Fábula de la voz
Este es un cuento muy antiguo; sucedió cuando el mundo era un lugar completamente nuevo y los seres recién creados aún se quedaban maravillados del mundo a su alrededor.
Aún no existían los hombres, pero la idea de crearlos ya existía en la mente de Dios, que por esos días decidió recorrer la tierra convertido en un oso de anteojos, en busca de una voz apropiada para los nuevos seres que iban a nacer dentro de poco.
Recorrió la tierra de un extremo a otro, hasta que por fin encontró un animal cuya voz fuese la apropiada para los seres humanos.
Este era el papagayo: En el principio del mundo esta ave estaba dotada con una hermosa voz, semejante a la de los ángeles, pero cuyo plumaje era totalmente gris y melancólico.
-Bondadoso papagayo-dijo Dios, bajo la forma de un oso- Préstame tu voz por unos instantes, te lo ruego.
-¿Mi voz? ¿Para qué podría servirle a un oso la voz de un ser tan insignificante como yo? Las otras aves se burlan de mí y me desprecian por mi plumaje gris. ¡Cambiaría de buena gana mi voz a cambio de plumas hermosas, para que nadie más se burlase de mí!
-Si ese es tu deseo, papagayo, entonces que se cumpla tal como has querido.
Y Dios se llevó la voz del papagayo, dándole a cambio unas plumas hermosas y coloridas.
El papagayo estaba tan feliz que no le importó mucho el cambio; no fue sino hasta muchos siglos después cuando sus descendientes, deseando poder recuperar la voz angélica de sus ancestros, comenzaron a imitar la voz de los hombres con sus graznidos.
Dios estaba muy satisfecho con la voz, pero pensó que esta era muy suave y aguda para que la tuvieran todos los seres humanos.
-Es necesaria otra voz, una que compense la dulzura de esta voz con dureza y seriedad.
Entonces escuchó al búho, el cual sentado sobre una rama, enseñaba a los otros animales lo mucho que había aprendido sobre la creación en el poco tiempo que había existido.
Dios se sentó junto con los otros animales a escuchar las palabras del búho. Cuando terminó de hablar, todos alabaron al búho por su inteligencia y seriedad.
Cuando todos los animales se fueron, Dios se dirigió muy cortésmente al búho, y este le respondió:
-No me alabes más, oso, porque Tú sabes mucho más que yo sobre este mundo.
-¿Entonces sabes quién soy?
-Sí, porque quienes buscan la sabiduría más que nada en el mundo reconocen la fuente de esta: Tú eres Dios, la fuente de toda la sabiduría.
-Haces bien al reconocerme, búho: Por eso te premiaré con sabiduría. Serás el más inteligente de todos los animales que existen sobre la tierra.
-No, no eres sincero, Dios: Yo he escuchado a través de otros animales que piensas crear otro animal, uno que es mucho más inteligente que todos nosotros. Aún sí te doy mi voz, mi inteligencia será inferior a la de tu nueva creación.
-Te lo prometo búho: Si me concedes tu voz tú serás la más sabia de todas las criaturas. Incluso los hombres, mi nueva creación, reconocerán tu sabiduría.
Y el búho aceptó conceder a Dios su voz a cambio de ser el animal más sabio de todos.
Dios, sintiendo tristeza por la soberbia del búho, le dijo:
-Búho... ¿Te das cuenta de lo que vale el conocimiento ahora que no puedes compartirlos con los otros? Has sacrificado tu voz por sabiduría. Pero cómo no está bien que las verdades que ahora conoces se pierdan sin que nadie las sepa, te concedo un canto que reemplace tu voz, para que puedas compartir tu sabiduría con las otras criaturas. Pero no podrán entenderla sino aquellos que escuchen con el alma y el corazón. Esa es tu penitencia por querer el saber para ti solamente.
Desde entonces el búho ulula: Tal fue el canto que le concedió Dios para compensar su voz perdida.
Y Dios creó a los humanos, dando la voz que había pertenecido al papagayo a las mujeres, mientras que la voz áspera del búho fue concedida a los hombres, quienes desde los tiempos más antiguos reconocieron asociaron a los búhos al conocimiento y la sabiduría.
