El Secreto de los Amos
 por: Ricardo Costello
 
Prólogo
 
 
San Virgilio, 1957. La noche del 7 de mayo, es una noche que jamás olvidaré. No quiero describir la sensación que tuve al escuchar semejante noticia. Náuseas. Estoy bien. Me dieron náuseas. La cabeza me daba vueltas. ¿Pasó en realidad? Parecía que me hubieran quitado un regalo que nunca abrí. Mañana estaré mejor. Sebastián. 
Estaba desarmada, y quizás arrepentida. ¿Por qué pasó?. Arrepentida por todo el daño que le hice, por todo lo que sufrió por culpa mía. No lo merezco. Era imposible de creer, Sebastián mi hermano, el hombre perfecto de la vida perfecta, ¿Dónde está? Le hablaré por teléfono. Ya no está. Ya no está. La sociedad consternada, y yo… Quizás se soluciona. Todo tiene solución. No más pensamientos hoy, quiero descansar. Estaba atrapada, destrozada, parecía que cada paso que daba me conducía a la perdición.
Estoy bien. Sebastián merece algo mejor de mí. Además era necesario, pues mi reputación ante los ojos de los Virgilianos no era la mejor de todas. Hazlo, nunca hiciste nada por él.
 Decidí velarlo esa misma noche, en la sala que se encontraba en el primer piso de la mansión donde yo residía en ese tiempo. Ya pasará. Sebastián era un escritor reconocido en el pueblo, amante de la astronomía y del arte egipcio y tenía un buen número de seguidores que se presentarían esa noche en el velatorio. Tenía 5 obras publicadas y marcaba siempre una tendencia a seguir. Por cierto, nunca leí ninguno de sus libros. Me fatigaba ver el “éxito” del que gozaba, mientras yo apenas tenía para pagar mis deudas. 
A mis 50 años, yo la señora Deborah Díaz me encontraba más obesa y sola que nunca. Estaba en una mansión que había heredado de papá; era lo único que quedaba de la familia. Había perdido contacto con mis parientes desde la muerte de mi padre. Y ahora que no estaba mi hermano, tenía completa desconexión con el mundo; a pesar de que había dejado de hablar con él hacía 10 años, sabía que él estaba ahí para cualquier cosa que necesitara.
Sebastián se codeaba con hombres de la alta sociedad que en este momento acudirían a mi residencia, por eso decidí utilizar uno de los vestidos más elegantes que guardaba en mi armario. 
Tocaron el timbre, ya casi estaba lista. Me colgué el collar de perlas que él me había regalado hace tiempo y bajé al primer piso. Volvieron a timbrar.
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 -¡Ya voy!- grité. Abrí la puerta y era una pareja como de mi edad, el señor se veía inconsolable y sus ojos lucían hinchados y la señora que lo acompañaba parecía que no conocía a mi hermano pues su cara era de completa indiferencia. 
-Pasen, ¿gustan algo de vino?- les ofrecí. 
Estaba arruinada económicamente en ese momento, pero lo mínimo que podía hacer por Sebastián era despedirlo de una manera digna.
Una tormenta se arrojó sobre San Virgilio. Parecía que el firmamento sabía de la muerte de mi hermano y se vestía de luto. La noche oscura se llenaba de sombras y la lluvia parecía intensificarse. Comencé a recibir visitas toda la noche, personas de todas clases sociales que estimaban a Sebastián llegaron a darle un último adiós. Señoras de mi edad y hasta más grandes se acercaban al cuerpo y lloraban con demasiado ímpetu. También llegaron jóvenes con rosas y hasta una familia con arreglos florales. Se sentía un ambiente muy tenso, creo que entre los visitantes había quienes sabían que mi relación con Sebastián no era la mejor del mundo, y no me observaban con mucho aprecio. Quizás esa fue una de las razones que comenzó a irritarme. Me empecé a sentir fuera de lugar en mi propia casa.  Llevaba todo el día haciendo trámites, firmando actas y hablando con el personal de las funerarias, estaba agotada. Se acercaba la medianoche y los visitantes no se marchaban. Era impresionante la cantidad de personas que pisaron mi sala para despedirse de Sebastián. Sin duda mi hermano era muy conocido y estimado. 
Pero de repente, empecé a sentir que las cosas se estaban saliendo de control. Llegaron periodistas y reporteros y comenzaron a fotografiar el cuerpo de mi hermano, parecían llenos de morbo y de indiferencia ante su muerte, su fallecimiento era nada más una noticia, un artículo más que vender. Luego, llegó una escolta de cuatro hombres misteriosos con trajes muy elegantes, entraron a mi sala y cada uno llevaba una rosa roja. Se acercaron y las depositaron dentro del ataúd. Después se marcharon. Mientras los periodistas entrevistaban a los visitantes,  voltearon conmigo y comenzaron a hacerme preguntas de lo más privadas.
-¿Es cierto que usted y su hermano no se llevaban bien?- me preguntó una señorita rubia. 
-¿Conoce usted la causa del suicidio de su hermano? ¿Es cierto que su hermano sufría de trastornos mentales?- Me quedé en silencio. 
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No quise darle una bofetada por respeto a la memoria del difunto pero comencé a sentir una especie de invasión. Mi paciencia estaba llegando a su límite. Me acerqué al ataúd y le pedí perdón a Sebastián por todo el daño que le había hecho, y por lo que estaba por hacer. Empecé a gritar, le dije a las personas que estaban ahí que se salieran, que quería estar sola con él. Unos me miraron con cara de estupefacción, y otros, parecía que estaban esperando a que lo hiciera, como si ya me conocieran. Poco a poco empezaron a salir y quedé sola en la estancia con el cuerpo. Y de repente, llegó el silencio. Me hinqué unos minutos pidiéndole perdón a Dios por el escándalo que acababa de armar. Entonces escuché que la puerta principal se abrió de par en par. En eso, los candiles de electricidad se apagaron. Una ráfaga de viento se coló y sentí un terrible escalofrío. La temperatura comenzó a descender, podría decirse que la muerte rondaba por mi casa esa noche. El viento hizo que las cortinas se movieran y que se cayera una copa de la mesa que estaba al lado del ataúd. El sonido de un trueno me asustó de nuevo, así que corrí y cerré la puerta principal. Me sentía acechada, como si una extraña presencia estuviera observando todo lo que hacía. Y más adelante me daría cuenta que no estaba del todo equivocada. 
-¡Perdón!- Grité -¡Perdón!, ¡no quise hacerte daño!
Pero era en vano, no respondía. Sebastián yacía en el ataúd, con una línea morada en su cuello. Con su cabello oscuro y con la piel más pálida aun de la que lo caracterizaba. Con el silencio que muchas veces me indigné a escuchar. Si me quedaba ahí, lo más probable es que perdiera la razón. 
Un té de tila. Subí las escaleras hacia la cocina. El rugido de la madera resonaba en cada paso que daba. Mientras subía, sentí que alguien respiraba atrás de mí, en mi cuello, había ojos por todas partes. 
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Llegué a la puerta de la cocina, donde curiosamente yo había dejado la luz prendida, y se encontraba apagada. Me acerqué al interruptor, y lo encendí. Y fue cuando lo vi. Estaba sobre mi mesa. Sentí que la sangre se me bajó hasta los pies. Cerré los ojos unos segundos, respiré profundo. Caminé poco a poco y por fin lo vi de cerca. Era un paquete forrado con papel café, y un cordón blanco. Decía DEB. No me estremeció tanto el paquete, sino lo que las letras significaban. DEB era la forma en que me llamaba Sebastián cuando estaba vivo, y era la única persona que lo hacía. Tomé el objeto, agarré un cuchillo y corté el cordón. Lo abrí y era un libro, ¡un libro!. La portada era de piel y al abrirlo llevaba el título de: 
 
 
“El Secreto de los Amos”
 
A pesar de no estar familiarizada con la colección de libros de mi hermano, sabía que tenía 5 obras publicadas, pero ninguna llevaba ese nombre. Debajo del título decía: Sebastián Díaz. Lo curioso es que el nombre que usaba mi hermano como escritor era Sebastián Caballero. Entonces fue cuando me percaté. Este libro no ha sido publicado. Pero ¿Quién lo pudo haber tenido, y lo ha traído hasta la mesa de mi cocina? Justo cuando caí en la cuenta, se escuchó un ruido en la azotea. No estoy sola. Cogí con firmeza el cuchillo con el que había abierto el paquete, tomé el libro y salí de la cocina. Subí las escaleras hacia el tercer piso, donde se encontraba mi habitación.
            -¿Quién está ahí?- pregunté, pero nadie respondió. Sólo se escuchaba el viento, que parecía que a gritos me quería decir algo. Un trueno hizo que la casa retumbara. Estoy bien. 
Al llegar a mi habitación cerré la puerta con llave y encendí la lámpara de mi buró. Me senté en la cama y abrí el libro con rapidez. Había una nota en la tercera página que rezaba:
 
Hace mucho tiempo que lo sé.
No pude decir la verdad antes.
Estás en grave peligro.
No es justo para nosotros,
ni lo fue para nuestros antepasados.
Pero parece que se ha consolidado,
es necesario revelar los secretos.
 
