Ella, magnifica representación de la perfección. Su forma es abstracta, puesto vendió su alma desde tiempos inmemoriales, con el propósito de poseer inmortalidad y belleza inmarcesible. No sólo eso, ya que ella posee la cualidad de mostrarse como la creatura más hermosa, claro, hay que tener en cuenta que la belleza es relativa del que mira, por ende,  guerras se han alzado por disputar su verdadera apariencia, durante los siglos su nombre ha variado, por ello se ha mantenido en el anonimato, nombres que se le han sido otorgados por sus amantes.
Su belleza persuade a cualquiera, haciendo claudicar hasta la más rígida voluntad, mujeres se han vuelto lesbianas y homosexuales han aprendido a idolatrar la belleza femenina. Sólo es cuestión de que se proponga un objetivo para hacerlo rendirse a sus pies. Evidentemente, estas cualidades le costaron más que el ánima, también le cobró la voz. Algo irónico, que tras tantas frases ideadas por los más nobles poetas sobre la redundancia del interior, una diosa incapaz de expresar algo más que lujuria lograra que adeptos alzaran, destruyeran y perdieran reinos a su nombre.
Pero hoy, un problema aqueja a nuestra moza. Desasosegada por aquello que creía perdido, se encuentra inerme ante el dilema que le plantea un hombre, al cual a atosigado, se ha aprendido de memoria su itinerario, anhela con fervor oler su colonia por las mañanas, estrujarle su raquítico cuerpo, aconsejarle cuando le asedien las penumbras, besarle hasta fundirse en un solo ser, que promete ser más perfecto de lo que ella llegaría a ser. Pero lamentablemente no puede más que contemplarle. Puesto que él ignora por completo su existencia. Ella cautivaba a los ilusos por los ojos, él se interesaba en aquellos ruidos que le alertaban su existencia, sí, él era ciego.
Ella no sabía cómo interceptarlo, le seguía noche y día, cada vez más pérdida en su mundana existencia. Él, a pesar de carecer del susodicho sentido, su agudo oído le permitía escuchar aquellos impetuosos saltitos que daba su admiradora. Cosa que le aterraba, pero a la vez, le alagaba. Nadie con la pisada tan ligera podría tener la suficiente fuerza como para acogotarle.  Hubo un tiempo en que la equiparo al andar de un perro, pero evidentemente eso era absurdo.
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Un día, tomo la iniciativa, preguntó quién le andaba siguiendo, obvio no recibió respuesta. Pero ella escocia por hablarle, intento hacerlo, pero ninguna palabra salió de aquellos perfectos labios. Ante la impotencia, se rindió al suelo, esperando a que su caballero errante se marchase y le dejara allí varada, como lo habían hecho antes tantos egoístas que solo buscaban saciarse con ella, dadivándole absurdas gestas.
Él, por lo contrario, se acercó a ella, le colocó su pesada mano sobre el hombro mientras que le retiraba el flequillo con la otra, acertándole un gentil beso en la frente. Luego se retiró con una sonrisa pícara en el rostro. Desde aquel día, caminan de la mano por las veredas, nadie entiende lo que vieron el uno en el otro, lo importante, es que vieron aquello que es imperceptible a la vista. Aquello que en verdad impera.
Ahora ella le guía, mientras él le susurra bellas melodías.
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