CUENTOS 
PARA
BEBER
 
CUENTOS
 
 
 

ARCÁNGEL MARIO LOSCRI
 
 
Prefacio
La íntima necesidad de agradecer a quienes me han honrado con su amistad, ha motivado que cada cuento contenga su propia dedicatoria personal. Es cosa buena en esta vida tener amigos ¿Con quiénes de otro modo beber cerveza y filosofar sobre temas verdaderamente fundamentales? Por ejemplo, acerca de quién se hará cargo de la consumición. Luego de discutir como corresponde, por supuesto, sobre la inmortalidad del último maní, así como de su circunstancia.
Espero que su lectura sea grata al amable lector y que encuentre en ella algo de provecho.
El autor
 
 
 
 
 
 
 
 
ÍNDICE página
El Llanto Original 4
Los Celos según Matías 11
Parto de Poeta 37
Peligro... Taxi Loco 44
Una Partida de Truco 57
Un caso de Homicidio Impune 71
El Especialista 83
La Moneda Sabia 101
El Quinto Pedículo del Microbio Ruperto 122 Bentivoglio Fantasma de Bingo 147
El Profeta 179
 
 
 
 
 
 
EL LLANTO ORIGINAL
 

Las lágrimas me brotaban de los sótanos del alma, eran cataratas acuáticas que me empañaban los ojos y ensopaban mis mejillas sin compasión. Me sentía como la última de las piltrafas humanas. Hay ocasiones en que es muy difícil pasar por esta clase de trance.
No hay ningún derecho para que esto me suceda a mí... Justamente a mí... aunque algunos me motejen de llorona. Ese es un cargo que rechazo de modo terminante. Se trata, indudablemente, de una acusación injusta y malintencionada.
¿ A quién se le habrá ocurrido semejante imputación?
No había modo de parar. Una vez que comenzaba el episodio, éste podía durar un siglo o, mejor aún, dos milenios. No pienso escatimar mis escasas virtudes; demasiado podrido está el mundo, para que una misma no reconozca la realidad que la rodea, por más indigna que ésta se presente.
No había nada que hacer. Había instalado el comando automático del llanto y por más que dirigía los pensamientos en cualquier otra dirección, no cesaba de llorar. Al mismo tiempo acompañaba mi berrinche con unos sonidos que; de tan agudos, eran absolutamente bestiales, interrumpidos en los intervalos propicios por oportunas crisis de hipo; el cual no fue invitado formalmente, pero con su graciosa presencia apareció de improviso, para otorgarle mayor énfasis a la náusea que me invadía. Todo recurso es válido en una guerra.
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La situación es injusta ¿ Por qué los que nos gobiernan y machacan nuestras cabezas, no proceden con la debida cordura y un átomo de benevolencia? ¿Qué les cuesta complacer alguna de nuestras pequeñas y sobradamente modestas peticiones?
Está bien claro que les importa un rábano de nuestra tranquilidad. Se orinan sobre nuestro bienestar y cualquier método es bueno para reducir nuestra comodidad, hasta el límite preciso con la incomodidad. Todo consiste en una gran injusticia... Si Señor... No hay nada que hacer. Ellos hacen lo que lo que les viene en gana, porque manejan la batuta...
Mis berridos eran ya rugidos desesperados y chirriaban peor que goznes oxidados. Para ser sinceros, no es lo mismo si se emiten secamente, que salpimentados con la humedad plañidera de un sollozo abundante. Lágrimas de gota gruesa, al despeñarse por mi afiebrada mejilla, salían disparadas como proyectiles hacia todos lados, en forma de pequeños perdigones de vapor.
Entreabrí los ojos y traté de espiar al gigantesco ogro impío, que permanecía impertérrito delante de mí, sin el menor asomo de una pizca de compasión. Lo único que pude divisar fue una silueta enorme y borrosa. Se trataba de un monstruo horrible, que no hacía el menor gesto para consolar la pena que me anegaba el cuerpo y desbordaba por mis ojos; ya desgastados de tanto lloriqueo. El corazón me latía a cien Kms por minuto y, en los breves intervalos entre un baldazo de lágrimas y otro, mis suspiros semejaban movimientos sísmicos de pecho. El corazón y los pulmones deseaban fugarse de su prisión legalmente establecida y en el vano intento de escape, se empecinaban en martillar mis costillas sin piedad. Sentí de pronto un dolor intolerable en plena panza. Por un momento pensé que mis tripas iban a explotar.
Lo que una hace en esta vida debe realizarlo a conciencia. No me amilané y proseguí con lo mío. Supone un gran mérito mantener la constancia necesaria para conseguir los objetivos propuestos, y nadie podrá acusarme de andar escasa de principios. Al menos, hasta que hagamos la revolución contra el opresor... Ya llegará el día glorioso en que tengamos voz y voto para tomar las decisiones fundamentales.
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No puede ser tan justa la actitud de negarme el placer que me proporciona aquello que solicito con la humildad que me caracteriza... Y que además de resultar saludable y beneficioso, carece de efectos nocivos y es útil para un montón de cosas. Al menos esto es lo que se escucha a diario en todos los programas de la televisión.
Redoblé los gritos y ahora las lágrimas me salían más chirlas y dulces; evidentemente había consumido por completo la provisión de sal de mi cuerpo.
Al restregarme la cara con la mano, mi ojo derecho quedó por un breve instante en condiciones de enfocar. Como en un rápido pantallazo, alcancé a divisar que el gigantón de ceño fruncido iniciaba una lenta retirada del estado opresivo, en que me había mantenido con inocultable sadismo. El rictus de su cara comenzó a relajarse despacio... Demasiado lentamente para mi gusto. Debía modificar un poco mi estrategia.
Se trataba del momento sublime, el indicado para hacer uso efectivo del recurso que complementaba mi arma secreta.
Emití el grito más agudo y poderoso que había reservado para dicha posible eventualidad. Casi tanto como el del gordo cantante italiano, ese que le canta al sol como un bobalicón.
El arma secreta no falla nunca; en especial si está acompañada de la dosis correcta del alarido adecuado. Eso fue más que suficiente y derrumbó definitivamente su mediocre capacidad de resistencia.
El hombrón atinó tan sólo a protegerse los oídos con ambas manos. Su rostro exhibía ahora diversas y variadas muecas de indecible sufrimiento. En tanto, yo paladeaba el éxito inminente. Era el categórico triunfo de la no-violencia contra la fuerza bruta. Cómo debe ocurrir siempre... ¡Qué tanto importunar!
El atribulado hombre aprovechó ese momento crucial para cubrir mi dulce boca con una profana mano velluda, repleta de uñas tan grandes como palas; mientras farfullaba absoluta y fatalmente derrotado...
—Ufa... Nadie puede ser más insoportable que una niña malcriada. Es por exclusiva culpa de tu madre que te consiente siempre. Toma... Aquí tienes el chocolate... Tan sólo quería que lo disfrutaras luego de la comida... Como lo que debe ser, un simple postre.
El sol despuntó radiante en la habitación y se disiparon en el acto tormentas y huracanes. Todos los nubarrones grises desaparecieron en un tris, y las paredes retomaron su habitual color de azul cielo.
—Gracias papito... Eres un ángel. ¡ Si supieras cuánto lo deseaba...!
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El llanto se me evaporó al instante, llevándose consigo mi delicioso coro de berrinches y suspiros. Mi corazón suspendió el endiablado traqueteo y los pulmones ni se atrevían a respirar hondo, de tan satisfechos que estaban por el importante éxito obtenido.
Abandoné la habitación con el trofeo en la mano y la victoria reconocida... Como siempre ha sido... Y siempre será. Por los siglos de los siglos. Amén.

o0o

Cuando permaneció a solas, el resignado padre se pasó una ya fatigada mano por la coronilla, en tanto ladeaba la cabeza de un lado al otro. No existe armamento eficaz en este mundo para enfrentar, con al menos una mínima probabilidad de éxito, los recursos bélicos de su pequeña contrincante.
Meditó calladamente durante un breve momento y mientras atusaba con mucho cuidado un incipiente bigotito, musitó para sí mismo en voz baja...
—Me parece que esta situación ya la he leído hace mucho tiempo... Mhmm... Sí, en un libro de cuentos...
Se llegó hasta la biblioteca empotrada en la pared del living y hurgó entre libros de todo calibre, hasta que dio con uno pequeño y de hojas sobradamente amarillentas; claro indicio de que había sobrevivido a demasiados almanaques. Apoyó la derrotada humanidad de sus posaderas en el cómodo sillón, el mismo que usaba solamente para descansar, y con el índice derecho fue repasando las hojas hasta dar con el capítulo deseado. Cuando lo encontró, lo fue leyendo lentamente. El cuento de marras relataba una muy antigua leyenda de los indios Ukku.
Trataba acerca de la historia de Protopaz. El tal Protopaz fue un loro; para más datos, el primer loro de la creación; y Dios, seguramente en tren de modesto ensayo, lo creó un par de días antes que al hombre. El avispado pajarraco tomó como vivienda el árbol del bien y del mal.
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Allí... En medio del Paraíso Terrenal, vigilaba atentamente las rojas y tentadoras manzanas. Cada tanto picoteaba alguna, pues las frutas estaban muy sabrosas. A él no le había alcanzado la prohibición divina y era tan sabio Protopaz, que Dios le concedió el don de la inteligencia al mismo tiempo que el de la palabra; claro está que con una socrática trampa. Él podía pensar, pero no podía hablar acerca de aquello que pensaba; solamente estaba capacitado para repetir cualquier sonido disperso, de los muchos que se escuchaban alrededor. Si esto no es justicia divina, nadie sabría qué otro nombre darle. Protopaz jamás diría una estupidez propia. A lo sumo, su cotorreo reflejaría como en un sincero espejo toda la idiotez ajena.
Protopaz fue el único testigo que presenció cierto diálogo secreto entre Dios y Eva.
Eva, a espaldas de Adán, le solicitó una audiencia especial que no está asentada en la Biblia. En el libro del Génesis falta un capítulo... Seguramente alguno de los escribas primitivos extravió el manuscrito, o le restó la importancia debida y por su cuenta omitió el copiado del mismo, sin percatarse de los graves perjuicios futuros que tal conducta ocasionaría a la evolución de la humanidad. Pero Protopaz, apoyado en la tercera rama de la segunda división del tronco de tan célebre manzano, escuchó todo muy atentamente y lo memorizó puntualmente para transcribirlo posteriormente en la Biblia de los loros. Y de ese modo permaneció pétreamente asentado en el inconsciente colectivo de su numerosa cofradía de descendientes. Los indios Ukku pueden leer el pensamiento de los loros, (Historia que merece otro cuento, por la forma increíble en que adquirieron dicha insólita habilidad) y así fue como dieron con los pormenores relatados en el mencionado libro y ya al final del primer capítulo se encontraron con el susodicho diálogo entre Dios y Eva. Las inobjetables referencias de testigo tan incuestionable, son las mismas que se relatan fielmente a continuación.
“Dios levantó su índice y señalando con el mismo a Eva, le manifestó disgustado...
—Eva... Lo que me pides me parece excesivo.
—No Señor, creo que se trata de algo muy justo.
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—Hija mía... Tardé seis días en crear el mundo con todos sus reinos. He ordenado a los pájaros cantar y ellos alegran mi Creación con sus trinos. He ordenado a los peces beber solamente agua y ellos han tomado posesión de los mares. He ordenado a los astros bailar en el firmamento y ellos danzan alegremente por mi Universo, al compás de la música de las esferas. He mandado al hombre que crezca y se multiplique y; según tengo entendido, Adán se halla demasiado atareado en dicha actividad... Diría que con entusiasmo excesivo. ¡Quién lo hubiera imaginado! Ni YO mismo pensé que funcionaría tan bien esa broma que les hice de los dos sexos.
Dios efectuó una breve pausa para poner orden en su pensamiento y continuó luego.
—Y tú... Justamente tú... no te muestras conforme con todo lo que has recibido. He sido muy magnánimo contigo y a cambio de una mísera costilla, te he otorgado en exclusividad el don de pedir ¿ Es que no estás satisfecha con la gracia que mi divina generosidad te ha proporcionado?
Eva se notaba contrita. Se veía a lo lejos que algo grave la afligía y que alguna emoción fuerte le conturbaba el ánimo. Las hojas de higuera de su precaria vestimenta tendían a separarse demasiado entre ellas, señal de que también se encontraba demasiado ofuscada.
—Señor... Estoy satisfecha y agradecida con el don de pedir con que me habéis agraciado.
—¿ Y entonces... ?
—Señor... Sucede que yo pido. Pido constantemente. No me canso de pedir... pero tu hijo Adán no me concede nada, pero absolutamente nada de lo que con tanta humildad le solicito. Hace oídos sordos a cualquiera de mis peticiones... ¿Comprendes de lo que hablo? Parece más un castigo que una gracia la concesión que he recibido de ti.
Dios meditó por otro breve instante. Ahora le parecía que el don que había otorgado a la mujer estaba incompleto. ¿ De qué vale requerir, si nadie concede lo que le es demandado? No era demasiado prudente enjuiciar la infalible certeza de su propia Justicia Divina.
Luego de tan sabias reflexiones, Dios levantó de nuevo su infalible índice. Él arreglaría en un santiamén la pequeña omisión en que había incurrido. Por algo era Dios. Es muy bueno ser Dios... Uno no debe rendir cuenta a nadie de sus actos. Es más que bueno eso.
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—Mujer... Algo de razón tienes. Te había otorgado el don de pedir, ahora te concedo un segundo don que complementa al de pedir... Y es el don del llanto... Espero no tener que arrepentirme de este acto. Pero debes emplearlo con mil precauciones y demasiada cautela... a cuentagotas más bien. Además te recomiendo que no hagas abuso de las lágrimas; se trata de un recurso todopoderoso, que ni aún YO me he atrevido a emplear en mi Creación.
Eva prorrumpió en exclamaciones de alegría, manifestando a locas su agradecimiento por el nuevo obsequio conseguido. Por un momento pensó en estrenar el nuevo don con el propio Dios, pero luego de observar el índice de la divinidad, que se movía de izquierda a derecha como diciendo “CONMIGO NO POR AHORA”, desistió por prudente cautela. Arregló como pudo las diez hojas de higuera, las mismas que luchaban inútilmente por cubrirle el desbordante busto y se ajustó el taparrabo, también de hojas, que cubría el resto de su inquietante desnudez. Sin poder disimular su alborozo, se retiró satisfecha dando gritos y saltitos por el frondoso bosque del vergel terrenal.”
El hombre cerró el libro que relataba la leyenda de los indios Ukku y tomó la pipa tirolesa, que descansaba solitaria en la mesa ratona. Meditó un rato sobre la extraña leyenda del cuento y sin apuro alzó la tapa de la cazoleta, la cargó con unas motas de tabaco y finalmente le dio lumbre, aspirando con profundo deleite el humo dulzón. Recién entonces se permitió la última digresión del día.
—¿ Así habrá comenzado realmente la historia del llanto?
Conservaba algunas dudas. Si demostrar la legitimidad de la narración se trataba de una tarea imposible, se resignó al recapacitar en la eventualidad opuesta: Demostrar su falsedad revestía idéntica imposibilidad. Luego de producirle tanta fatiga a sus neuronas por elucubrar tamaño aborto filosófico, se incorporó finalmente del sillón.
— ¡ Si non e vero, e ben trovato!
Era la expresión favorita que, en un caso como este, brotaría de la boca de su abuelo don Vincenzo; italiano del sur hasta los callos. Si no es cierto, está bien pensado.
Fue todo lo que atinó a manifestar, pues su hija ingresó sonrojada a la habitación como una tromba, a los tropezones consigo misma y le ofrendó un beso dulce y tibio. Se lo propinó en plena nariz. Se trató de un beso muy especial... Absolutamente húmedo y chorreando lágrimas de sabroso, aunque pegajoso chocolate.
 
 
 
 
 
 
 

LOS CELOS SEGÚN MATÍAS
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La mujer acomodó la última rodaja de queso en la pizza y empujó la bandeja hasta el fondo del horno empotrado. La cocina era un ambiente agradable de color pastel; los azulejos y la mesada de mármol blanco relucían impecables. Una pava con agua a punto de ebullición, despedía en la hornalla estornudos de vapor, impaciente por transformarse en mate amargo.
Se veía que estaba de un humor de mil demonios. Farfullaba palabras inconexas mientras se alisaba el cabello castaño, que pugnaba inútilmente por cubrirle la nariz, pequeña y respingada, que temblaba como si padeciera de Parkinson. Las fosas nasales se le dilataban y contraían en un tic, fiel reflejo de su tormentoso estado de ánimo. Las mejillas sonrosadas abrazaban el rictus agrio de unos labios encrespados. El efecto no era nada sensual y reflejaba la furia que le dominaba por dentro, y le desbordaba por cada uno de los poros del cuerpo.
Retiró a tiempo el antebrazo derecho, que casi siempre rozaba en forma inadvertida la puerta caliente del horno y se secó unas gotas de sudor de la frente. En ese preciso momento, irrumpió un niño que entró despreocupadamente; ocupado en rascar a dos manos su abdomen desnudo, con una arrugada remera azul echada hacia arriba.
—Matías, ya te dije que todavía debes esperar un poco, hasta que llegue tu padre...
El niño, de unos nueve años y cara plagada de pecas, la miraba con ojos suplicantes.
—Pero mamá... Tengo hambre...
La mujer no necesitaba de demasiadas excusas para impacientarse.
—No hay hambre que no aguante media hora... Hasta que venga tu...
Matías completó la frase con voz fingida y gangosa.
—Sí... pero papá últimamente regresa cada vez más tarde. Ya son como las nueve y yo no aguanto tanto. En esta casa me matan de apetito...
—De hambre, querrás decir... Bueno, con tal de no escuchar tus rezongos, cenarás sólo porque yo sí voy a esperarlo... y no hay Cristo que me haga cambiar de idea.
El niño se retiró resignado sin dejar de refregar su panza y mientras regresaba a su cuarto, se le ocurrieron nuevos pensamientos que al poco rato le distrajeron de la urgencia masticatoria.
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—Mhm... Otra vez hay baile en casa. En cada oportunidad que mamá se refiere a él como padre y no como papá, es anuncio de batifondo inminente ¿Por qué no se propinarán una buena golpiza...? Es la mejor forma de arreglar cualquier discusión. Nunca voy a comprender a los adultos. Al menos ese recurso nos ha dado buenos resultados en la escuela, en especial con el estirado de Felipe.
Tomó asiento y jugueteó un rato con la computadora. Constituyó su anhelado regalo del último cumpleaños y le dedicaba muchas horas de su ocio. No existía nada tan apasionante como internarse en ese mundo ficticio; donde no parecía transcurrir el tiempo y se brincaba sin pausas de una emoción mayúscula a otra más superlativa aún. Siempre aparecían novedades fantásticas. Era algo grande eso de la Internet; conectarse con el mundo exterior a través de un delgado hilo telefónico y vivir momentos felices, chateando a través de la telaraña de redes que circundan el planeta.
A hurtadillas había intentado espiar a veces en los rincones eróticos, pero aún no le llamaban demasiado la atención ¿Qué diferencia puede haber entre un par de senos grandes y otro algo más pequeño? Psshhh...
Era mucho más estimulante bajar los juegos nuevos que aparecían en forma continua y vagabundear por todos los rincones de la red, descubriendo maravillas inesperadas y asombrosas. Pocos días atrás había dado con un sitio increíble. Se trataba de un programa que evacuaba preguntas de todo tipo. El nombre clave con el que se accedía era el de FILOSOF_ÑAC. No tenía demasiada idea de lo que significaba, en realidad no tenía la menor idea acerca de los temas que se exponían allí. En general, el nombre de un programa tiene relación directa con el contenido. Algo denominado FRUTA, deberá contener con seguridad bananas, peras, uvas o cualquier otro producto comestible de árbol.
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Como la curiosidad le había mordisqueado las pestañas, recurrió al diccionario de la computadora. Lo único que encontró fue la biografía de un tal Filosof Eustaquio, ignoto inventor de la modificación de un estrambótico rulemán, que prometía aumentar la velocidad angular de cualquier eje al multiplicarla por 3.48. De todas maneras, incluyó entre los favoritos el lugar de Internet de dicho programa, puesto que había obtenido de él ciertos beneficios. Los deberes escolares que habían cargado sobre su espalda la semana anterior, contenían una difícil pregunta sobre biología. Seguramente el maestro Pardales se había confundido, al intercalar en el cuestionario la pregunta de algún curso superior. Solicitaba la curva de disociación del oxígeno en la hemoglobina, pero sucedía que ellos aún no habían llegado a desarrollar el tema de los glóbulos rojos; ignoraban por lo tanto las funciones que esa especie de microbios pequeñitos desempeñaba en el organismo. Como Matías disponía de un espíritu inquieto y aventurero, seleccionó el icono de Biología y tecleó la pregunta sin demasiadas esperanzas. En el acto la pantalla se llenó con cuatro hojas de información sobre el tema.
Matías quedó maravillado. Hasta apareció en colores un croquis estrafalario, con una muy bonita línea que subía y descendía en un vistoso diagrama. Nunca antes había observado esa clase de gráfico, que poseía a un costado una letra “x”, y en la base una “y”. Sin pensarlo demasiado, imprimió todo y se devanó las neuronas hasta completar un breve resumen. El maestro Pardales dilató sus enormes ojos de huevo duro cuando examinó el trabajo y no tuvo más remedio que premiarlo con la calificación más alta del grado. Fue inútil que tratara de sonsacarle a Matías el origen de su información. Lo único que obtuvo, y a regañadientes, fue respuestas vagas y evasivas de una visita a la biblioteca municipal. Nadie podría acusarlo de falta de imaginación para ocultar su adicción a las computadoras.
En eso permanecía entretenido Matías, cuando oyó el ruido seco de la puerta de calle. Había llegado el padre y por fin calmaría sus tripas con abundante acopio de materia sólida. En medio del apuro dejó encendido el aparato y se abalanzó a la carrera, no sin atropellar dos sillas que aparecieron en su camino.
—Hola papi... Menos mal que llegaste. Ahora podremos comer. Tengo un hambre...
El padre lo saludó con una caricia en la cabeza, en tanto su esposa le contemplaba con cara de pocos amigos.
—¿ Estas son horas de regresar? Abandonaste el trabajo a las seis...
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—Pero Alicia... Hubo tarea extra... Unas planillas de...
La mujer no deseaba atender razones, pues parecía tener las suyas prisioneras en la mente, aunque en el fondo deseaba evitar una escena delante de Matías. No lo logró.
—Si querido... Unas planillas que me adornan la frente con un par de protuberancias... Ya hablaremos en privado, luego de la cena... si es que antes no te indigestas. Al menos eso es lo menos que te deseo por ahora.
La comida transcurrió con el mismo ambiente tenso. Había mar de fondo y Matías, sin conocer un ápice de sicología, se dio cuenta que lo más indicado era desaparecer apenas empapelara las paredes de su estomago, con la deliciosa pizza de queso derretido y abundante salsa de tomate. Se trataba del mejor aroma que conocía, en especial si contenía la dosis de orégano que su madre acostumbraba emplear. Acabó las porciones apresuradamente y se retiró tras un rápido saludo del comedor diario; el sitio preferido últimamente de su madre para toda discusión de cierta importancia.
Alicia no había llegado a probar bocado y su esposo comió a desgano, intuyendo la filípica que le caería encima. Bebió el resto de vino que quedaba en el vaso y se aprestó para la inminente batalla.
— ¿ No dispones de mejor excusa que el trabajo extra, para justificar tus llegadas tardes en cada día de esta semana?
— Pero querida...
Alicia se mostraba frenética. Había esperado demasiado ese momento y el vapor de agua en su caldera acumulaba ya una presión cercana al estallido. Lo estudiaba fijamente, en tanto agitaba los brazos como aspas de molino.
—Nada de querida... Soy tu esposa... Al menos por el momento. Explícame en detalle lo de las puercas planillas y ese miserable cuento del trabajo extra.
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El hombre pareció resignado a su suerte, no había manejado bien cierto asunto. Una empleada nueva de la oficina le contemplaba con indisimulada ternura y le solicitaba constantemente un favor tras otro. Todo habría transcurrido por los carriles normales, pues siempre se encontraban presentes otros empleados; pero dispuso la fatalidad que la susodicha apareciera unas semanas atrás luciendo un escote infartante y cada vez que se inclinaba para preguntarle algo; un par de senos descomunales se bamboleaba frente a su mirada inexorablemente hipnotizada. No podían ser reales semejantes maravillas. Aguantó con no poco estoicismo todo lo que pudo su flaca voluntad; hasta que llegó la fatal oportunidad en que permanecieron a solas en la oficina. Ella se le arrimó con cualquier excusa y lo abanicó con el cebo de tamaña parafernalia. Un aroma de violetas y fresias silvestres le inundó el cerebro y embotó sin remedio su ya debilitada voluntad. No fue capaz de resistir como hombre lo que sus hormonas exigían de modo perentorio. Invadió a dos manos lo profundo del escote y sopesó apreciativamente las tibias calabazas. Ante su inesperada maniobra, la mujer no reaccionó con insultos ni reproches, como es de rigor. Mas bien lo arrulló con la mirada. Esperaba por lo visto semejante gesto.
—Por fin te decidiste, tontuelo... Desde que empecé a trabajar aquí, por las noches me asaltan locas fantasías, y estás siempre presente en todas ellas.
Ahora, y en el comedor de su casa, rememoró en milésimas de segundo, y como en una película que corre velozmente, cada una de las escapadas con su amante durante la última semana. En la primera ocasión concurrieron a un hotel; los encuentros continuaron luego en el mismísimo departamento de ella. Claro está que se había descuidado excesivamente; los efluvios amorosos habían entumecido su razón y debía pagar ahora las inevitables consecuencias de su torpe descuido. Y enfrentar a Alicia no era moco de pavo. Se trataba de una mujercita amorosa, pero a la que siempre habían atormentado los celos.
De todas maneras no se hallaba dispuesto a confesar abiertamente sus escapadas. No se consideraba culpable de la relación ilícita; de acuerdo a una típica filosofía que ha congregado multitud de acólitos en la especie: El hombre es hombre siempre. Así opinaba él. Solo afrontaría la responsabilidad de los regresos tardíos al hogar, por otra parte imposibles de negar por ser demasiado evidentes. Esa era la actitud más aconsejable.
—Mírame cuando te hablo, marmota... ¿También tienes tapados los oídos?
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—Perdona... Estaba distraído. Como te iba diciendo, no pude negarme al pedido que me hicieron, que más bien se trató de una exigencia. La semana próxima nos visitará una auditoría de la Casa Central y...
—Auditoría un cuerno... O mejor dos, que son con los que me has adornado. Hace cuatro días que te apareces pasadas las nueve. Hoy traté de comunicarme a tu oficina por teléfono y a las seis y media ya no se encontraba nadie presente allí; de acuerdo a lo que me informó de muy mal modo el encargado de seguridad.
El esposo apreció al instante una peligrosa luz roja y cien timbres de alarma sonaron al unísono en su mente. Debía encontrar con rapidez una solución desesperada, por más absurda que pareciera... Pero pronto... Con suma urgencia.
—Existe una pequeña oficina en el tercer piso, es precisamente el lugar donde tenemos el archivo general y allí estuve trabajando. El pobre sereno es medio sordo y calculo que no habrá notado mi presencia, pues siempre permanece en la planta baja.
Alicia no conservaba duda alguna de que su marido escondía algún manejo turbio, y en particular con artículo femenino. Su intuición era todopoderosa y se demostraba infalible en cuestiones extra conyugales que incluían polleras. Deseaba que el marrano confesara el desliz. Pero no había caso, se comportaba como un cobarde redomado, incapaz de afrontar las responsabilidades maritales. Mientras tanto, ella se deslomaba con las tareas de la casa y la crianza de Matías.
Resistió la tentación de confiarle que en el transcurso de la última semana había telefoneado en diversas oportunidades a la oficina, en pleno horario de trabajo; y la había atendido siempre una seductora voz femenina. Sólo había atinado a cortar las comunicaciones, extrañada y sin responder. Su marido no le había comentado nada acerca de una nueva empleada. No conforme con la situación, y esto era lo más delicado; presa de un ataque de celos, había concurrido ayer mismo en el horario de salida y llegó a observar a una pareja que se retiraba del edificio de oficinas. Como permanecieron de espaldas no pudo cerciorarse fehacientemente, pero por el color del pulóver parecía tratarse de su marido. Estaba casi segura de ello y esto era más que suficiente para ella. Se indignó tanto, que no atinó a perseguirlos, pues ascendieron al primer taxi que se presentó y no logró conseguir otro con la rapidez necesaria, para investigar quienes eran realmente y adonde se dirigían. Regresó a la casa maldiciendo su poca suerte, mientras una miríada de pensamientos negros la sumergían en un mar de desdichas y amargura.
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En tales pensamientos se hallaba ocupada, mientras estrellaba una y otra vez la masa de pizza contra la mesada; pero dicha descarga de energía no contribuyó en nada a proporcionarle alivio. Esperaría un poco más antes de tomar una decisión definitiva. Si hubiera encontrado un taxi a mano para perseguir a los amantes, y constatado que era su marido el acompañante de la rubia oxigenada, habría consumado ciertamente una escena espeluznante y decisiva. En cambio, ahora con más tiempo, podría decidir la mejor forma de castigar al sinvergüenza. La venganza es un almíbar dulce y gratificante, no posee contraindicaciones y hasta puede ser saboreada por cualquier diabético. Ya vería ese Don Juan de morondanga, con ella no se podía jugar esa clase de naipes.
—Mhm... No me terminas de convencer ni un poquito. Más te vale hacer buena letra de aquí en adelante.
El esposo resopló de satisfacción por dentro. El desenlace era muy conveniente para sus intereses. En el futuro debería ser más prudente y tomar adecuadas precauciones en sus escapadas. Estaba suficientemente claro que lo sucedido se trató de un inesperado percance ¿Quién podía resistir el recuerdo de las escenas que experimentó con esa hembra de película? Se trataba de un demonio con tetas y no existían pecados prohibidos para semejante máquina de perpetrar sexo a destajo. Ya vería como proceder en el futuro, por suerte había zafado momentáneamente del apuro.
Se sirvió más vino, llenando el vaso con soda hasta rebalsar y lo bebió de un trago. Esa noche trasmitían un partido de fútbol nocturno en la televisión, y no deseaba perderlo. Se incorporó y en el intento de besarla en la mejilla, Alicia ni se mosqueó. El hombre no se percató de que; mientras maniobraba en el living con el control del televisor; la esposa se limpiaba prolijamente con una servilleta la huella del pequeño contacto y sin más trámite, concluía por arrojarla directamente en el cesto de desperdicios. Luego, con la mayor tranquilidad posible, se ocupó del lavado de la vajilla y el aseo de la cocina. Le encantaba que su catedral personal reluciera de forma impecable, pues se reconocía una adicta de la limpieza a fondo. Donde entra el jabón, jamás entra el doctor; tal era su axioma preferido que le fue inculcado por su propia madre.

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Matías se había ocultado detrás de la puerta entornada del dormitorio. La fue cerrando despacio para no hacer ruido, pues había escuchado la discusión de cabo a rabo y se hallaba intranquilo. Se trataba de un tema demasiado reiterado y a él le desagradaban en extremo las escenas que mantenían sus progenitores. Eso sí, siempre a sus espaldas para que no se entere. Lo escuchado superaba todo lo anterior y parecía tratarse de una ruptura definitiva. Nunca antes se había mostrado tan dura su madre, pero ¿Qué podía hacer él? Apenas un niño entre dos adultos inmaduros, que no podían resolver a satisfacción sus múltiples diferencias. Él mismo se creía con mejor criterio que sus padres y le incomodaba sentirse como una pelota de pimpon; de las que recorren la mesa de juego de un lado a otro, sufriendo con obligada resignación cada golpe de raqueta.
Apagó la luz para que pensaran que estaba dormido. Al rato ubicó su pequeña linterna de mano y se encontró con la computadora encendida. Había olvidado desconectarla de Internet y continuaba todavía su prolongada travesía en medio del sitio www.FILOSOF_ ÑAC.com.
Con la flecha del mouse curioseó por el resto de la página. Apareció de pronto una extensa cantidad de iconos que ocupaban toda la pantalla. Tanteando al azar, seleccionó uno dentro de PSICOLOG ÑAC y tecleó una pregunta.
—¿ Puede el programa contestar cualquier tipo de preguntas?
La máquina respondió orgullosamente en la pantalla.
—No hay pregunta dentro del tema elegido que no pueda responder.
Esto era altamente promisorio para Matías. Aún no comprendía mucho acerca de la vida y el amor; pero precisamente por dicho motivo, disponía de no pocas incógnitas para ser aclaradas. Qué mejor que preguntar al armatoste alguna de sus muchas inquietudes. Escribió lenta y pausadamente. Cada letra que tecleaba, aparecía en la pantalla a medida que era oprimida.
—¿ Qué es el sexo?
La máquina no pestañeó siquiera.
—El sexo es un artificio biológico que tiene la utilidad de perpetuar la especie. Es macho quien posee testículos, y hembra quien posee ovarios. Sólo la especie humana lo emplea además para experimentar cierto grado variable de placer, antes, luego o durante su consumación. En los vegetales se considera demasiado aburrido y en los minerales, desgraciadamente se halla poco estudiado en la actualidad.
—Mhm... Esto promete, vamos a probar más a fondo. —Vayamos con otra pregunta corta.
Tecleó apresuradamente.
—¿ Qué es el amor?
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—El amor es un sentimiento, una sensación cerebral simple pero muy particular, que afecta exclusivamente a los seres humanos, los únicos que parecen sufrir todos sus efectos. Depende de la acción de ciertas sustancias químicas peculiares, que se denominan neurotransmisores. Estos se liberan en la unión de una neurona con otra, y se complacen en activar determinadas estructuras dentro del cráneo. El amor es independiente del sexo, por lo tanto se puede mantener sexo sin amor y viceversa. Los animales no pueden sentir amor y hacen uso del sexo como una necesidad biológica pero sin disfrutarlo. Con esto se demuestra lo aseverado en la respuesta anterior.
Matías comenzaba a sentirse eufórico. Era una maravilla la computadora y le brindaba una satisfacción tras otra. Contestaba todo al instante y sin duda alguna. Mhmm... Su curiosidad le imponía más preguntas para hacerle.
—¿ Puede ampliar esa respuesta?
—En general, los animales mantienen sexo solamente con fines de reproducción y eso sucede imperativamente en determinados períodos de tiempo. A ese lapso se lo denomina período de celo o estro. La hembra permite el acceso sexual del macho únicamente en dicho momento. Hay excepciones que no hacen a la generalidad de la regla, básica en la biología de vertebrados e invertebrados.
No era esto lo que precisamente deseaba conocer Matías.
—Deseo que me amplíe la respuesta, pero con referencia a la especie humana ¿Significa esto que si le damos de comer neurotransmisores a la gente, podemos modificarle los sentimientos, o el amor más específicamente?
¡ Prodigioso cachivache! —Así pensaba Matías— ¿Cómo puede contestar a todo y en forma tan rápida? Sin embargo no dispuso de demasiado tiempo para divagar. La máquina estaba editando la respuesta, y a máxima velocidad.
—Negativo. Los fármacos excitan o deprimen la actividad cerebral, pero son incapaces de crear nuevos sentimientos. No existen sustancias que, al ser ingeridas, puedan producir la sensación de amor; ya que los ácidos y fermentos digestivos del estómago y el intestino, las degradan a sus componentes básicos. En cambio, si son inyectadas o inhaladas; al evitar el tránsito digestivo, suelen ocasionar trastornos terribles; cuya expresión máxima es debida precisamente a la acción propia de las drogas. Ellas actúan produciendo su efecto sobre los ya mencionados neurotransmisores, estimulando o inhibiendo a los mismos. De ahí el efecto catastrófico que producen, incluso con dosis microscópicas.
—¿ Hay algún otro método para provocar, por ejemplo, que una persona sienta amor por otra?
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—Afirmativo. Uno de los métodos se halla aún en etapa experimental, y consiste en la inducción electrónica, por medio de de la aplicación de vibraciones con determinada longitud de onda. Estas producen su efecto específico en los ganglios cerebrales, que son los responsables de determinar la tan subjetiva sensación de amor. Del mismo modo y con electrodos implantados, se puede obtener movimientos involuntarios; y también provocar sudor, vómitos, palpitaciones, angustia y cualquiera otra acción que el operador desee reproducir en el sujeto de experimentación. Ambos métodos están sujetos a feroz controversia. Casi todas las religiones se oponen a rajatabla.
Matías estaba maravillado. El programa que descubrió constituía una inagotable fuente de conocimientos. Pero le surgió en lo profundo de su mente una pequeña inquietud, que a cada momento aumentaba de tamaño. Deseaba averiguar si existía algo de positivo y provechoso en el programa para intentar comprender la discusión que, un rato antes, había presenciado de parte de sus padres.
—Bah... —Se dijo. —Probando no se pierde nada.
Tecleó con imperioso vértigo la siguiente pregunta.
—¿ Tiene algo que opinar acerca de la ruptura o separación de una pareja humana... Un matrimonio, por ejemplo?
Inesperadamente, la máquina contestó con suma prudencia. Se tomó diez interminables segundos, antes de responder parcamente y con excesiva cautela...
—Algo...
—¿ Qué sucede cuando es el marido quien engaña a su esposa, para salir con otra mujer?
La computadora tenía ahora los chips recalentados y al rojo vivo. Demoró con parsimonia otros diez inacabables segundos, los indispensables para enfriar sus microscópicos circuitos impresos y finalmente se dignó a contestar.
—Se trata de algo muy serio en la especie humana, que en general es monógama salvo rarísimas excepciones; musulmanes y mormones entre otros; y se considera una falta muy delicada. Incluso, si la propia mujer consiente en el hecho, no disminuye la severidad de la trasgresión. La promesa matrimonial reviste idéntico significado que un juramento, y su duración se halla limitada únicamente por el lapso que viva el cónyuge. Se trata de un contrato que solo puede rescindirse por mutuo acuerdo. Lo anteriormente expresado, es válido también como viceversa. Aunque, de modo hipócrita, la sociedad castiga la falta de la mujer de un modo exagerado, en relación a idéntica falta cometida por su esposo.
—Bueno... —Se dijo Matías. Esto promete, va mejorando mucho. Vamos a profundizar un poco.
—¿Cuáles son en tal caso las principales causas de infidelidad masculina?
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La computadora no titubeó en esta ocasión. Los chips aparentemente habían recobrado su cordura electrónica, casi a punto de naufragar irremediablemente, ante las incisivas preguntas del curioso niño.
—Me han programado para simplificar esquemas complicados. En primer lugar tenemos la pérdida de la sensación amorosa, que puede deberse a múltiples motivos. Se encuentran también la inmadurez afectiva y la negativa femenina en complacer los variados apetitos sexuales del cónyuge. Además importan el machismo exagerado, la ausencia de orgasmos, el fracaso de la convivencia, la rutina crónica, las dificultades económicas y financieras. Hasta son relevantes las reglas sociales, que históricamente han mantenido a la mujer como una costilla o apéndice del hombre. Dispongo bien clasificadas en mis archivos, de otras novecientas cuarenta y dos causas menos frecuentes. La suma de frustraciones personales hace que un hombre compense de ese modo sus carencias. Otro caso que no ingresa en la clasificación normal, lo constituyen las depravaciones y perversiones sexuales; porque contienen un evidente significado patológico. Vale decir; como se trata realmente de enfermos, necesitan de tratamiento psiquiátrico. Por otra parte, la misma sociedad no los tolera en absoluto y son considerados y tratados como marginales.
Matías estaba recibiendo un cúmulo impensado de valiosa información. Había obtenido mucho más de lo que había esperado. Pero no por nada sus compañeros de escuela lo consideraban un aventurero impávido y atrevido. Continuó tecleando febrilmente.
—¿ De qué modo reacciona una mujer cuando es traicionada por el marido?
—Es bastante previsible. Puede llegar a comprenderlo y quizás hasta a justificarlo, pero nunca olvidará esa ofensa, y jamás de los jamases le perdonará el haberse acostado con otra. Es frecuente que continúen la convivencia; aunque cada episodio de infidelidad se encarga de agravar aún más la situación. Ello es debido a la educación recibida y por la carga social adquirida en siglos de esclavitud sexual; ambas causales integran en forma preponderante el inconsciente colectivo femenino. Otras posibles opciones de la mujer traicionada son la separación y el divorcio. Si no utiliza alguna de dichas soluciones, es posible que emplee el método de la venganza especular del engaño: Que retribuya al esposo con idéntica moneda. Piensa que así compensa la ofensa recibida y suele disfrutar entonces de una revancha, que generalmente se torna amarga e ineficaz. Como en todas las sociedades, ya se trate de antiguas o modernas, es ilegal la ejecución del infiel a causa del desliz; su pareja lo maltrata con refinados recursos sicológicos; desprecio, desdén, gritos, reproches, y otras 532 etcéteras correctamente clasificados en mis archivos, de acuerdo tanto a su orden alfabético como a su uso frecuente. Reducir hasta la impotencia a cualquier hombre es un juego de niños para cualquier mujer que se lo proponga y que no carezca de la necesaria pizca de ingenio. Por ese motivo, el hombre que padece de machismo, alardea con las demás mujeres; jamás con la suya propia, porque sabe muy bien a lo que se expone. El efecto rebote del bumerang es en extremo doloroso y lo sufre indefectiblemente en sus propios genitales. Como dato accesorio de información, constituye la tercera causa responsable de gastritis, la cuarta de infartos y la primera de impotencia sexual.
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—¿ Hay algo que nos indique la actitud que asumirá la esposa?
—Afirmativo. Todo depende de los antes mencionados neurotransmisores cerebrales. Estas peculiares sustancias se liberan en las sinapsis, que constituyen las uniones de una neurona con otra y es allí donde se producen todos los hechos predecibles. Cuanto más amor dispense una mujer a un hombre; más celos tendrá del resto de las hembras humanas. El celo es estimado como un signo de inmadurez psicológica. Una pizca suele ayudar en ocasiones a la relación de pareja. Mucho; se revela ciertamente como mortífero. Considera al esposo como una propiedad personal e intransferible. Por lo tanto, cuanto más amor cargue, más celos tendrá de su pareja biológica. Por dicho motivo no es inteligente ni conveniente amar en forma excesiva y empalagosa. En definitiva, el celo se comporta como una poco útil herramienta femenina. También puede reflejar un grado importante de disminución de la autoestima; o al menos, una pérdida del atractivo de su encanto físico como señuelo sexual. En todo caso, pone siempre de manifiesto una carga variable de inseguridad en su Ego.
—¿ Y en el hombre?
—En el hombre se considera más patológico todavía. Revela una fisura profunda de la personalidad. El hombre es un semental nato, que ha sido programado por su medio ambiente para copular con todas las hembras posibles del universo; siempre y cuando le produzcan una erección; mal que le pese al mundillo del psicoanálisis. La mujer, no... Allí existe una de las diferencias más importantes. Un hombre celoso en exceso, puede revelar trastornos sicológicos de naturaleza feminoide, con una carga variable de inseguridad; entre otras fallas. Por ese motivo, ningún hombre acostumbra cargar culpas en su conciencia cuando engaña a la esposa. La hembra puede engañar también a su pareja; pero siempre tendrá culpas que arrastrar. La propia desvalorización es un eficaz barómetro para medir estas inevitables reacciones. Esa es la ley del Coito Prohibido, de la que nunca podrá escapar. La desvalorización es semejante a la que producen los celos. Al menos, ese es uno de los dogmas de mi programador, el muy benemérito y 99,3 % infalible Dr. Mongo Ñac. Alabado sea también el parto que lo dio a luz, para beneficio de toda la humanidad ignorante.
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Matías se detuvo unos instantes para reflexionar con serenidad. El hecho irrefutable era que su padre engañaba a la madre. Ella debía amarlo demasiado, pues padecía de unos celos espantosos. Demasiadas pruebas de ello había presenciado, en tanta discusión y reyerta conyugal. Su padre era flojo de pantalones, expresión escuchada repetidas veces de la madre. Pero en definitiva, ella en el fondo le amaba, pues de otro modo; según le dictaba su intuición; se habrían separado mucho tiempo atrás.
¿Qué hacer en la encrucijada? Mantenía numerosas dudas sobre qué conducta asumir en la situación presentada. Pero él era Matías, El Explorador Intrépido, y poseía además incontables toneladas de inagotable espíritu aventurero. Debía indagar todo lo posible acerca de sentimientos como el amor y los celos; que aún no comprendía cabalmente por las limitaciones propias de su edad.
—¿ Quiere decir que los celos pueden interferir en la relación amorosa de una pareja?
—Afirmativo, y lo que es válido para una parte, lo es igualmente para la otra. Me han programado para no repetir en exceso la expresión semántica “viceversa”, que es un término muy desagradable para los tímpanos sensibles. En estos casos, lo más urgente es que la mujer se revalorice adecuadamente, que infle su propio Ego. Esta debiera ser la primera y más importante premisa para todo Ego que haya perdido la presión adecuada. No debemos olvidar que el Ego se comporta análogamente a un neumático de automóvil. Lo que es bueno para uno, lo es también para el otro. De acuerdo al restante postulado fundamental de mi infalible programa ÑAC. Loado sea su excelso patriarca descubridor.
La computadora es un organismo electrónicamente lógico, pero se halla construida con materia absolutamente irracional, ya que tan solo alimenta sus programas con el silicio contenido en el cuarzo. Esto bien lo sabía Matías por las clases del maestro Pardales. Igualmente no resistió teclear una frase de cortesía.
—Gracias...
Jamás hubiera imaginado la respuesta que obtuvo. Estaba programada, evidentemente, por alguna persona muy atenta y de excelentes modales.
—No hay de qué... PSICOLOG_ÑAC, en nombre de FILOSOF_ÑAC, le agradece la inquietud dispensada y le desea muy buenos días. Alabado sea nuestro benemérito y modesto Dr. Mongo ÑAC. También su glorioso parto indoloro.
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Eso fue todo. Matías se retiró de la red informática, apagó la computadora y se recostó rumiando interrogantes. No comprendía mucho acerca de los celos, desvalorizar y revalorar, pero ya buscaría indagar algo más sobre cosas tan complejas, más bien propiedad de adultos inmaduros. La ansiedad que le poseía, al contrario de lo esperado, le hizo dormir de un tirón, hasta que el reloj despertó sus obligaciones escolares.
Alicia en cambio descansó poco, arrebujada en un extremo de la enorme cama matrimonial, recorrió insomne y desvelada el resto de la noche. Su marido no era más que un Don Juan de pacotilla. Ella lo había amado mucho y pensaba que, en lo íntimo de su corazón, aún lo continuaba queriendo; a pesar de tratarse de un individuo incorregible. Habían pasado juntos por intensos momentos de felicidad, pero el maldito debía sufrir una comezón peculiar en las partes. No era de buscar las aventuras; eso lo tenía bien comprobado, pero demostraba una absoluta incapacidad para abrir la bocaza y decir NO, cuando alguna de las arrastradas come hombres trataba de enredarlo en las típicas tretas femeninas de seducción; previas a toda invasión de propiedad ajena. Un contoneo incitante de nalgas, una sonrisa seductora, o esa pregunta ingenua con los ojos caídos en falsa promesa de paraísos tropicales; eran más que suficientes para derribar sus tambaleantes y prácticamente nulas defensas. El botarate no resistía y sucumbía sin oponer la menor lucha. Inspiró profundamente al lanzar un suspiro de resignación.
—Maldito sea el momento en que se me ocurrió enamorarme, y para mi mala suerte, de semejante marmota.
A pesar de todo, se levantó a las siete para prepararle el desayuno a la familia. El Colegio cerraba las puertas cinco minutos antes de las ocho. Cuando Matías cargó la mochila y se despidió sin mayores demostraciones de alegría, rumbo a la pesadilla diaria; ella aprovechó para comportarse muy fríamente con el esposo. No permitió siquiera que le ofreciera el acostumbrado beso de despedida, gesto rutinario antes de partir hacia el trabajo.
—Las cosas no están claras... Aún tenemos mucho de que conversar. Espero verte a la hora que antes acostumbrabas regresar... por supuesto que antes de esto.
—Ya he concluido con las tareas extras. Quédate tranquila mujer. Todo irá bien de aquí en adelante.
—Veremos... Veremos...
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Eso fue todo. El resto de la mañana lo dedicó a vaciar un placard y en volver a acomodarle nuevamente toda la ropa. Necesitaba mantener ocupado el cuerpo, de tal modo no dispondría de tiempo para tejer más suposiciones descabelladas. Su intuición le sugería al oído que no debía tomar decisiones apuradas. Necesitaba reflexionar acerca de las contradictorias emociones que había experimentado durante la víspera.
Matías regresó a la hora del almuerzo y luego de calmar su acostumbrada y siempre bien dispuesta impaciencia gástrica, se retiró al dormitorio. Afirmó que tenía demasiada tarea por realizar y pidió no ser molestado por ningún motivo. Cerró la habitación con llave y cosa extraña en él... encendió el viejo televisor, el mismo que casi nunca miraba, pues su pasión exclusiva estaba centrada en la computadora, desde el momento mismo en que le fue obsequiada.
A las cuatro de la tarde, entreabrió la puerta sin hacer ruido y le comentó a la madre.
—Para completar la tarea debo llegarme hasta la casa de Juanjo. Voy a concluir allí mi trabajo. Se trata de una tarea de equipo, y es bastante complicada para resolverla solo.
Alicia lo acompañó hasta la calle y Matías se fue silbando una tonada alegre y con la mochila abultándole en la espalda. Juanjo vivía a un par de cuadras y estaba considerado el mejor amigo de su hijo. No había motivos de qué preocuparse, era bastante habitual que juntos compartieran sus juegos y también la tarea del colegio.
Se ocupó en planchar algo de ropa y ya estaba llenando la pava con agua, para cebar los consabidos mates amargos que eran su debilidad; cuando sonó la campanilla del teléfono. Levantó con curiosidad el auricular, pues no esperaba ninguna llamada.
—Hola ¿ Quién habla?
—Hola, mi amor... ¿ Cómo estás querida mía? Tengo para depositar una rosa roja en tu pecho y un beso ardiente que naufragará en la cereza de tus labios.
Alicia permaneció un instante sorprendida en extremo. Se trataba de un llamado disparatado. No cabía la menor duda.
—Usted se ha equivocado de número, Señor.
Colgó el teléfono. Pero la llamada se repitió antes de que pusiera sus pensamientos en orden.
—Hola, mi amor... ¿ Cómo estás querida mía? Tengo para depositar una rosa roja en tu pecho y un beso ardiente que naufragará en la cereza de tus labios.
En esta oportunidad, Alicia colgó de inmediato.
—Qué atrevido este desconocido. Venir a importunarme justamente ahora, con todos los problemas que cargo a cuestas.
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Mientras se cebaba un par de mates, Alicia rumiaba en su pensamiento sobre el acontecimiento insólito que acababa de experimentar. No lo terminaba de digerir del todo. Dos veces la misma llamada. La voz era, eso sí, muy masculina y seductora. Tenía un matiz ronco y era... Eso... Era muy... ¿ Cómo decirlo?... Era muy sensual, extremadamente varonil. La piel de la nuca se le había erizado al escucharla. ¿ Quién sería la destinataria real de semejante obsequio telefónico?
No había concluido la bombilla de sorber el último mate, cuando resonó nuevamente la campanilla del teléfono. Levantó el auricular con aprensión. Era Él... Otra vez Él.
—Hola mi amor... Es contigo con quien deseo hablar... En verdad me has roto el corazón y es muy cierto lo de la rosa en tus senos y el beso mordido en tu deliciosa boca de cereza.
Alicia colgó inmediatamente el tubo, sin atinar a contestarle nada. Sentía palpitaciones; el corazón le quería escapar del pecho y no había confusión posible. Era con ella que el desconocido deseaba hablar.
—¿ Quién será este hombre? Su voz no es la de un jovencito. Pertenecía seguramente a una persona madura ¿ De dónde habrá salido? Nunca recibí llamadas como estas. Pero ¡Qué tonos de voz! Se notaba brutalmente masculina, con un timbre que desparramaba hormonas de deseo y concupiscencia. No conozco a nadie que posea semejante regalo vocal del cielo; es semejante a la de Oscar Casco, el galán que recuerdo de adolescente. Nos hacía suspirar a todas las mujeres en las tardes de radio... Se lo acusaba de producir pandemias de taquicardia.
No pudo disipar ni un poquito de su inquietud. Permaneció buen rato al lado del teléfono; aunque sin saber qué conducta tomaría si se repetía la misma circunstancia. Se tranquilizó un poco, cuando su reloj le aseguró que ya había pasado media hora desde la última llamada. Estaba dirigiéndose a la cocina, cuando sintió que se abría la puerta de calle. Se trataba del marido, el muy tunante regresaba en horario... y con un enorme ramo de claveles en ristre. Volvió a consultar de reojo el reloj, eran las seis y media, la hora habitual del regreso. Se ve que había escarmentado. Muy sucia debía tener la conciencia, para tratar de sellar un precario armisticio con esas flores. No le saldrían tan baratas sus canas al aire... Ya lo vería.
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—Hola querida... Ya estoy de vuelta en la casa de mi adorable mujercita... Te traje estas florcitas en son de paz y para demostrarte todo mi cariño.
—En buena hora regresas. Me hace falta algo del almacén ¿Podrías ir a comprar un paquete de azúcar? Deja las flores en la mesita, luego les buscaré un florero.
—Como no, querida... Enseguida cumpliré con tu pedido. Ya ves como obedezco las órdenes de mi generala.
Había llegado a la altura de la puerta de calle, cuando la campanilla del teléfono sonó de nuevo con insistencia. El hombre se detuvo y retrocedió para atender el llamado. No llegó a alcanzar ese objetivo; pues Alicia, que se hallaba mucho más distante que él del aparato, arribó antes y alzó el tubo. Le había asaltado una extraña premonición y sus temores corroboraron la infalible ley del genial Murphy.
—Hola mi amor... Es contigo con quien deseo hablar... De verdad me rompiste el ...
Colgó al instante, intentando no dejar traslucir sus emociones. El marido no se percató de nada extraño y mientras se retiraba, inquirió tan solo por curiosidad.
—¿ Quién era?
Alicia se recuperó en el acto. Con voz casual le contestó.
—Llamada equivocada. Cada vez andan peor los teléfonos, vamos a tener que quejarnos a la Telefónica. Las líneas andan mezcladas y con cortocircuitos.
—Así anda todo en el país. Enseguida regreso con el azúcar.
Cuando desapareció el esposo, Alicia soltó un bufido de satisfacción. Menos mal que había atendido ella esa llamada. No quiso ni pensar en el desastre que se hubiese producido, si era él quien recibía la comunicación. Se trataba de un Otelo anónimo y dormido, al que no convenía demasiado despertar.
Iba camino de la cocina, que constituía su reducto personal; el reino privado donde fregaba cacerolas y preparaba guisos, pero la detuvo un impulso extraño. El teléfono siempre había permanecido ubicado al lado de la toilette, pero la puerta estaba entreabierta y su mirada chocó con el espejo del tocador. No le gustó lo que vio.
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Algo estaba cambiando en ella sin saberlo. Entró al baño; y enfrentada al espejo, cepilló pausadamente su sedoso cabello; hizo un mohín y colocó algo de rubor en las mejillas. Ya que estaba... aprovechó el momento de debilidad y le añadió una pizca de sombra a los párpados ¿ Y por qué no un toque de lápiz labial? El cristal que nunca miente, le devolvía ahora una imagen bastante más atractiva. Era bonita a pesar de los casi cuarenta años. Si bien padecía problemas crónicos con el marido, se sentía gratamente complacida por provocar la tormenta que había propinado a su misterioso galán telefónico. Sentir que todavía era deseable y seductora, era una emoción que había perdido hacía ya demasiado tiempo. Seguramente se trataría de todo un personaje aquel que la amaba a distancia. ¿Alto... delgado... distinguido? ¿Qué color de ojos tendría? Ojalá fueran verdes. Vaya a saber en qué momento lo había flechado; quizás al efectuar las compras de la casa, pues era de poco salir y nunca de pasear.
Jamás supo la verdadera razón, pero se sentía extrañamente contenta y satisfecha. Cuando regresó el marido con el pedido en la mano, la encontró tarareando un bolero. Alicia antes adoraba canturrear boleros, pero eso había sido tanto tiempo atrás, que su esposo había olvidado la antigua afición. Era tan inexplicable el hecho, que lo tomó como otra excentricidad de ella. Además, le pareció que no era la misma Alicia de siempre. Estaba cambiada... ¿Cómo decirlo?... Más guapa y seductora.
Considerando que ya había dedicado excesivo tiempo a un asunto de poca importancia; se dirigió resueltamente al living y se desparramó en el sillón, despatarrando los pies en un resignado puff de resortes demasiado nerviosos. Encendió el televisor con el bendito control remoto; sin percatarse que, desde ese preciso instante, la televisión tomaba posesión absoluta de todas sus facultades, para transformarlo en un infradotado; carente de un solo gramo voluntad propia, y que pasaba inconsciente a engrosar automáticamente la legión mundial de esclavos tele-maniatados. Vaya droga... Esa sí que produce adicción y síndrome de abstinencia a partir de mínimas dosis iniciales. La televisión atrofia la mente por parálisis aguda e irreversible de cualquier clase de pensamiento racional.
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Matías regresó a la hora de la cena y luego de abandonar la mochila en el dormitorio; con aire distraído tomó asiento en la mesa. Sin embargo, estaba contento por dentro, pues había concluido a satisfacción los deberes con Juanjo. La cena transcurrió con tranquilidad y en calma. Como debe ser. Alicia permaneció jocosa en todo momento y la pasó hablando hasta por los codos. A ambos les pareció raro ese hecho; sobre todo luego de la escena ocurrida la noche anterior, pero no atinaron a decir nada. Si pensaron algo, lo mantuvieron bien oculto en la profundidad de sus estómagos. El guiso de arroz con pollo estuvo delicioso; era en extremo gratificante regalar tan opíparo manjar al apetito voraz de las glándulas digestivas. Padre e hijo gozaban de muy buen diente y disponían de un hígado desalmado.

