La Cabeza de San Juan Bautista
Herodías miró nuevamente a su esposo con una mezcla de fascinación burlona y extrañeza.
Le costaba mucho creer que su cónyuge, el terrible hijo de Herodes, gran tetrarca de Galilea y Perea, el mismo que se había dado el lujo de despreciar a la hija del rey de los malateos, se mostrase débil y temeroso ante el hombre harapiento que hace poco acababa de ser encarcelado.
Él, aquel hombre rudo y salvaje de Judá, aquel a quien las gentes del pueblo llamaban "profeta" era capaz de hacer temblar al mismo hijo del rey. Él, la voz del desierto. Juan bautista.
Había pasado un buen tiempo desde que Herodías había abandonado a su anterior esposo, Filipo, con quien había compartido el lecho durante quince años. Ella nunca había sentido ninguna clase de amor por Filipo, ni siquiera simpatía o afecto. Su primer matrimonio fue el producto de la ambición, de un juego calculado por obtener la riqueza y la posición que tanto había anhelado durante toda su vida. Un juego de seducción que se permitió disfrutar hasta el instante en el cual un mejor pretendiente llegó. Y este pretendiente era el hermano de Filipo, Herodes.
No jamás había existido amor. Ni siquiera en el momento en el cual nació Salomé, hermosa criatura que dudó en acompañar a su madre el día en el cual esta dejó a Filipo para irse a vivir con Herodes.
A Herodes...A Herodes tampoco le amaba, pero era le agradaba; era capaz de satisfacer sus desordenados apetitos como jamás había podido hacerlo Filipo. O al menos, lo había hecho hasta el momento en el cual apareció Juan el Bautista, aquella misteriosa presencia que había logrado poner en desorden el mundo que ella había conocido hasta ese momento.
¿Quién era en realidad a aquel hombre? ¿Por qué, al hablar de él, el rostro de su esposo se tornaba lívido, al tiempo en el cual palidecían sus labios?
Herodías no lo vio más que una sola vez, cuando él estuvo en prisión. A ella no le pareció más que un hombre común y corriente, un pordiosero como cualquier otro. En su celda, Juan se presentaba como un mendigo andrajoso, con los párpados caídos y la barba crecida. Cuando la reina se presentó ante él, vistiendo sus más lujosos afeites, él ni siquiera se dignó a levantar la vista hacia ella. Si bien la oscuridad de la celda le impedía verlo mejor, Herodías tenía la impresión de que sonreía, a pesar de estar cubierto de cadenas.
-Hay quienes dicen que ese hombre viene de parte de Dios...- Dijo uno de los carceleros, con voz leve y temerosa-Y yo...Yo también lo creo, señora.
Todo aquello resultaba tan absurdo y confuso. En su juventud, Herodías había recibido una educación helenística, el cual ella deformó en hedonismo y en la búsqueda del placer desmedido. Cualquier recurso era válido a fin de poder lograr un objetivo, y si algo (o alguien) representaban alguna molestia, no había más que deshacerse de dicho elemento.
Sin embargo, existía un problema: Su nuevo esposo, Herodes, se negaba a tomar acciones en contra de aquel factor de molestia. Lo que es más: Le temía. Con temblorosa voz y pulso endeble, Herodes ordenó, por presión de su esposa, encarcelar a Juan, por haberse permitido hablar en contra de ellos dos en una forma tan escandalosa, que si se hubiera tratado de otra persona, habría ordenado su ejecución inmediata.
Pero no así con el supuesto profeta. Cuando la reina sugirió que el preso fuese llevado ante el verdugo como castigo por sus palabras osadas, Herodes se negó a ordenar tal cosa, con expresión horrorizada.
Anteriormente, la reina había escuchado murmurar a los oscuros habitantes del palacio, quienes entre risas y burlas contaban historias extrañas acerca de Herodes: Algunos decían que por las noches el rey abandonaba el palacio, e iba a escuchar, disfrazado de mendigo, a muchos hombres que, al igual que Juan, eran considerados como "profetas de Dios" por las gentes comunes.
