"El tiempo se ha hecho enorme, extenso
                        lento, prolongado, casi infinito, ‚el
                        futuro ha quedado atrás llevándose
                        también al presente"
                                               Carlos Marcucci
        No podemos negar la facilidad con la cual conformamos nuestra creciente impotencia cuando el presente se desdibuja y no llegamos a colmar ninguna expectativa.
        Afirmamos con desilusión que "ya vendrán tiempos mejores", abrimos las puertas de la imaginación y nos lanzamos a recoger las respuestas de todas nuestras preguntas, para fortalecer cada argumento, cada defensa, para afirmar el derecho de pensar un futuro y trabajar para ese futuro.
        Según Edward Shills "Durante gran parte de estos dos siglos en que la actitud de negar toda virtud al presente se hizo cada vez más áspera y mas general, muchos de los que convenían en que era una ‚poca mala preveían para el futuro tiempos mejores". Ahora bien, ante la temible tarea de lidiar con realidades adversas al desarrollo material y moral del hombre era de esperar que se cifraran esperanzas en los tiempos venideros, acaso como la resultante de una autocrítica que permitiera acumular experiencias frente a políticas erráticas.
        Cuando esos anhelados cambios no se hicieron presentes se comenzó a teorizar sobre la utopía del futuro y brotaron las interpretaciones prontas a explicar las causas de tan terrible fracaso.
Siguiendo a Shills, "Esta perdida de confianza en la imagen del futuro contenida o implícita en la tradición revolucionaria constituye una gran parte de lo que se entiende por el fin de la ideología".  Ocurre que el crecimiento sostenido -en el panorama de la política como instrumento organizador de la convivencia- de espacios sensibilizados por las carencias del sistema y la consiguiente imposibilidad de encontrar soluciones inmediatas a nuestras necesidades, fueron minando el horizonte mental, constituyendo al futuro en un objetivo inalcanzable, en un referente mágico de ensoñación y deseo.
        En nombre de ese futuro invisible e inalcanzable se han cometido las injusticias más atroces en el presente. Nuestra historia reciente constituye un buen ejemplo donde observar como se aceleraron las contradicciones del sistema para perjudicar la imagen del futuro.
        Hemos adolecido de apresurados y retardatarios que asumiendo su carácter de vanguardias esclarecidas pretendieron defender celosamente sus intereses estafando las ilusiones de un pueblo al que sólo permitieron masticar la impotencia y añorar una opinión.
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        Lo sorprendente de nuestro drama consiste en tensar las opiniones y encontrar afirmaciones categóricas que se conforman con sobrellevar como se pueda la ingratitud del presente, atesorando el recuerdo de las dignificaciones de otras ‚pocas.
        Es que para muchos se trata de sobrevivir, porque se instala el pesimismo a convivir y  como afirma Serrat "no hay otro tiempo que el que nos ha tocado". Así, desgarrados en un mutismo existencial asociamos el futuro con la imagen de un horizonte tecnológico desprovisto de todo contenido humanista, representado en el capitalismo y sus grandes inversiones como panacea liberadora del atraso, en el discurso de la posmodernidad que encubre una nueva estrategia de dominación cuya reactualización de los viejos principios del liberalismo clásico no hace mas que privilegiar las conquistas del desarrollo económico perpetuando las desigualdades sociales.
        El futuro tendría que visualizarse merced a una adaptación en las formas de la convivencia social, en la solidaridad de los hombres y en la tan pregonada "civilización del amor".
        Hoy esta adaptación parece extraviarse debido a la brecha generada por el advenimiento de la sociedad posindustrial que ingeniosamente han sabido extender las inteligencias dominantes de las culturas del superdesarrollo en desmedro de las -¿eternamente dominadas? - del tercer mundo.
        Para una visión que se asume totalizadora de la interpretación del futuro, hoy este se encuentra en el norte, llámese Estados Unidos, Europa o Japón. La robótica, la biotecnología, la microelectrónica se  han convertido en instrumentos de la nueva revolución tecnológica que al reactualizar doctrinariamente al viejo liberalismo se erige en dominadora y distribuidora de las ventajas del proyecto futurista.
        El futuro argentino no puede estar ajeno a los grandes cambios que experimenta el mundo, pero tampoco puede ignorar las graves deficiencias que día a día se producen como consecuencia del desorden en el cual han caído los valores sobre los cuales debería sustentarse la armonía de la humanidad.