o0o

Fueron transcurriendo los días. Matías al colegio y por la tarde jugando con Juanjo; el marido en el trabajo y la casa sin moverse siquiera un centímetro del sitio acostumbrado. Claro que algo había cambiado con rapidez, para trasformarse en una realidad insoslayable. Alicia continuaba recibiendo a diario esas fantásticas llamadas. Conservaba su pudor, pero igualmente las recibía. Oía con agrado esa voz masculina y adorable que le susurraba ternezas a mansalva, y sus orejas estallaban de placer. Claro está que ella solo atinaba a escuchar la hipnótica voz y colgaba luego de inmediato el auricular. Nunca se atrevió a contestarle al perseverante galán, para no ponerse en pecaminosa evidencia.
Tan solo escuchaba. Escuchaba y su pecho retumbaba con las palpitaciones de un corazón, que trotaba como potro desbocado por una pradera de tréboles en flor. Iluminada ésta con la luna más enorme que pudo imaginar su audacia. Trotaba y piafaba sin descanso, buscando con su insistente relinchar, algo que ella sabía bien que jamás encontraría. Nunca se atrevería a hablar con el amador telefónico. Eso sí... estaba muy gratamente impresionada por la pertinaz insistencia de su desconocido galán. No cualquier mujer tiene a su disposición un enamorado anónimo, pero tan consecuente y a diario. Escasean bastante en estos tiempos de mucha crisis y poco romance ¡Si solo pudiera contemplarlo únicamente una vez... aunque fuera de lejos! Tanta curiosidad engordaba su loca fantasía.
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La cotización de su papel en la Bolsa de Valores de la Autoestima subía y subía. Algo dentro de ella reventaría en cualquier momento de tan hinchado y eso la gratificaba sobremanera. Ahora no se conformaba por las mañanas con cepillarse los dientes y peinar su cabello al cachetazo. Dedicaba bastante tiempo en acicalarse; lucía impecable maquillaje y vestía ropas más ajustadas que antes. Se estaba acostumbrando a provocar piropos y miradas suspirantes, para nada inocentes, de parte de la jauría masculina que la acechaba en cada oportunidad que salía a la calle para efectuar las compras de la casa.
Paseaba con mayor frecuencia. El motivo más banal era suficiente excusa para hacerla abandonar su anterior reino particular (léase cocina) y aventurarse en la jungla de las avenidas... Allí le aguardaba la lisonja y la miel del deseo. Indudablemente, en alguna parte se encontraría Él; más tarde o más temprano aparecería Él. Con un poco de suerte le vería, y estaba segura de reconocerlo por la voz ¿ Cómo ignorarla? Terminó propinando saludos incluso a muchos desconocidos. Ese detalle le permitía escuchar atentamente las respuestas, que comparaba mentalmente y en el acto con la almibarada voz de Él.
Encontró que le encantaba seducir; obtenía mejores precios y hasta espontáneas rebajas de los proveedores habituales. Del verdulero comenzó a recibir la gratificación de una manzana roja, lustrada incesantemente con franela ante su mirada extasiada. Don José era un octogenario legítimo, pero gozaba de óptima visión, experimentado olfato varonil y memoria de elefante rengo. Su tono peculiar de voz últimamente era en extremo sospechoso.
—Esta fruta acabo de lustrarla para usted. Cuando lo desee, podemos degustarla juntos. Las manzanas fueron creadas para comer en pareja... No lo digo yo, está muy bien asentado hasta en la Biblia. Claro está que allí lo escribieron al revés. Me lo contó un fraile que no ignoraba nada de las epístolas que hablaban sobre manzanas y mujeres.
—Vaya don José... Pero si tiene más de ochenta años...
Los ojillos brillantes del verdulero denotaban una juventud tormentosa.
—Claro que los tengo... y por algo los tengo. Le aseguro que viví durante una época en la que usted no se me habría escapado fácilmente. Vaya que le hubiéramos dado juntos más de un mordisco a la manzana. Fíjese como ha aumentado la población del mundo desde que Adán le hincó los dientes. Se trata de una fruta con propiedades increíbles. Si lo sabré yo, que las vendo desde hace más de sesenta años.
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Un par de carcajadas cerraba el episodio. Pero cierta mañana, en que debió darle la espalda para recoger el paquete de vegetales, sintió un pellizco suave... suave, pequeño y disimulado; apenas perceptible, en la parte inferior de la nalga derecha. Alicia, presa de súbita mudez, no llegó a abrir la boca; pero aún le ardía el trasero con orgullo cuando regresó a su casa. No tardó en escucharse a sí misma tarareando un bolero, que había mantenido en el peor de los olvidos, precisamente desde más de veinte años atrás.
El esposo comenzó a preocuparse. Su mujer se ponía día a día más atractiva y sensual. Se trataba de una verdad irrefutable, tan grande como un obelisco ¿Por qué? Las “mujeres de su casa” no eran así ¿Qué motivo había para que ella, que por años se comportó como una esposa ejemplar, cambiase de pronto y de tal modo? No alcanzaba a comprender la razón de tan rápida metamorfosis. El episodio de las horas extras había quedado superado. Ella no creyó en sus excusas, pero él se sintió perdonado. Además, desde la luna de miel no habían mantenido sexo a diario, como durante las últimas semanas. Ella se había mostrado exigente en ese tema puntual y él la complacía con agrado. Es más, la relación nunca anduvo mejor que ahora. Tan solo le extrañaban los inesperados cambios, que se iban produciendo sin solución de continuidad; maquillaje, perfumes silvestres suaves y esa ropa... esa ropa... esa ropa.
Precisamente, lo que le incomodaba y no escasamente, era esa ropa tan ceñida al cuerpo, que ella gustaba vestir por esos días. Le intrigaba, porque Alicia siempre había sido muy recatada y ahora no tenía el menor empacho en agrandar de cuajo su escote y exhibir demasiado del arsenal bélico; que casualmente es la mercancía que el género masculino más se desvive por consumir. Seguramente por resquemores y recuerdos lejanos de lactancias maternas suprimidas en forma prematura. Por otra parte, el resto funcionaba como un reloj; la casa lucía impecable y de la cocina surgían manjares dignos de un chef con cinco tenedores de plata bordados en su gorro.
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Cuando regresaba del trabajo, lo esperaba con un aperitivo en la mano y cinco nueces peladas. Hasta debió masticar apio crudo con frecuencia y le fue triplicada la ración diaria de zanahorias. Se trataba de una dieta más propia de padrillos y sementales. Tanto se le habían modificado los hábitos, que ya no perdía tiempo con la televisión. Se apresuraba a trasegar la cena para acostarse lo más temprano posible. Cuanto más rápido lo hiciera, más pronto obtendría su increíble ración de sexo. Por Dios, se trataba de una inesperada y gloriosa segunda Luna de Miel. El cambio terminó por malcriarlo. Rezaba a diversos y variados dioses para que nada se modificara en el hogar. Más que hogar, se había convertido en un maravilloso paraíso impensado, y él en persona controlaba todas las aduanas.
Al par de semanas, el hombre se percató de que cada vez que sonaba el teléfono, quien iba corriendo a los saltos para tomar la llamada era ella; y que además siempre colgaba de inmediato. Claro está que en el mismo momento le nacía una misteriosa sonrisa de Gioconda, que le perduraba por horas. Esto mismo... fue precisamente la presencia de esa sonrisa peculiar lo que motivó la aparición del gusano.
Existen gusanos y gusanos. Este en particular era un gusanillo muy tenaz, que comenzó a roerle por dentro, y se reveló como un minero infatigable; de los que trabajan noche y día sin descansar siquiera un minuto. En poco tiempo hizo un completo estrago en su geografía mental.
Llegó finalmente el momento en que la situación se le hizo francamente intolerable. Entonces ideó el Gran Plan. Las llamadas eran, con frecuencia, al poco rato de su regreso del trabajo. Así fue como un día cualquiera solicitó permiso para retirarse antes de hora, con una excusa tonta y banal. Al ingresar a la casa; le confesó a Alicia que se sentía algo descompuesto. Ingresó al baño mientras ella, solícita, corría a prepararle un té.
La puerta del baño daba al living, exactamente al costado del teléfono. No debió esperar mucho; al primer ring de la campanilla y antes de que la esposa reaccionara, abrió la puerta de improviso, tomó el tubo con las dos manos y lo acercó con ansiedad contenida al oído más próximo.
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La expresión de su rostro fue cambiando de color. Del pastel pasó al verde y luego al púrpura. De ese color al borgoña no hay demasiada diferencia, pero igualmente alcanzó dicha tonalidad. Aquello que escuchaba, hería sus más profundas e íntimas convicciones masculinas. Se sintió traicionado. Depositó el auricular con tanta fiereza, que rebotó contra la horquilla y se hizo trizas contra el piso. Cuando su mirada furibunda se dirigió al extremo del living, chocó contra la figura de Alicia, que; igual que una estatua, permanecía de pié con los ojos desorbitados por la sorpresa. A duras penas entreabrió ella la boca para susurrar, con un hilo de voz, la fatídica pregunta cuya respuesta conocía de antemano.
—¿Quién era?
—Era para ti. No sé quien era... pero bien calladito que lo mantenías.
Permanecieron un par de minutos como un par de idiotas, contemplándose fijamente a los ojos. Parecían dos masas de carne petrificada que no atinaban a la menor reacción, porque ninguno de los dos sabía como proceder en esa clase de circunstancia. Ella, porque no tenía nada de que culparse; a excepción de recibir llamados inoportunos y él, porque ni en la más remota de sus fantasías podía suponer que ella lo engañara... Pero allí estaba la prueba tangible, materializada en una llamada de pasión incendiaria. No cabía ninguna duda. Deseaba morirse o disolverse en el aire. Que su mujer lo engañara a él... precisamente a él... el mayor semental de la oficina y de todo el barrio por añadidura... el único con derecho monopólico al cachondeo...
Se trataba de un trago demasiado amargo para ser tolerado con impavidez. Le habían pateado los genitales a un machismo, que mantuvo enarbolado con declarado orgullo durante tantos años; precisamente desde que le aumentaron de peso los calzoncillos.
Para coronar semejante desastre, ingresó Matías en ese preciso momento en la casa y; alarmados por su repentina presencia, que atemperó por un instante el clima glacial, se volvieron a él; abandonando la catatonía que los mantuvo suspendidos en tiempo y espacio.
El padre recién entonces logró reaccionar.
—Bueno, está visto que, luego de la cena, tendremos que hablar muy seriamente... muy seriamente.
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Matías estaba preocupado. Otra cena triste, pensó ¡ Qué dura es la vida! No cualquiera puede desempeñar en la actualidad el papel de hijo. Existe mucho mérito en tolerar a dos personas tan solo porque afirman ser los padres de uno. Deberían existir cursos obligatorios de supervivencia para hijos. La maternidad es necesaria para ingresar al mundo, pero la paternidad debería ser materia de estudio exigente y de aprobación obligatoria.
No comió el postre y se apresuró en resguardar la mochila en su dormitorio. Cerró la puerta con llave, tal era la costumbre que había adquirido últimamente. En esta oportunidad no deseaba ser testigo de la discusión que seguramente mantendrían. Allá ellos, nadie los había obligado a conocerse y casarse. Mucho menos a tenerlo a él. Por más que en ocasiones le resultaban algo simpáticos; pues le proveían sin costo de una hotelería aceptable y servicios accesorios completos. También complacían no pocos de sus gustos; zapatillas deportivas de marca acreditada, ropa de moda a reventar y dinero suficiente para golosinas en abundancia. Tampoco debía olvidar que, en su último cumpleaños, le habían obsequiado la computadora y el acceso de banda ancha a Internet. Bueno... Esto sí era lo más importante de su vida. Debía repensar todo nuevamente y modificar la opinión pesimista que había estado estructurando acerca de sus progenitores.
Tuvo que aceptar que los quería un poco, y como razonaba demasiado para su edad, al poco rato reconoció que en realidad los amaba un montón y... que también los necesitaba. Con toda seguridad también ellos lo necesitaban a él... ¿ A quién sino? ¿ Quién otro era capaz de ayudarlos con sus dramáticos desequilibrios emocionales y a superar las periódicas reyertas? Al fin y al cabo eran familia y en una familia todos se ayudan entre sí ¿No es cierto?
Si no fuera por el inesperado descuido en que incurrió, las cosas habrían tomado otro cariz, el rumbo que su espíritu aventurero le había señalado brillantemente. Pero ¿ Quién podía calcular tan remota eventualidad?
Era matemáticamente improbable. Se podía afirmar a ciegas, que dispuso de un millón de chances a favor con una sola en contra. Eso mismo... una contra un millón... y justamente ésa, la maldita y única indeseable, fue la que finalmente se había presentado.
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Desde que tuvo uso de razón como para recordar las cosas, su padre jamás había faltado al trabajo y regresaba siempre a la misma hora de costumbre; o en ciertas oportunidades apenas unos minutos más tarde. Pero nunca... nunca había regresado de la oficina antes de las seis y media de la tarde. El castillo de naipes que tan cuidadosamente había montado, se le desmoronó con apenas un insignificante soplido. ¡Con lo bien que estaba manejando él, Matías, los hilos de un proyecto tan ambicioso, como perfectamente instrumentado! Todo había andado sobre ruedas hasta que sucedió eso.
Se encontraba ahora en inmejorables condiciones de escribir todo un tratado acerca de la Autoestima y Revalorización Femenina. Bah... Al fin y al cabo las estadísticas no sirven para otra cosa que para hacer gárgaras. No hay derecho... la vida es una lotería y uno no puede elegir ningún número. Así no vale.
Con parsimonia abrió la mochila y extrajo el pequeño Walkman, que jamás abandonaba por ningún motivo.
—No Existe ninguna justicia. No Señor, no la hay... con todo el tiempo que debí aguantar esa estúpida telenovela, para grabar en el momento preciso a ese tarado que ponía los ojos como un perico y le susurraba estupideces a una imbécil, que le escuchaba con el mayor de los embelesos. No Señor... no existe ningún derecho...
Jugueteó con las teclas e inadvertidamente sus dedos oprimieron la tecla Play. Se escuchó entonces la meliflua voz de un galán misterioso.
—Vida mía... esta mañana me ofrendaste los besos más maravillosos de mi vida. Los guardaré en mi memoria, junto a esa rosa roja que ardió en el delicioso infierno de tus senos...
Matías, contrariado, apretó la tecla del Stop para silenciar el aparato.
No comprendía como los adultos expresaban, con total impunidad, tamañas paparruchas y bobadas. No había nada de interesante en ello. Opinaba en su fuero interno, que necesitaban la atención urgente de un especialista. O mejor aún, consultar con un profesor de especialistas. Es harto difícil llegar a ser uno de ellos con el paso del tiempo, sin el adecuado entrenamiento previo.
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Cuando grabó en el Walkman el audio de las tórridas escenas extraídas del televisor, debió reprimir el impulso de explotar en carcajadas. Todo consistía en una innumerable serie de frases sin sentido, silencios mortuorios y suspicaces gestos de complicidad entre novios y amantes. Bah... nadie podía asegurar de quien los actores eran novios, esposos o amantes, puesto que cambiaban de roles a cada rato. Prometían besos a una, pero se lo daban a otra; a la que por supuesto traicionaban también de inmediato. Se comportaban de modo absolutamente impúdico. Tampoco las suegras escapaban de sus deseos lascivos. Hasta llegaron al colmo de los colmos; durante una escena pretendidamente dramática, una abuela debió defender, con tremendo palote de amasar en ristre, sus añejas virtudes femeninas; conveniente ocultas debajo de cuatro enaguas de seda; del ultraje inminente del pervertido de turno, que tan solo llegó a despojarla de dos ¡ Qué porquería inmoral...! ¿ Por qué tendrá tanto rating esa clase de esperpentos?
Matías se sentía desolado y con una parte importante de responsabilidad en el fracaso ocurrido. Nunca había esperado un desenlace tan amargo. Debía recapacitar, hacer un poco más de experiencia.
—La vida continúa a pesar de todo. Es dura, pero tengo que asumirla.
Se desnudó para recostarse, cambió luego de idea y finalmente se sentó en la silla; al apoyar las manos contra el escritorio sufrió un sobresalto, y a continuación experimentó un golpe súbito de repentina inspiración... Eureka... Allí estaba ELLA... ella sí que le sería fiel hasta la muerte, pues obedecía no solo las órdenes que tan dulcemente le impartía, sino que también complacía hasta el menor de sus caprichos.
Encendió la computadora, accedió a Internet y luego de teclear una cantidad infartante de letras y puntos, apareció por fin en la pantalla el típico icono que estaba buscando con ansiedad contenida.
El monitor se iluminó con un coro de lucecitas titilantes, que se encendían y apagaban como árboles de navidad, mientras rodeaban en un marco mágico el celestial conjunto de palabras fantásticas.
—Hola... Bienvenido a FILOSOF_ÑAC.
Sin hesitar, Matías tecleó con apresurado afán. Habían renacido todas sus esperanzas, se trataba simplemente de afinar la puntería, para obtener el ansiado premio del resultado que más deseaba.
—Hola FILOSOF_ÑAC... nuevamente hay problemas en mi casa ¿Podría contestarme otras pequeñas preguntas que necesito hacerle imperiosamente?
En el acto, la pantalla dibujó la respuesta que Matías estaba esperando con angustia contenida.
—No hay pequeñas preguntas dentro del tema elegido que no pueda responder.
 
 
 
 
 
 
 

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PARTO DE POETA
 
 
El poeta murió. Su muerte será siempre muy diferente a la del resto de los mortales. Los poetas no son mordidos por el cáncer del cuerpo, no les afectan los infartos del corazón, se mantienen impertérritos frente a cualquier embolia, y no hay gangrena que les haga mella. Las únicas enfermedades que enfrenta un poeta son las dos peores pestes del alma; los celos y la envidia. Como se puede notar, aunque no ha sido creada ninguna vacuna para preservarse de ellas, no es del todo imposible mantenerse alejado de las mismas.
Lo que los hace distintos es justamente el acto de la muerte. El común de los mortales suele gritar en su agonía, maldecir a cien dioses o a mil demonios; suplicar por la madre y hasta imprecar con justicia a su mala fortuna. Es en ese preciso momento que aflora la divergencia.
Los poetas mueren en silencio, con elegancia. Es que el cuerpo les importa un maldito rábano, pues es su alma la que llora, quien sufre en silencio y suplica la misericordia de una caricia compasiva de manos del amor. Ese amor al que precisamente dedicaron largas horas de insomnio y toda la tinta atesorada en su espíritu. Una existencia dedicada a exaltar el amor, la amistad y el resto de las cosas bellas de la vida, no puede acabar así como así. Cada cual muere según ha cultivado la flor de la vida. Es comprensible entonces y hasta lógico, que el poeta transite por ese trance de una forma distinta. El poeta se extingue como una vela, que de a poco se va consumiendo hasta brindar la última gota de resplandor. Finalmente se apaga y deja de iluminar todo aquello que le rodeaba; hombres, ciudades, y hasta universos paralelos, los que según Einstein deben existir por algún lado. Muere siempre pobre; no hay poetas ricos en dinero. La riqueza es irrevocable causa de exención para crear poesía.
Es mucho el poder del que disfrutó en vida; es comprensible por lo tanto, que la falta de su luz acarree consecuencias insospechadas y tremendas. Esa carencia solamente puede ser compensada de una sola forma; con el alumbramiento de otro poeta.
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No hay que asustarse del hecho predecible. Lo uno es obligada consecuencia de lo otro y forma parte de la Ley de Equivalencia. Es incompatible la existencia del propio mundo en ausencia de Poesía y por ende, con los escribanos de la misma; que vienen a ser los poetas, porque ellos y no los notarios son los únicos albaceas de la palabra. La consecuencia recíproca del hecho infausto es harto fácil de vislumbrar. Sin poetas no hay poesía y tampoco ningún mundo posible.
Sucede que no es nada sencilla la tarea de traducir en versos las sensaciones y sentimientos que flotan alrededor de las personas. La labor es siempre ardua y excesivamente compleja. Debemos tener en cuenta, que el que fabricó los diversos mundos del universo, utilizó tan solo a la Poesía como ladrillo fundamental y al Amor como único cemento en su divina mezcla. La inspiración se ha constituido siempre en el mineral más escaso del planeta y se debe hacer un uso eficaz de ella; no sea que se agote y nos quedemos con el alma a la intemperie; más inermes que el propio Adán tras el primer bostezo de la creación.
Me asalta la sensación de estar disgregando. No estoy seguro de ser lo suficientemente coherente, al menos como para expresarme con la debida solvencia. Juro que lo escrito anteriormente, es obligada consecuencia de las reflexiones provocadas por lo que leerán a continuación. Si es que se atreven...
Mejor que mi anémica pluma, con seguridad muchos otros podrían escribir con mejor estilo y ortografía sobre el tema fundamental que me preocupa. Si me animo a explayarme sobre este tópico, es debido a la extraña experiencia de la cual fui testigo. Doy testimonio de que todo lo que relataré, constituye la verdad más verídica que jamás hayan escuchado. Presten entonces la suficiente atención.
Pues... queda en claro que se trató de un sueño ¿ Pero es que hay alguien que se atreva a negar que los sueños no son; han sido; o serán realidades, que el alma le susurra al cuerpo en el único oído con que puede escucharla?
Pues bien... anoche tuve un sueño. No se sonrían, ni hagan burlas; tampoco muestren gestos de dudosa incomprensión. Esto me sucedió a mí, pero puede ocurrirle a cualquiera de ustedes. Nadie está exento.
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En mi sueño me encontraba de pié sobre un piso de nubes. Las nubes eran de colores suaves y tranquilos y se extendían hasta el lejano horizonte. Giré la vista en redondo y todo lo que alcanzaba a apreciar eran manadas y manadas de nubes; pastando todas ellas en una pradera también enorme, pero de otras nubes, mucho más chatas. No era lo único que estaba presente en ese lugar. Se apreciaba una muralla altísima, que dividía en dos ese monumental espacio. Del lado más alejado del muro existía una extensa planicie de un verdor indescriptible. Daba la sensación que el césped y las flores se nutrían con la propia savia de las nubes en que estaban implantados. En medio de la muralla, una puerta imponente, rodeada por dos columnas de mármol blanco, impedía el libre acceso a unos maravillosos jardines. Las puertas permanecían cerradas y sus jambas se hallaban talladas en madera, con delicados trabajos de arabescos.
Delante de la puerta, un anciano de calva lustrosa y luenga barba blanca, se destacaba por la presencia de la enorme aureola luminosa, que lo rodeaba por completo como un globo de luz dorada. Le asistían dos niños, uno negro y el otro rubio. Ellos imponían orden a una larga hilera de individuos, que llegaban quien sabe de donde y que puntualmente ocupaban un ordenado lugar en la fila.
Todos vestían túnicas claras, sólo se les podía observar el rostro y las manos. Había gente de todos los colores conocidos y las expresiones faciales eran muy variadas; unos demostraban dolor; otros, cólera y hasta los había indiferentes. Tampoco faltaban algunos de rostro sorprendido. Los menos sonreían. Lindos, feos, bien conformados y contrahechos. Hombres y mujeres; todos aguardaban su respectivo turno. Turno... ¿ Pero para qué? Lo que primero llamó mi atención fue que; excepto por los dos pequeños ayudantes del barbado maestro, no se observaban niños en la larga hilera, que alcanzaba ya un largo kilómetro de extensión. La columna no conformaba una línea recta, se notaba ondulante y a cada rato se ensanchaba más y más a lo largo. Los que se añadían detrás de los últimos, aparecían como por arte de encantamiento. Nacían del aire y ocupaban en forma automática el lugar que religiosamente parecía corresponderles.
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El primero de la fila se hallaba a unos veinte metros escasos del maestro. Cuando concluía de conversar con alguno, efectuaba tan solo un gesto a los ayudantes, y el niño rubio lo tomaba de la mano y lo guiaba hasta la enorme puerta cerrada. Entonces el negrito extraía de su túnica una enorme llave dorada y procedía a abrir la puerta. Luego de hacerlo pasar al otro lado; la puerta se cerraba y ellos regresaban nuevamente con el anciano maestro. Me sorprendió que cada jamba de la puerta maciza midiera no menos de metro y medio de espesor.
Había sin embargo otros individuos que; luego de conversar apenas un par de palabras con el anciano, se disolvían en el aire del mismo modo en que habían aparecido.
Me sentía intrigado en extremo. Al aproximarme a ellos, ninguno hizo la menor demostración de notar mi presencia. El anciano, los niños y la enorme hilera se comportaban del mismo modo; sin percatarse del intruso que los estaba observando. Pude ver y escuchar con celosa atención todo aquello que se exponía a mi vista.
De pronto, la mirada del niño negro se dirigió al extremo lejano de la interminable cola. Algo habrá percibido; pues cuchicheó un instante con su compañero y ambos se aproximaron al maestro y le tironearon suavemente de la túnica, para llamar su inmediata atención. Éste suspendió el coloquio que mantenía con una mujer de hermoso rostro y larga cabellera suelta. La mujer se evaporó en el acto, como si jamás hubiera existido. El anciano se inclinó para escuchar mejor a los pequeñuelos y sólo efectuó con la cabeza un imperceptible gesto de asentimiento. Fue en ese preciso momento que me invadió la más sorprendente de las sorpresas. Los niños se dirigieron velozmente hasta el extremo de la columna. No corrían, parecían volar aunque no les notara alas ni nada mecánico que los impulsara. Llegaron al final, tomaron de las manos a un individuo con el rostro teñido por el asombro y lo sostuvieron con sus manecillas, mientras regresaban junto al anciano, del mismo modo en que habían ido, volando... volando.
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El anciano le dedicó al individuo una sonrisa de oreja a oreja y sin cambiar con él una sola palabra, le ofrendó el obsequio de una amable palmada en la espalda. Parecía una caricia amistosa, y quizás realmente lo era. Eso fue todo, el rubiecito lo condujo hasta la puerta y el negrito volvió a extraer de su túnica la enorme y llamativa llave dorada, que brillaba tanto, y que seguramente sería de oro macizo. La introdujo en la cerradura y la puerta se abrió sin hacer ruido; a pesar de que los enormes goznes pesaban una tonelada al menos. Así fue como el tipejo ingresó, sin más ni más al paraíso de amplios parques y jardines floridos.
La puerta, al cerrarse, clausuró en el acto la maravillosa visión de verdes increíbles y perfumes exóticos.
Me encontraba tan intrigado, que aproximé mis pasos lo más cerca posible, para escuchar lo que cuchicheaban los pequeñuelos. Tampoco ellos parecían notar mi presencia. Así fue como resulté testigo del brevísimo intercambio verbal.
—Los niños estamos exceptuados y los poetas entran directamente, sin necesidad de realizar ningún trámite. Menos mal que a los poetas se los reconoce por ese brillito tan especial en el aura, que es imposible de confundir.

o0o

El barullo del reloj despertador me desalojó abruptamente de sueño tan particular.
Esto es todo lo que recuerdo. Y si puedo recordarlo, se debe a que sucedió inmediatamente antes de que despertara. En general los sueños se disuelven en el inconsciente. Esto es muy justo y se debe a la Ley del Olvido. La humanidad caminaría de cabeza, si se rememorara todo el turismo nocturno en los viajes a través del fantástico mundo del inconsciente.
Lo que me tiene realmente preocupado, es que durante la mañana sentí un raro cosquilleo en ambas manos. Mis dedos se movían inquietos, como independientes de la voluntad. Tuve la poco placentera sensación de que habían logrado librarse del control de mi mente ¿ Por qué motivo deseaban los marranos moverse por su propia cuenta? Se trataba claramente de un indeseable acto subversivo.
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Me asaltó una angustia atroz. Imaginen ustedes mi situación. En ese momento pensaba solamente en cómo me las iba a arreglar con mi trabajo. Me gano la vida en changas empujando un carrito, para la venta ambulante de salchichas, hot dog o perros calientes... Bah... panchos, aquí cerca, en los paseos de Palermo y; así como me encontraba, se me deslizarían de las manos, antes de dormir en un pan pebete su sueño a la mostaza. Debía concurrir al Hospital y consultar a un especialista. Nunca antes había experimentado tales síntomas.
Mil hormigas coloradas me recorrían los brazos, llegando hasta a mortificarme las uñas y mordisqueaban cualquier músculo que cruzaban en su camino, a fin de saciar lo que parecía un apetito eterno. Solamente mermó el hormigueo, cuando me senté frente al escritorio donde realizo la tarea (Sí... debo confesar de una buena vez que, para desasnarme, concurro a una secundaria nocturna para adultos) y cesaron inexplicablemente de temblequear, en el preciso instante en que tomé una lapicera para rascarme la oreja. Perdonen ustedes, pero se trata de un indeseable tic que conservo desde la escuela primaria; las clases de lengua me producían una molesta picazón.
Todo lo que ocurría era demasiado extraño, pero a pesar de eso, les permití que maniobraran por su cuenta y riesgo. Sentía curiosidad por saber qué diablos acabarían haciendo.
No debí esperar demasiado. En un lapso increíblemente corto, llenaron de garabatos una hoja entera del cuaderno. La caligrafía era la mía propia, desprolija y con gruesos sobresaltos de ortografía.
Entonces leí rápidamente. No me bastó con eso, pues la lectura parecía del todo incomprensible. Debí releer todo nuevamente y de modo más pausado.
¡ Por todos los dioses y sibilas del almanaque! Era demasiada la responsabilidad que cargaban en mi espalda. No era digno del honor que se me había conferido, así tan de sopetón. Ahora no cabía ninguna duda al respecto. Había perpetrado algo asombroso. Sí... algo parecido a una... una poesía.
Con mucha vergüenza la transcribo para ustedes. Sean benevolentes, porque es la primera que saqué del horno y me salió un tanto extravagante. La he intitulado: “La rosa roja” y me he atrevido dedicársela a todas las novias, que con seguridad conseguiré muy pronto. Por los muchos versos (Algunos sospechosamente profanos) que escucho a diario entre los arbustos del Rosedal de Palermo; mientras me ocupo en la venta de panchos, parece ser que los poetas las tienen de a centenares.
La rosa roja
Y solamente yo lo sé. Eso es seguro
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yo sé que tu lo sabes. No cabe duda
que el viento que te acaricia el rostro
y riza bucles de tu pelo en remolinos
es tan sólo el mágico pretexto
que utiliza mi alma al recordarte
para estar cerca de ti y así besarte.
No te asustes amada mía
si al erguirse entre las nubes de la tarde,
un huracán de improviso improvisado
despeina los jazmines de tu falda.
No... no te asome temor en la mirada,
es que tu recuerdo me los muerde
los nácares del alma y ya jugado,
no me basta llegar a ti en brisa suave,
pues tanto amor tengo acumulado
que de tal recurso preciso recabado
sólo por estar siempre a tu lado.
Cuando la tormenta de mi amor
no consiga acariciarte ni abrazarte
y no sientas mi brisa de viento enamorado,
por favor acude pronto amada mía,
ven a recoger mi flor en tu regazo.
Es que entonces estaré muerto
y ni aun así te habré olvidado.
De mi ceniza brotará una rosa roja
que nunca morirá si está a tu lado.
La segunda poesía que he acometido me está dando excesivo trabajo. Definitivamente, no consigo elucubrar ninguna rima posible entre Amor y Sexo. Seguramente me llevará toda una vida este inútil intento de comprender una relación tan absurda como anacrónica.
Están todos avisados... Para que tomen las debidas precauciones. A ustedes puede sucederles exactamente lo mismo.
 
 
 
 

PELIGRO... TAXI LOCO
 
 

Paloma sonrió, a pesar que la amargura le desbordaba por los pliegues del alma. Apuró lo que restaba de la gaseosa y se detuvo a contemplarlo, desconsolada.
—Entonces... ¿ Tu decisión es definitiva?
—Me temo que sí. Se trata de lo mejor para ambos.
El hombre de aspecto juvenil, con saco deportivo y corbata impecable, no se veía demasiado preocupado. Su mano, con dedos finos y extremadamente largos, oprimía con fuerza el vaso de cristal tallado. Con gesto estudiado bebió otro sorbo de whisky y lo depositó en la mesa del bar. El reflejo de luz, al moverse la puerta vaivén de vidrio por la entrada de un cliente, destelló en la solitaria alianza anular. Paloma continuaba con la misma amarga sonrisa.
—¿ Quieres decir que lo nuestro terminó?
—Sí.
—¿ Así nomás? Ahora veo que no signifiqué nada en tu vida.
—Eso no es cierto, se trata de una simple cuestión de perspectiva. Lo disfrutamos todo el tiempo que duró; pero debes comprender que no estoy dispuesto a sacrificar mi matrimonio por una... Una...
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Paloma concluyó la frase. Se encontraba al borde del llanto inminente.
—Una aventura. Esto fue lo nuestro para ti.
—Nunca te prometí nada. Sabías muy bien a lo que te exponías. Frecuentar a un hombre casado conlleva ciertos riesgos. Si antes te agradó comer de esa fruta, no veo el motivo de que te quejes ahora.
—Me ocultaste tu estado civil. De haber sabido antes que eras casado, tenía derecho a elegir una opción... Tú me la negaste. No me considero una rompe-hogares. tan sólo me siento desengañada por tu actitud. No fuiste nada honesto conmigo.
El hombre frunció el ceño. La situación no era nueva para él, pero le atacaba una pequeña molestia de estómago cada vez que se producía. Debía apurar el expediente, ya que la acidez que le aquejaba de a ratos no demoraría en presentarse. Ninguna mujer era más importante que una úlcera gástrica. Toda una vida de catador de hembras así lo aseveraba.
Paloma se retiró del bar conteniendo las lágrimas. Al llegar a la esquina, no soportó más la angustia que la desbordaba y se apoyó en el poste de parada de un colectivo. Allí le surgió la marea que fluyó incontenible. Las escasas personas que hacían fila detrás de ella, la observaron consternadas. Una anciana se le aproximó y le colocó una mano comprensiva sobre el hombro.
—¿Se encuentra bien, querida?
Entre hipos y llantos, Paloma extrajo de la cartera un pañuelito bordado y secó su rostro. Nada duele tanto en esta vida como un cólico del alma.
—No es nada abuela. Ya pasó... es por una mala noticia que acabo de recibir.
—Espero que no se trate de nada serio, hijita.
Para zafar de la condescendencia de la mujer, Paloma chistó a un taxi que se aproximaba a escasa velocidad. Lo último que deseaba en ese momento era la conmiseración pública.
El chirrido de frenos la alarmó al principio, pero igualmente ascendió deprisa. Deseaba escapar rápidamente de ese lugar... y también, si eso fuera posible, del mundo de los vivos.
—¿ Hasta donde viaja?
El conductor la examinaba a través del espejo retrovisor. Lo mantenía enfocado sobre ella, no hacia atrás; como lo utiliza todo el mundo, para vigilar el tránsito a sus espaldas.
—Lléveme hasta Pompeya.
—Es un buen tirón el que hay de Olivos a Pompeya ¿ Prefiere que vayamos por la General Paz o por la Lugones?
—Me es indistinto... vaya por donde más le plazca.
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El estrambótico individuo aparentaba ser de mediana edad, como de unos cuarenta años, y flaco hasta la exageración. Los ojos saltones de una cara huesuda la examinaron minuciosamente palmo a palmo estudiando su reacción. A Paloma le incomodaba el brillo de una cabeza casi totalmente afeitada al ras; excepto por una extensa franja de tupidos mechones en el medio, al estilo de los indios mohicanos.
—Se la nota un poco alterada, señorita...
—Nada importante. Es por los golpes que a veces recibimos de la vida.
— Usted es joven y bonita. Lo único que a su edad produce urticaria, es el mal de amores ¿ Me equivoco?
No estaba equivocado, pero a Paloma comenzó a irritarle el interés que demostraba por ella un completo desconocido. Calló mientras el auto recorría la avenida Libertador. Sin atravesar el puente de la General Paz, el taxímetro ascendió por la rampa, enfilando hacia la entrada de la avenida Lugones.
—Si le incomoda mi conversación...
—No... no es por eso. En este momento tengo un poco de jaqueca.
La cortesía es algo que se aprende al tomar el biberón, es difícil de olvidar. En verdad, lo que más le incomodaba era el maldito espejo retrovisor; ubicado de modo tal, que permitía que ambos se vieran los rostros en todo momento ¿ Por qué no lo orientaría como corresponde? Una tiene derecho a viajar sin que la espíen.
—El té de manzanilla es bueno para eso... sobre todo si no tiene a mano un par de aspirinas...
—Gracias por el consejo. Ya se me pasará.
—...O si logra relajarse y enseguida girar bruscamente la cabeza de un lado a otro. Va a notar entonces cómo le crujen los huesos del cuello. Es debido a la contractura que ocasionan los nervios ¿Tengo razón con la pena de amores?
Paloma era bastante tímida. Le desagradaba el tipo, en especial porque había dado en el clavo preciso con el primer golpe de martillo. Se acomodó en el asiento, resignada a una sesión de terapia gratuita de psicoanálisis automotor. Estaba en claro que el maldito tunante tenía razón con su diagnóstico casero.
—A veces ayuda eliminar al exterior aquello que a uno lo acongoja. Vamos... cuente, cuente sus penas. Escupa los mocos del alma para descargarse de una buena vez.
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Ella se resistía. Después de todo no conocía a ese individuo. No tenía porqué confiar su intimidad a un perfecto desconocido. Paseó su mirada a través de la ventanilla, el taxi se había detenido. Toda la avenida Lugones; a la altura de la cancha de River Plate, permanecía congestionada con centenares de vehículos, que se iban amontonando uno tras otro.
—Algún accidente de tránsito.
Eso pensó Paloma. Los bocinazos comenzaron a hacerse oír; tímidos al principio y luego de mayor intensidad y duración, al ir perdiendo la calma los más impacientes. Algunos asomaban la cabeza por la ventanilla, para averiguar la causa de semejante atascamiento. Un mar de coches, camiones y furgonetas era todo lo que se avizoraba quinientos metros por delante. En tanto aumentaban por detrás, los que iban engrosando la procesión de metales paralíticos.
—Verá... me peleé con mi novio. Eso es todo, no es la gran cosa. Debe escuchar confesiones parecidas a diario... al menos, eso supongo.
Con el vehículo detenido, el conductor se tomó demasiado tiempo para escrutarla en forma exhaustiva. Maldito espejo retrovisor.
—Lo que me refiere no es tan serio. Grave es lo mío. Eso sí que le haría saltar los fusibles del cráneo...
Paloma permaneció callada. Aparentemente, su sesión de terapia parecía haber concluido con suma rapidez. Era el turno del chofer ahora. El individuo tragó aire para darse fuerzas, tomó impulso y comenzó con parsimonia una prolija y detallada exposición.
—Mi mujer me abandonó. Anoche, al regresar a mi casa, luego del turno de trabajo ¿Con qué me encuentro? ¿ Sabe con lo que me encontré?
—No tengo la más remota idea ¿ Qué vio en su casa?
—Nada vi... no vi absolutamente nada.
—¿ Cómo nada? Eso es imposible, ni que estuviera ciego.
El tipejo se había ido transformando. Ahora lucía mejillas de remolacha madura. Se atropellaba para hablar y las palabras le escapaban a través de la dentadura entrecerrada, chocándose entre ellas, felices por huir del infierno de su garganta.
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—Nada es nada ¿ No comprende el significado de la palabrita? Me cachendié... se llevó todo. Tuve que soportar la mirada sobradora de los vecinos. Me dijeron que por la tarde se apareció con una camioneta. Arrasó con todo; cama, placard, cocina, lavarropas. Todo todo... ni siquiera dejó de muestra el rollo de papel higiénico. Se llevó todo ¿Entiende? Me dejó en la miseria la muy traidora. Ni qué hablar de mi ropa, barrió también con ella. Eso sí, como es muy pulcra, fregó y enceró el piso antes de irse. Brillaba que era un primor... a Dios gracias, siempre fue una mujer muy limpia. Cada vez que puedo, lo digo.
Cuanto más gesticulaba, más frenético se ponía. Afortunadamente, el tránsito se había ido normalizando lentamente. El coche lentamente reinició la marcha.
—Supongo que algún motivo debió tener su mujer, para asumir esa clase de conducta.
—Ninguno. Nunca le di el menor motivo.
—Pero es imposible una actitud como esa sin...
—Sinvergüenza... eso es lo que es mi mujer. Yo trabajo de sol a sol. Me he ampollado nalgas y testículos doce horas al día sobre este coche, con tal de proporcionarle todos los gustos y para que nunca le falte nada.
Paloma olvidó su pequeño problema personal. Este se veía de mayor envergadura. En ciertas ocasiones, la desgracia ajena nos parece espeluznante.
—Quizás ella dejó de quererlo...
—Imposible. Todas las noches la atendía como es debido. Tres suspiros cada noche... y todas las santas noches. Ya quedan pocos hombres como este servidor encima de un colchón. Se lo puedo garantizar.
—No es preciso que me garantice nada, señor...
El individuo iba incrementando su presión demasiado aprisa. Cada palabreja que vomitaba, era como una palada de carbón en la caldera de su resentimiento. No le contestó a Paloma y enfrascó su foco de atención del momento para esquivar un vehículo rezagado. Le pasó tan cerca, que hizo trizas el espejo retrovisor de la puerta delantera. El crujido fue lúgubre y seco; los trozos de vidrio cayeron como metralla por la ventanilla abierta. Paloma apartó varias esquirlas del asiento y comenzó a preocuparse seriamente.
—De todos modos, algo tiene que haber sucedido en la relación.
—El único cambio que hubo en estas semanas, es que se presentó mi madre para visitarnos.
—Ahhh...
—Nada de Ahhh. Mi madre es una santa mujer. Cuando nací, tuvo tanta leche que le dio de comer a más de cuatro chicos anémicos del barrio. Con eso le digo toda lo generosa que es... Santa mujer.
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Paloma pensó para sí —Santa vaca. Luego recapacitó. Debía ser cortés.
—Eso es lo que afirma usted. Quien sabe como se llevaban entre suegra y nuera, en especial cuando permanecían a solas.
—De lo más bien, se lo aseguro. En una única oportunidad debí aplicarle un cachetazo en la boca a Rita. Rita es mi mujer, le quebré dos dientes con el sopapo, pero se lo merecía ampliamente. Tuvo la absurda ocurrencia de decirme; y en mi propia cara, que mi santa madre era buena, pero no tanto como la suya.
—Me parece que usted es demasiado expeditivo.
— Sí... Un poco, según dicen. Ahí quedó cerrada la discusión. Luego de eso, nunca más tuvimos un Sí o un No. Todo anduvo de maravilla.
—Me imagino.
El conductor aceleraba más y más. Estaban acercándose a la curva que desviaba el tráfico hacia Palermo. Algunos automovilistas atemorizados le cedieron el paso, al notar su modo infernal de conducir. Igualmente rozó un guardabarros y no hizo caso del pobre ingenuo, que se estacionó en la banquina, aguardando infructuosamente que se detuviera para tomarle los datos del seguro. No llegaron a escuchar sus bocinazos de reclamo. Había quedado rezagado muy atrás. Además, exactamente al tomar la curva, el taxi embistió de costado a una camioneta y se oyó entonces un estrepitoso rechinar de carrocerías. El taxi, más liviano, salió despedido cual estornudo. Como resultado del rebote, el coche en que viajaba Paloma, interceptó al vehículo que venía por la mano contraria con un espeluznante estruendo de metales; el inocente conductor no había acertado a escaparse a tiempo de semejante demente. Se produjo un desbande generalizado. Los bocinazos airados emulaban el coro de mil infiernos.
Paloma se encontraba ahora extremadamente asustada. Abrazada al respaldo del asiento delantero, observó de reojo la conducta del chofer; permanecía absolutamente calmo y con una indiferencia rayana en la inconsciencia. Se expresaba como si no hubiera sucedido nada de extraordinario ni fuera de lo habitual. En ese preciso momento sintió que un pánico atroz se adueñaba de ella. Su raciocinio objetivo estaba siendo estrangulado sin remedio por un tenebroso espanto subjetivo.
Notaba que el individuo alucinaba cada vez más por el énfasis que exponía en la intempestiva perorata, y mantenía oprimido con toda su fuerza el pedal del acelerador. Le acometieron náuseas, pese a que tenía el estómago vacío. Había olvidado su pequeño problema, el mismo que en mala hora le obligó a montar en ese taxi.
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—La vida es una caca. ¿ Le parece que a mi edad debo dormir en un hotel? Dispongo de casa pero no tengo una mísera cama. ¿ Debo dormir en el piso? ¿ Le parece justo eso? Sin la menor duda, la vida es una maloliente caca.
Ella trató de calmarlo. Era lo más prudente teniendo en consideración las actuales circunstancias. Su problema personal había pasado sin pena ni gloria a un modesto cuarto plano. Esto revestía mayor gravedad.
—Tranquilícese... es lo mejor para usted. Todo en esta vida tiene arreglo.
—¿ Todo? ¿ Le parece que el delirium tremens también? Ah... olvidaba mencionarle que además debo operarme de la próstata.
Este era un tema nuevo. Paloma, aterrorizada, no sabía qué contestarle. Ella conocía tan solo de computadoras personales y bases de datos informáticos. Por otra parte, las mujeres carecen, para su suerte, de glándula tan idiota. Debía calmar la locura del hombre. Su propia vida corría serio peligro. Hizo de tripas corazón.
—No tengo la menor idea... pero supongo que su doctor le habrá expresado algún comentario. Hasta los médicos de mutual conceden algo más que los buenos días, cuando se guardan en los bolsillos el bono de consulta.
Por fin, gracias a Dios, el taxi detuvo milagrosamente su alocada carrera frente al semáforo del monumento a Urquiza. El corazón de Paloma regresó de su desmayo, para volver a latir dentro del pecho; lugar donde eventualmente acostumbra trabajar esa clase de tripa.
—Me comunicó que si no iniciaba un tratamiento psiquiátrico con suma urgencia, me restaban cuatro meses de vida tan solo. Me dictó una sentencia a muerte y empecé a morir en ese preciso momento. Ahora me resta menos de un mes ¿Qué le parece? Aunque a veces pienso que me lo dijo para que le diera importancia, y concurriera con rapidez al consultorio del especialista. Yo a los siquiatras no los puedo ver ni siquiera en sueños ¿Sabe lo que cobran tan solo por escuchar las mentiras que refiere la gente? Por otra parte, un tío mío se operó de la próstata y quedó impotente. Hasta se le aflautó la voz y le crecieron las tetas.
Paloma no reaccionó, se encontraba paralizada por la sorpresa ante las más que evidentes disgresiones delirantes del tipejo. El chofer, en tanto, continuaba con lo suyo.
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—Vaya vida que le espera a uno si aterriza en la carnicería de un hospital. Me han confiado; y de muy buena fuente, que el Gobierno les retribuye a los hospitales con mucho dinero, y que la suma está de acuerdo con la cantidad de muertos que producen. De tal modo el Estado se ahorra el pago de infinidad de jubilaciones y pensiones. Vaya con semejante premio a la productividad. Además, para cerrar el lucrativo negocio redondo, recaudan muchísima pasta mediante el alquiler de los nichos del cementerio. Fíjese usted... tantos liquidaron... tanto dinero les corresponde cobrar...
—Me parece que...
En ese momento cambió la luz del semáforo. Paloma observó a su derecha y notó el oasis de los lagos de Palermo, totalmente rodeados de un verdor tranquilizante. Allí la naturaleza parecía descansar en paz y hasta algunas beatíficas barrigas escrutaban al cielo con ombligos holgazanes. Le asaltó un pensamiento de envidia. Felices de ellos; astrónomos frustrados, que ignoraban la buena suerte que disfrutaban, al no viajar como ella en ese endemoniado taxi.
—Me parece que...
El instinto de supervivencia de Paloma no lo dudó dos veces. El vehículo comenzaba a aumentar de velocidad y antes de que el orate efectuara el siguiente cambio de marcha, abrió la portezuela derecha y se arrojó al vacío. Su humanidad se desparramó por el asfalto hasta impactar en el cordón de la vereda de lajas. Continuó rodando por inercia, en tanto brincaba en un sinfín de volteretas. Resultó totalmente magullada y maltrecha, con un insoportable ardor por las múltiples excoriaciones producidas. Le dolían hasta los recuerdos de ciertas cosas que en realidad aún no había vivido. Las rodillas sobre todo, le hacían avizorar diversas y cambiantes constelaciones de estrellas, algunas no descriptas aún en libros de la especialidad.
El taxi continuó su alocada carrera, con la puerta derecha bailoteando al aire en continuo vaivén. El conductor no se había percatado de que se había quedado sin pasajera y permaneció largo rato enfrascado en su delirante monólogo; precisamente enfrentado al espejo retrovisor, que enfocaba ahora solamente un asiento vacío; y enredado sin remedio en las aspas de los extraviados molinos de una mente en cortocircuito.