Alguien comenzó a golpear la puerta de mi habitación. 
-¡Basta!- Comencé a temblar. Seguían golpeando, pensé que derrumbarían la madera. Me acerqué para ver por el ojo de la cerradura y no vi nada.
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-¿Quién es y qué quiere? ¡Salga de mi casa que hablaré a la policía!
 De repente dejaron la puerta en paz. Volví a mirar por el orificio y no había nadie. Esperé unos segundos. Tomé el cuchillo que estaba en la cama. Quité el seguro de la puerta sin hacer ruido y abrí la puerta rápidamente. Nada. Afuera de mi cuarto había un balcón que daba al recibidor, de ahí se podía ver la puerta principal y arriba de ésta había un gran ventanal que hacía posible la vista de la calle. Escuché de nuevo un ruido en el primer piso. Caminé hacia las escaleras apretando el puñal con todas mis fuerzas. Bajé poco a poco. Hay alguien aquí. 
-Sebastián.
El cuerpo de mi hermano yacía en la sala, bajé con cuidado.
Entonces alguien cubrió mi boca, me sorprendieron por atrás. El cuchillo que tenía en la mano lo hundí en su brazo. 
-¡Ahhh! 
Cuando ya me había soltado, lo vi bien, toda mi casa estaba en oscuridad pero pude notar que era apenas un muchacho de unos 20 años, y  me dijo:
-¡Tranquila señora!  ¡No le voy a hacer daño! ¡Ay me duele!
-¡Salte de mi casa o te juro que en este momento te mato! Le contesté. 
-¡No señora, por favor! ¡Vengo a protegerla, usted corre un gran peligro!- 
-Jajaja, ¿Protegerme tú? ¿De quién?
Y en eso, casi colapso de nuevo… Llegaron no sé si tres o cuatro carros frente a la entrada principal, lo pude ver desde el balcón a través del gran ventanal que estaba arriba de la puerta principal 
En eso volteé a ver al muchacho:
-¿Quién eres? y ¿A quién has traído a mi casa?
-Tenemos que irnos antes de que nos maten- dijo el joven viendo la sangre que salía de su brazo.
Varios hombres se bajaron de los carros y se acercaron a la puerta. Entonces me percaté de que no venían en son de paz. Traían algo en las manos pero no estaba segura de lo que era hasta que escuché, tenían un ¿arma? 
            Se empezaron a escuchar disparos hacia mi puerta, y el joven que estaba enfrente de mí me agarró y de la mano me llevó por las escaleras. En eso volteó y me dijo: 
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-¡cuide ese libro como si fuera el último tesoro de su vida!-  Y seguimos corriendo, grité. La adrenalina recorría mi cuerpo, se me subió la presión arterial, gracias a Dios no sufrí un infarto. Atravesamos la sala, el pasillo y la lavandería, y llegamos a la puerta trasera que daba al jardín, salimos de la casa y  había una pequeña salida que daba al callejón de atrás. Y ahí estaba estacionado un deportivo del año color rojo.
-¿A dónde nos dirigimos? Le grité. –¡El cuerpo de Sebastián está en la casa!.
Escuché que los hombres ya estaban adentro del lugar disparando. Sin pensarlo dos veces me subí al asiento de copiloto, mientras el joven encendió el carro y aceleró, aceleró tan fuerte que no podía respirar. 
Viramos hacia la izquierda y atravesamos unas cuantas calles, volteé hacia atrás y de repente vi doblar en la esquina a cuatro carros color negro. 
¡Ahhh! ¡Nos persiguen! grité.
Estaba conmocionada, sentía que se me salía el corazón, volteé y vi que los carros se acercaban cada vez más. El joven atravesó la ciudad pasándose los semáforos en rojo. Sin embargo, los carros parecían no querer detenerse. 
Era media noche ya y casi no había vehículos. De repente, el joven dio vuelta en un callejón donde apenas cupo su carro.  Los perdimos pensé. Seguimos por ese callejón hasta que atravesamos con una avenida y ahí estaban de nuevo, los carros que nos perseguían. El joven aceleró pero no fue suficiente esta vez y un carro le dio un golpe en la parte trasera del auto. Otro vehículo lo intentó cerrar, pero hizo una maniobra y logró escapar. 
Siguió un poco más de 2 horas por la carretera. Al llegar a una brecha, dio vuelta hacia la derecha y avanzó por un pedazo de terracería. 
Poco después, llegamos a una zona con árboles grandes y nos adentramos más y más al bosque. Y en medio de la oscuridad se vio una pequeña luz a lo lejos. 
-¿Dónde estamos? pregunté.
 –Ahora lo descubrirá. 
Era una cabaña en medio del bosque. Afuera tenía dos pequeños faros, los cuales iluminaban con una luz muy tenue. Nos bajamos del auto, y me di cuenta que estábamos en la cabaña que pertenecía a mi familia cuando yo era apenas una niña.
 -¿Cómo supiste el camino?- pregunté.
 –Señora, la verdad su hermano me trazó un mapa, él me dijo que usted conocía este lugar, pero que no tenía acceso.
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–No pues claro que no tengo acceso. Mi madre la vendió cuando murió papá. Pero, ¿y cómo conseguiste las llaves?
-Su hermano me las dejó también, al parecer él compró la cabaña a quien la vendió su madre. 
El muchacho sacó una llave de su bolsillo y abrió la puerta de la cabaña. Entramos, y saqué un encendedor. Él abrió una puertecita de la pared y encendió las luces. 
-¿Pero qué ha pasado? , parece que alguien hubiera estado aquí.
-Sí, su hermano nos dejó este lugar como refugio, equipó la cabaña con electricidad, teléfono y hasta con armas…. me pregunto si algún día las usaremos, jaja.
-Muy gracioso, ahora, me vas a decir, ¿quién eres? ¿Y por qué me has secuestrado? ¿Cómo conocías a mi hermano? 
-¡Ay! Me duele el brazo… Su brazo sangraba pero ya no tanto,  la herida era muy superficial.
-A ver necesito que me expliques, ¿qué está pasando?
-Mire señora, yo soy César Ayala, alumno del Profesor Sebastián en la Universidad Nacional de Historia, estudiaba con él Filosofía e Historia de las Artes. Verá, su hermano estaba trabajando en un proyecto secreto, y me dejó este libro, no sé cuánto tiempo tenía escribiéndolo, pero antes de morir me pidió que se lo trajera. La verdad no me platicaba muchas cosas, pero creo que sintió confianza conmigo porque le ponía mucha atención en sus clases, y fui varias veces a que me asesorara. 
-¡No entiendo! Si mi hermano quería darme este libro ¿por qué no me lo dio directamente?
-No tengo la menor idea, es decir, tengo la ligera sospecha que él ya pensaba en…
-Suicidarse
-Sí,  de hecho ayer me dejó el paquete en el casillero, y en la parte de afuera decía: “Deb”
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-Entonces reconocí la letra del profesor Sebastián. Fui al recibidor  de su oficina para preguntarle acerca del paquete, pero no estaba él, ni su secretaria y todo lucía en desorden, parecía que alguien hubiera estado ahí buscando algo. Pero no entré a su despacho, estaba cerrado con llave, toqué y toqué y nunca me abrió. Me supuse que no estaba, pero no sé porque cuando estaba ahí sentí que alguien me observaba. Y hoy en la mañana vi el periódico donde decía que se había suicidado en su propio despacho. El problema es que estuve ahí, cerca de la hora en que se quitó la vida. Mis huellas están en la puerta principal y ahora la policía me busca. Aunque no sólo es la policía, también estos hombres que me han estado observando, no sé desde cuándo, pero sé que escuchan mis conversaciones por teléfono, y no sé si me ven cuando voy al baño. Y ahora soy el blanco de la policía y de estos hombres que me quieren matar. Yo creo que están en busca del libro.
-¡Pero no entiendo muchacho! ¿Por qué me lo has traído a mí? ¿Qué dice el libro para que estos hombres nos quieran matar? ¿Por qué me metes en los líos de mi hermano?
Es que…
-Señora, siento mucho lo de su hermano, pero tiene que entender que no sé nada, y que al contrario, creo que estoy ayudando. Solamente dejó escrito su nombre en el paquete, y esta mañana mi novia y yo vimos el nombre de usted en el periódico, fue cuando nos percatamos que el paquete iba dirigido para usted, pero quizás a su hermano no le dio tiempo de entregárselo…
-Si en realidad hubiera querido tiempo, ¡hubiera postergado la hora de su partida...!
-Entonces, quizás él no fue quien puso la hora de partir… No lo entiende, su hermano no se suicidó, ¡su hermano fue víctima de un homicidio!
-¡Claro! Como mi hermano tenía tantos enemigos
-¡Pues aunque no lo crea! Pareciera que su hermano tuviera más enemigos que amigos
-¡Mira muchacho! ¡Mi hermano no era santo de mi devoción, pero tampoco te dejo que le hables así! Te metes a mi casa, me secuestras, casi me matan, y ahora ¡le faltas al respeto a un difunto!
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- Disculpe usted por haberme entrometido en su casa, pero era el primer y último favor que me pidió el profesor.  Antes me había preguntado que si podía contar conmigo, y yo le había dicho que le ayudaba en lo que él deseara. Pero nunca me imaginé que ya no lo volvería a ver con vida. La verdad es que estamos tan confundidos como usted. Y necesitamos saber más de la vida de su hermano. Tenemos que leer ese libro.
 
 
 
 
 
 
 
El Secreto de los Amos
Por: Sebastián Caballero
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 1
 
 
Puerto de las Luces, 1939. 
 
Todo comenzó en el Puerto de las Luces. La mañana era hermosa. En el puerto arribaría el barco que traería a mamá de regreso de Edimburgo. Nos apresuramos a salir de la casa, subimos con papá al carro Deb y yo. Luego de varias horas de camino llegamos al Puerto de las Luces. Todo lucía radiante, los mercados en la orilla, la gente comprando, era demasiado bello para ser verdad. En la actualidad es un puerto abandonado, un puerto fantasma. Me encantaría haberme quedado con la imagen del puerto alegre y pintoresco, aunque ya no sea así. Igual me hubiera gustado quedarme con el recuerdo de muchas otras cosas, que en el día de hoy son completamente lo contrario.
Bajamos del automóvil y Deb vió los algodones de azúcar que tanto adoraba. 
-¡Papá, los algodones!- gritó Deb. Deb ya tenía 16 años, yo sólo tenía 10. Papá le compraba los algodones desde que ella era muy pequeña. Se acercó y le dio 4 monedas al señor del puesto. El señor nos dio 3 algodones. Creo que fue la última vez que probé un algodón de esos. Poco después me detectaron diabetes y no pude volver a comer ni un algodón en mi vida.  
A lo lejos lo vimos, era el barco que traería de regreso a mamá.
-¡Papá! ¡Ahí está mamá!-dijo Deb. 
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Mi madre estaba parada en la cubierta junto con otras personas, y nos saludaba. Se veía preciosa, traía un vestido blanco, vestido que usó años después en su propio funeral. Cuando llegó a la orilla, los pasajeros comenzaron a bajar por la escotilla. Y de pronto la vimos, con sus ojos azules, con el vestido ondeándole con el viento, parecía un ángel. Papá se alegró demasiado al verla, corrió hacia ella y la abrazó. Después le ayudó con el equipaje. Realmente éramos una familia feliz. Mamá se acercó con nosotros y nos abrazó, dijo que nos había extrañado. Había ido a Escocia a visitar a nuestros parientes. En seguida subimos las cosas al auto y nos apresuramos a salir. Esa noche, era la noche del debate, en la que papá expondría sus propuestas para que lo eligieran como alcalde de San Virgilio. Era el favorito del pueblo. La gente lo admiraba y lo saludaba en las calles. Me sentía orgulloso de que él fuera mi padre. El sol nos acompañó de regreso a casa, hasta terminar ocultándose detrás de las colinas. Al llegar, mamá dijo que nos vistiéramos, que saldríamos a acompañar a papá. Alrededor de las 8 de la noche llegaron varios vehículos elegantes, Deb y yo subimos a uno en la parte de atrás, iba siendo conducido por amigos de mi papá que lo apoyaban en la campaña. Mi padre ya se había marchado hacía unas horas, hacia el lugar del debate. Las elecciones serían en 2 días y estábamos a la expectativa de que ganara papá. 
Ese día llegamos a la plaza principal del pueblo. El evento tendría lugar en el Magistral Teatro de San Virgilio. Bajamos de los coches y acompañamos a los amigos de papá junto con mi mamá. En la entrada del teatro había una gran multitud, entonces nos encaminamos a la puerta de atrás. La multitud gritaba:
–“¡Don Artemio para presidente!”- Las personas que apoyaban al candidato opositor estaban segregadas en una pequeña parte del teatro, el otro candidato no era tan popular como papá. 
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Los hombres que nos acompañaban iban vestidos de traje, y mamá llevaba un traje sastre color rojo. Al entrar al pasillo oscuro que nos llevaría a la puerta de emergencia, volteé hacia la calle, y en medio vi una sombra, más bien era como un señor con una capucha color negro. Le dije a Deb y no me hizo caso, mi mamá y los hombres ya estaban entrando al teatro. En eso le dije, ¡mira mamá! Pero era demasiado tarde mi mamá ya estaba entrando al teatro. Me quedé observando con Deb, fue hipnotizante. Después un momento varios carros bajaron muchos hombres con armas, eran alrededor de 30 o 40. La multitud se hizo a un lado cuando los vieron, y los dejaron pasar por la puerta principal. El guardia de la entrada se rehusó a dejarlos entrar, pero ellos le dispararon. Se metieron al teatro. Lo último que recuerdo de esa noche fue a Deb jalándome de la mano, metiéndome en el terreno que se encontraba al lado del teatro, entramos por una reja y tocamos la puerta del apartamento que se encontraba ahí. Deb estaba asustadísima, tenía la cara pálida. Los dueños del departamento también se asustaron cuando nos vieron, pero les explicamos la situación, ellos se asomaron por la ventana y vieron a la multitud corriendo por la calle.
 –¡Deberíamos llamar a la policía!- dijo con mucha angustia el señor que nos había abierto la puerta. Por el miedo que sentía no lo alcancé a ver bien, pero parecía mayor de 50 años. En eso volteó la señora que se encontraba ahí y le dijo: 
-¡No!, ¡no sabemos quiénes son! ¡Quizás vengan por nosotros también! 
Y entonces mi hermana habló: 
-¡Adentro están nuestros padres! ¡No quiero que les pase nada! Yo había permanecido callado, yo le dije: 
-¡No vayas Deb! ¡Te pueden hacer algo!  
El señor volteó a ver a su esposa:
-¿Qué hacemos? 
Después vimos que los hombres que habían ingresado con armas por la entrada principal se subían de nuevo a los vehículos negros y se marcharon. Deb quiso entrar de nuevo al teatro. Abrió la puerta del departamento y se marchó, entre gritos y la multitud alborotada, se perdió rápidamente. Salí corriendo tras ella
 -¡No!- dijo la señora del departamento, -¡es sólo un chico! 
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El señor intentó detenerme, y más me hubiera valido que lo hubiera hecho, pero era demasiado tarde, yo ya estaba llegando al teatro. Y en el piso comencé a observar a cientos de personas tiradas, heridas. Entré al vestíbulo, después a la sala y me encontré a muchísimas personas tiradas. Las habían asesinado, no sé con qué fin o razón, pero sin duda es una de las experiencias más traumáticas que he tenido en mi vida. No volví a hablar por un tiempo, quizás 2 meses. Encontré a mamá que estaba  en medio del pasillo, con Deb en los brazos, y mi madre, mal herida y llorando. Le pregunté por papá. Creo que nunca debí hacerlo. Papá estaba en el escenario, junto con sus hombres, muertos todos. El del otro partido nunca se apareció. Se le trató como principal sospechoso, pero nunca  hubo suficiente evidencia.  
Al día siguiente, parecía que todo hubiera sido una pesadilla, pero no era así, papá no estaba más, y mamá estaba perdida. El sol no salió ese día, una gran nube cubrió los cielos de San Virgilio, y color gris sólo acentuaba el dolor que sentíamos. 
 
