La Cárcel de Isabella
La vida se compone de luces y sombras. La vida se compone de momentos que nos quitan el aliento y de instantes en los que creemos que ha llegado nuestro fin. Isabella rió, gritó, bailó e hizo el amor con él y se mantuvo a su lado hasta que no pudo soportar la visión de la piel grisácea del rostro de su amante al despertar, cuando el primer rayo de sol entraba a su ventana e iluminaba el miedo que sentía de la persona en quien se había convertido. - No puedo dormir -, susurró desesperada; cómo siempre Erik, impasible, se dio la vuelta y el frío de aquel invierno se hizo aún más insoportable para ella. Con los pies descalzos sobre el piso de madera rechinante, fue a la cocina y recordó cuantas veces su madre se había molestado con ella por aquel pequeño descuido; al dirigir una desolada mirada hacía la ventana supo que debía tomar una decisión, el azul brillante en el horizonte le advirtió que era demasiado tarde: ya estaba amaneciendo.En la mañana Isabella aun soñolienta por aquella lánguida noche, sirve una taza de café y permite que el vapor de la bebida caliente se deslice lentamente por sus mejillas y parpados e intenta ahogarse en él, imagina que su existencia desaparece entre las partículas de la amorfa figura que se dibuja frente a ella; ensimismada y distraída en la visión despierta abruptamente cuando Erik aparece y con un gesto indiferente le hace a un lado para abrir el cajoncillo donde se encuentran las tostadas y el queso parmesano. El amargo sabor del café y el dolor que le produce buscar su mirada le recordó la última vez que había intentado dejarle. Hace dos años la joven Isabella había regresado a casa de sus padres: Una simpática pareja de mediana edad con profundas creencias religiosas la esperaba en el pórtico; para su sorpresa un sentimiento de protección la rodeaba mientras se acercaba a ellos. - Hola mamá - su voz parecía quebrarse en mil pedazos; mientras Isabella llora en silencio su padre le dirige una mirada impasible; Margaret, su madre, tuvo que hacer un duro trabajo para convencerlo de que le permitiera regresar; afirmaba que, teniéndola cerca, era mucho más fácil que retomara su vida ortodoxa de nuevo. Un sentimiento acogedor la inunda al entrar en su sencilla habitación, el viejo violín con el que solía practicar está lleno de polvo, todo sigue intacto, igual que sus recuerdos, Isabella apoya la cabeza en la almohada y revive aquella vida en la que no sabía que era feliz. - Erik, no me dejes, no puedo vivir sin ti - Isabella se aferra a su espalda y se agita con violencia en medio de pesados y deliciosos orgasmos, Erik le sonríe mientras saborea el placer del sexo rudo. Cuando Isabella abre los ojos se da cuenta de que todo ha desaparecido; confusa y aún agitada ve una pequeña luz brillante en medio de la oscuridad que traza un camino hacia ella, - es fuego - piensa, y en pocos segundos su cuerpo está ardiendo. Un grito aterrador inquieta a Margaret que duerme plácidamente en la habitación principal; han pasado tres semanas desde la llegada de Isabella y los intentos de convencerla (e incluso obligarla) de que vea a un médico han sido en vano; aunque su cuerpo refleja la fatiga y la paranoia que la acompañan diariamente, está convencida de que sus pesadillas son fruto de la depresión que la consume. Con el rostro cubierto de sudor decide levantarse a tomar un poco de té, al observar los azulejos de la pared, estos empiezan a tener en su mente una representación extraña: Isabella se ha desmayado en el pasillo. Al despertar, una enfermera con aspecto infantil le toma una muestra de sangre, mientras ve llenarse uno de los tubos suspira y cierra con fuerza los ojos.La luz intermitente de la bombilla le da un aspecto aterrador a la sala de observación donde se encuentra Isabella; mientras está en la camilla, el recuerdo de la sonrisa ladeada de Erik la consuela; lejos de perturbarla, los labios carnosos y la sonrisa perfecta del hombre que ahora se encuentra a kilómetros de distancia habían conseguido despertar en ella una cálida sensación de bienestar.Mientras escucha suaves murmullos a su alrededor se concentra en el goteo constante de la bolsa de suero, aunque el pinchazo le produce molestia, su mente empieza a tener ideas más claras, haberse involucrado con Erik representaba para ella dos caminos dolorosos, estar con él o sin él implicaba sufrimiento en alguna medida.Hace frío esa noche, la enfermera ha olvidado cerrar la ventana y el viento se filtra meciendo la vieja cortina celeste de la habitación, Isabella trata de descansar cuando un grito de su madre rompe con la calma que reina en el ambiente, -¿cocaína?, está hablando usted en serio doctor? El medico de turno se incorpora ante la expresión incrédula de Margaret; mientras él le explica que aun cuando en su sangre no se encontraron grandes cantidades, esto era suficiente para determinar que su condición física correspondía a episodios de síndrome de abstinencia.En cuanto transcurre la conversación, los colores vuelven al rostro de Isabella; ruborizada, le parece increíble que haber