o0o

Paloma entreabrió los ojos. Despertó muy agitada, la cubría por completo un sudor frío y le temblaban los dientes. El corazón le galopaba sobre el pecho y los senos corcoveaban en el absurdo intento de domarle las costillas. No era de tener mal sueño, pero las pesadillas siempre le producían el mismo efecto.
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Se palpó con temor ambas rodillas, no le dolían en absoluto. Todo era muy extraño. Llegó a tocar los hombros con sus manos y hasta se palpó las caderas. No existían lastimaduras ni nada parecido. Tampoco sentía el menor dolor. Así que todo había consistido en una miserable alucinación, nada más que eso. Menos mal...
Le echó la culpa a la tortilla que había consumido en la cena de anoche. La aliñó con excesiva pimienta. Con tan modesta excusa quedó algo más tranquila.
Examinó el reloj de la mesa de luz y saltó repentinamente de la cama con el mayor apuro posible. Otra vez llegaría tarde a su empleo. Trabajaba como programadora de computación en un Banco del Centro, y debía apresurarse pues perdería el premio a la puntualidad; con todo lo que tal hecho significaba en sus ingresos. Necesitaba de ese dinero extra para comprar los muebles; con los que iniciaría la nueva vida que tanto anhelaba.
Se retiró del departamento con el desayuno ingerido a medias. Al subir al ómnibus que la llevaría a la oficina, aún seguía rememorando la pesadilla. Menos mal que se había tratado de una ficción, y que por lo tanto no integraba su realidad personal. Porque precisamente hoy debía encontrarse con Javier. Sonrió con un mohín cómplice al recordarlo. Javier era su amante y menuda sorpresa se iría a llevar. Pensaba proponerle un meditado arreglo; que se decidiera finalmente a vivir con ella. Desde que habían salido por primera vez; hacía ya cuatro meses de eso; aguardaba con ansiedad este momento crucial. Mantenía depositada muchas de sus ilusiones en el futuro de esta relación.
Se trataba de un día mágico, por eso se vistió de rosa. No le pareció mala como cábala.
Las seis y veinticinco de la tarde. Olivos. Bar Melopea, ubicado sobre la imponente y parlanchina avenida del Libertador. El tráfico; infernal como de costumbre.
Paloma llegó a la cita cinco minutos antes que él y aprovechó para pedir una gaseosa. Sentada cómodamente frente al amplio ventanal, podía observar el movimiento de gente, que al ingresar hacía girar la puerta vaivén. Él llegó puntualmente a la hora concertada. Se trataba de un ejemplar digno de envidia, extremadamente recio y varonil. Lucía serio, enfundado en un impecable traje deportivo con corbata al tono. Algunas de las mujeres allí presentes lo persiguieron con empalagosas miradas de apreciación. Llegó hasta la mesa de Paloma, le hizo el honor de un beso suave y chasqueando los dedos, solicitó un whisky doble con abundante hielo.
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Por la vereda de la avenida suspiraban escasos peatones. Era bueno el sitio que ella había elegido; permitía incluso curiosear el incesante tránsito de la avenida. El mozo arribó con el pedido y se retiró con prudente cautela. Había aprendido muchos años atrás, que las propinas sólo aumentan en proporción directa con la discreción que se emplea en tan ingrato oficio.
—No soportaba las ganas de volver a verte, Paloma.
—Yo también, Javier. Te extraño horrores cuando no estás cerca de mí.
Afuera se produjo un estrépito terrible; indudablemente se trataba de un accidente de tránsito. Con mayor precisión, de un violento choque vehicular. El estruendo del impacto se acompañó de cantidad de vidrios molidos, expulsados cual metralla en todas direcciones y llamó la inmediata atención de todos los presentes en el bar.
Dos taxímetros habían impactado de frente. De uno de ellos descendió un gordo con barba candado, que vociferaba como energúmeno. Mantenía en alto un puño cerrado, mientras tanto el restante sostenía una llave inglesa de tamaño descomunal. El conjunto demostraba una actitud francamente hostil y excelente disposición para iniciar las escaramuzas de rigor.
Sin embargo, lo que llamó inmediatamente la atención de Paloma fue la actitud del otro conductor, que emergió del coche y se plantó sin temor frente al hombrón. Se trataba de un tipejo extremadamente flaco, que sangraba levemente del cuello. Visto de atrás, lucía el cráneo calvo pero con un extraño felpudo de pelo al medio. Encaró desafiante al gordo y le escupió a boca de jarro.
—¿ Qué querés gordito? La vida es una caca... si quiere le cuento los problemas que tengo. Mi mujer me abandonó... resulta que anoche regresé a casa ¿ Y a que no sabe con lo que me encontré?
El hombrón no le permitió explayarse y le atacó con furia incontenible. Al darse vuelta ante el certero impacto de la llave inglesa, Paloma lo reconoció en el acto. Se trataba del mismo taxista de su pesadilla ¿Cómo olvidar esa cabeza rasurada, excepto por la estrecha franja central que le recorría de la frente hasta la nuca? ¿ Y esos ojos enloquecidos? Pero el actor de su sueño no podía ni debía estar presente allí. Las pesadillas no se casan con la realidad. Pertenecen a otros planos de la conciencia ¿ Cómo pudo ocurrir semejante mezcolanza?
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Quedó paralizada por un breve instante. Revivió en dos segundos cada detalle de la alucinación; la misma que le había provocado tanto sufrimiento y llanto. Parecía increíble que, en tan corto lapso, tuviera oportunidad de proyectar la película completa hasta el final; en especial, el maldito desenlace. Luego de mascullar por dentro un rosario de improperios mudos, intentó recobrar la calma, lo que le costó no poco esfuerzo. Por otra parte, pensaba para dentro de sí ¿Quién puede negar que muchos sueños, no son otra cosa que estados premonitorios de la conciencia? Creyó haberlo leído en alguna parte. Últimamente estuvo leyendo demasiada chatarra esotérica.
Fue entonces que tomó el vaso de whisky de Javier, con los cubos de hielo sudorosos aún por el calor reinante. Él le interrogó con mirada sobradora, al confundir su gesto. Creyó que Paloma tenía antojos de beber de su propio vaso. Oh... Las locas ocurrencias que despierta el amor... Se veía de lejos que la mantenía bajo la suela de los zapatos. La pobre ingenua no se imaginaba que esta cita sería la última y que él no la volvería a ver nunca más. Era tiempo de encontrar otra fruta, porque de esta ya se había saciado. Es muy dura la vida, en especial si se posee la compulsión de buscar presas en el mercado de la carne, y adecuadamente aptas para perpetrar sexo urgente. La gente no tiene la más remota idea de lo difícil que puede llegar a ser la existencia de un copulador profesional.
Paloma elevó el vaso por encima de la cabeza de Javier y lo arrimó a sus labios. Paladeó por un instante el sabor de sus pensamientos más íntimos. Ella se lo merecía por ciertos motivos; él también, aunque por otros muy distintos. Lo apartó de sus labios y desde lo alto, dejó caer la cascada de licor sobre el asombrado galán.
El sadismo es una virtud que debe otorgar más que suficientes indulgencias para escapar del purgatorio. De otro modo no se entiende el elevado número de adeptos que congrega. No le quedaron rastros al estupefacto Javier de su anterior pulcritud, luego de la catarata alcohólica; le goteaba whisky hasta de las orejas y empezó a sentir un incómodo ardor en los mismos genitales. El obsequio de Paloma no reconocía fronteras. No alcanzó a comprender la situación ocurrida; mucho menos ninguna de sus circunstancias desencadenantes.
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—¡ Conque casado...! ¿ Creíste engañarme don Juan de pacotilla? Vete al infierno... y no regreses nunca más a mi vida. Lo único legítimo que llevas encima es la úlcera, y bien merecida que la tienes.
Los parroquianos observaron mudos de asombro la tragicómica escena, aunque ninguno de ellos alcanzaba a comprender lo que había sucedido. El mozo notó con desconsuelo que su propina se había esfumado de repente.
Paloma depositó un billete junto al vaso, para abonar el whisky de la revancha y se retiró como una faraona vestida de rosa; con la frente bien alta y el corazón hecho añicos. A pesar de todo, desde lo más profundo de su interior le surgió una misteriosa satisfacción. Al atravesar la puerta vaivén, revestida con placas de vidrio espejado; un rayo de luz se reflejó y recorrió un trayecto insólito, al circular por todo el salón hasta alcanzar una mesa. La misma donde precisamente aún mantenía la boca abierta el sorprendido galán, propietario también de un saco borracho. El reflejo alcanzó su mano izquierda y destelló allí como un arco iris, exactamente en el anillo que había olvidado quitarse; como siempre acostumbraba cuando acudía a alguna de sus citas galantes. Maldita alianza. Todo había consistido en un lamentable error de previsión.
Ahora era demasiado tarde. Le tocaba el turno a la inminente presencia de su consuetudinaria y crónica acidez.
Paloma recorrió muy escasos metros por la avenida, cuando un taxi aminoró la marcha hasta detenerse cerca de ella. Un repentino impulso la detuvo para echarle un vistazo al conductor; sumido en una especie de semipenumbra. Humm... Aparentemente era tan calvo como una bombilla eléctrica. En eso consistió todo su interés. No se atrevió siquiera a cerciorarse si llevaba la franja central que todo mohicano orgulloso portaría como un estandarte de guerra.
Volteó la mirada para proseguir su camino y rumiar sus penas en soledad. El sueño premonitorio y la ruptura con su amante eran más que suficientes desventuras para un día desdichado. Por otra parte... Humm...
¡ Nunca más volvería a subirse a ningún taxi!
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
UNA PARTIDA DE TRUCO
 


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Era pasada la medianoche. La lámpara suspendida del techo del boliche proyectaba un estrecho cono de luz; que caía cansinamente sobre la única mesa que ocupaban dos absortos jugadores. Con cara de piedra, descansaban el codo en el paño verde de la mesa, mientras orejeaban los naipes de una extraña partida de truco. Los porotos; agrupados de a cinco, bostezaban de sueño al lado de cada participante. El resto del ambiente se borroneaba sumido en penumbras. Todas las mesas, excepto esa, permanecían vacías. Sin embargo, había allí más de treinta individuos, que presenciaban de pié y muy atentos el desarrollo de la partida.
Se jugaban las buenas del tercer chico y el desenlace era inminente. Los mirones curioseaban alejados un par de metros de la mesa solitaria. Se trataba de una partida muy particular. El silencio era tan espeso como el humo de cigarrillo; que a duras penas removía la asmática paleta del ventilador de techo. El clima de enero acostumbra ser demasiado agobiante por las noches.
El Pardo Gómez, Pardo a secas para todo el mundo, terminó de orejear el tercer naipe, y dirigiéndose al grupo de curiosos, susurró en voz apenas audible.
—Don Jesús... Traiga una ginebra doble. Y también lo que guste tomar el pichón que tengo en la trampera.
El rival era mucho más joven, hasta podría ser su propio hijo. Se pasó la mano por el desprolijo y lacio cabello negro, acusando el golpe. Los ojos le brillaron de un modo extraño.
—Gracias... Pero no suelo aceptar invitaciones durante el juego; mucho menos viniendo de usted, por más patrón mío que sea. Preste atención a sus naipes, porque le van a arder hasta las hemorroides. Dispongo de una mano brava.
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El Pardo sonreía, mientras escuchaba también al gallego Jesús, que producía sus consabidos ruidos detrás del mostrador. Esperó que el vaso rebalsara de licor, otro de sus hábitos y lo empinó de un sólo trago; como siempre hacía. Sintió la quemazón de garganta y de inmediato, el fuego que subía desde las profundidades del estómago. Mala cosa es la bebida blanca; tarda en liquidarlo a uno, pero nunca falla la maldita. Esto mismo se lo escuchó repetidas veces al especialista, al que últimamente había estado consultando dos veces por semana. El dolor de estómago se le estaba volviendo insoportable, y los medicamentos recetados ayudaban cada vez menos a paliar su enfermedad. Solamente el alcohol; al quemarle las tripas, le proporcionaba unos minutos de paz, luego de un corto pico de acidez. Lo malo de la situación consistía en que cada vez duraba menos ese efecto; tan benéfico como paradojal.
Ninguno de los concurrentes atinaba a abrir la boca. Ni un solo murmullo se atrevió a entorpecer la partida. Todos conocían la importancia de lo que estaba en juego. El ganador se quedaba con María; y esa apuesta; desatinada en apariencia, no era moco de pavo ni poca cosa. María tenía veinte años y un cuerpo contundente; su anatomía quitaba el sueño de muchos en el barrio. Ella siempre anduvo con el Pardo; pero desde hacía poco más de dos meses, se había enredado con un morocho carilindo; el mismo que no tan casualmente intervenía en esa partida.
El Pardo andaría por los cincuenta y pico años, nadie podía afirmarlo con exactitud y a fe cierta. Hay personas a las que; para conocerles la edad, es preciso examinarle los documentos. Se trataba de un tipo derecho y cuando abría la boca, su palabra valía más que un cheque al portador. Su medio de vida no era ningún secreto para todos los presentes; pero curiosamente era ignorado por la policía; hecho rayano en lo increíble y hasta milagroso dada la actividad que desarrollaba. Jamás sufrió una entrada en la Comisaría, ni siquiera por una modesta infracción de tránsito. Su prontuario solamente declaraba los datos de identidad, a pesar que los allí convocados; levantadores de quiniela y apuestas de carreras de toda calaña conocida; le efectuaban rendición diaria del dinero que recogían del juego clandestino. Ellos eran los únicos testigos de la partida. Así lo había dispuesto el Pardo y su palabra era ley que no se podía discutir.
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El ganador se quedaba con María, y de yapa, con el muy rentable giro de juego ilegal. Los tiempos habían cambiado y no era preciso ahora derramar sangre a causa de una mujer. Magnífico premio se llevaba el triunfador; una hembra espectacular y además el capital más que suficiente para mantenerla y darle cualquier gusto que se le ocurriera y que su condición merecía. Era lo más justo dadas las circunstancias.
El viejo estudió de reojo al mozalbete, se sentía contrariado por el desaire. No era nada frecuente que le despreciaran el convite de una copa.
—Está en todo su derecho, pero en este juego no es de machos rechazar un trago.
El joven trató de justificar a medias la descortesía.
—La partida está empatada chico a chico. No importa que me lleve cinco porotos de ventaja en las buenas. No vinimos aquí a beber. Falta Envido y Truco es todo lo que tengo para decirle ahora.
El Pardo volvió a examinar sus cartas; un par de sotas y un seis de otro palo. Poca cosa para defender la mano. No pensó en disimular; aunque en el Truco, disponer de buena baraja es tan importante como mentir en el momento adecuado. Además, solo le faltaban diez puntos para ganar y le llevaba cinco de ventaja al joven adversario.
—Calma muchacho... No quiero ninguno de los dos cantos... Tome los dos porotos que le tocan y buena falta que le hacen... Ahora le llevo sólo tres de ventaja y el juego continúa.
Mientras el muchacho mezclaba los naipes, el Pardo pensaba en María. Muy pronto la recordó con dieciséis años y en medio de un día lluvioso. La pequeña valija de cartón que traía, de tan liviana parecía flotar sobre el andén de la estación. Parecía un gorrión mojado y triste. Había bajado de su provincia para buscar futuro en la Capital. —Vaya suerte que tuvo en encontrarme, también yo en dar con ella; y no perdí tiempo en instalarla. Fue conmigo que aprendió lo que hay que hacer debajo de las sábanas. Conmigo se hizo mujer... mujer y hembra, que no es la misma cosa. Pasaron cinco largos años ya de eso. Ahora le llevo más de treinta y eso con el tiempo uno lo va sintiendo. No se lo escuché decir nunca a nadie, pero el tiempo es un metal más pesado que el plomo; a medida que transcurre, nos va rodeando de cenizas por dentro y de escamas metálicas por fuera. Llega un momento en que tanto peso nos aplasta. Sin embargo, nos quisimos a rabiar durante estos años. Se fue refinando poco a poco; buenos modales, ropa adecuada y hasta peluquería a la moda. Al principio le costaba demasiado usar el tenedor y tardó bastante en sorber la sopa sin hacer ruido. Ahora hasta arquea el meñique antes de levantar una taza de té. María fue la mejor hembra que tuve... Si Señor... Y fueron más que buenos estos cinco años. Dejé de salir con el puterío de costumbre y estuve a punto de calzar en su dedo el anillo de mi madre. Pero treinta y cuatro años de diferencia son demasiados. Eso fue lo que me detuvo, no por nada uno tiene su experiencia; aunque me dolió arribar a esa conclusión tan lógica y evidente. Fue por eso que en el último tiempo me hice el distraído, cuando a mis espaldas se cambiaban guiños de ojo. También... la juventud llama a la juventud... ¡Que se jodan bien jodidos! Ellos mismos se lo buscaron. Que no se lamenten después...
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Las siguientes manos fueron parejas. El tanteador hablaba de doce buenas a nueve a favor del Pardo. El Pardo era mano ahora y llevaba la ventaja.
—Tengo Envido si le gusta y también otras menudencias.
El joven lo miró de costado y se tomó algo de tiempo antes de responder. Le parecía irreal lo que estaba viviendo. Un miserable quinielero como él, en la misma mesa de juego que el patrón... Y jugando nada menos que contra él. El Pardo siempre fue muy respetado en el ambiente. No necesitaba gritar para imponerse, jamás impartió una orden en voz alta; solo sugería las cosas como con desgano. Miraba de frente y fijo a los ojos y con esa vocecita de tono grave que tenía, hacía entrar en razón hasta a los borrachos. Lo suyo era cuestión de liderazgo por acto de presencia. Recibir su bendición, o al menos su aprobación, era tan importante como comulgar de la propia mano del mismísimo Papa de Roma.
María irrumpió de pronto en sus pensamientos. Recordó en un pantallazo su figura delicada y los mohines que hacía cuando recolectaba el dinero de las apuestas; pues ella se encargaba de esa tarea. Aparecía con su bolso de compras y los días grises se iluminaban y hasta las nubes sonreían. El ladronaje de la zona la miraba de reojo, pero no se atrevía siquiera a dirigirle la palabra. ¿Pero quién podía permanecer indiferente frente a esos ojitos ingenuos y el impresionante par de pechos que le hacían compañía? Él no pudo... Poco a poco, la sonrisa de ella se fue volviendo más reidora, hasta que llegó el día fatal en que no aguantó más y se la tapó con un beso robado de apuro. La cara de sorpresa de ella duró un siglo y luego; mansamente, le respondió con otro beso, que le estimuló los jugos y congestionó en el acto cada una de sus glándulas. En ese preciso instante, quedó también anulada, y ello por unanimidad de todos sus órganos internos, la capacidad de razonamiento lógico.
Así comenzó la relación prohibida que ya duraba dos meses; con salidas furtivas y contactos de apuro, a pesar de que ella continuaba viviendo con el Pardo. Sucedió entonces lo que por fuerza debía ocurrir. El Pardo los sorprendió con las manos en la masa... Masa pecadora por lo demás. Fue ayer mismo que los descubrió, y para colmo de males en su propio lecho conyugal. Vaya con tamaño agravante; Un sacrilegio prácticamente mortal.
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Era demasiado grave la doble ofensa. Se consideró hombre muerto y sepultado; pero extrañamente, mientras María cubría deprisa su arrobadora desnudez, el Pardo lo contempló fijamente a él; tal como siempre acostumbraba, y escuchó su vocecita peculiar con una tonalidad más grave que la habitual. Se veía que estaba decepcionado el patrón. Fue demasiado triste observarlo así.
—Vístase che... póngase la ropa. Como lo cantó muy bien Rivero en una milonga; el hombre no es culpable en estos casos...
A pesar de su sorpresa por la inesperada afirmación, se calzó deprisa los pantalones y olvidó en el apuro abotonarse las mangas de la camisa. Conocía muy bien la letra de esa milonga. Se titulaba “Amablemente” y la canción se refería a la misma situación que estaban viviendo. Claro que al marcharse el fulano, el marido le propinó un beso corto a la mujer, antes de despacharle a la infiel 34 puñaladas, por supuesto que... “amablemente”. Empezó a preocuparse por María. Pero el Pardo era un tipo serio y no parecía estar enojado, solo había decepción en su mirada. Al prolijarse el cabello con ambas manos, lo continuó escuchando como en trance.
—Si como creo es un macho de ley, lo espero mañana por la noche. A las doce en punto lo quiero ver en el boliche de Jesús. No... No se asuste, no es para pelear. Eso es una estupidez y no tiene nada de filosófico ni de práctico. Trato de acomodar las cosas. Las cosas deben estar bien acomodadas siempre... Como debe ser. Vamos a competir por ella jugando al truco...
—¿ Jugar a María en una partida de truco... ?
—Si jovencito... lo importante no es el juego en sí, sino lo que va a estar en juego...
—¿Qué cosa estará en juego?
—Si gano yo... usted se va a la mierda, por decirlo pronto y sin gasto inútil de saliva. En ese caso, si se le ocurre regresar y acercarse a ella, lo voy a matar con mis propias manos; poco a poco y con todo el sufrimiento posible; porque un hombre debe respetar siempre su palabra. En cambio, si gana usted; hecho poco probable, porque hace diez años que no pierdo en ese juego... en ese caso digo, se queda con María, por supuesto que mediante el debido matrimonio. Total... para usted, fornicar con o sin libreta parece ser exactamente la misma cosa. Para hacer más pareja la apuesta, si la suerte de la baraja está de su lado, se queda también con el negocio...
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—¿ Con el negocio... ?
—Esa es mi decisión... salvo que usted tenga otra pretensión, y le recomiendo que no se le ocurra ninguna. María y el negocio por una parte y el escape urgente por la otra. Es lo más justo a mi entender. Si dispuso de pelotas para acostarse con mi hembra, también puede manejarme el negocio. Eso si es que gana, en cambio si pierde... ya sabe a qué deberá atenerse.
Fue así como sucedieron las cosas. Respiró con alivio al saber que el Pardo no se vengaría ni lo mandaría amasijar. Era nomás un tipo derecho y de una sola palabra el Pardo. Por eso estaban ahora allí, y la partida estaba por finalizar. Los tres puntos que le llevaba de ventaja no eran excesivos, los podía descontar. Era cuestión de tener suerte... Suerte y algo más... ¿ La tendría él? Orejeó los naipes que temblaban en su mano y exhibió rostro de adoquín. El corazón le latía más fuerte y sintió que un chorro de sangre caliente le afloraba gotas de sudor en el cuello. Tenía el siete y el cinco de oros; treinta y dos para el Envido. Eso era muy bueno... En cambio, el miserable cuatro de espadas era la última carta y no le servía para el Truco. Pensó en arriesgar para descontar los puntos que le llevaba el Pardo, y... quién sabe... hasta de ganar ¿Por qué no? Debía subir la apuesta y escuchar con atención la respuesta. Miró distraídamente el lento aleteo del ventilador y redobló el Envido del Pardo.
—Real Envido digo yo... si es que le agrada tanto su baraja.
El Pardo lo estudió minuciosamente. Disponía de treinta para ese canto. El siete y el tres de copas con el as de espadas. Eran demasiados los cinco puntos que estaban en juego... Si el joven ganaba la mano, quedaba a un paso del triunfo, pero a él siempre le habían tentado los riesgos.
—Quiero... tengo treinta puntos en mi puño.
El mocito rió con la mirada. Ganaba un montón de tantos preciosos.
—Mejor son treinta y dos... vengan esos cinco porotos, que los tengo bien merecidos y los estaba necesitando con suma urgencia...
El patrón acusó el golpe. El tanteador estaba ahora catorce a doce en su contra. Claro está que el Truco lo tenía prácticamente en el bolsillo; Con eso recuperaba un punto como mínimo. Pero no debía confiarse del mocoso. Iba a jugar la mano de callado, pero cambió de opinión.
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—Entonces voy a ganarle el Truco... si se anima a tragar el anzuelo.
El joven sabía que una sola carta buena no era suficiente. No aceptó el convite y mostró tan solo los naipes que ganaron el Real Envido. El tanteador quedaba ahora a su favor catorce a trece. Con un punto más le alcanzaba para ganar la partida. Ahora él tenía la ventaja y no pensaba desperdiciarla.
El Pardo pidió otra ginebra, para calmar aunque fuera por un rato el persistente dolor de estómago. Y mientras la esperaba, mezclaba con meticulosa parsimonia el mazo de baraja española. Él nunca andaba con prisa... hasta para nacer se tomó diez meses largos de embarazo dentro de su madre. Pesó más de seis kilos y hubo fiesta y asado para todo el vecindario, con baile incluido. Su santa madre quedó con las tripas reventadas, pero muy contenta por parir algo de tanta importancia. Tenía tanto cabello al nacer, que la comadrona solo atinó a hacerle la raya al medio y luego abrió la boca para profetizarle un sin fin de venturas. Debió existir algún motivo divino para justificar un hecho jamás visto antes; dos nodrizas llamadas de apuro, apenas daban abasto, para ayudar a su madre con el ingente aporte de leche; constante y perentoriamente exigido a grito pelado. Por esa razón lo bautizaron como Hércules... Hércules Gómez... nombre horripilante si los hay por estas latitudes, que no vaciló en ocultar ya desde la infancia, de la manera apropiada y mediante el auxilio de un apodo... como debe ser. Los pecados paternos jamás los debe discutir un hijo. Para todo el mundo era el Pardo Gómez; y para los amigos, el Pardo a secas.
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Mientras bebía la ginebra, seguía pensando en María. No le echaba ninguna culpa encima. Hasta ese momento se había comportado muy bien con él. Pero ella era joven y comenzaba a relinchar... seguramente por culpa de las hormonas, y esa situación él la comprendía y aceptaba. Sabía que; fatalmente algún día, más temprano o más tarde, podría suceder algo semejante. Se trataba de un acontecimiento absolutamente predecible para un cincuentón como él, y por eso no le efectuó el menor reproche. Tomó una muda de ropa y cuando una atribulada María abrió la boca para justificar su desliz; él se la cubrió piadosamente con la mano. Le ofrendó un beso de despedida en la mejilla y se retiró de su propia casa, para hospedarse en lo de un amigo. Solamente volvió a verla al día siguiente. Ella llegó hasta lo de su amigo, insistiendo en hablar a solas. El coloquio duró bastante tiempo ¿ Por qué diablos se le había ocurrido conversar de esas cosas, y justamente en ese momento? Él tenía todo decidido antes de jugar la partida. Mala pécora es la mujer... pero sin su compañía, no puede arreglárselas el hombre en la soledad de su almohada. Así fue prescrito de antiguo, y no hay escapatoria posible para el hombre macho.
Ahora se oían murmullos sostenidos en el ambiente. Los treinta varones espiaban la partida a pie firme, mientras rotaban girando alrededor de la mesa. Habían sido congregados por mandato superior y nadie se atrevió a faltar a la cita. En un par de minutos sabrían a quien deberían rendirle cuentas en adelante. O regresaban con el Pardo, el patrón de siempre; o quizás el mocoso; aparte de sonarse las narices en la misma cama que María, los tendría a ellos bajo el imperio de sus pantalones.
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Ninguno de los presentes comprendía ese desatinado razonamiento, el mismo que había conducido al Pardo a jugar su resto, en una partida en que tenía todo para perder y nada que ganar. Es más... Hubiera bastado con una simple y disimulada sugerencia para que cualquiera de ellos le efectuara una triple circuncisión de barbero, al culpable de atrevimiento indebido. Mirar lo ajeno es algo que no está prohibido; pero otra cosa muy distinta es meter la mano donde no se debe. Deja entonces de ser inocente pasatiempo, para transformarse de inmediato en tema de discusión. El mozalbete en cambio, no arriesgaba en el juego nada valioso de su parte. Si perdía, montaba en un tren con rumbo desconocido, pero si ganaba... si ganaba... ¡Todo aquel que pudiera echar mano de María, lograba atrapar la felicidad en menos de lo que suspira un átomo!.
El Pardo repartió los naipes. Podía ser esa la última mano y se encontraba ahora a un punto detrás del jovencito. El orejeo de los naipes fue más lento y minucioso que antes. Él conocía todo acerca de sus “empleados”. El carilindo llegaría con el tiempo a convertirse en un tipo derecho, esto lo tenía comprobado. Se desempeñaba con solvencia en las tareas que le había asignado y mejoraría con los años; si es que aprovechaba la experiencia. Pelotudo pero derecho; el único defecto que le conocía era esa molesta debilidad de bragueta. Claro está que; en su opinión, los problemas de faldas no empañan la reputación de ningún hombre cabal. No hubo prócer que no los tuviera y no podemos ser menos que ellos en aspecto tan fundamental.
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Si al sexo se lo mezcla con amor, juntos componen una melodía difícil de ejecutar... y la única verdad es que hasta la música más grata al espíritu, concluye con el mismo armonioso acorde final... —Pero ¿Por qué a María se le ocurrió hablarme precisamente hoy? Esta mujer se las arregló para destruirme todo el andamiaje, que me llevó una vida entera edificar. ¿Por qué? ¿Quién diablos le sugirió el momento preciso, el incómodo instante para confesarme que estaba preñada? Y preñada justamente de un hijo mío; si hasta me mostró los análisis. La fecha probable de embarazo correspondía al último mes que convivimos en pareja. La felicidad embaraza a todas las cosas. Sin ninguna duda, Dios creó el universo en medio de un maldito orgasmo. Qué hermoso par de semanas disfrutamos juntos en esa hostería del Tigre. Seguramente la falta del ciclo fue el motivo del examen y el resultado de los análisis era inapelable ¿ Por qué no me lo dijo antes? ¿Y por qué se enredó tan pronto con el jovencito? Solo atinó a quedarse callada cuando se lo reproché con un dejo de amargura. Me quedó debiendo esa respuesta.
Cosa de mujeres... se empacó como una mula y no pude arrancarle de los labios otra cosa que suspiros mudos. Eso fue todo... Hasta que se largó a llorar. No había manera de hacerla parar; calladita como estaba me gastó cinco pañuelos. Mejor regreso a lo mío... veamos los naipes que me tocaron; siete, seis y cinco de espadas. ¡ Por todos los diablos...! Con esto sobra para ganar. Treinta y ocho de Flor, el mayor canto posible del juego... con eso liquido la partida y de paso, le doy Flor de lección a ese mocito atrevido. Es lo menos que se merece un ladrón de mujeres...
Pero se contuvo y esperó a que el “ladrón de mujeres” jugara la primera carta, pues le correspondía la mano.
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El joven examinó cuidadosamente las suyas. As de bastos y As de espadas, acompañados de un anémico cuatro de copas. No pudo evitar, a pesar que lo intentó, la socarrona sonrisa de satisfacción, que le frunció la comisura derecha de la boca. Tenía la partida ganada. Al no aceptarle su probable Envido, el Pardo quedaría a un punto del triunfo y entonces él ganaría inapelablemente el Truco; ya que sacaban chispas en su mano los dos máximos verdugos de cartulina. Esos Ases le hacían ganar el juego. Podía oler la victoria de tan cerca que la sentía. Se relamió pensando en María y en el cambio de condición social, que acarreaba la conquista. Buena vida, dinero fácil y María... los pechos de María al alcance de la mano. Sólo un milagro podría impedir tanto ensueño; si el Pardo ligaba una Flor. Se trataba de una eventualidad no demasiado frecuente... pero cualquier persona bien nacida la habría arrojado en el acto sobre la mesa, para sobrarlo en medio de sus burlas. Por otra parte, las flores acostumbran florecer en primavera ¿Qué tendrá el Pardo en la mano? No permite traslucir ningún gesto en esa cara de vino agriado.
Se calmó un poco, cuando al examinarlo como al descuido, lo notó dudando y con el ceño fruncido. Esto le dio ánimos y con estudiada confianza, apoyó sobre la mesa; callado y con excesiva firmeza, el inútil cuatro de copas. Se trataba de un cebo mortal; protegido como estaba por los cañones invencibles, que descansaban en la palma de su mano. Esperaba que el Pardo le gritara el Envido, que él enseguida rehusaría. Podía darse el lujo de perder un punto; el Pardo llegaría entonces a los catorce puntos, pero luego; y de inmediato, él ganaría la partida con el par de ases bravos.
La victoria por solo un punto de ventaja, deja en la boca una sensación maravillosa y al mismo tiempo humilla al otro contendiente. Pero ¿ Por qué no jugará su baraja el Pardo de una buena vez? Parece estar fuera de sus cabales. Solamente estudia los naipes como si estuviera hipnotizándolos. ¿Tan mala baraja habrá recibido?
El instante duró siglos para los mirones, que sin hacer bulla se apretujaban para observar mejor a los jugadores; palpitaban un final reñido.
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El Pardo contempló sin mayor interés el cuatro de copas, luego fijó la vista en los ojos del mozo en busca de una respuesta muda. Parecía hurgarle el fondo del alma, y el jovencito se sintió extrañamente desnudo bajo esa mirada penetrante. Ninguno de los presentes conocía los naipes que la suerte había deparado a cada uno en esa última mano. En el Truco no existe el empate, siempre hay un vencedor. Lo único que le queda al perdidoso, es rencor silencioso y ansiedad por una pronta revancha. Sólo eso, poca cosa en verdad.
—Jesús... traiga otra ginebra. Que sea doble y con yapa esta vez. Espero que siendo ésta la última mano, el mocito acepte al fin mi modesta invitación. Es cuestión de demostrar la buena educación que posee, con los modales adecuados...
El joven parpadeó. No disponía de excusas valederas para rechazar otra gentileza de su ya antiguo patrón. Total... el juego estaba prácticamente definido. No quiso pasar por descortés, delante de quienes consideraba ahora como “sus” empleados.
—Acepto con gusto la ginebra... Pero que no sea doble. Es una circunstancia especial y desairarlo no me parece lo más apropiado.
Mientras Jesús llenaba los vasos, el joven no resistió la tentación y exhibió las dos barajas restantes de su mano, a quienes se hallaban detrás de él. Un murmullo de desconcierto y sorpresa caldeó de pronto el ambiente. También otros quedaron ahogados por la decepción. La última mano se estaba transformando en una impensada masacre. El Pardo presenciaba la representación con aire ausente.
Ambos bebieron la ginebra de un solo trago.
El viejo recreó la quemazón de las tripas y esperó el alivio posterior; aunque en ese momento le asaltaron deseos de emborrachar su propia alma. No dejaban de asaltarlo los mismos pensamientos recurrentes que había soportado el resto del día, luego de la última conversación con María. —A mi edad, un hijo es cosa seria, necesita de un padre mucho más que de un abuelo. Por otra parte, María es una mujer buena y honesta, basta con verla cuando llora. El traspié no cuenta; existen cosas mucho más importantes en la vida que la calentura por un par de revolcones. Esa calentura se disipa pronto; la experiencia, en cambio, deja marcas para siempre. Por otra parte, yo tampoco le confié mis tribulaciones con el maldito especialista de estómagos. Ignorar lo que no conviene saber, debe ser propio de gente sabia.
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Era el momento de escupir la verdad. Con sólo abrir la boca y gritar en la cara del mocito la Flor que acunaba en sus dedos, ganaría la partida. El Pardo dudó sin embargo. A pesar de todo, la seguía amando a María; era lo mejor que le había sucedido en la vida. Tenía demasiadas cosas en que pensar, pero no podía demorar más el juego... tampoco la dura decisión final, la misma que tanto le estaba costando asumir... y tomar.
Inexplicablemente, no sintió el dolor de estómago, cuando jugó de callado y negó la Flor al no gritarla. Mató en silencio con el cinco de espadas al cuatro de copas del rival, que lo estaba espiando anhelante. Apenas apoyó su baraja en la mesa, el muchacho respiró profundamente. No había ningún obstáculo ahora para ganar la partida, y lanzó el rugido propio del que se sabe triunfador...
—¡¡¡Truco...!!! Le estoy diciendo Truco, para que me escuchen todos, hasta los piojos más chicos del gato de don Jesús.
Recién entonces abrió la boca el Pardo. Fue para decir las últimas palabras que le fueron conocidas. Las expresó sin asomo de rencor; como quitándose un gran peso de encima, una carga que ya no toleraba más:
—No quiero... ha ganado con justicia la partida. Espero que cumpla con lo que se comprometió a hacer, o se las tendrá que ver conmigo... vivo o muerto...
Apoyó con descuido los dos naipes restantes, que conservaba en la mano, encima del mazo que descansaba junto a los porotos de reparto, y se incorporó ágilmente del asiento. Ahora se encontraba alivianado de cuerpo y alma. Su mirada recorrió en círculo a los atónitos presentes, que permanecían paralizados aún por el increíble desenlace. Muchos nunca lo habían visto perdedor al Pardo. Con la misma vocecita grave de siempre, concluyó su postrera amonestación. Parecía un General en el acto de delegar el mando de su tropa.
—Este jovencito es el nuevo patrón. Con él se las deberán arreglar de ahora en adelante.
Ante el silencio de todos, ensayó una breve pausa, respiró profundo y se despidió definitivamente de los suyos.
—Me los llevo a todos conmigo, muy dentro del alma. Suerte y... adiós...
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Ahora no sufría de dolor de estómago, tampoco de acidez. Se apartó calladamente para atravesar la doble hilera de quienes se agolpaban para despedirlo; con el repetido gesto de recibir un fuerte apretón de manos tras otro. Eran demasiadas las miradas calladas y húmedas. Fue el mejor patrón que habían tenido y no conocían otro modo de demostrarle su afecto.
Eso fue demasiado para un duro como él. De pronto sintió en la espalda un peso nuevo; de los que cuesta demasiado cargar. Nunca pudo enfrentarse a las emociones. Las emociones constituyen una debilidad y son el verdadero obstáculo para transformarse en un hombre derecho... Como él siempre ambicionó serlo. Ahora reconocía que le faltaba mucho camino por recorrer. ¡Qué pena que a su reloj le restara tan poca cuerda! Maldito especialista... Podía introducirse sus propios libracos allí mismo, como supositorios.
Al trasponer el umbral del boliche, escondió las manos en los bolsillos del pantalón y comenzó a moverse despacio por la vereda desierta y escasamente iluminada. Su silueta se fue haciendo poco a poco más pequeña y borrosa. Lo más importante del momento era que la molesta acidez le había dado un inesperado respiro. Eso era más que suficiente, aunque le intrigaba en cambio la incipiente molestia de espalda. Estaba claro que las cosas siempre deben tomarse con calma... Y a medida que van llegando.
No alcanzó a verla a María. Vestía ropa oscura y se había ocultado en el asiento trasero del coche que solía usar el carilindo. Ella se inclinó más todavía, para que él no la descubriera al pasar a su lado. De rodillas en el piso del coche; las primeras lágrimas comenzaron a nacerle en el rostro como pétalos de nácar. Le florecieron todas las que necesitó su mente para lograr desmayar a un alma desbocada; en inútil intento de hacerle comprender las razones, que habían motivado su conducta desviada. Jamás sabría que el alma no atiende el lenguaje de las razones, sino el de los sentimientos.
El goloso vientre de la noche concluyó por devorarlo de a pequeños bocados. Uno de los faroles de la esquina se apagó de repente.
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Jesús el bolichero, no terminaba de masticar el resultado de la partida. Conocía al Pardo de muchos años y no recordaba a nadie que pudiera ufanarse de haberlo vencido. Le pareció demasiado extraña esa última mano; nunca lo había visto pensar tanto. Hasta llegó a creer que los pedidos de ginebra eran tan sólo pretextos para prolongar la partida ¿ Por qué motivo? A lo sumo bebía un par de copas, pero en esta ocasión se mandó a la bodega no menos de quince tragos dobles. Eso sí... como se trataba de un bebedor de ley; al ponerse de pié, se retiró caminando derechito, como sí tal cosa... una completa barbaridad. Don Jesús no hallaba ninguna explicación satisfactoria para la extraña conducta del Pardo.
Mientras todos se despedían del Pardo, observó por un momento al jovencito que todavía permanecía desparramado en la silla; de brazos caídos y respirando con agitación. El pendejo no había tomado aún conciencia cabal, de cuanto se modificaría su vida por el resultado de esa partida; y de las inexorables consecuencias que le acarrearía su loca fortuna.
Como el diablo siempre sabe más, pero por viejo; el bolichero no logró contener la curiosidad y levantó con disimulo los dos naipes, que el Pardo había abandonado encima del mazo. Al examinarlos, quedó pasmado y con los ojos desorbitados por la sorpresa. El Pardo había regalado el triunfo de esa partida ¿Por qué había cometido tamaña barbaridad? Era tanto el temblor de la mano con que sostenía las barajas; que se volcó el plato desparramando los porotos caballeros del puntaje. Tan consternado estaba que; en un hilo de voz, solo atinó a nombrarse a sí mismo, con un eco tartamudo.
—¡ Je...sús...sús !
También profirió exactamente la misma exclamación siete meses después; cuando frente a la tumba del Pardo en el cementerio de la Chacarita, dejó caer los mismos tres naipes de la última mano, que había conservado como recuerdo póstumo. Precisamente el cinco, seis y siete de espadas. Las cartulinas dieron un par de volteretas en el aire, antes de caer boca abajo, para besar el frío mármol de la lápida y ocultar nuevamente el juego de esa mano. Curiosamente, y aún de muerto, el Pardo se empecinaba también en negar la Flor.
—¡ Je...sús...sús !
De pronto, el bolichero recordó el mensaje que había traído para su amigo.
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—Bueno, Pardo... vine para anoticiarlo de que ayer María dio a luz un nene. Es precioso... y enorme por demás... pesa algo más de seis kilos. Lo van a llamar Sansón en honor suyo.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

UN CASO DE HOMICIDIO IMPUNE
 
 
 
