Las paradojas latentes de la existencia
a cada paso marcado por el silencio,
van gritando a su manera el dolor de una vida.
El sufrimiento arraigado a ese corazón,
tristemente abandonado y olvidado
va delineando el camino que llevara
hacia el final de los seres,
como un camino ineludible,
como una realidad que impone su mandato
y exige respeto, pues ciertamente no ha nacido
el Ser capaz de vencer a su gusano.

Aquellos ojos penetrantes,
destilando una profunda oscuridad
vilipendiada por el tiempo,
reflejan la imposibilidad de truncar el paso
al último suspiro que se avecina,
impelido el corazón por la multitud de sensaciones
que lo desgarran, cual si fueran
las mismas navajas de la soledad
dibujando más heridas
sobre cada milímetro del mismo,
se encuentra atrapado y golpeado
por cada sentimiento.
La tristeza pareciera regodearse
de vivir sepultada en el alma,
disputándose la primacía del lugar
al lado de la soledad a cada segundo,
arraigándose con mayor intensidad
sobre la mente, la cual suele convertirse
con excesiva frecuencia en un verdadero infierno.
Los demonios danzando al sonar de cada latido
afirman cada pensamiento, y las muñecas
aumentan su sensibilidad
aproximándose a desear lo indeseable.
La muerte se acerca y se aleja, cual juego
De espectros en la oscuridad.
Lo único palpable sigue siendo el dolor.
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