Se sentía débil. Se sentía rota, como si algo o más bien alguien la estuviera matando por dentro. Sabía que lo que había soñado nunca sería posible, pero seguía soñando, con la esperanza de que algún día sus sueños se hicieran realidad, caminando ciegamente, solo mirándolo a él, a su sueño. Pero no. Después de mucho tiempo, recuperó la visión y vio que nada era posible. Que nunca se cumpliría nada. Estaba muy mal. Había perdido tanto que había perdido hasta la esperanza.
Lo había perdido todo, pues ¿no se dice que la esperanza es lo último que se pierde? Y seguía con ella, esperando que la mirara a los ojos y viera que detrás de su sonrisa, estaba rota, destruida, y que había sido ella la que había puesto la última gota, esa gota que había colmado el vaso y había causado ese desastre. Ese desastre que la formaba.
 
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