Ariel tenía la mirada extraviada en los repliegues del Jean azul que envolvía las prominentes nalgas de una rubia arrogante.



- que perfección, que obra maestra, que sublimidad, que magnificencia, que simetría ¡que proporciones!... ¡podría mirarla durante horas!




- si, es una buena rubia-dije



- ah ¿es rubia?




Lo peor de todo fue que su pregunta no era ni retórica ni sarcástica. Ariel estaba concentrado y focalizado solo en el par de nalgas; estaba hipnotizado.



Pasábamos aquella noche en un JazzBar escuchando a una banda horrible que intentaba tocar una especie de fusión, algo así como un Ácid Jazz. El baterista se encontraba tan borracho que había perdido la noción del ritmo y cuando golpeaba el redoblante, parecía querer aplastar a una mosca escurridiza, como intentando alcanzar el compás a los tumbos.


El guitarrista, un pentatónico de ley, no se había molestado en afinar su guitarra, pero si parecía haberse esmerado mucho en desafinarla de tal manera que aquellas seis cuerdas desplegaran sonidos estridentes, horrorosos y desarticulados. El bajista, era simplemente un androide.



Entonces, por la puerta del bar, entro aquella cosa. Un tipo grande, muy grande. De unos dos metros de altura por un metro cincuenta de ancho. Calvo y con los brazos atestados de tatuajes pendencieros. La soberbia le dibujaba gesticulaciones de grandeza y superioridad. Se paro y sondeo todo el lugar, con la mirada parecía querer decir: -aquí estoy yo, el hombre grande.


Tenía tanta masa corporal, que caminaba como si estuviese en una sesión de kinesiología intentando recuperarse de algún tipo de invalidez. Pasaba a través de la gente sin permiso alguno, haciéndolos a un lado, como si él fuese la bola de Bowling y las personas fuesen las botellas a derribar.


Me recordaba mucho al muñeco de Michelin, pero a diferencia de aquel, que me caía muy simpático, este tipo me producía un extraño aborrecimiento impotente.



- ¿lo retarías?-le pregunte a mi amigo.



- ¿estas loco? ¡sería suicidio!-increpo Ariel intentando no mirarlo.



- Bueno, en otra época lo habrías hecho y te hubieses echado a correr montado en la adrenalina.




Ariel alzo su copa de tinto, me miro con picardía y se bebió todo de un sorbo. El calor del tinto le humedeció los ojos.





- ya no estoy para esas cosas Martín.





Creo que habíamos perdido algo valioso; envejecimos, nos encajetamos, perdimos las agallas. Nos volvimos conejos aburridos. Estábamos muriéndonos.


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El tiempo nos fue erosionando y desapasionando. Ya ni siquiera nos emborrachábamos porque nos molestaba la resaca de la mañana siguiente; tomábamos pastillas para dormir y pastillas para despertar, manejábamos despacio para no gastar combustible… Dábamos pena.


¿Adonde se había extraviado aquel salvajismo medieval que nos diferenciaba de la horda de autómatas temerosos? ¿de que se trataba esto? ¿Venir a deleitarnos la libido con unos buenos culos, unas buenas tetas y luego volver a nuestros hogares para masturbarnos? ¡yo no quería esto! Y sabía muy bien, que Ariel tampoco. Tenia que hacer algo al respecto, tenía que resucitar el animal guerrero atrapado en el purgatorio de nuestro orgullo devastado.




- ¡che boludo!-le grite al mastodonte.






Ariel me miro boquiabierto, con los ojos aterrados.



- ¡Callate! ¿Qué haces? ¿estas loco?-grito mi amigo desesperadamente.





El gigante se dio vuelta y nos encandilo con sus ojos en llamas. Sonrío irónicamente y se frotó las manos, comenzó a caminar rumbo a nuestra mesa.
Ariel temblaba y me insultaba, en un acto reflejo me tomo del brazo y lo tironeo.



Mi amigo, que en el pasado era salvaje, hostil y bárbaro, amante del riesgo y de la confrontación. Capaz de intentar detener a un tren desbocado solo con la mirada. Mi amigo, el que era camorrero y omnipotente, ahora, era un cobarde que se estaba por mear en las patas.


Kingkong llego hasta nuestra mesa, pateo una de las sillas haciéndola volar a un costado. Apoyo sus dos puños sobre la mesa y nos miro a ambos, como dilucidando a cual se iba a deglutir primero.



- ¿Qué me dijeron?





Entonces, todas mis ideas de resurrección de instintos salvajes, se diluyeron instantáneamente. Comencé a pensar en mis dientes rotos, en mi nariz quebrada, en mis labios partidos, en mis costillas fracturadas y en todas las mujeres que dejarian de mirarme; comencé a rezar. Intente hilar una frase inteligente, una manipulación psicológica, algo que le generase un poco de piedad a esa voluptuosidad sobrehumana que estaba a punto de despedazarnos. Pero mis dientes temblaban de una manera tal, que me fue imposible articular palabra.

Y en ese momento, lo impensado.



- ¡que tenes las manos muy chicas!-le dijo Ariel clavándole los ojos sin parpadeo alguno.






El mastodonte entrelazo su mirada de odio con la de Ariel, la cual emanaba sangre por las corneas. Y entonces, preso de una impredecible duda, el tipo desvió sus ojos enfocándolos en sus propias manos.


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Era verdad, tenía las manos muy pequeñas, un notable signo de poca masculinidad según algunos entendidos. Su cuerpo gritaba guerra pero sus manos… sus manos esbozaban debilidad.


Pero, aquel mito de las manos, esa noche, era solo eso, un mito; ya que el gigante tomo a Ariel del pescuezo y lo levanto de la silla como si pesara solo unos gramos y lo sostuvo en el aire tambaleandolo como un pendulo humano. Toda la gente del bar estaba espectando nuestra inmolación, miraban y cuchicheaban arrinconados detrás del tipo que nos daría la paliza de gracia. Los músicos seguían blasfemando armonías e ignorando toda la barbarie que se estaba por gestar allí.



Y dada tal situacion avergonzante, mi orgullo y mi pudor, que no se llevaban nada bien, se levantaron de la silla junto con mi cuerpo tembloroso, Tomaron la botella de vino y se la reventaron en la cara al gigante. El cual soltó a Ariel en el reflejo por protegerse; pero ya era tarde, tenía clavadas decenas de vidrios verdes y opacos por todo el rostro, chorreaba sangre y vino tinto desde la nariz destrozada y desde la boca desdentada. Se desplomo en el suelo del bar pidiendo ayuda y chillando alaridos femeninos.



Tal vez, el mito de las manos chicas no estaba tan errado después de todo.



Nos escapamos del lugar sin ningún tipo de resistencia por parte de la gente, hasta creímos escuchar algunos aplausos; corrimos por la avenida saltando e insultando a las estrellas. Nos abrazamos eufóricos y hasta lloramos. Ariel me miro con ternura, me tomo de ambas orejas y grito:




- ¡Volvimos!
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