El Camino Equivocado
El Camino Equivocado
Creo que estoy en el camino equivocado. No sé a dónde voy, ni de dónde vengo, poco recuerdo o nada, desde que salí del trabajo poco recuerdo, tuve una mañana muy apasionada con mi esposa, es muy salvaje, me ató, me convirtió en su esclavo, eso es lo que más disfruto de ella, que me golpee con una correa hasta que gime, hasta que sienta dolor, me saque cicatrices, sangre, hasta que llore de dolor. No tengo hijos, por suerte, porque tener hijos resultaría una maldición, al menos para mí, esto de estar atareado en el trabajo no me da tiempo, me empobrecería con hijos, gastaría media fortuna en ellos, mi deseada fortuna que me tomó muchos años construirla, ahora soy un hombre de muchas mujeres, adinerado, hombre de leyes y política, un hombre famoso. Tengo todo lo que la mayoría sueñan, por eso me aclaman, me envidian, me odian. Me odian porque les robo, he surgido de sus pensiones, de sus pagos, de sus ofrendas. De eso me he enriquecido. Si no de qué, de qué hubiera servido que mi padre haya hecho todo lo posible para meterme a la mejor universidad de Lima, hasta tuvo que sobornar, secuestrar. Y ahora soy mejor que él, mucho mejor, tengo a toda Lima en mis manos, por así decirlo. Soy el mejor, soy el rey. Nada ni nadie me puede detener.
Sólo que no sé a dónde me dirijo, esta tarde salía del trabajo en mi auto, el último auto deportivo que salió este mismísimo año, de esos que se abren automáticamente al reconocer las llaves en tu bolsillo. Eso es lo único que tienes que hacer, te reconoce la máquina, si no tienes la llave, te cagas, y con tan sólo un botón puedes arrancar y hacer miles de maravillas. No sé por qué siguen con esas llavecitas diminutas, si no hace falta, es cien por ciento seguro y nadie nunca podrá robarlo. Gracias a los estúpidos contribuyentes tengo este magnífico toro, esos burros que dicen no tener ni un centavo tan sólo porque no quieren pagar, que se hacen los pobres para que les demos lástima y así decirles que no se preocupen, que obviemos sus deudas. Se hacen los pobres pero en realidad tienen más dinero que alguien de clase baja se puede imaginar. Pero que al final terminan pagándolo todo, pagándome todo para yo poder comprar este magnífico toro, tener todas las mujeres que quiera, y una vida adinerada. Una pareja de ancianos pobres, un estilista homosexual acusado de muerte, una viuda que depende de cuánto le paguen los hombres adinerados como yo en cualquier noche de incesante placer. Gracias a todos ellos tengo todo lo que ni el más pobre se podría imaginar.
Recuerdo solamente que conducía directo a casa, y nada más. Ni en qué momento exacto, ni qué hacía un segundo antes de nublarme la mente. Mi esposa sonriente dándome el desayuno en mi casa, una puta gritando excitada en un ambiente hostil, la cara de los indigentes empleados rogándome un aumento, la última vez que vi a mi padre antes de desaparecer. Esas imágenes están presentes mientras sigo sin saber a dónde voy. Me duele la cabeza. Creo que escucho ruido, no sé de dónde viene, pero parece que no es bueno. Todo me está dando vueltas, doy los primeros movimientos, lentamente empiezo a palpar lo que me rodea, no puedo, posiblemente esté amarrado, toco algo rugoso detrás de mí, creo que estoy echado: todo este tiempo he estado dormido.