        Así, el ingreso al tercer milenio exige garantizar un equilibrio entre el grado de avance tecnológico y el respeto por la dignidad humana. Sin embargo, lo que a simple vista puede observarse es un abismo existencial que privilegia el dominio de la materia en desmedro del hombre y su natural trascendencia.
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        Quienes desde el discurso político nos formulan tales advertencias parecen carecer de voluntad para llevar adelante las transformaciones necesarias, pero se aproxima un debate crucial que enfrentará a los que desean mantener la inmutabilidad del sistema con los que apuestan al futuro, y entonces el problema residirá -triunfen unos u otros- en la cuestión social. Es aquí donde radica la estabilidad del sistema democrático y todo parece indicar que existen graves circunstancias que afectan su vulnerabilidad. Entre ellas podemos mencionar la despiadada acumulación de riquezas obtenida por los grandes grupos económicos beneficiados desde el poder político, la falta de una distribución adecuada de los recursos para los sectores excluidos por las políticas oficiales y como un interrogante, la impotencia y la frustración de un pueblo que advierte como se instala el fantasma de la violencia y su consecuente carga de represión.
        A raíz de las cuestiones planteadas es imposible dejar de interrogarnos sobre como será el futuro que nos aguarda. Hoy nos preocupa la crudeza del presente con su cuestionario incompleto, su desvirtuada trama de premios y castigos. Sin embargo se nos aconseja anclar y tirar las redes, construir sobre la paciencia un tiempo de ventura, mientras florecen los emprendimientos multinacionales y desaparecen las pequeñas y medianas empresas, mientras el surrealismo invade la televisión y en las calles se mata la esperanza.
        Shills enfatiza sobre la "ineludible propensión a pensar el futuro" lo cual podría suponer un proyecto de trabajo permanente que es factible constatar en la estrategia cultural de dominación que tal futuro importa.
        Podemos coincidir en la necesidad de esforzarnos por pensar el futuro, pero además del mejoramiento de las relaciones humanas como propuesta aportada desde nuestra concepción, tenemos que elaborar una política adecuada que afirme nuestra identidad.
        Desde esta perspectiva en tanto aporte al proyecto futurista es que no concebimos el fin de las ideologías si por ello se entiende la perdida de confianza en la imagen del futuro.
        Alvin Toffler concibe dos imágenes del futuro aparentemente contradictorias en el imaginación popular actual. La de aquellas personas que en la medida en que se molestan a pensar el futuro, dan por supuesto que el mundo que conocen durará indefinidamente, confiando en que el futuro será una continuación del presente y la de aquellas que arriban a la conclusión de que esta sociedad actual no podrá proyectarse en el futuro porque el futuro no existe.
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        Las dos imágenes nos pueden parecer diferentes, sin embargo -Toffler lo señala con agudeza, aunque sin llegar a calificarlas como reaccionarias- ambas conducen a la parálisis de la imaginación y la voluntad porque "Si la sociedad del mañana es simplemente, una versión ampliada del presente, no necesitamos hacer gran cosa para prepararnos para ella. Si, por el contrario la sociedad se halla inevitablemente abocada a la destrucción dentro del plazo de nuestras vidas, nada podemos hacer al respecto".
        Es posible que estas imágenes afirmen la ligazón que existe entre la utopía del futuro y la muerte de las ideologías, porque se pretende consagrar la muerte de las ideologías aduciendo que la utopía del futuro esteriliza los razonamientos y las construcciones intelectuales que se sustentan en la realidad, en cambio, se afirma que el discurso posmodernista preparado para explicar las angustias del presente es el verdadero interprete de la realidad ya que su adaptabilidad a los tiempos actuales modifica la visión apocalíptica de las ideologías.
        Lo que propone el posmodernismo como actitud política, en definitiva es una felicidad a medias, que cuestione lo menos posible las injusticias del sistema, que no cometa el pecado de pensar el futuro; una felicidad químicamente pura, acuñando una frase tautológica que legitime la inacción: "El futuro núnca llega porque siempre estamos viviendo el presente", lo cual en última instancia termina contradiciendo el fundamento de los que declaran la muerte de las ideologías, porque a sabiendas apuestan a una nueva dimensión ideológica: "El utilitarismo resignado".
        Esta ideología nos produce cierta extrañeza porque la resignación masiva que se alienta se traduce en  beneficios de gran utilidad para los eternos colonizadores de conciencias, y aquí llegamos al punto crucial para desenmascarar los planes de los cultores de la posmodernidad: Se está utilizando una ideología para declarar que las ideologías han muerto y dicha muerte se anuncia como el final del antagónico enfrentamiento entre capitalismo y marxismo para interpretar la historia, las relaciones del capital y el trabajo, el hecho cultural, etc.
