El Binocular
     De lunes a viernes a las 20, 30  horas llegaba a su departamento la sensual rubia. A las 20, 35 horas ella abría la ventana  y se sacaba la ropa para ponerse una bata. Este ritual daba origen a otro, por parte de su vecino del edificio de  enfrente, que consistía ni más ni menos que en observarla desde su departamento escondido detrás de su cortina.
    Remigio Córdoba   estaba obsesionado desde que una noche descubrió casualmente esta inquietante rutina de su vecina. Le parecía bello el espectáculo y para apreciarlo mejor decidió comprar un binocular muy potente.   Quinientos dólares le costó el dispositivo: toda una inversión, para su extraña afición.
    Solo había un detalle que le provocaba cierta frustración: la inconveniente ubicación de un sillón de la habitación observada que le impedía disfrutar visualmente de la anatomía completa de la dama. Esto no le impedía seguir ejecutando meticulosamente su faena. Una noche Remigio se aprestaba a disfrutar de su puntual espectáculo y se da cuenta que el comedido sillón no estaba. Un sudor recorrió su frente y la ansiedad gano todo su cuerpo. ¿Sería aquella noche su oportunidad de presenciar por vez primera la totalidad del espectáculo?
  Finalmente la blonda realiza su rutina y Remigio puede observar la deseada figura en todo su esplendor: su decepción no podía ser mayor. El bello cuerpo con el que él se deleitaba no era femenino, sino masculino.  En su enorme frustración pensó en el tiempo y el dinero perdido. Pero también recordó que él era un hombre práctico y no podía permitirse ese derroche de dinero sin justificación.
       En la actualidad Remigio frecuenta los días domingos la reserva ecológica de la Costanera de la Ciudad de Buenos Aires, a la que acude con su potente binocular para practicar el avistamiento de aves silvestres.
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