El mapa
El pedazo de hoja era amarillento y rugoso, como un devastado papiro de la acostumbrada filmografía. El baúl donde lo halló se encontraba envuelto en polvo: marginadas décadas llevaba guardado en aquella habitación distante. Esa tarde la curiosidad (la somnolencia del ocio indeseado) lo había arrastrado a revisitar aquel cuarto oscuro y melancólico, al que siempre le había escapado por alguna prudencia insospechada.
En el trozo de viejo papel pajizo se dibujaban confusas líneas cuya diagramación guardaba una imperceptible lógica. Ante los ojos de nuestro hombre, aquellos jeroglíficos solo eran una desbordada serie de estrías entrecruzadas sin atisbos de coherencia reguladora; pero era evidente (hoy lo sabemos) que se trataba de un añejo mapa que en las frondosidades del tiempo había caído derrotado en aquel recinto. La guía geográfica que tenía en sus manos –supuso, nuestro varón- debía señalar un lugar que contase con cierta atracción.
Nunca supo las razones por las que, sin rastros de dudas, guardó el mapa en el bolsillo, convencido de atesorarlo por fuera del montón de prescindibles recuerdos y ya vetustos documentos de escasa importancia. De hecho, el hallazgo del mapa abortó por completo sus ansias de pesquisa: ahora se sentía satisfecho, inexplicablemente conforme y agobiado, incapaz de proseguir con la variable tarea ni apto para permanecer si quiera un urgente minuto en aquella habitación.
La meticulosa observación del mapa no arrojó resultados valorables. Desde ningún punto de vista fue capaz de hallar explicaciones suficientes para alimentar la esperanza desde una elemental cordura. Solo nuestro hombre era capaz de encandilarse en la fastuosa expectativa: él creía con injustificada tozudez en sus competencias para revelar el furtivo territorio al que pertenecía el mapa y qué era aquello que con exuberante ambición señalaba.
Procuró aplicar sus conocimientos en diversos métodos matemáticos, aprendidos en arrebatadas vigilas estudiantiles, sin éxito meridiano. Aquello parecía una pieza de la más insondable criptología, que ni el propio Henry Admunssen pudiera comprender. La fisonomía del detalle lo desconsolaba: bajaban hacia un extremo las impudorosas líneas, giraban con cabal violencia y se superponían formando cruces y otras geometrías desconcertantes.
El tiempo comenzó a agitar su ánimo. La tarea cobraba ahora el sentido del desafío personal, aunque la insidiosa intriga del tesoro desconocido era lo que figuraba días y noches. Las conversaciones solo podían girar en torno a su confuso descubrimiento. Nuestro héroe vio reducidas sus posibilidades de atención hacia otros asuntos, encandilado en la intranquila búsqueda de la respuesta.
La premura entorpecía la obtención de resultados, sin embargo, era condición ineludible ante la asechanza de la gravosa ansiedad. No pasaban un par de fatigantes horas sin que el hombre consultara el urdido mapa, lo tendiera sobre la mesa y comenzara a trazar con su dedo hipotéticos recorridos que lo llevaran al inescrutable objetivo. Las frustraciones se sucedían como la voluntad arremetía en la obligación del intento. Cientos de pruebas fallidas acompañaban a otras tantas inespecíficas elucubraciones acerca de los escondidos designios que el sórdido croquis acunaba.
El hombre comenzó a sospechar que las inconexas líneas eran, en realidad, arcaicas huellas de un misterio inalcanzable; quizás las vertientes de un secreto enmudecido por siglos que él, con inconsciente temeridad, buscaba desentrañar. Temió por represalias ante su atrevimiento y por un instante estimó la posibilidad de abandonarlo todo. Pero la fuerza de la intriga era incomparablemente mayor e, incluso, alcanzó a extraviarse en fugaces anhelos de oronda fama tras el legendario descubrimiento.
