​No sé qué bandera defiende mi mano,

ni qué mapa es este que piso al pasar.

A mí me vendieron que ése era una rata,

pero huele a sudor y a pavor nada más.

​El silbato descarga su golpe de hierro.

Nadie quiere subir, pero todos van.

​Corro sobre hombres que antes me hablaban,

pisando sus caras hundidas en barro.

​Él también corre. Lo veo enfrente.

Tiene la boca abierta en un grito mudo.

Quizá dejó una madre, un perro, una siembra...

​Alzamos los rifles. Tiembla el dedo, no el pulso.

Diez pasos de tierra. Ninguno se frena.

Miro sus ojos antes del chasquido.

​No nos odiamos. Él tampoco sabe.

Antonio Portillo Spinola ©

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