-Tal parece que él cree todo lo que dicen de él- dijo uno de esos malvados.
A fin de desmentir esos rumores, la reina se empeñó en convencer a su esposo de que debía darle muerte a Juan; por fin, cuando le amenazó con abandonarle, el rey por fin reaccionó y ordenó que Juan fuese apresado. No obstante, los chismes y cuchicheos no se detuvieron después de este hecho, sino que ahora, todas las habladurías apuntaban a que el rey no se atrevía a levantar su mano en contra de Juan Bautista.
-¿Acaso será porque también él lo ha reconocido como profeta?
A Herodías le molestaba mucho esta clase de comentarios. Contaba a su esposo todo lo que ella oía hablar acerca de él, esperando a que desmintiera los rumores. Más Herodes permanecía en silencio, observándola, y, sin mucho convencimiento, se limitó a responder:
-Déjalos que hablen.
Llena de furia e indignación, Herodía encaró a su esposo, y le presionó para que el revelase lo que en verdad pasaba por su cabeza.
-Tú, el gran Herodes... ¡Tú le temes!- le recriminó.
-Claro que le temo... ¿Sabes que clase de hombre es él? No tienes ni la menor idea...
-¿Y clase de hombre es, entonces? ¿Quién es él para que tú te muestres indeciso y atemorizado?
Herodes no respondió.
Herodías salió de la habitación del rey, indignada por la actitud pusilánime de su esposo. Estaba determinada a poner las cosas de vuelta en su lugar, aunque para ello tuviese que manipular a su esposo de la misma forma ruin que lo hacía con todos. Sí: Así debía ser, a fin de que todo recuperase su cauce habitual, su justo orden. A fin de que Herodes volviese a ser Herodes.
Sí: Terminaría con la vida de Juan el Bautista.
La oportunidad llegó recién después de varios meses, el día en el cual el rey celebró su cumpleaños con un banquete al cual asistieron las figuras más importantes de Galilea. Nobles y oficiales presentaban sus regalos y alabanzas al rey Herodes, y este los recibió, con una mueca de desprecio, puesto que era capaz de ver su hipocresía. Pero con todo, logró conservar la formalidad que debía mantenerse en el palacio, y más aún en una ocasión tan especial como aquella.
Herodías se hallaba recluida en su habitación, dispuesta a no dejarse ver sino hasta el final de la celebración. De esa forma quería dejarle bien claro al rey que no aprobaba sus cobardes actitudes; más en ese momento entró a sus aposentos su hija adolescente, la bella Salomé.
Poniéndose de rodillas delante de ella, la muchacha le suplicó a su madre, al tiempo que estrechaba su mano entre las suyas:
-Mamá, el rey me ha pedido que baile esta noche para él y sus invitados. Por favor, me gustaría mucho que tú estés allí, para que así tú también puedas verlo.
La reina era consciente de que el tiempo iba haciendo mella en su rostro; y que su juventud se iba desgastando poco a poco en cada amanecer. Sin embargo, la princesa Salomé, a sus quince años, ya mostraba toda la gracia y belleza que la reina había ostentado alguna vez. A esto se sumaba su inocente encanto, producto de la inconsciencia con respecto a su propia belleza, la misma que era capaz de romper el corazón de todos aquellos quienes la veían. Ante esos ojos suplicantes y dulces... ¿Quién podría negarse a conceder cualquier cosa que la muchacha pidiera? De buena gana, la reina aceptó presentarse en el salón del palacio en donde tenía lugar la fiesta.
Su llegada en compañía de su hija fue recibida con aplausos por todos los comensales; no obstante, al momento de saludar al rey, Herodía desvió despectivamente la mirada, hecho que turbó a buena parte de la corte.
Aún así, la ceremonia siguió transcurriendo tranquilamente, como si nada hubiera pasado. Por fin, llegó el momento en el cual Salomé, en compañía de otras quince muchachas, debía realizar su baile en presencia del rey. A la luz de la luna, que brillaba imponente en medio de un cielo oscuro sin estrellas, la danza de Salomé adquirió tintes de ensoñación, en ágil ritual en donde se desbordaba la sensualidad y la fantasía.
