Al pasar junto al espejo me detuve unos instantes, intentando reconocerme en el reflejo tras una noche de excesos donde el tiempo apellidado “libre” había volado.
Justo en ese momento apareció la figura de mi padre a mis espaldas, con un café en las manos y mientras sonaba el reloj del comedor, poniéndole nombre al tiempo, comprendí que aquel espejo era una puerta al futuro. Di un paso al frente, tomé un sorbo de café caliente y dije: “deja ya de mirarte en el espejo y acuéstate hijo”
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