Mencionar la palabra generación, debería siempre motivar el recuerdo de personajes que en el momento que les tocó vivir, realmente vivieron. Indicar esto, puede parecer una estúpida redundancia, pero no lo es, porque no es lo mismo vivir que sólo existir. Si sólo hubiesen existido, no serían considerados para nada, ningún aspecto.
¿Cuántos seres hubo y hay así? Miles de millones.
Fueron entes que respiraron antes de nosotros un promedio de cincuenta años y que simplemente desaparecieron sin más y que hoy son recordados por dos o tres familiares o tal vez por nadie. Son entes que por algo supimos que respiraron, pero que están destinados a desaparecer en veinte años o menos.
A diferencia de estos entes transitorios, los miembros de una generación exitosa son inolvidables. No importa el ámbito en el que se hayan destacado, sus logros se vuelven una referencia y su legado, alcanza los niveles de sacro. Sin embargo, las generaciones, como todo, también tienen otro lado de la moneda, el extremo obscuro donde quedan las generaciones perdidas que, dicho sea de paso, son las que más afectan a sus miembros.
Las generaciones perdidas, son un resultado que, como todas las que surgen, tienen en un inicio todo para ser sublimes, pero terminan siendo todo lo contrario, un fracaso inolvidable.
En estos tiempos, están surgiendo con más frecuencia generaciones perdidas que trascendentales. ¿La razón? Los jóvenes más necesitados están siendo engañados abiertamente por los regímenes populistas. Sus promesas de igualdad y justicia social inmediata sin sustento, desde luego que son aceptadas sin mayores cuestionamientos, porque las promesas de desarrollo y logro, sobre todo para los jóvenes con menos recursos pertenecientes a la hoy conocida como generación Z.
Lo que en otra época definió el éxito como una búsqueda individual incesante de oportunidades y que exigió a los gobiernos que facilitará el acceso a estas, hoy se ha transformado, en la exigencia de un otorgamiento obligatorio de las oportunidades. Los gobiernos populistas lo prometen y sí lo van a otorgar a cambio de la lealtad a cualquier costo dejando a un lado la productividad y la obtención de recursos, por lo que irremediablemente se agotarán.
Lo jóvenes no lo entienden ni lo quieren entender, han sido convencidos de lo merecen y no debe costarles tenerlo. Los progresistas buscan confirmárselo todos los días, lo merecen y no hay más. Así se vuelven incondicionales de un régimen que en menos de cincuenta años terminará con la convivencia social actual.
Los progresistas buscan priorizar las metas sociales limitando o borrando las individuales. Hablan de bienestar sin entender que no hay nada más individual, en realidad, personal, que la definición de bienestar. Mi definición no será igual a la tuya. Sin embargo, lo progresistas quieren que sea igual, convertirla en un común denominador. Uno creado por ellos para satisfacer a las masas, al pueblo, y así tendrán lo que nunca han tenido, aunque después el pueblo se dé cuenta que lo que reciben, en realidad diste mucho de lo que ellos habían definido como bienestar. Lamentablemente, se darán cuentas hasta que la generación Z se haya convertido en la nueva generación perdida, tal vez la última que tuvo la oportunidad de representar una inolvidable e histórica.
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