Aquel baile no duró más que unos pocos minutos, pero a todos aquellos quienes lo presenciaron les pareció haber estado sumergidos por horas en un mundo nuevo, desconocido y fascinante, y donde podían dar rienda suelta a todos sus anhelos y deseos. Un mundo sin más caras, sin hipocresías...Más cuando el espectáculo terminó, todos los presentes volvieron al mundo presente, lugar en donde debían guardar las apariencias. Y así lo hicieron.
Herodes, presa de un vivo entusiasmo, aplaudió con emoción, y toda la corte aplaudió con él. Por un breve instante, el rey volvió a sentirse como un ser invencible y poderoso, amo y señor de los cielos y la tierra. Y por esta misma razón pronunció estas arrebatadas palabras:
-Pídeme lo que quieras y yo te lo daré, Salomé: Así sea la mitad de mi reino, yo juro ante todos los presentes dártelo inmediatamente, sea lo que sea.
La muchacha sonrió y agachó la cabeza, en señal de sumisión.
-Muchas gracias, majestad.
Entonces la joven miró a su madre, como preguntándole que era lo que ella deseaba. Ella le invitó a acercarse, y le susurró algo al oído. En ese momento el rey fue presa del terror, porque sabía lo que Herodías iba a pedir. Hundiéndose en su asiento, a Herodes no le quedó más que esperar a que Salomé pronunciase aquellas palabras fatales:
-Querido rey, le ruego que por favor me entregue la cabeza del preso Juan, a quien llaman El Bautista.
El rostro del rey se desfiguró, tornándose en una tiesa careta de pánico y miedo. Por fin, ante las miradas expectantes de todos los presentes (Incluyendo a su propia esposa) el rey exclamó:
-Que llamen al verdugo.
La orden fue dada, y ya no era posible dar vuelta atrás. Al cabo de unos instantes, Salomé entró a la sala en donde tenía lugar el banquete, portando una bandeja de plata en sus manos. Con gran reverencia la presentó al aturdido monarca, el cual no acababa de asumir la gravedad de lo que acaba de hacer. Pero la sorpresa final la dio Salomé, cuando reveló el contenido de la bandeja:
Se trataba de una escalofriante visión, no por lo que había en ella de sanguinario y macabro, sino precisamente por lo contrario, por lo que había en ella de hermosura y de vida. Pues la cabeza de Juan Bautista había sido separada limpiamente de su cuerpo, sin que ninguna gota de sangre llegase a manchar la cara o el cuello. El rostro, de tranquila expresión, daba la impresión de que el profeta no estaba muerto, sino que dormía, sumido en sueños en donde se le permitía (¡Oh, dulce don!) una contemplación prematura del Paraíso.
La luna alumbró con mayor intensidad aquel momento, cubriendo con su velo de plata aquella magnífica cabeza. Y este hecho resultó insoportable para todos los presentes.
-¡Llévate de aquí eso!- vociferó el rey, con desorbitados ojos, al tiempo en el cual lanzaba al suelo su copa lleno de vino rojo, como la sangre- ¡Llévatelo!
La misma Herodías, que esperaba con una sonrisa de satisfacción poder presenciar aquel cruel espectáculo, cayó desvanecida sobre las losas que cubrían el suelo del palacio, y la visión de la cabeza de Juan el Bautista le persiguió hasta el día de su muerte, durante el cual, sumida en medio de grandes dolores, la reina creía verse rodeada de toda clase de demonios y horrores, quienes arrastraban su alma a los oscuros infiernos descritos en las más terribles profecías...
Pero lo peor, lo más tremendo, fue el hecho de ver, poco antes de morir, vivo y delante de ella, a aquel Santo víctima de su venganza, sonriendo con la misma dulzura con la que lo habían visto todos los asistentes del banquete: El profeta, el hombre de Dios...JUAN EL BAUTISTA.
