Enormes ampollas están inflando mi piel achicharrando mis carnes sobre brasas que crepitan su maldad. Las llamas dibujan lengüetas que suben y bajan pegadas a mi cuerpo acariciándolo con crueldad. Es terrible el dolor..., ¡terrible!   
Desesperado me engancho de mi angustia como el andinista se aferra a sus amarras. ¡Es que no quiero..., no debo perder el dominio de mi conciencia! Necesito gritar a gritos y sólo musito un mísero monosílabo, lo que agrava mi desaliento. Entonces recuerdo que alguien me dijo:
- En situaciones difíciles, podemos construir nuestra propia arca para protegernos de los peligros de la vida.
- ¿Eso es posible? -le dije incrédulo.
- Es que somos seres muy peligrosos para nosotros mismos -reconoció; luego, como si hablara con el horizonte, agregó
 
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                                         JACO
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