He muerto
Justo al mediodía luego de finalizar mi tarea diaria de rutina me dejé llevar por el azar, y mis pies cobraron vida llevandome a caminos desconocidos, vagando por las calles bajo el cielo nublado que amenazaba con bañarme en esa calle cálida y húmeda, alcé mi mirada para convencerme de si era o no real, una vez comprobado cubri mi cabeza con la capucha de mi sueter, continue con mi deambular sin saber ni rumbo ni destino, hasta que divisé a lo lejos gran cantidad de personas vestidas de negro, ancianas, ancianos, jóvenes, cuatro niños y hombres morenos vestidos elegantemente que sostenían un féretro negro adornado lujosamente con detalles de rosas doradas, me paralizó por un instante esa escena, dominaban los rostros serios, me acerqué lentamente para ver quién era el desafortunado que había partido de nuestro mundo, a medida que me acercaba noté lágrimas que corrían en esos rostros serios, podría imaginar el enorme nudo en sus gargantas, no querían llorar pero se traicionaban una y otra vez, reconocí a mis allegados entre las personas que participaban en esa marcha fúnebre, me acerqué a mi amiga de mi infancia, cargaba una vela en sus manos, la cabeza agacha y lágrimas humedecian sus mejillas, una vez a su lado, me invadió la enorme inseguridad, jamás en mi vida me había costado hacer una simple pregunta, y sin motivo alguno.
-¿Quien murió?- pregunté finalmente autobligandome a articular palabras que temía decir. Bajé la mirada esperando respuesta, pero sólo hubo silencio. Le miré de nuevo y no habían cambiado sus gestos, seguro estaba muy dolida, caminé a su lado sólo por dos minutos y trate de ver el rumbo de la caravana.
Vi a lo lejos una estatua de un ángel con sus alas extendidas en gesto de dar un abrazo, me sorprendi de ver que se tratara de un ángel femenino, me abrí espacio para estar justo al frente con un epitafio en latín escrito sobre una lámina plateada:
“Sum fillius ex terra yuxta populli mortis”
No pude comprender nada, y no me había percatado de que todos habían llegado ya para introducir el féretro, una vez adentro comenzaron a velarlo; nadie parecía verme, nadie me habló, toqué el féretro negro ligeramente mientras escuchaba las palabras del sacerdote, una gota de agua fría cayó sobre mi al escuchar mi nombre, miré al sacerdote y al resto, pero nadie me miraba, era como si no existiera; apresuré el paso a abrir ese féretro y un golpe de pánico inundó mi pecho al verme adentro, mi palidez, mis parpados cerrados y mis bucles negros preciosamente peinados. Estaba muerta y en ningún momento lo noté.
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