Le costaba mucho creer que su cónyuge, el terrible hijo de Herodes, gran tetrarca de Galilea y Perea, el mismo que se había dado el lujo de despreciar a la hija del rey de los malateos, se mostrase débil y temeroso ante el hombre harapiento que hace poco acababa de ser encarcelado.
Él, aquel hombre rudo y salvaje de Judá, aquel a quien las gentes del pueblo llamaban "profeta" era capaz de hacer temblar al mismo hijo del rey. Él, la voz del desierto. Juan bautista.
Había pasado un buen tiempo desde que Herodías había abandonado a su anterior esposo, Filipo, con quien había compartido el lecho durante quince años. Ella nunca había sentido ninguna clase de amor por Filipo, ni siquiera simpatía o afecto. Su primer matrimonio fue el producto de la ambición, de un juego calculado por obtener la riqueza y la posición que tanto había anhelado durante toda su vida. Un juego de seducción que se permitió disfrutar hasta el instante en el cual un mejor pretendiente llegó. Y este pretendiente era el hermano de Filipo, Herodes.
No jamás había existido amor. Ni siquiera en el momento en el cual nació Salomé, hermosa criatura que dudó en acompañar a su madre el día en el cual esta dejó a Filipo para irse a vivir con Herodes.
A Herodes...A Herodes tampoco le amaba, pero era le agradaba; era capaz de satisfacer sus desordenados apetitos como jamás había podido hacerlo Filipo. O al menos, lo había hecho hasta el momento en el cual apareció Juan el Bautista, aquella misteriosa presencia que había logrado poner en desorden el mundo que ella había conocido hasta ese momento.
¿Quién era en realidad a aquel hombre? ¿Por qué, al hablar de él, el rostro de su esposo se tornaba lívido, al tiempo en el cual palidecían sus labios?
Herodías no lo vio más que una sola vez, cuando él estuvo en prisión. A ella no le pareció más que un hombre común y corriente, un pordiosero como cualquier otro. En su celda, Juan se presentaba como un mendigo andrajoso, con los párpados caídos y la barba crecida. Cuando la reina se presentó ante él, vistiendo sus más lujosos afeites, él ni siquiera se dignó a levantar la vista hacia ella. Si bien la oscuridad de la celda le impedía verlo mejor, Herodías tenía la impresión de que sonreía, a pesar de estar cubierto de cadenas.
-Hay quienes dicen que ese hombre viene de parte de Dios...- Dijo uno de los carceleros, con voz leve y temerosa-Y yo...Yo también lo creo, señora.
Todo aquello resultaba tan absurdo y confuso. En su juventud, Herodías había recibido una educación helenística, el cual ella deformó en hedonismo y en la búsqueda del placer desmedido. Cualquier recurso era válido a fin de poder lograr un objetivo, y si algo (o alguien) representaban alguna molestia, no había más que deshacerse de dicho elemento.
Sin embargo, existía un problema: Su nuevo esposo, Herodes, se negaba a tomar acciones en contra de aquel factor de molestia. Lo que es más: Le temía. Con temblorosa voz y pulso endeble, Herodes ordenó, por presión de su esposa, encarcelar a Juan, por haberse permitido hablar en contra de ellos dos en una forma tan escandalosa, que si se hubiera tratado de otra persona, habría ordenado su ejecución inmediata.
Pero no así con el supuesto profeta. Cuando la reina sugirió que el preso fuese llevado ante el verdugo como castigo por sus palabras osadas, Herodes se negó a ordenar tal cosa, con expresión horrorizada.
Anteriormente, la reina había escuchado murmurar a los oscuros habitantes del palacio, quienes entre risas y burlas contaban historias extrañas acerca de Herodes: Algunos decían que por las noches el rey abandonaba el palacio, e iba a escuchar, disfrazado de mendigo, a muchos hombres que, al igual que Juan, eran considerados como "profetas de Dios" por las gentes comunes.