 
La noche era cada vez más oscura. El extraño olor a hierba mojada me recordaba las tardes en las que íbamos al campo mi padre, Deb y yo. Subimos al carruaje, que era oscuro y elegante. Los caballos que lo conducían eran negros e imponían sólo con su presencia. Comenzamos a avanzar, cada vez más rápido. Las luces de la ciudad fueron desapareciendo. Deb y yo estábamos asustados, no estábamos acostumbrados a estar sin nuestros padres. Mamá nos esperaba en el entierro y la habían llevado en otro coche, lo hacían por razones de seguridad, además mi mamá no reaccionaba desde los atentados, estaba herida de un brazo, pero físicamente se encontraba mejor. Acababan de matar al que era candidato a presidente, mi padre, y sin duda alguna tenía un montón de enemigos. ¿Pues quien no odiaría a alguien que acostumbraba a obrar bien y delatar a quien actuaba contra la justicia? Era para nosotros la peor desdicha que habíamos sufrido. No podía asimilar que mi padre no estaría nunca más con nosotros. Era posible que existieran más atentados esa noche, mamá había sido protegida por los hombres que cuidaban de mi padre, nosotros estábamos a la vez salvaguardados por amigos de él. Pero ¿quién había cometido semejante atrocidad? ¿A quién se le había ocurrido dejar huérfanos a pequeños de 8 y 14 años con una madre que padecía de depresión y otro tipo de trastornos mentales? Amargura, desasosiego, tenía miedo. A los 8 años era difícil comprenderlo, sin embargo, algo estaba mal. Toda la vida me dijeron que a la gente buena le iba bien, y parecía que había vivido engañado. No podía aceptarlo, mi padre no merecía morir. 
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        Las horas pasaron lentamente en el entierro, parecía que nunca acabaría. Escuchaba los sollozos de una anciana que se encontraba sentada en una banca. Hombres con traje se veían completamente desconsolados,  pues mi padre era muy querido por sus amigos. Mi madre, por lo contrario, se encontraba ida. Estaba desconectada. No parecía que entendiera lo que sucedía. Eso me asustaba más. Ahora no teníamos ni a papá, ni a mamá, y Deb no quería hablarme, no desde esa noche después de los atentados. Y así pasó, me odió por eso, porque había sido culpa mía que mataran a mi padre. Y por eso quise corregirlo. Era mi deber vengar la muerte de mi padre. De una manera u otra tenía que remendar mis errores. Con el tiempo lo fui descubriendo. 
       
            San Virgilio ya no era un lugar seguro como antes. En las noches había toque de queda y era muy arriesgado salir a las altas horas de la madrugada. El pueblo se vio sumido en un profundo caos. La gente dejó de creer, perdió poco a poco la esperanza. Ellos luchaban por la justicia, y sabían que mi padre era un hombre justo, por eso lo querían. Ya no soportaban los niveles de corrupción que existían en el gobierno. 
 
Así pasaron los días y mi mamá estaba más alejada cada vez. Deb comenzó a hacerse cargo de mí, los fines de semana a los apenas 14 años, pues entre semana iba a un colegio de monjas donde les enseñaban a coser y a hacer manualidades. Era una niña muy inteligente, pero siempre fue muy dura. Aprendí muchas cosas de ella. Sabía que era difícil para ella, de hecho era un trabajo arduo tener que luchar por salir adelante y que yo no me quedara atrás. Nunca se lo agradecí.   
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      Mamá ya no podía pagar las deudas, estábamos en bancarrota. Papá había invertido muchísimo en la campaña. La mansión en la que vivíamos era lo único que nos quedaba, y mamá no quería venderla, decía que era lo único que papá nos había dejado. Pero ya no pudo solventar nuestras colegiaturas en escuelas privadas y comenzamos a estudiar en escuelas del gobierno.  No es que sean malas, al contrario, pero mi papá era del partido contrario al que se encontraba en el poder en ese momento, y en la escuela no era bien visto que algún hijo de político conservador estudiara ahí, y menos que era la noticia del momento. 
–¡Jajaja! ¡Mira al presidentito! ¿Dónde está tu papá?- me gritaban los chicos en la primaria. Sin duda alguna los niños a esa edad pueden ser muy crueles. 
            La mayor parte del tiempo me la pasaba escribiendo, escribía todo lo que pasaba alrededor mío, cómo me sentía, cómo me gustaría que fuera la vida si papá aún viviera. Siempre trazaba esquemas acerca de las probabilidades de que algo ocurriera, de que papá no hubiera muerto, diseñaba mapas mentales, construía diversas posibilidades de cómo sería el destino de forma diferente. Era mi único refugio a la desolación por la que pasaba. Era triste llegar a casa y encontrar a mamá sentada en un sillón con la mirada vacía. A veces sentía que también la habíamos perdido. 
Pasaba los días enteros en la biblioteca, escribiendo y diseñando nuevos esquemas. En la biblioteca no había muchos niños, lo que me proporcionaba protección ante ellos. 
 
Esa tarde me dejaron salir casi al anochecer de la escuela. La profesora me había castigado porque otros niños no me dejaban de molestar, decían que yo no tenía padre.  Ya no estaba dispuesto a tolerar algún tipo de insulto entonces me levanté y les dije:
-Mi papá está con Dios. La profesora escuchó, y me encerró en un salón de clases.
-Dios no existe querido- dijo la profesora
-¡Claro que sí existe! Mi papá está con él. 
-No mi amor, tu padre está 6 metros bajo tierra, y tú acabarás igual si sigues diciendo lo mismo… Ahora será mejor que limpies los salones, necesitan una buena sacudida esos pupitres, ya me voy, le diré al velador que te deje salir hasta el anochecer.
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La maestra salió del salón. No pude evitar que brotaran lágrimas de mis ojos, pero me puse a limpiar. Estaba exhausto, sentía que no acabaría de limpiar todos los salones. Me puse a reflexionar lo que le había dicho a la maestra, no quería creer algo así, y algo lo inquietaba más que nunca, sabía que el cuerpo de mi padre estaba 6 metros bajo tierra. De repente alguien comenzó a forcejear la puerta. 
-¿Quién está ahí? –Pregunté. 
-¿Quién es?- Nadie respondió.
      Quien forcejeaba la puerta del salón empezó a arañarla, se escuchaba una especie de rugir, como si una horrible bestia me esperara afuera. Estaba lleno de miedo, me sentía solo e indefenso. Corrí hasta la puerta y la cerré con seguro. La piel se me estremeció. Una presencia no muy placentera se percibía en el ambiente. Sentía frío, el miedo se colaba por mi sangre y llegaba hasta mis huesos. Estaba atrapado, alguien o algo me esperaba tras la puerta del salón. Quería irme, pero no podía, quería despertar de esa pesadilla. 
-¿Quién es?- Volví a preguntar.
Otra vez comenzaron a forcejear la puerta, pero ahora el seguro comenzó a dar vuelta, como si le hubieran metido la llave desde afuera. En ese momento se abrió la puerta. Me escondí tras un pupitre y cerré los ojos. Una figura dibujada en la penumbra se me acercó:
-Niño, ya es hora de que te vayas a tu casa.
Era el velador, al que todos los niños le tenían miedo. Creo que cuando lo vi me tranquilicé. Agarré mi mochila y salí del salón.
El sol estaba por ponerse, el frío comenzaba a reinar. Corrí por las calles desiertas de la ciudad y llegué al cementerio donde se encontraba mi padre. Llegué a su tumba y me derrumbé. Comencé a llorar con todas mis fuerzas. No había llorado ninguna vez desde su muerte. Me sentía solo, estaba solo. Esperé unos minutos.
            -¿Qué hago ahora? ¿Por qué no me dijiste qué hacer cuando ya no estuvieras? ¡Te odio! ¿Por qué me dejaste aquí?-
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En eso, comencé a escuchar ruidos. Sentí que algo me acechaba. Como si lo que sea que hubiera en la escuela me hubiera seguido.  El rojo del cielo hacía que la atmósfera se tornara diabólica.  Comencé a sentir escalofríos. Estar en el cementerio no era nada agradable sin la luz del día. De pronto escuché algo más cerca, y voló, era un cuervo, después otro animal comenzó a emitir un sonido. Pero no era lo único que estaba en el cementerio, llegué a pensar que alguien me observaba, no sabía quien era, o lo que era. Después comprendí que algo se acercaba atrás de mí. Di la media vuelta y era un perro negro gigante con los colmillos más grandes que jamás hubiera visto. Me asusté mucho, y como pude comencé a correr entre lápidas y hierba. El corazón me latía a toda fuerza. No me detuve. Entonces, al salir del cementerio, vi a otros dos perros esperándome. Sentía que el mismísimo demonio los había poseído. Se me lanzó uno pero ame pude agachar y esquivarlo. Regresé al cementerio de nuevo, traté de esconderme entre las tumbas. Era inútil, me olfateaban hasta donde estuviera. Corrí más y más rápido. Salté varias veces, pero de repente, tropecé. Estoy perdido, de aquí ya no me levanto. En ese momento un perro se subió a mi espalda y abrió su enorme mandíbula para encajármela en los riñones. Sentí que poco a poco me extirpaba cada uno de los órganos. Lo último que recuerdo fue que un señor vestido de blanco con una pala se acercó diciendo unas palabras que no pude entender. Ya no me levanté.        
 