Don Teléforo Acuña siempre fue considerado un hombre por demás pulcro. Se sentía tan orgulloso de su pulcritud, que toleraba con cierta satisfacción el apodo con que fue bautizado ya de niño. Aceptaba sin mosquearse que en propia cara le dijeran “Pulcre”. Se encontraba sentado en el bar con un amigo cuando levantó su vaso de ginebra, para examinarlo detenidamente al trasluz. Lo depositó luego en la mesa y con meticulosa parsimonia introdujo su dedo índice hasta el fondo; atrapó contra el vidrio una pelusa marrón y la fue retirando despacio y con sumo cuidado, cosa de derramar la menor cantidad posible del precioso licor. Luego arrimó el dedo a sus labios en un inocente regodeo.
Ahora que todo se hallaba en orden, levantó el vaso y lo bebió de un solo trago; como lo hace todo hombre de verdad en esta parte del planeta.
El bar del pueblo se hallaba repleto de parroquianos y; paradójicamente, era muy escaso el ruido que producían. No se escuchaban más que murmullos. Todo el mundo cuchicheaba en secreto; cubierta media boca con la mano, en evidente intento de que ni una sola palabra llegara siquiera a la mesa más próxima.
Una vez que quedó satisfecha su sed, dirigió la mirada a don Josefino Paredes, su entrañable amigo de la infancia, que podría cantar 60 de años de flor, si la vida se jugara también al truco.
—Es como te digo... “Fino”... nunca se ha visto por aquí nada semejante a lo que ha ocurrido. Parece increíble y sin embargo es una verdad de a garrote.
Don Josefino; Fino para todo el mundo, embauló su medio vaso de caña quemada, para no ser menos que el amigo, y atusando una barba entrecana coronada por importante bigote; arqueó las cejas, incrédulo aún de lo afirmado con tanto énfasis por el Pulcre. En el acto se le dibujaron cien arrugas en el sensible pergamino de la frente.
—No puede ser cierto. He escuchado en el trascurso de mi vida acerca de muertes de todo tipo... pero esto... esto que refieres, es imposible de tragar...
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El Pulcre pareció contrariado por un instante, pero era demasiada la amistad que lo unía al Fino. Eran hermanos de leche; su propia madre dispuso de tanto excedente que; sacaleches mediante, repartía su buen litro y medio diario en el modesto vecindario del pueblo. La madre del Fino sería medio floja de tetas o el Fino era demasiado tragón; nunca se supo eso con certeza. El caso es que, durante casi dos años, mamaron de la misma fuente de la abundancia. El detalle contribuyó a afianzar una amistad muy particular; especie de hermandad por elección, que fue en aumento con los años, y persistió cuando el Fino se mudó a la gran Capital; de la cual ahora mismo acababa de regresar. Habían transcurrido dos horas escasas desde que lo recogió en la estación y ya estaba apurando un par de copas con el amigo, para ayudarle a olvidar la fatiga del tren. Lo examinó fijamente, un poco amoscado.
—¿ Por qué no lo puedes creer? ¿Acaso no confías en mi palabra?
—No... nada de eso Pulcre, pero debes reconocer que jamás se oyó nada parecido...
—Ah... cierto... muy cierto. Pero no podrás negar que el caso se aparta bastante de lo común... y por otra parte, tú llegaste a conocerlo al Pepe Riquelme...
—Si, por supuesto que sí... le conocí bien. Se trataba de un tipo callado, introvertido casi y que siempre agachaba el lomo; lo que se llama un burro de carga. Por eso me causa extrañeza que se haya atrevido a matar. Matar es cosa muy seria, y nada menos que al Comisario del pueblo... hombrón corpulento y de pelaje tupido hasta en la espalda... y sin ayuda de arma alguna. Apenas arribó el tren a la estación, mientras te esperaba, me enteré de la noticia. Todavía no lo puedo digerir... comentaron que lo estaban velando y que el entierro se efectuaría hoy mismo por la tarde. Es de suponer que estará bastante concurrido.
—Hum... no lo creo así, Fino... se trata de un caso tan extraño, que al sargento López; el policía que quedó a cargo, no se le ocurre la menor idea de como caratular la causa. En realidad tampoco sabe si existe una causa, o un culpable para imputar. Se encuentra por completo desorientado.
—Pero Pulcre... ¿Cómo se te ocurre que alguien puede llegar a matar con la mirada?
—Pues, precisamente eso mismo es lo que ha ocurrido.
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—Vamos Pulcre... hemos presenciado en nuestros sesenta años, crímenes de todo tipo; por revolver, escopeta o carabina. O hasta por puñal y facón. Incluso el de la mujer del boticario, que lo liquidó con veneno para ratas. El pobre tipo se quedó sin nada de pelo antes de estirar la pata. También el del Jacinto, que estranguló a la esposa cuando la descubrió; en su propio lecho conyugal con el enano de la panadería... Ese que alardeaba de poseer un artefacto descomunal. Si buscamos muertes más raras, tenemos más a mano el caso del chino Gómez, que le pasó con el tractor por encima al gerente del banco cooperativo. Quedó planchado y sin ninguna arruga el pobre hombre. Por poco lo entierran dentro de una carpeta. Claro está que había a su favor una circunstancia atenuante y debemos tenerla en consideración; iba a embargarle el campito... pero lo que me cuentas es imposible de tragar... mucho menos de digerir.
El Pulcre efectuó una seña muda al cantinero para solicitarle otra vuelta de bebida y se volvió para contemplar comprensivamente al amigo. Había estado ausente del pueblo por más de quince largos años y; como muchos de los que habían emigrado, regresó para recorrer el último tramo de su caminada vida, en el mismo lugar donde nació y se hizo hombre. Antigua y reiterada nostalgia pueblerina, así le dicen. En tanto tiempo, uno olvida a veces la exacta perspectiva de la realidad local. El pueblo no se puede comparar con la gran Capital. Los que retornan de allí, traen modificada la forma de apreciar los pequeños sucesos... esos que se verifican a diario en un pueblito del interior, que ni siquiera figura en los mapas. Aquí se le otorga excesiva importancia a cosas que constituyen insignificantes banalidades para un nativo de la gran urbe... y eso es hasta lógico y razonable. Por eso aquí se disfruta de mejor vida, se dispone de buen sol y aire puro en abundancia y no se conocen las bondades de la nafta sin plomo o la existencia de las pérfidas hamburguesas.
—Mira Fino... los años que has estado alejado de aquí, te han hecho olvidar la trascendencia que damos a ciertos pequeños detalles. Como hay tiempo hasta que concluya el velorio, te voy a relatar lo que recuerdo; como testigo que he sido, de este suceso incomprensible y fatal.
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—Bueno... pero antes bebamos algo más, para que tu garganta y mi oído no permanezcan tan resecos... también mis tripas merecen la debida atención. Aún continúan algo revueltas por el traqueteo del tren.
—Dalo por hecho, Fino... A tu salud... ya que no podemos brindar por la salud del comisario.
—Los finados abandonan, muy lamentablemente y contra su voluntad, la hermosa costumbre de tener sed. Por suerte, tal rasgo es un atributo de los vivos. Precisamente es la sed quien nos recuerda que nos encontramos con vida. Esto se lo escuché explicar a un filósofo que predicaba en los bares de la Capital y que siempre se encontraba rodeado de un grupo de atentos feligreses, que lo vivaban constantemente con las botellas en alto.
El Pulcre cargó la pipa y la encendió con un fósforo de madera. Hasta que la humareda le ocultó la cara y debió apartarla con palmadas al aire, para comenzar finalmente su relato.
—El asunto sucedió de esta manera. Al Pepe Riquelme que conociste en persona; el mismo que colocó los postes del alambrado de tu chacra, ¿ Lo recuerdas? Conversar no le agradaba demasiado. Era por causa del tartamudeo que arrastraba de niño. Lo de Pepe no es porque se llamara José; lo sabes bien, el apodo era precisamente por dicho defecto. En las pocas oportunidades que abría la boca decía... “Pe...Pe... Pe... ro que tenga usted muy buenos días...” De allí lo de Pepe. Se ve que le costaba arrancar, aunque luego pudiera hilar las palabras con absoluta normalidad. Cuando te fuiste a la Capital, tenía más o menos veinte años. Era muy trabajador, le daba duro de sol a sol y fue ahorrando peso sobre peso. Cuando dispuso de suficiente capital, instaló una modesta parrilla en la ruta provincial. Por ahí transitan centenares de camiones de carga durante todo el día. Le iba bien con el negocio. Disponía de buena carne y achuras de lo mejor. Con el tiempo la fue agrandando, para dar abasto a una clientela cada vez más numerosa.
—Si le iban tan bien las cosas ¿ Por qué terminó liquidando al comisario?
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—Ojo al piojo... ten más paciencia que de eso no murió nadie. En cambio, si uno se apura, lo que logra, generalmente, es apresurar la propia muerte. Bueno, como te estaba diciendo; gracias a su esfuerzo siguió ahorrando centavo con centavo, hasta a tener un razonable capital en dinero contante y sonante. Fue entonces que se le cruzó la idea de casarse. Bien o mal, se trata de una necesidad natural de todo hombre. Eligió bien... solicitó a la viuda de Ponce la mano de su hija... una belleza de moza. Claro está que la viuda fue siempre una arpía. Dicen las malas lenguas, que de pendeja se vendía en la ruta por dos pesos y un vaso de vino, pero él nunca le prestaba demasiada atención a los chismes. Pero esto no es lo importante; lo que cuenta en cambio, es que su suegra fue ya de muy joven, una de las muchas amantes del comisario. Acostumbraba beber vino de la misma botella y también cualquier cosa que le arrimaran a la boca. La hija era muy distinta de la madre; lo hizo feliz al Pepe Riquelme y le regaló dos hijos que son un primor.
—No me enteré nunca de eso. ¡ Las cosas que suceden, cuando uno se aleja del pueblo tanto tiempo! Y con lo poco que me agrada escribir para recabar noticias.
—Eso es muy cierto Fino, siempre fuiste un poco holgazán para enterarte de las cosas que suceden aquí... El asunto es que la viuda se las arregló para averiguar el lugar preciso, donde el Pepe escondía el dinero que ahorraba. Él no confiaba en los bancos, y resulta que un buen día, el comisario se le aparece en la casa y con la excusa de verificar la habilitación municipal del negocio, lo envió a la Parrilla para que busque ciertos papeles. Al regresar el Pepe, le comunicó que todo se hallaba en orden y se marchó tranquilo sin hacerle problemas. Al rato, el Pepe se encontró con la sorpresa de que había desaparecido la totalidad de sus ahorros. Se volvió loco por la amargura, pero no podía acusar al comisario. No tenía ninguna prueba ¿Quién le iría a creer? Además ¿ Iba a presentar la denuncia ante el mismo que lo había despojado?
—¿ Y la mujer del Pepe Riquelme? La hija de la viuda ¿ No estaba en la casa en ese momento?
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—Te estás adelantando a los hechos. Sí... los hijos habían concurrido a la escuela, pero la mujer del Pepe permaneció en casa y se quedó en compañía del comisario, a la espera de que su marido regresara de la Parrilla.
—Cuando el comisario se alzó con el dinero, ella debió estar presente ¿ Qué sucedió?
—No le confió nada al marido. Permaneció callada como una tumba. El Pepe no logró extraerle una sola palabra de lo sucedido en su ausencia. Ella se animó a hablar recién a los dos meses del robo.
—¿Qué la impulsó por fin a abrir la boca y después de tanto tiempo, cuando dejaron al marido en pelotas? Al ser su esposa, también la arruinaron a ella.
El Pulcre observó pensativamente a su compadre. El asunto era bastante complicado de explicar. Trató de encontrar las palabras justas, para precisar mejor los hechos con economía de palabras.
—Vaya que ella también quedó arruinada... y de qué forma... en esos dos meses, no visitó a la madre una sola vez. No la podía ver ni siquiera en la misa de once del domingo. En dos ocasiones huyó despavorida de la misma Iglesia. Pero no perdamos el hilo del asunto, te comenté que solamente habló a los dos meses del suceso y fue precisamente la misma noche en que se suicidó.
—¿Cómo pudo suceder algo así? ¿ Habló con el Pepe y esa misma noche tomó una decisión tan drástica...?
—Así sucedieron las cosas, y se supo por infidencia de los propios hijos. Pepe resultó enloquecido por el hecho y eso le empeoró el tartamudeo; en verdad quedó prácticamente mudo. Los que fueron a conocer la causa de tanto griterío de los niños, lo encontraron callado, pero tragándose insultos por adentro contra todos los dioses y santos del calendario. Parece ser que el Comisario, en ese día funesto, forzó a la mujer del Pepe. No era tampoco la primera del pueblo que sufría semejante atropello. Pero esa es otra historia, historia de maridos complacientes. Lo concreto y real es que la ultrajó a su gusto y luego se embolsó el dinero, que fue a buscar directamente bajo una baldosa floja de la cocina; procedió con conocimiento exacto del lugar del escondrijo.
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—Esto que cuentas es espeluznante, pero no explica el suicidio a los dos meses. Durante ese tiempo se podía haber recuperado del traspié. Aparte, no se lo había confesado al marido y los vecinos ignoraban el atropello. Por lo que me dices, ella guardó reserva de lo que había sucedido.
—Todo no, Fino... esa noche funesta, la mujer le confesó que estaba preñada. Preñada del comisario. No tuvo más remedio que contarle acerca de la violación, y también del robo de dinero.
—¿Cómo podía estar segura que estaba encinta del comisario?
El Pulcre lo miró sobrador.
—Las mujeres siempre saben a quien pertenece el encargo, Fino... no sé como lo hacen, pero ellas lo saben.
—Y Pepe... ¿ Cómo tomó esa noticia?
—No perdió la calma, permaneció taciturno y esa noche no abrió la boca ni para cenar. Al acostarse, cubrió su cabeza con la almohada y estuvo meditando vaya uno a saber qué barbaridades. El hecho es que, en el transcurso de esa misma noche, la mujer se levantó del lecho y llegó hasta el aljibe; anudó dos metros de soga a los hierros por un extremo y con el otro hizo un lazo en su mismo cuello... y sin pensarlo demasiado, se dejó caer al vacío. La infeliz había tomado esa clase de decisión fatal. Por la mañana temprano. lo encontraron al Pepe de brazos caídos, de pié frente al aljibe y con los hijos gritando enloquecidos.
—Pulcre... siento escalofríos en la nuca, solo de escucharte expresar así. Intento imaginar la escena como si la estuviera viendo demasiado cerca. Vaya que me has impresionado con semejante relato. Vamos a pedir otro par de ginebras para apaciguar las tripas. ¿Cómo continúa la historia?
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—No falta mucho... el Pepe se recluyó en el rancho. Esto sucedió hace un mes... pero antes envió a los hijos con la hermana, que vive en un pueblo vecino. No salía de allí ni para comprar tabaco. Y eso que le agradaba fumar... casi tanto como a mí. Se negó a recibir la visita de comedidos ni de amigos. No había forma de que quitara la doble tranca de la puerta. Hasta el cura del pueblo, que concurrió para confortarlo en su dolor, no logró que le permitiera entrar. Y eso que se trataba del mismo que lo bautizó y matrimonió. También del que bendijo de apuro a la finada, a pesar del suicidio; y hasta logró obtener que la entierren en el campo santo. En esta región, los suicidas no poseen tal privilegio. El hombre había perdido interés en todo, y dejó de ocuparse de la Parrilla.
Se hizo un breve silencio mientras bebían la ginebra.
—¿ A que no sabes, Fino, quién se hizo cargo del negocio? No me creerás si te digo que el mismo comisario, con la suegra del Pepe, la tomaron en posesión como propia. La vieja arpía la administraba y compartía el dinero con el indigno representante de la Ley. Aquí sabemos todo acerca de todos. El pueblo no es otra cosa que una sopa con pocos fideos.
—¿Qué fue lo que motivó el desenlace fatal?
—No me apures si deseas enterarte de los detalles que aún te restan conocer. Resulta que ayer; ante la sorpresa de todos, apareció el Pepe en el Almacén de ramos generales y haciéndose entender por señas, compró tabaco. Sólo eso... y sin abrir la boca ni mover los labios. El pobre no aguantaba más tiempo sin el vicio. No quiso hablar con nadie, tampoco atinaba a contestar saludos ni condolencias. El pueblo entero lo contemplaba consternado. El Pepe tomó su tabaco y se retiró caminando despacio por la calle principal, bajo el sol rajante del mediodía. Ese fue el lugar que se convirtió precisamente en el escenario del crimen.
—Por Dios Pulcre... no me tengas sobre ascuas. Ve derecho al grano.
El Pulcre miró nuevamente al amigo, solicitándole silencio con un cabeceo.
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—Todo llega a su debido tiempo. A pocos metros del Almacén se aparece el comisario en la misma calle principal. El Pepe caminaba con la mirada clavada en el piso; ni siquiera se había percatado de la presencia del comisario. Pero éste le dirigió la palabra y como el Pepe no le contestó, y no atinaba tampoco a elevar los ojos del piso; el otro se enfureció y comenzó a insultarle y maldecirle una y otra vez. Pero era exactamente lo mismo que ofender a una estatua... el Pepe continuaba sin levantar la mirada y tampoco respondía los insultos... hasta que sucedió eso.
—Vamos Pulcre... no te frenes justo ahí... ¿ Qué sucedió?
—Fino, tu deberías haber estado presente, porque de otro modo no creerás lo que ocurrió. Estábamos todos de testigo y el miserable; no satisfecho con despojarlo de sus ahorros, ultrajar a la esposa y apropiarse de su negocio, tuvo la ocurrencia de enrostrarle, delante de todo el pueblo, que los hijos del Pepe eran en realidad bastardos; que eran hijos propios de él, un verdadero macho de ley. Que hacía años se acostaba con quien en vida fue la esposa del Pepe; aunque no era tan buena para la cama como su madre. Todos lo observábamos con ojos desorbitados, se trataba del colmo de la desfachatez. En verdad, la escena fue demasiada dura; hasta para un tipo muy pacífico, como era el mismo Pepe.
—¿Y... ?
—Todos vimos que por fin el Pepe apartó su rostro del piso. La cara se le desacomodó y se fue contrayendo en una mueca loca; los músculos le resaltaron la mandíbula igual que a un tigre en celo. La boca se le abría y cerraba, como si dejara escapar poco a poco chorros de furia contenida. Cuando llegó a ese punto, y caminando despacio, se arrimó a un metro de distancia del que había causado todas sus desdichas; que en el colmo de los colmos, se empecinaba aún en humillarle y sobrarle. Se plantó enfrente de él y le enfocó fijamente la mirada, sin que se le escapara una sola palabra. No le salió ni un suspiro... pero los ojos; esos ojos que todos le conocimos resignados y pacíficos, le empezaron a brillar raro. El comisario le sostuvo la mirada... para qué diablos lo habrá hecho. Las dos miradas se cruzaron entre sí hasta que chocaron... se trataba de un duelo mortal. Doña Clota, la bruja del pueblo, nos refirió luego que distinguió una nube de chispas entre ellos y mil rayos fulgurantes, semejantes a descargas eléctricas; invisibles para el común de los mortales... pero no para ella, que tiene heredado mucho poder en el tercer ojo, según ella misma confiesa. Y hay que tenerla en cuenta, porque se halla muy acreditada en la zona. No atiende por pavadas como el mal de ojo o un empacho. Todo el mundo la consulta únicamente en situaciones desesperadas y por problemas de mucha gravedad. Hasta otorga turnos como cualquier especialista famoso de la ciudad.
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—¿ Y de ahí... qué pasó?
—Querido amigo mío... en realidad deberías preguntar ¿ Qué no pasó? Ese instante fatal perduró bastante tiempo, parecía no tener fin. Y de pronto ocurrió el desenlace letal que fue sorpresivo por lo inesperado. Ante la vista de todos, el comisario se tomó el pecho con las manos; cerró los ojos como si le hubieran acertado con un balazo en medio de la frente y se derrumbó de repente... muerto y privado de toda vida en forma definitiva.
—Como lo relatas... Pulcre, hasta suena verídico.
—Mientras el Pepe regresaba a su casa, los comedidos buscaron al enfermero del pueblo. Atinó a dictaminar que le parecía muerte por embolia. Nadie le creyó, pero el diagnóstico sirvió para cumplimentar los trámites del velatorio. El Sargento López todavía posee demasiadas dudas acerca de cómo proceder. Él también se encontraba con nosotros cuando ocurrieron los hechos y sabía muy bien que la causa de muerte había sido otra muy distinta. Tenía en sus manos el cuerpo del delito, el motivo real del homicidio, y también al criminal mismo; pero una parva de dudas en cuanto al instrumento que había utilizado para perpetrarlo. Revisó y examinó hasta hartarse todos los libros de la repartición y, para su perplejidad, no encontró ningún tipo de mirada como arma asesina. Fue así que debió dejarlo en libertad al Pepe... un homicida justificado, pero impune ¿ Quién en la Capital aceptaría semejante historia?
El Fino estaba digiriendo meticulosamente las palabras del Pulcre. Ahora los hechos le parecían más comprensibles.
—Nadie con seguridad ¿Fue así como concluyó todo?
El Pulcre se tomó tiempo para cargar nuevamente la cazoleta de la pipa. La encendió y aspiró con fruición la humareda vegetal. Aún permaneció meditabundo por un rato, hasta que finalmente habló, pero dejando escapar las palabras de una en una y con un respetuoso e indisimulado temor.
—Así no terminó todo. Todavía falta algo para completar la historia... Anoche, cuando estaban velando al muerto, apareció el Pepe en ese lugar. Se había vestido con la misma ropa impecable con que se había casado; traje planchado azul, camisa de puntillas y un enorme moño negro. Hasta lucía la misma flor blanca en el ojal, demasiado seca por los diez años que durmió en el ropero... esto lo recuerdo bien, pues estuve presente en la boda y casi reviento a causa de manducar demasiado chancho.
—¡Qué coraje tenía el hombre! Y pensar que siempre lo creí inofensivo y sumiso.
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—Igual que todos nosotros. Pero estaba cambiado, hay situaciones que de repente modifican los humores. Así se encontraba él... En el velatorio habían concurrido cerca de cincuenta personas. Se hallaba presente la propia esposa, que rezaba un rosario a medias con la suegra del Pepe; amante vitalicia del finado. También asistió toda la dotación policial en pleno y con uniforme de gala y muy escasos vecinos; que estaban allí porque le debían alguna obligación al difunto. Ni bien ingresó a la sala, levantó la vista y detuvo su mirada por unos segundos en cada uno de los presentes. Parecía que deseaba grabarlos en la memoria. Eso fue más que suficiente; de a uno se fueron retirando todos. Solamente se atrevieron a permanecer sentadas, y con el rosario en alto a guisa de escudo, la esposa y la arpía de la amante. Ya se habían enterado todos acerca de su mirada tan poderosa... y hasta letal.
—Eso es mucho más serio. Hay que tener cojones muy pesados para hacer algo así. Se ve que el tipo había tomado bastante valor.
—Así parece, Fino... aunque en la mente de todos quedó impresa la figura de una justa revancha. El Pepe se había hecho justicia por propia mano... mejor dicho, por propia mirada.
—En toda mi vida no llegaré a escuchar nada parecido...
—Lo que acabo de referirte es la verdad estricta. Si te resta alguna duda, no tienes más que observar la cara de los que se encuentran aquí con nosotros. Hablan y conversan todos acerca de lo mismo. El local está colmado de gente con un exclusivo tema de conversación. Hasta se les adivina en sus rostros el miedo que tratan de ocultar. Es por tal motivo que apenas se atreven a murmurar en voz baja; no a conversar normalmente, como nosotros.
—Tienes razón Pulcre... no me había dado cuenta del detalle. Es como tu dices. Aunque no creo que haya motivos para tener miedo. El tipo se vengó... claro está que de un modo muy poco usual... por suerte, parece que todo ha concluido.
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—No lo creas, amigo... cuando lo entierren, ninguno se va a hacer presente; salvo su esposa y la amante. Nadie se atreverá a formar parte del cortejo. Es posible que hasta sea rechazado en el cementerio del pueblo. Estas cosas traen cola y las revelaciones de doña Clota no lo ayudan. Seguramente lo enterrarán en medio del camino al monte. Ni siquiera se animarán a clavar una cruz para marcar el sitio de la sepultura. El comisario lo maldijo y el Pepe se vengó. La gente cree a pie juntillas en maldiciones y opina que son de mal agüero. Tampoco este último detalle le proporciona ayuda al Pepe. Ahora les produce pánico una mirada tan potente. Nadie se atreverá a mirarlo de cerca, opinan que ese gesto puede ser peligroso para la salud.
—Justicia divina que le dicen.
—No creo que la justicia divina necesite el apoyo de un homicidio exento de castigo; porque eso fue lo que realmente aconteció. Aunque nadie pueda demostrarlo, no hay un solo cristiano que se anime a negar que los hechos sucedieron verdaderamente así... como te los he referido... y del modo más minucioso y detallado que me fue posible.
—Razones no les faltan, Pulcre ¿ Qué tal si, para acabar de asimilar bien todo esto, solicitamos otro par de ginebras... ? Pero esta vez que sean dobles... la circunstancia lo merece. El relato terminó por hacerme olvidar las fatigas y telarañas del viaje.
El ahora descansado Fino pidió las ginebras en voz tan alta, que el pedido retumbó en el salón como un cachetazo y sorprendió grandemente a un azorado tabernero. En ese preciso instante se había producido en el salón un absoluto y profundo silencio.
El Pulcre pensó que el tono de voz de su amigo era el causante de interrumpir el murmullo general. Pero no... no era precisamente ese detalle lo que había provocado la estupefacción colectiva. Hasta las moscas permanecieron quietas y expectantes, clavadas en el aire luego de suspender su vuelo.
El Pepe Riquelme entró con paso decidido.
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Al caminar, cortaba los silencios del piso entablonado con la pisada retumbante de sus negros zapatos de charol. Se hallaba acicalado con el traje de fiesta y dirigió su mirada de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Se lo notaba relajado y contento, como si estuviera orgulloso de haber obtenido satisfacción por alguna ofensa. Se llegó hasta el centro del salón y permaneció allí de pié y bien plantado; enfundado con la ropa de casamiento, y empeñado en girar reiteradamente la mirada de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Se trataba indudablemente de un nuevo hábito, que había adquirido sin demostrar ningún esfuerzo aparente.
El Pulcre apreció que; ahora, la flor del ojal no era el antiguo pimpollo seco por el tiempo; sino una margarita silvestre recién cortada, que inclinaba graciosamente sus pétalos, como si ella misma se viera obligada también a inspeccionar el ambiente.
Todo el mundo enmudeció de repente. Algunos parroquianos recordaron de pronto que tenían suelto el cordón de los zapatos; los demás inclinaron los ojos; examinándose las manos, o estudiando el piso con interés inusitado. Todos, excepto el Pulcre y el Fino, que le devolvieron su mirada circular, con un cabeceo de franco aprecio y amistosa bienvenida.
Entonces el Pepe se arrimó a la mesa de ellos; les sonrió afectuosamente y pronunció las primeras palabras que le fueron escuchadas en esos treinta interminables días.
—Supongo que al fin podré brindar con un par de amigos. Es cosa buena de esta vida contar con amigos. Patrón... traiga tres botellas de ginebra. Yo invito... creo que son más que suficientes para empezar... pero de esas que son de barro cocido. Porque para celebrar son las mejores.
Por lo visto le había desaparecido definitivamente la tartamudez. Las bebieron sin prisas y en soledad. Los habían dejado solos en cuestión de segundos. Uno a uno los parroquianos demostraron su apuro en irse, sin atreverse a levantar la mirada del piso.
 
 
 
 
 

EL ESPECIALISTA
 
 
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Se trataba de una tarjeta de identidad muy extraña, tan solo especificaba: “Emmanuel Manukis, especialista en problemas” y carecía de cualquiera otra inscripción. La secretaria pelirroja abanicó la tarjeta entre sus largos dedos y le observó por sobre sus anteojos con algo de interés por la curiosa profesión del individuo. El conmutador telefónico chirriaba con un coro de diez llamadas simultáneas, pero ella se desentendió de la obligación; pues permanecía ocupada en estudiar al tipejo flaco y desgarbado, que esperaba de pie frente al escritorio. Quizás fuera por causa de la anémica sonrisa pintada en su cara de infeliz o la expresión de no haberse alimentado adecuadamente en mucho tiempo. Hay mujeres que demuestran un generoso sentimiento maternal frente a cualquier persona desvalida.
—¿Usted es Emanuel Manukis?
—El mismo, señorita. Le agradeceré que me anuncie.
La mujer le interrumpió antes de concluir la frase. Estaba intrigada y dudaba entre anunciar su presencia, o invitarle con una medialuna del humeante café con leche que reposaba a un costado del escritorio. Era muy natural su inesperada curiosidad,
—¿ Y es en verdad un especialista en problemas?
La pregunta sorprendió al homúnculo; se le borró su sonrisa de cortesía y observándola fijamente, respondió con convicción.
—En realidad soy especialista en re...sol...ver problemas. Por favor avise al señor gerente de mi llegada, me está aguardando y me enorgullezco de ser puntual en extremo.
El cartel en la puerta del despacho rezaba “Juan Pérez, gerente”, y la secretaria le hizo ingresar a la enorme oficina. Había ubicada, precisamente en el centro, una imponente mesa ovalada; donde teléfonos y computadoras se prodigaban mutuamente los peores insultos electrónicos posibles, sin solución de continuidad.
Un hombrecillo agradable se acercó con la mano extendida, no se le notaba una sola arruga en sus pantalones.
—Gracias Cristina... yo me ocupo. Regrese a sus tareas.
Luego de estrecharle la mano efusivamente, invitó al visitante a tomar asiento.
—Le estaba esperando señor Manukis. Es un placer tenerlo con nosotros.
—El gusto es mío señor Pérez. Tenemos conocidos comunes y ello facilitó la rapidez de nuestro encuentro. Por ese motivo estoy aquí con tanta rapidez.
El señor Pérez se limpió unas gotas de sudor de la frente con un pañuelo de batista. De pronto se lo notaba preocupado.
—Como se dará cuenta, todo lo que hablemos aquí debe conservarse de manera absolutamente confidencial. Se trata de un asunto muy delicado.
—Por supuesto, pero antes de entrar de lleno en el problema, me agradaría tener una idea general sobre la marcha de su empresa.
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El gerente asintió y le entregó al especialista unas carpetas que tenía al alcance de la mano. Emitió un suspiro de satisfacción mientras pensaba —Ojalá este Cristo encuentre una solución razonable. Ninguno de nuestros ejecutivos atinó a sugerir nada efectivo para resolverlo... pobres ilusos, parecen no darse cuenta que si se hunde la empresa, los primeros en ahogarse serán ellos mismos.
El especialista demoró buen rato en hojear carpetas prolijamente detalladas, y adornadas con abundantes gráficos y estadísticas. Se tomó su tiempo al examinar minuciosamente el saldo de las cuentas bancarias y los últimos informes financieros. En determinado momento aceptó un café y comenzó a beberlo lentamente; luego de encender con placer una bonita pipa de raíz. Parecía entretenerse al lanzar humo como una locomotora a vapor y no ocultaba la satisfacción que ese hecho le producía.
—Me agradaría tener a mano el legajo de cada uno de los ejecutivos de la firma.
—No hay inconvenientes. Los tendrá en un par de minutos.
Llamó por el intercomunicador al jefe de personal, que se hizo presente de inmediato. No sabía con precisión el motivo que había para requerirlo, pero había escuchado rumores y lo más conveniente para sus intereses era demostrar eficiencia.
Cuando permanecieron nuevamente a solas, el gerente lo miró esperanzado y se apresuró a exponer el problema que lo desvelaba.
—La situación es la siguiente. Esta empresa perteneció desde su comienzo a dos socios; al fallecer ambos, los hijos nos hicimos cargo. El problema precisamente es con mi socia; ella reemplazó a su padre en la dirección de la firma. Hace ya un largo año de eso.
—¿ De qué modo puede ocasionarle problemas el hecho de compartir con una mujer el gobierno de la compañía?
—Justamente... las decisiones que ha tomado en estos meses; y por su exclusiva cuenta y riesgo, nos están conduciendo a la ruina. Dificulto que resistamos mucho tiempo antes de caer en quiebra.
—Se trata de una apreciación muy seria ¿ Podría ser más específico?
—Claro... se trata de la señorita Ramírez. Tiene 28 años y una absoluta carencia de visión comercial. Ojalá manejara las finanzas del mismo modo que la casita de muñecas, que de niña le fue obsequiada por mi padre. Nuestra firma se especializa en fabricar accesorios para automotores y no damos abasto con la demanda interna; hasta son muy significativas las cifras de exportación. En suma, tenemos entre manos una industria próspera que; por culpa exclusiva de esa inconsciente, se está yendo a pique.
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—¿Por qué motivo se ocupa ella de la parte financiera?
—Pues... porque su finado padre se encargó siempre de esa tarea.
—¿No se le pudo otorgar alguna otra responsabilidad en un sector menos urticante?
—Imposible... posee, al igual que yo, el 50 % del paquete accionario y por dicho motivo no puedo siquiera pensar en removerla.
—¿ Intentó comprarle su parte de la sociedad?
—Por supuesto, y a buen precio, pero se ha negado terminantemente a vender.
El señor Manukis se rascó el mentón. Le consultaban por casos realmente difíciles, pero este solamente parecía ridículo.
—¿Ofreció venderle usted su parte personal, señor Pérez?
—Claro... pero se niega a adquirirla, a pesar que se la ofrecí a mitad de su valor. Es suficiente que yo exprese una opinión con respecto a cualquier cosa, para que ella se empecine en sostener lo contrario. Por lo que recuerdo, ya de niña siempre fue antipática conmigo, y a pesar que le llevo un par de años, no se dignaba ni a dirigirme la palabra. Se trata de una situación desesperante. He llegado a pensar que me aborrece, que me odia a muerte y no le he proporcionado el menor motivo para tal conducta.
—Humm... ya veo. El asunto tiene sus bemoles.
—Ni que lo diga usted... ya no puedo digerir la comida de tan preocupado que me trae esta situación.
—Humm... y sin parecer entrometido ¿ En qué dilapida el dinero esa mujer? ¿ Joyas... amantes... malas inversiones?
—Usted puede saberlo. Le encanta jugar a la ruleta; todos los fines de semana viaja para despuntar el vicio y en los últimos seis meses ha logrado evaporar un millón y medio de pesos. Esa suma ha sido informada tanto por un investigador privado, como así también por la auditoría que contraté en medio de mi desesperación. A este paso, en menos de un año se hundirá la empresa; dejando en la calle a los ciento veinte operarios... y a mí, por supuesto.
—Ya veo... por lo que afirma, se trata de una jugadora compulsiva.
—Precisamente de eso se trata. Mire que con algunas artimañas hemos intentado que la examine un psicólogo; logramos engañarla diciéndole que se trataba de una encuesta empresaria de rutina; pero fue inútil. Descubrió la farsa al momento y demolió al pobre con una carrada de insultos. No toma conciencia de su problema y parece que en eso consiste el primer paso para intentar una cura.
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—Su apreciación es correcta, señor Pérez. Se halla considerada como una enfermedad de difícil tratamiento y escasa mejoría; en especial si falta la activa cooperación del interesado.
El gerente giró intranquilo la cabeza hacia ambos lados, logrando que rechinaran los resortes de su cómodo sillón de ejecutivo.
—Había abandonado el vicio de fumar hace más de ocho años y ahora he regresado al cigarrillo. Estoy enloqueciendo día a día; hasta bebo más alcohol del recomendable. Por eso acudí a usted, pues me he enterado que resolvió de manera satisfactoria el gravísimo problema de Industrias Porraca.
—Ah... Sí... lo recuerdo bien. Se trataba de un conflicto por líneas divergentes de autoridad. Los ejecutivos vivían peleándose entre ellos y lograron paralizar la producción. Le sugerí a cada uno de ellos un listado de los colegas que; a su criterio, debían ser despedidos de la firma y solicité lo mismo de cada operario.
—Fue un magnífico golpe de intuición el que tuvo usted; debo reconocerlo. Hizo caso omiso del listado de los ejecutivos, pero no así del de los obreros. Recomendó descabezar por completo a la cúpula ejecutiva, y gracias a eso se restableció en un santiamén la armonía industrial y la productividad de la firma.
Manukis despidió una bocanada de humo de mayor envergadura y sonrió satisfecho.
—Sí... aunque en ese caso me ayudó un poco la fortuna, porque ellos eligieron bien. Actualmente Industrias Porraca está considerada como la empresa líder en el ramo del corcho sintético. Ahora, regresando al tema que nos ocupa, le agradecería me proporcione toda la información que posea acerca de la señorita Ramírez ¿Cómo se llama?
—Isabel... Isabel Ramírez, 28 años, morocha. Los empleados murmuran que es muy hermosa y hasta mi secretaria pelirroja, Cristina, le envidia calladamente los ojos verdes. No se le conocen novios ni amigos. Vive sola con un gato; al que adora, en un amplio departamento de la Recoleta. Paradójicamente, concluyó hace un año, y con honores, la carrera de licenciada en dirección de empresas. Ahora parece una broma cruel esa distinción. ¿No lo cree usted así?
—Humm... son datos más que interesantes. Prosiga por favor.
—No habla con los vecinos, lo que no constituye una rareza en edificios de esa categoría, y trata a todo el mundo con distancia. No permite que nadie se le aproxime para establecer ninguna clase de lazos afectivos. ¡ Cómo me gustaría penetrar en su mente, para saber lo que realmente piensa esa mujer endemoniada!
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—No se preocupe señor Pérez, es lo que intentaré hacer en primer lugar y desde este preciso momento.
El gerente se sobresaltó. Qué persona extraña el especialista. Sin embargo era la última chance para evitar la ruina. No sólo había salvado de la quiebra a Industrias Porraca; sino que más de diez empresas de primera línea habían requerido de sus servicios y no escuchó la menor queja acerca de los métodos poco convencionales, que el insólito individuo utilizaba, para obtener invariable éxito en su gestión. De repente recordó algo que no le había mencionado.
—Me olvidaba de un detalle... También posee un acuario de regulares dimensiones en el departamento, con esos peces chinos de colores ¿Cómo se llamaban... ?
—Se llaman... se llaman carassius, señor Pérez. Es otro dato todavía más que interesante de esa mujer. También yo fui aficionado a ese pasatiempo y llegué a poseer unos cuantos ejemplares. Se ve que le gustan los animales. Sin embargo, estamos pasando por alto algo de suma importancia.
—¿De qué se trata... Señor Manukis?
—Usted... necesito conocer un par de detalles precisamente sobre usted. ¿Está casado en la actualidad?
La pregunta le cayó como un baldazo de agua fría. No la esperaba y le crujió la nuez de Adán.
—Pues... no... los negocios me han mantenido siempre ocupado. He dedicado toda mi vida y energía a esta empresa. A los treinta y cuatro años no busqué nunca una mujer con carácter de permanente. Tan sólo hembras ocasionales de quita y pon; del tipo de las que no ocasionan problemas y si los provocan, uno da el portazo y hasta nunca más verlas.
—Es un punto de vista ciertamente opinable, señor Pérez... en realidad, esa mujer es la única que se encuentra sin necesidad de buscarla. Aparece de la nada y ya está... se produce una llamarada que nos cocina en nuestros propios jugos... y en ocasiones hasta hay quien confiesa haber escuchado o percibido un campanazo en plena nuca. Después de eso nada será igual que antes. Se lo puedo asegurar... he leído bastante sobre este tema.
Cada vez más extraño este individuo ¿Quién lee hoy en día sobre el amor? Esto pensaba el gerente y de pronto cedió a la tentación de preguntarle algo a Manukis.
—¿ Y usted? Alardea mucho del tema, pero me agradaría saber algo de su vida privada. ¿Ya halló eso que, según afirma tan pedagógicamente, se encuentra sin buscar?
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Manukis se ruborizó. Para ocultar su desconcierto chupó varias veces con intensidad la boquilla de la pipa y despidió una enorme voluta de humo, que huyó velozmente hasta el cielorraso de la oficina pero le dio un instante para pensar la respuesta. Había leído mucho sobre el tema pero... Todavía continuaba viviendo en soledad... Ni perro tenía. Ocultó el hecho bochornoso que tanto lo avergonzaba, lo del perro en especial; ya que siempre había deseado poseer uno y hasta tenía el nombre apropiado de bautismo: “Cachafaz”: Pero se habría tratado de un castigo poco noble, confinarlo a penar todo el día en una vivienda solitaria. En cuanto a lo otro... A la muy impertinente pregunta de su interlocutor... Humm...
—Humm... usted es la primer persona que me lo pregunta. Debo reconocer que nunca me había sucedido hasta hace poco... muy poco. Voy a satisfacer su curiosidad cuando tenga algo más en firme. Se lo prometo... palabra de Manukis.
Cuando ambos concluyeron de beber el café, el especialista aprovechó para hacerle una amplia petición final.
—Deseo carta blanca. Un límite razonable para gastos y viáticos y autorización para recorrer cualquier sector de la empresa, de día o de noche; y por sobre todo... que la señorita Isabel Ramírez no sepa de mi presencia por ninguna circunstancia. Es fundamental esto último. Otra cosa más... acostumbro facturar honorarios muy elevados, pero solo cuando resuelvo adecuadamente el problema. Tampoco usted conocerá demasiado de mis movimientos, pues acostumbro trabajar en las sombras. Si está de acuerdo, podemos establecer la duración de mi intervención, en digamos... seis meses a partir de hoy.
—Trato hecho señor Manukis.
Sellaron el acuerdo de caballeros con un apretón de manos. El gerente quedó satisfecho. Al menos una persona experta se ocuparía del problema que le estaba quitando el sueño y lo llevaba en dirección a una irremediable ruina.

o0o

Sucedieron algunos acontecimientos extraños durante el primer mes de gestión de Manukis. En eso pensaba por la mañana el gerente, mientras revisaba su agenda diaria. Fiel a una costumbre inveterada, le agradaba recapitular cada uno de los hechos producidos, incongruentes todos ellos en apariencia.
El lunes posterior al encuentro con Manukis, su socia apareció como lo acostumbraba de lunes a viernes en la empresa; claro está que apoyada en un bastón y con una primorosa bota de yeso en la pierna derecha. Solamente atinó a observarla con fastidio mientras ella le comentaba:
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—Se encontraba tan encerado el piso del pasillo, que el sábado resbalé precisamente antes de llegar a la cabina del ascensor. No pude viajar. Me diagnosticaron un esguince de tobillo y he pasado el fin de semana entre algodones. Me han tomado un montón de radiografías, y este yeso es el más antiestético que se le ocurrió al médico de la clínica. No tuve más remedio que tolerar todas las películas de la televisión; puro opio, menos mal que mi gato Pericles me hizo compañía.
Eso estaba bien, más que bien —pensó el gerente. Un fin de semana sin ruleta ya era de por si un apreciable ahorro para las finanzas de la compañía. Y suspiró esperanzado, en tanto su mente maquinaba que los yesos no se hacen tan sólo por un día.
La escayola mantuvo inmovilizada a Isabel por más de cuatro semanas. En dicho lapso su socia concurrió a diario a la oficina, apoyándose trabajosamente en su bastón y se ocupó de las obligaciones del cargo, de modo tal que no le mereció el menor de los reparos. Se trataba de otro inesperado y prolongado respiro para la sufrida cuenta bancaria.
Precisamente en ese momento, el gerente abría el sobre que con excesivo sigilo le ofreció Cristina, su eficiente y pelirroja secretaria.
—El señor Manukis me encomendó que se lo entregue en propia mano.
Cristina se retiró bamboleando su falda tableada. Bonita empleada; él en persona la había escogido. Aunque por norma, jamás le prestaba excesiva atención al plantel femenino de la empresa.
—Humm... ¿Estará totalmente en sus cabales el tal Manukis? Aquí me sugiere aumentar el salario del personal un 30 %... y además, hacerlo retroactivo al último mes. Debe estar loco de atar. Esta medida nos precipitará en un profundo caos. Los números no cierran... es como anudar una segunda cuerda al cuello de un ahorcado.
Pero al rato, siguiendo el dictado de una repentina intuición, llamó al jefe de personal y lo instruyó para que difundiera el aumento general de sueldos. Hubo enorme revuelo en la fábrica y una delegación de operarios, con el delegado sindical al frente, se deshizo en alabanzas y obsequiosas jaculatorias; para reconocer expresamente la magnífica y novedosa nueva política de la compañía. Luego de tan insólita escena, debió enfrentarse de inmediato con su socia, que irrumpió tremendamente colérica en la oficina, munida con el comunicado impreso que blandía agresivamente con ambas manos.
—¿De qué se trata esta barbaridad? ¿A quien consultó antes de tomar esta medida?
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—Querida Isabel... no necesito la aprobación de nadie para tomar una decisión que está dentro de mis atribuciones; como debiera saberlo. Del mismo modo nunca he invadido su esfera de acción, a pesar de que sería deseable algo más de armonía entre nosotros.
Pérez esbozó una sonrisa cuando Isabel finalmente se retiró, ofuscada y masticando rabia. La pequeña revancha le costaba caro, pero sintió un agradable y grato cosquilleo. También él era capaz de despilfarrar dinero.
Gracias al bendito yeso, la fiebre de ruleta desapareció durante un prolongado mes de las proximidades del aura de Isabel Ramírez. Cuando un entonces resignado Pérez la vio ingresar; ya sin la bota blanca, el siguiente lunes, no pudo creer aquello que oía.
—He pasado un fin de semana increíble. El viernes, al regresar a mi departamento, encuentro a Pericles con una fiebre infernal. En la veterinaria le diagnosticaron moquillo. No me quedó otra solución que acompañar al minino, para proporcionarle los remedios y la dieta estricta que le recetaron. Por suerte ahora está mejor, casi fuera de peligro según afirmó el veterinario.
—Me alegro mucho por Pericles y por usted, Isabel... Se trata de un gato adorable... Casi tanto como su propia dueña.
Isabel lo examinó de reojo.
—Es la primera vez que se le ocurre decirme algo dulce ¿ No estará enfermo... Juan?.
No hubo necesidad de aguardar una semana completa para averiguar la relación de Isabel con la Ruleta. El sábado siguiente por la madrugada, Juan Pérez debió concurrir de urgencia a una comisaría de Chascomús; en plena ruta a Mar del Plata, para rescatar a su socia de las despiadadas garras policiales.
—El automóvil en que viajaba la señorita posee denuncia por robo, señor Pérez. Hemos secuestrado el vehículo y ella permanecerá demorada hasta verificar adecuadamente los hechos y esclarecer satisfactoriamente su situación personal.
Debió extremar recursos ante el oficial policial, con intervención incluso de un diputado amigo, a fin de aclarar el enojoso malentendido. Aparentemente todo se había debido a un molesto error. Había sido denunciado un vehículo de otra marca, pero con el mismo número de patente. Se trataba con toda seguridad de otro imperdonable traspié de la burocracia policial. Isabel permaneció furiosa y sin hablar durante el trayecto de regreso a la Capital.
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Esa semana transcurrió sin novedades de importancia. Isabel se ocupaba con dedicación total de sus tareas específicas y había saldo acreedor en las cuentas corrientes bancarias. Hasta se pudo levantar un pagaré antes del vencimiento y otras obligaciones comerciales de rutina. Y eso no era todo, la productividad de la empresa había aumentado un extraordinario 28 % a caballo del aumento salarial. ¿Quién hubiera podido imaginarlo? El panorama futuro se avizoraba ahora bastante más halagüeño. El gerente elevaba sus ojos al cielo y sonreía agradecido a nubes que no le prestaban la debida atención.
El lunes siguiente la observó entrar a su despacho con aparente calma.
—¿Quieres creer Juan, que en todo el fin de semana no hubo un solo pasaje aéreo disponible para viajar a Mar del Plata?
—¿ Cómo pudo suceder algo así...? Es la primera vez que escucho algo semejante.
—Afirman que había una convención de candidatos y demasiados pasajes estaban reservados con anticipación por un partido político. Por si fuera poco, las computadoras del aeropuerto enloquecieron de repente y marcaban excesiva sobreventa... hasta que se cayó el sistema informático y todo el mundo comenzó a protestar a los gritos.
Juan Pérez se rascó intrigado el mentón ante tamaño misterio. No creía posible que el tal Manukis fuera responsable de tamaño cortocircuito; ello a pesar de que sus manejos subterráneos continuaban siendo inescrutables. Atinó a expresarle sin embargo, y a modo de consuelo la tuteó con suavidad.
—Pero si tanto lo deseabas, hubieras podido viajar en micro.
Ella lo miró entreabriendo sus ojos verdes, más verdes que nunca.
—Sabes bien que odio sentarme en asientos sucios, llenos de microbios.
—Lo había olvidado... ¿ Qué tal anda Pericles?
—Oh... gracias por recordarlo, se encuentra totalmente repuesto del moquillo.
Por un motivo o por otro, trascurrieron otros dos meses sin que Isabel Ramírez pudiera recorrer los 400 kms; precisamente hasta el Casino de Mar del Plata para despuntar su vicio de apostar a la ruleta. El gerente intuía la mano misteriosa de Emmanuel Manukis en el asunto, pero no llegaba a comprender los medios de que se había valido, para obtener semejante seguidilla de pequeños milagros. Todo sonaba como debido a una perfecta sucesión de accidentes casuales. Demasiado casuales en verdad.
En todo ese lapso, el especialista no había asomado las narices por la empresa. Simplemente había desaparecido y con la única persona que se comunicaba era con Cristina; la secretaria pelirroja que, con tenue sonrisa, guardaba prudente silencio de las frecuentes conversaciones sostenidas con el anémico individuo.
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Nuevamente fue Cristina quien ingresó a la oficina del gerente con un sobre lacrado y una enorme caja de encomienda.
—El señor Manukis me recomendó que se la entregara con una condición, que nadie se entere del contenido de su mensaje, ni de la existencia de este paquete.
Cuando desempacó el envase de telgopor, se encontró insólitamente con una bolsa de nylon llena de agua hasta la mitad; la otra contenía oxígeno a presión. Tres peces chinos de regular tamaño; rojos y de aletas vaporosas, navegaban a sus anchas en el improvisado recipiente. Leyó la nota con premura. Cada vez le parecían más extraños e inexplicables los manejos del especialista.
“Estimado señor Pérez: Debe obsequiarle estos peces a Isabel. Se llaman Carassius, no se le ocurra olvidar este nombre. Dígale que pensaba hacerle un regalo y que no encontró nada más apropiado. Firmado: Manukis.
Posdata: “En el envase de telgopor encontrará un libro, que le sugiero estudie a fondo; pues es posible que dentro de poco tiempo necesite poner en práctica lo que aprenda del mismo. No hace falta que le exprese que se trata de un estudiado movimiento estratégico en beneficio de la empresa.”
—Este tipo está rematadamente loco —Así pensaba el gerente, mientras hurgaba entre los papeles del envase, hasta dar con el libro de marras. El título le intrigó en demasía: “Manual de Crianza del Carassius Auratus, Alimentación y Enfermedades.”
La cara de sorpresa que exhibió Isabel en el momento de recibir el regalo fue gratificante en extremo. Los ojos le relucían con el mejor verde esmeralda que supo conseguir.
—Oh... son hermosos ¿Cómo se enteró que estos bichos son mi gran debilidad? Tengo tres iguales a estos en el departamento, en un bonito acuario lleno de plantas y distraigo gran parte de mi tiempo libre en observarlos y admirarlos. Es como presenciar el más maravilloso ballet acuático.
Juan Pérez se derritió con el elogio. Jamás había esperado tal clase de reconocimiento por parte de una socia que sabía fehacientemente que le aborrecía. El asunto prometía. Admiró la sagacidad de Manukis para descubrir y desnudar los afectos de Isabel.
—No es nada de importancia, querida Isabel. Se trata de lo menos que podía hacer por una socia tan simpática. Si hubiera sabido que le agradaban tanto, le habría conseguido un cardumen completo.
—Siempre tan exagerado, Juan. Ha dado en la tecla exacta de mis preferencias.
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Cuando Isabel se retiró muy ufana con su presente, el gerente se tocó la mejilla donde la mujer había estampado un simple beso de agradecimiento. Le ardía como nunca lo hubiera esperado. Las sensaciones que últimamente lo acosaban a mansalva, le hacían experimentar una experiencia por demás novedosa.
Juan Pérez se tomó toda una semana para estudiar todo lo que es posible saber acerca de los preciosos pececillos dorados. Al fin, sin tener la menor experiencia práctica, conocía a nivel teórico tanto como el mejor de los expertos... en la categoría de principiantes. Por ello no se sorprendió demasiado cuando; a las dos semanas, Isabel irrumpió en su despacho, con el rostro demudado y una expresión dolorosa y desesperada.
—Juan... debe enterarse de la desgracia que ocurrió anoche, y precisamente con los peces que me obsequió. Estoy desolada y he llorado a mares por horas.
El gerente dibujó cara de circunstancias, mientras Isabel le refería que los tres peces recibidos parecían haberse adaptado; y sin ninguna dificultad aparente, a su nueva vivienda... Hasta anoche. Cuando se levantó para prepararse un té, presenció la más increíble de las carnicerías. Los nuevos inquilinos agredían a los primitivos ocupantes, que huían despavoridos con las panzas engrosadas a través del acuario, y los castigaban con hocicazos terribles en sus cuerpos hinchados y sin posibilidad de defensa.
—Estuve a punto de llamarlo por teléfono, pero considerando la hora y que podría estar acompañado, postergué hasta hoy el pedido de auxilio para mis inocentes pececillos.
Juan Pérez sonrió por dentro, mientras mostraba en el exterior una mirada comprensiva y tranquilizante. ¿ Qué maravillosos secretos custodiaban esos ojos verdes que desesperadamente le suplicaban ayuda?
—Querida Isabel. Con gusto habría acudido al instante a su llamado. Por otra parte, nadie me acompaña en mi casa... los leños de mi hogar tiritan en medio de solitarias telarañas. Pero por favor, sonría... me conmueve verla así, porque no sucede nada de extraño con los peces del acuario.
—Pero... si se estaban matando.
—La realidad no se casa con la apariencia, Isabel... con los peces sucede lo mismo que con las personas. Al llegar cierto momento de su vida, intentan encontrar su pareja.
—Bonita manera de buscar pareja. Acabarán muertos los pobrecillos.
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—Los que considera hocicazos, no son otra cosa que los golpes de los machos, que al percutir el abdomen de la hembra, le estimulan un aumento del flujo de sangre; necesario para que sus ovarios puedan expulsar los huevecillos. Huevecillos que ellos van fecundando por detrás. La naturaleza es sabia.
—¿Cómo conoce usted tanto sobre peces?
—Elemental, Isabel, la crianza del Carassius Auratus ha constituido uno de los más gratos pasatiempos de mi juventud. —Mintió descaradamente, para luego añadir.
—Pero ¿No ha observado la presencia en el piso del acuario, de multitud de huevos transparentes, de tamaño tan pequeño como una cabeza de alfiler?
Isabel se tranquilizó bastante luego de la sesuda y didáctica explicación de Juan.
—Ahora que lo dice... antes de venir a la oficina aún se perseguían, pero sí... sí... en el piso del acuario se notaba una gran cantidad de esos... huevecillos. ¿Qué debo hacer entonces?
Juan se sintió rebosante. Este Manukis era fuera de toda duda un genio fuera de lo común. Sus métodos no parecían ser nada convencionales, pero se revelaban como altamente efectivos.
—Permítame corregirla, Isabel ¿Qué vamos nosotros dos a hacer entonces? Como primera medida, debemos comprar barbas de palmera. Las desplegamos y depositamos por el fondo y todos los rincones. Los huevecillos son muy adhesivos y en el interior de las barbas estarán a salvo de los padres. No se alarme, pero sucede que estos bichos tienen la costumbre de comer sus propios huevos, si éstos no se encuentran adecuadamente protegidos. Les agrada el caviar tanto como al mejor de los aristócratas. Vayamos ya mismo, antes de que sea demasiado tarde.
Concurrieron juntos a un negocio que vendía accesorios y compraron diversos elementos. Juan se encontraba ampliamente satisfecho con la lista que había preparado ex profeso y el nivel de conocimientos teóricos adquiridos; al leer y releer concienzudamente el manual de crianza que le fuera proporcionado por el especialista.
Isabel no dudó ni un instante en proponer que las barbas de palmera, pletóricas de huevos, debían ser depositadas en un recipiente de mayor capacidad, que el ya de por sí amplio acuario. Sugirió sin pestañear el jacuzzi de su propio baño. Allí evolucionarían a sus anchas las ahora adoradas cabecitas de alfiler.
Lo llenaron a rebosar de agua; le extrajeron el cloro con liquido declorinador y depositaron finalmente allí media docena de barbas de palmera, para proceder a incubar los futuros miembros carassius de la familia Ramírez.
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Tal como recomendaba el libro, también fue depositada una hoja de lechuga en el fondo del jacuzzi. Gracias a su descomposición se criarían microscópicos infusorios, que les servirían de primer alimento a las crías cuando eclosionaran. En el acuario general había retornado la paz y los exhaustos peces nadaban en absoluta calma, enarbolando su vaporosas y elegante aletas; en medio de lo que parecía tratarse de un grato armisticio sexual.
Mientras regresaba a su casa, Juan Pérez se mostró satisfecho. ¿ Cómo no estarlo? Habían transcurrido escasamente cinco meses de la gestión del tal Manukis, y ya se podían apreciar resultados ciertos y palpables. Isabel no había pisado el maléfico casino y gracias a la incubación de los huevecillos, no tendría por un tiempo la menor oportunidad de acercarse. Ellos mismos se ocuparían; luego del horario de oficina, de la crianza de los alevinos que nacerían en tres o cuatro días. Había que alimentarlos como a bebés, su boca tan pequeñita sólo toleraría alimentos de tamaño microscópico. Debían preparar y criar artemia salina en cantidad suficiente. El proceso llevaría algún tiempo. Y quien sabe lo que puede suceder en ese lapso.
Se estremeció al recordar el tibio beso de Isabel en ocasión de despedirlo. Lo rodeó con sus brazos y sintió la turgencia de unos senos ardientes, que hicieron añicos en un instante los mil dogmas de su ancestral filosofía machista. La primavera es una estación que contagia a todo el mundo; invitando a florecer los aún somnolientos estímulos invernales. Las especies no conocen otro camino para la supervivencia. —¿O existe algún otro motivo desconocido para la existencia de dos sexos en los seres vivos?

o0o

Unos meses después, Emmanuel Manukis refregaba con afecto la oreja de Cachafaz; puro perro de ignoto pedigrí, que representaba su más reciente adquisición. Luego de abrir el buzón de la correspondencia, extrajo del mismo una colorida postal, que hablaba de doradas playas tropicales y mares muy azules. Seguramente del caribe; supuso mientras le echaba un rápido vistazo al sello postal. Subió a su departamento y mientras esperaba a la esposa; que se había demorado unos minutos en comprar medialunas para el desayuno; se tomó el tiempo necesario para encender su acostumbrada pipa. Despidió con fruición la humareda consabida con resabios de vainilla y chocolate y recién entonces, con Cachafaz apoyando complacido su tibio y húmedo hocico encima de los zapatos del dueño, tomó asiento para leer lo que estaba escrito en el reverso.
“Saint Thomas, abril 15.
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Apreciado señor Manukis: No tiene usted idea de los enormes servicios que ha prestado, no solamente a la empresa; de acuerdo al trato que oportunamente habíamos convenido, sino a mí mismo y a mi queridísima socia Isabel. Hace tres meses que estamos felizmente casados y cada día descubro nuevas virtudes en ella. Al casino ni siquiera lo ha nombrado una vez y eso que aquí hay uno muy bonito; es como si no hubiera existido más que en su imaginación. Estas playas doradas son de locura y la estamos pasando mejor que duques. Es la primer persona en enterarse, que no sólo somos padres de dos mil peces chinos de colores ¿Cómo se llamaban?... Ah, sí... Carassius; sino que la misma Isabel se ha contagiado de ellos y está absoluta y definitivamente embarazada, por supuesto que sin ningún agresivo hocicazo de mi parte. Le he comentado acerca de su intervención y no se ha incomodado en absoluto; aunque el esguince todavía le provoca pequeñas molestias en ocasiones. No le guarda ningún rencor y hasta me ha sugerido que lo nombre como padrino del bebé.
Un fuerte abrazo. Firmado: Juan e Isabel.”
El especialista apartó la pipa y soltó una breve carcajada. Continuó leyendo, pues existía una posdata, firmada ahora solamente por Isabel.
“Lo que no voy a perdonarle nunca, es aquella obligada estadía en la comisaría de Chascomús. Allí no había un solo sanitario decente, tan solo una miserable letrina que carecía de inodoro. Un abrazo afectuoso de gratitud, por ayudarnos a reconocer con claridad nuestros propios sentimientos ocultos.”
Otra rotunda carcajada siguió inmediatamente al fin de la lectura. Debía contestarla, aprovechó que disponía de un momento de tranquilidad y no demoró en escribir la respuesta.
“Estimado señor Pérez. Para expresarlo con mayor precisión... Señor Juan Pérez de Ramírez, pues eso es lo que indefectiblemente sucederá. Las mujeres lograrán en poco tiempo el adjetivo posesivo sobre su pareja; hecho que en la práctica detentan en realidad desde la misma creación del Universo. Aunque con inocencia e ingenuidad, logran hacerle ver al hombre exactamente lo contrario; pero sin lugar a dudas no se trata de otra cosa que de un espejismo.
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Isabel estaba pirrada por usted desde niña; aunque en la práctica le demostraba lo contrario a diario. Los escapes al casino y la amenaza de bancarrota de la empresa fueron el único medio que se le ocurrió para llamarle su atención. Lo supe siempre... por el asunto ese de los peces chinos. Hércules Poirot coincidiría en un todo de acuerdo con mi razonamiento. Espero que en su ausencia no hayan encargado al gato Pericles el cuidado de los Carassius. Hasta el detective de Agata Christie lo hubiera desaprobado con un movimiento de manubrio del bigote.
Usted debe aceptar ahora que finalmente encontró a SU mujer y sin buscarla. Es la vieja fábula de siempre, que se repite con el mismo remanido final desde el principio de los tiempos. Todo sea por la perpetuación de la especie, otra buena broma con que fuimos obsequiados por los dioses de todas las religiones.
A pesar de todo, debo reintegrarle una cierta parte de los honorarios profesionales percibidos; puesto que indirectamente usted, señor Pérez, me ha ayudado a resolver un severo problema personal; al que no le encontraba solución posible. Se ha comportado como un verdadero especialista, aunque sin tener cabal conciencia de ello. Debe recordar que el día que cerramos nuestro trato, me efectuó cierta pregunta que quedé en contestarle cuando tuviera algo en firme. Pues bien, este es el momento preciso de confiarle a usted que también encontré a MI mujer y... sin buscarla. Nos hemos casado el mismo día que ustedes partieron en su luna de miel y si no me equivoco demasiado, también debe estar 90% encinta; pues ya son tres las noches en que he debido alejarme de casa, en pantuflas y a las tres de la mañana, para conseguirle frutillas con crema”.
Firmó Emanuel Manukis. Y luego de un segundo de vacilación, añadió una posdata.
“Ah... espero que no se enfade demasiado cuando se entere que me he permitido robar de su compañía a uno de sus empleados más valiosos y competentes...”
No llegó a concluir la frase. La puerta de entrada se abrió y una hermosa pelirroja de aire maternal se le aproximó y acercó a su boca una crocante medialuna. Lucía la típica sonrisa de toda hembra irremediablemente enamorada. Él, como especialista, sabía bastante acerca de eso, porque había leído mucha información sobre dicho tema en particular.
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La lapicera se le cayó al piso, mientras la contemplaba arrobado a los ojos y respondió con otra boba sonrisa; propia de todo recién casado. Acción que jamás debiera permitirse un especialista competente y experimentado, pues en tal caso se desploman todas sus defensas internas y resulta absolutamente desprotegido y a merced de los siempre veleidosos vaivenes del amor.
—Gracias querida... exactamente esto es lo que necesitaba, y con gran urgencia... vamos a saborearla juntos, uno de cada extremo y después nos castigaremos beso a beso, hasta hartarnos ¿ Estás de acuerdo?
......
—Ya comiste tu parte de la medialuna... Mhmm... ¡ Me estás mordiendo los labios!... Mhmm... y además no me permites respirar... querida Cristina... amor mío... Mhmm... Mhmm... Mhmm...
......
—¡¡¡Cristiiiinaaaaaaaaa... !!!.
Esta última expresión no debe ser tenida en cuenta por el amable lector. Constituyó el último manotazo de ahogado del rebelde subconsciente de un especialista, que intentaba infructuosamente regresar por sus fueros; para tratar de dominar una situación que se le había escapado definitivamente de las manos.
Con sabia prudencia animal, Cachafaz no intervino para nada, en lo que parecía una tonta discusión entre sus incomprensibles humanos proveedores ¿Qué es eso de irse a las manos, luego de tanto estúpido besuqueo? Continuó lamiendo impertérrito un hueso de osobuco.
Eso sí que realmente valía la pena.
 
