Este cuento es sobre dos adolescentes, Matilde y Mateo; ella de dieciséis años y él de diecisiete. Se conocen desde hace algún tiempo pero nunca se han hablado, solamente saludos desde lejos.
Esa tarde de un caluroso día de verano, se sorprenden encontrándose cada uno en su bicicleta y él la invita a dar una vuelta por la solitaria comarca, cosa que ella acepta sin ningún titubeo. Y parten… recorren senderos y bosques buscando los lugares más apartados, los lugares a los cuales nadie suele ir. Mateo, de manera disimulada va detrás de ella y la mira… se solaza mirándola cómo se mueve al compás de su propio pedaleo y se imagina cosas mientras ella, absolutamente consciente de que es objeto de admiración disimulada, trepa por esas escarpadas colinas mientras el ocaso les prepara el escenario propicio para dejar salir lo que se tarda en salir.
Se sientan en una colina con vista al valle y luego de un tiempo en que conversan banalidades, él, que no ha dejado de mirarla y admirarla en silencio mientras ella se deja mirar y admirar, se incorpora, la toma de ambas manos y sin poder contenerse acerca su boca a su mejilla mientras ella… ¿saben ustedes qué hace?... cierra sus ojos y le acerca su cara para facilitar ese beso que él deposita temeroso y temblando en la temerosa, temblante y rosada mejilla de la doncella.Se quedan un rato en silencio y luego suben cada uno a su bicicleta emprendiendo el retorno y despidiéndose con un dulce “nos vemos”.
Pero, dirán ustedes, ¿dónde está la lascivia?... ¿qué tiene de lascivo este cuento? Tal vez no haya nada de lascivia, mis queridos ansiosos cochinos, pero ustedes no me pueden negar que este escrito (que a fin de cuentas es bastante fome) ha sido y será leído hasta por el gato, porque su título llama a no dejarlo pasar de largo demostrándonos que no hay nada mejor, en la publicidad, que una buena zanahoria.
Obviamente que nadie va a hacerme ningún comentario posititvo porque con ello se delataría en su morbosidad, pero sepan que los tengo a todos identificados, señores.
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