de amarillo pasó a naranja, el cielo se pintó con todos los colores, hasta que el violeta y el azul ganaron convirtiendo todo en noche, lentamente comenzó a encenderse con todas las estrellas.
Sacó su reproductora y puso la grabación número veinte, hasta parecía que se había olvidado la traducción del poema, el firmamento se había convertido en un gran pájaro azul, el silencio...y la voz de él cantando esa canción improvisada....
Fue entonces cuando vio el cuerpo de ese hombre parado allí bajo la farola, a la hora exacta de la cita pactada el día anterior.  Ella lo miraba desde ese lugar en la oscuridad.  Desde aquel día que capturó su voz en la grabación supo que llegaría el día que se encontraría con él.  Escuchar su voz de vez en cuando alentaba la esperanza que concretaría sus altos ideales, que su vida confundida entre sueños y fantasías, no eran otras que las realidades de un sabio ermitaño.  No podía en esta existencia recordar historias pasadas, pero si podía librar al subconsciente para que le trajera al conciente historias reales que le motivaran a tomar fuertes determinaciones para cumplir con su pacto.  El pacto de  un amor eterno.
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Parecía estar viéndola a ella, con su vestido de lino blanco, parada bajo la farola y él petrificado en la oscuridad con ese pequeño cofre entre las manos, la veía a ella con un arcón bajo su axila mientras frotaba ambas manos como buscando calor, por la ansiedad de esperar un largo minuto.  Y se levantó.  Surgió de la oscuridad haciendo sonar sus tacos sobre la piedra al caminar.  Él giró para verla a ella avanzar.  Ella dejó caer su poncho, solo por sostener el cofre, y él sostuvo con ambas manos el arcón.  Ambos se arrodillaron, depositaron sus cofres en el piso de piedra.  Igual que aquella noche, cuando juntos estaban en el desván.
Entonces ella abrió por primera vez el cofre que le regalara su abuela y allí estaba una llave labrada de plata, que ya no brillaba reluciente como la luz de la luna sino que tenía un color de oro viejo, extrajo la llave, su rostro estaba húmedo de tantas lágrimas.  Ella que parecía no saber llorar, ni siquiera quería pestañar,  le entregó la llave a él.
Él puso la llave en el arcón, la giró dos vueltas y, el arcón se abrió.
Allí estaba, sobre algo que alguna vez fuera un paño de terciopelo rojo que ahora era solo polvo, el camafeo de porcelana celeste y blanco con el contorno labrado de metal de plata con el dibujo de la clave de sol.
La sensación compartida. 
Cuando dos corazones se unen en la misma sensación.
No existía la ansiedad.  ¡No!
Ella era tres años mayor que él.
Había saltado a la vida decididamente, aquella vez cuando se resbaló la mano de ella en el salto del arroyo. 
Habían tenido una misión que cumplir, y ante las distancias y, las adversidades y,  los contados encuentros, ambos pactaron que en la siguiente vida cumplirían con ese amor ideal tan soñado. 
Y en este tiempo por capricho del Creador que los invitó a jugar una vida, como burlándose del pacto, como desafiándolos, los hizo vivir con un océano de por medio. 
Le inventó a ella una pieza de ajedrez donde la hizo jugar con maestría la ilusión y la transformó en un artista de la vida.  Mientras que a él le creó todo tipo de adversidades guardándole en su carácter la timidez y la inseguridad, para que con tenacidad consiguiera ser un artista famoso de la palabra, que llevó a una canción improvisada hablando de un elemento que le permitiría completar su brazo.  El camafeo.
Lo abrieron.
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La leve brisa que nacía desde el mar, sopló el polvo de algo que alguna vez fuera un papel, retratando...  y lo apretaron tomándose de las manos, cada uno con la otra mano recogió el cofre y el arcón.  Y caminaron sonriendo, con sus rostros húmedos por las lágrimas de la emoción.  Con sus corazones hinchados por el encuentro. Con la sensación entre las manos sostenidas de ambos de ese camafeo que los estaba uniendo una vez más, en el largo pasar del tiempo, que para el Creador es solo el instante de su inhalación.  
Paso a paso descendieron las escaleras. Y comenzaron a reír, a compartir la risa, a que la risa sea una, porque esta vez; los dos eran libres.
Libres.  Libres.  Libres por la gran Gracia del Creador, tan idealista como ellos dos.
¡Tan idealista, como el Amor!
"El camafeo, un misterio que ella creía saber"
Autora:    Liana PRIERI
Dirección de e-mail:   prieri2002@Yahoo.com.ar
                                    lianaprieri@gmail.com
  Agosto, 2008             
 
 
 
 
 
 
 
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