        Como elemento superador de esta instancia se inscribe el pragmatismo que impulsa a las superpotencias a lograr vías de entendimiento renegando de sus viejos amores doctrinarios. Es simple: Unificar un dogma imperial que satisfaga las pretensiones de ambas superpotencias en detrimento del resto del mundo que asistirá absorto al establecimiento de las nuevas reglas de mando y obediencia.
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        La pregunta que en forma candente nos sugiere dicha afirmación es si se ha buscado una superación ideológica del viejo enfrentamiento o se ha creado una forma de dominación más astuta y discreta.
        El interrogante queda planteado para la polémica que obviamente, deberá actualizarse y enriquecerse; una polémica que alguna vez, desde un debate sobre política ficción, Isaac Asimov consideró como "algo que todos nosotros-refiriéndose a los panelistas- que dedicamos nuestro tiempo a tratar de imaginar el futuro, podemos aceptar de común acuerdo: ver este futuro sólo a través de una lucha entre comunismo y capitalismo revela un visión estrecha".(13)
        En su libro "El Hombre Unidimensional", Marcuse visualizaba los objetivos finales de ambos sistemas políticos al expresar que "El capitalismo y el comunismo, son, en último término, idénticos. Buscan las mismas cosas: comodidades y suavización de la vida".
        Estas cuestiones son planteadas a la luz de la virtual "detente" mundial, a la que de sobremanera contribuyen la política de "glasnot" de la perestroika soviética porque como se dijera alguna vez, el mundo cambia, las alianzas se modifican y eso es la política.
        Muchas veces hemos aterrizado después de un largo vuelo por un cielo pleno de interrogantes, y el futuro se quedó arriba, acaso como un punto inalcanzable, imposible de ser avistado por nuestros instrumentos.
        ¿Cuando disminuirá esta sensación de vivir en una mediocridad creciente y que factores conjugarán el proyecto de una generación presurosa en testimoniar su afán por encauzar el vertiginoso desafío de los tiempos?.
        Pueden intentarse varias respuestas. Se nos ocurre desconfiar de los vigentes manipuladores de masas, expertos en inocular desazones, fervientes reaccionarios de las causas nobles y justas que no cejarán en su empeño por quebrar el crecimiento colectivo de la esperanza.
        En la medida en que se vayan ordenando y clasificando las deudas para con los desposeídos, los sedientos de paz y justicia, los eternos marginados, se irá fortaleciendo el sentimiento solidario que unificará en el amor los embates del continuismo.
        Si vamos a pensar en la posibilidad del cambio y en la expectativa de generar participaciones, también estaremos reflexionando sobre los métodos neutralizantes que tales manifestaciones traerán aparejado.
        Podríamos preguntarnos si este ejercicio del pensamiento nos retrotraerá a las épocas en que se manifestaron clara y crudamente las antinomias del pasado, aquellas que recrearon en el escenario de la vida el desencuentro de los argentinos.
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        Quizás ahora sea el tiempo de ejercitar la opción, esto es: ingresar al pensamiento futurista con la adopción de simbolismos e imágenes propias, o permanecer en este "presente-pasado" que no admite cortes, que parece confundirse en un mismo tiempo y espacio.
        ¿La opción constituirá nuevamente una reyerta estéril que privilegiara los extremismos anulando la interpretación y el análisis crítico?
        Es posible que exista una vía intermedia de opción que no revestirá un carácter superador sino conformista. Se afirmará que el presente nos convoca a imaginar las soluciones posibles y que urgirá tomar las medidas necesarias para conducir las voluntades antes que la situación se torne incontrolable.
        Pensamos que aún así, existirá otro camino que ubicará la imagen del futuro en el estático mundo de la paralización progresiva del sentido crítico de la vida. El futuro se pensará como una entidad inmodificable. Nada podrá hacerse para acercar nuestra visión al futuro inmediato. El futuro flameará en el horizonte de la nada.
        En una cruda afirmación, que destila un profundo sinsabor generacional Feinnman confiesa que "el futuro se va cuando comprendemos que la realidad nada tiene que ver con nuestros deseos y esperanzas". Sus palabras nos remiten al comentario de la calle, al calor en crecimiento por las promesas incumplidas, lindantes con la farsa, con esa sensación agobiante que nos produce comprobar que hemos sido victimas de un fiasco, que fuimos conducidos por el camino equivocado y que, para colmo, no ha sido escuchado el clamor popular.
