El Precio del Envase
Nos entrenan para el viaje, pero nos borran el mapa. El sistema nos vende el éxito como un cumpleaños al que nunca llegamos, una línea de meta que se corre unos metros más allá cada vez que estamos por tocarla.
Nos mudamos a vivir a las vitrinas, desesperados por comprar el aplauso de los demás, pagando con la única moneda que no se recupera: el tiempo de estar vivos.
En este mercado de las apariencias, cotiza alto el envase y se remata el contenido.
Nos exigen ser ganadores en una carrera donde todos corren solos y contra todos.
Te dicen qué desear, cómo vestir la felicidad, qué marca de auto usar para que te miren, cuántos escalones subir para mirar desde arriba. Y así, trepando la escalera del prestigio ajeno, nos vamos vaciando por dentro. Cambiamos los ojos por los espejos.
El daño no es fracasar; el verdadero daño es triunfar en el simulacro.
Porque en esa prisa por llegar a ser "alguien" —según el diccionario del poder— dejamos de ser nosotros mismos.
Olvidamos el olor de la tierra mojada, el lenguaje de los abrazos que no buscan nada a cambio, el arte de perder el tiempo en las cosas que hacen que valga la pena estar vivo.
Nos extirpan la esencia para llenarnos de plástico.
Nos transformamos en los administradores de nuestra propia ausencia, extranjeros de nuestro propio cuerpo, ciegos ante la maravilla de nuestra propia y sagrada rareza.
Al final, la civilización del consumo nos ofrece el mapa del tesoro, pero el cofre está vacío.
La verdadera revolución, la que nos devuelve la respiración y la magia, consiste en bajarse de esa pista de carrera, mirarse a los ojos y tener el coraje de volver a ser sencillamente humanos.





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