Los finales siempre serán armas de dos filos.
Como la mayoría de las situaciones en esta vida, presentan los extremos finales felices y finales catastróficos. La diferencia en la ocurrencia entre ambos tipos radica en la prevención, en la corrección y en una la más remota de la baraja de acciones, pero indispensable, actuar a tiempo.
En los diferentes ámbitos en participamos, los finales felices pueden predominar y en otros, los catastróficos son los que ocurren con más frecuencia. ¿De qué depende? Los finales felices dependen en gran medida de la participación del creador del proyecto, que además es un hombre abierto a sugerencias, que acepta que se equivoca, que no es un soberbio, se rodea de expertos, acepta el trabajo en equipo y no es un egocentrista. Los finales catastróficos, por ende, están en función de la profundidad de las carencias del autor de los requisitos para los finales felices.
En este ensayo me voy a concentrar en el de gobernar un Estado donde la cercanía del fin, no se limita a un fracaso, sino a la caída de un régimen.
Puede considerarse, incluso natural, que en la búsqueda del poder, los grupos políticos se valgan del engaño, porque es la manera más fácil de convencer y aunque en un principio no se tenga la intención de engañar e incluso piensen que sus promesas pueden cumplirlas, ya en el poder, pasan, sin contemplación alguna, a un segundo, tercer plano, o la desaparición definitiva. Así es como empiezan los incumplimientos que, sin saberlo aún, se entrelazan con otros rubros, afectándolos como una reacción en cadena. Esto sucede, porque al prometer nunca se consideran los deterioros en diferentes a todos los involucrados, lo que da al traste con lo que se tenía, empeorando el problema que se tenía.
En la posición descrita, inicia el camino hacia un final desastroso en donde la profundidad del desastre estará en función de la necedad y amor por el poder, que generalmente es extremo, del nuevo gobernante.
La cercanía del desastroso fin se percibe antes de que ocurra, se huele. Es como una maldición, en la que todo lo que se intente fracasará. Ante esta situación, ahora se engaña abiertamente. Ya no importa si nos creen o no, pero lo peor es el cinismo, porque ya tampoco importa que descubran las mentiras, ni las presentes, ni las pasadas. Ante esto, el nuevo régimen tiene todo el poder y va a ejercerlo sin importar la ley y las consecuencias. En este punto el final, que ahora sólo puede ser desastroso está, a la vuelta de la esquina. Lo lógico para cualquiera sería parar ahí, pero para el político enfermo de poder “su omnipotencia”, lo sacará adelante.
“¿Una vez más?”, se preguntan quienes lo escuchan.
“Si nunca ha tenido una estrategia para nada”, protestan.
“Ha gobernado, si eso se puede calificar como gobierno a través de decretos que al final siempre han empeorado las situaciones que debieron corregir.”, concluye.
Se alcanza el final esperado, el desastroso. “El omnipotente” ha sido capturado y lo más seguro es que termine sus encarcelado o en el mejor de los casos, para un pueblo arrasado, frente a un paredón.
Lo increíble es que estos sucesos han ocurrido muchas veces, pero ningún sátrapa aprende. Sigue habiendo enfermos de poder, nunca hay una corrección, no aceptan consejos y todos se aferran a su supuesta omnipotencia que cuando se alcanza el final, los lleva tras las rejas o a la muerte.
La humanidad no aprende. La Historia está repleta de ascensos y caídas, de abusos y transformaciones de otrora libertadores en genocidas, pero nadie aprende, ni es capaz de corregir a tiempo.
El final feliz para la humanidad resulta ser la alegría por la desaparición otro dictador.
La cercanía del fin
Finales felices y desastrosos. Sin embargo, cuando se trata de gobierno, los desastrosos siempre llevan la pauta.
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