Un joven camina con tranquilidad por la avenida como si la misma le perteneciera, una actitud arrogante pero su expresión se muestra despreocupada al respecto, al principio solo se dedicaba a robar cosas para sacar sus necesidades a flote así como el de su pareja, Laura, quizás la única persona la cual le importaba en el mundo, a diferencia del joven ella tenía un camino distinto que recorrer, estudiar, trabajar, ser buena, lo típico que se espera de una persona, quizás por eso se atrajeron en un principio por el simple hecho de complementarse.
Fastidiado por ser estafado por su informante así como su vendedor empieza a curiosear en una casa abandonada donde descansa junto a su pandilla, fue cuando en un ataque de cólera hacia un ropero sin puertas, bastante podrido a la vista y con una patada terminando su desintegración, fue cuando encontró lo extraño, una lonchera al parecer metálica forrada con cinta adhesiva a más no poder, sentado en el suelo usando solo las uñas comienza a despedazar tal cubierta, creyendo encontrar algún tesoro de niño, si era así sería divertido regalárselo a Laura quien tenía un gusto por las cosas infantiles, pero no fue así.
Un cuchillo desarmado y una nota donde explica el asunto de su descubrimiento, cuando llega alguien de su pandilla mira con atención la caja la cual arrebata del suelo pensando en que vale algo, para su desgracia lo valioso lo tenía en sus manos, una vez terminando la nota procedió a ensamblar el arma, un color finamente pulido como si se tratara de plata y el manga no se sentía a ninguna clase de madera la cual él había palmado en algunos momentos de su vida.
-Es un buen objeto, deberíamos ver cuánto nos ofrecen por el Gerardo- dice su compañero.
Al momento de sostenerlo con el pulgar recargado en el descanso del arma mientras el resto de su mano tenía pegado el mango, de pronto la rabia fue aumentando con su informante y por un titulo molesto, su patrón.
-¿Alfonso sigue aquí?- pregunta Gerardo.
-Sí, está abajo esperando que te calmes y aceptes un nuevo trabajo, espera, ¿Qué planeas hacer con eso Gerardo?- comenzó a descender del edificio abandonado y en cuestión de minutos está enfrente de su arrogante patrón, Alfonso, aun con el cuchillo en mano y sin que él pudiera intuirlo, atravesó su garganta como si fuera pan integral.
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-¿Qué has hecho Gerardo?- la mirada de sus compañeros quedo petrificada mientras la sangre en el arma se deslizaba como si fuera alguna clase de aceite extraño, después de eso el líder de su grupo mostro unos ojos distintos a los del joven, lleno de disgusto, de odio, sin razón alguna comenzó a atacar a sus compañeros, a sus amigos pero llegando al más cercano, el más querido quien había apuñalado en la rodilla para que no huyera mientras hacía lo mismo con el resto, fue el único quien dejo vivir, después de eso recupero el sentido de sus acciones.
Días después se sintió atraído por la búsqueda de los otros tres paquetes ocultos cuyo contenido parecía ser bastante atrayente, su amigo por su parte decidió acompañarlo pero Gerardo se negó, porque quería pedirle que fuera a decirle a Laura que iría de viaje por un tiempo pero regresaría por ella, a pesar de haberse vuelto violento por un momento, aun el joven sentía un profundo afecto por la chica, lo cual era absurdo además de imposible, su amigo decidió hacer el mandado pero no pudo alcanzar a Gerardo, ni tampoco poder saber hacia dónde iría.
Los días pasaron así como los viajes en autobús para el chico, quien oculto en su bolsillo haciéndolo más grande se hallaba el arma, siguiendo las indicaciones del mapa iba en dirección al sitio más cercano, preguntando con cierta ignorancia por donde ir le informaron de una antigua casa en medio de la nada, justo en los campos más lejanos para cultivar, una antigua hacienda se podría decir, Gerardo con las indicaciones de las personas así como las del mapa se sentía más seguro pero también ansioso, ansioso de volver a usar el cuchillo, de volver a matar.
El campo si era extenso, parecía nadie haber pisado el lugar en años, quizás una década, tiempo entre la maleza y al final la encontró, la antigua hacienda, enorme casa de tres plantas varios metros de largo, cerca de unas cinco o seis cocheras según el media, entrando vio como el polvo parecía haberse movido recientemente, quizás un adicto descansaba ahí, no importa estaba preparado, y deseoso el joven Gerardo, busco por todos lados en la casa, piso tras piso, habitación tras habitación, sintiéndose fatigado se sentó en una vieja silla ya en el tercer piso para darse cuenta de algo, el techo.
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Vigas a forma de decoración o quizás apoyo encima, recorriendo todo el lugar viendo hacia arriba al fin encontró lo que buscaba, otra caja, buscando como bajarla, lanzando una piedra y un trozo de suelo logro hacer caer el tesoro, para su sorpresa, ya había sido violado el desesperado sello, la nota indicaba de las acciones a tomar o en caso de perder el arma, fue tanta su desilusión que la expresión en su rostro parecía como haber salido de un funeral, quien sabia cuanto tiempo había pasado desde que fue tomado el cuchillo, la sensación de un cable eléctrico en el cuello lo saco de su melancolía.
Rápidamente intuyo que está siendo estrangulado, quizás por un adicto, sin perder tiempo saco su arma del bolsillo extendido y corto el cable con el que era privado su vida, girándose para mirar atrás vio a un niño de apenas unos diez años de edad, con la mirada totalmente vacía, así como en su mano, el infame cuchillo de la segunda caja, ensamblado y siendo empuñado por unas manos tan pequeñas e inocentes, un simple mocoso.
-Esa cosa no es un juguete- el niño tras las palabras de Geraldo no parecía inmutarse.
-Dame eso antes de que te cortes-
-Quiero el que tú tienes en tus espaldas-
-¿Cómo lo sabes?- pregunta Gerardo torciendo la cabeza.
-Esta cosa me hace ver lo que pasara, puede adivinar más allá de ahora-
Gerardo ansioso por el poder de esa cosa apunta su arma contra el niño quien procede a hacer lo mismo.
-El me dice que no sobreviviré a jugar contigo, así que…- salto por la ventana y cuando Gerardo fue en su busca el malcriado había logrado ocultarse entre la maleza, eso y la ayuda de premonición de tal arma, Gerardo ahora si estaba deprimido.
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