 

LA MONEDA SABIA
 
 
 
Sebastián encargó un capuchino y paladeando un cigarrillo, se acomodó en la mesa del bar. Había escasos clientes a esa hora y aprovechó para ocupar la más cercana a la calle, para disfrutar de la vista panorámica que ofrecía un amplio ventanal. La lluvia, lerda y cansina, empapaba a los escasos transeúntes; ya que la mayoría se había reparado debajo del protector paraguas de los gigantescos gomeros de plaza Lavalle. La intempestiva garúa gruesa la había despoblado de gente, y los quioscos que comerciaban libros de segunda mano, se encontraban cubiertos con coloridas telas plásticas y masticaban la orfandad de compradores y voyeristas; aquellos que observan y revuelven todo pero sin comprar nada.
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Mientras disfrutaba el capuchino de a pequeños sorbos; examinó de reojo su flamante rolex. Eran las seis y media de la tarde y hacía escasos minutos que había finalizado con su tarea diaria en el estudio de arquitectura. El flamante diploma universitario, obtenido pocos años atrás, le había posibilitado iniciar una empresa con dos compañeros de la facultad; pequeña aún, pero en pleno crecimiento. Había tenido la suerte de que uno de los socios fuera sobrino de un pescado gordo del Ministerio. Las licitaciones así obtenidas les permitieron un progresivo desahogo económico. Por ese lado no existía ningún tipo de problemas, se encontraba francamente angustiado por otra causa... y ese molesto asuntito lo tenía a maltraer.
Inconscientemente, colocó su llavero sobre la mesa y extrajo del mismo una moneda con el centro perforado; con gesto automático la arrojó repetidas veces al aire. Se trataba del gesto típico que acostumbraba desde la niñez. La mayoría de las decisiones de importancia que había tomado en toda su vida, fueron auxiliadas por esa cábala infantil.
Cara... me quedo con Alejandra. Seca... será Silvia la elegida. Repitió el acto una docena de veces y al final contabilizó los resultados. Alejandra obtuvo seis aciertos y Silvia los seis restantes. Enojoso e inesperado empate provocado por su cábala.
Nunca antes le había sucedido nada semejante. La sorpresa le hizo repetir la operación y entonces resultó definitivamente consternado. La testaruda moneda se empecinó en producir idéntico guarismo: Seis a favor de Alejandra y seis a favor de Silvia; por lo tanto, dicho resultado del azar le impedía tomar una determinación justa. Cero capacidad de decisión. Se hallaba muy molesto con la moneda, pues no le ayudaba a resolver su difícil elección. Dadas las actuales circunstancias, era absolutamente imposible que mantuviera una relación simultánea con ambas.
Menudo dilema le roía la mente. Había contado con ese auxilio para asumir la que consideraba su mayor decisión. La más fundamental de toda su vida y que seguramente incidiría en su futuro. ¡ Qué disyuntiva tan absurda!
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Concluyó el capuchino y encendió el segundo cigarrillo. No estaba de más efectuar un pequeño balance de su propia existencia. La intuición le susurraba al oído que el problema era bastante más complejo de lo que había imaginado. No todos los días se asume una determinación con semejante impacto en la vida de uno. Nacer es el único acto que no elegimos; todos los demás dependen de las decisiones de uno mismo... en especial, de las equivocadas. Es bien sabido que tan solo se logra aprender de los errores, los aciertos jamás enseñan nada de provecho.
Tampoco era cuestión sencilla optar entre Alejandra o Silvia. Cada una de ellas poseía escasos defectos y ponderables virtudes. Las dos le agradaban a rabiar y le amaban ambas por igual. Reconoció que ambas le complacían con placer y se sentía tan a gusto con ellas en la alcoba como también fuera de ella ¿ Quién ha dictaminado que en esta vida únicamente es posible amar a una sola mujer? Debió tratarse de algún filósofo de cuarta, quizás impotente y con la próstata estropeada, el responsable de esparcir teoría tan disparatada. De seguro intentaba sembrar el desconcierto en el corral masculino.
Él disfrutaba con ellas y ellas se encontraban muy a gusto con él. Si las cosas estaban bien así ¿ Por qué modificarlas? La única precaución importante consistía en que cada una debía permanecer ignorante de la existencia de la otra. Pero esa situación no era fácil, directamente constituía un soberano imposible... Dadas las actuales circunstancias.
Alejandra fue su tercer noviecita del currículo. Delgada, morocha, ojos verde esmeralda, que cuando le enfocaban fijamente le producían hipo en la entrepierna. Y qué cabello... Cabellera lacia y larga hasta donde muere la espalda, con dos trencillas en miniatura. ¡Dios mío... Qué soberano equipaje para navegar por los mares de la vida! Por si esto no fuera suficiente, era inteligente, femenina a destajo y compinche para participar en cualquier marranada. Bah... también bastante dispuesta para, en un santiamén, despojarse de cualquier exceso de ropa en el momento adecuado.
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Recordó la oportunidad en que ella había aparecido con el rostro triste y demacrado. Él se encontraba en cuarto año y ella en Bellas Artes, y con lágrimas en los ojos le confesó una falta menstrual. Él, como correspondía, la acompañó al especialista y luego de los análisis de rutina y un breve tratamiento, ella se recuperó de lo que había sido un simple atraso. Menudo dilema se les hubiese presentado en aquel momento, si un embarazo era el responsable del dudoso cuadro. Ambos con la carrera sin concluir, carentes de medios económicos propios y abrigados tan solo por el cariño animal que los incineraba y devoraba a diario por dentro.
Por suerte todo había evolucionado favorablemente. De todos modos, en esa ocasión revoleó también la acostumbrada moneda. ¿El resultado? Once a favor de asumir la responsabilidad de un hijo no deseado y solamente uno para que se hiciera perdiz y bajara el telón a una relación, que los condenaba al lecho con reiterada lujuria, apenas uno de ellos notaba la presencia del otro a una distancia menor de un kilómetro. Había tranquilizado su conciencia, que por cierto le remordía un poco, con un razonamiento tan simple como práctico. Ellos se acostaban para disfrutarse mutuamente, no para hacer un indeseable bebé.
En su planteo, no se hallaba incluida la probabilidad de un embarazo, ni la inexorable consecuencia de los sucesos que su materialización crearía. No habían tomado las debidas precauciones; ese detalle lo corrigieron luego. Buen susto se había llevado con tantas peripecias.
Aprovechó para efectuar un somero resumen. Alejandra poseía muchas de las virtudes que todo hombre busca en la mujer ideal. Además lo amaba hasta con los callos del pie. ¿Defectos? Tan sólo uno: Era celosa, muy mucho... tremendamente. No soportaba siquiera que otra hembra le obsequiara una mirada apreciativa ni siquiera de lejos. Claro que esa faceta la mantenía bien oculta; pero en ocasiones solía traicionarse con algún comentario hiriente. En especial acerca de la belleza de otras mujeres; precisamente de aquellas que navegan por la vida como corsarios y se complacen en atracar su agresivo garfio solamente en barcos ajenos. Sostenía que únicamente disponían de ciertos méritos, adquiridos a filo de bisturí en quirófanos de cirugía plástica. Opinaba que la ambición de la mayoría de las mujeres en edad de combate, consistía en comprobar la fortaleza de los matrimonios ajenos y que practicaban a diario el arte de seducir, tal como lo harían con cualquier otro deporte. Afirmaba que paladeaban el triunfo cuando derribaban las murallas de una ciudadela reputada de inexpugnable. Sus propios celos los transfería en la envidia ajena contra sus rivales del propio sexo.
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Por ese y otros motivos plausibles, que no valía la pena recordar, Sebastián se anduvo con prudente cautela para no descuidar las sábanas de Alejandra, al mismo tiempo que se refocilaba juguetonamente en las de Silvia. Tarea excesivamente agotadora pero altamente gratificante. En el último año había brincado de un lecho a otro, sin asomo de la menor culpa por satisfacer su voraz apetito de seductor empedernido.
A Silvia la había conocido en el Estudio. El motivo de la consulta consistió en un proyecto de refacción del semi piso en que vivía; casualmente el mismo que sus padres le habían obsequiado en plena Recoleta. Había sido recomendada por el gerente de un Banco extranjero; conocido de ambos, y el Estudio cumplió con la remodelación de modo satisfactorio para ambas partes. Él también realizó todo a la perfección. Estrenaron juntos la mullida cama; con su colchón de agua tibia a la temperatura exacta; y disfrutaron hasta el hartazgo de una intensa y agotadora ración de sexo.
A partir de ese momento salieron juntos con frecuencia y aquello que había comenzado como una aventura con plazo fijo de extinción; apenas mermara la temperatura de sus respectivas glándulas sexuales; se fue transformando poco a poco en una relación estable. Silvia era abogada, hija de patriarcas que dilapidaban sangre azul hasta en la última gota de saliva, y encontró en Sebastián el amarradero ideal para su buque filibustero. Es más, pensaba seriamente en concretar sus ensueños nupciales por medio de las consabidas alianzas de platino. Su cabello era legalmente rubio y daba guiños con un par de ojazos celestes que provocaban taquicardia solo con mirarlos de reojo. Su talle espaguetti delimitaba unas curvas, extremadamente peligrosas para los conductores que no contaran con el adecuado sistema de frenos más resistente.
A pesar de tener resueltos todos los problemas económicos hasta por veinte generaciones, Silvia producía la impresión de ser sencilla y hasta modesta... Claro está que fuera del lecho; pues en ese preciso lugar afloraba su otra personalidad; la que siempre mantenía oculta en sociedad, más primitiva y salvaje. No le otorgaba ninguna importancia al dinero ¿Por qué los únicos que se ufanan de no darle importancia a tan pequeño detalle, son precisamente quienes disponen de excedentes exportables de la tan requerida materia prima? Vaya uno a saber.
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En su cumpleaños, Sebastián le había obsequiado un enorme ramo de rosas rojas. Ella se lo agradeció con un beso húmedo en plena boca y le enfundó a su vez un fino rolex de oro en la muñeca. Menudos problemas padeció cuando debió explicarle a Alejandra la posesión de semejante chatarra. Menos mal que la muy ingenua y crédula se había tragado el cuento acerca de una imitación barata. Que si nó... Seguramente habrían ardido Troya y medio mundo antiguo.
Sebastián sacudió la cabeza, había permanecido tan sumergido en la profundidad de sus propios pensamientos, que no se percató del inexorable paso del tiempo. Otra ojeada al rolex le informó que eran la siete. Se había comprometido a estar en el departamento de Alejandra dentro de una hora y media. Ella efectuó una especie de comentario trivial a las perdidas; y él, como buen entendedor que se consideraba, percibió que la conversación que se avecinaba era final y decisiva para el futuro de la relación.
En el fondo, eso justificaba que permaneciera cavilando, mientras vagabundeaba errático por la constelación de las dudas. Muy a su pesar reconoció la lógica de Alejandra. Hacía seis años que eran pareja y convivían indistintamente; y a su exclusivo albedrío, en cualquiera de ambos departamentos. Creyeron que, por el momento, lo mejor era conservar cada uno su propia intimidad, hasta que arribara el feliz instante de asumir la decisión fundamental. Esa decisión que tanto le costaba asumir a Sebastián.
Por eso, cuando Alejandra combinó la cita, dejó bien en claro que luego del postre iban a conversar muy... pero muy seriamente. Más claro imposible... por eso él, huidizo siempre de toda responsabilidad, debía tomar una decisión y tenerla dispuesta para esa misma noche. Qué situación difícil. No terminaba de definirse por ninguna de las dos mujeres que se turnaban en ocupar su lecho, vida y pensamientos. Las dos eran inteligentes y súper bonitas, ambas se derretían por su amor y harían seguramente de magníficas esposas para cualquier afortunado. Elegir entre una reina de belleza rubia y otra morena, devenía en una tarea ardua e imposible. ¿ Por qué no se permitirán los matrimonios múltiples? Muchas culturas de la antigüedad experimentaron tal conducta; y de acuerdo a lo que había leído, con bastante buen resultado. Claro está que en esas culturas la mujer era considerada como simple objeto sexual; sujeto a trueque y compraventa como el ganado. Maldijo la epopeya de liberación femenina y le achacó buena parte de los males que aquejan actualmente a toda la humanidad. De eso mantenía total certeza.
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Pero en tanto... en tanto, él debía tomar una decisión. Observó la moneda perforada, que descansaba su pereza al costado del pocillo y la recriminó con aspereza.
—¿ Por qué te has obstinado precisamente hoy en negarme tu ayuda? Todos los acontecimientos importantes de la vida los resolví con tu auxilio. Tomé; gracias a tu precisa indicación; la dolorosa decisión de propinarle dos trompadas al gordo Petrachi... sí... aquel cerdito inaguantable de sexto grado; aunque el cochino me atizó tres. También lograste que elija la Gilera en lugar de la Siambretta; esa motoneta enferma de asma pero igual de infatigable que una mula. Ahora no parece tan importante que me rompiera la crisma en una rodada. Viajé a Buzios en mis últimas vacaciones, en lugar de Bariloche; que en el fondo era el lugar que me interesaba conocer. Gracias a tu elección estudié arquitectura en lugar de Ciencias Económicas; como tal era el deseo reprimido, gracias a mi talento para las matemáticas. Me encuentro viviendo en un departamento del 4º piso; cuando el que me enloquecía era el del piso 12, que disponía de balcón terraza. Pero a ti se te ocurrió con el revoleo, que el 4º era el mejor de los dos y; por supuesto, seguí tu sabio consejo. Siempre... siempre hice caso de todas tus decisiones. Es muy injusta ahora tu negativa a proporcionarme una mano en esta disyuntiva.
La solitaria moneda brillaba en medio de su mudez; convenientemente apoyada en el borde del servilletero. La ingrata se mantuvo impertérrita ante semejante rogativa, haciendo caso omiso de la abundosa perorata de reproches, que estaba recibiendo de su poco paciente amo.
El mozo, que había alcanzado a escuchar la última recriminación, efectuó un patente gesto de insana demencia; al girar repetidamente su dedo índice contra la sien derecha. En su oficio había atestiguado demasiadas acciones absurdas y extrañas. Ésta casi superaba a todas sus experiencias previas. En su opinión personal, las paredes del Hospital Borda sirven para preservar a los locos cuerdos que allí habitan, de los locos locos en libertad, que acechan afuera de la benéfica protección de sus muros. De todos modos, se aproximó a la mesa en evidente intento de interrumpir el monólogo de pacotilla, que había comenzado a intranquilizar a varios clientes de mesas cercanas.
—¿ El señor desea solicitar algo más?
Sebastián abrió los ojos con sorpresa.
—¿ Qué...? Oh... no... nada. No apetezco nada más. Traiga la cuenta por favor.
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Abonó la consumición y al retirarse dirigió su mirada en dirección de la ingrata moneda solitaria. Había resuelto dejarla como propina, y lo merecía ampliamente pues no le había sido de la menor ayuda en la dura emergencia que estaba atravesando. Comenzó a aproximarse a la salida, pero regresó repentinamente y con suma rapidez a la misma mesa que había ocupado. Llegó a ella al mismo tiempo que el mozo, que con dedos avarientos trataba de recoger su gratificación, antes de ocuparse del pocillo de capuchino. Con gesto decidido, apartó la mano del otro; que se sorprendió ante el gesto inesperado y lo examinó interrogativamente con sus ojos de sapo en celo.
—Olvidé algo... excuse usted la molestia. Es esta otra la propina.
Sebastián tomó la moneda agujereada y para compensarlo al infeliz, abandonó un billete en la mesa.
Mientras la llovizna suave le acariciaba el rostro, intentó encontrar un taxi libre. No había cesado de mascullar improperios a la inerme moneda, que dormía una plácida y húmeda siesta en la palma de su mano. Una anciana florista, resguardada bajo una enorme bolsa de plástico y con la cabeza apenas asomada en la parte superior; le ofreció su mercancía, ramos de fresias y anémonas. Sin pensarlo mayormente, compró uno de cada clase, en tanto continuaba farfullando inútilmente para sus adentros.
—Merecías que te dejara abandonada en la mesa, pero llevamos juntos demasiados años y debo reconocer que algunas veces me fuiste de ayuda ¿Acaso no te hice un lindo ojal para llevarte de compañía conmigo en el llavero? Te reservé un lugar entre la llave del departamento y la del Peugeot. ¡ Cómo me gustaría tener aquí y ahora ese coche! El maldito tráfico me obliga a dejarlo fuera del Centro. En verdad, esperaba más de ti. Ni que estuvieras en huelga. Qué joder...
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Su historia con la moneda venía de lejos, desde la escuela primaria y siempre le había traído suerte. Recordó el momento preciso en que la descubrió. Brillaba solitaria en el cordón de la vereda y le pareció increíble que nadie la hubiera divisado antes. Esto sucedió exactamente a la hora de salida de la escuela mixta; con centenares de niños y niñas alborotando la calle. Cuando se inclinó para recogerla... allí mismo, en ese preciso momento, comenzó su bendita buena suerte. Al apretar maravillado la moneda con su mano y voltear la cabeza; logró observar el panorama más ambicionado de todos sus amiguitos. Pamela, la compañerita vedette, se hallaba de pie a su lado y él, Sebastián, pudo examinar; a su total albedrío, la anatomía panorámica de la niña más bonita y apetecible del grado... pero... ¡Zambomba! Pamela no usaba bombacha. Constituyó una gran epopeya épica cuando reveló el chisme a sus compañeros. La pobre Pamela pasó un tiempo sin comprender el motivo de tantas risitas socarronas y de las miradas cómplices de sus compañeritos. Hasta las mismas chicas le dieron la espalda y oprimían sus fosas nasales al cruzarla. Cuando finalmente logró enterarse de la infidencia de Sebastián, se transformó en su enemiga mortal. Esa situación duró un par de meses. Cuando ellos se cruzaban, el aire se enrarecía y explotaban chispas y centellas. Se trataba de un cortocircuito mortífero.
Cosas de la vida... del odio al amor sólo existe una diferencia de 180 grados; no importa tanto si a la izquierda o derecha. Únicamente se puede odiar aquello que es posible amar. Esta es una verdad de a garrote... y ellos no fueron una excepción de la regla. La primera relación sexual que mantuvieron, ocurrió en la propia habitación de Pamela; mientras su madre les preparaba panqueques de dulce de leche, a modo de gratificación. Imaginaba que se hallaban resolviendo una dificultosa tarea escolar. Consistió finalmente en una opípara comilona de panqueques, el justo premio a la iniciación compartida. Recordaba con nostalgia que en muchas ocasiones volvió a comer panqueques, pero jamás con el sabor de aquellos.
A todo esto, la moneda dormía en su palma. Ni siquiera se percató la desagradecida, de que Sebastián la había regresado al llavero, en el lugar de costumbre. Tampoco reaccionó cuando éste; apremiado por el horario de su cita, montó en un taxi.
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Alejandra respetaba los horarios a rajatabla y con dulces ternezas exigía la misma conducta del propio Sebastián. Cuando oprimió el timbre se sintió más calmo; aunque con las mismas dudas sin resolver orbitando en la periferia de su cráneo.
—Hola... llegas exactamente en hora... y a pesar de este tiempo horrible.
El beso de bienvenida fue demasiado corto y poco tibio. Qué bonita estaba Alejandra. Sus ojos lucían más verdes que nunca y despedían un brillo especial. Una blusa bordada de hilo y una corta falda plisada realzaban el encanto de su figura.
—Nadie estando en sus cabales puede faltar a una cita contigo, mi amor.
La sonrisa de Alejandra semejaba una poesía. Ella continuó su discurso, procedió como si no lo hubiera escuchado.
—... Justo a tiempo... ven, vamos ya mismo a la mesa. Mira todas las cosas lindas que he preparado con mis manos, y exclusivamente para ti.
La pequeña mesa se encontraba adornada como para festejar algo de gran importancia. Mantel de lino rosa, y un bouquet en el florero central, atiborrado de pensamientos y violetas. La vajilla era la misma de los días festivos y estaba bien dispuesta.
Sebastián reparó entonces en las flores que había traído y se las brindó con una sonrisa de adoración. Ella las olió con delicadeza, antes de hacerles lugar en el florero de la mesa.
—Alejandra, creo que es hora de que nosotros hablemos.
Recibió otra sonrisa como respuesta... Y también un suave pero delicado freno.
—Luego... querido... luego. Disponemos de tiempo para todo. Espero que disfrutes de esta cena, pues preparé yo misma todos los ingredientes. Se trata de una situación especial, y deseo que sea absolutamente inolvidable para ambos.
Vaya que fue inolvidable. Alejandra, jugueteando con los cacharros de cocina, se transformaba en una cocinera exquisita. Le encantaba aderezar y ofrecer los platillos más delicados. Empleaba las especias y condimentos con la sabiduría del mejor de los chef.
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El menú incluyó una entrada exquisita; mousse de salmón rosado ahumado con ensalada Waldorf. Luego arribó el primer plato de fondo; lomo relleno al jamón, con muzzarella y morrones. Amén de otros ignotos y deliciosos ingredientes, que no logró detectar con precisión y que añadían un sabor peculiar a ese manjar; cercado totalmente por champiñones y cabalgados impúdicamente por unas papitas noisettes. Para el segundo plato de fondo, debió forzar a su estómago para hacerle lugar. Imposible rechazar un carré de cerdo digno de monumento, bien mechado con ciruelas al almíbar. El vino blanco helado estaba a punto y le refrescó la garganta del prurito que le producía la pimienta. Sí... eso mismo; la picazón parecía responder a la pimienta. Ahhh... ¡Qué sabores impagables le obsequiaba Alejandra con semejante banquete!
Durante la cena solo acostumbraban conversar de banalidades. Ella rehusaba tratar temas serios en dicho momento; pues, en su opinión, incomodaban tanto la debida degustación como la adecuada digestión. Tal conducta Sebastián la había aceptado desde un principio y no le desagradaba en absoluto.
Durante el prolongado coloquio; entre bocado y bocado, no cesaba de contemplarla, absolutamente embobado. ¡Con qué comida principesca le estaba gratificando!
Es bien conocido por las hembras sabias, que el camino para la conquista del hombre, siempre comienza por halagarle su estómago. La estrategia continúa luego con la imprescindible maniobra de inflarle el ego. Lo primero deben aprenderlo; pero ya de nacimiento traen incorporada la segunda habilidad; convenientemente disimulada en su bien nutrido material genético.
Mientras saboreaba el café, Sebastián observaba atentamente la delicadeza de movimientos que ejecutaba al levantar la mesa y llevar la vajilla a la cocina. De pronto lo supo, sucedió en medio de un revelador instante de iluminación súbita. Ya no tenía ninguna duda más. Sería ella la elegida como su esposa, la única y legítima madre de sus hijos y además la sensible compañera; en cuya compañía envejecería felizmente. Sería su sostén... Dejaría de arriesgarse en aventuras ridículas. Debía asentar su cabeza y conformar un hogar ejemplar; algo sólido y firme pero también con enorme calidez. Donde lo recibirían al regresar de la oficina con un beso en la mejilla y el bullicio de 3 o quizás 4 niños con los mocos columpiándoles de las narices; prestos a exigir con sus deliciosas manecillas perentorios caramelos.
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Lo había decidido. Cuando Alejandra retornara a la mesa, efectuaría la proposición que demoró tanto tiempo en hacer efectiva. Se sentía feliz; feliz y algo mareado por el vino blanco, que ya había anidado en su cerebro y oprimía por su cuenta cada timbre con que tropezaba a su paso. En ese momento sentía una montaña de amor; tanto como para exportar a un convento de carmelitas descalzas... y no se hallaba capacitado; y en condiciones de evaluar, que el alcohol había retirado el pié de todos sus frenos internos. Estaba excitado... excitado y feliz en grado superlativo.
Solamente se distrajo unos segundos para recordar que debía recriminar y castigar la inoperancia de su ingrata moneda, que continuaba morando oronda y con pereza en la profundidad de su llavero.
—¡ Qué mal te has comportado conmigo! Entre las dos mujeres de mi vida fallaste empate y he debido encarar muy engorrosas decisiones por mi propia y exclusiva cuenta. Ya verás el futuro de hambre que te espera. El primer mendigo que me suplique una limosna será tu nuevo propietario. Vamos a ver si te agrada tanto una vida de miseria... ya lo veremos.
Alejandra había regresado a la mesa con una extraña sonrisa dibujada en el rostro. Ahora... ahora era el preciso momento de abrir la boca... para expresar las frases trilladas que la humanidad persiste en repetir; a través de los siglos, en ocasiones semejantes. Las del pedido formal de aceptación, para iniciar el tránsito irreversible a un glorioso himeneo.
—Querida... Debo hacerte una pregunta muy pero muy importante.
Ella no se sorprendió, esperaba algo parecido. Sin embargo le interrumpió nuevamente con cierto dejo de adorable suavidad.
—Yo también tengo algo que decirte... y antes de que tú hables.
—Me lo imagino. Se trata de la decisión más trascendente en la relación entre todo hombre y una mujer.
Ella asintió con elegancia igual de sugestiva.
—Por supuesto... es en verdad lo más importante, pero antes debes permitirme que hable yo. Luego, con gusto, me dirás tu parecer.
—Claro... claro... por supuesto. Te escucho atentamente, mi amor.
La primer sorpresa que chocó con la mirada de Sebastián, fue un amargo mohín de disgusto de ella. La segunda sorpresa la percibieron sus oídos. Y consistió en una verdadera diarrea verbal, con flatulencias incluidas en tan inesperado repertorio.
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—Querido Sebastián... Hace seis años que nos conocemos y hemos estado juntos todo el tiempo que deseamos. Hemos follado cada vez que se nos ocurrió hacerlo. Te he apoyado... y tú me has apoyado también de a ratos. Te he querido y amado sin limite alguno. Creo que no posees ninguna duda de lo que estoy expresando.
—¿ A qué viene todo esto? Si precisamente deseaba hablar para formalizar...
Ella, en esta oportunidad, lo interrumpió de cuajo.
—Formalizar un cuerno. ¿ Piensas que las mujeres; por tener tetas carecemos de cerebro? Estás muy equivocado, querido... las cosas son como son. La realidad es como es, no como cada uno quiere que sea.
Sebastián comenzó a amedrentarse por el ruinoso camino que tomaba el coloquio. Esto llegó a percibirlo, pese al incipiente mareo que empezaba a obnubilarlo. Entreabrió los labios para exigir explicaciones válidas de una conducta tan anormal, pero fue nuevamente cortado en seco.
—Es mi turno. Así lo habíamos acordado. Resulta que tú... Tú... Grandísimo idiota, has metido la pata hasta los testículos. ¿ Pensaste que jamás me llegaría a enterar de la doble vida que llevas, y quizás desde hace cuanto tiempo?.
Le tomó de la muñeca y con un brusco tirón le arrebató el reloj; su hermoso rolex de oro macizo.
—¿Conque rolex de imitación? Recuerda que la otra mañana, al dirigirte con apuro hacia el estudio, lo dejaste olvidado en la mesita de luz ¿ Sabes en cuanto lo tasó el joyero que consulté? En 12.000 dólares. Ese fue nada más que el primer indicio. Anteayer te seguí con disimulo durante todo el día ¿Quieres saber adonde me condujiste, pedazo de pito mal fornicado?
Sebastián sabía muy bien donde había pasado esa noche. La sesión de sexo con Silvia había sido tan intensa como de costumbre. Quiso abrir la boca para interrumpir la acusación inexorable que vendría a continuación; pero ella no se lo permitió. Levantó el tono de voz hasta llegar casi al alarido. Las palabras le salían de lo más profundo de las tripas; con mayor precisión, le emergían de una bilis en plena erupción volcánica.
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—Dormiste toda la noche con esa mujer. El portero lo expresó fuerte y claro. —-El señorito es visitante habitual y periódico, Señorita. —Eso fue lo que me confió el cretino de uniforme; claro está que a cambio de una propina respetable. Te has comportado realmente como bazofia de vampiro. Chupas sangre de nosotras las mujeres sin ton ni son. No pienso perdonarte eso. Se trata de un defecto demasiado grave. Así que ya mismo te marchas de aquí. Fuera de mi vista y también de mi vida...
Esto era demasiado para un abochornado Sebastián.
—Pero querida... se trata de una relación que ya descarté por completo. Y es justamente el motivo que me ha traído, para proponer que te cases conmigo...
—Jamás... eso no lo toleraré nunca y me parece una desvergüenza de tu parte; que para escapar de una situación comprometida, propongas ahora algo que has estado postergando por años.
—Era porque todavía no estaba seguro. Pero lo estoy en este momento. ¿ Por favor, querida? Olvida esa aventurilla sin importancia y formemos...
—Formemos dos cuernos, ya que para ti no es suficiente coronarme solo con uno. No hay nada más que hablar. Relación definitivamente rota. Toma tu abrigo y sal de mi vida... y no se te ocurra regresar aquí. Te arrojaré una maceta, si oprimes el timbre del portero eléctrico. ¡Ahora, vete ya mismo, gusano inmundo!
De pié en medio del living, su índice acusador señalaba inexorable la puerta. Se veía magnífica e inflexible en medio del arrebato de ira.
Un resignado Sebastián se encontró abriendo la puerta del departamento, con el abrigo en la mano y una inenarrable expresión de desencanto y desconsuelo. No comprendía nada de lo que había sucedido. Todo había transcurrido con excesiva rapidez y se encontraba aún bastante mareado. Reaccionó tarde, pero reaccionó finalmente. ¿ Cuál fue el motivo de semejante cena? Un verdadero festín de agasajo. Dio media vuelta y le preguntó a boca de jarro.
—Entonces ¿ Por qué del banquete con manjares tan deliciosos?
Recibió en pleno rostro el perfumado impacto de las fresias y anémonas. Los tallos húmedos le salpicaron el rostro y mientras cerraba apresuradamente la puerta, en vano intento de defensa ante el ataque intempestivo, escuchó sus últimas palabras.
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—Querido Sebastián, es hora de que aprendas algo nuevo en tu vida de seductor empedernido. Esos manjares fueron la mejor parte de mi venganza. Jamás menosprecies los sentimientos de una mujer que te amó mucho. Tus platillos contenían un aderezo muy especial. ¿ No has notado en ellos cierto sabor extraño y particular? Vas a permanecer dentro de dos horas; y al menos durante un par de días, encadenado firmemente a un inodoro. El condimento extra para retribuir tu aberrante conducta, ha consistido en un frasco íntegro de gotas laxantes. Tómalo como anticipo del purgatorio en el infierno que te espera con los brazos abiertos... por otra parte, ese lugar es el que mereces y allí es precisamente donde debes estar.
El atribulado Sebastián no pudo notar, para suerte suya, la expresión de plena felicidad por la venganza consumada. La revancha de Alejandra le produjo un amargo sabor; pero otras circunstancias llamaban su urgente atención. Empezó a percibir extraños dolores en múltiples sitios del abdomen. Aparentemente se trataba de una especie de lucha grecorromana entre intestinos enojados. Aterrorizado, descendió los escalones de tres en tres, pues hasta olvidó de montarse en el ascensor. Contra lo afirmado previamente por su ex novia; una enojada fuente de porcelana se estrelló en la acera a escasos centímetros de sus zapatos, y lo salpicó en el consabido rebote con restos de apio, manzana y crema batida de la bendita ensalada Waldorf laxante.
Ya en plena calle, se sintió como el más miserable huérfano de la madre fortuna, al que propinan un cachetazo tras otro. Conocía bastante acerca de los celos de Alejandra, pero nunca había llegado a padecerlos hasta dicho extremo.
El aire fresco de la noche contribuyó a reanimarlo paulatinamente. Con temor y algo de resquemor, intentó palpar centímetro a centímetro la piel del abdomen. Las molestias eran de escasa magnitud aún; con seguridad las malditas gotas laxantes tardarían algo más de tiempo en producir su efecto devastador. Sufrió anticipadamente al pensar en sus hemorroides. Pobrecillas... no le darían demasiado respiro. Pero lo hecho, hecho estaba y debía cerrar esa página del libro de su vida y resignarse a su mala fortuna.
Por suerte, Silvia vivía cerca de allí. Iría con ella en búsqueda de consuelo; su auto estima lo necesitaba con suma urgencia. No... No tomaría un taxi. Decidió que lo mejor era recorrer a pié las escasas cuadras. El aire frío lo despejaría del mareo y podría razonar con mayor lucidez cada uno de los pormenores de la velada tan endiablada.
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Se encontraba en las proximidades del edificio donde vivía Silvia, cuando sonrió al imaginar que le brindaría una grata e inesperada sorpresa. En el intento de olvidar sus infortunios previos, comenzó a paladear el sabor de deliciosas caricias y besos de fuego. Silvia se comportaba igual que una gata en celo ante cualquier tema que oliera a sexo. Con ella no existían atrevimientos prohibidos, y carecía de límites cuando se hallaba atareada; con frenético furor, a la empeñosa tarea de despojarlo de sus jugos. Ella misma le había sugerido que se vieran precisamente esa noche. Pero él, haciendo gala de prudencia y en atención al compromiso que mantenía con Alejandra; le mintió acerca de un viaje a Rosario, del que no regresaría antes de dos días. Esta precaución le proporcionaba tiempo suficiente para refocilarse con Alejandra y también para un posterior descanso reparador. Debía cuidar la maquinaria bélica... Le restaban aún demasiadas batallas sexuales y cierto grado de reposo, era necesario para preservarla en adecuado estado de funcionamiento.
Inmerso en pensamientos de tan escaso calibre filosófico, extrajo la llave correspondiente del llavero y la aplicó en la enorme puerta de blindex con manillares de bronce. Allí todo era de un lujoso increíble. Siempre le había producido admiración la cantidad de cristales, alfombras y una escalonada fuente de agua con pececillos de color. El vigilador nocturno lo saludó muy respetuosamente, con un amplio y contemporizador ademán; más bien propio de compinches. Reconocía a cada uno de los habitantes del edificio y a él en especial. No cualquiera podía tirarse a una rubia tan infartante, como la del décimo piso, sin ser reconocido como un legítimo triunfador por sus pares masculinos. Se trataba de todo un campeón. ¡ Paso libre al monarca del piso diez...!
Montó en el ascensor y mientras recorría el corto trayecto, agradeció mentalmente la confianza que Silvia le había dispensado, al confiarle las llaves del departamento. Ese gesto reflejaba la merecida consideración que tenía depositada en él. Como en un chispazo, le asaltó su cara tristona; al rememorar su decepción por lo inesperado de su viaje a Rosario. Ella deseaba conservarle siempre a su lado, era en extremo posesiva.
Aún era temprano para el amor, faltaba un cuarto de hora para las doce y esperaba encontrarla despierta, para recibir de su parte una buena ración de cariño; con sexo incluido, por supuesto, y que le compensara de tantos sinsabores sufridos en la velada con Alejandra.
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Realizó el menor ruido posible al abrir la puerta interna del semi piso. No era preciso demostrar tanta cautela, ya que todo permanecía a oscuras. Seguramente no habría regresado todavía; o quizás estaría reposando. Como no se percibía el menor sonido ¡Qué agradable sorpresa le daría a su segunda amante! Se llegaría hasta la alcoba... acariciaría su dorado cabello; interminable y prolijamente cepillado y le haría una caricia tibia y suave en el lóbulo de la oreja; una especialidad de la que se enorgullecía, con la húmeda punta de su lengua. Ella adoraba esa clase de cosas, se comportaba igual que toda gatita mimosa.
Ingresó en medio de la penumbra del dormitorio, y fue tanteando la enorme cama de dos plazas y media, hasta que percibió la acompasada respiración de ella, que tan bien conocía. Tomó entre los dedos el interruptor de luz del velador, del lado en que ella acostumbraba dormir. Y en el preciso momento que se hizo la luz; iluminando todo de improviso, percibió además el sonido de una segunda respiración. Era diferente, con otro ritmo y compás, muy distinto al de Silvia.
Durante un instante eterno fijó en su retina la escena que se le ofrecía. Silvia descansaba con expresión de placidez indescriptible y gran satisfacción; pero... abrazaba con ambas manos a una silueta acurrucada a su lado; que Sebastián no pudo precisar con exactitud, pues se hallaba cubierta de pies a cabeza con las mismas sábanas de seda negra, que a ella siempre le complacía utilizar en sus encuentros con él.
Los vapores etílicos de la ingente cantidad del vino; el mismo que le fue proporcionado por Alejandra, huyeron despavoridos de su atónito cerebro. La expresión, primero sorprendida y luego de furia incontenible por el engaño de que era objeto, cedió solamente al despertar ella con rapidez ¿ Era esta la mujer a quien había considerado como su esposa de alternativa? El imprevisto shock se transformó en el disparo de gracia para su muy añejo orgullo machista.
En ese momento no la vio tan hermosa como antes. Su belleza había quedado enmascarada por el desconcierto reflejado en una mirada aterrada. Ella, empero, en el acto se hizo cargo de la situación y le observaba con un dejo de angustia; como implorando una conducta civilizada y de comprensión, por la involuntaria escena que ofrecía ante su espantada mirada.
—Querido... no se trata de nada serio. Yo te lo puedo explicar...
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En ese preciso instante Sebastián explotó. Lanzó un grito tremebundo, para liberar la enorme carga de pena que había desbordado sus fronteras.
—Eres una perra... no merezco que me hagas una cochinada de esta clase, y con el primer hombre que se presenta; precisamente cuando debí ausentarme por razones de trabajo... y yo... yo que pensaba proponerte matrimonio...
Sus ojos despedían chispas y centellas. La justa ira le teñía las mejillas de borgoña y le nacieron cien arrugas en la frente. Fue entonces que lanzó el manotazo.
El manotazo no lo dirigió contra Silvia. Sus dedos crispados arrancaron de cuajo la sábana oscura, la misma que ocultaba las pruebas de la infamia. Fue tan enérgico el envión, que la sábana voló de la cama y viajó planeando, hasta rebotar contra la pared. De allí se precipitó al parquet, flotando en su descenso lenta y suavemente cual un paracaídas.
La escena de la silueta desnuda, que aún Silvia mantenía abrazada contra ella fue el golpe final y definitivo; un uppercut decisivo de Knock Out. Emergió un consternado rostro negro, con la piel de ébano erizada por los rugidos desaforados de Sebastián. Exhibía los músculos resaltados por el gimnasio y muñequeras de cuero con tachas de acero. La misma ferretería que lucía con incontables remaches en sus prendas íntimas.
Le examinaba con desconcierto y con el patetismo dibujado en los ojos; sin comprender el porqué de tanto barullo. Esto perduró un breve instante, dirigió luego una muda mirada alternativamente entre Sebastián y Silvia; pidiendo calladamente las explicaciones del caso, que por supuesto jamás recibió.
Sebastián no logró pronunciar más palabras. Extrajo las llaves del piso y las arrojó contra la cama; y se apartó luego apresuradamente, con el rostro desencajado por la decepción recibida. El segundo trago amargo recibido en la misma noche era imposible de tolerar por cualquier hombre que se precie de tal.
Se retiró con la frente alta, dando un portazo feroz a guisa de postrera y fatal despedida. Lo último que deseaba escuchar eran los lamentos de Silvia, en un inútil intento para justificar su conducta aberrante. Descendió y huyó de ese infierno, sin responder al saludo del atento encargado de portería, que ahora le sonreía irónicamente con un dejo de sorna.
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Ya en la calle, decidió que no podía regresar a su departamento, como si no hubiese ocurrido nada anormal en el curso de las últimas cuatro horas. De golpe y porrazo, lo habían plantado las únicas dos mujeres, por las que habría sacrificado un riñón; y ello sin dudarlo un segundo. Peor aún, lo habían humillado del modo más execrable. Se sentía ultrajado y maltratado cual bosta de vaca. Como muy hombre que se consideraba, no podía aceptar lo que había sucedido sin hacer algo. No sabía qué... pero debía reaccionar... y prontamente.
De repente le asaltó una extraña duda; tan enfadado se hallaba en lo de Silvia, que no podía afirmar a fe cierta que su amante fuera hombre o mujer... Humm... si mujer, porque en tal caso se trataba de una. Y si hombre... pues, porque en dicha eventualidad le pareció excesivamente afeminado... Humm... ¿Qué extrañas apetitos le había ocultado Silvia, con respecto a sus preferencias sexuales? ¿ O quizás se trataba de una bisexual sin asumir?
Deambuló a las perdidas hasta que llegó al amplio parque de la Recoleta. Hacía largo rato que había cesado ya de llover, y el húmedo aroma del follaje y flores silvestres le reanimaron un poco. Tomó asiento en uno de los bancos de la plaza y mientras sus zapatos dibujaban garabatos imaginarios en las baldosas del piso; percibió nuevamente esa horrible sensación en el interior de sus tripas. Era como si un demonio rengo, y con una tenaza al rojo en cada mano, le apresara las tripas y se las retorciera con sádica fruición.
En la mano conservaba todavía el llavero, el mismo del cual había expulsado las llaves de la infiel. De pronto la vio.
Se trataba de ella... Se había ocultado allí, bien agazapada en medio de las restantes llaves. Era nomás su moneda de la suerte y; mientras la extraía, sonrió con tristeza y amargura. Con acidez no contenida no vaciló en colmarla de reproches.
—De menuda ayuda me has servido. Me has impulsado a cometer un papelón tras otro en esta olvidable noche...
Comenzó a revolearla con el gesto tantas veces repetido. En determinado momento la sostuvo entre los dedos, y la aproximó a su nariz; en tanto la escrutaba con ojos extraviados.
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—Tengo la vida arruinada... y tú eres la única responsable de todo aquello que ha sucedido. No... no me mires como una tarada... no sé todavía qué diablos haré contigo. Humm... voy a efectuar un pequeño experimento... será el último, lo juro por Belcebú. Vamos a ver... cara, me suicido; ceca, no me suicido. Pero en esta oportunidad, vamos a innovar con un pequeño cambio. No te arrojaré doce veces al aire, como siempre acostumbré. Lo haré una única vez y basta ¿Comprendiste, idiota de metal bastardo?
La moneda se comportó al igual que el mono de la sabiduría. Ella era absolutamente ciega, sorda bilateral y muda por prudente conveniencia.
Sebastián la lanzó tan alto como nunca antes lo había efectuado. En realidad, la moneda salió disparada hasta los diez metros de altura y cuando aterrizó en el piso, en medio de agudos rezongos metálicos, acabó por dar una docena de brincos y rebotes contra las baldosas, antes de lograr calmar su impulso viajero. Se incorporó del asiento y fue a recogerla... deseaba conocer la última opinión de la ingrata, ante la cuestión capital de vida o muerte que le había planteado, en carácter de ultimátum definitivo.
Por supuesto que carecía de la menor intención de quitarse la vida, no se consideraba tan necio. Ya había echado también al olvido sus proyectos de matrimonio; tema sepultado bajo cuatro capas de plomo. Tan sólo deseaba conocer lo que iba a dictaminar esa pilla. En eso consistía la prueba y; en consecuencia, el futuro definitivo de la ingrata moneda.
Tras inclinarse para recogerla, Sebastián no pudo reprimir una exclamación de sorpresa. El oráculo perforado había dado su veredicto inapelable. No había caído de cara... tampoco lo estaba de seca. La minúscula moneda estaba suspendida... de canto. A duras penas apoyaba su redondo glúteo entre dos baldosas flojas; mientras se entretenía en ejercitar un riesgoso equilibrio inestable. Dudando... dudando... pero sin terminar de caer de bruces hacia ninguna de sus caras.
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Esto fue demasiado para Sebastián. La miserable le estaba tomando el pelo. La levantó brutalmente, preso de súbita ofuscación y montó al primer taxi que encontró en la avenida. Parecía enloquecido, según opinión autorizada del conspicuo psicólogo que lo conducía; pues de tal especialidad se ufana todo chofer de taxi; que al mismo tiempo no cesaba de espiarle a hurtadillas por el espejo retrovisor, para corroborar la exactitud de su autorizado diagnóstico. —Todo el mundo padece de demencia galopante en esta época maloliente; pero este chiflado se lleva el trofeo mayor ¿A quién se le ocurre mantener conversación con una moneda... por más que disponga de un primoroso orificio en el centro? Su ocasional pasajero insistía con su delirante actitud.
—Ya verás, chafalonía desagradecida ¿ Precisamente ahora te atreves a burlarte de mí? Te daré de tantos martillazos en tus chistosas posaderas, que jamás podrás reírte nuevamente de nadie en este mundo.
La gravedad del severo diagnóstico quedaba debidamente acreditada ¿Qué conducta debía tomar ante esa situación descabellada? El taxista decidió seguirle la corriente por el momento, en tanto no demostrara mayores signos de peligrosidad evidente.
El automóvil atravesó la ciudad como una exhalación; Sebastián había desviado el recorrido del automóvil hacia un remoto barrio de la periferia. El taxista devenido en circunstancial psicólogo; alarmado ante una conducta persistente y a todas luces desquiciada; atinó sin embargo, y en medio de atroces dudas, en hacerle caso. Sebastián lo guió hasta una vieja escuela primaria de los suburbios. Al llegar le asaltaron ingentes recuerdos de su lejana niñez. El vetusto edificio lucía ahora las paredes mucho más descascaradas y existían grietas diferentes de las que podía recordar; mas no llegó a detenerse en ninguna de esas minucias.
Descendió finalmente del vehículo; inspeccionó la vereda y se llegó hasta el cordón granítico de la calzada. Fue allí donde precisamente depositó; con gesto decidido, la humilde moneda. Exactamente en el centro del cordón, el lugar exacto donde la había descubierto tantos años atrás. Alea jacta est. La suerte estaba echada.
—Adiós perra... te deseo toda la mala fortuna que padecí esta noche. ¡Hasta nunca, maldita...!
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Subió al taxi, con expresión ahora más calmada. Su nueva actitud le brindó algo de tranquilidad al chofer; quien lanzó un profundo bufido de alivio. Indicó entonces la dirección de su domicilio. Se encontraba exhausto y no se hallaba en condiciones de ir por el Peugeot y conducir en ese estado de nerviosismo. El coche fue devorado prontamente y a dentelladas por las brumas de una noche siniestra y execrable.

o0o

Los mocosos del antiguo colegio brotaron al mediodía como centellas por las puertas del antiguo colegio; contentos por huir por el momento de ese antro de la ciencia; correctamente guiado de acuerdo a minuciosas normas por escrito del Ministerio de Educastración. Las que eran seguidas a rajatabla por la dirección de ese reputado crematorio de la ciencia. Se trataba de trescientos guardapolvos blancos, que contenían niños de seis a trece años. Las niñas se diferenciaban; entre otros detalles, por vestir guardapolvos más cortos: Cosa de exhibir unas mini minifaldas... pues pronto deberían iniciarse en la lucha por la vida, y su precoz intuición ya les había comenzado a gatear. Claro está que tal hecho solo sucedería si lograban desprender de su mente; y con el debido éxito, cada una de las benéficas enseñanzas impartidas por los educastradores a cargo.
En medio del bullicio juvenil; un niño rubio, con inequívoca carita de atorrante, se ubicó al costado de una niña; a la que el cartel de señorita no le quedaría corto en absoluto, a juzgar por las precoces y contundentes redondeces de su incipiente geometría. Le agradaba a rabiar Pamela. Solo de mirarla sentía un extraño cosquilleo en ciertas regiones de su cuerpo, las cuales no podía precisar aún, y por lo tanto no podía afirmar las causas de su origen probable. Lo único que su cerebrito había logrado concluir; en un evidente y esforzado acierto deductivo, es que las cosquillas estaban relacionadas precisamente con esa niña en particular. Ella era más bonita que la madre; llamada también Pamela. Moraban en el mismo barrio, pero por timidez nunca antes se había atrevido a encararla.
De pronto, y en medio del consabido cosquilleo, tras admirar los delicados tobillos de la niña, Jaimito desvió la mirada.
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Un brillo metálico en medio del cordón atrajo de inmediato su atención. Sí... Se trataba ciertamente de una moneda, pero... ¡Qué extraño! Lucía un orificio de lado a lado. Codicioso, se agachó para hacerse de ella. Se la obsequiaría a Pamela, quizás de ese modo podría iniciar una conversación y entablar la amistad tan deseada. Ella era igual de bonita que de altanera; no se daba con ninguno de los chicos de la clase. Orgullosa como la madre, según la opinión de las infalibles chismosas del barrio.
La tomó y sopesó entre los dedos. Fue entonces que su mirada se dirigió hacia arriba y... ¡Oh milagro de las entelequias...! Toda la anatomía oculta de la niña, con un monte de Venus en miniatura amanecido por los reflejos de un sol, que filtraba su impunidad a través de la delgada tela del delantal, quedó expuesta a la voraz mirada de Jaimito. Permaneció embelesado un momento. El instante duró cuanto menos un siglo y tres días. Ella... ella, definitivamente no usaba esa clase de prendas ¿Cómo diablos se denominaban? ¿Leotardos o bombachas...? Definitivamente, ella no usaba bombacha, sí... definitivamente.
Debió reprimir una exclamación de alegría por el inesperado descubrimiento que le había deparado su magnífica buena suerte. Además notó que el semáforo daba paso libre para cruzar la calle. Menos mal que logró contener su ímpetu al permitir que el rebaño infantil se alejara con Pamela a la cabeza. Sería noticia para la primera página del periódico estudiantil pero; lamentablemente, sabía que no se la permitirían publicar. Menudo batifondo armarían sus amiguitos, cuando les confiara lo que había presenciado en persona. Él, Jaimito, era todo un Súper Pibe.
Caminando despacio se dirigió a su casa. Antes de llegar y sin saber bien el por qué, comenzó a revolear la moneda agujereada por el aire. Sentía un creciente placer a medida que repetía el movimiento. Le producía una sensación intensamente agradable.
Esta moneda; intuyó, le traería suerte.
 
