La noche entre truenos graves descendía.
El Cultor elevó su dedo y señaló la niebla.
Mil elegantes figuras se dbujaron a los ojos animados,
ninguno supo percibir la infinita igualación.
El dragón de la espesura desenfundó una espada de fuego
y bramó irrepetibles odas que es mejor olvidar
para evitar el rencoroso castigo de las trascendencias.
Los hombres se rindieron al inmarcecible:
"Oh, Señor, aquí hemos venido a rogar tu acojo..."
"Oh, señor de todos los espiritus,
rindenos tu apaño inmerecido e interminable
para calmar nuestros irredentos apetitos".
El gruñir tremebundo se fundió entre los inquietos sonidos del vacío:
el dragón desplegó sus alas y arrasó con los cuerpos
y sopló sus cenizas que volaron en indeliberado escape.
Han acabado ya (¿por fortuna?) los días
donde asechaban las atroces ínfulas del dragón.
Acaso las cenizas de los hombres, algún día,
regresen a un punto de encuentro,
de donde nunca se despidieron.
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