El Hombre en el Sofá
Frente a una fogata, imaginó incendiando las estrellas del firmamento. Torremolinos por el paso del tiempo, los portones no cerraban bien. Falta de acabado en el canto, o si la madera esta porosa, puede ser que la humedad se haya filtrado, por esos poros. En la entrada principal, sus gruesas raíces invadieron toda la casa. La expresión: ¡Es un pino perteneciente a las familias de las coníferas, no sobrepasará los tres metros de altura! -Vino a mi encuentro. Las persianas venecianas, impedían luz en la residencia del hombre sentado en el sofá. Húmeda y aislada, estaba la cocina. Las recias lluvias, y los vigorosos vientos, enterraban sobre los tejados, la podredumbre de la fuente atmosférica. Cortes de alumbrado eléctrico, insinuaban sombras en ese borde de la casa, un comedor inglés, sillones cosidos a mano, chimeneas, ventanales, y relámpagos, daban paso al retumbar, de los truenos. El anochecer ingresaba directo a los dormitorios, luces encendían, puertas cerraban de golpe, ruidos de quebrazones de copas, creaban resonancia, en todo el silencio de la casa. Con miedo los reprendía, diciéndoles que se fueran. Antes de fallecer su madre, habían conversado sobre el andar de una presencia, en el bloque opuesto de la vivienda. Prometió nunca abandonar, envejecería como los palos secos, moriría después, pero no incumpliría su promesa. Alcanzar las nubes sobre un edificio de veinte metros de altura, fue anhelo de infancia, el único pino empinado, de otros lugares, de todos los sitios del mundo, procedía de la entrada principal, de su casa. Se unió a una mujer, vivieron diecisiete años hasta su muerte, en el cementerio parque de mallico, por un cáncer maligno. Adoraba la vida, frecuentaba los ambientes de baile de los casinos, junto al hombre que amaba. Se peinó con aire señorial, tragó a fondo una botella de whisky, que sostenía hace horas, apoyado sobre un costado de la muralla del bar, pero no le importó el desaliento. Echó una mirada con afecto, observó sus zapatos de baile, se acercó suficiente, y no resistió vivir sin ella. Sobre los muebles de color amarillo para ganar calidez a la casa, su mujer no admitía libros de manifestaciones gloriosas, crónicas de cielos, y tierras nuevas. Ningún recodo, escondrijo o esquina de la casa, el tiempo que vivió, oyó nada extraño. ¡Que venga el diablo! Bromeaba- Lo llamo, no viene, no existe tal, y continuaba. ¡Aquí te espero, cobarde, para escupir en tu cara! ¡A mí no me asustas!
La ampliación del living, se realizó con la venta de los cachorros, fina raza. Todos en el barrio le temían a esta casta de perros, perdían su olfato, se hacían más peligrosos, ninguna fiera podía enfrentarlos, felino que no aseguraba sus garras sobre los techos, por la ola de frío, era comida para estas bestias. Temperamento enérgico, y alerta, en el día permanecían amarrados, por la noche olfateaban sueltos, sin ser vistos, por su pelaje. De entre las sombras fue a la cocina por un vaso de agua, descansó un momento frente a la chimenea, escuchó al macho rondando cerca, se levantó dirección a su dormitorio, y reclinó su cabeza, sobre el diván. Ocurrió un profundo silencio en la habitación, una brisa fresca penetró, con los ojos cerrados, se mantuvo un momento con los brazos detrás de la nuca, imaginó tocando Imagine, de John Lennon, en el teatro real de Madrid, frente a miles de personas. El uso del piano en la introducción, como a lo largo de la misma, provocó en el público, las ganas de cantar, de reír, y de llorar, y se relajaron al ritmo suave de la música. Entusiasmados aplaudían desde sus asientos, de pié ovacionaban la perfecta ejecución, y la acústica, bien lograda. Con el brazo en alto, daba gracias a todos por acudir a su espectáculo, propuso regresar si el tiempo lo permitía, en otro momento, otra canción, otra tonada, estaban en frenesí, no había manera de callarlos. Echó una ojeada al traga luz de la habitación, porque no soportaba dormir solo, un crujido de muebles, percibió en su corazón, las ventanas con ferocidad, golpeaban hacia el borde macizo de la muralla, a punto de romper.
¿Quién está ahí? Alzó la voz, partida.
