19.05.10
Érase una vez un acólito.
¡Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del señor…!
¡Cielo y tierra pasarán, más tus palabras no pasarán…!
Eran unos de los himnos católicos que más me gustaban y que cantaba realmente con espíritu y con fe.
Mi sotana blanca, una cruz de madera al cuello y una cintita roja, verde, amarilla o morada, dependiendo del día celebración.
Fui acolito alrededor de cuatro años y estaba muy involucrado, creía fehacientemente en la palabra sagrada. Me acuerdo de que jugaba a las polcas, ganaba y vendía, parte de lo que ganaba lo dejaba bajo un altar a la virgen que tenía mi abuela en su pieza, para el domingo darlo de diezmo.
Iba a misa dos o tres veces a la semana, había tres mujeres que me gustaban mucho pero no me pescaban ni en bajada.
Parece que me retiré por las burlas de mis amigos, o simplemente comencé a tener diferentes gustos. Pero no abandone de inmediato la creencia, ya que hice la primera comunión y la confirmación, para dejar conforme a mi familia o para cumplir con algo que de niño me hizo sentir muy bien, no tengo nada contra las religiones establecidas ¿O no?, sé que alguna puede que tenga un inicio de verdad, pero se quedan ahí y no trascienden.
A veces suelo pensar que queda aún algo en mí, de esa la que fue mi iglesia.
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