-Tal parece que él cree todo lo que dicen de él- dijo uno de esos malvados.
A fin de desmentir esos rumores, la reina se empeñó en convencer a su esposo de que debía darle muerte a Juan; por fin, cuando le amenazó con abandonarle, el rey por fin reaccionó y ordenó que Juan fuese apresado. No obstante, los chismes y cuchicheos no se detuvieron después de este hecho, sino que ahora, todas las habladurías apuntaban a que el rey no se atrevía a levantar su mano en contra de Juan Bautista.
-¿Acaso será porque también él lo ha reconocido como profeta?
A Herodías le molestaba mucho esta clase de comentarios. Contaba a su esposo todo lo que ella oía hablar acerca de él, esperando a que desmintiera los rumores. Más Herodes permanecía en silencio, observándola, y, sin mucho convencimiento, se limitó a responder:
-Déjalos que hablen.
Llena de furia e indignación, Herodía encaró a su esposo, y le presionó para que el revelase lo que en verdad pasaba por su cabeza.
-Tú, el gran Herodes... ¡Tú le temes!- le recriminó.
-Claro que le temo... ¿Sabes que clase de hombre es él? No tienes ni la menor idea...
-¿Y clase de hombre es, entonces? ¿Quién es él para que tú te muestres indeciso y atemorizado?
Herodes no respondió.
Herodías salió de la habitación del rey, indignada por la actitud pusilánime de su esposo. Estaba determinada a poner las cosas de vuelta en su lugar, aunque para ello tuviese que manipular a su esposo de la misma forma ruin que lo hacía con todos. Sí: Así debía ser, a fin de que todo recuperase su cauce habitual, su justo orden. A fin de que Herodes volviese a ser Herodes.
Sí: Terminaría con la vida de Juan el Bautista.
La oportunidad llegó recién después de varios meses, el día en el cual el rey celebró su cumpleaños con un banquete al cual asistieron las figuras más importantes de Galilea. Nobles y oficiales presentaban sus regalos y alabanzas al rey Herodes, y este los recibió, con una mueca de desprecio, puesto que era capaz de ver su hipocresía. Pero con todo, logró conservar la formalidad que debía mantenerse en el palacio, y más aún en una ocasión tan especial como aquella.
Herodías se hallaba recluida en su habitación, dispuesta a no dejarse ver sino hasta el final de la celebración. De esa forma quería dejarle bien claro al rey que no aprobaba sus cobardes actitudes; más en ese momento entró a sus aposentos su hija adolescente, la bella Salomé.
Poniéndose de rodillas delante de ella, la muchacha le suplicó a su madre, al tiempo que estrechaba su mano entre las suyas:
-Mamá, el rey me ha pedido que baile esta noche para él y sus invitados. Por favor, me gustaría mucho que tú estés allí, para que así tú también puedas verlo.
La reina era consciente de que el tiempo iba haciendo mella en su rostro; y que su juventud se iba desgastando poco a poco en cada amanecer. Sin embargo, la princesa Salomé, a sus quince años, ya mostraba toda la gracia y belleza que la reina había ostentado alguna vez. A esto se sumaba su inocente encanto, producto de la inconsciencia con respecto a su propia belleza, la misma que era capaz de romper el corazón de todos aquellos quienes la veían. Ante esos ojos suplicantes y dulces... ¿Quién podría negarse a conceder cualquier cosa que la muchacha pidiera? De buena gana, la reina aceptó presentarse en el salón del palacio en donde tenía lugar la fiesta.
Su llegada en compañía de su hija fue recibida con aplausos por todos los comensales; no obstante, al momento de saludar al rey, Herodía desvió despectivamente la mirada, hecho que turbó a buena parte de la corte.
Aún así, la ceremonia siguió transcurriendo tranquilamente, como si nada hubiera pasado. Por fin, llegó el momento en el cual Salomé, en compañía de otras quince muchachas, debía realizar su baile en presencia del rey. A la luz de la luna, que brillaba imponente en medio de un cielo oscuro sin estrellas, la danza de Salomé adquirió tintes de ensoñación, en ágil ritual en donde se desbordaba la sensualidad y la fantasía.