 
 
 
 
 
E L Q U I N T O P E D Í C U L O D E L M I C R O B I O R U P E R T O
CUENTO DE FICCIÓN. Toda semejanza con la realidad es pura coincidencia, porque es imposible que exista algo más fantástico que la propia realidad.

Instrucciones resumidas destinadas al lector.
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Para intentar el siguiente engendro, el autor se ha tomado un par de libertades literarias: En primer lugar; por lo poco que sabemos, los microbios no poseen sexo. Existe también existe la eventualidad de que los científicos no se lo hayan descubierto todavía. Es más, hasta hace tres o cuatro centurias, ni siquiera se sabía acerca de su existencia, pues el microscopio se encontraba aún en proyecto. Para acallar esa cruel duda, se les ha otorgado los dos más frecuentes, de acuerdo siempre a la última estadística más confiable. En segundo lugar, la unidad de tiempo para ellos es el pelandraka. En condiciones normales viven durante ochenta pelandrakas. Los que alcanzan esa avanzada edad, son los más resistentes, pero igual se mueren de viejos... como casi todo el mundo. Si alguno de ustedes insiste en comparar el tiempo de ellos con respecto al nuestro; se les informa de un dato fehaciente; tres pelandrakas equivalen a un minuto humano. Su vida dura lo que un estornudo. Todo es relativo y ellos fueron en realidad los responsables de sugerir al desvergonzado Einstein su absurda Teoría; la misma que nos modificó la visión acerca de todas las cosas. Con lo bien que lo pasaba la humanidad antes de eso. Existe mucha sabiduría oculta en la ignorancia; algunos consideran que es la única filosofía que vale la pena seguir, porque otorga impunidad de conciencia entre otros extraordinarios beneficios.
 
 
Explicación resumida con respecto a las instrucciones resumidas.
Como se habrán percatado, el insensato escriba decidió adjudicarles generosamente un sexo a los microbios, pues de otro modo la cosa no tendría otro interés que el meramente científico y eso es demasiado aburrido. El sexo está considerado como el poderoso y único motor, que en primera instancia hace peligrosamente encantadora a la vida, y también en la última ¿Alguien por acaso puede imaginar un mundo sin sexo? Imposible. Es el único condimento posible; dulce y amargo al mismo tiempo. Y tengan en cuenta que esta aseveración no la afirma el obseso autor; ya desde la Biblia misma, el Gran Jefe dedicó al tema específico no pocos de sus mandamientos. Si los cálculos no fallan, por lo menos tres de ellos están imputados. Casi nada... el treinta por ciento.
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Debemos desvestirnos de nuestra pátina de hipocresía y aceptar a regañadientes que todos los Filósofos del mundo se dividen en dos grandes categorías: Filósofos y Filósofas. Más que categorías se trata de dos géneros; y para mayor abundancia y precisión, de dos sexos; masculino y femenino ¿Entienden de lo que hablo?
Del mismo modo, cualquier actividad humana o símil humana, al simplificar adecuadamente los términos de la ecuación, nos proporcionará el mismo resultado. Existe una solitaria excepción... que como es de práctica, confirma siempre a todas las reglas. En este caso particular corresponde a los hermafroditas... pobrecillos/as esos hombres/mujeres. Cargan sobre sus espaldas con las culpas de él, al mismo tiempo que con las de ella.
Si... no cabe ninguna duda... sufrirán, cuando les corresponda, de su climaterio y cáncer de ovario y tampoco se privarán del premio gordo; impotencia y cáncer de próstata. Nadie está exento... pero ellos lo están menos.
 
 
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El microbio Ruperto, mejor conocido como Ruperto el Coco, se desperezó con un suave berrido. Acababa de despertar y aunque muchos de sus congéneres se levantaban presos del malhumor, no era así en su caso particular. El mejor momento del día era precisamente ése. Sus cuatro mil pequeños pedículos; dispersos por todo el cuerpo, se movían a ritmo acompasado, dejando caer un tenue polvillo sobre el piso. Era petiso y gordo y estaba muy orgulloso de la simetría esférica de su cuerpo. Cinco de sus pedículos ostentaban mayor longitud. Con los dos inferiores podía deambular de un lado a otro, y con los superiores podía rascar su globulosa panza con ambas manos al mismo tiempo. Por pudor no hablaremos del quinto, que era enorme... Enorme, y el motivo además de su bien merecida fama viril. Monstruosa herencia de un preclaro abuelo, que había mutado por sabias y preciosas razones de supervivencia.
Ruperto no era hermoso desde el punto de vista humano. No es faltar a la verdad, si afirmamos que era repelente. Pero jamás encontraremos dos opiniones idénticas sobre lo mismo. Lo cual es muy justo, pues el encanto de todo reside en la diversidad. Por ese motivo aleatorio, el mundo es diverso y variado en todas sus cosas.
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Ruperto no era una cosa. No sólo no era una vil cosa, sino que algunas microbias lo consideraban bello; otras decían en voz baja que poseía algo de inteligencia; y las que llegaron a conocerlo; en el sentido estrictamente bíblico de la palabreja, opinaban para sus adentros y en un tono de voz sospechosamente aterciopelado, que se trataba de un amante infatigable. También... Semejante pedículo le ampliaba poderosamente su poder de seducción ¿Quién podría resistir el ímpetu de su embate amoroso, cuando se le despertaba tan imponente demonio interior?
Cómo se comprenderá, esta última aseveración no podía ser del dominio público; pues en tal caso sería sometido a una audiencia privada con el Consejo Regente del Gran Coco, y lo castrarían sin miramiento alguno. Esa era la Ley sancionada en tiempos inmemoriales, para defender a la especie de cualquier contaminación ideológica, ajena a su microbiano estilo de vida. Tan sólo era permitida legalmente la monogamia en el mundo de Los Cocos; cosa de mantener la idiosincrasia a salvo de las impurezas y el vicio, que solían imperar entre los enemigos del poblado vecino; el de los Estáfilos. Con ellos estaban enfrentados a muerte desde la más remota antigüedad. Como no conservaban registros, pues el Gran Archivo de la Historia y Tradición se había dañado sin remedio, en ocasión del último Diluvio Universal, en la actualidad se ignoraban los motivos de tamaña rivalidad. Solamente sabían que eran enemigos acérrimos, debido a la transmisión oral de padres a hijos. No se aproximaban a las cercanías del poblado rival y tampoco permitían que los Estáfilos husmearan en las cercanías de su propio contorno. ¡Al Estáfilo ni justicia! Así rezaban enormes cartelones en las plazas públicas de todo el país. Eran víctimas del anatema religioso; al igual que el vituperado Dr. Fleming, malvado genocida y desvergonzado descubridor de un antibiótico repudiado por los ecologistas; ya que polucionaba de modo letal el medio ambiente microbiano.
Ruperto concluyó con el ritual de desperezarse y en el acto cesaron sus berridos como por encanto. Cerró y abrió alternadamente los oblicuos ojillos color mostaza y mientras degustaba el desayuno, recapituló sus importantes compromisos del día.
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Eran las ocho de la mañana; en dos horas debía concurrir a una cita con Josefina, de veinte pelandrakas en la espalda y también en los gloriosos pechos; una microbia espectacular que producía cataratas de baba, sólo de mirarla contonearse. Al mediodía debía almorzar con las gemelas Isolina y Natacha, de dieciocho flamantes pelandrakas, que no vacilaban en utilizar su encanto sexual, para atraer al bueno de Ruperto a la secta en que profesaban. Ilusas ellas. El único dios que veneraba Ruperto, era su personal Dios pedicular; el mismo que portaba consigo a cada lugar que concurría, no fuera a extraviarse y realizar proselitismo sexual por su propia cuenta.
Recordó de pronto una conversación; aquella que había mantenido la noche anterior con sus amigotes de parranda. A uno de ellos, en medio de vapores alcohólicos, se le ocurrió la mala ocurrencia de filosofar sobre el amor. Ruperto no mantuvo empachos en cortar de cuajo toda posibilidad de discusión, vertiendo su particular opinión sobre un tema, que ha provocado mayor mortandad de poetas que la peste más letal.
—El amor es la peor trampa que nos tiende la juventud. Nadie; con la suficiente experiencia, puede caer en esa estúpida celada. Lo único que cuenta en la vida es el sexo. El sexo es algo real, material y palpable; en cambio el amor no es más que un sentimiento, y por lo tanto una sensación abstracta, ilusoria y agobiante. El sexo concluye en magníficos orgasmos, en cambio ¿ Qué gratificación podemos esperar del amor? Siempre concluye muerto a manos de dos vicios teológicos; hoy día escasamente reconocidos como tales, que se denominan “rutina y aburrimiento”. El transmisor de vida es el sexo, no el amor. Lo que contribuye a engendrar hijos es el esperma y no esa miserable sensación subjetiva. Y en verdad les digo, que esto que expreso es irrefutable y científico por demás.
Uno de los compañeros de parranda lo observaba boquiabierto. A pesar de cargar a cuestas una incipiente borrachera; sus convicciones y la educación recibida le impulsaron a cuestionar apreciaciones tan osadas y temerarias.
—Pero Ruperto ¿ Acaso no crees en Dios?
—Claro que creo en Dios ¿ Quién no?
—¿ Entonces por qué no obedeces sus preceptos? Él dijo “Amaos los unos a los otros”. Esto mismo ordenó; si es que no embarulla mis ideas la cerveza de bacilos lácticos que estamos buenamente trasegando.
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—Querido amigo, también dijo “Creced y multiplicaos”. Yo prefiero seguir este precepto. El otro, seguramente debe haberse tratado de un lamentable error de traducción del arameo antiguo.
Sonrió al recordar el episodio. Su amigo estaba considerado como un microbio creyente y honesto; que únicamente se emborrachaba en el muy amplio horario permitido por las leyes vigentes. Hasta le era fiel a la esposa y llevaba adelante un hogar tradicional; en donde la felicidad brillaba por su ausencia. Entre otras cosas menudas, padecía de gastritis, taquicardia y depresión crónica. Por tales motivos bebía a toda hora. Nadie le había encontrado una explicación satisfactoria a patologías tan diversas. En más de una oportunidad Ruperto le había sermoneado; expresándole que la verdadera causa de sus males, era su propia esposa; gritona en exceso y muy dominante. Le recomendó finalmente el contundente remedio de aplicarle un buen puntapié en pleno trasero; con repetición del económico tratamiento curativo cada vez que fuera menester. Ya vería que muy pronto le desaparecían la acidez y el resto de las enfermedades prestadas.
—Pero basta de disgresiones. El día es magnífico y dispongo de una jornada complicada. La vida es bella y nos permite fornicar a gusto ¿ Existe algo más agradable que eso?
Sí... mantenía una agenda recargada. Por la tarde se había comprometido con Matilda, una microbia de elevada alcurnia y reputación intachable, esposa al mismo tiempo del miembro más empinado del Consejo. Las apariencias engañan casi siempre. Lo que parece no es, y eso lo sabe desde el microbio más pequeño al más añejo. Ella también fue conquistada por los atributos del apuesto Ruperto, y no vaciló en seducirlo durante el intermezzo de una importante función de gala. Con un guiño cómplice lo arrastró por detrás del telón, y de un mordisco impiadoso le arrancó inmisericorde su hermosa túnica; despojándolo con gran complacencia de sus jugos secretos. Lo que se dice un recuerdo imborrable.
En rigor de verdad, Ruperto jamás consideró a Matilda como una de sus conquistas; más bien fue seducido y violado por ella. Luego del arrebato famélico, las cosas se fueron normalizando con el tiempo y fue prosperando la oculta relación entre ambos. Cada vez que el gran Consejero debía apoyar su gran barriga en la gran mesa de la Regencia, urgido por alguna gran reunión imprevista; se trataba de la gran oportunidad, que con impaciencia aguardaba precisamente Matilda, para calmar su gran delirio ninfómano en los pedículos del inefable Ruperto; siempre bien dispuesto a tan loables menesteres.
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Esa no era toda su actividad diaria. Había comprometido el horario de la cena con una nueva conquista. La beldad se presentó como Inocencia; un nombre extraño, casi tanto como ella misma. Se trataba de la nueva vecina de barrio y el bueno de Ruperto debió utilizar sus mejores dotes de seducción, hasta que finalmente ella aceptó el convite para la cena. Imaginaba una comida tan especial, como el postre que pensaba proponerle para disfrutarlo juntos. En eso se consideraba todo un experto. Indudablemente caería en sus redes como las demás microbias y disfrutaría de ella durante la noche entera. Se relamió por un instante, pues no dejaba de pensar en la nueva aventura, que le prodigaría jugos deliciosos y carne fresca de calidad.
Ruperto desconocía el amor propiamente dicho. Consideraba inexistente ese sentimiento y pruebas de ello le había dado al amigo en la borrachera de la noche anterior. Solamente veneraba el sexo y adoraba el acto amatorio. Este deseo ocupaba de modo excluyente cada pedículo de su granuloso cuerpo. Su gratificación era la conquista; cuanto más difícil más era valorada, y si conseguir ese propósito implicaba una empresa riesgosa; no existía mejor estímulo para su esférico Ego. Su modo cotidiano de vida consistía en un asedio permanente de todas las microbias, que se exponían a tiro de la artillería con que, para su fortuna, estaba felizmente dotado.
No debía perder tiempo; se calzó la amplia túnica amarilla de uso obligatorio y salió a la calle, dejando la puerta sin cerrojo. A los Cocos se los podía acusar de promiscuos, pero jamás de ladrones. Con paso apresurado recorrió diez cuadras hasta llegar a la plaza de los Protestatarios. Se había hecho presente una multitud de miles de cocos vociferando a grito pelado, en tanto agitaban amenazantes sus pedículos. Por curiosidad les echó una ojeada, ya que las protestas eran habituales y se hallaban permitidas por los estatutos. Unos enormes cartelones y abundancia de pancartas indicaban el motivo de la manifestación. “Arrepentios” “El fin del mundo se aproxima”, y otros de parecida calaña, que eran los más repetidos. Ruperto se rascó un pedículo y opinó para sus adentros.
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—Otra vez estos fanáticos del Juicio Final. Desde que tenía dos escasos pelandrakas recuerdo sus ruidosas reuniones. Siempre con la misma sinfonía; que el humano por fin logrará crear un antibiótico que terminará por masacrar absolutamente a todos los gérmenes. Eso es un absurdo, ni siquiera posible en teoría. En cualquier catástrofe siempre sobreviven unos cuantos, que por herencia transmitirán su resistencia a los descendientes. En pocos pelandrakas quedaría reconstituida nuevamente la población y además, incrementada por la nueva inmunidad adquirida.
La vida de un Coco es tranquila y placentera. Como no fueron alcanzados por la maldición bíblica, no era preciso trabajar, ni sudar en labores insalubres para obtener los alimentos. Estos prosperaban por todas partes como frutas, y los tomaban a su antojo y albedrío. Así era muy sencillo engordar y progresar. Todo andaba de parabienes; puesto que el ideal de belleza masculino lo constituía el varón obeso; cuanto más redonda su gordura, más atractivo su encanto. Lo contrario sucedía con las hembras. Cuanto más delgadas de cintura y con apetecibles redondeces en los sitios estratégicos, más fácil les resultaba conseguir pareja matrimonial. Aunque actualmente era bastante dificultoso obtener la licencia legal habilitante.
Ruperto aprovechó el impulso para recoger una fruta roja y apetitosa, que colgaba con indolencia de un racimo al alcance de su mano y continuó deambulando. A escasos quinientos metrococos, otra manifestación interrumpía el libre tránsito de la carretera. Por inercia se detuvo a escuchar al anciano de luenga barba gris, que vociferaba con fanatismo ante miles de adeptos.
—Los microbios somos los verdaderos reyes de la creación. No hay nada tan perfecto como nosotros. Somos todopoderosos y hemos demostrado el calibre de nuestro armamento al aniquilar a los dinosaurios. Hemos sido nosotros los responsables de su desaparición y no los meteoritos; como estúpidamente creen los ignorantes humanos. Si individuos de nuestro tamaño, han destrozado y extinguido animales de tamaño millones de veces más grandes, no puede existir nada que sea capaz de detenernos. Solamente nos resta el grandioso objetivo final; que consiste en liquidar a la propia especie humana. Pobrecillos... no saben lo que les espera, pero es necesario que nos unamos para lograr el glorioso objetivo propuesto.
El anciano calló un instante para tomarse un resuello y prosiguió luego con voz tonante; examinando de reojo a la tropa de adjutoras uniformadas, que le rodeaban con pilas de formularios en las manos.
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—¡ Compañeros! Firmen las solicitudes de adhesión a nuestra cruzada patriótica; las correspondientes planillas les serán ofrecidas por las compañeras adjutoras. Y no olviden que la base ideológica de nuestra cruzada es el pacifismo. Excepto cuando amenazan nuestra existencia o cualquiera de nuestros intereses. También en los casos extremos en que nos hacen perder la paciencia.
El anciano se mostraba tan eufórico, que remató su sermón de un modo categórico.
—Y si es preciso, también cuando se nos da la real gana ¡ Qué jorobar!
Ruperto apartó a una graciosa adjutora con su larga mano pediculada. Le calculó como mucho dieciséis pelandrakas y ya iba a proseguir impertérrito su camino; ocupado en degustar la sabrosa fruta, cuando se detuvo ante la presencia femenina. Era muy bonita la joven, y se sonrojó al examinarle la protuberancia de la túnica; pero él tenía un día muy atareado y se encontraba con prisa para llegar a tiempo a su cita. Así fue que la apartó de su mente; aunque le costó algo de trabajo, pues la hallaba apetecible en extremo; con ese par de ojazos incitantes y soñadores, plenos de juvenil vitalidad.
A su lado pasaron dos Cocos, correctamente enfundados en túnicas azules y con la cabeza cubierta por gorras del mismo color y enormes viseras. Pertenecían al SSP, Servicio Secreto Policial; cuerpo multipropósito que servía tanto para imponer el orden, como para arrestar criminales y ponerlos a disposición del Consejo. Últimamente había llegado a oídos de Ruperto cierta información preocupante; el chisme refería que se hallaban autorizados a ingresar en el domicilio de cualquier ciudadano, sin necesidad de exhibir orden de allanamiento; siendo suficiente la mera sospecha de delitos sexuales de cualquier tipo, tales como infidelidad o amores ilegales por carecer de la licencia correspondiente.
Alejó de su mente pensamientos tan poco alentadores y retomó su camino. La vida merece ser disfrutada a pleno y los placeres de la misma no debían ser escatimados. Vivir es algo muy hermoso, sobre todo si se posee un quinto pedículo del calibre apropiado.
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Así transcurría la rutinaria vida de los cocos. Concentraciones enormes de población, generalmente de varios millares, que se congregaban con cualquier excusa. El motivo más baladí era suficiente para reunir cincuenta o cien mil individuos, que se atropellaban entre sí y que en la práctica generaban una atmósfera irrespirable. No era infrecuente que un mitin permaneciera rodeado de otros cuatro o cinco, con parecida concurrencia de feligreses. Aunque, en ocasiones, con motivaciones opuestas; lo que generaba forcejeos y berridos agresivos. En ese caso, se reunía de urgencia el Gran Consejo del Coco, e imponía orden con su férrea autoridad. Con el Gran Consejo no se jugaba. La sanción más leve consistía en la castración; capaban a los descontentos con una especie de sable oxidado. Aparte de la brutal humillación, el reo padecía de indecible dolor físico; amén de exponerse a contraer el temible tétanos. Sin embargo, la pena más aborrecida era la deportación al territorio de los Estáfilos. El temor era reverente, ya que nadie había logrado regresar de ese exilio forzado. Por lo tanto, era sinónimo de condena a una muerte segura.
En los últimos pelandrakas se estaban imponiendo aquellos, que para controlar el nivel de población, proponían una disminución de la tasa de natalidad mediante el uso obligatorio de cocondones. Sin embargo, las medidas tomadas se revelaron como totalmente ineficaces, pues las últimas estadísticas habían demostrado; de manera harto contundente, que el 40% de los embarazos se producía durante las aglomeraciones. Los cocos no demostraban demasiada continencia, si notaban en las cercanías una hembra en edad de cachondeo; eran promiscuos por naturaleza. Ese constituyó el principal motivo que había impulsado al Gran Consejo a escatimar las licencias matrimoniales; ahora muy difíciles de conseguir. Su principal mérito consistía en que permitía inscribir a los hijos con el apellido paterno y daba libre acceso a los beneficios de la Seguridad Social. Al mismo tiempo, el cuerpo de Policía recibió instrucciones para arrestar a las parejas ilegales, especialmente en pleno acto de consumación sexual. Esperaban de tal modo reducir en cinco puntos la elevada tasa de Natalidad. Las medidas fueron tomadas a instancias de los miembros más ancianos del Consejo; justamente los que hacía demasiados pelandrakas que habían dejado de copular; por razones de fuerza mayor y no precisamente por voluntad propia.
Ruperto continuó mordisqueando su fruta. No daba importancia a la política ni la religión; tampoco le desvelaban el belicismo y la ecología. Mantenía la mente ocupada en pensamientos mucho más relevantes que esas tonterías de baja estofa.
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Así fue que caminando y caminando, arribó al chalecito de Josefina. Se encontraba bien puesto y mejor decorado y según los vecinos era realmente coqueto. Lo había recibido en carácter de herencia materna y por ese motivo y otros muchos que exhibía a la vista, Josefina se constituía en candidata de primera clase para un matrimonio ventajoso. No tendría grandes problemas en conseguir la licencia. Los ancianos con menos achaques del Consejo, no ocultaban sus reiterados ofrecimientos al respecto. También los jóvenes caían embelesados, ante la magnitud de los encantos, que muy a duras penas intentaba ocultar la túnica obligatoria; y que en su caso particular, lo único que lograba era resaltar sus más que apetecibles redondeces.
Apenas ingresó Ruperto, Josefina cerró la puerta con cierto apuro, ya que debía velar por su buena reputación. Los pecados que no se ven, son inexistentes y no generan por lo tanto culpa alguna. No debía dar ningún motivo para que irrumpiera la Policía Secreta en su casa. A sus oídos también habían llegado los chismes; corroborando todos los desmanes que provocaban ante la constatación de sexo ilegal. Todo sexo fuera del matrimonio era ilícito y por lo tanto, punible.
—Querido... imaginé que ya no vendrías ¡ Ardía en deseos de verte!
Mientras le enrostraba la demora a su amante, Josefína apretaba a Ruperto con sus pedículos, al mismo tiempo que lo besaba con pasión incontenible, en un glorioso intercambio de jugos, que la excitó en forma prematura.
Era casi mediodía, cuando Ruperto “El Coco” se retiró; con el mayor sigilo posible del lecho de Josefína. Con prisa se calzó la túnica obligatoria y antes de salir de la habitación, echó una ojeada a la dulce Josefina, que dormía en medio de un sueño placentero por la consumada satisfacción de sus urgencias. Mantenía una ancha sonrisa, pintada más que dibujada en su rostro adolescente y apoyaba su mano en media docena de botellas vacías de Horchatum; brebaje de escasa graduación alcohólica y altamente afrodisíaco, que se conseguía al precio adecuado en el mercado negro local. En la semana anterior, un Coco cómplice de francachelas le susurró en voz baja, que había observado con sus propios ojos a un vehículo policial, que transportaba un cargamento completo de Horchatum, y públicamente lo distribuía en aquellos sitios del mercado negro, donde podía adquirirse en secreto. A su criterio, la mafia policial era la principal beneficiada, de esta especie de ley seca a la que se hallaban sometidos.
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De pronto se percató que mantenía a la vista el trofeo arrebatado a Josefina; el capulario, una diminuta prenda íntima que le excitaba de sólo intuirlo. Lo ocultó apresuradamente en el interior de su túnica para evitar sobresaltos.
Las mellizas Isolina y Natacha vivían en un bonito duplex a un par de cuadras de distancia. Mientras apuraba el paso, se encontró de sopetón con la Adjutora del último mitin. No le había prestado anteriormente la debida atención, pero ahora la examinó como un delicioso platillo que no debía dejar pasar por alto. No vestía el amplio y asexuado uniforme; en cambio, la túnica antirreglamentaria que utilizaba, resaltaba demasiadas cosas que atrajeron su mirada como poderoso imán. El tajo que llevaba de costado, le llegaba hasta una sonriente y pimpante cadera.
—¡ Malditas sean todas las Penicilinas! Esta niña es digna de toda adoración... el cambio del uniforme por la túnica la favorece en mucho. ¿ Pero qué ve mis ojos? Le hizo un precioso corte al costado y ofrece a la vista esos inquietantes pedículos.
La adolescente no era ninguna novicia en las artes de seducción, pero jamás pudo imaginar; ni mucho menos esperar, la reacción del impulsivo Ruperto. Se abalanzó sobre ella y la estrujó con toda su fuerza microbiana, mientras la besaba con frenético ardor. Luego de un brevísimo forcejeo, ella respondió efusivamente; casi a punto de desmayo, al intuir en sus muslos la sacrosanta presencia del deseo.
Al rato, Ruperto reinició el camino, pues se estaba demorando en su cita con las mellizas. Se sentía completamente satisfecho y metafísicamente orondo. Era evidente que mantenía intacto su tan envidiado poder de convocatoria sexual. Se citó con la Adjutora para el día siguiente y la anotó mentalmente en su agenda personal. En esta ocasión no olvidó la precaución de esconder el capulario de la adjutora entre los pliegues de la túnica; exhibía su nombre primorosamente bordado en gelatina indeleble. Le encantaba coleccionar capularios; en su casa existía un baúl lleno de tal clase de prendas íntimas, que se había acostumbrado a tomar como trofeo de cada amante que conquistaba.
La velada con las mellizas también resultó inolvidable. Isolina y Natacha lo adoraban. Aunque para ser francos, a quien tenían en gran estima era a su quinto pedículo. El resto de su cuerpo era apenas considerado como apéndice del mismo. Practicaron hasta el hartazgo las diversas posturas del Coco-Kamasutra; bastante más complejo y explícito que el conocido por los humanos.
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Como en todas las ordalías; mientras apartaban con sus delicados pedículos las botellas de Horchatum esparcidas por doquier, trataron inútilmente de influenciarlo. Se trata de una antigua costumbre que posee en la práctica cualquier hembra del universo; aguardar la oportunidad del sexo, para obtener del varón aquello que se le ocurra; desde un regalo, una gratificación, una túnica al último grito de la moda, o lo que fuera... Pero siempre recibir algo a cambio de sus favores. En las bragas de toda mujer decente acecha una prostituta agazapada. Saben que ese es el momento propicio, porque el partenaire se encuentra relajado y es más permeable a cualquier pedido, si emplean la adecuada mirada suplicante.
Isolina le contemplaba directamente en los ojos, mientras le rodeaba amorosamente la cabeza.
—Mi amor... es hora de que te decidas. Mi líder femenina está impaciente por conocerte. Le hemos hablado tanto de ti, que no puede creer en tantas maravillas.
Natacha también se distrajo un momento, dejó de acariciarle la punta de un pedículo y terció en la conversación.
—Si no vienes, nos harás quedar como vulgares charlatanas. Nos han prometido a ambas un ascenso en el escalafón. El grupo de Controladoras de la Virtud es cada día más numeroso y ya estamos ubicadas en el escalafón; hemos llegado a Sublíderes de 6ª categoría. La promoción a la 7ª categoría nos proporcionaría...
—Ya... ya... les proporcionaría una serie de privilegios; hasta dos licencias de matrimonio en blanco entre otras cosas. Las quiero mucho y estoy muy a gusto con ustedes, pero tomar esa decisión no resulta nada fácil para mí.
Ambas respondieron a dúo, contrariadas por su renuencia a complacerlas.
—Pero si es sencillo... solo consiste en un pequeño trámite y asunto concluido...
—Será una tontera para ustedes, pero ingresar en la secta implica el consentimiento para que me efectúen un maldito tatuaje; y con los números de afiliado en pirograbado, precisamente en mi quinto pedículo.
Isolina trató de convencerlo.
—El pirograbado no produce dolor. En un instante lo cauterizan con ácido.
Natacha tampoco se quedó atrás.
—Eso... eso mismo, y con la excusa de que perteneces a nuestro grupo, podríamos vernos con mayor frecuencia ¿ No te parece encantador?
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Ruperto mantuvo calma ante las embestidas a dúo. Siempre le sucedía lo mismo con las mellizas. Absolutas animales en el amor, pero que luego no vacilaban en pedir... pedir... Y hasta exigir... como si el sexo mereciera otra retribución que el mutuo placer obtenido. Las examinó lentamente a una tras otra y no vaciló en la respuesta.
—Todo esto suena muy agradable en palabras, pero jamás dejaré que me toquen el quinto pedículo con ese aparato infernal. Se trata de algo demasiado sagrado para mí. Estamos hablando de lo único que recibí como exclusiva herencia de mi finado abuelo... al que Dios conserve en la santa gloria microbiana.
Refunfuñaron un poco, decepcionadas al no obtener satisfacción de tan pequeña exigencia. A pesar de todo, seguirían viéndolo pues se gratificaban con el placer proporcionado por tan increíble semental. Claro está que; como pequeña revancha, no permitieron que su amante les hurtara los capularios color salmón, como era la rutina habitual, consentida por ellas como inocente diversión.
Ruperto no se creó demasiados problemas. Bastantes capularios de su baúl pertenecían a las mellizas... Y de todos los colores existentes en el espectro cromático. Aprovechó para estirar los pedículos inferiores y caminando sin prisas, inició el regreso a su vivienda. Debía hacer un poco de tiempo; ya que la discusión con las mellizas había acortado la duración de los saludables ejercicios fisiológicos. Por tal motivo entretuvo la espera en observar a unos pequeños Cocos que; con un leucocito enano por balón, jugaban una partida de fútbol en un baldío cercano. Los arcos habían sido improvisados con deshechos de hueso.
En la mitad del trayecto se encontró con diversas manifestaciones. Le sorprendió una en particular, pues era la primera oportunidad que se enfrentaba con la misma. Los enormes carteles pertenecían al comité de “Dios, Patria y Abstinencia” y reclamaban medidas mucho más severas que la castración o el destierro para todos los contraventores. Directamente solicitaban la implantación urgente de la pena capital, a efectos de ser aplicada a los promiscuos y libertinos sexuales. Se encontraba muy concurrida y había en ella gran preponderancia de jóvenes, con sus impecables túnicas bien planchadas y el cuello correctamente almidonado.
—Humm... las cosas están cambiando mucho... veremos como salir del atolladero si estos castrados toman poder en el Consejo.
Con reflexiones parecidas continuó su camino, no sin antes sufrir un breve escalofrío, al deslizar un pedículo superior por su sensible cuello.
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Luego de aplicarse una buena ducha, se aprontó para la próxima cita con la insaciable Matilda. Su vida consistía en un sinfín de festines amorosos. Reconocía que; como drogadicto sexual que era, no podía prescindir del sexo. Portar un quinto pedículo como el suyo, lo consideraba como carga agradable, pero muy pesada para cargar permanentemente encima.
No era aún de noche, cuando escabulléndose por los fondos, dio la cita por concluida. Con Matilda las precauciones siempre eran pocas. En función del alto rango del esposo, todo recaudo era digno de tomarse. Ruperto se mostraba tan insaciable como ella, pero quedaba siempre sorprendido por el desenfrenado frenesí, con que esa hembra satisfacía sus apetitos. Aunque no lo efectuaba siempre con el necesario disimulo. Si los descubrían in fraganti, serían desterrados con seguridad al territorio de los Estáfilos. Ruperto sintió escalofríos en la nuca, sólo de pensar en eventualidad tan desgraciada.
Con parsimonia acomodó los capularios, cosechados como piezas de la caza diaria, en un enorme baúl del cuarto contiguo. Se ocupó luego de preparar la cena. Esperaba con impaciencia la visita de Inocencia ¿ Sería tan complaciente con él la nueva conquista, como en su fuero íntimo lo esperaba?
Recogió del huerto un puñado de micro champiñones y un par de retoños vegetales que brotaban de un gigantesco glóbulo rojo en descomposición; anclado en un cerco óseo de su espacioso criadero. Solicitó de la proveeduría un lisado de virus en escabeche y dos deliciosos postres, a base de flujos de miel y requesón. Por suerte echó un vistazo a la bodega, sólo le quedaban dos botellas de Horchatum. Con premura dirigió sus pasos a una esquina de la plaza que lindaba con su barrio y susurró al oído de un Coco anémico las palabras precisas; claro está que acompañadas del dinero suficiente, y en contados minutos, un microbio camuflado de lechero, depositaba en la puerta de su domicilio la encomienda con seis botellas del infaltable Horchatum. Existía prohibición estricta para su fabricación y venta. Nadie recordaba muy bien los motivos de esa Ley Seca, pero seguramente fueron los fanáticos cocos puritanos del Norte, quienes lograron imponerla contra viento y marea; con la pueril excusa de que dicha medida incrementaría el virtuosismo en la población viciosa.
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Es sabido hasta por los necios humanos, que para que prospere una industria, tan solo es preciso que se prohíban sus productos. Todo el mundo lo utilizaba como afrodisíaco insustituible y hasta los miembros del Consejo lo conseguían calladamente para su uso particular; por supuesto que con el debido sigilo. La satisfacción por consumir algo prohibido, consistía en su mejor garantía para ser utilizado en las refriegas de alcoba. Las cosas habían llegado tan lejos, que la producción ilegal de Horchatum quintuplicaba a la del tiempo en que su uso era legal. Los impuestos que dejaba de percibir el Consejo eran de gran magnitud, pero nadie se atrevía a modificar una norma antigua; aunque no recordaran los fundamentos reales que habían motivado su primitiva aplicación. El último gran diluvio diarreico; como siempre, fue culpado de la situación, por la irremediable pérdida de la totalidad de los archivos históricos.
Con la mesa preparada, Ruperto recibió a Inocencia con los honores adecuados. La velada fue inolvidable. En determinado momento ella llegó a parecerle un poco fría, pero finalmente cedió a los requerimientos del audaz Ruperto, y eso era lo único que importaba.
Jamás olvidaría esa noche. Inocencia demostró ser una hembra salvaje y sin inhibiciones. Una y otra vez se acoplaron sus cuerpos hambrientos; desfogando ilegales pasiones clandestinas. Ella bebió sedienta casi todo el Horchatum disponible. Parecía no tener límites la pasión y lujuria que deshojó entre las sábanas de Ruperto. El lecho era enorme y ocupaba prácticamente todo el dormitorio. Inocencia demostró ser la hembra perfecta. Quién pudiera poseerla en exclusividad, con toda certeza sería el Coco más envidiado del universo microbiano.
De tal modo pensaba el inefable Ruperto, mientras observaba de soslayo por la ventana, el temprano amanecer de un sol rojo.
Al principio no se escuchó el leve sonido sordo, que provenía de la entrada misma de su casa. Recién tomó conciencia de que algo raro sucedía, cuando la puerta del dormitorio cayó con sus goznes destrozados; ante el impetuoso embate de cuatro Cocos policías, ataviados correctamente de impecable uniforme azul y con las viseras en ristre.
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Inocencia cubrió con una sábana su imponente desnudez. Él no dispuso siquiera de tiempo para tal obviedad. Lo inmovilizaron con grilletes y fue sacado desnudo de su propia casa. Los escasos testigos de esa hora temprana, le vieron arrastrar del cuello una pesada cadena. Se trataba de una grave humillación la que le hacían sufrir. En ningún momento le dieron a conocer los motivos de su detención. Ese detalle lo sortearon al darlo por sobreentendido. Recién al llegar a la cárcel, fue provisto con la ropa común de todo presidiario; una túnica blanca de tela desteñida y rústica a lunares negros.
Incomunicado en un lóbrego calabozo que carecía de ventanas, Ruperto dispuso de sobrado tiempo, para reflexionar acerca de su mala suerte y las probables causas.
—¿ Quién me habrá denunciado? No puede ser ninguna mujer, pues he complacido a todas por igual; jamás mi pedículo ha negado su bendición a ninguna. Estuve con hembras de todo pelo y calibre sin discriminarlas. Así que por despecho no puede ser; por celos tampoco creo; todos mis amoríos fueron libres, tanto con solteras como con casadas. Ellas saben bien que jamás comprometí palabra alguna sobre formalizar. El trato era con mi quinto pedículo, y él razona con ellas por su exclusiva cuenta y riesgo.
Ruperto señaló con la mano a quien consideraba el único responsable de su infortunio. Consideró que si lo encontraban culpable, lo castrarían; y que semejante castigo era desmesurado por la nimiedad de proporcionar un átomo de felicidad, a las mujeres que se exponían al alcance de su libido.
Su mente funcionaba incansablemente y no lograba reposar ni siquiera por las noches. Un sudor frío lo impregnaba en el acto y debía abandonar el incómodo lecho de piedra. De lo único que estaba seguro, era de sus amigos; ninguno de ellos sería capaz de una broma de tan pésimo gusto.
La comida se demostró escasa y de mal sabor. Durante los cuatro días que permaneció en esas condiciones; y que a él le parecieron cuarenta pelandrakas, adelgazó a ojos vista. Apenas bebía un par de sorbos del liquido pringoso, que abandonaban dos veces al día en un jarro oxidado. En el transcurso de su desvarío, atinó a preocuparse por la suerte de Inocencia.
—¿ Qué le habrán hecho? Pobrecilla niña mía, la detienen injustamente por aceptar mi invitación a una noche de placer... pobre... ¿ A qué pena será condenada?
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Le costaba demasiado esfuerzo desalojar de su mente esa imagen; la imponente y desnuda figura de Inocencia, bien provista del soberbio cargamento erótico que emanaba de sus redondeces ¡Qué protuberancias adorables!... no existía en el Universo nada semejante.
No cabía en su imaginación, que quizás estuviera recluida en una celda al igual que él; apoyando sus divinos glúteos en la fría piedra y con los ojos llorosos y suplicantes, mientras esperaba una sentencia inapelable. Ojalá los vejetes del Consejo se apiadaran al observar tantas maravillas femeninas en un solo cuerpo. Podía considerarse como el ideal de mujer diseñado por Venus Afrodita, para naufragar en mil noches de lascivia.
Por la mañana del quinto día fue llevado a comparecer ante el Tribunal. Se trataba de un amplio recinto con presencia de demasiado público; compuesto exclusivamente por mujeres. Permanecían sentadas en largos bancos y producían una bulla fenomenal. Por lo que pudo apreciar Ruperto, cuando se atrevió a espiar hacia atrás; le sonreían todas sin ningún disimulo y haciendo ostentaciones de inequívoca lujuria. La enorme dimensión del Tribunal hacía parecer más pequeños a los miembros del Consejo; ancianos todos ellos y de larga barba blanca. Doce en total, que se hallaban sentados alrededor de una enorme mesa.
Presidía el Tribunal el Honorable Magurcio, el cual era precisamente el marido de la voraz Matilda. A Ruperto le obligaron a sentarse encima de un taburete, mientras sentía sobre su cuerpo las pesadas miradas de los Magistrados. No se le ocurrió en ningún momento; que el motivo de tanta curiosidad no era él en sí mismo, sino la silueta, enmascarada por la sucia túnica, de su quinto enorme pedículo.
Los Consejeros susurraban misteriosamente entre sí.
—Eso es algo impresionante, Honorable Consejero...
—Tiene usted razón. Es algo nunca visto, Honorable Consejero...
—No hay duda, que cualquier individuo con ese aparato, se convierte en un peligro público...
—¿ Cómo pudo ocurrir tamaña monstruosidad?
—Este ejemplar debería exhibirse en un circo... no puede convivir democráticamente con nosotros; los Cocos normales, decentes y religiosos...
—Eso... eso mismo. Algo debemos hacer, para apartar de nosotros esta aberración genética...
—No hay duda que se trata de una deformidad congénita... ¿Qué fea impresión produce solo de intuirla!
—¿Será hereditaria?
—¿ Será contagiosa?
El honorable Magurcio interrumpió de cuajo los diálogos subrepticios, con la autoridad emanada de una voz grave y cascada, que le surgía a duras penas de una herrumbrada y sobradamente amortizada laringe.
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—Señores... un poco más de seriedad. La ocasión merece ser tratada con el consabido decoro. Como debe ser... deben recordar que estamos cumpliendo con una obligación patriótica.
Se efectuó un silencio sepulcral, mientras el Presidente proseguía con algo más de tranquilidad.
—Adelántese el reo.
Ruperto reaccionó con audacia.
—¿ Reo yo? ¿ De qué se me acusa?
El Honorable Magurcio, inescrutable, lo miraba fijamente a los ojos.
—Se lo acusa de quebrantar la ley. Pongo en su conocimiento que ya ha sido juzgado y condenado. Por lo tanto; de ahora en más, recibirá el mismo trato de cualquier reo convicto.
Ruperto se mostró realmente indignado.
—Entonces... ¿ Para qué toda esta farsa o pantomima?
—Oh... se trata tan solo para cumplir con un requisito legal; a fin de comunicarle formalmente la sentencia. Los imputados son siempre juzgados en ausencia, como está debidamente reglamentado y para evitar inútiles escándalos.
Se produjo un gran revuelo en la Sala, las mujeres comenzaron a vociferar en defensa de su adalid; el amante con quien soñaban en sus largas noches de abstinencia. La gran mayoría de ellas habían sido sus amantes en una u otra oportunidad. Las restantes eran microbias demasiado curiosas por conocer a tan famoso personaje; pues opinaban que era imposible que alguien pudiera disponer, a su libre albedrío, de herramienta automática tan estupenda.
Ruperto se dio vuelta, girando en el taburete y con alegría en su interior, las escuchaba gritar y gesticular con los pedículos en alto. Más sorprendido permaneció, al constatar en primera fila la presencia de la hermosa Matilda; precisamente la esposa de Magurcio, que escribía con febril apuro en un pequeño papel. Buena cantidad de esas microbias había alcanzado la gloria en su compañía; y era cosa buena que conservaran tan grato recuerdo del amante en desgracia. Fiel a su inveterada costumbre, no dejó de notar que Matilda lucía un escote muy pronunciado; esa clase de detalles nunca escapaba a su aguda percepción.
—Orden en la Sala... si no se callan, las haré desalojar inmediatamen...
El Honorable Magurcio interrumpió la orden, al notar que su esposa agitaba imperiosamente los pedículos y utilizaba como bandera un pequeño papel. Cuando la calma regresó a la augusta Corte; el magistrado prosiguió, como si nada importante hubiera interrumpido la sesión.
—Se le halló culpable de terribles delitos reservados, y no hallando sentencia justa para tan aberrante accionar...
—¿Cuál hecho consideran ustedes aberrante?
Ruperto intentó una defensa tardía, pero era inútil. Había sido juzgado y condenado en ausencia, sin la menor posibilidad de defensa.
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—No tenemos obligación de declararlo en público... Pero ya que el reo insiste; se le informa que fue denunciado por una de nuestras mejores agentes del servicio secreto. La oficial Inocencia ha denunciado expresamente sus actividades ilegales; con severo riesgo de su propia vida, y dando muestras de una eficiencia y arrojo dignos del mayor encomio. Por ello ha sido condecorada y promovida a una jerarquía superior, Justa recompensa a su abnegada labor de proteger la moral pública, de un delincuente sexual de su calibre.
Ruperto se golpeó la frente con un pedículo. ¡ Fue justamente ella quien lo delató! ¡Y él que tanto se había preocupado por su suerte! Sin embargo, en qué forma había disfrutado la muy cochina. Cumplió al final con su deber, pero antes aprovechó la ocasión para saciar su impudicia a conciencia... y en reiteradas ocasiones... y hasta se había bebido todo el Horchatum disponible.
La rechifla en la Sala era infernal. Todas gritaban desaforadamente, con mordaces insultos a la denunciante; que las privaba para siempre del santo juguete de su ilícito, pero muy justo erotismo. Tal cual sucede con los humanos, donde todo lo que se aprecia como justo de solemnidad, es generalmente ilegal y sujeto a un arbitrario escarmiento.
—Como iba diciendo: No encontrándose un castigo exacto para tan grandes delitos, el Consejo del Gran Coco ha decidido reunir las tres penas más severas de nuestro Código para ser aplicadas en este caso inusual. Ellas son; como usted bien sabe; la castración, el destierro al territorio de los Estáfilos y la pena capital...
El silencio de la sala congeló en el acto el murmullo generalizado. El impertérrito Magurcio prosiguió con la inexorable sentencia.
—Nuestra Asesoría Filosófica ha recomendado el orden preciso en que deben ser ejecutadas; ya que algunos Consejeros opinaban que las tres penas fueran aplicadas al mismo tiempo; lo cual habría ocasionado una discusión metafísica interminable y de incierto resultado.
En ese preciso momento, un ordenanza le acercó al Honorable Magurcio un trozo de papel, susurrándole al oído que su propia esposa era quien lo remitía. El anciano se caló las gafas y a medida que iba leyendo, el color del rostro le iba cambiando de tonalidad. Al concluir la lectura se hallaba totalmente impregnado de cólera. Masculló un par de improperios; los que se tragó sin rechistar, impidiendo que llegaran al oído de los Consejeros cercanos, que le observaban con cierta comprensible curiosidad y trató de finalizar la perorata lo antes posible.
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—Bueno... pesar del dictamen filosófico recibido y haciendo uso de las facultades que posee mi cargo como atributo exclusivo, he decidido suspender una de las sentencias... y a modificar otra...
Sus ojos se dirigieron a Ruperto, que lo observaba extrañado.
—En efecto. Se suspende la sentencia de castración. Queda firme la sentencia del destierro con los Estáfilos y si por casualidad regresara a nuestro territorio, se hará acreedor de la pena Capital. Será ajusticiado por el verdugo de turno, sin anestesia ni piedad alguna.
El griterío alborozado de la Sala fue de tremenda magnitud. Ruperto no sabía todavía si alegrarse o no. Salvarse de la castración, no le parecía entonces tan beneficioso; por cuanto lo desterraban a un sitio del que nadie antes había regresado. Y en el supuesto de un retorno milagroso, le esperaba una segura sentencia de muerte. No... No existían exagerados motivos de regocijo. Aunque en un brevísimo chispazo, recordó lo que siempre le sermoneaba su abuelo, mientras lo acunaba en brazos de pequeño.
—Querido Ruperto, con un quinto pedículo como el tuyo, todo te resultará más fácil y llevadero. Constituye el mejor pasaporte para tener éxito en esta vida. No hace falta ser demasiado inteligente, si se cuenta con algo semejante. Nadie lo publicita a voces, pero las hembras son quienes realmente nos manejan. Siempre ha sucedido así desde que el mundo es mundo. Prestan su barco al macho, pero conservan el manejo del timón. Serán ellas quienes te ayudarán a resolver cada una de las dificultades que te aquejen; con tal de que les prestes; y de a ratos claro está, su juguete predilecto.
Sonrió para sus adentros. El abuelo, a pesar del pedículo, fue un filósofo de ley. Ocultó su inteligencia en el anonimato y gracias a esa tan simple precaución, vivió hasta los noventa pelandrakas; una edad desacostumbrada para la enorme mayoría de los Cocos. Quizás, con un poco de suerte salvaría su quinto pedículo y tras él, el resto de su esférico cuerpo, cuello incluido. ¿Acaso la mitad del mundo no está compuesta por mujeres? No le fue nada mal con ellas; podía afirmarse que le buscaron sin demasiados disimulos. La mitad de la población de Estáfilos tenía que ser femenina. Las estadísticas no se atreverían a mentir tanto; no en algo así de simple y elemental.
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Razonamiento tan sencillo le quitó la ansiedad por el momento. El abuelo siempre había tenido razón; las microbias Estáfilos eran hembras y como tales se ocuparían del bienestar de su quinto pedículo y, por añadidura, de su poco modesto portador.
Resignado a las veleidades de suerte, se le ocurrió voltearse para examinar por última vez a sus amantes, que continuaban gritando con inacabable fervor. Ellas se mostraban conformes y se alegraban porque no sería capado. Matilda le sonreía embelesada y no disimuló el envío de un beso volador con su pedículo izquierdo. Ah... ¡Cómo se tambaleaban las apetecibles redondeces en el escote de la impúdica! Si pudiera volver para inspeccionarlas más de cerca... Ah... tan sólo una vez más.
Todo parecía haber concluido. Pero restaba aún el último requisito legal. El honorable Magurcio dirigió una fatigada mirada al Secretario de Actas.
—Señor Secretario de actas, asiente en los registros esta sentencia. Asiente también que fue comunicada al reo de acuerdo a la ley... y... no olvide asentar los datos de identidad del reo. A efectos de otorgar total validez al presente sumario.
El miope secretario movió afirmativamente su despellejado cráneo, mientras escribía con exasperante parsimonia.
—Hemos asentado todo... minuciosamente todo, Su Señoría... también los datos de identidad del reo. Voy a revisarlos para evitar cualquier posibilidad de confusión y dejar así cerrado el presente caso. A ver... sí... el nombre del reo es Ruperto... Ruperto Casanova, hijo de un tal Giácomo y nieto de otro tal Giácomo. Curiosamente recuerdo que éste último, ha sido un Coco ilustre por ciertas razones que he olvidado y es quien aún hoy ostenta el récord de supervivencia en nuestra especie.
o0o

Cuando el Honorable Magurcio se despojó de la toga y entró a los sanitarios para higienizarse, aún llevaba en el puño cerrado un papel arrugado. El mismo que la atrevida Matilda le había acercado en forma tan inoportuna por medio del ordenanza.
Mientras evacuaba ruidosamente los intestinos, lo leyó y releyó. No podía dar crédito a lo que estaba escrito.
“ Mi muy querido esposo mío Magurcio:
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Siempre te has quejado de las compras excesivas de capularios, cuando te enviaba cada semana al Supermercado. Debes enterarte que Ruperto se los apropiaba, luego de cada una de las citas galantes que hemos mantenido. Calcula por lo bajo una por semana en los últimos cinco pelandrakas. Aunque en muchas ocasiones fueron dos o tres... o más. La emoción me nubla ocasionalmente la memoria. No te molestes en sacar la cuenta, no es necesario. Tu me has otorgado una gran respetabilidad y él concienzudamente se encargaba de quitármela, del modo más placentero que jamás podrías imaginar. Los amo a ambos; aunque por distintos motivos y a buen entendedor pocas palabras. Si lo sentencias a ser castrado, tu reputación quedará destruida en 24 horas y sabes muy bien que puedo hacerlo con toda facilidad. Debes tener en cuenta lo que eso significaría para tu gloriosa carrera. Ah... no es necesario que en adelante me compres tantos capularios. No los necesitaré por el momento. Lamentablemente.
Te adora como siempre, tu Matilda”
El Honorable Magurcio despidió una tenebrosa ventosidad. Era terrible la nota. La maldita mantenía la situación bajo su férreo control. Sabía sobradamente bien que ella era capaz de cumplir con dicha amenaza. La conocía de sobra; bonita y dominante. Tal como a él le habían gustado siempre las mujeres; aunque hacía demasiados pelandrakas que no la recordaba retorcerse de placer en la alcoba conyugal.
—¡ Qué le vamos a hacer! La vida de un Presidente del Consejo del Gran Coco constituye una pesada carga, que sólo puede soportarse merced a una vocación incorruptible. Oh... si el pueblo supiera de los enormes sacrificios que demanda el ingrato ejercicio de la política... Mhm... claro está que dentro de un pelandraka hay elecciones... y uno se debe por entero a tan noble y patriótico apostolado... Mhm... sí... Mhm...
Luego de romper concienzudamente el papel, arrojó al inodoro los minúsculos e incontables trozos. Recién entonces, más tranquilo, oprimió el botón de descarga del agua.
—¡Todo sacrificio es poco cuando se trata del bienestar de nuestro pueblo!