Me levanto rápido, estar mucho tiempo dormido y poco para reconocerlo, me sigue doliendo la cabeza, un dolor punzante desde la columna, estoy despertando de un gran sueño. Todo está en movimiento, estoy en auto, en mi auto, en mi magnífico auto, pero hay algo tenebroso, se está conduciendo solo mientras estoy prisionero en él, está en retroceso, se está yendo por el camino equivocado. Intento apagarlo, frenarlo, pero me doy cuenta que no tiene frenos, ni de manos ni de pies, lo peor de todo es que no tiene ni llaves. Una luz en el retrovisor me ilumina el rostro, parece ser un camión que viene, pero me evade, como lo hacen varios autos. Inconscientemente sigo sonámbulo, no sé en qué momento volveré a dormir, estoy sedado. Pero tengo miedo de volverme a dormir, así que hago un esfuerzo en levantarme. Ya no puedo soportarlo, siento algo en mi rostro que me ha estado doliendo, me ha estado apretando desde el principio, era una máscara. La máscara me aprieta fuertemente y yo no puedo sacármelo. Agito mi cabeza con fuerza y nada. Intento pensar por qué estoy aquí. Serán aquellos antiguos enemigos que tuve, que los dejé sin un centavo, que los dejé en la miseria hasta llegar al punto de suicidarse. ¿Serán sus familiares? Un grupo de personas pasan cerca de mí, están a salvo en las grandiosas veredas, me miran, yo los veo, intento gritar por auxilio pero sé que no me entenderán. Uno de saco negro, rubio, unos lentes gruesos. Otro vestido con terno, trigueño, sabe que algo malo pasa en mi auto. Ambos y uno más me miran extrañados, mientras yo voy en retroceso, en el camino equivocado. Tengo miedo de que ocurra algo peor, no sé cómo detenerlo ni qué hacer para que lo detengan, de todos modos. ¡Mierda! ¡Pero qué mierda! Veo en el retrovisor a un hombre de aspecto sombrío, está detenido, quiero decirle que corra, pero es muy tarde, lo he atropellado. Veo cómo su cuerpo choca en el auto y sobrepasa por encima de él, se queda tumbado en el piso, muerto, varias personas van a verlo. Esto es demasiado malo. Rápidamente quiero huir, no sé cómo lo hago, cuántas veces tenga que agitarme, que moverme, pero cada vez lo hago más fuerte y siento que me liberaré en cualquier momento. El auto sigue retrocediendo, se choca con algunos botes grandes de basura, el sonido de un cilindro que va arrastrando me causa pánico, pavor. Dirijo mi mirada a cualquier lado, quiero pedir ayuda pero nadie está cerca. Ahora recuerdo a un joven, tal vez sea él quien me metió en esto, hice algunos arreglos con su padre, él era como esos que pedían aumentos sin hacer ningún mérito, decía que su hijo estaba muy enfermo, que iba a perder la pierna y esto a mí ni me importó en absoluto, llegó a rogarme, hasta que me pareció molesto, fatigante, y acepté. Le aumenté el sueldo por seis meses, luego lo despedí. Me enteré que a su hijo le amputaron la pierna, y su padre murió al poco tiempo de diabetes. Su hijo un día vino a verme a mi despacho, me dijo que vengaría a su padre, yo lo eché así todo cojo, lo mandé a la mierda.
No sé por dónde voy, pero choco con materiales de construcción, cemento recién seco, lo arruino todo. Más allá voy contra un comerciante, he tumbado su triciclo y sus productos se han ido todos al suelo, el tipo corre contra mí, mientras otros aprovechan para robarle sus pertenencias. Jadeo con más fuerza, casi me he sacado la horrible máscara que tengo, poco a poco, no me importa mi rostro, no sé qué hago pero poco a poco me lo saco, al igual que con mis manos, busco el nudo, pero ni siquiera hay nudo, tengo una cinta adhesiva en las manos. Me saco el traje, el saco, veo a la policía seguirme, aunque sea enciendo las luces de la parte de adelante con mi cabeza, pero no logro nada, qué hago Dios, al fin lo recuerdo: No era ningún joven jurando venganza, tampoco compañeros de trabajo que estafé y los dejé sin un centavo, sino algo peor, ¡los mismos terroristas, que recientemente me amenazaban de muerte si no les entregaba cien mil dólares! Creí haber estado a salvo, creí poder tenerlo todo bajo control, pero se me escapó, no sé cómo, todo este tiempo me he dejado llevar por una confianza ególatra, soy un miserable, toda mi vida he sido un miserable, desde siempre he ido por el camino equivocado.
Al fin puedo quitarme la máscara, puedo quitarme la cinta de las manos. ¡Estoy libre! Y soy yo, me veo, el ser más adinerado de toda Lima pidiendo ayuda, exclamando a Dios, al fin se acuerda de Dios, sin máscara; mis mejillas, mi nariz ensangrentada, gritando con todas las fuerzas que puedo, pero de todos modos nadie puede oírme, ni la policía ni nadie por esta maldita cinta adhesiva. Una camioneta violenta fuertemente por la derecha y yo apenas tengo tiempo para cubrirme con mis manos, sin poder parpadear, muero al instante.
