Historia de un descorazonado (Mi terapia para poder derramar las lágrimas que me agobian)
Abrazo a aquel ser invisible que yace a un lado de mi cama. Ese ser sin rostro, al que juego a ponerle un nombre, dibujarle una sonrisa y crearle una historia para tener una conversación imaginaria.
Ese ser que solo existe en mi mente y que allí afuera no he podido encontrar, bien sea por la idiotez de pretender encontrar algo perfecto entre lo imperfecto, o por la necesidad propia, carente de todo fundamento, de cerrar herméticamente un corazón joven, pero con la amargura de un anciano en el lecho de muerte, que espera de forma insomne la llegada de la parca para liberar los demonios de un corazón que pasó los últimos años sumergido en el odio. Aunque en mi caso no es odio en lo que he sumergido ese órgano que palpita, no, en mi caso personal lo sumergí en la inutilidad y el desuso.
Imposibilitado para amar solo queda el consuelo de no sentir dolor, como una vaga esperanza, un último intento de forzar una mueca de superioridad, al creer que el fingir no tener sentimientos significa lo mismo a no tenerlos. Entonces engaño a los demás con esta imagen de chico que nada le duele, nada le alegra, nada le humilla, nada le golpea, nada le asombra, nada le hace daño, nada le hace bien; pero mientras la palabra "nada" da a entender la ausencia o carencia de algo, la verdadera nada debería ser "nada le llena el corazón", aún cuando algunos han dicho de forma cruel y déspota (pues se supone que no tengo sentimientos) que carezco de ese órgano, y que si por algún motivo extraño fui dotado de uno "no tiene nada dentro" o simplemente "es como un agujero negro que todo lo absorbe y lo destruye"
Entonces todos los días, desde el amanecer hasta la hora en que mi metabolismo dicte la hora en que debo dormir, me sumerjo en la desidia de aquella sonrisa fingida, de aquella palabra de ánimo para ver no ver desfallecer al otro, de aquel abrazo que pido a gritos pero que acallo con la mano vanidosa de la soberbia.
Pero entonces se podría dar el caso en que las personas no sabrían realmente quien soy, aquella percepción de haber conocido un perfecto desconocido. Pues soy aquel muchacho algo raro, algo excéntrico, algo salido de casillas, algo nervioso y algo gruñón que siempre está allí para el que lo necesite; pero que al mismo tiempo un joven emocionalmente inestable, con una carencia de carisma y una dificultad demasiado grande para relacionarse con los demás, pues yo mismo me he condenado al papel de eterno consejero o eterno villano.
Desgaste emocional, esas dos palabras encierran todas las frustraciones que me golpean directamente al rostro, pero con la valentía (idiotez) de un soldado acepto, sin chistar, como si fuera un mandato divino (aunque no creo en mandatos de esa índole), como un destino preestablecido e inamovible, como una verdad a medias, que nadie sabe si es una verdad o una mentira. Así es mi vida, un eterno desgaste emocional, lleno de la estupidez de acatar, sin chistar, lo que la vida (los demás) me tiran, creyéndome (o al menos fingiendo hacerlo) sus verdades (y mentiras) como verdades absolutas (y como mentiras absolutas).
Quien diría que el no tener sentimientos era igual (o aún más duro) que el tenerlos.
Ese ser que solo existe en mi mente y que allí afuera no he podido encontrar, bien sea por la idiotez de pretender encontrar algo perfecto entre lo imperfecto, o por la necesidad propia, carente de todo fundamento, de cerrar herméticamente un corazón joven, pero con la amargura de un anciano en el lecho de muerte, que espera de forma insomne la llegada de la parca para liberar los demonios de un corazón que pasó los últimos años sumergido en el odio. Aunque en mi caso no es odio en lo que he sumergido ese órgano que palpita, no, en mi caso personal lo sumergí en la inutilidad y el desuso.
Imposibilitado para amar solo queda el consuelo de no sentir dolor, como una vaga esperanza, un último intento de forzar una mueca de superioridad, al creer que el fingir no tener sentimientos significa lo mismo a no tenerlos. Entonces engaño a los demás con esta imagen de chico que nada le duele, nada le alegra, nada le humilla, nada le golpea, nada le asombra, nada le hace daño, nada le hace bien; pero mientras la palabra "nada" da a entender la ausencia o carencia de algo, la verdadera nada debería ser "nada le llena el corazón", aún cuando algunos han dicho de forma cruel y déspota (pues se supone que no tengo sentimientos) que carezco de ese órgano, y que si por algún motivo extraño fui dotado de uno "no tiene nada dentro" o simplemente "es como un agujero negro que todo lo absorbe y lo destruye"
Entonces todos los días, desde el amanecer hasta la hora en que mi metabolismo dicte la hora en que debo dormir, me sumerjo en la desidia de aquella sonrisa fingida, de aquella palabra de ánimo para ver no ver desfallecer al otro, de aquel abrazo que pido a gritos pero que acallo con la mano vanidosa de la soberbia.
Pero entonces se podría dar el caso en que las personas no sabrían realmente quien soy, aquella percepción de haber conocido un perfecto desconocido. Pues soy aquel muchacho algo raro, algo excéntrico, algo salido de casillas, algo nervioso y algo gruñón que siempre está allí para el que lo necesite; pero que al mismo tiempo un joven emocionalmente inestable, con una carencia de carisma y una dificultad demasiado grande para relacionarse con los demás, pues yo mismo me he condenado al papel de eterno consejero o eterno villano.
Desgaste emocional, esas dos palabras encierran todas las frustraciones que me golpean directamente al rostro, pero con la valentía (idiotez) de un soldado acepto, sin chistar, como si fuera un mandato divino (aunque no creo en mandatos de esa índole), como un destino preestablecido e inamovible, como una verdad a medias, que nadie sabe si es una verdad o una mentira. Así es mi vida, un eterno desgaste emocional, lleno de la estupidez de acatar, sin chistar, lo que la vida (los demás) me tiran, creyéndome (o al menos fingiendo hacerlo) sus verdades (y mentiras) como verdades absolutas (y como mentiras absolutas).
Quien diría que el no tener sentimientos era igual (o aún más duro) que el tenerlos.
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