El Cobre, Cuba invierno de 2019
No es bueno aunque sea una excepción, sentado en un porche de una casa colonial fumando un cigarro guajiro después de un buen yantar, mirando a mi derecha por si viene la que no va a llegar, ya pasó, ella y yo.
El cielo estrellado con luna creciente, al fondo la iglesia de El Cobre como testigo de mi visión, cientos de grillos compiten en su cantar por llegar al Grillo el hospital.
Rizos negros que salen del fondo del mar, ojos pardos que no dejan de insinuar, mestiza con labios carnosos de los cuales un día bebí néctar de pasión, nuca que se eriza con el tacto de mis dedos suaves como mi besar, pechos grandes donde reposar y soñar, canillas esculpidas con mármol de color caoba y carmesí, piernas largas que llegan de aquí al Cimarron, cintura de bailarina de ballet, genitales donde perder los sentidos del aroma y el sabor, un día a su lado dormí, cuerpo cálido, lástima que su mente esté encarcelada entre barrotes de pensamientos y su corazón sea de cobre, con energía, pero sin sentir,
ohh, como ame a esa mujer.
El cielo estrellado con luna creciente, al fondo la iglesia de El Cobre como testigo de mi visión, cientos de grillos compiten en su cantar por llegar al Grillo el hospital.
Rizos negros que salen del fondo del mar, ojos pardos que no dejan de insinuar, mestiza con labios carnosos de los cuales un día bebí néctar de pasión, nuca que se eriza con el tacto de mis dedos suaves como mi besar, pechos grandes donde reposar y soñar, canillas esculpidas con mármol de color caoba y carmesí, piernas largas que llegan de aquí al Cimarron, cintura de bailarina de ballet, genitales donde perder los sentidos del aroma y el sabor, un día a su lado dormí, cuerpo cálido, lástima que su mente esté encarcelada entre barrotes de pensamientos y su corazón sea de cobre, con energía, pero sin sentir,
ohh, como ame a esa mujer.
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