Y desde entonces, los búhos salen cada noche y ululan, invitando a los hombres a compartir su sabiduría.
Aún no existían los hombres, pero la idea de crearlos ya existía en la mente de Dios, que por esos días decidió recorrer la tierra convertido en un oso de anteojos, en busca de una voz apropiada para los nuevos seres que iban a nacer dentro de poco.
Recorrió la tierra de un extremo a otro, hasta que por fin encontró un animal cuya voz fuese la apropiada para los seres humanos.
Este era el papagayo: En el principio del mundo esta ave estaba dotada con una hermosa voz, semejante a la de los ángeles, pero cuyo plumaje era totalmente gris y melancólico.
-Bondadoso papagayo-dijo Dios, bajo la forma de un oso- Préstame tu voz por unos instantes, te lo ruego.
-¿Mi voz? ¿Para qué podría servirle a un oso la voz de un ser tan insignificante como yo? Las otras aves se burlan de mí y me desprecian por mi plumaje gris. ¡Cambiaría de buena gana mi voz a cambio de plumas hermosas, para que nadie más se burlase de mí!
-Si ese es tu deseo, papagayo, entonces que se cumpla tal como has querido.
Y Dios se llevó la voz del papagayo, dándole a cambio unas plumas hermosas y coloridas.
El papagayo estaba tan feliz que no le importó mucho el cambio; no fue sino hasta muchos siglos después cuando sus descendientes, deseando poder recuperar la voz angélica de sus ancestros, comenzaron a imitar la voz de los hombres con sus graznidos.
Dios estaba muy satisfecho con la voz, pero pensó que esta era muy suave y aguda para que la tuvieran todos los seres humanos.
-Es necesaria otra voz, una que compense la dulzura de esta voz con dureza y seriedad.
Entonces escuchó al búho, el cual sentado sobre una rama, enseñaba a los otros animales lo mucho que había aprendido sobre la creación en el poco tiempo que había existido.
Dios se sentó junto con los otros animales a escuchar las palabras del búho. Cuando terminó de hablar, todos alabaron al búho por su inteligencia y seriedad.
Cuando todos los animales se fueron, Dios se dirigió muy cortésmente al búho, y este le respondió:
-No me alabes más, oso, porque Tú sabes mucho más que yo sobre este mundo.
-¿Entonces sabes quién soy?
-Sí, porque quienes buscan la sabiduría más que nada en el mundo reconocen la fuente de esta: Tú eres Dios, la fuente de toda la sabiduría.
-Haces bien al reconocerme, búho: Por eso te premiaré con sabiduría. Serás el más inteligente de todos los animales que existen sobre la tierra.
-No, no eres sincero, Dios: Yo he escuchado a través de otros animales que piensas crear otro animal, uno que es mucho más inteligente que todos nosotros. Aún sí te doy mi voz, mi inteligencia será inferior a la de tu nueva creación.
-Te lo prometo búho: Si me concedes tu voz tú serás la más sabia de todas las criaturas. Incluso los hombres, mi nueva creación, reconocerán tu sabiduría.
Y el búho aceptó conceder a Dios su voz a cambio de ser el animal más sabio de todos.
Dios, sintiendo tristeza por la soberbia del búho, le dijo:
-Búho... ¿Te das cuenta de lo que vale el conocimiento ahora que no puedes compartirlos con los otros? Has sacrificado tu voz por sabiduría. Pero cómo no está bien que las verdades que ahora conoces se pierdan sin que nadie las sepa, te concedo un canto que reemplace tu voz, para que puedas compartir tu sabiduría con las otras criaturas. Pero no podrán entenderla sino aquellos que escuchen con el alma y el corazón. Esa es tu penitencia por querer el saber para ti solamente.
Desde entonces el búho ulula: Tal fue el canto que le concedió Dios para compensar su voz perdida.
Y Dios creó a los humanos, dando la voz que había pertenecido al papagayo a las mujeres, mientras que la voz áspera del búho fue concedida a los hombres, quienes desde los tiempos más antiguos reconocieron asociaron a los búhos al conocimiento y la sabiduría.
Y desde entonces, los búhos salen cada noche y ululan, invitando a los hombres a compartir su sabiduría.
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