Tenía buen aspecto. Su construcción en el año 1989, avalaba una larga trayectoria de construcciones en Chile. A pasos del corazón de la capital, y de los atractivos turísticos más importantes de la ciudad, como el Palacio de Gobierno, Plaza de Armas, Museo de Bellas Artes, iglesia San Francisco, entre otros. Empresa de servicios Integrales, para el viajero de negocios, un servicio para el foco financiero de Santiago, a pocos minutos del centro Cívico de la capital. Amplias habitaciones, acceso liberado a los salones de baile, servicios de conferencia, amplias salas de directorios, además de los aromas más exquisitos de la cafetería, caribú. El sabor de la comida en el Restaurante Bristol, premiado por su alta variedad en el año 2014, según la revista, Sabor de Chile.
¡Bienvenido al Hotel San Francisco! –Exclamó el botones.
¡Permítame llevar su equipaje a recepción, señor!
¡Gracias, es usted muy amable! –Respondió.
Caminó por el amplio hall de muros góticos, adornado de lujos, abrazado por una clásica joyería, y grandes cuadros con relieves en sus marcos, pintado por los grandes de una época. Diez lámparas suntuosas arañaban colgando vestidas de cristal, daba la impresión de estar bajo un sol tropical de las playas de Brasil. Once mil kilómetros de distancia separaban la ciudad de Sevilla, con la región más austral del mundo. Catorce horas de vuelo sin escalas, extenuante hasta para el más osado viajero del planeta. Pensó en caminar sin alejarse demasiado del hotel, estirar la tensión muscular de las piernas, y evitar dolorosos calambres. Se acercó a un vigilante que estaba en la puerta de salida, para tomar el transporte que lo llevaría conocer la ciudad, en caso necesario. Extrañaba los vagones de estilo anecdótico, de su Sevilla natal.
¡Disculpe, señor! –Preguntó.- ¿Me dice la hora?
¡Las 7 A.M! –Exclamó, sin mirar quien preguntaba.
¿No amanece todavía, en este país? –Insistió, creando algún tipo de conversación.
¡Y a quién le importa! – Concluyó el hombre. ¡Qué tengo que ver, yo con eso!
Se mantuvo impávido con su cigarro aplastado, echando bocanadas de humo entre la neblina que subía, mientras los silbidos de los primeros pájaros anunciaban un viento traído del sur del mundo. Las maletas esperaban en el borde espacioso de la recepción del Hotel. Firmó unos papeles para el registro, y respaldo del hotel, verificaron que estuviera todo bajo control, llamaron al administrador.
¿Su nombre, distinguido señor?
¡Doran!
¿Apellido?
¡Castillo! – Respondió intrigado.
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 Usted viene de Sevilla, se hospedará un mes, se alojara en la habitación 120 del piso 12. –Omar, nuestro botones lo acompañará, lo guiará hasta su habitación.
¡Tenga una grata estadía, y sea usted bienvenido! –Dijo con voz, melódica.
¡Gracias, si gracias! – Exclamó, de igual modo.
Ingresaron al elevador, estaba rodeado de espejos oscuros hasta el techo, no emitía ningún sonido, ostentaba una vista panorámica, y detallada de la ciudad, variados árboles plantados a los pies de los transeúntes, tropezaban por sus veredas angostas pobladas de perros callejeros, de afilados colmillos defendiendo territorios de animales desconocidos.
¿Llueve mucho en esta ciudad? – Quebró el silencio.
¡Muy poco sr…!
¡Doran! –Atinó a decir.
¡No, las lluvias son escasas por aquí! –Continuó hablando el botones. Tenga cuidado  con las heladas, es fácil pescar un resfriado, y morir en el intento. ¿Capitalino? Preguntó confiado. No, mi familia es de la ciudad de Castro, es pequeña, bien turística, todo el año tenemos muchas precipitaciones de agua, nieve, y ese tipo de cosas. Se detuvieron, adelantaron por el pasillo, con el equipaje en ruedas, hasta que dieron con la habitación 120. ¡Sí, aquí es! Exclamó. Sacó del bolsillo una tarjeta, lo introdujo en el cerrojo, esta se abrió mecánicamente, como si fueran un par de llaves maestras. Un cartel se hallaba colgado sobre la cerradura de la puerta, con el nombre de Sevilla. ¡Tome, le dijo, consérvela, y no la pierda! Doran cerró la puerta, quedó unos momentos estudiando el nuevo juguete que tenía en sus manos. Sacó su ropa del equipaje, ordenó el closet, movió las cortinas, ingresó un momento al baño, y de regreso quedó observando la mañana luminosa del cielo azul de la cordillera, semejante al encanto cielo de Sevilla. Con ese afán quedó contemplando los empinados edificios del frente, abrió las ventanas, y sus fosas nasales tragaron la esencia capitalina, aromas mezclados de burdeles, y las calles de este nuevo sitio. Se recostó, contempló el panorama con las manos detrás de la nuca, no sabía si dormir, o soñar. La ciudad comenzó a despertar como focos de linternas de las noches santiaguinas, el aire trasnochado de bares enloquecidos en cada esquina, ingresaron como bocanadas al dormitorio del piso doce. La humareda internada del exterior, retenía el reparador sueño del extranjero, a manotazos intentó trancar las ventanas ahuyentando el ruido, corrió las cortinas, intentó dormir abrazado bajo abultados cojines de pluma de ganso, tapando sus oídos. Las mucamas del hotel, comenzaron sus labores de limpieza dentro de las habitaciones, a los primeros rayos de sol ingresados por los ventanales del comedor