usado unas pocas veces la droga antes del sexo pudiera haberle ocasionado tal daño, mientras se humedece los labios una punzada de culpabilidad recorre su cuerpo, se pregunta si de una vez por todas algún día dejará de ser ingenua, de alguna forma siente que ha sido condenada a cargar con esa terrible personalidad en un mundo despiadado.Margaret no se despide, aliviada, Isabella suspira al saber que postergará esa interminable conversación que incluirá lágrimas y reclamos de todo tipo. Tres horas más tarde Jhon, el enfermero de turno, cuando es casi la 1 de la madrugada se acerca a Isabella a verificar que todo esté en orden; en la noche, suele caer su pulso tal y como para poner en riesgo su vida; al verla dormida detalla sus facciones delicadas y hermosas, ha decidido dejarle una nota en la mesita donde tiene sus objetos personales, piensa que tendrá la oportunidad de hablar con ella al día siguiente. Cansado, cuando está por cruzar el umbral Isabella despierta y ve al hombre desplomarse; confundida, trata de identificar la silueta que se acerca bruscamente a ella, por un momento piensa que se trata de una pesadilla y está a punto de gritar cuando un olor familiar la paraliza de inmediato, Erik pegado a su cabello le susurra -¿Crees que puedes huir de mí? Yo decido cuando esto termine; mientras la toma con fuerza entre sus brazos la carga hasta la entrada del hospital ante la mirada impotente del guardia de seguridad a quien ha herido de gravedad.Aturdida, Isabella se aferra al asiento de cuero, está recostada en la parte de atrás del auto de Erik observando su ancha espalda y su corte militar perfecto. Desde que salió con ella del hospital no ha pronunciado una palabra, en su rostro se dibuja una mueca tensa; al percatarse de que se encuentra despierta dirige una mirada rápida hacia el retrovisor.- ¿Tú… lo mataste? Isabella pregunta con debilidad, Erik apenas le pone atención cuando detiene el auto en una pequeña cabaña; aunque parece un poco descuidada, la entrada tiene un hermoso jardín.Erik abre la puerta del auto y toma a Isabella como si esta fuera un cristal a punto de romperse, aún tiene la bata del hospital que le deja la espalda desnuda, al entrar a la cabaña, él la cubre con una manta mientras le prepara una ducha.En cuanto el agua está lista una euforia recorre cada centímetro del cuerpo de Isabella, sin embargo, la imagen de aquel enfermero derrumbándose en la habitación del hospital la llena de terror; ahora comprende que cada decisión puede convertirse en una consecuencia peligrosa.- ¿Estás bien?- Le pregunta Erik mientras se acerca desnudo, mientras Isabella pone la cara de él entre sus manos observa su barba más larga, sus ojos apagados y se queda sin aliento para poder responderle, en cuanto se miran a los ojos, el posa sus labios sobre los de ella.A Isabella siempre le había sido imposible identificarse con el amor de los cuentos de hadas desde que era una niña; resultaba obvio que Erik no era el príncipe de su historia, y aunque tampoco podía convertirlo en el villano, siempre supo que tenía mas de este último. Por un segundo, mientras rozan sus labios y ella siente ese olor dulzón adictivo de su aliento, conoce lo que es la felicidad en su mas intima faceta, el agua tibia burbujea por sus piernas, y la piel ardiente de Erik consume la de ella; temblorosa, deja las palabras libres al fin: - ¿Erik...Me amas?. Él, con ojos brillantes titubea: Sí, y lamento mucho que sea así...ya eres mía.Pasados unos pocos días en aquella apartada cabaña, Isabella apenas si se ha asomado al jardín, tan sólo conserva la bata del hospital y una camiseta de Bob Dylan con la que se pasea por la casa sin ropa interior ; es de mañana y el sol cae plenamente en sus parpados, el sonido de una sirena de policía es tan lejano que parece provenir de un mal sueño, mientras Isabella hace un mohín, Erik se incorpora violentamente y la toma violentamente por el brazo, para cuando abre la puerta, una patrulla se acerca a pocos metros de distancia. Mientras Isabella corre al sótano por orden de Erik, el tiempo parece tomar un curso más lento; pasan los días, incluso meses, desde que Isabella corrió a su propia cárcel.30 tabletas de madera, cinco pinturas nostálgicas y un colchón desgastado se han vuelto su hogar permanente. La tristeza adopta varias formas a lo largo de la vida: pálida, delgada y enajenada Isabella espera cada noche la visita de Erik, quien insiste que su encierro es necesario para la seguridad de ambos; después de que cenan juntos Erik besa a Isabella en la frente y le pide que apoye sus manos y rodillas en el piso para que pueda penetrarla fácilmente y no tenga que desnudarse por completo soportando el frío infernal de aquel sótano; las primeras noches se aferraba a su torso hasta bañarlo completamente en lágrimas y súplicas para que se quedara con ella a pasar la noche, Isabella estaba enloqueciendo con el lúgubre y terrorífico aspecto de su entorno y el dolor de cada tic tac que sólo menguaba al saber que le vería en unas horas.
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