Lo agobiaron los reparos y las celosías al momento de consultar con especialistas que pudieran esclarecerle los interrogantes fundamentales (historiadores, calígrafos, egiptólogos, museólogos): supuso –no sin cierta perspicacia- que la elemental codicia académica se aprovecharía de su hallazgo y lo aislaría de su investigación. Lo aterró pensar en un futuro de fastos ajenos. Tembló ante la posibilidad de una gloria compartida, la cual –creía- no merecería la justicia lingüística de la verdadera trascendencia (consideraba que la individualidad es una condición indispensable para ésta) y lamentó correr el riesgo de perder la satisfacción postrera. Abortó, en consecuencia, todo compromiso común y cortó inconsultamente los intercambios epistolares que supo sostener con otros investigadores. Se recluyó hurañamente en su tarea de dilucidación. Creyó avanzar en algunos desciframientos, dar con esquivas claves, pero pronto atribuyó sus resoluciones a la febril imaginación, demasiado absorbida por sus deseos de respuesta.
Ya no volvió a caer por las ruinas de la angustia, aun cuando las certezas se alejaban como los dioses de Ulises. Ya no se arrastró en la nostalgia de un saber perdido ni se convino a esperar una atribución divinal. Simplemente aplicó sus energías a la inspección minuciosa de los caminos trazados en aquella hoja. Todas sus jornadas se fueron en la auscultación precisa y resignada de quien no espera nada pero no es capaz de la afrenta del abandono.
Camino sobre las crujientes maderas siguiendo el cauteloso recorrido que el mapa indicaba; obedeció cada una de las sutiles indicaciones que los derroteros marcaban y llegó insuperables veces al destino infortunado. Dudó de sus aptitudes de interpretación y realizó otras incontables lecturas del mismo trayecto, retrotrayendo sus pasos y ejecutando variantes múltiples. Una y otra vez puso en marcha el ejercicio de la desconfianza y retomó las fuerzas en nuevas expediciones.
Alcanzó a vislumbrar un suave derrotero. Se encaminó precipitadamente hacia la espesura del bosque. Saltó ramajes inefables y se acunó durante noches al borde de un grueso tronco enclavado en el tiempo. Improvisó algunas herramientas para la subsistencia en aquel cosmos rendido al dominio de las fieras. Soportó el calor inextricable de las tardes ardorosas y padeció cada minuto de las gélidas noches. Aprendió con sumisa precisión cada uno de los sonidos de la inmensidad y distinguió los rastros de cada una de las especies. Se convirtió en un especialista de la supervivencia.
Buscó con agitada ansiedad aquel punto exclusivo y universal hacia donde el mapa conducía. Creyó verlo entre el ramaje brutal de unos arbustos. Se acercó con la necesaria cautela. Entrevió unas extrañas luces que se expandían en la cerrada noche oscura. Miró fijamente el centro lumínico que se emanaba por entre las ínfimas grietas que el tendido de ramas permitía. Y entre la luz creyó ver la imagen de un hombre, un hombre derrotado a la eterna sed de una búsqueda infinita. Contempló a ese hombre con exigua tranquilidad: lo vio apresurarse en la persecución de una ambición inconfesable. Era un hombre alto y erguido, al que los años le habían rendido el homenaje de las cicatrices. Quiso compadecerse, pero se sintió aterradoramente conmovido. El hombre se encontraba ajado por las inclemencias de una búsqueda infructuosa, afectado horriblemente por un afán innombrable que lo conducía hacia los inquietos suelos de la incertidumbre. Lo vio corriendo en un vacío multiforme, rodeado de amenazantes hierbas que cobraban formas inigualables y se convertían, de un momento a otro, en riesgosas pruebas para el ahora encanecido hombre.
Supuso que el tiempo, allí, en la incandescente visión, cobraba dimensiones desconocidas y se extendía de forma transversal, impidiendo abortar la sorpresa en quien observara semejante transmutación de la fisonomía de los períodos: en aquella alucinación (aunque desesperadamente real) el tiempo no corría en el torrente acostumbrado por nuestro protagonista, que asfixiaba el espanto suscitado por aquella consecución de imágenes perturbadoras, de rostros cambiantes a cada segundo, de objetos metamorfoseando de acuerdo a su posición en el espacio y en relación al resto de los objetos, y de ese hombre imposiblemente cauto, que caminaba y sufría el lento erosionar de los años mientras anhelaba una codicia inmerecida.
