Comienza a llover y yo descuelgo un álbum de fotos mental. Luego voy y vengo una docena de veces del sillón del living a la cocina. Siempre me olvido lo mismo, la botella de cerveza. Estoy mal humorado, quizás porque estoy solo; en el cuarto de al lado duermen dos criaturas sin pecado, dos criaturas que por suerte no saben de las miserias del adulto. Ellos suelen ser mi única compañía, pero sigo estando solo. La lluvia es cada vez más fuerte, y de repente me inquieta que se corte la luz. Vuelvo a fumar y otra vez me digo que tengo que dejarlo. Ahora me preocupa que mi vuelo mental ya no sea el de antes, ya no es puro, ya no soy un niño. Escucho ruidos, me confundo, no sé si es la lluvia, mi mente, u otra cosa. Estoy paranoico, lo sé. Pero no hay que darles motivos de persecución a un paranoico, porque la destrucción mental será imparable. Y a mí me los dieron, y mi destrucción es inminente. Pero no quiero pensar en ello, no esta noche. Entonces salgo a la calle, abandono a esas dos criaturas, la lluvia me vuelve parte de ella, caminó como un loco, parezco un adicto desesperado en busca de un poco de droga. “¡Mierda!” me digo, “que solo estoy”. Quiero llorar pero no puedo, porque no tengo las ganas suficientes de hacerlo. De repente un segundo de lucidez mental me hace dar cuenta que abandone a esas dos criaturas y me desespero. Regreso a la casa, la puerta de entrada está abierta, no recuerdo si yo la deje así. Entro desesperado; ¡los niños no están!, ¡los niños no están por ningún lado! Me veo morir, pero no puedo hacerlo, debo buscar a los chicos, los busco por toda la casa pero no los encuentro. Vuelvo a salir a la calle, ya no llueve, alguien me grita desde dentro de mi casa, es la voz de un niño, pero no es la de ninguno de mis hijos. Me dice señor solo, señor solo. Y desaparece. ¡Se los llevo, aquel niño desconocido se los llevo!, y me pregunto ¿Por qué? Finalmente el llanto me gana, quedo de rodillas en el suelo. Pero lo que está pasando no tiene sentido, me reincorporo, vuelo al cuarto de los chicos esperando encontrarlos allí, dormidos en sus camas. Pero no están, hace tiempo que no están, y eso no es justo. Regreso al sillón, tomo la cerveza caliente, escribo un cuento infantil: “EL CUARTO MÁGICO”, pienso que se los daré cuando los vuelva a ver, cuando me dejen hacerlo. Quién sabe cuándo será eso: Jamás me comporte mal con ellos, pero, igual no puedo verlos. Porque alguien se encargó de destruir mi cordura, jugando con mi mente y mes sentimientos. Entonces el señor solo, siempre lo estará, por ser un adicto a la paranoia, y sobre todo por ser un alma noble que se dejo destruir,
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