El Elegido. (Rómulo Asisclo Alva)
EL ELEGIDO
A Aristocle le llegó una noticia diciendo que su amada y adorada Helena había desfallecido de mil horrores, al encontrar una serpiente gigante atravesado en el camino. El salvaje animal y maldecido hasta por el mismo Dios no se había movido a pesar de que le llovieron infinidad de piedras, lanzadas por las delicadas manos de la mujer. Estaba quieto, si no hubiera tenido los ojos abiertos, se le hubiera sentenciado por muerto; miraba hacia la mujer y la cola se ocultaba en una piedra junto al camino. Helena iba deprisa, como todas las mañanas a coger flores de gladiolos, azucenas, romeros, para luego colocarlas a los pies de una cruz que llevaba el nombre de su hijo; fallecido apenas con tres días de nacido, y como castigo para sí misma por haber engendrado un nuevo ser, teniendo apenas quince años de edad. Según le iba narrando a Aristocle, hasta los mínimos detalles. Caminaban a un rincón del patio, y ya muy cerca del niño sepultado se acordó de lo que alguna vez le había dicho su padre, con tanta lentitud así como el ritmo de sus pasos; que, en aquella cordillera, cubierta de vasta vegetación, y con el sol siempre alumbrando primaveras, tenían por costumbre y religión, como parte de la ley de sus vidas, no ir a socorrer a sus amadas si una serpiente gigante se les apareciera, y no es que la mujer haya encontrado, sino que el animal es enviado por sus Dioses con un mensaje claro de que ahí estaba la fama de convertirse en poeta. Y es la segunda vez que se da en este pueblo, en toda la historia de los grandes y misteriosos y hasta ahora inexplicable acontecimiento. De inmediato, Aristocle, le pidió al hombre que le llevó la noticia, y que le seguía balbuciendo; a que le dejara solo y que por fin había llegado el momento. Sin haber sabido que él sería el elegido se dirigió a su dormitorio. Buscó unas hojas blancas de los cuadernos viejos y apolillados, enseguida y mecánicamente comenzó a escribir lo que no sabía, intentó varias veces pero no daba resultados favorables. Entonces, al recordar que tenía que escribir los versos en una manta grande, y llevarlas deprisa antes que seque la tinta del lapicero a cubrir el cuerpo de su amada mujer para que volviera en sí, se dio una bofetada y se insultó solo de la peor manera por no haberse acordado por completo y oportunamente lo que sus "leyes" indicaban:
"Cuando crece la noche, poemas ahogados levantan sus alas. Cuando crece el día, la miel con abecedarios están de coronas. ¡Oh! Cuan mortal la noche, el frío no ausente, helado. Desde el celeste desciende tu gemido. Desnuda mi alma y no quiero verme, ni deseo como un vino nuevo embriagando mi sangre, carne viva, húmeda arcilla, figurado.
¿Dónde clavar las filudas estrellas? Y ¿Una mirada de hierro que a declarar se resiste? Más yo digo que la magia de la prehistoria en los senos mismos de la esfera está. ¡Auxilio!, palabras sangradas que derramas, extraña dulzura, me poso lejano. Asechándote".
Nunca se le había cruzado semejante idea por su pensamiento. Aristocle, continuó sin entender lo que escribía y no tenía que entender o tener un sentido o que tenga rima o que sea una obra maestra, nada de nada, simplemente tenía que obedecer las fuerzas sobrenaturales que le rondaban la cabeza. Un tanto aturdido: ... (Continuará)
A Aristocle le llegó una noticia diciendo que su amada y adorada Helena había desfallecido de mil horrores, al encontrar una serpiente gigante atravesado en el camino. El salvaje animal y maldecido hasta por el mismo Dios no se había movido a pesar de que le llovieron infinidad de piedras, lanzadas por las delicadas manos de la mujer. Estaba quieto, si no hubiera tenido los ojos abiertos, se le hubiera sentenciado por muerto; miraba hacia la mujer y la cola se ocultaba en una piedra junto al camino. Helena iba deprisa, como todas las mañanas a coger flores de gladiolos, azucenas, romeros, para luego colocarlas a los pies de una cruz que llevaba el nombre de su hijo; fallecido apenas con tres días de nacido, y como castigo para sí misma por haber engendrado un nuevo ser, teniendo apenas quince años de edad. Según le iba narrando a Aristocle, hasta los mínimos detalles. Caminaban a un rincón del patio, y ya muy cerca del niño sepultado se acordó de lo que alguna vez le había dicho su padre, con tanta lentitud así como el ritmo de sus pasos; que, en aquella cordillera, cubierta de vasta vegetación, y con el sol siempre alumbrando primaveras, tenían por costumbre y religión, como parte de la ley de sus vidas, no ir a socorrer a sus amadas si una serpiente gigante se les apareciera, y no es que la mujer haya encontrado, sino que el animal es enviado por sus Dioses con un mensaje claro de que ahí estaba la fama de convertirse en poeta. Y es la segunda vez que se da en este pueblo, en toda la historia de los grandes y misteriosos y hasta ahora inexplicable acontecimiento. De inmediato, Aristocle, le pidió al hombre que le llevó la noticia, y que le seguía balbuciendo; a que le dejara solo y que por fin había llegado el momento. Sin haber sabido que él sería el elegido se dirigió a su dormitorio. Buscó unas hojas blancas de los cuadernos viejos y apolillados, enseguida y mecánicamente comenzó a escribir lo que no sabía, intentó varias veces pero no daba resultados favorables. Entonces, al recordar que tenía que escribir los versos en una manta grande, y llevarlas deprisa antes que seque la tinta del lapicero a cubrir el cuerpo de su amada mujer para que volviera en sí, se dio una bofetada y se insultó solo de la peor manera por no haberse acordado por completo y oportunamente lo que sus "leyes" indicaban:
"Cuando crece la noche, poemas ahogados levantan sus alas. Cuando crece el día, la miel con abecedarios están de coronas. ¡Oh! Cuan mortal la noche, el frío no ausente, helado. Desde el celeste desciende tu gemido. Desnuda mi alma y no quiero verme, ni deseo como un vino nuevo embriagando mi sangre, carne viva, húmeda arcilla, figurado.
¿Dónde clavar las filudas estrellas? Y ¿Una mirada de hierro que a declarar se resiste? Más yo digo que la magia de la prehistoria en los senos mismos de la esfera está. ¡Auxilio!, palabras sangradas que derramas, extraña dulzura, me poso lejano. Asechándote".
Nunca se le había cruzado semejante idea por su pensamiento. Aristocle, continuó sin entender lo que escribía y no tenía que entender o tener un sentido o que tenga rima o que sea una obra maestra, nada de nada, simplemente tenía que obedecer las fuerzas sobrenaturales que le rondaban la cabeza. Un tanto aturdido: ... (Continuará)
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