Vio con resignada comprensión que a aquel hombre visionado también le era dado el hallazgo de un incongruente mapa. Era, también, invadido por la remota aspiración de un futuro de prosperidades incontables y caía, asimismo, en la torpe obcecación de la búsqueda infinita.
Observó como el hombre imaginado se acercaba lentamente hacia el bosque cerrado y lo estimó indecorosamente al verlo echado junto a unos troncos, aquietando el martirio del azote de la inmensidad y resistiendo a su modo las infamias de los días y las noches. Quiso advertirle de los riesgos de su insistencia, de los temores que debería aún enfrentar y de las intrincadas evaluaciones que lo esperarían camino abajo. Pero el hombre jamás podría escucharlo y su atronador quejido sería consumido por la ausencia irremontable del impenetrable bosque.
Divisó con dolorosa ansiedad como el hombre de la visión se acercaba hacia un entreverado ramaje de inconfundible presentación. Se aceleraron sus palpitaciones al notar la cerrada convicción en la mirada del hombre, que daba sus pérfidos pasos hacia las luminiscencias que se escapaban con timidez entre las hendeduras del ramaje. Lo vio asomarse con interés absurdo y caer desgarrado en una tentación inevitable. Lo tenía a su hombre allí, contemplando encantadamente las luces entre las ramas, presentándose a la visión de otro hombre, que, a su tiempo, había caído en las mismas severidades de la tentación luminiscente.
Era un hombre abatido el que su hombre visionado ahora vislumbraba. Era un hombre agobiado por el cansancio de un peregrinaje perpetuo. Era un hombre asombrado de su propio destino y, acaso, era un hombre angustiado de su irreparable vocación y su premeditado devenir.
Sintió el temblor de sus extremidades al comprender, nuestro protagonista, que el círculo de los acontecimientos conformaba una espiral insospechada y que sus tan prudentes especulaciones no respondían más que a otras acaloradas ensoñaciones, tan febriles como ocurrentes. Sintió la aviesa angustia de la comprensión y ahora contempló con perfecta nitidez a su hombre visionado asomado entre la fronda del ramaje, puerilmente deslumbrado con la nube de luces que se eyectaban formando nuevas imágenes y se vio a él mismo en las imágenes de su hombre, esperando ser comprendido en un tiempo futuro, anhelando la llegada de los días y aún convencido cándidamente de haber vivido en el pasado.
En el trozo de viejo papel pajizo se dibujaban confusas líneas cuya diagramación guardaba una imperceptible lógica. Ante los ojos de nuestro hombre, aquellos jeroglíficos solo eran una desbordada serie de estrías entrecruzadas sin atisbos de coherencia reguladora; pero era evidente (hoy lo sabemos) que se trataba de un añejo mapa que en las frondosidades del tiempo había caído derrotado en aquel recinto. La guía geográfica que tenía en sus manos –supuso, nuestro varón- debía señalar un lugar que contase con cierta atracción.
Nunca supo las razones por las que, sin rastros de dudas, guardó el mapa en el bolsillo, convencido de atesorarlo por fuera del montón de prescindibles recuerdos y ya vetustos documentos de escasa importancia. De hecho, el hallazgo del mapa abortó por completo sus ansias de pesquisa: ahora se sentía satisfecho, inexplicablemente conforme y agobiado, incapaz de proseguir con la variable tarea ni apto para permanecer si quiera un urgente minuto en aquella habitación.
La meticulosa observación del mapa no arrojó resultados valorables. Desde ningún punto de vista fue capaz de hallar explicaciones suficientes para alimentar la esperanza desde una elemental cordura. Solo nuestro hombre era capaz de encandilarse en la fastuosa expectativa: él creía con injustificada tozudez en sus competencias para revelar el furtivo territorio al que pertenecía el mapa y qué era aquello que con exuberante ambición señalaba.
Procuró aplicar sus conocimientos en diversos métodos matemáticos, aprendidos en arrebatadas vigilas estudiantiles, sin éxito meridiano. Aquello parecía una pieza de la más insondable criptología, que ni el propio Henry Admunssen pudiera comprender. La fisonomía del detalle lo desconsolaba: bajaban hacia un extremo las impudorosas líneas, giraban con cabal violencia y se superponían formando cruces y otras geometrías desconcertantes.