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POSDATA:
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¿ Enfermedad o Panacea? Este ha sido el título del último boletín de la Asociación Americana de Microbiología. El mismo da cuenta del descubrimiento por parte de los Laboratorios Rucha, de un nuevo germen aislado de próstatas infectadas; al que han bautizado con el pomposo y enigmático nombre de micrococus erectus. Posee la rara propiedad de atacar exclusivamente al género masculino y provocar accesos de erección o priapismo muy acentuados y de difícil resolución, que perduran por más de tres horas. Los investigadores se preguntan la causa de que el nuevo germen disponga de enzimas, que anteriormente se habían encontrado sólo en cepas de estafilococos. Los Antibióticos actuales se han demostrado inoperantes “in vitro” para controlar la impresionante elongación peneana que produce. Los infectados se han negado de modo reiterado a recibir cualquier clase de tratamiento; ya sea médico o quirúrgico, para intentar corregir dicha anomalía. La población no debe alarmarse pues no existen motivos que justifiquen el pánico. Se está evaluando su probable potencialidad epidémica. Y se espera el resultado de nuevos estudios, que permitirán aclarar el dilema que mantiene conmocionado al ambiente científico mundial.
 
NUEVOS ESTUDIOS
El Dr. Flemingus Pérez, Jefe del equipo de Investigación bacteriológica de los Laboratorios Rucha, ha elaborado la magistral hipótesis de que la acción deletérea del micrococus erectus, se debe probablemente a la presencia en particular, de una de las cinco curiosas prolongaciones que presenta el mentado germen. En especial de aquella que sus ayudantes denominan jocosa y familiarmente como quinto pedículo; extremadamente activo a nivel microscópico. También desmiente categóricamente las absurdas y mal intencionadas versiones periodísticas; propaladas seguramente por Laboratorios de la competencia; que han acusado a los nueve miembros de su equipo, todos científicos eminentes y de reputación profesional intachable, de contagiarse adrede para incrementar su potencia sexual. De confirmarse estas versiones, perdería empuje su candidatura para el premio Nóbel.
 
ÚLTIMAS NOTICIAS
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Las nueve esposas y treinta y dos parejas ocasionales (incluyendo en dicha cifra a ocho gays y tres lesbianas) que habitualmente mantienen relaciones sexuales con el equipo de nueve microbiólogos de los Laboratorios Rucha, se han negado de modo terminante; incluso efectuando reserva de sus derechos legales, a que dichos investigadores reciban cualquier clase de tratamiento para la infección accidental, padecida con cultivos de micrococus erectus. Sostienen; previa consulta a juristas de relieve, que en dicha eventualidad podrían demandar a sus parejas por negación irrestricta de persona (¿ ?). Además han asegurado que no tienen ningún empacho en mantener contactos sexuales con individuos que padezcan la enfermedad ocasionada por el susodicho germen. Por su parte los investigadores del equipo no piensan demandar al Laboratorio Rucha en concepto indemnizatorio; ante el evidente y penoso accidente laboral que padecieron todos ellos en propia carne. Los científicos afirmaron misteriosamente que todo sacrificio en aras de la ciencia es poco y que la bacteriología es una rama de la sabiduría que infortunadamente posee esos riesgos. Por otra parte, ellos se han resignados a su azarosa suerte; que no parece ser tan mala según infidencias recibidas de fuente insospechable. Han patentado al germen a espaldas de la institución que los cobija, y en pocos meses más saldrá a la venta pública en el mercado de consumo con el nombre de Sildenapuff Herc. El directorio en pleno de los Laboratorios Rucha se encuentra unánimemente desesperado, porque los ingratos no han aceptado cederle los derechos de comercialización mundial; a pesar de una oferta en firme de veinte millones de dólares, fuera de impuestos y pagaderos al contado en billetes de pequeña denominación.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
BENTIVOGLIO Fantasma de Bingo.
 
 
El personaje decidió cruzar la avenida. Llevaba bastante apuro y no lograba disimularlo. No tomó ninguna precaución a pesar del intenso tránsito y antes de llegar a la mitad de la calle, fue brutalmente embestido por un automóvil que circulaba a velocidad apreciable. Sin embargo, la mole metálica no le causó el menor daño; lo atravesó como si fuera sombra de humo. Emergió indemne por el lado opuesto, sin siquiera perder el hilo de sus pensamientos. No se oyó tampoco un sólo bocinazo. Se trataba de un día especial; uno de esos alegres viernes por la noche y parecía que todo el mundo había salido a divertirse.
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Cualquier persona juzgaría su conducta como suicida y sin demasiadas dudas al respecto; pero en dicha eventualidad, el imprudente peatón reaccionaría igualmente de modo extraño. No vacilaría en emitir un par de eructos despectivos ante tan justificada opinión.
Faltaba un minuto escaso para la medianoche y se le notaba preocupado por llegar en horario a una cita. Su ropa era estrafalaria en extremo; en lugar de saco y pantalón, calzaba de pies a cuello una estrambótica y holgada túnica de color mostaza.
Se detuvo por un instante. Alisó con su mano el largo cabello negro; que le enmarcaba un rostro cetrino y de ojillos vivaces; tomándose cinco segundos para disfrutar del espectáculo que ofrecía la marquesina del Bingo. Las luces resplandecientes de neón brincaban intermitentes; invitando a los transeúntes a arriesgar sus dineros al azar de la fortuna. Existía una larga fila de gente que llegaba hasta la calle; todos esperaban que finalizara la jugada en curso para luego ingresar, con su entrada apretada en una mano y la ilusión de ganar unos billetes; si no fuera posible echar mano del suculento pozo acumulado, de más de cien mil pesos. El requisito no parecía tan descabellado, debían marcarse los quince números del cartón, en las primeras cuarenta bolillas que se cantaban. Todos ellos ignoraban que disponían de apenas una chance en un millón.
Nuestro personaje atravesó la puerta de blindex y traspasó la nutrida columna de los que aguardaban su ingreso, de la única forma que parecía conocer. Se introdujo a través de ellos, como cualquier humano de carne sólida avanzaría en medio de la niebla. Ingresó al cuarto de útiles de limpieza; levantó la solitaria tarjeta, que lucía el pomposo nombre de Bentivoglio en letras góticas, y la introdujo en el reloj que imprimió la hora de su ingreso. Recién entonces soltó un bufido, mezcla de alivio y satisfacción.
—Ufa... Las doce en punto. Otra vez que logro llegar a tiempo.
Efectivamente. Eran las doce en punto. Medianoche. La hora preferida de toda bruja que se precie de tal y también del grueso de los fantasmas. Él se consideraba un fantasma respetuoso de los horarios y por lo tanto se presentaba puntualmente y a diario para iniciar su jornada laboral. Nunca nadie podría acusarlo de holgazán delante de sus narices. De otras cosas, quizás sí...
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Las puertas se abrían cada cinco o seis minutos, esto sucedía al final de cada partida de Bingo. En el ínterin; los que iban llegando, formaban una ordenada hilera; en la paciente espera de aguardar la conclusión de la jugada en curso, para ingresar apenas se abrieran las puertas. Al mismo tiempo, se retiraban quienes habían marchitado hasta la última de sus ilusiones, al igual también que los preciados dinerillos.
Bentivoglio era un fantasma diplomado y ampliamente reconocido entre sus pares. Llevaba ciento cincuenta años de antigüedad en el escalafón y había alcanzado la categoría de fantasma Naftalina. Ese detalle capital explicaba la peculiaridad de que muy pocos humanos podían percibir su presencia; tan sólo unos pocos sensitivos se hallaban capacitados para sospechar su corpulenta estampa; al oler el tenue aroma de ajos que despedía a su paso. No debe el amable lector cometer el grueso error de pensar que Bentivoglio procedía como un fantasma de morondanga. Tal criterio se encuentra alejado mil millas de la verdadera realidad.
Bentivoglio transcurrió por una pícara existencia terrenal, propia de los truhanes impenitentes; y ya de fallecido, se empecinó en continuar con la misma conducta; a pesar de ostentar el muy requerido nombramiento de fantasma, título que escasos difuntos pueden revalidar para sí. Pero no tardó en acumular tanta marranada en sus espaldas, y la Jerarquía decidió aplicarle un escarmiento ejemplar. El contundente castigo por todas las trastadas cometidas, consistió en exiliarlo de Catanzaro; una pintoresca provincia del sur de Italia, donde descalabró a media mafia local; hasta el más remoto país sudamericano; Argentina, región famosa en varias galaxias por desarrollarse gigantescos árboles frutales, provenientes de las semillas no digeridas, que acostumbran acompañar las excretas de sus habitantes. Es por ese motivo que le tenemos aquí, con nosotros y en plena época actual, como un habitante más de esta hiperbólica ciudad; cuyo único pecado, reconocido a diario por los mismos pobladores, consiste en que soporta a demasiados argentinos. Al menos es hecho gratificante reconocer los verdaderos méritos del subconsciente colectivo, por más horrible que nos parezca. La realidad es semejante en todo a una mujer fea, de aquellas que aborrecen maquillarse.
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Eran las doce de la noche en ese Bingo de Buenos Aires, cuando Bentivoglio se acomodó la amplia túnica, que le cubría de pies a cabeza. Luego de marcar la tarjeta de presentismo en el armatoste con forma de reloj antiguo; notó con tristeza que la suya se trataba, como de costumbre, en la única tarjeta del lugar. Existían otros nueve casilleros solitarios, a la espera de colegas con idéntico castigo al suyo. Ningún humano podía percatarse de dicha estructura; pues se hallaba confeccionada con material tan sutil, que los átomos del aire la atravesaban tranquilamente y con el mayor de los desparpajos.
Un pasillo enorme delimitaba el amplio recinto de juego en dos sectores, cada uno de ellos se hallaba totalmente cubierto de mesas redondas. Ocho cómodos asientos rodeaban cada mesa. El humo de los cigarrillos y el murmullo de ochocientos feligreses ocupaban toda la atmósfera del intervalo. En medio del salón se encontraba ubicado un gigantesco bolillero; dentro del cual, noventa numeradas de pimpon brincaban gracias a una corriente de aire eyectado; antes de ser aspiradas por el mecanismo. Las pantallas de televisión, distribuidas generosamente a través de toda la sala, exhibían el número; que primero era extraído y luego repetido en el micrófono por una monótona locutora. Frente al bolillero se amontonaban mesas especiales para los jugadores más osados. Allí, en el racimo de computadoras, se podía intervenir con una, diez o más series completas de seis cartones cada una. Cada cartón contenía quince números y cada serie, los noventa números que se extraían. Lo que variaba, era la aleatoria combinación de los benditos números. Para ganar el Bingo debían completarse todos los números de un cartón.
A Bentivoglio siempre le había interesado esa sección. Se regodeaba examinando atentamente esos rostros congestionados, que esperaban anhelantes y presos de ansiedad el número faltante para acertar un Bingo. Disfrutaba de todas las muecas de súplica y estertores de despecho. Los puños crispados insultaban a las bolillas y a la madre que las había parido. Se trataba a todas luces de un espectáculo altamente edificante y muy placentero a los ojos del fantasma. Los vapores destilados por el nerviosismo de los jugadores, le producían una voluptuosidad especial, altamente adictiva.
Se aproximó a una mesa. Precisamente era lo que necesitaba para distraerse. Un jugador enloquecido murmuraba para sus adentros, golpeando la mesa con cada nudillo disponible.
—Vamos bendito 37... vamos 37... ven puerco, que te necesito. Solamente me hace falta un número... el maldito 37.
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Bentivoglio sonrió. Este jugador era el candidato ideal para proporcionarle un momento de diversión, de acuerdo a su peculiar modo de administrar justicia. Corrió hasta el bolillero y notó que el 37 sería uno de los próximos en asomar a la pantalla. Con toda calma, su mano atravesó el bolillero sin efectuar el menor esfuerzo; flexionó su dedo medio contra el pulgar y lo disparó contra la bolilla, que huyó despavorida, y rebotando en las paredes transparentes de la máquina de fabricar infelices.
Cumplido el breve trámite, regresó a la mesa, para observar la expresión facial del aún esperanzado individuo; aunque ignorante todavía de su desgraciada suerte.
—Puerco... ¿Qué te cuesta salir? ¿Acaso no estás dentro del bolillero? ¡Necesito esos 800 pesos... maldición y remaldición!
¡ Qué belleza! Los lamentos del infortunado eran dulce melopea al oído de Bentivoglio. Escuchaba maravillado al homúnculo clamar una y otra vez, en su desesperado anhelo por el fatídico número.
—37... 37... 37... sal de tu cueva... maldito. Te preciso ahora, en esta jugada; no en la próxima... tengo que abonar dos meses de atraso en mi alquiler...
De pronto, el silencio del recinto fue interrumpido por una vocecita femenina, cascada de emoción; que provenía del extremo opuesto del salón.
—Bingo... Bingo...
Los murmullos de celo y de mal contenida envidia, fueron disimulados por la potente voz de la locutora.
—Han cantado Bingo... cartón nº 3408, con los números......... Bingo correcto. Se cierra la jugada con un sólo Bingo correcto.
La expresión frustrada de quien suspiraba por el 37, se relajó con un exabrupto.
—Diez bolillas esperé que saliera ese número. ¡Que porquería...! No hay justicia en estos días... no Señor.
Los compañeros de mesa se condolieron a la par de él. Con frecuencia, el ganador de un Bingo invitaba con bebidas o cartones gratuitos al resto de la mesa. Pero el coro de lamentos no duró más que un escaso minuto. La adquisición de nuevos cartones acalló las murmuraciones de cuajo. Sic transit gloria Bingus; así opinaría seguramente el Cicerón de dos mil años atrás, si pudiera ser transplantado a nuestra época actual.
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Bentivoglio respiró con la satisfacción del deber cumplido. Un fantasma de su calibre podía adivinar los pensamientos de cualquier humano. La jugarreta negando el parto del 37, se trataba de una bicoca; que incluso un fantasma principiante podía realizar sin dificultad. Claro está que él disponía además de otros instrumentos, para cumplir su cometido con total eficiencia. Podía desplazarse por el aire a la velocidad de la luz y también arrastrar muebles, apagar y encender luces a voluntad; amén de aterrorizar a quien le viniera en gana. Sin embargo, a Bentivoglio le encantaba caminar siempre que la ocasión se lo permitía. De niño le habían inculcado que esa conducta era satisfactoria, para mantener correctamente una buena circulación.
Conservaba todavía nítidas en su memoria las palabras de Gadóchek, el jerarca del Tribunal que lo había condenado, conjuntamente con los grandes consejeros Putaska y Bakunin. Todos ellos rusos de nacimiento hasta el preciso origen de sus hemorroides.
“Te condenamos por los innumerables delitos que has perpetrado, por no menos de doscientos años y por no más de dos mil. Tu castigo consistirá en controlar los juegos de azar de todo tipo; creados o a crearse, en el destino que oportunamente te fijaremos. Tu misión especial será la de evitar que ganen quienes demuestren el mayor afán de lucro. Parece cosa simple, pero no lo es en absoluto. La graduación del deseo dispone de una gran variabilidad en la obtusa mente del humano. Cuando haya muchos que lo deseen, deberás utilizar los medios de que estarás provisto, para descartar a los extremos. Solamente debe ganar quien se halla ubicado; con precisión fantasmal, en el punto medio de la escala que mide los deseos. No deben obtener rédito los más ansiosos o viciosos; tampoco los demasiado tímidos y apocados, que tan sólo juegan para distraerse. Debes hacer triunfar al termino medio exacto ¿Comprendes Bentivoglio?”
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¡ Cómo no entender esa condena! En su vida de humano, con dedos muy hábiles había trampeado con las barajas en una partida de tresiete; un juego popular, allí en la taberna del Molinero. Necesitaba imperiosamente esos cuatrini, diría que con urgencia. Los precisaba para algo trascendente. Pero el destino quiso que Rosanna; la putana de los senos más descomunales y también más explorados del pueblo, lo descubriera ante don Carmine, su protector del prostíbulo. Eso fue más que suficiente para un definitivo punto final. En apenas diez escasos segundos recibió veinte puñaladas, por más que sólo recordaba con nitidez la primera; la que partió su corazón en dos rodajas de sandía. Nunca supo de la última. El cuerpo desangrado fue encontrado por los carabinieri con el macabro símbolo de la venganza. Mantenía el cuchillo culpable, hundido hasta el mango en medio de los testículos, con un irónico naipe atravesado, el as de espadas; precisamente la baraja de la trampa. Lo enterraron sin pompa y en descampado, a pesar de las plañideras súplicas de su querida mamma Rosa y su adorable hermana Nicoletta.
De ese modo transcurrió el resto de la velada en el Bingo. Con un pantallazo panorámico, su mirada de águila apreciaba a los posibles ganadores, evaluaba mentalmente su deseo y urgencias monetarias y decidía quién disfrutaría del dinero de cada Bingo. Gracias a la modificación cerebral recibida tras su condena, confeccionaba una curva mental estadística para seleccionar al jugador que ocupaba el punto medio exacto. No perdía su tiempo con los premios a línea. Como eran exiguos, permitía que el estricto azar determinara a los afortunados. Hasta la medianoche; hora en que Bentivoglio entraba en funciones; seres elementales, pertenecientes a otra dimensión fiscalizaban el Bingo. Él no los conocía ni podía percibirlos, pues sus vibraciones pertenecían a otros planos muy diferentes de su propia realidad.
—Hace cerca de tres horas que lo único que hago es comprar cartones.
—Yo igual... y solo en una oportunidad me faltaron dos números; ni siquiera llegué a palpitar una bolilla para Bingo.
—Solamente estuve a tiro de línea. En cinco bolas no me cantaron el 10.
—¿ Sabe que usted es muy mona? ¿Cómo se llama... preciosa?
—¿ Me da fuego por favor?
—No me mire tan fijo, que me quemo los dedos...
—¿ Se enteró del ultimo chisme? Es lo más increíble que escuché...
—¿ Cual? ¿ La cirugía de fulanita? Pero si eso lo saben hasta los piojos...
—Dicen que Di Caprino es travesti. Qué desperdicio de hombre...
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—Las cosas insólitas que uno tiene que oír...
La conversación en las mesas era banal y pasatista. Todos concurrían allí para ganarle una pulseada a la suerte, pero muy pocos lograban cumplir tan sacrosanto objetivo.
El ejército de vendedoras repartía con rapidez los cartones, que se abonaban en el acto. La gran mayoría compraba solamente de a uno. Algunas mujeres encendían un cartón excesivamente ingrato, y lo arrojaban a los ceniceros metálicos; en tanto contemplaban embelesadas la micro hoguera. Quizás se tratara de remedos de brujas, que sacaban de paseo sus recuerdos medievales. Todo lo relacionado con fuego hacía sonreír siempre al fantasma; en cierta oportunidad también él se había entretenido en provocarlo.
Se estaba jugando la bolilla número treinta, y Bentivoglio paseó su inquisidora mirada de gavilán, en tanto giraba en círculos sobre el pié derecho. Algo extraño debió apreciar, pues se dirigió velozmente a una mesa, ocupada por cuatro mujeres maduras. La más joven parecía al borde de una crisis histérica.
—Me falta el 32... dale 32. Me acostaré contigo si sales... vamos 32... ¿Qué esperas? Te haré una estatua con pedestal de mármol... vamos 32... si vienes hasta te usaré de tampón... vamos bolilla maldita... ¡ Aparece de una vez en la pantalla... no te me niegues!
Una vecina de mesa, alertada por tanta plegaria inútil, dejó de anotar su propio cartón y contempló el tablero luminoso con ojos de pescado.
—Pero querida, si se lo cantan antes de la bolilla cuarenta, se lleva el pozo acumulado. Son más de cien mil pesos.
Otra intervino y la restante se acopló enseguida al coro mendicante. La mesa hervía desenfrenada en lúbricos deseos.
—32... dale 32... aparece de una vez, malparido... 32 para todos... ¡Qué digo, solo para mí!
La poseedora del cartón se incorporó de la mesa, arrugó el papelucho rectangular; apretándolo dentro de su puño como cábala y cerró los ojos, para entrar ipso facto en trance. Sus labios pedían y clamaban por el 32 y su mente trabajaba afanosamente en pensar de que forma gastaría los cien mil pesos. También en dar el correspondiente esquinazo a las compañeras de mesa; que seguramente tratarían de pedir prestado parte de ese dinero; dinero que ya consideraba a buen recaudo en su bolsillo.
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Pobre ilusa. Bentivoglio sonrió complacido y partió como una saeta rumbo al bolillero. En esta oportunidad debió esmerarse bastante; pues el 32 ya había sido aspirado por la máquina y sería cantado antes de la bolilla 40; pero por algo Bentivoglio se llamaba Bentivoglio. Con un pase de manos invirtió el circuito, y en lugar de aspirar y exponer al número 32 en pantalla, lo expulsó abruptamente junto al resto de las bolillas que bailoteaban, pendientes aún de extracción. La pantalla apareció en blanco por el fallo y la locutora interrumpió su monólogo. Debió aguardar a la siguiente extracción. Con voz aburrida y sin pausas, continuó con la seguidilla.
—31, 33, 30, 34, 23, 42, 29, 36...
Continuó voceando números, hasta que en la bolilla sesenta, la interrumpió un grito del sector de computadoras
—Han cantado Bingo...
La enfurecida mujer arrojó al aire el arrugado cartón y se tomó la cabeza con ambas manos; presa de descontrolada furia y franco desconsuelo. Su desilusión era atroz.
—Ocho bolillas para llevarme a casa el acumulado... y se negó el 32 hasta para el Bingo común. Justo en la bolilla 32 me faltó tachar el maldito 32. Tengo deseos de morirme. Sosténganme que me ataca la taquicardia...
—Pero querida, el Bingo es así...
—Estas cosas suceden... hay que tener paciencia...
—Otra vez será...
No había sosiego posible para la desventurada. Mentalmente había invertido en placeres la fortuna que vio tan cercana; casi al alcance de la mano y que finalmente le negó el azar. Las demás continuaban en su vano intento de proporcionarle algún consuelo.
—Es bastante común, que quien está próximo al Bingo acumulado, no obtenga siquiera la recompensa del Bingo común. Fíjese que le cantaron el 23, que viene a ser el 32 invertido.
—Eso... eso... para colmo, el 32 en el lenguaje de los sueños significa el dinero.
—Mala suerte querida. Alguien le estuvo tomando el pelo, ¿ Se dio cuenta que también aparecieron los números anteriores y posteriores al 32?
—Se trata de algo diabólico... mi marido siempre me lo echa en cara, y me ha prohibido expresamente concurrir al Bingo, pero una siempre encuentra la excusa exacta. Por ejemplo, aproveché la ocasión para venir, porque el muy cretino salió con su amante...
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Bentivoglio en cambio, se mostraba por completo satisfecho. Disfrutaba de una sensación placentera imposible de describir, cuando contemplaba las caras desoladas por el desencanto; en especial de quienes palpitaban cinco o diez bolillas el número salvador. Se lo tenían bien merecido. El juego es azar puro, y por otra parte, él cumplía con la obligación que le fuera encomendada.
Había pocas cosas que el fantasma extrañaba. Lamentaba no poder dialogar con los humanos; solamente lo habían facultado para oír, y en el fondo le hubiese complacido conversar con alguien, para mitigar su secular soledad. En especial con alguna hembra de cintura pequeña y busto pesado. Eran de ese tipo quienes más lo atraían estando en vida. Como Rosanna, la abundosa nodriza de Catanzaro; la misma que había descubierto su última jugarreta en el tresiete fatal. Cuando todavía disponía de un cuerpo con carne espesa y los jugos correspondientes intactos.
Precisamente en Buenos Aires, le parecía que el aire desparramaba hormonas a mansalva. Presenciaba volcanes glandulares más tórridos que el mismo Vesubio y para colmo; tales visiones le producían indefectiblemente una sospechosa y reiterada protuberancia, en la parte media y central de la fina túnica mostaza. Qué castigo injusto le había infligido Gadóchek; exiliarlo al país de los pechos más desarrollados y voluptuosos del planeta y al mismo tiempo impedirle decir ternezas a cualquier trasero, o al menos palpar la turgencia de sus carnes. Extrañaba además dos de los sentidos que le fueron anulados, en especial el gusto y el tacto. Le fueron negados como parte integrante de su condena. Era en dichas ocasiones que esparcía a su alrededor un más intenso y pertinaz perfume de ajos machacados.
Sin embargo, con el correr de los años también fue extrañando la falta de sus congéneres; necesitaba cualquiera compañía con suma urgencia. Otro fantasma a su lado le habría hecho más llevadera su propia condena.
Iba a comenzar la siguiente partida de Bingo y aún Bentivoglio debía completar la segunda parte de su metódico trabajo. Con la mano dentro del receptáculo, tomó una bolilla y la colocó directamente en la boquilla de extracción. La locutora cantó el número con la misma voz monocorde y de timbre gangoso.
—Primera bolilla... el 32...
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El rostro de la mujer que había perdido tanto el Bingo acumulado como el común, se contrajo en un rictus de amargura. Esa era una broma demasiado pesada y lanzó un grueso insulto, que por pudor no ha sido trascripto. Seguramente le deberá costar sus buenos cinco mil días de purgatorio. Destrozó el cartón que tenía enfrente, ante la mirada atónita de las vecinas de mesa; se levantó de improviso y fue a llorar su desconsuelo en la toilette de damas. Empapó diez pañuelos de tisú con llanto de amargura; el rimel y la sombra de párpados le chorreaban de la mejilla.
Daba pena observarla; el amplio espejo arrugó su luna para no ser testigo de la descomunal diarrea lagrimal. Se trataba de un espejo con bondadosos sentimientos y corazón tierno; que no experimentaba placer alguno en examinar todas las porquerías que le obligaban a presenciar. Pensaba renunciar a ese trabajo malsano y solicitar cambio de tareas. De ser posible en algún ventanal de alcurnia, o en todo caso integrando un vitral de iglesia. Sí... eso sería lo más conveniente para una vida larga, tranquila y apacible. Comenzaba a tener acidez cristalina; de tanto vituperio que le formulaban en propia cara. El oficio era indudablemente insalubre.
Así cumplía Bentivoglio con sus funciones. Es probable que se excediera en su celo, pero nadie podía discutir su eficiencia. Arruinaba las expectativas de los que más apetecían triunfar y también la de quienes concurrían para distraerse. Tan solo algunos; de los que su peculiar medición encajaba en el punto medio del deseo, eran galardonados con el premio de un Bingo. El resto... debía conformarse con las líneas; al menos les alcanzaría para el viaje de regreso... ¡ Qué tanto amolar!
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Ningún enviado de la Jerarquía; de los muchos que periódicamente habían concurrido para inspeccionar su conducta en los últimos ciento cincuenta años, elevó quejas de su comportamiento. Por lo tanto, Bentivoglio se encontraba seguro acerca de la corrección de su proceder. Las dos terceras partes de cartones se expendían en las máquinas, así llamaban a las computadoras; ocupadas por veinte o más jugadores y solamente el tercio restante se distribuía entre las setecientas personas de las mesas. Pero la justicia divina; en manos de Bentivoglio, desnivelaba las chances de acuerdo a su peculiar criterio. Se ocupaba personalmente de que las mesas disfrutaran de cuatro Bingos de cada cinco. A ninguno de los que apostaban en las máquinas se le ocurrió jamás dicha obviedad ¿Cómo podrían saber la respuesta correcta, si no conocían siquiera la pregunta pertinente?
De tal modo fue transcurriendo la noche de juego; a razón de doce partidas por hora, hasta las siete de la mañana. Momento en que comenzaba la última, con menos de la mitad de concurrentes presentes que a la medianoche. No existieron variantes de fondo en la conducta del fantasma. Al finalizar la misma, cuando la gente se retiraba cabizbaja; una sexagenaria de cabello canoso con ojos de bruja, cara de bruja y aspecto en general de bruja, si es que las hay; se aproximó al Jefe de Sala y le murmuró algo al oído.
—No deseo ser impertinente, pero por favor mande limpiar bien ese sector. Hay un olor extraño... horrible... huele intensamente a ajo.
El empleado la contempló con curiosidad. No era la primera vez que le mencionaban aroma tan peculiar. Hizo gala de su experiencia en relaciones públicas.
—Pero señora, disponemos de un ejército de gente que limpia y desinfecta a diario todo el salón, centímetro a centímetro. Nuestro Bingo está considerado como el más limpio y respetable de la ciudad. No lo dude ni por un instante...
La anciana enfocó en el joven el taladro de unos ojos negros profundos, tan profundos; que cualquier gato huiría despavorido al ser enfocado por ellos.
—Mire jovencito que hablo bien en serio; yo sé lo que afirmo y conozco el significado del olor de ajo. Le sugiero que contrate a alguien, para que limpie bien ese lugar en especial... y no precisamente con escoba o desinfectante. Busque a un brujo... o sino a una...
La situación se le escapaba de las manos al vapuleado jefe de sala. La interrumpió con vehemencia, mintiendo un poco con tal de sacársela de encima.
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—Quédese tranquila señora, vamos a hacer hasta lo imposible para complacerla. Después de todo, usted es la única persona que se ha quejado hasta ahora.
Cuando la bruja de incógnito se hubo retirado, el empleado se rascó la barbilla.
—Hum... en lo que va del año ya van cuatro quejas idénticas, por el mismo consabido tufillo de ajo ¿ Qué bicho les habrá picado a esas mujeres? ¿Cómo pueden oler cosas, que miles de concurrentes ni siquiera sospechan? Deben tener estropeado el olfato, vaya uno a saberlo. Ojalá me dieran un centavo por cada loca que anda suelta en este mundo loco.
Ese era un tema fuera del alcance intelectual del encargado. Bentivoglio pasó a su lado; detrás del ultimo concurrente que salía, llegó al cuarto de útiles de limpieza, tomó su tarjeta solitaria y la introdujo en el reloj para certificar el correspondiente horario de salida.
—Misión cumplida. Ahora a descansar hasta la tarde. Un día menos en la cuenta de mi castigo. Piano piano se va lontano. Gracias a mi magnífico desempeño, sólo me restan cincuenta años más para cumplir la condena mínima. Porca miseria.
Llegó hasta su vivienda personal; el altillo de una antigua casona de Belgrano y acomodó la túnica mostaza sobre una silla de paja, que había conocido tiempos mejores veinte años atrás. Una mesa de tres patas disimulaba su cojera, al apoyarse contra la pared. El techo a dos aguas exhibía vigas de madera reseca y con restos de barniz descascarado. Una claraboya solitaria tiritaba por ausencia de vidrios. Las dueñas de la residencia eran dos ancianas discapacitadas, y hacía años que no se movían de la planta baja. Sus osamentas reumáticas no resistían subir por la vieja escalera, que conducía a esa especie de buhardilla. Allí se habían ido amontonando cachivaches y muebles en desuso con el paso del tiempo.
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El fantasma se encontraba ampliamente satisfecho con su hogar privado. Un mínimo de limpieza y aseo habían dejado bastante confortable el cubículo. Tenía a su disposición una antigua cama colonial de bronce, frazadas remendadas, un mullido almohadón de plumas y sábanas limpias de origen incierto; hurtadas sin escrúpulos de alguna azotea vecina. Eso era más que suficiente para sus parcas costumbres campesinas. La única concesión artística que se permitió, consistía en un almanaque gigantesco; de los que se exhiben en numerosos talleres mecánicos; con una despampanante modelo en total desnudez, que sostenía con ambas manos un seno descomunal de pezón grueso y convidaba a beber un trago de su néctar lácteo a un sediento espectador... El inocente espectador había sido enterrado debajo de una gruesa capa de pintura.
Los fantasmas de su categoría no necesitan respirar, comer ni beber; tampoco dormir. En virtud de una composición molecular particular, no precisan ninguna de las cosas que para un humano resultan indispensables. Los átomos de sus moléculas son de diferente complejidad; poseen una intensidad de vibración mucho mayor que la materia conocida, y pueden penetrar en otra dimensión, que le es negada a la materia espesa. Eso explica su capacidad funcional y las habilidades insólitas que suelen manejar para sorpresa de los humanos desprevenidos.
Sin embargo, Bentivoglio, desde unos cuantos años atrás, extrañaba la sensación de mordisquear trozos de queso sardo con fetas de sopresata; especie de embutido típico de su pueblito natal. Claro está que acompañados por un vino rojo y espeso, de aquellos que dejan áspera la lengua. Era tanta su nostalgia, que siempre descansaban sobre la mesa un par de salamines, media horma de queso picante y una botella de legítimo vino de uva chinche. Todo el arsenal culinario lo acostumbraba tomar; sin abonarlo por supuesto, de Las Tinas, un fragante comercio de barrio, especializado en productos regionales. La inspección meticulosa del negocio de comestibles, ocupaba gran parte de sus horas de ocio. Adoraba las aceitunas negras, nueces y frutas desecadas. También le agradaba un poquitín cierta cajera rubia que atendía a los clientes; con sonrisa de oreja a oreja y campechana familiaridad.
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—Mal rayo te parta Gadóchek ¿ Qué te costaba permitirme conservar la sensación del gusto, o al menos la del tacto? De ese modo podría disfrutar de la comida o en el mejor de los casos, acariciar los senos que me enloquecen. Creo que me han aplicado demasiados castigos juntos... quizás se trate de un caso flagrante de abuso de autoridad. Tendré que averiguar si no me han ocultado la existencia de algún recurso de queja para un Tribunal Superior.
Estos eran los pensamientos de Bentivoglio en paños menores, mientras acomodaba sus posaderas en la silla destartalada. Cortó un buen trozo de queso y lo engulló juntamente con una generosa rodaja de salami. Masticó todo con inocultable placer, rememorando con el auxilio de la fantasía los sabores idos. Para empujar la pitanza, bebió un prolongado sorbo del espeso vino patero, elaborado solo a base de mosto de legítima uva chinche. Tenía mucho cuidado al seleccionar las botellas, pues eran cada vez más escasos los vinos confeccionados con tan noble cepa de uva. La adulteración estaba a la orden del día, hasta llegaban a emplear tripas de vacuno. Él mismo había constatado en persona tamaño ultraje al maravilloso descubrimiento del patriarca Noé.
—Ah... qué sabrosa comida. Se trata de un placer digno de dioses y demonios degustar estas exquisiteces... Ah... cómo te maldigo, Gadóchek. Aunque pensándolo bien, quienes te sugirieron la penalidad fueron los muy pícaros de Putaska y Bakunin.
Al concluir la orgía imaginaria, el bueno de Bentivoglio se incorporó de la desvencijada silla de paja y con un trapo rejilla, recogió intacta la comida; puesto que se había deslizado directamente de su boca al asiento; teñido ahora de rojo por el abundante vino derramado. Limpió todo a conciencia y sin hacerse reproche alguno, pues el placer que obtenía en el trámite gastronómico, superaba ampliamente la incomodidad de la limpieza.
Se recostó en el lecho y hojeó por milésima vez un antiguo álbum de fotografías familiares. Las descoloridas fotos de color sepia, relataban nacimientos de robustos bebés en pleno llanto y de matrimonios en absurdas poses. El marido, con rostro de prócer y enormes bigotones al estilo manubrio de bicicleta; la mujer, con rodete de trenzas, y expresión de Catalina de Rusia, enfundada en enorme faldón que barría el piso. Había también primeras comuniones, excursiones a la playa, a las sierras. Toda la historia familiar de los vetustos dueños de casa se hallaba resumida en esos cartones; prolijamente fechados año por año.
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—Me produce nostalgia contemplar estas fotos. Me recuerdan a mamma Rosa, allá en Catanzaro y a Nicoletta, mi bella hermana. Cómo me agradaría conocer lo que sucedió con sus vidas luego de mi amarga partida ¿ Qué habrá sido de ellas? Quedaron solas e indefensas, pues mi padre murió en la guerra mucho antes. Y yo... yo... que tan estúpidamente perdí la vida, en el intento de ganar unos cuatrini.
Una lágrima rodó lentamente por su mejilla y cayó exhausta en el almohadón. Recordaba a mamma Rosa; esparciendo por doquier su permanente sonrisa de sol esplendente, mientras le ofrecía un plato de tagliatelle; esos deliciosos tallarines caseros, cortados a cuchillo y que nadaban en salsa de pomodoros, cebolla y ají. Todo ello sazonado con abundante cantidad de orégano y unas hojas de laurel.
—Come hijo, mangia que ti fa bene. Come que te hará bien.
Al recordar sus palabras, las musitaba con fervor religioso. De un tiempo a esta parte los recuerdos le producían daño. Su madre había enfermado del corazón, le dolía el pecho y se agitaba demasiado al caminar. No disponían de cuatrini para comprar los preciosos y costosos medicamentos recetados. Fue por tal motivo que arriesgó sus últimas liras en esa partida de tresiete. Don Carmine, el dueño del burdel, era un verdadero capo; hombre fuerte del pueblo y padrino respetado por todos, pero Bentivoglio necesitaba imperiosamente ese dinero; el dinero que devolvería la salud a mamma Rosa. Debía obtenerlo a toda costa y casi lo tuvo en sus manos del sitio más inesperado. Asomado a la bragueta de su pantalón, temblaba el asombrado as de espadas que le permitiría ganar la partida. Con disimulo y rapidez lo tomó y arrojó contra la pesada mesa de madera, con toda su fuerza. Allí, en la taberna del Molinero; y hasta asestó un golpe triunfal con el puño de la otra mano. Vasos y botellas saltaron por un aire pasmado de incredulidad. El gesto era ganador y podría comprar ahora los medicamentos para su madre. Pero no pudo ser; la puerca fortuna muy pocas veces nos sonríe; ya que en general se complace en tratarnos a puntapiés. Allí estaba presente la putana con ubres de vaca, que con su mano señalaba la bragueta delatora, donde escondía su vergüenza y anemia, el miserable cuatro de copas descartado.
Así sucedieron las cosas. Nada de ganar al tresiete, nada de dinero para los remedios de mamma Rosa y finalmente... nada de vida.
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—Bien cierto que me las cobré todas juntas. En mi nuevo estado, me tomé vendetta de cada uno de ellos. A Rosanna, que era materia de aprobación obligatoria para todos los varones del pueblo, le hice parir dos veces quintillizos. El cuerpo le quedó ridículo y deformado por las várices y sus enormes senos le caían tan flácidos hasta el ombligo, que debió abandonar definitivamente su lucrativo oficio de putana. Nadie la solicitó en adelante para tan noble menester. A don Carmine le provoqué tanto apetito, que manducó desaforadamente medio puerco, sin pausa alguna. Procuré luego cura de su sed con diez litros de vino pagano; pues en mi pueblo lo único que no se bautiza es el vino y por otra parte es el único que sirve para celebrar misa. Lo que refleja un contrasentido, que jamás llegaré a comprender cabalmente. No sentí ninguna pena cuando reventaron sus tripas. Se le estranguló el intestino (Ejejem... ejejem... se los até con un cordel) y los gases de la digestión me vengaron con diabólica justicia. Explotó en mitad del camino, precisamente cuando lo conducían al hospital del pueblo vecino (Ejejem... ejejem... debí encender dos fósforos... por las dudas). En el ataúd faltaba mucho material que perteneciera a don Carmine y había exceso de chancho, todavía sin digerir.
Así procedí con todos los que me malquerían. Las únicas personas que me prohibieron ver Gadóchek y compañía, fueron justamente mamma Rosa y Nicoletta... ¡Porca miseria...! La mafia italiana es un juego de monaguillos comparada con la Jerarquía. También ¿ A quién se le habrá ocurrido recurrir a la mafia rusa para dirigir el escuadrón de fantasmas al que fui designado? La explosión de don Carmine fue la gota que rebalsó el vaso y lo que motivó mi juicio y el posterior escarmiento.
Mientras recordaba una y otra vez su experiencia humana y los precoces descalabros producidos en su flamante estado de fantasma, Bentivoglio depositó el grueso álbum en la mesita de luz; apagó la lámpara y; pellizcándose con el índice un peludo lunar del tamaño de una aceituna, suspendido detrás de la oreja; ingresó como inocente angelito al paraiso de los ensueños.
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Aunque por su categoría tampoco tenía necesidad de dormir; para matar el tiempo Bentivoglio acostumbraba cerrar los párpados, imaginando pasar esas pocas horas en el universo que entretejía con la inagotable lana de su fantasía. Se trataba de un mundo decididamente delicioso, allí no se encontraban presentes Gadóchek, ni Putaska, mucho menos Bakunin. Solamente convivía allí con mamma Rosa y Nicoletta. Sobre todo mamma Rosa, que cocinaba sus descomunales salsas de pomodoro y las derramaba en su plato, enorme como una bañera, y desbordado de tagliatelle. Entonces, el bueno de Bentivoglio le devolvía la sonrisa a su sonriente madre y coronaba el plato con dos generosos puñados de provolone rallado grueso. Mientras engullía el celestial manjar, escuchaba la acariciante voz de mamma, que le susurraba al oído.
—Mangia figlio mio... mangia que ti fa bene...
Bentivoglio daría cualquier cosa por transformar en realidad esa fantasía.
Emergió del ensueño recién el sábado a las seis de la tarde, indigesto por tanto tagliatelle onírico. Vistió la túnica mostaza y engulló unos trocitos de queso y salame. Pensó que tenía sed y bebió un largo trago de vino, desde el pico mismo de la botella. Luego de limpiar la acostumbrada silla a conciencia, partió raudamente. Faltaban seis horas para retomar su jornada de trabajo. Así fue que aprovechó para visitar el negocio del que proveía su despensa; se llamaba Las Tinas y se hallaba cerca de su domicilio. Había mucha clientela presente en ese momento. Pero, sin dudarlo, seleccionó un paquete de almendras, un puñado de castañas de cajú, otro de pasas de higo, y bajó del estante más alto una botella de su vino preferido y una horma de queso pecorino. Como estaban en oferta, aprovechó también para cargar con un par de sopresatas y tres longanizas. Con las provisiones ocultas en el interior de la túnica pasó por delante de la Caja, le efectuó un guiño apreciativo a la sonriente rubia y se inclinó con majestad ante su desproporcionada anatomía pectoral, para musitarle con un asomo de picardía.
—Que Dios se lo pague... cárguelo en su cuenta personal. Él goza de crédito ilimitado en todo el universo ¿Quién otro fue el inventor del crédito sino Él, el Creador de todo lo bueno y malo que existe?
La rubia ni se mosqueó. Ella no podía verlo, solamente entreabrió la boca para regañar a un empleado.
—Limpie bien por aquí; creo que alguien ha roto un paquete de ajo deshidratado. Este lugar apesta...
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El fantasma descargó los víveres en la buhardilla y salió de paseo. Dedicó un par de horas en permanecer de pié y firme como estatua, en la mitad exacta de la Avenida Cabildo en su cruce con Juramento; pleno barrio de Belgrano; satánico paraíso de bacanes y gente paqueta... y otras no tanto.
Se trataba de un típico acto de sadomasoquismo. Por delante de él, por detrás e incluso atravesándolo, discurrían las hembras más bonitas de Buenos Aires. El contoneo de nalgas en ascenso y descenso a compás; junto al bamboleo de senos de todo tamaño y forma imaginable, constituían el suplicio ideal para castigar a un monje descarriado. Pero no a un campesino del sur de Italia, privado de manos táctiles por la Jerarquía fantasmal. Él se consideraba un macho de ley, y en consecuencia sufría la situación haciendo gala del más elocuente de los silencios. El perfume de hembra es una esencia embriagadora y con elevado poder de adicción. Se imaginaba con todas y cada una de ellas y las satisfacía de toda forma posible; tal como le habían inculcado de adolescente en Catanzaro. Existen cosas que no se olvidan ni en ciento cincuenta años; sobre todo si están correctamente aprendidas. Por otra parte, se trataba de la única materia que había logrado aprobar en tan rudimentaria escuela.
En el tiempo que permaneció despuntando el vicio, su túnica sobresalía un buen palmo en forma permanente; precisamente a la misma altura en que los muslos huyen del abdomen. Era todo lo que podía lograr en su actual condición. ¡Maldito Gadóchek! ¡Cien veces maldito... y remaldito! ¡ Porca miseria!
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La noche desmoronaba lentamente la actividad de la ciudad. La luna huía miedosa como una virgen, del sátiro sol que la venía persiguiendo sin conseguirla por millones de siglos. Algún día lograría darle alcance y al consumar su libidinoso deseo, el orgasmo cósmico acabaría finalmente con el mundo. Pero por el momento esto no sucedería. Así fue que Bentivoglio dejó de sufrir por su inveterado voyerismo y encaminó sus pasos hacia el Bingo; a fin de fichar su tarjeta de empleo en el minuto exacto. En los años que llevaba de castigo, había fichado siempre a la hora precisa. Hasta llegaron al extremo de ubicarle el armatoste de presentismo, en las malolientes letrinas de campaña del siglo pasado. Allí le correspondió arreglar juegos de carreras cuadreras, taba, truco, monte criollo y mil otros. En todos ellos paseó con su extraña balanza particular para seleccionar los ganadores. En el presente siglo cumplió funciones en casinos, loterías, quinielas y hasta en varios hipódromos. Fue tan satisfactorio su desempeño que; luego de la última auditoria que le efectuaron, fue ascendido de fantasma raso, con escasos privilegios; a fantasma naftalina, ya con más poderes y responsabilidad. Lo de naftalina debe entenderse como un grado en el escalafón, y no posee relación alguna con esas bolillas blancas, que impiden que se apolille la lana.
Merced a dicho ascenso, fue destinado diez años atrás a ese Bingo. El único inconveniente consistía en su persistente olorcillo a ajo; en especial si se topaba con alguna bruja, de las muchas legítimas que hay en existencia; o cuando, lamentablemente, se excitaba demasiado; lo que estaba ocurriendo con frecuencia creciente.
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Luego de disfrutar como acostumbraba, de la marquesina con sus luces temblorosas y tras marcar la tarjeta en el cuarto de limpieza, a las doce en punto; se entretuvo un momento en observar la fila de ingreso al Bingo. Algo le había llamado poderosamente la atención; la presencia al final de la misma, casi en plena calle, de tres mujeres. En general las mujeres son los mejores clientes de todo Bingo. Pero su curiosidad fue atraída por un detalle en particular. Una de ellas era anciana, muy anciana y sin embargo conservaba el cabello natural de un intenso negro brillante; que no lograba ocultar totalmente la amplia pañoleta también negra que le rodeaba la cabeza. Era muy delgada y se apoyaba en un bastón de caña. En determinado instante, volteó la cabeza para preguntarle algo a una de sus acompañantes; y fue exactamente en ese momento que Bentivoglio descubrió; con su precisión telescópica, un enorme lunar oscuro, oculto detrás de la oreja; gracias a un hueco de la anacrónica pañoleta. Dicha particularidad fue la responsable de enfocarle exhaustivamente en dicho detalle.
—No es tan común encontrarse con otro lunar, tan grande como el mío y también con tantos pelos, precisamente en ese sitio. Vamos a echarle otra ojeada más de cerca.
Utilizando sus poderes, lanzó una poderosa mirada circular y se pasmó al comprobar que; también las dos mujeres que rodeaban a la anciana, poseían idénticos lunares en idéntico lugar. Afinó el oído y las escuchó conversar por un momento. Bentivoglio no tenía necesidad de aproximarse; para resolver la indiscreción le bastaba con enfocar sus privilegiados sensores.
—Pero mamma... ¿ Por qué te has encaprichado en visitar el Bingo? ¿ No te bastaba jugar en casa en algo parecido, con los cartones de lotería?
—Querida Nicoletta ¿ No comprendes que quería satisfacer un antojo? Además tengo demasiadas dificultades para dormir. Los viejos acostumbramos descansar muy poco.
La hija tendría algo de cincuenta años y a pesar de todo, se percibía en el aire el cariño que le dispensaba a la anciana. Sin embargo, quien terció en la conversación fue la más joven, una preciosura de veinte años; ojos enormes, cabello lacio y una silueta atractiva que ayudaba a disimular la amplia falda.
—Pero, madre ¿Por qué no darle el gusto a la nonna Rosa? Jamás solicita nada, es justo y razonable que disfrute un ratito... para conocer... sus vecinas le efectuaron tantos comentarios del Bingo, que no aguantaba las ganas de conocerlo.
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Evidentemente, se trataba de tres generaciones de la misma familia; abuela, hija y nieta. Bentivoglio no mantuvo dudas a ese respecto y continuó escuchando con suma atención. Cosa eminentemente extraña... la presencia de la más joven, que trataba infructuosamente de ocultar sus evidentes encantos anatómicos, no le causó en absoluto la molesta prominencia, tan inquietante por otra parte, en su túnica.
La anciana sonrió a la joven, en realidad la acarició con una sonrisa.
—¿ Ves Nicoletta? Rosita, a pesar de ser casi una niña, es mucho más comprensiva que tú con los achaques del vejestorio de su nonna.
Nicoletta se ablandó, luego de soltar una breve carcajada.
—Me rindo mamma Rosa... cuando tú y tu nieta se proponen algo, es inútil resistir. Vamos a malgastar un poco del dinero que tanta falta nos hace. Al fin y al cabo ¿ Para qué sirve, si no es para sacarlo del bolsillo a ventilarse?
Las tres se rieron contentas. A pesar de todo, Nicoletta hizo la última pregunta.
—Pero si tú nunca juegas para ganar...
—Es cierto... solamente juego por diversión, para mí se trata de lo único importante.
—No tienes remedio mamma... no tienes remedio. Vamos, que ya están entrando y tú, Nicoletta, ayuda a mamma Rosa. No entiendo como puede moverse con esas rodillas de yeso.
Bentivoglio permaneció pensativo y taciturno. Había presenciado una escena que parecía bastante familiar y normal. Una madre y su hija, que acompañaban a la abuela para complacerla en un pequeño deseo; quizás uno de los últimos. Su visión privilegiada descubrió las palpitaciones del corazón, que repercutían contra el negro vestido estampado; y además su respiración corta y rápida. Se hallaba bastante más delicada de salud de lo que aparentaba. Casi como su propia mamma. En el acto reconoció los síntomas.
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Recién ahora le prestó atención a la vestimenta. Toda la ropa que llevaba puesta encima la anciana era de color negro; un verdadero monumento ambulante al luto. Pañoleta, vestido, enagua, escapulario, bragas, las gruesas medias de lana y hasta los zapatos; totalmente negros de solemnidad. Absolutamente todo lo que veía era negro. Hasta del largo rosario negro dormido en un bolsillo, colgaba un crucifijo de ébano; con un Cristo también negro. Una sola cosa de ella poseía otro color y se trataba de un delicado rosa nacarado, que pertenecía a su alma. Hasta Bentivoglio era capaz de apreciar que el alma de esa persona era tres veces más grande que el cuerpo; al que desbordaba por todos los poros de una piel arrugada y seca, castigada por la metódica acción de las arenas del tiempo.
El fantasma ingresó al Bingo detrás de ellas. Desarrolló su tarea pasablemente bien durante una hora. Y cada tanto se arrimaba a la mesa de la anciana, pues deseaba obtener más datos sobre familia tan particular. No era para menos, el descomunal lunar con pelo constituía una marca de nacimiento. Su propia mamma lo tenía; también su hermana Nicoletta. La coincidencia de paisanos suyos con idéntico lunar y precisamente en ese sitio; constituía motivo más que suficiente para acicatear su curiosidad. También le escocían los nombres; Rosa, Nicoletta y Rosita. Se trataba de nombres demasiado comunes. Claro está que juntando todo en un único paquete, se transformaba en una mezcla explosiva que le mantuvo pensativo y hasta meditabundo por largo rato. Olores perdidos y recuerdos olvidados regresaron a su mente fantasmal. Eran demasiadas las coincidencias ¡ Porca miseria!.
Fue entonces que su aguzado oído percibió las palabras que acabaron por revolverle las tripas. El antiguo dolor de la entrepierna regresó. Hacía ciento cincuenta años que lo mantenía en justiciero olvido.
—Mamma Rosa, es hora de que tome los remedios. Aquí tiene las pastillas de la noche. Vamos a solicitarle un vaso de agua al mozo.
—Aún hay tiempo Nicoletta. El buen Dios sabe bien lo que hace. Él da la vida y la toma en el momento preciso; ni un segundo antes ni un minuto después... con o sin medicamentos... y tanto si una misma lo desea como si no...
Nicoletta continuaba preocupada. Rosita acarició una mejilla de la nonna.
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—Nonna... la noto algo agitada. Debemos cuidarla bien. Falta poco para que la operen de by pass. Apenas se solucionen los problemas en el Consulado, llegará la pensión de Italia y sus coronarias volverán a funcionar bien.
—Oh Rosita... Esa es la pena que llevo en el alma. Proporcionarles tanto trabajo... Y ni siquiera puedo aportarles una mísera jubilación. Al no tener mutual, dependo del trámite de Italia y hace tiempo que está demorado... ojalá llegue pronto.
—Vamos mamma Rosa, llegará, ya verá que llega. De todos modos, los amigos y vecinos la aprecian tanto, que nos ayudan en todo lo que pueden...
—También... 5.000 pesos son demasiado dinero para tenerlo todo junto ¿ Y para qué? Sólo para prolongar un par de años la vida de una anciana inútil como yo.
—Basta nonna. Me produce demasiada tristeza cuando habla de ese modo.
La nieta mostraba los ojos húmedos y opacados. El fantasma la contempló por un instante y luego dirigió un vistazo al cartón de la Nonna. Apenas había tachado tres números en la bolilla veintiocho. Lo que se dice un desastre irremediable. También la observó a ella muy detenidamente. La anciana examinaba todo con placidez; la bondad de su mirada indicaba que estaba disfrutando de la modesta distracción. El lunar detrás de la oreja continuaba emitiendo invisibles vibraciones de un persistente y misterioso mensaje.
—En verdad, tenerlas cerca a ustedes dos, es el mejor premio que me ha dado la vida.
Esto era demasiado hasta para Bentivoglio. El fantasma no titubeó. Debía tomar una decisión y... De inmediato. Como era su costumbre, fue caminando hasta el bolillero, claro que a velocidad de la luz y se entretuvo un segundo en cambiar las bolillas que iban ser extraídas, por otras doce que intercaló con habilidad de prestidigitador. La misión que le fuera encomendada era la de hacer ganar a los jugadores del punto medio. Esto le habían ordenado sus ridículos jueces. Claro está que... existen excepciones...
—¿ Qué soy yo... ? ¿ Un fantasma o un ratón? ¡ Porca miseria...!
o0o