del siguiente día, mientras la mayoría de los turistas tropezaban distribuidos por grupos, a tomar un desayuno continental de una hora, subiendo después los peldaños de los buses coordinados para recorrer las zonas turísticas más conocidas, del gran Santiago. Artistas, empresarios, pasajeros venidos de todas partes del mundo, decidieron tomar el primer bus en dirección a los museos históricos, restaurantes de comida típica chilena, barrios contiguos de mayor encanto, el bellas artes, alineadas por antiguas casonas patrimoniales, la mayoría restauradas, y utilizadas como cafés, restaurantes, tiendas de diseño, librerías ,y museos. Plaza de armas, zona característica por su gran cantidad de iglesias del siglo pasado, punto de encuentro de inmigrantes, pintores, músicos, humoristas callejeros. Agrupados en pequeñas zonas gastronómicas buscando menús sofisticados, para un paladar extranjero. Cada amanecer, y cada fin  de jornada, finalizaba con registros fotográficos de la geografía natural, que apasiona la soberbia presencia de la cordillera de los andes nevados. Las nubes, se ordenaban a la fuerza del viento, ocultando cada vez más los endebles rayos de sol, la brisa bajaba a las calles, soplando hasta las entrañas de los perros callejeros, que buscaban una guarida justa, antes de la ventisca que se aproximaba, inesperadamente. El teléfono de la habitación rezumbaba como un alma en pena, imposible de silenciar, las mucamas en acción poblaron las habitaciones vacías de los pasajeros, realizando cambio de sabanas, sólo faltaba efectuar el aseo en la habitación doce, del piso 120. La música ambiental del hotel, se escuchaba desde un fondo lejano, como queriendo seducir a los invitados de todas las noches santiaguinas, de todos los bares clandestinos, llamaba la atención de otros hoteles cercanos, de cuatro estrellas, en donde reinaba el aburrimiento nocturno, por el excesivo quehacer diario, en efecto existía bar abierto con la finalidad, de cambiarse de registro de hotel, y unieran sus copas alzadas llenas de liquido tinto, color rubí, deambulando de una mesa a la otra, sin detenerse, ni dejar de brindar nunca. Al otro lado del alojamiento, un silencio duradero no era habitual, Omar el botones, le había advertido que se cuidara de las heladas, de los resfríos provocados por el hielo invernal, sino, moriría en el intento. Bajo las almohadas de plumas de ganso, cubriendo sus oídos en una postura horizontal, permanecía el cuerpo inerte al ambiente soñador de un gran hotel, ni las nubes amenazadas por la fuerza del viento, ni  la brisa levantando humedad a las calles, soplando hasta las entrañas de los perros callejeros, lograban inquietar ni un milímetro, su materia solida. Pasaron los días, y el señor Doran, no abría la puerta, las mucamas realizaban cada día sin cesar su labor de limpieza, el administrador con su voz melódica, recibía con alegría los registros de cada extranjero que llegaba a la ciudad, y desde ahí por contactos de otras personas, ingresaban al hotel San Francisco, Omar el botones trasladaba los equipajes por el elevador panorámico, hasta la puerta indicada, entregando la tarjeta magnética, haciendo responsable al pasajero de su perdida, y por ningún motivo al hotel. Los golpes a la puerta de la habitación 120, era cada vez menos requerido, el administrador dejó la orden que no lo molestaran, reunió a todo el personal un día temprano en la mañana para comunicarles la noticia, y les dijo:
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¡Nuestro huésped de la ciudad de Sevilla, el señor Doran Castillo, ha tomado la decisión de quitarse la vida, tan alta determinación lo ha planificado con tiempo, y todo lujo de detalles, desde su tierra, Sevilla! –Continuaba hablando, con voz melódica. –Ignoro, todo tipo de fragmento, especificación, aclaración de los motivos que lo han apoderado en resignarse en tomar una decisión de esta naturaleza, pero, lo he mirado desde otra perspectiva, siento que la locura lo ha llevado, a realizar este hermoso acto de heroísmo, en nuestro distinguido hotel, de la cual me siento orgulloso de administrar sus arcas, por cantidad de temporadas. El personal formado en fila como en un regimiento militar, prestaba oídos, los términos espesados en dicha reunión. ¡Que descanse en paz, expresó Omar, el botones, recordando la conversación que alguna vez tuvieron! Con el rostro en las manos, las mucamas expresaron con miedo de acercarse a la habitación 120. Comentarios se escapaban entre las personas que trabajaban en el hotel, algunos pensaron en acudir a la policía, otros dijeron buscar en los registros de los pasajeros, algún médico que pudiera entregar un certificado de defunción, después de examinar el cuerpo. ¡Mi opinión, continuaba explicando el administrador, es que a pesar de esta excentricidad de su parte, es que haremos cuenta de  que el huésped de dicha habitación, está en perfectas condiciones, se le atenderá como tal, el personal de mucama realizará labores diarias en dicha parte del hotel, y todo continuará según lo acostumbrado! Con un fuerte vozarrón término la reunión diciendo:
¡Bienvenidos todos, al hotel San Francisco!
 
 
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