Al día siguiente amanecí en mi cama. Mamá estaba como nunca, mucho más despierta y alerta. Me tenía acostado con una cobija y una bolsa con hielos en la cabeza. No quería tocarme la espalda, pero no sentía dolor. Me paré y fui corriendo al baño. Me quité la camisa, volteé hacia el espejo y mire mi espalda. Estaba intacta. Pero si el perro me encajó su mandíbula. Todo ha sido una pesadilla. 
Mamá gritó: -¡Regrésate a la cama, no estás bien!
-Pero ayer…
-Ayer amaneciste afuera de la casa muerto de frío, te dio fiebre, ¿qué hacías afuera a tan altas horas de la noche? Estarás castigado, no irás a la escuela.
-Pero ayer me persiguieron unos perros gigantes, y uno me encajó sus colmillos en mi espalda.
-Sí, ya lo creo. ¿Por lo menos te dejó una marca?
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-Eso es lo extraño. Había un señor vestido de blanco, ¡creo que él me trajo!
-Claro, como era de esperarse, creo que la temperatura te ha ocasionado alucinaciones. Verás hijo, la que tiene problemas de esa índole soy yo, no tú, ahora acuéstate para que te recuperes pronto.
-Pero es que…
-¡Ya basta Sebastián! Ya tuve suficiente, primero lo de tu padre, ¡después esto! No sé si tenga fuerzas para aguantarlo.
-Perdóname mamá- Le dije. 
Mamá puso una cara de lástima, se acercó y me dio un beso en la mejilla, salió y cerró la puerta. ¿Qué había pasado? ¿Por qué estaba ahí? ¿Por qué el perro no me mordió? Me sentía asustado pero a la vez aliviado, estaba en casa, no podía haber nada que me dañara ahí adentro. Al menos eso pensé.
 
Pasaron los días, y a pesar de que veía a mamá más recuperada, la veía más angustiada. 
-¿Qué habrá de comer hoy mamá? Pregunté.
Después de unos momentos le pregunté de nuevo.
-¿Qué comeremos hoy?
Entonces mamá, que estaba limpiando la cocina, me dijo con lágrimas en los ojos:
-Sebastián, no tenemos qué comer hoy.
Todo el mundo se me vino abajo. No es que me muriera de hambre en ese momento, pero no era común ver a mamá tan preocupada por el alimento de cada día. 
-No te preocupes mamá, puedo desayunar galletas en la escuela, siempre nos regalan.
Entonces mi madre estalló en llanto. 
Salí de la casa para buscar algo con qué consolarla. Subí a mi bicicleta y me encaminé al centro. Me encontré a la señora Ramírez, quien tenía una florería. Le dije que si me daba oportunidad de ayudarle en su negocio a acomodar las macetas, a regarlas y aceptó, con la condición que no sería todos los días pues en esas épocas la gente no compraba mucha mercancía y no tenía lo suficiente para pagarme a diario. Cuando acabé me dio un poco de dinero. Con eso compré carne y verduras. Regresé a casa alrededor de las 10 de la noche, con un saco lleno de comida.
-¿Mamá?-  pregunté
No escuché a nadie en la casa. 
-¿Deb, estás ahí?
Ni un ruido.
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Entonces entré a la cocina y mi madre no estaba. Quise darle la sorpresa, preparé la carne y las verduras. Encendí el horno. Puse las papas en una bandeja, y a la carne le agregué especias. La verdad no sabía cocinar, tenía sólo 8 años. En eso escuché que alguien tocó la puerta. Me acerqué a la entrada principal y no había nada. Salí a la calle. Caminé hasta la esquina. No había nada. Había una viejecita al cruzar la calle. Se me quedaba viendo de una manera extraña. ¿En qué está pensando la señora? Entonces algo se me vino a la mente… ¡El horno! Corrí hacia la casa pero era demasiado tarde, estaba llena de humo. Por suerte mi mamá estaba aun ahí, se encontraba dándose una ducha pero salió en toalla y alcanzó a apagar las flamas con una tina con agua. La cocina quedó incendiada. Ya tenía una razón más para que mamá se enojara conmigo. No volví a cocinar en mi vida. 
 
Estaba harto de ser acosado y maltratado por los niños, así que le rogué a mamá que me cambiara de escuela, pero no lo hizo. Pasó el tiempo y me empecé a acostumbrar a los insultos, groserías, majaderías y todo tipo de bromas por parte de los chicos. Cuando hablaban de mi papá, sólo cerraba los ojos, y le pedía a él que me cuidara. 
Una mañana llegué al salón de clases. La profesora nos aburrió con un sermón acerca de cuidar las cosas que tenemos, del orden y la limpieza. Después nos puso el examen de matemáticas, aún lo recuerdo, porque yo no sabía nada. Cuando apenas iba a contestar la primera pregunta, tocaron la puerta del aula. 
-Estamos en examen, ahora no, vuelvan en media hora- dijo la maestra.
-Es importante- contestaron afuera
-No entienden que…
En eso la puerta se abrió, estaba el director de la escuela, con otro hombre y con mi mamá. Se acercó el director a la maestra y le dijo algo en secreto. La profesora me volteó a ver.
            -Sebastián, agarra tus cosas y salte por favor.
            -Pero todavía no acabo el examen.
            -No te preocupes por eso, ahora retírate. 
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Agarré mi mochila, dejé el examen sin contestar ni una sola palabra. Creo que ni mi nombre escribí. Caminé hacia la entrada. Todos mis compañeros me observaban atónitos. Era algo extraordinario: ser salvado a la hora de un examen por el director. Pero el director no me apreciaba del todo, a fin de cuentas, era de los que apoyaba al partido de izquierda y no le pareció desde que entré en esa escuela. O más bien creo que se burlaba de que mi madre se hubiera quedado sin recursos. Salí y abracé a mi mamá, se veía feliz, pero algo en su mirada me decía que algo estaba mal.
            -Hola Sebastián- dijo el director
            -¿Qué hice mal señor? Contesté
            - No has hecho nada mal, al contrario, que te parece si vamos a mi oficina y allá te lo cuento todo.
            Mi madre me guiñó el ojo.
En la oficina había muchos adornos prehispánicos auténticos, habían sido saqueados de América desde la época de la conquista y al parecer no los habían descubierto las autoridades ya que era un delito robar reliquias en tiempos modernos.
-Sebastián, hemos estado hablando con tu maestra. -dijo el director. -y pensamos que deberías ir a un lugar para estudiantes con más capacidad. Este lugar es para alumnos de coeficiente promedio, y pensamos que te podría ir mejor en otra escuela.
Volteé a ver a mamá.
-Pues ellos tienen razón Sebastián.
            Pero no entiendo. 
            -No esperamos que lo entiendas. Te extrañaré mucho.
            -¿Cómo? ¿A dónde me llevan?
            -A una escuela mejor, donde te prepararán y te enseñarán mejor. Donde los niños no se burlarán de ti.
            -Pero ¿Mi ropa y mis cosas?
            -Ya las empaqué, están en ese carro.
            - ¿Y Deb?
            - Me dijo que me despidiera de ti. Ahora sube y quiero que te portes bien. Sólo será hasta el verano. 6 meses.
            - Mamá, pero tú te quedarás sola.
            - Estoy con Deb mi amor, además ya estoy grande para cuidarme sola.
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Su expresión no era de verdadera felicidad. Le brillaban los ojos, estoy casi seguro de que quería llorar. Y fue la última vez que vi a mi mamá con vida.
Me subí en un vehículo con 2 hombres al frente, en la parte trasera había otro niño con gafas. El carro encendió y partimos. Y fue la última vez que vi a mi mamá con vida.
El niño estaba leyendo. En el auto había dos bolsas de papel cartón en el asiento. Subí al lado del niño. 
            -¿Qué lees?
            -“El Príncipe” me dijo
            -¿Es tuyo el libro?       
            -No, me lo dieron ellos, creo que te darán uno a ti también. 
            -No entiendo, ¿A dónde vamos?
            -A un internado. 
            -¿Y por qué estás aquí?
            -Por que mis papás se peleaban a cada hora, se separaron y nadie quiso quedarse conmigo.
            -¿Y tú?
            -Mi padre murió hace pocos meses y mi mamá no tiene para pagar las cuentas, pero en realidad no lo sé. No quiero irme de San Virgilio.
            -Es peligroso, ¿sabes? Desde que mataron al candidato Artemio Díaz, las noches en San Virgilio pueden ser no muy seguras. Hay muchas personas muertas en la calle.
            Me quedé callado.
            -¿Qué pasa? 
            -Nada.- respondí
            -Mis papás decían que el señor Artemio era muy bueno.
            -Ya lo sé
            -¿Lo conocías?
            -Soy su hijo.
            -Lo siento mucho.
-No te preocupes. Espera ¿cómo te llamas?
-Rafael, ¿y tú? 
-Sebastián.
 
