El olor del recuerdo
Hoy encendí el horno y la memoria llegó antes que el pan.
Recordé aquella promesa que hice con la ligereza de quien todavía cree que el amor siempre necesita ser conquistado.
Te dije que te enamoraría con postres, con tardes de harina en las manos, con el olor tibio de las cosas que se hacen despacio.
Y nunca ocurrió.
No porque faltara amor, sino porque un día creí que ya habitaba en tu mirada y dejé de cocinar para convencerte.
Qué extraño es descubrir, mucho tiempo después, que también dejé de encontrarme a mí.
Ahora cada pan que sale del horno huele un poco a regreso.
Regreso a la persona que disfrutaba crear, que encontraba cariño en cada ingrediente, que soñaba con compartir su mesa sin necesidad de demostrar nada.
Las recetas se quedaron esperando en el mismo lugar donde uno deja las cartas que ya no sabe a quién escribir.
Y mientras la masa crecía, entendí que algunas promesas no se rompen.
Solo se quedan suspendidas, como el pan antes de levar, esperando el momento en que el corazón vuelva a tener hambre.
Tal vez nunca pruebes este pan.
Tal vez ni siquiera sepas que existe.
Pero hay algo que sí quisiera salvar de todo lo que fuimos:
la certeza de que mis manos todavía recuerdan cómo crear algo bueno.
Y eso, aunque parezca pequeño, es una forma silenciosa de volver a creer en el futuro.


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