El tiempo comenzó a agitar su ánimo. La tarea cobraba ahora el sentido del desafío personal, aunque la insidiosa intriga del tesoro desconocido era lo que figuraba días y noches. Las conversaciones solo podían girar en torno a su confuso descubrimiento. Nuestro héroe vio reducidas sus posibilidades de atención hacia otros asuntos, encandilado en la intranquila búsqueda de la respuesta.
La premura entorpecía la obtención de resultados, sin embargo, era condición ineludible ante la asechanza de la gravosa ansiedad. No pasaban un par de fatigantes horas sin que el hombre consultara el urdido mapa, lo tendiera sobre la mesa y comenzara a trazar con su dedo hipotéticos recorridos que lo llevaran al inescrutable objetivo. Las frustraciones se sucedían como la voluntad arremetía en la obligación del intento. Cientos de pruebas fallidas acompañaban a otras tantas inespecíficas elucubraciones acerca de los escondidos designios que el sórdido croquis acunaba.
El hombre comenzó a sospechar que las inconexas líneas eran, en realidad, arcaicas huellas de un misterio inalcanzable; quizás las vertientes de un secreto enmudecido por siglos que él, con inconsciente temeridad, buscaba desentrañar. Temió por represalias ante su atrevimiento y por un instante estimó la posibilidad de abandonarlo todo. Pero la fuerza de la intriga era incomparablemente mayor e, incluso, alcanzó a extraviarse en fugaces anhelos de oronda fama tras el legendario descubrimiento.
Lo agobiaron los reparos y las celosías al momento de consultar con especialistas que pudieran esclarecerle los interrogantes fundamentales (historiadores, calígrafos, egiptólogos, museólogos): supuso –no sin cierta perspicacia- que la elemental codicia académica se aprovecharía de su hallazgo y lo aislaría de su investigación. Lo aterró pensar en un futuro de fastos ajenos. Tembló ante la posibilidad de una gloria compartida, la cual –creía- no merecería la justicia lingüística de la verdadera trascendencia (consideraba que la individualidad es una condición indispensable para ésta) y lamentó correr el riesgo de perder la satisfacción postrera. Abortó, en consecuencia, todo compromiso común y cortó inconsultamente los intercambios epistolares que supo sostener con otros investigadores. Se recluyó hurañamente en su tarea de dilucidación. Creyó avanzar en algunos desciframientos, dar con esquivas claves, pero pronto atribuyó sus resoluciones a la febril imaginación, demasiado absorbida por sus deseos de respuesta.
Ya no volvió a caer por las ruinas de la angustia, aun cuando las certezas se alejaban como los dioses de Ulises. Ya no se arrastró en la nostalgia de un saber perdido ni se convino a esperar una atribución divinal. Simplemente aplicó sus energías a la inspección minuciosa de los caminos trazados en aquella hoja. Todas sus jornadas se fueron en la auscultación precisa y resignada de quien no espera nada pero no es capaz de la afrenta del abandono.
Camino sobre las crujientes maderas siguiendo el cauteloso recorrido que el mapa indicaba; obedeció cada una de las sutiles indicaciones que los derroteros marcaban y llegó insuperables veces al destino infortunado. Dudó de sus aptitudes de interpretación y realizó otras incontables lecturas del mismo trayecto, retrotrayendo sus pasos y ejecutando variantes múltiples. Una y otra vez puso en marcha el ejercicio de la desconfianza y retomó las fuerzas en nuevas expediciones.
Alcanzó a vislumbrar un suave derrotero. Se encaminó precipitadamente hacia la espesura del bosque. Saltó ramajes inefables y se acunó durante noches al borde de un grueso tronco enclavado en el tiempo. Improvisó algunas herramientas para la subsistencia en aquel cosmos rendido al dominio de las fieras. Soportó el calor inextricable de las tardes ardorosas y padeció cada minuto de las gélidas noches. Aprendió con sumisa precisión cada uno de los sonidos de la inmensidad y distinguió los rastros de cada una de las especies. Se convirtió en un especialista de la supervivencia.