 
CAPÍTULO 2
Las rejas altísimas del Internado se abrieron. El automóvil entró.
-Despierta Rafa, ya hemos llegado.
Los hombres bajaron del automóvil, nos abrieron la puerta.
-Lleven sus maletas con ustedes, el señor Luna los llevará a sus dormitorios. No hablen si no se les pregunta, no hagan otra cosa que dormir. Mañana tendrán un día pesado.
- ¿Estamos de acuerdo?
- Sí, respondimos Rafa y yo.
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- ¡Sí señor!
- ¡Sí señor!.
Tenía tantas dudas, no sabía dónde estaba ni cuánto tiempo estaría ahí. No me atreví a hablar.No podía ver en la oscuridad de aquel misterioso, sólo las estrellas que destellaban en el cielo azul oscuro y los quinqués que los hombres que nos recibieron sostenían en las manos, parecían delimitar un poco la fachada del gran internado.Caminamos con nuestras maletas tras otros dos hombres que vestían traje y sombrero también. Uno de ellos era el señor Luna, que ya lo habían presentado.
-Hemos llegado - dijo el hombre - les ruego que no salgan de sus habitaciones en la noche, estamos en una zona de animales salvajes y no es seguro que deambulen por ahí.
Los señores dieron media vuelta y se fueron. Las luces estaban apagadas. Nada parecía indicar que hubiera alguien ahí. Se habían llevado los quinqués, estábamos en completa oscuridad
-Rafa, tengo miedo.
Rafa no respondió.
-¿Dónde estoy?, ¿Quién está ahí? ¡Auxilio!
Una figura pareció moverse en la oscuridad del dormitorio. Caminó hacia mí. Pude ver sus ojos en la penumbra.
-Tranquilo
-¡Ah! ¡Ah!
-Silencio, si te escuchan te podría ir muy mal.
Me quedé callado.
-¿Quién eres?
-Soy… Sebastián Ca… Caballero. ¿Y tú?
-Soy Fernando. Pasa, trae tu maleta.
-No veo nada.
-Te acostumbrarás a la oscuridad.
-Gracias
El muchacho me sujetó por el hombro y me llevó hacia la cama.
- Esta es tu cama.
Su voz parecía de alguien de 15 o 16 años.
- ¿Dónde estoy? ¡Por favor explícame!
- Tranquilo carnalito, nada te va a pasar si sigues las instrucciones.
- ¿De qué hablas?
- Las instrucciones, ¿Qué no te advirtieron?
- No entiendo, explícame.
- En este lugar espantan.
- No creo esas historias.
- Oh, no tienes que creer. Pero ten cuidado, no te vayan a sorprender…
- No se a qué te refieres.
- Por cierto, ya nos vamos, ¿vienes?
- ¿A dónde?
- Esta noche, nos fugamos
- ¿Porqué, qué pasa?
- No preguntes, si quieres ven, si no, Dios que te bendiga.
Entonces vi cómo entró la luz por una puerta al fondo del pasillo, había seis chicos en fila saliendo uno a uno por ahí. Todos llevaban una mochila.
-Bueno, ahí te ves.- me dijo el chico y salió junto a los demás.
Me quedé parado en medio de la oscuridad. ¿Qué hago? ¿Y si es una trampa? ¿Dónde demonios estoy? ¿De qué estarán huyendo?
-Rafa, ¿Dónde estás?.
En eso escuché que golpeaban la puerta por la que había llegado.
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- ¡Chicos! – se escuchó una voz afuera.
No me puedo quedar aquí. Entonces agarré mi mochila que acababa de dejar hacía unos instantes en el suelo, y corrí tras los chicos.
- ¡Esperen! Salí de la cabaña y estaban a una distancia considerable, comencé a correr, como nunca había corrido antes en mi vida, los chicos se adelantaron y seguí corriendo, estaba todo oscuro, corría entre árboles y la parte trasera de lo que parecía ser la escuela. Los perdí. Me quedé en la oscuridad. Las manos me sudaban, el corazón se aceleraba, mi estómago quería salirse por mi boca, volteé a todos lados y sólo vi una luz que salía de una ventana. Corrí para ver qué había, la ventana era muy alta, así que subí a un bote de basura que estaba en la esquina para poder ver.
Al asomarme, mis ojos no daban crédito a lo que estaba viendo. Un niño de apenas ocho años cargaba un arma, y una mujer atada a una silla lloraba desesperada. El niño disparó, pero falló. Después vi que la silueta de un hombre se acercaba, el hombre tomó al niño por la cabeza y lo arrojó al piso. El niño no se levantó. Mi cabeza comenzó a dar vueltas, ¿Dónde estoy? ¿Por qué mamá permitió esto?
Entonces sentí que alguien se encontraba detrás de mí. Volteé y casi pego un grito pero me taparon la boca. Era el chico que se encontraba dentro del dormitorio.
- ¿Estás loco o qué tienes? No lo entiendes, estos hombres te pueden matar.
- ¡Vámonos si quieres vivir!
El chico me bajó del bote con sus brazos, era mucho más alto que yo, y comenzamos a correr en medio de árboles y construcciones antiguas, hasta que por fin se vio un sendero que conducía hacia afuera.
- ¡Espera, Rafa se ha quedado adentro!- le grité.
- Pues ve por él, pero yo me voy.
- Es que… no puedo dejarlo ayá.      
- Como quieras.
- Espérame
Corrí tras el joven, las hierbas que estaban a nuestros pies se hacían cada vez más grandes, hasta que llegó un momento donde no veía nada. Me sentía completamente confundido. Solo avancé tras él mientras podía, en eso se encendieron las luces cañones del lugar. Nos han descubierto.
- ¿Quién está ahí? – gritó uno de los hombres. ¿Quién es? ¡Responda! Si no se presentan tendrán castigo.
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En eso volteé hacia atrás y vi a un niño corriendo tras de mí, era Rafa. Me levantó la mano. Entonces una luz lo señaló. Lo han visto. Los hombres gritaron:
- No te muevas.
Me encontraba en medio de las ramas y arbustos, no sabía si correr a salvarlo o esconderme tras las hierbas. Permanecí oculto. Los hombres se acercaron poco a poco.
- Quédate ahí, no te haremos nada.
De lejos pude ver como dos grandes lágrimas brotaban de los ojos de Rafa. Los señores se apresuraron y lo tomaron entre dos y lo llevaron cargado. Rafa comenzó a patalear.
- ¡No quiero ir! ¡No me lleven!
Me quedé viendo, mudo, sin mucho por hacer. Volteé hacia enfrente y el chico me observaba de manera amenazante.
- Si nos descubren por tu culpa, te mato- me dijo.
- ¿Hay alguien más ahí? Preguntó el señor, pero no nos movimos.
Desperté en medio del campo. Los cuerpos de los niños yacían alrededor. ¿qué estaba pasando? ¿Por qué todo estaba tan triste? Se van a ir. Ellos se van a ir. Y yo me quede inmovilizado. Si descubrían que estaba vivo me matarían en ese momento. Cerré los ojos y recordé la muerte de mi padre. Paso un largo tiempo, no sé cuantas horas fueron, y comenzaron a llevarse los cuerpos de los niños tirados. Y de pronto un hombre se acercó a mí. Creo que notó que yo estaba vivo. 
-Sargento, aquí tenemos un 2 24.- gritó.
El sargento gritó a lo lejos. Tráiganlo para acá.
Ellos se acercarían a mí y se darían cuenta que estaba vivo. La única forma de escapar era concentrándome. Mi cabeza comenzó a dar vueltas. Vi nubloso, recordé la voz de mamá en el hospital, cuando me enfarmaba de pequeño y estaba con papá.
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- ¿está muerto doctor?
Al parecer su hijo padece de un trastorno, que cuando su miedo es más grande que él, puede perder la conciencia, y su corazón simula estar detenido, sin embargo bombea de forma diferente.
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Los hombres del campamento sacaron el rifle y me apuntaron.
-¿está muerto F3?
El hombre con el rifle guardó silencio unos minutos.
Sentí que ya estaba muerto, vi todo oscuro.
-Sí, está muerto. Déjenlo en la fosa.    
 
 
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 Desperté y no me podía mover, apenas respiraba. Arriba de mí había… ¡un cuerpo! El cuerpo de otro niño. Comencé a moverme rápidamente para ver si podía salir de ahí. Olía horrible. ¿Cuánto tiempo había pasado? Era la pesadilla más oscura que jamás hubiera tenido. 
Unas gotas de algún líquido mixto comenzó a mojarme la frente. Estaba en una fosa, llena de cadáveres. Casi no podía respirar. Por eso me moví como animal rastrero, para ver si podía salir de ahí.  Dejé de moverme y observé un pie moviéndose solo. ¡Era alguien vivo igual que yo! Lo tomé del tobillo con una mano, y se empezó a alejar. Usé las dos manos para detenerlo, pero se continuaba yendo, y me dejé arrastrar en medio de los cadáveres. Todos pálidos llenos de líquidos mezclados. Era el olor más horrible que hubiera sentido. Al llevarme entre los cuerpos vomité, no podía más.
Gracias por haberme apalancado del pie del joven, llegué a la superficie. Era de noche, y yo estaba completamente bañado en sangre y otros fluidos.
A lo lejos vi a dos guardias, mirando a los alrededores, pero nada. No nos encontraron. Apagaron las luces y en ese instante el chico comenzó a correr de nuevo. Le seguí. A medida que avanzábamos las ramas y arbustos se iban convirtiendo en árboles. El chico corría más de prisa, y la poca luminosidad del lugar hacía que yo tropezara de vez en vez con piedras o algún tipo de raíz que saliera de la tierra.
- ¡Espera! grité.
Ya no podía correr más, estaba agotado. Habíamos pasado la mitad de la noche a pie, y no había comido mucho. Me senté en el piso. El chico se había ido. Me quedé solo en la oscuridad. Moría de miedo. Sentía que escarabajos subían por mis brazos. Empecé a notar el ruido de animales extraños que se acercaban poco a poco a mí. Y en eso el aullido de un lobo. Auxilio. Me levanté de nuevo y seguí el camino hacia donde se dirigía el chico. Caminé y caminé, ahora más despacio.
Al caminar en medio del bosque sentí que alguien me perseguía. Las ramas se comenzaron a agitar tras de mí.
- ¿Quién está ahí?
De nuevo las ramas se comenzaron a mover.  Comencé a jadear y a temblar. Mis manos estaban empapadas en sudor. No sabía que hacer, no había escapatoria. Lo que me observaba se acercaba cada vez más. Y de pronto se abalanzó sobre mí.
- ¡AAAhhhh!- grité tanto como pude.
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- ¡Jajajaja! ¡Te espantaste!- era el joven, había regresado.
- ¡No puedo creerlo! ¡Tú! ¡Casi muero de un infarto!
- Disculpa, no pude evitarlo. Creo que estamos perdidos.
- Pensé que conocías el camino.
- Pues eso pensé yo. Lo mejor que podemos hacer es esperar a que amanezca. Por acá pasa una carretera que nos puede llevar a un pueblo cercano.
- ¿Qué hacemos entonces?
- Durmamos.
- Pero… es demasiado peligroso, hay animales por aquí.
- Bueno, entonces ¿Qué sugieres?
- Sigamos caminando y encontremos la carretera.
- Pero da igual. Hay animales también por ayá.
- Sí pero al menos nos mantendremos despiertos y alertas.
- Caminemos, pues.  Y tú, ¿Cómo dices que te llamas?
- Sebastián.
- ¿Sebastián qué?
- Sebastián Díaz
- Como el candidato a alcalde que asesinaron
- Sí, como él… y ¿por qué estás aquí?
- Porque mi abuela murió, y no tenía otro lugar donde estar. Al parecer pagó una especie de seguro en el que si ella moría, estos hombres se harían cargo de mí. La verdad nunca supe a ciencia cierta qué estaba pasando. ¿Y tú? ¿Cómo llegaste al internado?
- Mi mamá me dijo que esta escuela era para niños superdotados y que era ideal para mí. No soy superdotado y mamá se veía muy extraña la última vez que la vi.  No entiendo qué pasó por su cabeza, pero es algo que voy a averiguar.
- Se ve que eres un niño de mucho dinero.
- La verdad es que mamá apenas tenía para los gastos. A mi hermana la envió a un convento y a mí, pues a este internado.
- Qué triste. Aunque preferiría un convento que este internado. Cualquier lugar es mejor. Y a qué se debió la escasez de tu madre?
- Mi papá murió. Y se quedaron muchas deudas pendientes de la campaña.
- ¿De la campaña? ¿Acaso tu padre era…?
- Sí, era él.
Pasó un largo silencio entre los dos.
- Lo siento mucho.- dijo Fernando.
- Y yo siento lo de tu abuela- repuse.
 
 
 
            Caminamos toda la noche. 
 
CAPÍTULO 3
 
El cielo poco a poco comenzó a iluminarse. El amanecer estaba cerca. Parecía todo marchar bien, pero no sabíamos en lo que estábamos metiéndonos. En eso, escuchamos el sonido de un carro. 
-Corre- me gritó Fernando.-debemos alcanzarlo.
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Comencé a correr a toda prisa, a pesar del cansancio de no haber parado en toda la noche. Llegué a la carretera y vi unas luces a lo lejos. 
 