Creo que estoy en el camino equivocado. No sé a dónde voy, ni de dónde vengo, poco recuerdo o nada, desde que salí del trabajo poco recuerdo, tuve una mañana muy apasionada con mi esposa, es muy salvaje, me ató, me convirtió en su esclavo, eso es lo que más disfruto de ella, que me golpee con una correa hasta que gime, hasta que sienta dolor, me saque cicatrices, sangre, hasta que llore de dolor. No tengo hijos, por suerte, porque tener hijos resultaría una maldición, al menos para mí, esto de estar atareado en el trabajo no me da tiempo, me empobrecería con hijos, gastaría media fortuna en ellos, mi deseada fortuna que me tomó muchos años construirla, ahora soy un hombre de muchas mujeres, adinerado, hombre de leyes y política, un hombre famoso. Tengo todo lo que la mayoría sueñan, por eso me aclaman, me envidian, me odian. Me odian porque les robo, he surgido de sus pensiones, de sus pagos, de sus ofrendas. De eso me he enriquecido. Si no de qué, de qué hubiera servido que mi padre haya hecho todo lo posible para meterme a la mejor universidad de Lima, hasta tuvo que sobornar, secuestrar. Y ahora soy mejor que él, mucho mejor, tengo a toda Lima en mis manos, por así decirlo. Soy el mejor, soy el rey. Nada ni nadie me puede detener.
Sólo que no sé a dónde me dirijo, esta tarde salía del trabajo en mi auto, el último auto deportivo que salió este mismísimo año, de esos que se abren automáticamente al reconocer las llaves en tu bolsillo. Eso es lo único que tienes que hacer, te reconoce la máquina, si no tienes la llave, te cagas, y con tan sólo un botón puedes arrancar y hacer miles de maravillas. No sé por qué siguen con esas llavecitas diminutas, si no hace falta, es cien por ciento seguro y nadie nunca podrá robarlo. Gracias a los estúpidos contribuyentes tengo este magnífico toro, esos burros que dicen no tener ni un centavo tan sólo porque no quieren pagar, que se hacen los pobres para que les demos lástima y así decirles que no se preocupen, que obviemos sus deudas. Se hacen los pobres pero en realidad tienen más dinero que alguien de clase baja se puede imaginar. Pero que al final terminan pagándolo todo, pagándome todo para yo poder comprar este magnífico toro, tener todas las mujeres que quiera, y una vida adinerada. Una pareja de ancianos pobres, un estilista homosexual acusado de muerte, una viuda que depende de cuánto le paguen los hombres adinerados como yo en cualquier noche de incesante placer. Gracias a todos ellos tengo todo lo que ni el más pobre se podría imaginar.
Recuerdo solamente que conducía directo a casa, y nada más. Ni en qué momento exacto, ni qué hacía un segundo antes de nublarme la mente. Mi esposa sonriente dándome el desayuno en mi casa, una puta gritando excitada en un ambiente hostil, la cara de los indigentes empleados rogándome un aumento, la última vez que vi a mi padre antes de desaparecer. Esas imágenes están presentes mientras sigo sin saber a dónde voy. Me duele la cabeza. Creo que escucho ruido, no sé de dónde viene, pero parece que no es bueno. Todo me está dando vueltas, doy los primeros movimientos, lentamente empiezo a palpar lo que me rodea, no puedo, posiblemente esté amarrado, toco algo rugoso detrás de mí, creo que estoy echado: todo este tiempo he estado dormido.