        Pareciera que el futuro ya no puede intuirse, ni imaginarse, sino es condicionado al presente y al desarrollo que ese presente pueda alcanzar. Asociar el desencuentro de esperanzas y deseos con el transcurrir de la realidad es hoy tan normal que no precisamos elaborar teorías complejas para explicar el estado de ánimo que patentiza un límite de los esfuerzos o un renunciamiento de las ilusiones.
        Ya no es posible ocultar las frustraciones ni postergar los proyectos. El hartazgo se ha instalado en nuestra convivencia y exige de cada uno de nosotros la predisposición para entender como se va hilando la trama y como se metamorfosean las situaciones.
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        Retomando las reflexiones de Feinnman coincidimos con su "sensatez" a la que llamó: desesperanza, cuando afirma que "aparece en ciertos singulares momentos cuando se siente que la historia no juega necesariamente del lado de uno, que nada tiene que ver con el progreso indefinido, que tiene avances, pero también dolorosos y hasta cruentos retrocesos, cuando no se ve el horizonte ni se sabe como inventarlo. Quizá tenga algo -o mucho- que ver con la adultez, porque proviene del dolor y porque siempre se crece dolorosamente, de ruptura en ruptura. Pero también reclama la imaginación, la potencia vital y el coraje de quienes la han aceptado. Porque la desesperanza, como la duda, nace para morir, para transformarse en su contrario, para encontrar su otra cara, la de la esperanza, que no es sino la misma pero con todo el peso y la riqueza de la quiebra y la laboriosa experiencia".
        Y coincidimos porque estamos convencidos de la sinceridad que expresan y porque además, son las palabras que dejó escritas pensando en su generación y de alguna manera evidenciaban la perdida del futuro de esa generación, aunque también cobijaban la traición de lo absoluto, porque el propio Feinnman volvería a poblar de certezas su "insensatez", que podríamos llamar: esperanza, es decir, la insensatez de volver a creer que el futuro es posible.
        Nuestra generación aún tendrá que seguir creciendo con esos dolores que castigan al pensamiento y endurecen las posturas. Tenemos que levantar las consignas de la gran movilización nacional y rescatar el futuro para estos tiempos. Tenemos que avizorar como meta la grandeza que implique continuar en unidad el camino que hemos emprendido. Para ello rescatamos el pensamiento de Perón cuando llamaba a la "unidad de concepción para la unidad de acción", porque vamos a crecer hacia ese futuro con matices que nos diferenciarán, que enriquecerán ese crecimiento y evitarán tanto la monotonía ideológica como la revisión de un proyecto generacional meramente reivindicatorio de glorias pasadas, hoy diluido en el inconsciente colectivo.
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        La unidad de acción será vital cuando llegue el momento de plantear los contenidos básicos que sustentarán el proyecto generacional. Podemos mencionar entre ellas, la lucha contra la colonización pedagógica, el revisionismo histórico -a la luz de un nuevo análisis- en tanto investigación crítica de nuestro proceso histórico, la reivindicación de la política como instrumento al servicio de los intereses populares, la distribución de la riqueza y el pleno aprovechamiento de los recursos naturales como garantes de una adecuada justicia social, la humildad intelectual para comprender las experiencias populares, el disenso para exponer las ideas, y la defensa acérrima de la vida como requisito supremo para aspirar al futuro por el cual bregamos hoy, liberados de las ataduras que aún persisten en doblegar nuestro destino soberano.
        Esta enumeración -de ningún modo taxativa- se propone como una apuesta generacional que el futuro se encargará de verificar en los hechos.
        El futuro de esta generación puede escribirse en números: Año 2000. Son apenas unos pocos años para batallar contra la utopía. Tentador desafío para la avidez participativa y el ensayo colectivo de liberación.
        Nos gustaría no dudar acerca de la posibilidad de concretar ciertas aspiraciones. Nos consuela imaginar que una lacra social como la niñez careciente si es erradicada en estos años, demostrara el resultado de nuestras energías.
        Será entonces venturoso comprobar medianamente que el futuro se ha instalado en el presente. 
       
               
 NOTAS
13.- "Ejercítese en la Política-Ficción" Al respecto son destacables las exposiciones "imaginadas" por los otros  panelistas entre los que cabe destacar a Arthur C. Clarke, Howard Fast y Ray Bradbury, en Planeta Nº 2 Noviembre de 1964, pag 45
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