-Aquí- grité.
Al acercarse el carro observé que era una camioneta un poco vieja. Se pasó de largo. Corrimos tras ella y le hicimos señas con las manos, pero nos ignoró.
 
-¿Qué hacemos? Le pregunté a Fernando.
-Lo más seguro es que pase otro carro, esperemos.
Nos sentamos a esperar. Pasaron 10 o 20 minutos cuando un nuevo carro se aproximó a donde estábamos. 
 
-Corre. me gritó Fernando.
Así que me paré en medio de la carretera para detener el coche. Pero cuando se acercó vi que era uno de los hombres del internado pues traía un sombrero y el coche tenía un símbolo en la puerta.
-Fernando, son ellos. Le dije.
El automóvil encendió las luces, pero para eso ya me había apartado del camino, y no nos pudo ver.
Caminamos toda la mañana por la orilla de la carretera. 
-Ya no puedo más. Le dije a Fernando. 
-Mira ahí, un rancho. Me dijo
A lo lejos se observaba una granja, y un molino de viento. Así que seguimos caminando. El granero era grande y había muchas gallinas. Al llegar tocamos una campana que estaba en la entrada. Había una cerca color café alrededor del lugar lo que impedía que las gallinas y los demás animales se salieran. 
-¿Quién es?
Se escuchó la voz de un señor un poco gruñón.
-Hola, es que estábamos en bosque y nos perdimos. Señor, ¿nos podría dar un poco de agua?
En eso el señor abrió la puerta mosquitera y vi su cara que estaba llena de manchas rojas, lo cual me asustó un poco.
-Dos jóvenes en medio de la carretera. ¿No se han dado cuenta que estamos muy lejos de cualquier pueblo vecino?
-No lo sabíamos, es que…
-Es que veníamos a una excursión y se nos perdió el grupo de campistas.
-Menos mal que están vivos. Pasen, les daré algo de leche tibia, se han de estar congelando. 
Fernando sonrió y yo comencé a temblar. Tenía mucho frío.
-Niño estás helado, tus labios están color morado. Pasen les pondré unas cobijas. ¡Mariana!
En eso salió una señora gorda.
-¿Qué pasa Ernesto?
-Mira estos muchachos se están congelando, prepárales un poco de chocolate caliente y un baño. 
-Hola muchachos, se pondrán bien ya lo verán. Pasen.
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La señora nos pasó adentro de la cabaña. Olía a huevo con pan tostado. Pasen al baño. La señora trajo una olla con agua caliente y la puso en la regadera. 
- ¡Desvístanse! A poco se bañan con ropa en el pueblo? Ya me voy.
El lugar en seguida se llenó de vapor. 
Fernando y yo nos duchamos rápidamente. El agua caliente hizo que recuperáramos el color. 
-Aquí están las toallas. Dijo la señora Mariana. Las dejaré arriba del lavabo. 
Salimos del baño y en la mesa de la cocina había pan tostado. El señor se quedó afuera ordeñando a una vaca. En eso la señora salió de la cocina con una cacerola con huevo y tocino. 
-Chicos, ¿qué los trae por aquí? Tengan un poco de chocolate caliente. Su cuerpo necesita subir la temperatura. 
-Pues estábamos… en una excursión, pero perdimos al equipo.
-Llamaremos a la policía, quizás los estén buscando. 
-No es necesario, sabemos encontrar el camino a casa, además no queremos asustar a nuestros padres.
-Si, pero de cualquier manera sus padres ya han de saber lo ocurrido y han de estarlos buscando como locos. 
-No, de verdad, nuestra casa queda cerca.
-¿De qué pueblo son ustedes? 
- Yo nací en San Virgilio. -Mentí- pero mi familia y yo hemos vivido toda la vida por la carretera. 
-Ah, ¿y tú?. Le preguntó a Fernando.
También tenemos una casa cercana a la carretera.
-¡Qué extraño! Por aquí sólo hay unos cuantos ranchos, lo demás es puro bosque…
-Vivimos en una cabaña. Señora, queremos agradecer la hospitalidad que nos han brindado… pero por favor no hablen a la policía. No queremos asustar a nuestros padres. 
-¡Esta bien! No se preocupen por eso. Pero no dejaré que salgan ahora. Afuera hace mucho frío. Esperen al medio día. Los pasaré a una recámara para que descansen. 
 
La señora nos pasó a una de las habitaciones de la cabaña. Había una fogata en la salita principal, lo que hacía que la temperatura del lugar se tornara cálida y agradable. Al llegar me quité los zapatos y Fernando hizo lo mismo. 
-Yo no dormiré en el sillón- dijo Fernando.
-No lo harás- dijo la señora- enseguida sacaré un par de cobijas.
-Está bien. Replicó Fernando. 
-Muchas gracias. Le dije.
-No tienen nada que agradecer, estoy segura de que su madre hubiera hecho lo mismo… 
Un silencio frío reinó en el lugar.
-Será mejor que duerman un poco. Al mediodía podrán emprender el viaje a sus casas.
-Gracias de nuevo. Le repetí. 
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La señora cerró la puerta de la pequeña habitación.
-¿Qué haremos ahora? Le pregunté a Fernando, pero él ya se había quedado dormido. 
 
Me levanté y Fernando no estaba sobre la otra cama. 
-¿Fernando? ¿Dónde estás? 
Me asomé por la ventana y vi estacionado un automóvil color blanco. 
Escuché voces provenientes de la salita. 
-Sí, al parecer se perdieron en el bosque. Pero, pues lo mejor será que los lleve al pueblo de donde vienen.
-No se preocupe, nosotros los llevaremos. No han causado ningún desagravio ¿Cierto?
-No, han sido muy gentiles.
-¿Cuándo dice que llegaron?
-Esta mañana, justo cuando el sol salía.
 
Me acerqué a la puerta y vi a Fernando detrás del sillón de la sala. Me hizo una seña indicándome que no hiciera ruido. 
-¿Seguros que no gustan un poco de leche fresca?
-No, gracias, en serio no queremos incomodarlos, sólo pasábamos por un poco de gasolina. Gracias a Dios su granja se encontraba en el camino.
-Para eso estamos. Aunque no es común recibir visitas. Nuestra familia vive en Edimburgo, y rara vez vienen a visitarnos. Bueno, iré por la gasolina, está en el granero.
 
En eso las dos parejas salieron por la puerta principal, y Fernando se levantó rápido y corrió hacia la habitación.
 
- Estaba en el baño cuando llegaron, no sé quienes sean, pero nos quieren llevar al pueblo. No confío en ellos.
- No entiendo, ¿a qué han venido?
- Porque necesitan gasolina, son puros cuentos, charlatanes, han de ser enviados de los hombres del internado, no me fío de ellos.
- Entonces, ¡escapemos!, ¡vámanos de aquí!.
-¡Chicos!. Gritó la señora de la casa. Vienen a llevarlos a sus casas, así se evitaran el caminar tanto. ¡Salgan porque estos señores ya se tienen que ir!
Nosotros ya habíamos salido por la puerta de tela, en la parte de atrás de la cabaña, y nos encontrábamos corriendo de nuevo hacia el bosque. 
 
-¿Quiénes son ellos? le pregunté a Fernando. 
-No lo sé, pero no voy a ir con ellos a ninguna parte.
-Pero no entiendo, apenas los conocemos, no sabemos quiénes son. Quizás ellos nos ayuden.
-Pues ve tú con ellos, yo no confío, ya te lo dije.
-Esta bien, regresaré. No quiero perderme de nuevo en el bosque.- hubo un silencio breve- Adiós Fernando, fue un gusto conocerte.
-El gusto es mío. Espera, ¿te vas con esos hombres?
-Sí, no creo que nos quieran hacer ningún daño, sólo es una pareja que se quedó sin gasolina.
-Pero…
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-Nos vemos Fernando, ¡cuídate mucho! Espero que algún día llegues al pueblo.
 
Me volteé y regresé corriendo con la misma velocidad que me había ido. 
No estaba dispuesto a perder un viaje gratis a mi casa. Y no volteé a ver la cara de Fernando, me seguí derecho y sin flaquear. Al acercarme de nuevo a la cabaña, sentí que me tocaban por atrás. Fernando. Pero no, era el señor de la granja.
-Jovencito, te están esperando.
-Sí, iré por mis cosas.
-Ya se van, entonces date prisa.
-Esta bien, gracias.
Entré apresurado al cuarto, agarré mi mochila y salí. Entonces observé a la pareja. Sus rostros me resultaban conocidos, sin embargo no recordaba de dónde los conocía. Guardé silencio. Más vale que llegue a casa lo más rápido posible. El señor me tendió la mano.
 
-Hola, ¿Cómo te llamas?- lo dijo con una voz seca y tono cortante.
-Sebastián
-Hola cariño- me dijo la señora, un poco más amigable- te llevaremos a tu casa.
-Muchas gracias. 
-Bueno, sube al auto, que tenemos prisa.- me dijo de nuevo el señor con un tono de pocos amigos.
-Esperamos no haber causado mucha molestia.- dijo la señora que lo acompañaba, al dueño de la granja. 
- No es molestia, pueden regresar cuando deseen. Vayan con cuidado
 
Salimos por la puerta de alambre. Las gallinas se atravesaron en nuestra ruta. 
-Háganse un lado. –dijo el señor que me llevaría a casa.
-¡Pobres gallinas Alfredo! ¡Ten cuidado! –replicó la señora.
 
El señor abrió el automóvil blanco, parecía un automóvil nuevo. Subí al asiento de atrás. La señora tomó el asiento de conductor y encendió el auto, mientras que el señor subió al de copiloto. Me sentía incómodo. Parecía que lo que estaban haciendo lo hacían sólo por compromiso, o para quedar bien. No importaba, ya llegaría a casa. 
-Disculpa a mi marido, está cansado, no ha dormido en toda la noche. 
-No hay problema- contesté.
-¿Y a dónde vas?- me preguntó con tono amable.
-Voy a San Virgilio
-¿Hasta San Virgilio? Me ha dicho el granjero que irías unos kilómetros al sur sobre la carretera.
-Este, pues, sí porque iba a casa de mi compañero. Pero él decidió irse a otra parte. Creo que mejor llego a casa. Me puede dejar en la carretera, ahí puedo pedir un viaje.
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-No, no, no. De ninguna manera, pero no esperes que te llevemos hoy, hemos viajado mucho ya. Dormirás hoy en nuestra casa y mañana en la mañana te llevamos a San Virgilio. ¿Te parece?
-Sí, está bien.
-Y llegando a nuestra casa hablas por teléfono a tus padres, han de estar preocupados.
-Sí, eso haré.
Por fin veré a mamá. Espero que este bien, no sé qué esté pasando pero de seguro me lo explicará todo cuando regrese. Sí es lo más probable. 
-¿Y cuántos años tienes Sebastián?
-Doce
-Doce años, ¿dónde estudias la secundaria?
-Digamos que por ahora estoy de vacaciones. 
-¿Vacaciones? Pero estamos en noviembre.
-Mi padre falleció hace unos meses, y mamá ha batallado con la colegiatura y los gastos.
Hubo un silencio incómodo.
-Siento mucho lo de tu padre- me dijo con dulzura. 
-No hay problema.
El viaje en la carretera se tornó agradable. La señora parecía una buena persona, al igual que su esposo, que a pesar de su mal humor, había aceptado llevarme a casa. Descansé, había corrido casi toda la noche, estaba resfriado. Los dueños de la granja me habían dado un té con hierbas, que creo que había ayudado a mi recuperación, al igual que la siesta que dormimos Fer y yo. ¿Dónde estará Fer en estos momentos? ¿Por qué Fer es tan desconfiado? No lo sabía, pero esperaba que se encontrara bien camino a casa. No creo que estos señores vayan a hacerme daño, parecen una pareja común y corriente. Aunque eso estaba a punto de averiguarlo.