Sombras avanzaban, cerró su puerta, y trancó el paso. Bloquearon las persianas. Un canalla averió el comedor inglés, también el sillón victoriano, decapitando su estética. Otro detuvo las lluvias, y provocó un estallido de vidrios, alumbrado por relámpagos. La humedad de la cocina, quedó por el encierro. Las raíces escoltaron las huellas del hombre en el sofá, trasladaba un extenso manto para cubrir la superficie derribada. Sentado imaginó el florecimiento de las flores, bajo los árboles en primavera, deleitaba a la vista. Las nubes se hicieron a un lado expandiendo un color hondo, azul, recién nacido. Los perros soltaron las cadenas olfateando, un nuevo suelo. Imaginó que los engendros escondidos al interior de la chimenea, bramaban de dolor, sin justificación, ni placer, más que la muerte. La voz de los muebles rechinando con toda impronta en la pared, imaginó cercenando sus lenguas, dándosela a los perros, para comida. Las persianas, el comedor, y los que saltaron decapitando el sillón victoriano, los vio sin destino, enfermos, y desnutridos. El de voz gutural, lo ideó muerto al instante, y los perros hambrientos de estirpe, lo despedazaron sacudiendo sus restos, por el suelo. Al completar el paso del invierno, permaneció ocupado el resto de la temporada. Ella no admitía libros sobre los muebles, estaban reservados para sus textos de belleza. Pero ese inédito día, el hombre en el sofá, se imaginó viajando en el tiempo, se encontró a sí mismo, sentado a orillas de una costa de aguas cristalinas, cerca estaban viajeros, surfistas, y aventureros, de todo el mundo. Bajo un quitasol de metal, abstraído por la luminosidad del cielo, llamó su atención un papel que disimulaba una carta envuelto en una cinta, no tenía remitente. Conservaba unas marcas de colores rojos, que rodeaban trozos, y letras azules, sobresalientes que decían:
¡A ti, tuya por siempre, Ingrid! Desde ese momento, al tenerla entre sus manos, pudo entonces, el hombre en el sofá, dormir tranquilo.
La ampliación del living, se realizó con la venta de los cachorros, fina raza. Todos en el barrio le temían a esta casta de perros, perdían su olfato, se hacían más peligrosos, ninguna fiera podía enfrentarlos, felino que no aseguraba sus garras sobre los techos, por la ola de frío, era comida para estas bestias. Temperamento enérgico, y alerta, en el día permanecían amarrados, por la noche olfateaban sueltos, sin ser vistos, por su pelaje. De entre las sombras fue a la cocina por un vaso de agua, descansó un momento frente a la chimenea, escuchó al macho rondando cerca, se levantó dirección a su dormitorio, y reclinó su cabeza, sobre el diván. Ocurrió un profundo silencio en la habitación, una brisa fresca penetró, con los ojos cerrados, se mantuvo un momento con los brazos detrás de la nuca, imaginó tocando Imagine, de John Lennon, en el teatro real de Madrid, frente a miles de personas. El uso del piano en la introducción, como a lo largo de la misma, provocó en el público, las ganas de cantar, de reír, y de llorar, y se relajaron al ritmo suave de la música. Entusiasmados aplaudían desde sus asientos, de pié ovacionaban la perfecta ejecución, y la acústica, bien lograda. Con el brazo en alto, daba gracias a todos por acudir a su espectáculo, propuso regresar si el tiempo lo permitía, en otro momento, otra canción, otra tonada, estaban en frenesí, no había manera de callarlos. Echó una ojeada al traga luz de la habitación, porque no soportaba dormir solo, un crujido de muebles, percibió en su corazón, las ventanas con ferocidad, golpeaban hacia el borde macizo de la muralla, a punto de romper.
¿Quién está ahí? Alzó la voz, partida.
Sombras avanzaban, cerró su puerta, y trancó el paso. Bloquearon las persianas. Un canalla averió el comedor inglés, también el sillón victoriano, decapitando su estética. Otro detuvo las lluvias, y provocó un estallido de vidrios, alumbrado por relámpagos. La humedad de la cocina, quedó por el encierro. Las raíces escoltaron las huellas del hombre en el sofá, trasladaba un extenso manto para cubrir la superficie derribada. Sentado imaginó el florecimiento de las flores, bajo los árboles en primavera, deleitaba a la vista. Las nubes se hicieron a un lado expandiendo un color hondo, azul, recién nacido. Los perros soltaron las cadenas olfateando, un nuevo suelo. Imaginó que los engendros escondidos al interior de la chimenea, bramaban de dolor, sin justificación, ni placer, más que la muerte. La voz de los muebles rechinando con toda impronta en la pared, imaginó cercenando sus lenguas, dándosela a los perros, para comida. Las persianas, el comedor, y los que saltaron decapitando el sillón victoriano, los vio sin destino, enfermos, y desnutridos. El de voz gutural, lo ideó muerto al instante, y los perros hambrientos de estirpe, lo despedazaron sacudiendo sus restos, por el suelo. Al completar el paso del invierno, permaneció ocupado el resto de la temporada. Ella no admitía libros sobre los muebles, estaban reservados para sus textos de belleza. Pero ese inédito día, el hombre en el sofá, se imaginó viajando en el tiempo, se encontró a sí mismo, sentado a orillas de una costa de aguas cristalinas, cerca estaban viajeros, surfistas, y aventureros, de todo el mundo. Bajo un quitasol de metal, abstraído por la luminosidad del cielo, llamó su atención un papel que disimulaba una carta envuelto en una cinta, no tenía remitente. Conservaba unas marcas de colores rojos, que rodeaban trozos, y letras azules, sobresalientes que decían:
¡A ti, tuya por siempre, Ingrid! Desde ese momento, al tenerla entre sus manos, pudo entonces, el hombre en el sofá, dormir tranquilo.
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