Buscó con agitada ansiedad aquel punto exclusivo y universal hacia donde el mapa conducía. Creyó verlo entre el ramaje brutal de unos arbustos. Se acercó con la necesaria cautela. Entrevió unas extrañas luces que se expandían en la cerrada noche oscura. Miró fijamente el centro lumínico que se emanaba por entre las ínfimas grietas que el tendido de ramas permitía. Y entre la luz creyó ver la imagen de un hombre, un hombre derrotado a la eterna sed de una búsqueda infinita. Contempló a ese hombre con exigua tranquilidad: lo vio apresurarse en la persecución de una ambición inconfesable. Era un hombre alto y erguido, al que los años le habían rendido el homenaje de las cicatrices. Quiso compadecerse, pero se sintió aterradoramente conmovido. El hombre se encontraba ajado por las inclemencias de una búsqueda infructuosa, afectado horriblemente por un afán innombrable que lo conducía hacia los inquietos suelos de la incertidumbre. Lo vio corriendo en un vacío multiforme, rodeado de amenazantes hierbas que cobraban formas inigualables y se convertían, de un momento a otro, en riesgosas pruebas para el ahora encanecido hombre.
Supuso que el tiempo, allí, en la incandescente visión, cobraba dimensiones desconocidas y se extendía de forma transversal, impidiendo abortar la sorpresa en quien observara semejante transmutación de la fisonomía de los períodos: en aquella alucinación (aunque desesperadamente real) el tiempo no corría en el torrente acostumbrado por nuestro protagonista, que asfixiaba el espanto suscitado por aquella consecución de imágenes perturbadoras, de rostros cambiantes a cada segundo, de objetos metamorfoseando de acuerdo a su posición en el espacio y en relación al resto de los objetos, y de ese hombre imposiblemente cauto, que caminaba y sufría el lento erosionar de los años mientras anhelaba una codicia inmerecida.
Vio con resignada comprensión que a aquel hombre visionado también le era dado el hallazgo de un incongruente mapa. Era, también, invadido por la remota aspiración de un futuro de prosperidades incontables y caía, asimismo, en la torpe obcecación de la búsqueda infinita.
Observó como el hombre imaginado se acercaba lentamente hacia el bosque cerrado y lo estimó indecorosamente al verlo echado junto a unos troncos, aquietando el martirio del azote de la inmensidad y resistiendo a su modo las infamias de los días y las noches. Quiso advertirle de los riesgos de su insistencia, de los temores que debería aún enfrentar y de las intrincadas evaluaciones que lo esperarían camino abajo. Pero el hombre jamás podría escucharlo y su atronador quejido sería consumido por la ausencia irremontable del impenetrable bosque.
Divisó con dolorosa ansiedad como el hombre de la visión se acercaba hacia un entreverado ramaje de inconfundible presentación. Se aceleraron sus palpitaciones al notar la cerrada convicción en la mirada del hombre, que daba sus pérfidos pasos hacia las luminiscencias que se escapaban con timidez entre las hendeduras del ramaje. Lo vio asomarse con interés absurdo y caer desgarrado en una tentación inevitable. Lo tenía a su hombre allí, contemplando encantadamente las luces entre las ramas, presentándose a la visión de otro hombre, que, a su tiempo, había caído en las mismas severidades de la tentación luminiscente.
Era un hombre abatido el que su hombre visionado ahora vislumbraba. Era un hombre agobiado por el cansancio de un peregrinaje perpetuo. Era un hombre asombrado de su propio destino y, acaso, era un hombre angustiado de su irreparable vocación y su premeditado devenir.
Sintió el temblor de sus extremidades al comprender, nuestro protagonista, que el círculo de los acontecimientos conformaba una espiral insospechada y que sus tan prudentes especulaciones no respondían más que a otras acaloradas ensoñaciones, tan febriles como ocurrentes. Sintió la aviesa angustia de la comprensión y ahora contempló con perfecta nitidez a su hombre visionado asomado entre la fronda del ramaje, puerilmente deslumbrado con la nube de luces que se eyectaban formando nuevas imágenes y se vio a él mismo en las imágenes de su hombre, esperando ser comprendido en un tiempo futuro, anhelando la llegada de los días y aún convencido cándidamente de haber vivido en el pasado.
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