La casa de la pareja parecía más bien una casa de verano, con un gran terreno cubierto por árboles altísimos y muchísimo pasto en la parte delantera.
-Bienvenido a nuestro humilde hogar- me dijo la señora.
-Disculpe, aún no sé sus nombres.
 
CAPÍTULO 4
 
-Somos Silvia y Alfredo.
Pasa a la habitación donde dormirás. Sígueme.
La señora Silvia me guió al último dormitorio. Parecía que nadie durmiera ahí, olía a encerrado, mis sentidos me decían que esa puerta no se hubiera abierto en años. No había retratos en las paredes, ni nada que hiciera sentir la habitación como algo personalizado.
-¿Quién duerme aquí?- le pregunté a Silvia.
-Es el cuarto de visitas.- me respondió en un tono seco y cortante.
- Quiero que te sientas en tu casa, cualquier cosa puedes tomarla, sólo nos avisas, lo único que te pedimos es que no subas al tercer piso, está muy desordenado. 
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- Muchas gracias señora, cuando llegue a casa mamá se lo pagará todo.
- No digas tonterías, si fueras mi hijo, me gustaría que alguien lo cuidara cuando estuviera en problemas.
- Esta bien- me sentí a gusto con los gestos con los que se comportaba la familia, pero aun no me acostumbraba a ellos. -ahora iremos a dormir Alfredo y yo que no lo hemos hecho en toda la noche. Tenemos varios libros en el estudio, en caso de que te guste leer y en la cocina hay comida, tenemos pan queques y mantequilla. También hay jamón y queso. Disfruta de tu estancia aquí, de verdad siéntete como en casa. Y sobretodo el teléfono está en la estancia para que hables con tu mamá.

Y salió de la habitación. Me quedé sentado en la cama. ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí? La señora se ve amable, el señor también, sólo que estaba cansado. Hablaré a mamá por teléfono, se va a emocionar cuando le hable. Mejor mañana que llegue a casa le doy la sorpresa. Sí, la cuidaré, ha de estar solita, la extraño tanto, igual a papá. Escuché los pasos de Silvia y Alfredo subir al segundo piso y después un silencio tranquilizador. Se escuchaban pajarillos afuera, y una que otra ave que hacían sonidos extraños. Una cortina cubría el gran ventanal que estaba a un costado de la cama. La abrí para ver hacia fuera. Increíble, un paisaje lleno de árboles altísimos, muchísimo pasto, había ardillas que corrían en los troncos y polillas que volaban por el aire. Tengo que salir. Me dirigí a la puerta trasera de la casa, atravesé la cocina y vi la salida, la abrí con una llave que colgaba justo al lado del cerrojo. No podía creer, era un paraíso. En la parte central del gran terreno había un árbol gigantísimo. Es el árbol de la vida, sonreí por dentro. Salí corriendo a perseguir a las ardillas. Me acosté en el pasto. Era como si todos mis músculos se estuvieran relajando después de tanta tensión. _______________________________________________________________________
 
-¿Gustas un poco de café? – le dije a César.
-Sí, tenemos que estar despiertos. En cualquier momento pueden descubrir nuestro paradero.
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-Yo necesito un té, ahora creo que me dará un infarto. ¿Cómo espera Sebastián que sepamos quién nos persigue si se pone a contarnos sus aventuritas de adolescente? Creo que en este momento lo odio tanto. Siempre metiéndome en líos. No puedo creer que hasta después de muerto lo siga haciendo. Ojala que pague muy caro todas sus penas. 
-Tranquila Doña Debby. Esto se está poniendo divertido.
-¿Divertido? Tengo problemas de nervios ¿Sabes? Y esto sólo alterará mi presión, no sé si muera antes de que estos hombres nos alcancen y será por un paro cardiaco.
-Tranquilícese, imagine que somos detectives y tenemos que resolver un enigma, así podrá estar más concentrada y menos nerviosa.
-Ya, ya, lo que digas, sigue leyendo tú que ya estoy cansada.
-Bueno, menos mal que su hermano es un tanto precavido y nos dejó comida enlatada, ¿sabe hacer macarrón?
-Sí, pero por ahora necesito un caldo de pollo.
-Esta bien.
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-¡Sebastián! ¿Dónde estás?- gritaba a lo lejos una voz.
-¿Mamá eres tú?
-¡Sebastián!
-Aquí estoy mamá en el patio. No me puedo levantar, ven por mí.
-Sebastián, ¡despierta!
Abrí los ojos, era la señora Silvia. 
-¿Qué haces aquí Sebastián, en el suelo? Alfredo y yo pensamos que te habías marchado.
-Disculpe, es que me gustó el patio y como estaba un poco cansado me acosté para relajarme un rato.
-¿Un rato? Son las 11 de la noche. Pasa adentro que tu sopa ya se ha enfriado. En la noche este lugar es peligroso, anda levántate.
De un sobresalto me puse de pie, y me dirigí junto con la señora Silvia hacia la casa. La oscuridad había convertido el paraíso en un lugar tenebroso, las sombras se movían y era como si detrás de nosotros alguien nos estuviera espiando. Avanzamos 
-¿Le has hablado a tu madre?
- Sí, ya he hablado con ella.- mentí. 
-¿Está preocupada? 
-No, está bien. Pensó que fui a casa de un amigo.
-Menos mal, he preparado la cena, espero que no esté fría, teníamos media hora buscándote. 
-Disculpe.
Entramos en la casa por la puerta trasera.
-Pasa a lavarte las manos- me dijo.
-Pasé al baño que se encontraba a mediación del pasillo.
 
CAPÍTULO 5
 
 
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A la mañana siguiente me levanté temprano, eran como las 7 de la mañana. Me vestí y guardé mis cosas en la mochila, estaba listo para volver a casa. La señora Silvia despertó más o menos a la misma hora, podía escuchar sus pasos resonar en la duela, toda la casa era de madera. Comenzó a oler a algún guiso, lo que hizo que se me abriera el apetito. Entonces alguien tocó la puerta de la habitación.
- Sebastián, Alfredo ya se va al trabajo, y te llevará a tu casa, si quieres desayuno ven a la cocina. 
-Enseguida voy.
Cerré la mochila y me dirigí a la cocina. 
Silvia cocinaba en dos sartenes. 
-¿Quieres pan francés?- me preguntó. 
-Sí, por favor. 
Me apresuré a comer. 
-¿Dónde está Alfredo?
-Alistándose en la habitación, sale de aquí a las 7am, porque se dirige al trabajo.
-Dónde trabaja
-En una fábrica.
-Te llevará hasta tu casa.
Minutos más tarde bajó Alfredo del segundo piso, olía una loción extraña y vestía un traje elegante con sombrero.
-¡Ya estoy listo! Buenos días Sebastián, ¿Cómo amaneciste?
-Muy bien, con un poco de dolor de cabeza, eso es todo. 
-Silvia, dale una pastilla para el dolor al muchacho. 
-Enseguida, nada más que acabe de comer. 
 
 
El viaje a San Virgilio parecía eterno. La neblina cubría la carretera, era un día muy gris. El camino se disolvía entre los árboles y las montañas. No había tráfico en la carretera, más que de repente uno que otro camión. 
 
-¿Ansioso por ver a tu madre? , me preguntó Alfredo.
-Sí
-¿Qué crees que te diga? ¿Estarás castigado?
-No lo sé.
-Insisto que debiste haberle llamado ayer, pero bueno tú sabrás.
-Prefiero no preocuparla, ella cree que estaba en casa de Fer.
-Pero…
 
En ese momento se atravesó una res en la carretera. Alfredo me puso una mano en el pecho, y nos salimos del camino. El carro se detuvo unos metros más al frente, no había pasado gran cosa. Alfredo se exaltó un poco, pero comenzó a respirar profundo hasta llegarse a calmar.
-¿Estás bien?, me preguntó.
-Sí, ¿tú?
-También, ya pasó, la neblina no permite ver a lo lejos, esa res casi nos mata. 
 
_______
 
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Al llegar a San Virgilio, las calles se veían mucho más tranquilas de cuando me fui. Pasamos por la catedral, el mercado y los antiguos callejones del centro de la ciudad. De repente se veían peatones y comerciantes de un lado a otro, sin embargo, no había tantas personas en las calles como comúnmente pasaban. 
 
-Hace mucho que no venía a San Virgilio- me comentó Alfredo- desde que falleció mi madre. Extraño los algodones de azúcar.
-Sí, están buenos, aunque prefiero los del puerto. Le dijo.
-El puerto de las Luces, es precioso.
-Sí, mi padre nos llevaba a pasear cada domingo. La última vez que fuimos, fue el día en que murió. 

El carro se acercaba cada vez más a la casa. Una mansión de tres pisos, era la casa más grande del barrio, pero desde que papá había fallecido, era la más descuidada. Mamá no tenía para resolver muchos problemas de mantenimiento que una casa de esa magnitud presentaba. Sin embargo, se había mostrado tenaz en las reparaciones y yo le ayudaba en lo que podía. Aún así, ya no conservaba el aspecto magistral de la casa de antes. Se notaba la ausencia de papá, y eso nos entristecía a todos. 
-Es ahí.- le dije a Alfredo.
-Te espero, quizás no hay nadie.
-Es la hora de comida, mamá debe estar ahí.
-Silvia me pidió que me asegurara de que encontraras a un familiar.
-Bueno, regreso enseguida.
 
Cerré la puerta del auto y corrí hacia las rejas, las abrí, subí los escalones y toqué la puerta. Volví a tocar. Nada. 
 
-¡Mamá!- grité. Y esperé afuera. Pasaron cinco, seis o siete minutos. Alfredo se veía desesperado. Me hizo una señal para que me acercara al auto, iba a obedecerlo cuando de repente, se abrió la puerta. 
 
-¿Qué se le ofrece?- me dijo un joven, con traje de mayordomo. 
-Hola, soy Sebastián, Sebastián Carrera. Estoy buscando a mi mamá.
-A tu mamá? Aquí no vive tu mamá niño
-Sí, ésta es mi casa. Me fui de viaje a un internado, pero mamá estaba aquí. ¿Puedo pasar?
-Niño, ya te dije, aquí no vive tu madre, será mejor que te marches. 
-¡Mamá! ¡Mamá!- comencé a gritar más fuerte.
-Calla niño ¡Calla! O hablaré a la policía.
-¡Mamá!
-Pero señor, es que entienda, esta es mi casa, y aquí vive mi mamá.
-Niño
 
En eso Alfredo vio que discutía con el mayordomo y bajó del auto. Se acercó rápidamente y preguntó:
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-¿Qué pasa? ¿Dónde está la mamá del niño?
-Señor, aquí no vive ninguna señora, y será mejor que se lleve a su hijo.
-Pero no entiendo, Sebastián ¿Qué no es esta tu casa?
-Sí, sí lo es. Y dudo mucho que mamá se haya cambiado de domicilio tan rápido.- le dije a Alfredo. 
-Disculpe señor, estamos buscando a la señora.- dijo Alfredo al mayordomo. 
-Blanca Carrera.
-Señor, esta casa ha sido habitada por el Señor Eusebio por más de tres generaciones, ahora pertenece a su nieto, quien no es una persona muy sociable que digamos. Y si se despierta a esta hora, créame que no lo hará de muy buen humor.
-Sebastián, ¿me mentiste? Tengo que ir al trabajo ¿Qué hago contigo?
-Pues, iré al centro, quizás mi madre haya ido a pasear.
-Les recomiendo que aclaren sus asuntos detrás de las rejas, ya que esta es propiedad privada. 
-De acuerdo- dijo Alfredo. 
 
