EL BUITRE Y LA ODALISCA
En el harén, las sensuales odaliscas esperaban un buitre. El eunuco lo advirtió tres días antes: un buitre. Nada más les dijo. La palabra sobrevoló el recinto sin anidar en los labios o las perfumadas cabelleras de ninguna de las voluptuosas mujeres, alumnas privilegiadas de la escuela, versadas en música, canto, baile, artes amatorias y poesía. Varias de ellas hablaban turco y persa. Las más niñas no conocían buitres, pero su expectativa era mayor. Nadie les enseñó qué debían hacer mientras esperaban el arribo de uno o más buitres. Repetían entonces los gestos, palabras y silencios de las odaliscas veteranas en el harén. ¿Son azules los buitres? ¿Cantan? ¿Son amigables los buitres? ¿Vuelan o caminan o se arrastran? Para toda pregunta solo existía una palabra, repitiéndose monótona en el harén: Buitre. Buitre. Buitre.
Cuando arrojaron varias palomas degolladas en el harén y la sangre salpicó los cuerpos semidesnudos, todas huyeron del lugar, menos la dulce Talyma quien, solitaria en el lugar, comenzó a danzar musitando la rubaiyat de Omar Khayyam:
¿Por qué hemos de intentar descifrar los misterios?
Nadie sabe qué ocultan las bellas apariencias.
Nuestras moradas, menos la última -la tierra-,
provicionales son. ¿Por qué hablar? Dadme vino.
Esa noche el sultán ordenó para Talyma su mejor vino. Y el más sutil velo de seda. El mejor intérprete de Darbuka. “No pareces un buitre”, exteriorizó la adolescente, mientras él interpretaba cerca de su húmeda boca, el cuarteto de Khayyam:
Joven, dame la jarra que está llena de vino
de color de amapola. Derrama por sus bordes
la sangre que contiene, pues no he tenido nunca
otro amigo mejor y más fiel que mi copa.
7360



Cargando comentarios...