Capítulo 1:
Los Hombres de Negro en Villaalegre.
Las voces abajo continuaron con ese tono plano, casi ensayado. Miguel, conteniendo la respiración en la bodega de arriba, se asomó un poco más por el hueco de la escalera.
—Buenas tardes, jefe. Estamos organizando una gran rifa comunitaria para la región de Villaalegre —dijo uno de los hombres del traje negro. Su voz no tenía la calidez de un vendedor; sonaba vacía, como una grabación vieja—. Un boleto cuesta muy poco. El premio es grande. Una oportunidad única.
El tío Chely, siempre noble y amiguero, soltó una risa nerviosa, contagiado por la extraña vibra pero tratando de ser amable.
—Ah, caray... ¿y de qué es la rifa, pariente? ¿Una canasta, un dinero? Con este calorón un aire acondicionado no me caería mal, ¿eh?
Los hombres no le devolvieron el chiste. Se limitaron a extender un boleto de un papel extrañamente grueso, grisáceo, que parecía absorber la luz de la tienda.
—El premio es una transformación completa.—respondió el otro hombre pálido, ensanchando una sonrisa fija que le congeló la sangre a Miguel desde las alturas—. Solo apunte su nombre aquí. Y el de los miembros de su familia que vivan con usted. En la calle 127 Sur.
El tío Chely, pensando que era la típica plática rara de unos fuereños, agarró el lapicero y creyendo que era transformacion de remodelaje de sala y cocina. Miguel quiso gritarle desde arriba que no lo hiciera, que había algo terriblemente mal con las sonrisas de esos sujetos, pero la garganta se le cerró por completo. El tío firmó el boleto.
—Perfecto —dijo el Hombre de Negro, guardando la lista con un movimiento robótico—. El sorteo ya comenzó. Nos vemos pronto, Chely. Casi me olvido de alguien mas. Adios Miguel.
A Miguel se le paró el corazón. Él estaba arriba, escondido en las sombras, y nunca les había dicho su nombre ni su tío tampoco el de él.
Al darse la vuelta para irse, las suelas de sus zapatos finos rechinaron contra el suelo, dejando al tío Chely parpadeando, confundido, como si de repente hubiera olvidado los últimos cinco minutos de su vida. El juego había comenzado. Miguel bajó los escalones de madera a toda prisa, con el corazón golpeándole las costillas y las manos todavía temblando por lo que acababa de escuchar. El calor de la planta baja lo golpeó de golpe, pero se sentía frío por dentro. Su tío Chely (José Luis) estaba parado detrás del mostrador, parpadeando despacio, sacudiendo la cabeza como si intentara quitarse un zumbido de las orejas. Traía los boletos grises de la rifa en la mano. Al ver a su sobrino, lo miró con el ceño fruncido.
—¿No bajaste, sobrino? —preguntó el tío Chely, rascándose la nuca, confundido—. Parece que uno de esos hombres te conocía... ¿Era tu amigo? ¿Son raros, ¿no? Se me hace que ni eran de por aquí de Villalegre, traían una sonrisota que hasta las muelas se les veían, pero bien tiesos los señores. Mira, me dejaron estos boletos para toda la familia.
Miguel tragó saliva, mirando el papel grisáceo. No supo qué responder. ¿Cómo le explicaba que esos tipos daban terror y que él jamás los había visto en su vida? Antes de que pudiera articular palabra, el ruidoso claxon de una camioneta interrumpió el tenso silencio afuera de los abarrotes. Eran los primos de Guadalajara que venían llegando al pueblo, gritando y saludando con música a todo volumen. Más tarde, ya reunidos todos en la casa del 127 Sur en la colonia Nueva Galicia, el ambiente volvió a la vacilada y normalidad. Sentados en la terraza de la casa de los abuelos de Miguel, papas de Chely y su mama, tambien Marcos su tio, todos viven juntos incluyendo las nueras y un yerno, tambien los 7 nietos, pues es una casa muy grande de dos pisos. Entonces el tío Chely sacó los misteriosos boletos como un regalo chusco.
—¡Miren nomás lo que nos ganamos por andar de buenas! —exclamó el tío José Luis, repartiendo los papeles entre los primos— Unos señores catrines en la tienda nos metieron a una rifa del pueblo. Dicen que el premio es una transformación completa.
Los primos soltaron la carcajada, tomándose todo como una bendita "vacilada" de las vacaciones. Se pasaban los boletos grises de mano en mano, haciendo chistes sobre qué se iban a comprar si se ganaban el premio mayor. Sin embargo, Abraham uno de los primos más observadores y callados pero inteligente se quedó mirando el papel con fijeza. Al tocarlo, su sonrisa se borró un poco.
—Oigan... qué papel tan raro —comentó, dándole la vuelta—. No tiene números, ni sellos, ni dice qué lotería es. Y se siente helado, como si hubiera estado en el congelador. ¿Seguro que esos tipos eran normales, tío?
Miguel, desde una esquina de la sala, sintió un escalofrío. Vio cómo una de sus primas Diana Lucia guardaba el boleto en su bolsillo, sin saber que ese maldito papel era, en realidad, el pase directo al experimento que la convertiría en un mutante pájaro antes de que terminaran las vacaciones.
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