Los dos caminamos hacia fuera de la casa y una vez en la acera, me dijo:
 
-Sebastián, me pidió Silvia que te dejara en manos de algún familiar tuyo. Yo no puedo dejarte aquí en medio de la calle, ni en el centro, ni en ninguna otra parte, acompáñame al trabajo y más tarde regresamos a buscar a tu madre. 
-Alfredo, agradezco todas las atenciones que han tenido conmigo, pero es importante para mí saber dónde está mi mamá. Iré al centro, créeme, San Virgilio es un lugar seguro, y en caso de que no la encuentre ¿Nos podemos ver en algún lugar?
-Está bien, yo salgo a las seis de la tarde del trabajo, puedo venir por ti a algún café del centro, que te parece ¿Las Glorias?
-Sí, está bien, ¿nos vemos en Las Glorias entonces?
-Pero, si no estás ahí, daré por sentado que encontraste a tu mamá, entonces será mejor que te cuides. ¿Esta bien Sebastián?
-Sí Alfredo, no te preocupes. 
 
Alfredo subió al auto, lo encendió y se fue. Me quedé en medio de la acera observado la residencia que me había visto crecer, y que ahora por alguna razón extraña me desconocía. Caminé sin rumbo alguno, sabía que mamá no andaría vagando por las calles de la ciudad, no era muy seguro para ella. ¿Dónde podrá estar? Pasaron las horas, y no veía a nadie conocido, era como si todas las personas cercanas a mí se hubieran desaparecido de la faz de la tierra. De repente, uno que otro vagabundo o vendedor pasaban por las calles. 
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Llegué a la florería de la señora Paty, quien me había dado trabajo meses atrás para poder ayudar a mamá a saldar las deudas. Y para mí sorpresa, el lugar se encontraba cerrado, el negocio abandonado. ¿Qué pasa? ¿Qué está pasando en San Virgilio? Parecía un pueblo fantasma. Me senté a esperar afuera del lugar a ver si algún rostro familiar pasaba, la señora Paty o alguna otra persona. Pasó el tiempo y me quedé dormido. 
Al despertarme el sol estaba por ocultarse, entonces recordé: Alfredo me dijo que a las seis de la tarde me recogería en el café, tengo que regresar a tiempo.  Pero al pasar por la torre del reloj vi que eran las seis y un cuarto. Corrí y corrí, y al llegar a la cafetería, Alfredo no estaba. 
-Buenas tardes- dije- busco a un hombre de mediana estatura, llenito y con barba, no sé si estuvo aquí hace unos minutos.
-Sí, aquí estuvo esperando, pero se fue.
-Y no dejó algún tipo de mensaje.
-¿Mensaje? No, mensajes no.
-¿No dejó algún recado o algo?
-No, no dejó nada.
Salí corriendo de la cafetería para ver si encontraba a Alfredo, di vuelta en la esquina, pero ya no estaba. Genial, ahora pasaré la noche solo en alguna calle de San Virgilio. Pero mi cansancio y mi desesperación habían llegado a su límite, tenía que averiguar quién estaba en mi casa y por qué mamá no estaba. Debería encontrar la manera de entrar y ver qué estaba ocurriendo dentro. La policía. Pero la policía me pedirá explicaciones, querrán saber qué hacía en el internado, dónde está mi mamá, pensarán que estoy mintiendo. ¿Qué debo hacer? Caminé rumbo a la casa con paso decidido, pero debería trazar un plan para poder acceder. ¿Qué haré ahora?.
Recordé que mi casa tenía una puerta que se abría hacia la calle trasera. ¿Estarán vigilando esa entrada? Eso era algo que estaba por ver. Llegué al callejón que tenía acceso a una pequeña puerta en el patio de la casa. La puerta inicialmente se utilizaba para sacar la basura, pero desde la muerte de papá se había descuidado el jardín y ahora se encontraba llena de hierbas y ramas. Quizás no la hayan notado. 
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Al llegar al callejón no había nadie, lo que podría facilitar mi ingreso a la mansión. Me acerqué con cautela a la puerta y la empujé. Había ramas atravesadas, pero sabía que si hacía un poco más de esfuerzo podría moverlas con el impulso de la puerta. Traté y seguí tratando hasta que se abrió un poco, lo suficiente para poder pasar. Atravesé con precaución el terreno, cubierto por un jardín descuidado lleno de altos pastizales. 
Escuché ruidos, alguien estaba apunto de salir por la puerta trasera y corrí a esconderme detrás de las ramas. 
-Nada más acabo este trabajo y me largo de aquí, no soporto este pueblo.- dijo el joven. Además odio ese extraño olor. 
Comencé a notar ese olor que se encontraba en el ambiente. Qué raro. El joven dejó una bolsa de basura en un bote negro que se encontraba al lado de la puerta, y volvió a entrar a la casa. Me acerqué a la puerta casi pegado a la pared y en cuclillas para evitar ser notado. Al llegar a la entrada de vidrio me asomé para ver si ya se había ido, y en efecto, el joven ya no estaba. Tengo que entrar. Empujé la puerta lentamente y se abrió. No cerró con llave. Entré pero no escuché ruidos. La casa no se veía tan diferente desde que la había dejado, pero había un par de cosas definitivamente habían cambiado.  Los cuadros que mamá había colgado eran distintos, y el mantel de la mesa también. Pasé al comedor y observé de cerca el mantel. Alguien bajó las escaleras y rápido me escondí bajo la mesa. 
-Espero que ya tengas listo todo Sr. Edgard, los invitados están por llegar. –dijo un anciano. 
-Sí señor- Se escuchó que la voz del mayordomo provenía del segundo piso, de la cocina. -Estará servido en cuanto lleguen sus amigos. 
En eso timbraron afuera. 
-¡Abre la puerta Edgar!
-Enseguida Señor. 
El mayordomo abrió la puerta y pasaron los invitados. No podía ver más que sus pies, debido a que me encontraba escondido debajo de la mesa. 
-Pasen, pasen, enseguida llega el señor Eusebio para atenderlos. Sus abrigos, por favor.- dijo el mayordomo.  
Comencé a ponerme nervioso, podrían descubrirme, y como ya me había visto el mayordomo, era capaz de hablar a la policía. 
-Tomen asiento. ¿Gustan algo de beber?- dijo Edgard.
-Sí, le pediré un coñac, por favor.- dijo un hombre. 
-Yo un vino tinto.- replicó una dama. 
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Los invitados pasaron y se acomodaron en la mesa, sólo eran 2 parejas y la mesa era lo suficientemente grande para que cupiera yo acurrucado. No podía creer lo que estaba viendo, el señor le acariciaba la pierna a su pareja. En qué lío me metí. Enseguida escuché los pasos del Sr. Eusebio.
-Bienvenidos sean todos. 
-Hola Eusebio, tanto tiempo de no vernos.
-Martha, qué gusto que vinieron. Dr. Manuel, ¡qué milagro!
-Aquí estamos Eusebio, como cada año. 
-Qué bonita casa! Es nueva?
-No, esta casa ya tiene años, la compró mi abuelo
-Mira nadamás, Don Eusebio I, qué buen estilo, ¿muy cómoda verdad?
-Sí, aunque estamos haciéndole una serie de modificaciones, ¿gustan pasar a la sala, para charlar más a gusto?
-Claro.
Los invitados se pusieron de pie y caminaron hacia la sala. Me salvé.
Entonces me fui gateando hacia la cocina, y para mi sorpresa Edgard, el mayordomo se encontraba ahí. ¿Qué hago ahora? Me agaché y la barra que se encontraba en la mesa impedía que me viera, pero si daba un paso, al salir de la cocina me vería. Por suerte se encontraba preparando unas bebidas y gracias a eso no me notó. Entonces gateé hacia la lavandería que tenía acceso a la puerta de atrás. Y de repente el mayordomo gritó.  Me estremecí. 
-¡Auxilio! – gritó el mayordomo.
-¿Qué pasa Edgard? – dijo angustiado el Señor Eusebio.
-Un…  ¡un ratón!
Entonces abrí los ojos y vi a un ratón debajo de los pies de Edgard. Mientras 
Edgard estaba distraído, y los invitados se paraban en sus sillas,  corrí hacia la puerta principal y la abrí. Y en eso me encontré a una persona que nunca imaginé verla ahí. 
 
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-       Quiero sopa de macarrón. Con queso.- dijo César.
-¡Alfredo! ¿Qué haces aquí?
-Me da gusto verte, pero tenemos que irnos.
-¿Por qué?
-Porque estas personas me van a descubrir…
 
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Acababa de cerrar la puerta, cuando la puerta se abrió de nuevo.
-¿Por qué no se quedan a la cena?- dijo Edgard.
-Gracias- le dije. – Ya nos vamos. 
-No, por favor, háganme el honor. Si se van tendré que llamar a la policía.
-Esta bien.- dijo Alfredo. Pasaremos a cenar, pero sólo eso y nos vamos.
-Muy bien, excelente. ¡Sr. Eusebio! Tiene visitas.
-¿Quiénes llegó Edgard?- preguntó el Sr. Eusebio mientras entrábamos al comedor. Y en eso nos vió. Se quedó perplejo y después continuó. 
-¡Qué maravilla! Pasen, los estaba esperando. Siéntense, siéntense, por favor.
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Alfredo y yo nos volteamos a ver con cara de estupefacción. Después cada uno nos sentamos en las únicas dos sillas desocupadas.
- Bueno pues ya que están todos aquí, y que ya no hay ratas en la cocina, quiero brindar por la salud que he podido conservar a pesar de mi edad y que siga teniendo mucha salud por mucho tiempo más.
-¡Salud!- dijeron todos los invitados que nos miraban con una cara de sospecha. 
-¡Salud!- dijimos Alfredo y yo. 
-Perfecto, bueno, quiero que conozcan a un primo lejano, él es Erasmo, y su sobrino Aurelio. Por favor sean amables con ellos. 
Alfredo y yo no entendíamos qué estaba pasando, pero comenzamos a comer,
pues teníamos miedo que el mayordomo dijera algo. Enfrente de nosotros, sobre la mesa, estaba en nuestro plato un pedazo de pierna de pavo, con chícharos y pan francés. 
-Hola, mucho gusto en conocerlos.- dijo una mujer con un traje azul y los labios pintados de rojo.
-El gusto es nuestro.- se adelantó Alfredo, fingiendo cierta conmoción.
-¿Y de dónde han venido?- preguntó un señor alto, fornido y con lentes, que su cara parecía de perro rotweiler. 
-Ellos- interrumpió el Sr. Eusebio.- han venido del campo.
-¿No es así Aurelio?
-Sí, claro. Tenemos una casa en el campo.

 


  
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