Aquel baile no duró más que unos pocos minutos, pero a todos aquellos quienes lo presenciaron les pareció haber estado sumergidos por horas en un mundo nuevo, desconocido y fascinante, y donde podían dar rienda suelta a todos sus anhelos y deseos. Un mundo sin más caras, sin hipocresías...Más cuando el espectáculo terminó, todos los presentes volvieron al mundo presente, lugar en donde debían guardar las apariencias. Y así lo hicieron.
Herodes, presa de un vivo entusiasmo, aplaudió con emoción, y toda la corte aplaudió con él. Por un breve instante, el rey volvió a sentirse como un ser invencible y poderoso, amo y señor de los cielos y la tierra. Y por esta misma razón pronunció estas arrebatadas palabras:
-Pídeme lo que quieras y yo te lo daré, Salomé: Así sea la mitad de mi reino, yo juro ante todos los presentes dártelo inmediatamente, sea lo que sea.
La muchacha sonrió y agachó la cabeza, en señal de sumisión.
-Muchas gracias, majestad.
Entonces la joven miró a su madre, como preguntándole que era lo que ella deseaba. Ella le invitó a acercarse, y le susurró algo al oído. En ese momento el rey fue presa del terror, porque sabía lo que Herodías iba a pedir. Hundiéndose en su asiento, a Herodes no le quedó más que esperar a que Salomé pronunciase aquellas palabras fatales:
-Querido rey, le ruego que por favor me entregue la cabeza del preso Juan, a quien llaman El Bautista.
El rostro del rey se desfiguró, tornándose en una tiesa careta de pánico y miedo. Por fin, ante las miradas expectantes de todos los presentes (Incluyendo a su propia esposa) el rey exclamó:
-Que llamen al verdugo.
La orden fue dada, y ya no era posible dar vuelta atrás. Al cabo de unos instantes, Salomé entró a la sala en donde tenía lugar el banquete, portando una bandeja de plata en sus manos. Con gran reverencia la presentó al aturdido monarca, el cual no acababa de asumir la gravedad de lo que acaba de hacer. Pero la sorpresa final la dio Salomé, cuando reveló el contenido de la bandeja:
Se trataba de una escalofriante visión, no por lo que había en ella de sanguinario y macabro, sino precisamente por lo contrario, por lo que había en ella de hermosura y de vida. Pues la cabeza de Juan Bautista había sido separada limpiamente de su cuerpo, sin que ninguna gota de sangre llegase a manchar la cara o el cuello. El rostro, de tranquila expresión, daba la impresión de que el profeta no estaba muerto, sino que dormía, sumido en sueños en donde se le permitía (¡Oh, dulce don!) una contemplación prematura del Paraíso.
La luna alumbró con mayor intensidad aquel momento, cubriendo con su velo de plata aquella magnífica cabeza. Y este hecho resultó insoportable para todos los presentes.
-¡Llévate de aquí eso!- vociferó el rey, con desorbitados ojos, al tiempo en el cual lanzaba al suelo su copa lleno de vino rojo, como la sangre- ¡Llévatelo!
La misma Herodías, que esperaba con una sonrisa de satisfacción poder presenciar aquel cruel espectáculo, cayó desvanecida sobre las losas que cubrían el suelo del palacio, y la visión de la cabeza de Juan el Bautista le persiguió hasta el día de su muerte, durante el cual, sumida en medio de grandes dolores, la reina creía verse rodeada de toda clase de demonios y horrores, quienes arrastraban su alma a los oscuros infiernos descritos en las más terribles profecías...
Pero lo peor, lo más tremendo, fue el hecho de ver, poco antes de morir, vivo y delante de ella, a aquel Santo víctima de su venganza, sonriendo con la misma dulzura con la que lo habían visto todos los asistentes del banquete: El profeta, el hombre de Dios...JUAN EL BAUTISTA.
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