Me levanto rápido, estar mucho tiempo dormido y poco para reconocerlo, me sigue doliendo la cabeza, un dolor punzante desde la columna, estoy despertando de un gran sueño. Todo está en movimiento, estoy en auto, en mi auto, en mi magnífico auto, pero hay algo tenebroso, se está conduciendo solo mientras estoy prisionero en él, está en retroceso, se está yendo por el camino equivocado. Intento apagarlo, frenarlo, pero me doy cuenta que no tiene frenos, ni de manos ni de pies, lo peor de todo es que no tiene ni llaves. Una luz en el retrovisor me ilumina el rostro, parece ser un camión que viene, pero me evade, como lo hacen varios autos. Inconscientemente sigo sonámbulo, no sé en qué momento volveré a dormir, estoy sedado. Pero tengo miedo de volverme a dormir, así que hago un esfuerzo en levantarme. Ya no puedo soportarlo, siento algo en mi rostro que me ha estado doliendo, me ha estado apretando desde el principio, era una máscara. La máscara me aprieta fuertemente y yo no puedo sacármelo. Agito mi cabeza con fuerza y nada. Intento pensar por qué estoy aquí. Serán aquellos antiguos enemigos que tuve, que los dejé sin un centavo, que los dejé en la miseria hasta llegar al punto de suicidarse. ¿Serán sus familiares? Un grupo de personas pasan cerca de mí, están a salvo en las grandiosas veredas, me miran, yo los veo, intento gritar por auxilio pero sé que no me entenderán. Uno de saco negro, rubio, unos lentes gruesos. Otro vestido con terno, trigueño, sabe que algo malo pasa en mi auto. Ambos y uno más me miran extrañados, mientras yo voy en retroceso, en el camino equivocado. Tengo miedo de que ocurra algo peor, no sé cómo detenerlo ni qué hacer para que lo detengan, de todos modos. ¡Mierda! ¡Pero qué mierda! Veo en el retrovisor a un hombre de aspecto sombrío, está detenido, quiero decirle que corra, pero es muy tarde, lo he atropellado. Veo cómo su cuerpo choca en el auto y sobrepasa por encima de él, se queda tumbado en el piso, muerto, varias personas van a verlo. Esto es demasiado malo. Rápidamente quiero huir, no sé cómo lo hago, cuántas veces tenga que agitarme, que moverme, pero cada vez lo hago más fuerte y siento que me liberaré en cualquier momento. El auto sigue retrocediendo, se choca con algunos botes grandes de basura, el sonido de un cilindro que va arrastrando me causa pánico, pavor. Dirijo mi mirada a cualquier lado, quiero pedir ayuda pero nadie está cerca. Ahora recuerdo a un joven, tal vez sea él quien me metió en esto, hice algunos arreglos con su padre, él era como esos que pedían aumentos sin hacer ningún mérito, decía que su hijo estaba muy enfermo, que iba a perder la pierna y esto a mí ni me importó en absoluto, llegó a rogarme, hasta que me pareció molesto, fatigante, y acepté. Le aumenté el sueldo por seis meses, luego lo despedí. Me enteré que a su hijo le amputaron la pierna, y su padre murió al poco tiempo de diabetes. Su hijo un día vino a verme a mi despacho, me dijo que vengaría a su padre, yo lo eché así todo cojo, lo mandé a la mierda.
No sé por dónde voy, pero choco con materiales de construcción, cemento recién seco, lo arruino todo. Más allá voy contra un comerciante, he tumbado su triciclo y sus productos se han ido todos al suelo, el tipo corre contra mí, mientras otros aprovechan para robarle sus pertenencias. Jadeo con más fuerza, casi me he sacado la horrible máscara que tengo, poco a poco, no me importa mi rostro, no sé qué hago pero poco a poco me lo saco, al igual que con mis manos, busco el nudo, pero ni siquiera hay nudo, tengo una cinta adhesiva en las manos. Me saco el traje, el saco, veo a la policía seguirme, aunque sea enciendo las luces de la parte de adelante con mi cabeza, pero no logro nada, qué hago Dios, al fin lo recuerdo: No era ningún joven jurando venganza, tampoco compañeros de trabajo que estafé y los dejé sin un centavo, sino algo peor, ¡los mismos terroristas, que recientemente me amenazaban de muerte si no les entregaba cien mil dólares! Creí haber estado a salvo, creí poder tenerlo todo bajo control, pero se me escapó, no sé cómo, todo este tiempo me he dejado llevar por una confianza ególatra, soy un miserable, toda mi vida he sido un miserable, desde siempre he ido por el camino equivocado.
Al fin puedo quitarme la máscara, puedo quitarme la cinta de las manos. ¡Estoy libre! Y soy yo, me veo, el ser más adinerado de toda Lima pidiendo ayuda, exclamando a Dios, al fin se acuerda de Dios, sin máscara; mis mejillas, mi nariz ensangrentada, gritando con todas las fuerzas que puedo, pero de todos modos nadie puede oírme, ni la policía ni nadie por esta maldita cinta adhesiva. Una camioneta violenta fuertemente por la derecha y yo apenas tengo tiempo para cubrirme con mis manos, sin poder parpadear, muero al instante.
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