El último domingo de sol
El último domingo de sol
(Kill of This)
Entiendo que jamás podría transmitir en palabras todo lo que sentí después del último domingo de sol. Aunque los sucesos y las consecuencias de ese día; se encuentren por fuera de mi consentimiento o no. Hay algo que marcó en mí un antes y un después insoslayable. Las grietas sobre una extraña forma de percibir e incorporar aquellas cosas que jamás se olvidan; como atadas a la suerte de una melancolía que cada noche muere y se atreve a renacer. Libre de los prejuicios como los pájaros; cómo las razones; como el decir sin filtro de un ser enajenado.
Voy a comenzar con una frase que quedó con asombroso peso guardada en mi memoria “su absurda selectividad inclusiva que regala el cariz peculiar a sus determinados”.
¿Cuánto puede hacer un ser con tal de esconderse en su infernal egoísmo avaro? ¿Cuántos corazones sería capaz de romper con tal de hacerse de un capricho; en lo más subliminal de su egoísmo voraz?
El último domingo de sol había trenes; un barranco de piedras y pastos crecidos; un agobiante sol de mediodía; una rutina esperando en la puerta del lunes que, seguramente, iba a llover. Había pasión, locura, estaciones desiertas, trenes del olvido, intereses, deseos, percances, malos tiempos, culpas, miedos y un displicente amor propio que agonizaba en frágiles expectativas que se permitía ignorar.
El último domingo de sol marcaba un momento; tan culmine para él; como para todos los que desde afuera sabíamos percibir lo que pasaba. Tan desinteresados y a la espera de su caída; tan interesados a la vez por ver la escena para tener que comentar el lunes en la oficina.
Y no te voy a culpar; más bien merezco un castigo por mi hipocresía. El último domingo de sol fue para todos; para cada quien de distinta manera; el último domingo de sol fue la escalera interminable que nos dejaste vislumbrar. Y aunque lo sé; te confieso casi con culpa, no todos aceptaron su existencia; sabiendo desde cero que eso estaba allí. Otros lo usaron como pretexto; otros para crucificarte.
El último domingo de sol fue como una estrella; un fogonazo perdido al oscuro diamante que ya no pudiste dominar.
El último domingo de sol fue el más bello regalo que te regalaste. Fuiste vos en todas tus posibles formas. Como una absurda manera de comunicar lo que jamás podría ser apresado por la palabra. Tu accionar de niño borderline frente a nuestras estúpidas caras de rosaditos y enclaustrados, pobrecitos, reventados.
El último domingo de sol al final tenías razón; y por más que sea más barato darte por loco o casi muerto; pudiste acariciar la nota que vibró en los corazones y así te salvaste solo y frente a nosotros que no entendimos nada.
El último domingo de sol; obviamente no fue el último domingo de sol, seguramente existirán miles más, pero ninguno será tan bello como tu último domingo de sol.
(Kill of This)
Entiendo que jamás podría transmitir en palabras todo lo que sentí después del último domingo de sol. Aunque los sucesos y las consecuencias de ese día; se encuentren por fuera de mi consentimiento o no. Hay algo que marcó en mí un antes y un después insoslayable. Las grietas sobre una extraña forma de percibir e incorporar aquellas cosas que jamás se olvidan; como atadas a la suerte de una melancolía que cada noche muere y se atreve a renacer. Libre de los prejuicios como los pájaros; cómo las razones; como el decir sin filtro de un ser enajenado.
Voy a comenzar con una frase que quedó con asombroso peso guardada en mi memoria “su absurda selectividad inclusiva que regala el cariz peculiar a sus determinados”.
¿Cuánto puede hacer un ser con tal de esconderse en su infernal egoísmo avaro? ¿Cuántos corazones sería capaz de romper con tal de hacerse de un capricho; en lo más subliminal de su egoísmo voraz?
El último domingo de sol había trenes; un barranco de piedras y pastos crecidos; un agobiante sol de mediodía; una rutina esperando en la puerta del lunes que, seguramente, iba a llover. Había pasión, locura, estaciones desiertas, trenes del olvido, intereses, deseos, percances, malos tiempos, culpas, miedos y un displicente amor propio que agonizaba en frágiles expectativas que se permitía ignorar.
El último domingo de sol marcaba un momento; tan culmine para él; como para todos los que desde afuera sabíamos percibir lo que pasaba. Tan desinteresados y a la espera de su caída; tan interesados a la vez por ver la escena para tener que comentar el lunes en la oficina.
Y no te voy a culpar; más bien merezco un castigo por mi hipocresía. El último domingo de sol fue para todos; para cada quien de distinta manera; el último domingo de sol fue la escalera interminable que nos dejaste vislumbrar. Y aunque lo sé; te confieso casi con culpa, no todos aceptaron su existencia; sabiendo desde cero que eso estaba allí. Otros lo usaron como pretexto; otros para crucificarte.
El último domingo de sol fue como una estrella; un fogonazo perdido al oscuro diamante que ya no pudiste dominar.
El último domingo de sol fue el más bello regalo que te regalaste. Fuiste vos en todas tus posibles formas. Como una absurda manera de comunicar lo que jamás podría ser apresado por la palabra. Tu accionar de niño borderline frente a nuestras estúpidas caras de rosaditos y enclaustrados, pobrecitos, reventados.
El último domingo de sol al final tenías razón; y por más que sea más barato darte por loco o casi muerto; pudiste acariciar la nota que vibró en los corazones y así te salvaste solo y frente a nosotros que no entendimos nada.
El último domingo de sol; obviamente no fue el último domingo de sol, seguramente existirán miles más, pero ninguno será tan bello como tu último domingo de sol.
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