—Tovarich Putaska... deje de beber vodka directamente del barril. Es altamente antihigiénico y no condice con su elevada Jerarquía ¿ Qué ejemplo le está dando a los ujíeres? Mantenga la compostura que su cargo merece.
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Putaska permanecía de bruces al pié del tonel de vodka; bebiendo gota a gota la ambrosía que le descendía por el tobogán de su lengua. Con gran esfuerzo intelectual; del poco que poseía, había conseguido un flujo de goteo constante de medio litro por minuto. Cerró la espita a disgusto y dirigió hacia Gadóchek, su colosal apéndice nasal de tomate maduro. La nariz resopló y el tifón del estornudo sacó a ventilar un matorral de pelos hirsutos, muy por fuera de las fosas nasales. Se trataba de su marca personal de nacimiento; heredada de lejano antepasado. Un monje ruso ermitaño, que luego de efectuar retiro de penitencia en medio de la estepa por cinco años; acusado de transgredir con reiteración y alevosía todos los mandamientos conocidos y otros no tanto; enloqueció de repente y en sólo dos noches de luna llena, su lujuria preñó a todas las mujeres del poblado cercano en edad de concebir. No se salvaron de su trueno ni vírgenes ni estrechas. Muchas se resignaron gustosas a pasar por el amargo trance, y a unas cuantas les podía acusar de violarlo a él.
—Pero Tovarich Gadóchek... si no hay nadie más en este lugar. Estamos solos.
—Podría haberlo. No olvide que nos encontramos esperando la próxima auditoría. Sea un poco más discreto. Haga como yo... beba de un jarro como el mío. Es más elegante y permite velar adecuadamente por nuestra reputación.
—Me parece que es lo único que nos resta, tovarich Gadóchek. Todo lo demás lo hemos bebido. Y bien bebido por añadidura. Para ser más concretos, también ha sido orinado sin contemplaciones... orina de excelente calidad... y sin presencia de microbios.
—¿ Dónde se halla el tovarich Bakunin?
Putaska lo contempló con un ojo. El otro permanecía cerrado, por la presencia de una impiadosa lagaña.
—Usted bien lo sabe, tovarich...
Gadóchek no reprimió un gesto de fastidio. Bakunin siempre le había traído problemas. Era por ese maldito vicio que le causaba su reptante gusano de la entrepierna.
—Vaya usted por él, camarada, y sáquelo a puntapiés del prostíbulo. Anda de rameras todo el día. Salta de un seno a una vagina... o a la inversa, que es la misma cosa. Salvo cuando se encapricha con una hemorroide bien sazonada para su repelente gusto. ¿Cómo puede ser que no disfrute en nuestra compañía del placer que brinda el buen vodka? ¿Acaso no sabemos conseguirlo del mejor, gracias a los privilegios de nuestra jerarquía?
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—Es un completo degenerado, Tovarich Gadóchek. No posee nuestro roce y finura. Ignoro el porqué de su nombramiento en este triunvirato...
—¿ Es que no sabe que Bakunin es... ?
—Dígalo de una buena vez. Bakunin habrá nacido de una almeja, para variar ¿Pero quién es su puerco padre?
Gadóchek se santiguó con las dos manos al mismo tiempo, en tanto imponía silencio con mirada aterrada, a la floja lengua de Putaska.
— Calle su imprudencia. No se puede nombrar al padre... está prohibido.
—Oh... entiendo... ¿Así que se trata de otro hijo bastardo del Innombrable? Con razón tantas prebendas y privilegios. Es uno de los pocos fantasmas que puede fornicar a gusto. No me diga nada más. No es preciso, tovarich Gadóchek, no sea que me convierta en estatua de sal. Voy corriendo a rescatar lo que de él sobreviva. Nuestras prostitutas son medio caníbales, y al ser uno de los escasos que puede demandarles sus servicios; se ve que le exigen demasiado. Nuestras fantasmas conservan el túnel de sus tripas al rojo vivo.
Gadóchek esperó a que desapareciera Putaska y; sin prisa ni pausa, continuó bebiendo como un camello del jarro que sostenía con sumo cuidado. Dos litros era la capacidad máxima grabada en el peltre; claro está que una vez vaciado, siempre podía ser nuevamente colmado. El gusto era el principal atributo que le permitieron conservar, cuando se hizo cargo de su función como Presidente del Tribunal; al igual que a Putaska y Bakunin. Sólo que este último, podía además fornicar... Y por si fuera poco, sin límites de tiempo o de cuantía. El muy maldito... ¡Qué injusticia! Por su jerarquía, él mismo podía conceder el envidiado don a otro fantasma, pero se hallaba exceptuado del personal disfrute. Por tal motivo jamás había concedido a nadie el raro privilegio.
Bakunin ingresó tambaleándose, y sostenido del hombro muy a duras penas por Putaska. Recién abrió la bocaza luego de tomar asiento en la enorme mesa triangular.
—Necesito el consuelo de un trago, tovarich Gadóchek. Me encuentro seriamente averiado en mis atributos ¿ Acaso no existen fantasmas vírgenes o viceversa?
Éste lo miró con severidad no exenta de envidia. Le privó del titulo de tovarich. Por otra parte, la doncellez constituía causa legal de impedimento para ingresar al mundo fantasmal ¿Para qué sirve una virgen? Con sabia justicia, el último Concilio había dictaminado que solamente eran de utilidad para ser desvirgadas.
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—Bakunin, le agradeceré que se comporte adecuadamente, tal como lo merece la Jerarquía de su cargo y función. Luego beberá cuanto desee... pero antes debemos resolver un pequeño intríngulis...
—¿ Qué es tan importante como para turbar nuestro respetable reposo?
Gadóchek dibujó una sonrisa despectiva. Si no fuera hijo bastardo del Innombrable, lo habría arrojado al río Donetz, embutido en una compacta bufanda de plomo.
—El problema es nuestro. Ha sido transgredida una orden soberana de este Honorable Tribunal.
—¿ Quién ha osado desobedecernos?
Putaska y Bakunin regresaban aceleradamente de las nubes; etílicas en un caso, de humo en el restante.
—La cuestión es ésta. Un soldado de los nuestros fue destinado en castigo a un remoto país de Sudamérica, Argentina; precisamente a su capital, que por el momento continúa siendo Buenos Aires. Debía cumplir allí con las muy importantes funciones que le habíamos encomendado, con mayor precisión en un Bingo. Con el mayor desconsuelo, les comunico formalmente que el fantasma Bentivoglio, que revista en la categoría naftalina, ha cometido un crimen horrendo...
Bakunin y Putaska, ya totalmente despabilados y en sus cabales, susurraron casi al unísono, mezclándose preguntas con respuestas.
—Horrendo... horrendo... ¿Cuál?
—¿ Se trata de aquel mismo Bentivoglio?... ¿Un mequetrefe al que le proporcionamos un merecido escarmiento, hace bastante tiempo ya de eso, por tomarse justicia a su albedrío?
—El mismo. No aplicó la ley del punto medio para seleccionar específicamente a un ganador. Se tomó la tremenda libertad de obsequiar a su libre antojo, un pozo acumulado de más de cien mil pesos.
—¿ Cuánto representa esa suma en nuestra moneda?
—Equivalen a diez kilos de oro, contantes y sonantes.
—Uhg... ¿ A quién lo ha obsequiado?
Gadóchek permaneció serio. No era para menos. No podían permitir tal tipo de transgresiones a la Ley del Punto Medio.
El principio de autoridad se sustenta en la regla de la plomada; Se dirige siempre, indefectiblemente, de arriba hacia abajo. Como debe ser. El esputo de quien está arriba, debe caer siempre sobre la humanidad del que está abajo. El orden en el mundo de los fantasmas, es similar al que impera en el mundo de los humanos. Algunos fantasmas adeptos a la filosofía reconocen las ventajas de este dogma y lo han bautizado con el mote de Justicia divina; y de tal modo lo predican en aburridos sermones.
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—Se lo otorgó a una anciana reumática. La pobre infeliz no tenía el menor deseo de ganar, sólo buscaba un rato de esparcimiento. Se hallaba muy alejada del Punto Medio ¿Comprenden la gravedad del hecho? Se trata de un acto claramente subversivo.
En ese momento un ujíer solicitó la venia, para entregarles un grueso cartapacio. Una vez que se retiró, Gadóchek echó un vistazo al prontuario del imputado.
—Esto clarifica un poco el caso. El fantasma naftalina Bentivoglio otorgó el premio a una tal Rosa... Rosa Bentivoglio. Hum... ¿Qué hecho sorprendente! Posee idéntico apellido que nuestro fantasma. Esto explicaría su conducta desviada. De alguna forma la reconoció para favorecerla de inmediato. Aquí dice que la tal Rosa es hija de Nicoletta; la que a su vez es hija de otra Rosa; hija de otra Nicoletta; hija en fin de otra Rosa. La madre de esta última Rosa ha sido nada menos que la propia madre de nuestro Bentivoglio... que costumbre humana incomprensible es la de concederles a las hijas el nombre de las madres o abuelas.
Putaska se mostraba extrañadísimo. Limpió la molesta lagaña del ojo, barriéndola con el codo; maniobra que la generalidad de los humanos vivientes no puede efectuar ni con la más intrépida ayuda de la imaginación.
—¿Cómo pudo enterarse del parentesco; si al momento de ingresar a nuestro cuerpo, le fue borrada de la mente toda posibilidad de vinculación con su familia?
—El hecho no tiene explicación. Nunca antes sucedió algo similar. Pero el punto capital de esta reunión, es dictaminar el adecuado castigo que se merece ese tunante. No ha obedecido adecuadamente nuestras órdenes. Además, se trata ahora de un trasgresor reincidente. Si no lo hubiera destruido de esa forma, el tal Carmine de Catanzaro nos habría servido con mejor dedicación y mayor competencia. Era tan buen mafioso como cualquiera de nosotros. No mereció en absoluto la indigna muerte que le obsequió nuestro fantasma.
Bakunin, hijo adulterino del Innombrable, había recuperado la compostura. Era el único miembro sagaz del triunvirato, y lo disimulaba bastante por sabia prudencia.
—¿ Dónde se encuentra el fantasma Bentivoglio?
Gadóchek eructó una flatulencia alcohólica a través de su arenosa garganta y carraspeó un poco para aclararse la voz. No le costó poco lograr tal cometido. El vodka que consumían era cáustico en exceso; rondaba los ochenta y cinco grados fantasmales y dicha circunstancia lo había motivado a efectuar tres recambios de aura en el último siglo. Toda una incomodidad para un burócrata de su calibre. Respiró hondo y contestó molesto.
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—Está en la sala de Espera. Preparado para notificarse de nuestro dictamen.
—Bien... ¿ Qué nos propone usted tovarich Presidente?
—No tenemos otra alternativa que degradarlo, quitarle los privilegios y devolverlo al cementerio de Catanzaro, para que su materia residual se desintegre definitivamente en cenizas. De allí, en mala hora, fue reclutado por nosotros como prospecto de utilidad.
Todos en principio parecieron estar de acuerdo. Bakunin rascó de pronto la roja pelambre de su tupida barba y atinó a exponer un pequeño reparo.
—Estimado tovarich Presidente... Si mal no recuerdo, la Ley del Punto Medio fue modificada hace poco... sí... Por intervención de la perversa y recientemente creada Organización pro Defensa de los Derechos Humanos del Fantasma. Ellos han logrado que se apruebe una excepción, que debe ser respetada.
El vodka de tan elevado octanaje produce lagunas mentales, y hasta pequeños focos ocasionales de amnesia. Gadóchek fue en otro tiempo, un importante padrino de la mafia rusa. Recordaba a veces, y con oculto placer, los gloriosos días en que fijaba el precio y las cuotas de producción del alcohol, que se destilaba en todas las Rusias. Sabía bien que; cuando los legisladores de cualquier país promulgan una Ley, introducen siempre entre las cláusulas, alguna palabreja ininteligible a la mente profana y que se presta a múltiples apreciaciones; no pocas de ellas antagónicas entre sí. En las clases de Dirigencia le habían explicado que eso se debía a prudentes razones de alta política. Podía comprender esto; pues estando en vida había corrompido a muchos diputados. Nadie está exento de que le apliquen en propio cuello, la misma Ley que uno contribuyó a aprobar. Por ese motivo embarraban todas las Leyes... por las sacrosantas dudas.
—Hum... es aconsejable andarnos con pié de plomo y encontrarnos completamente seguros. En caso contrario, la próxima auditoría podría perjudicarnos. Veamos... aquí tengo el Tomo correspondiente a la Ley del Punto Medio. A ver... debemos encontrar la excepción...
Al terminar de leer el artículo en cuestión, la expresión de Gadóchek reflejaba alivio.
—Tovarich Bakunin. Siempre he lamentado el pecaminoso rumbo de su vida disipada. Pero en esta ocasión debo darle las gracias. Hemos estado a punto de cometer un grueso error... fatal para nuestros intereses.
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Bakunin entreabrió la caverna de su boca, dibujando otra sonrisa sardónica. Él era un adicto a los placeres del colchón, pero sus dos compañeros eran borrachos incurables. Es siempre más agradable la vida paladeando una cópula múltiple, que por una deshonrosa cirrosis terminal de hígado. Por otra parte, de ese modo poco placentero había obtenido su ingreso al nuevo mundo. Fue gracias a un certero hachazo que le abrió en flor su cráneo; propinado por un marido celoso, que lo sorprendió en flagrante, conspicuo y constatado delito de cópula extraconyugal múltiple. Disfrutó mucho de esa última orgía con la madre y sus hijas, pero le quedó de recuerdo, una molesta secuela de cefaleas contumaces.
—Ante mi vista tengo la única excepción de la Ley del Punto Medio. Aquí está bien claro que todo fantasma de provecho debe obedecer siempre... salvo, claro está, la excepción...
—¿ Qué excepción, camarada Gadóchek?
Putaska lo observaba con sorpresa. Nunca entendió de leyes en vida, menos las iba a comprender de muerto. Estaba presente en este Triunvirato porque un jerarca ebrio se confundió con los formularios. En lugar de firmar el burocrático papel que lo degradaba a fantasma raso, debido a una incompetencia total e irreversible; completó inadvertidamente la máxima promoción posible estampando su nombre y apellido. Todo eso había sido posible por culpa de una borrachera descomunal, de aquellas que dejan resaca por un año al menos. Cuando despertó, ya era tarde para remediar el yerro. Lo había investido de plenos poderes y revocarlos, tenía igual significado que acusarse a sí mismo de grave negligencia en el cumplimiento del sagrado deber fantasmal.
—Aquí está... voy a leerla textualmente: “Todo fantasma debe saber como obedecer siempre la orden de su superior...”
—Eso está muy claro, tovarich... hasta para cualquier microbio no ofrece duda alguna.
—Tenga calma Putaska... prosigo... “Todo fantasma debe saber como obedecer siempre una orden...” y aquí viene lo que parece incongruente... “Salvo que también debe saber cuando desobedecer una orden”. Está bien especificado eso y no hay escapatoria posible. Existe un extenso listado anexo. Él desobedeció con la justa causa de ayudar a un pariente; lejano... pero pariente al fin. La ayuda proporcionada a un familiar figura como causal de excepción ¿Cómo habrá podido reconocerla, si le borramos de la conciencia hasta la menor posibilidad de contacto físico?
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Bakunin sonrió con suficiencia. Putaska continuaba asombrado. Gadóchek permaneció clavado en el asiento. Levantó su pequeño balde y bebió de golpe un buen litro de vodka. Beber en soledad es propio de persona inferior y egoísta. Compasivamente convidó a Bakunin. Éste mojó apenas su boca, efectuó un par de gargarismos y los despidió con fuerza inusitada; logrando apagar en su intento el pabilo de un grueso cirio, alejado ocho metros del estrambótico triunvirato.
—Excelente puntería, tovarich Bakunin. Ha evitado que cometiéramos un garrafal error de apreciación.
Gadóchek se notaba extrañamente emocionado. Típico sentimiento ruso si es que los hay. No era tan malo contar con Bakunin, si eso ayudaba a evitar cada tanto una colosal metida de pata.
—Spasiva, gracias... y más spasivas gracias, camarada. La próxima auditoría nos hubiera defenestrado con total seguridad a Siberia... se trata de un sitio poco hospitalario. Mejor permanecemos aquí. Allá, por culpa de la nieve, racionan a todo el mundo nuestro bendito vodka de cada día.
—Se trata de mi muy modesta contribución, camaradas. Encuentro placer en compartir con ustedes este Tribunal; que ha fallado siempre por unanimidad, hasta en la más tremenda de las equivocaciones. Hay demasiado mérito en ello, la unanimidad nos une y, hasta con seguridad, nos protege.
Gadóchek mandó buscar a Bentivoglio con el ujíer. Cuando lo tuvo frente a sí, le contempló fijamente a los ojos y le expresó con mal disimulada dulzura.
—Hijo mío... ignoramos el motivo que te ha impulsado a tomar esa medida equivocada. Tu caso es muy especial y hemos decidido por unanimidad cerrarlo definitivamente; sin llegar a castigar tu conducta errónea con ningún tipo de penalidad. Esperamos que demuestres el debido agradecimiento a nuestra benevolencia.
Un Bentivoglio firmemente erguido delante de ellos, y enfundado como correspondía con la correspondiente túnica mostaza; enfocó por turno su mirada en cada uno de los tres pelandrunes. Se trataba de los mismos que ciento cincuenta años atrás le habían castigado injustamente; por aquella bagatela de hacerse justicia por mano propia, a fin de lavar su honor mancillado. Un profundo y repentino enojo le invadió las tripas y encolerizó su lengua.
Finalmente se plantó iracundo frente a Gadóchek y le habló con su mejor tono despectivo.
—Estimados miembros de la Jerarquía. Me considero más inocente que un cordero nonato y en lo que a mí respecta, se pueden ir todos ustedes al mismísimo cazzo. Si no entienden esa conocida expresión italiana; no es preciso que recurran al diccionario. Diríjanse directamente al carajo ¡ He dicho!
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La consternación producida por el exabrupto, creó de golpe un universo de miradas coléricas. El aire del recinto se congeló en un santiamén. Solamente cedió en algo la tensión cuando Bakunin se arrimó a Gadóchek y le susurró al oído.
—Recuerde la excepción, camarada... este tunante nos tendrá a su merced si apela a la superioridad para revisión de la causa. No se olvide de los fríos inviernos de Siberia.
Bakunin era generoso pero no demasiado. Las rameras de por allá eran de baja estofa, y él mismo se hallaba comprometido en esto hasta el cuello; tanto como sus demás colegas de triunvirato.
Gadóchek, con el sable desenvainado de su lengua, iba a ajusticiar al insolente. Se dio vuelta en el aire y modificó su actitud. Esbozando una sonrisa hipócrita y forzada, contestó a Bentivoglio ahora sin tutearlo y con la misma sagacidad con que lo haría un lobo de la estepa.
—En definitiva, su desfachatez no se justifica, pero somos generosos a reventar ¿Qué decisión nuestra sería la más satisfactoria para sus intereses?
Ahora el sorprendido era Bentivoglio. No había imaginado ningún desenlace favorable por su infracción. Estaba resignado a pasar el próximo milenio en cualquier otra tarea indigna; quizás en un altillo del Vaticano, presenciando tres misas al día y con la sola diversión de espiar a las monjas, mientras salmodiaban óperas gregorianas al evacuar sus necesidades. El triunvirato era temido por su severidad. Él mismo la había sufrido en propia túnica. Pensó aceleradamente. Eso... Él quería Eso... soñaba con Eso. No pensaba más que en Eso. Daría su existencia de fantasma por Eso ¿ Qué había en el mundo más importante que Eso?
—Quiero que me devuelvan el tacto y el gusto... me encanta sentir el sabor del vino rojo y la buena comida... Ah... y también que me restituyan Eso...
—¿ Qué es Eso para usted... ? Si es que se puede saber.
—Fornicar, fornicar y volver a fornicar. Eso... eso es lo que quiero, llevo un retraso de ciento cincuenta años y mis glándulas se arrastran por el piso de tan congestionadas. Lo que más ambicioné en todo este tiempo, lo he conseguido. Es justo que ahora me gratifique un poco. Lo tengo bien merecido.
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Lo absurdo del desmedido pedido motivó un rápido cabildeo. Los ilustres varones de la Jerarquía unieron sus cabezas en conciliábulo secreto. Gadóchek se había rehusado siempre a otorgar ese tan solicitado don. Pero en las actuales circunstancias, había que considerar las variables políticas de ciertas derivaciones indeseables. Podían acusarlo de mula, pero no de estúpido mujik. Finalmente, un Gadóchek resignado dictaminó a desgano.
—Quedan suspendidas todas sus funciones anteriores. Se le otorgan los privilegios del tacto, gusto y también... el de fornicar. En adelante se lo reconocerá como Fantasma Pennípedo Bentivoglio. Llevará, como símbolo del nuevo cargo, una pluma de cacatúa detrás del lóbulo de la oreja y olerá apestosamente a orégano. En atención especial por su ascenso a la máxima categoría, le corresponde una licencia de un año; que me complazco en suspenderla desde ahora mismo. Cuando se la otorguemos; podrá viajar a su albedrío por todo el mundo, excepto claro está, Catanzaro. Para evitar tentaciones, no se acerque demasiado al sur de Italia; porque continúa vigente la prohibición de entablar contacto con su parentela. Aunque hay algo que nos complacería saber a ciencia cierta ¿ Cómo diablos logró reconocer a esos familiares?
Bentivoglio ya se veía con la hermosa pluma de cacatúa; la gran condecoración de honor, que haría nido en su enorme y pilífero lunar.
—Les garantizo que tal cosa ya no será necesaria. Agradezco sus gentilezas y lamento la molestia que causado al Tribunal con mi excusable impertinencia; puesto que nunca en mi vida me he sentido culpable de ningún acto ilícito.
Gadóchek lo tenía aún entre ceja y ceja. Debería mostrar cuidado con él en el futuro. Un ruso mafioso jamás olvida un desplante de nadie; y mucho menos tratándose de un italiano del sur. Sobre todo si es tan bruto como uno mismo.
—Existe una última condición. Estará subordinado directamente al camarada Bakunin. Desde mi punto de vista personal, considero que es más que suficiente castigo por su torpe irreverencia. Para lo único que le servirá, es para censar toda clase de prostíbulos.
—¿ Prostíbulos dijo usted... ?
Los ojos de Bentivoglio resplandecieron de felicidad. El promontorio sospechoso de su túnica adquirió dimensión colosal y comenzó a latir como un tambor redoblante.
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También Bakunin irrumpió en una carcajada. Por fin tendría el adecuado compañero de correrías. No como ese par de inútiles castrados del triunvirato, que sólo conocían las vitaminas del vodka. Fue entonces que Putaska tomó algo del estante, un pesado diccionario italiano-ruso y luego de consultarlo por un momento, se volvió exultante a sus camaradas. Había dado con algo jocoso y que le causaba tremenda hilaridad.
—¿Saben ustedes lo que significa Bentivoglio? En la retrasada lengua de esos palurdos comedores de polenta con tallarín, quiere decir TE QUIERO BIEN ¿ No es una idiotez el nombre? Deberíamos cambiárselo.
Bakunin, legítimo hijo adulterino del Innombrable, soltó la reconocida carcajada estentórea y le propinó al estupefacto Bentivoglio, un contundente beso ruso en ambas mejillas. Cuando se apagó el eco de los ruidosos ósculos; propuso la solución final, mientras derramaba en la sorprendida cabeza del recién promovido, los restos de vodka del jarro de Gadóchek.
—Te bautizo solemnemente con tu nuevo nombre. En adelante todos te conocerán como el fantasma Bentivoglio del Cazzo. Espero que con el debido respeto... y solamente los amigos estarán autorizados a reconocerte como El Triple Fornicador. Amén.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

EL PROFETA
 

El hombre alto y delgado apoyó un botín descosido en el banco de la plaza y de un salto trepó sin esfuerzo. Se lo veía muy desaliñado dentro del impermeable negro y desteñido, que le alcanzaba los tobillos. Desde allí levantó las manos; coronadas por flacos dedos de araña con venas resaltadas y las elevó a lo alto, mientras sus ojillos nerviosos y brillantes calculaban la cantidad de feligreses, que podían ser reclutados entre quienes distraían su ocio, bebiendo despacio y a sorbo lerdo la agradable frescura de paraísos y jacarandaes.
Al poco rato, y alertados por su expresión de estatua muda, los paseantes más cercanos comenzaron a agruparse a su alrededor, intrigados y curiosos por la conducta poco ortodoxa del recién llegado. A los que se acercaban, les desconcertaba el brillo magnético de sus ojos claros, la cara angulosa de barba entrecana y unas mejillas profundamente hundidas y macilentas.
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La mayor parte de ellos no tenía nada de provecho para hacer y por dicho motivo gastaban de su tiempo en la quietud de la plaza. Además, allí se podía calmar la sed en benevolentes bebederos de agua fresca y hasta existían juegos para niños en el extremo norte. Los senderos de granza se hallaban desprolijos y hasta donde alcanzaba la vista, brotaban pequeños oasis de yuyos; que se rebelaban estoicos a la pisada de los caminantes.
Los ancianos fueron los primeros. Con pereza dejaron de recorrer los senderos que conocían de memoria y atentos a una probable distracción, fueron rodeando poco a poco al intruso. Cualquier individuo; inmóvil y de pié sobre un banco carcomido de polilla y con la pintura descascarada, se convertía de inmediato en objeto de atracción pública. Si aparte de esa peculiaridad, señalaba con la brújula de sus manos un cielo cristalino huérfano de nubes, el acontecimiento parecía lo suficientemente extraño, como para ser examinado con severa curiosidad.
Luego aparecieron las ancianas. Algunas fueron abandonando sus tejidos de lana y otras se calaron los anteojos, para apreciar mejor el hecho inusitado. No todos los días aparecía diversión gratuita. En el mercado del comadreo, podrían intercambiar luego ese chisme, por otros dos de menor precio con las restantes comadres del barrio. Conducta barata y efectiva, que las alejaba del canto de sirena de los psicoanalistas, los que por otra parte no podían pagarse. Tal terapéutica de autoayuda recorre caminos impensados y con resultados sorprendentes. El chisme representa la verdad revelada, pero examinada con otra óptica.
El tipejo continuaba sin emitir palabra alguna. Vendedores y oficinistas que deambulaban por allí, se fueron amontonando en capas bien delimitadas. Los que se sumaban, se mostraban intrigados a causa de la aglomeración en paulatino aumento; de la que también ellos eran responsables. En el paseo público nunca sucedía nada novedoso; excepto ciertas noches sin luna, en que aparecían condones sospechosos y se consumían unos pocos porros adolescentes, bien a salvo de miradas indiscretas.
Muchos de los niños abandonaron toboganes y hamacas. Carecía de interés trabajar como cochinillos y sudando la gota gorda en el sube y baja, para entretener a padres, que no les prestaban la atención debida. Incluso los vendedores de palomitas de maíz, manzanas al caramelo y algodón de azúcar, se fueron congregando como monaguillos, estudiando deslumbrados hasta el menor de los movimientos del taciturno apóstol.
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Por el rabillo del ojo, el inmóvil personaje; absolutamente estrafalario bajo el sucio impermeable de mil remiendos, calibraba atentamente la masa de concurrentes. Todos observaban hacia arriba como él. La multitud crecía minuto a minuto, sin prisa pero sin pausas.
Los únicos que podían responder parcialmente esa inquietud eran los primitivos curiosos, pero ellos permanecieron callados y a pié firme. Todos estudiaban el cielo con rostros rezumando inteligencia. Eran cómplices del momento, ignoraban el motivo pero compartían idéntico ritual. Se sentían partícipes de una cofradía hermética y esperaban la aparición de algún globo aerostático, un satélite o un avión de alas delta. Aunque más no fuera; un ángel, o en el mejor de los casos un hada extraviada. El hombre es un animal gregario por naturaleza; como lo afirmó ayer mismo el ofendido Aristóteles al recibir a mansalva los orines de un perro poco político. El concepto tergiversado que llegó hasta nosotros, ha sido por culpa exclusiva de una traducción errónea.
Los más inquietos preguntaban a sus vecinos qué demonios hacían allí, perdiendo el tiempo en contemplar como estúpidos un cielo totalmente despejado. Ninguno de ellos obtuvo la menor respuesta satisfactoria; sin embargo todos continuaron escrutando el firmamento, galopado cansinamente por un indolente sol otoñal, que lamía sin salivar la humanidad de sus súbditos. Hasta los pájaros permanecieron extrañados, cada cual en su rama y disminuyeron por precaución el decibel de su trino. Desde tan privilegiada platea, no apartaban su pico del pobre infeliz, que continuaba elevando los brazos a lo alto, en callado reproche al cosmos.
Transcurrida media hora, el hombrecillo desastrado se sintió satisfecho con el auditorio obtenido. Su mirada hipnótica despedía fuegos internos de voltaje inusitado. Finalmente bajó los brazos y con voz firme y envolvente le habló a la multitud expectante.
—Señoras y Señores... Gracias por la atención que les ruego tengan a bien brindarme, al menos por un par de escasos minutos. Tal como recomendó el filósofo, seré breve para ser dos veces bueno...
Algunos menearon la cabeza y tres o cuatro del fondo dieron media vuelta, en evidente intento de alejarse del inminente acoso, de quien suponían atrevido charlatán de feria. El homúnculo prosiguió impertérrito.
—Me llamo Osiris López y tengo un mensaje para darles... y es gratuito...
La pausa logró concitar algo de atención. El momento de diversión no les costaría nada, el individuo no exhibiría ninguna chafalonía para venderles. La curiosidad no es ningún bicho inofensivo, se comporta cual piraña carnicera; que si no logra satisfacerse, devora sin remedio al propio dueño.
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—Sucede que Dios creó al mundo. Eso bien lo saben todos ustedes... hasta los ateos... que en el fondo de su corazón son los más sinceros. Ellos dudan por muy sana convicción personal y rehúsan el papel de borregos. Si partimos de allí, debemos aceptar que el creador tuvo alguna razón poderosa, para efectuar tamaño gasto de energía y demostró excesivo optimismo al entregárselo finalmente al hombre, para que lo disfrute con cordura. Hasta debió tener muy buenos motivos, para no darle demasiado de esta última. Él no creó los diferentes países dentro de una geografía específica, ni la diversa nacionalidad de los habitantes. Tampoco fijó límites territoriales. La potestad sobre el aire, la tierra y los mares no autoriza a bautizar con nombres absurdos, a las diversas partes de un mismo todo. Lo único que ha logrado es recrear la confusión que imperaba en Babel. Tampoco levantó alambradas, ni determinó fronteras ilusorias.
Tras un leve respiro, paseó su mirada por la atónita audiencia y prosiguió.
—El aire constituye una unidad absoluta, cada átomo esta ligado a otro contiguo. El átomo es el menor de los organismos vivos; aunque nuestros científicos de pacotilla aún no se hayan percatado del detalle, y oculta en su corazón el mismo secreto que anima la vibración de las estrellas. No por nada la mayor energía que existe en el mundo, ha sido descubierta en el hígado de su núcleo vibrante. El universo entero es todo vibración y es a la vez la sumatoria de todas las vibraciones individuales. Toda el agua del mundo se halla en contacto gota a gota y es dulce o salada según el lugar donde duerme. La tierra está unida en continuidad por arriba o por debajo del agua. Es una sola la miren por donde la miren...
Algunos de los curiosos aprovecharon la pausa para meter ahora su bocadillo. Un jubilado asomó su calva y señaló con el índice la misma dirección indicada por su prominente nariz de coliflor.
—¿ Quién es usted? ¿Acaso un predicador?
Otro hombre, muy obeso, tampoco desperdició la ocasión de abrir la boca, para refrescarse las cuerdas vocales
—¿Adónde desea llegar ? ¿ Quién le paga?
Hasta un mecánico de overol engrasado, que lo examinaba con interés sindical, deseó sacarse la urticante duda.
—¿A qué partido político pertenece?
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Cuando la gente rompe el hielo del mutismo, suele preguntar las cosas más increíbles. Una anciana, que blandía un escapulario a guisa de amuleto, no desperdició la oportunidad para averiguar lo mismo, que le complacería saber a cualquier inquisidor hecho y derecho.
—¿Es católico o protestante?
El tipejo abanicó sus manos, intentando aplacar tantos reclamos.
—No soy predicador... tampoco católico... mucho menos protestante. Si indagan un poco, observarán que cada religión se consiguió un Dios particular, para justificar su propia existencia y unas cuantas se apropiaron de manadas de dioses. Cuantos más lograron meter en el morral, más legítimas y verdaderas se reconocieron. Lo expuesto genera evidentes dudas ¿Son todas falsas, porque es imposible señalar a la única verdadera? Aunque quizás es más razonable reconocer que: Todas son verdaderas, porque cualquier religión tiende a elevar la espiritualidad del individuo, y esa cualidad refleja la propiedad más importante del alma. Lo absurdo es el ensañamiento que ha existido, existe y existirá; al empeñarse unas contra otras en cruentas luchas fratricidas. Quien obedece ciegamente las directivas de un partido político, es un poseso que no ve más razones que las que otros ponen frente a su nariz. El hombre no es un ángel caído, es un Dios erguido... Perdonen ustedes la anemia de mi escasa memoria; pero de momento no recuerdo quien ha filosofado tan sabia verdad. Prosigo... deben emplear la totalidad del cerebro, no sólo la porción que les indiquen otros hombres o ideologías, por poderosos que se crean.
No estaba tan mal la perorata; a pesar de que mezclaba temas sin aparente conexión entre sí. Pero lograba distraerlos y les hacía pasar agradablemente el rato; además ayudaba a interrumpir la monotonía del mediodía. Unos pocos se retiraron con disimulo y los más se arrimaban sin cesar. El gentío era ya muchedumbre.
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—Para justificar los límites ficticios, crearon su idioma, bandera, himno enervante y un absurdo espíritu de patriotismo; más bien propio de idiotas, que causó la pérdida de su vida a millones de individuos; por motivos pueriles y en nombre de una cucharada de tierra o un pedazo de trapo. En la historia humana hasta se han desatado guerras por la posesión de un orgasmo de mujer o por un saludo amistoso en lengua exótica; interpretado como vulgar insulto. Hasta han perdido la vida en nombre del honor, un millón y medio de bravos soldados, tan sólo por culpa de la bosta de un caballo. Otras han reconocido como causa real la apetencia de minerales de toda clase, precio y color. Un famoso general europeo desencadenó una contienda de muchos años, nada más que para escapar de la lujuria empedernida de una esposa ninfómana. En la macabra chacota, sembró dos millones de cadáveres de valientes en campos arrasados de trigo.
A esta altura del monólogo algunos comenzaron a inquietarse. El hombre hablaba ahora con cierta lógica, pero comenzaba a aburrirlos. Su discurso era poco interesante. No hablaba de sexo ni deportes. Tampoco de aumento de salarios, ni de métodos para combatir la impotencia. Lo más importante de la actualidad, tampoco había sido mencionado. No nombró siquiera una sola vez a la televisión; fuente irrefutable de todo el conocimiento y verdad universal.
—¿ Qué desea expresar con tanta cháchara?
—Acabe pronto, pues nos está cansando con tales bobadas.
El disertante volvió a abanicar al auditorio con sus manos; solicitando el tiempo necesario para explayar su discurso.
—Tengan calma. Todo en esta vida tiene principio y fin. Anoche recordé un sueño que puede interesarles conocer. La guerra no la creó Dios... Es torpe invención del hombre. No es imprescindible, tampoco necesaria. No las hay justas, es burlar a la justicia etiquetarlas con semejante adjetivo. En definitiva, la guerra deshonra al hombre y genera dudas acerca de su exacta ubicación en la escala zoológica. En la antigüedad se la utilizaba entre otras cosas para controlar el excedente de población; una completa estupidez, pues esa función era ejercida satisfactoriamente por pestes y plagas; las que oportunamente barrían de modo periódico la superficie terrestre. No Señores... la guerra es un recurso superfluo. Hoy en día, para dominar un país no es necesario desatar ningún conflicto bélico...
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Algunas voces aisladas se hicieron notar. Mujeres de toda edad contemplaban consternadas al orador callejero. Nunca habían escuchado conceptos semejantes a los que propalaba con voz autorizada, esa pobre caricatura de hombre. Por sobre el cotorreo de voces, se escuchó el exabrupto de un anciano; apoyado en una muleta que reemplazaba la pierna; olvidada muchos años atrás en las trincheras de Francia.
—Las guerras son necesarias para defender la dignidad nacional, si es mancillada por otro país. Se trata de un noble orgullo abrazar y besar a la bandera. Ofrendar la vida por la patria, constituye el honor más sagrado de todo hombre que se precie de tal.
El anciano se había expresado con evidente enfado; ante lo que consideraba una impertinente subversión de valores por parte del disertante.
El orador dirigió una triste mirada a la muleta del protestón.
—Más parece que a usted le amputaron la razón junto con el miembro. Esa es la paparruchada con que la industria del armamento envía gente inocente a los frentes de batalla. Pero ellos nunca van, pues se hallan muy ocupados en dirigir la estrategia. Una estrategia que sólo cobra la vida de otros; jamás la de ellos ¿Es que no se dan cuenta del contrasentido? El más inteligente y capaz de los hombres políticos, puede manejar tan solo la tajada de poder que el banquero le presta con usura; y del cual es su testaferro, al mismo tiempo que un dócil esclavo. De esa patética realidad se deduce que para dominar un país, no es necesaria en absoluto ninguna guerra. Hay métodos más simple y eficaces... y son incruentos por su origen y finalidad.
—¿Cuáles son?... ¿Qué puede reemplazar la necesidad de una guerra?
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—Es sencillo. De los dos únicos recursos que existen; por superior prudencia me está vedado hablar del más eficaz y también cruento; que consiste en el empleo espurio de la religión con finalidades bastardas. Ya que detenta la capacidad de desencadenar los más crueles y absurdos genocidios, como así también de proporcionar la paz más duradera. Pero es suficiente con mencionar al todopoderoso que resta: El dinero. Sí... no sonrían en ingenuo alarde de ignorancia. Basta con prestar dinero. Cuanto más, mejor. Se trata de un recurso bajo, pero de ese modo se mantendrá al país deudor hincado de rodillas y suplicando prórrogas; pronto a satisfacer hasta el menor de los caprichos del prestador. Si la situación lo requiere, es suficiente con elevar las tasas de interés. Con esa minucia estará a su absoluta merced, y agradeciendo sugerencias de cualquier tipo; que no son otra cosa que órdenes encubiertas. En suma, el dominio completo y total de una nación o de un continente entero, sin pérdida de una sola vida noble. Si mantienen dudas respecto a estas afirmaciones es suficiente con examinar la conducta del FMI, el dominio económico mundial es la única razón de su existencia. En el fondo, todo el capital del mundo no representa nada más que papeles de color; bien sellados y prolijamente numerados. El dinero no reviste en realidad ningún valor en sí mismo, pero está considerado sin embargo como el timón supremo y excluyente, que se encarga de dirigir la trama del poder mundial. Se comporta al igual que el más letal de los virus, y su diseminación al cosmos acabará por destruir el universo. No se les ocurra imaginar el oro como alternativa. ¿ Por qué creen que el oro es valioso? La única razón consiste en su escasez. Ya verán que muy pronto; les aseguro por cierto que antes de 200 años, y al colonizar la humanidad un enorme asteroide de oro macizo; su propia abundancia lo depreciará. Su valor será ínfimo, y suficiente apenas para comprar gramo a gramo su peso equivalente en arena.
Un murmullo generalizado se fue elevando entre los quinientos concurrentes. Muchos habían permanecido firmes en su sitio, al principio por curiosidad y luego por el interés, que surgía de las palabras del hombre de los ojos de fuego. Algunos se atrevieron a levantar la voz.
—¿Acaso se considera usted un filósofo?
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—Dios me libre de esa plaga... para nada. Mi lectura preferida es la poesía y mi distracción habitual es hojear la guía telefónica. Se revela altamente instructiva, si se siguen determinadas pautas...
Eran demasiados los interrogantes para que la multitud permaneciera en silencio. Una anciana elevó la mano como pidiendo permiso para intervenir; seguramente por recuerdos lejanos de la época escolar.
—¿ Cómo sabe acerca de estas cosas? ¿ Ha estudiado en alguna universidad?
—No Señora... me costó cuatro años completar el séptimo grado de la escuela primaria. Ha sido muy complicada esa etapa de mi vida... por razones que no vienen al caso.
—Entonces... ¿ Dónde obtuvo los datos, que nos ha brindado con tanta generosidad?
—No hay ningún secreto en ello. Ya se los confié... la poesía nos permite disfrutar de la vida y la guía telefónica ofrece una enorme cantidad de información a quien sabe buscarla. Prueben ustedes mismos. Una sola experiencia personal supera a mil de las ajenas y es la única que nos enseña algo de provecho, en este largo tránsito hacia la nada.
Los murmullos de la audiencia se anulaban unos con otros. Uno de ellos sobresalió finalmente del resto.
—¿ Qué hay con el sueño de anoche?
—Cierto... muy cierto... no lo he olvidado, pero hay tiempo para todo. El tiempo no mata a nadie. Es el hombre quien ha condenado a muerte al tiempo, sepultándolo en el ataúd de un reloj. Una verdadera ironía, por cuanto el tiempo no existe en el Cosmos. Se trata de otra burda patraña humana. Por tal motivo, no debemos utilizar ese pecado del demonio. El hombre humano puede moverse solamente dentro de un círculo y olvida que él mismo tiene el poder para demarcar sus propios límites. Muchos no pueden traspasarlo más de un metro; otros en cambio, mantienen los confines del universo por frontera. Es por eso que engullo comida cuando mi estómago la reclama. Bebo cuando mi lengua así lo exige y duermo cuando le apetece a mi organismo; no cuando es la hora indicada para el reposo de los esclavos ¿ No se han percatado aún, que el organismo humano es la herramienta más perfecta que existe? No precisa de ninguna reparación. Compone sus propios desperfectos mejor que el mecánico más experto y la garantía que brinda es permanente y de por vida.
Efectuó una breve pausa para respirar más profundamente. Nadie lo interrumpió en esta oportunidad.
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—Imaginen ustedes un motor capacitado para funcionar las 24 horas del día, durante setenta u ochenta años, y sin combustible, electricidad ni lubricantes. Sin necesidad de repuestos y sometido a los cambios de velocidad que se le ocurren a su propio comando automático. Ni con la ayuda del mejor talento de los duendes del vino descubrirán algo semejante al corazón. El mismo razonamiento sirve para cualquiera de los componentes de la perfección, que representa el mal llamado cuerpo humano; pues en verdad les aseguro, que es divino por su esencia.
La multitud permanecía boquiabierta por los agudos e incomprensibles conceptos del predicante. Muchos meneaban sus cerebros, comparando alguno de los postulados con opiniones aprehendidas por razonamiento personal o en trabajadas lecturas. Los vendedores de palomitas de maíz permanecían de lo más interesados en la intempestiva conferencia. Ninguno de ellos se atrevía a vocear su mercancía; a pesar que por la chimenea de los carritos competidores, se ventilaba una humareda que olía indudablemente a sabroso maní. Se trataba del digno sahumerio de incienso para un momento de reflexión generalizada.
Tan ensimismada se hallaba la multitud, que ni los niños metían bulla, y disfrutaban de un descansado instante de paz, tomados de la mano por padres pensativos.
Nadie llegó a darse cuenta del arribo de los tres patrulleros. Quince policías se aproximaron rodeando el enorme círculo; en medio del cual se erguía el rotoso remendado. Habían recibido una denuncia de los vecinos, que sospechaban que algo raro sucedía en la plaza. Al no observar disturbios de importancia, sólo deseaban conocer qué diablos era aquello que había interrumpido su sagrado horario del almuerzo. Habían recibido instrucciones de preservar el orden público y de restaurarlo en caso necesario. Procedieron con suma prudencia. No desconocían que eran temidos y aborrecidos por los mismos que pagaban sus salarios. Pero el gentío parecía tranquilo y bebía gustoso aquello que predicaba aquel zaparrastroso, de pié sobre un banco. Poca cosa... falsa alarma. Regresarían muy pronto a la seccional para reanudar sin demora su interrumpida pitanza.
Mientras el oficial a cargo estudiaba atentamente la cara del sospechoso, tratando de encontrarle semejanzas con algún delincuente de captura recomendada; un subordinado se le arrimó por detrás.
— Mi Oficial... se acerca a toda velocidad otro patrullero por la avenida.
El superior echó una rápida ojeada haciendo visera con la mano.
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—No se trata de una patrulla... son las luces intermitentes de una ambulancia. Quizás transporten alguna persona descompuesta. Pero no me moleste, que deseo prestar un poco de atención a este individuo. No habla tan mal después de todo ¿Le observó el fulgor de los ojos? Parece un iluminado.
El ardiente orador continuó con la disertación interrumpida. Finalmente mantenía en su puño la mirada de los concurrentes.
—Preguntaron por mi sueño. Es justo que les hable de él. Además es el verdadero motivo que me ha impulsado a solicitar la atención de ustedes. Sucede que anoche soñé que vivía en el futuro. No puedo precisarles la fecha con total exactitud; pero por ciertas cosas que percibí, me pareció estar anclado allí a fines del año 2299. Se trataba de un sitio oscuro y muy extraño, totalmente ocupado por construcciones elevadas y rodeado de cúpulas de vidrio y metales. El clima que se respiraba dentro de la gigantesca campana transparente; la que aparentemente resguardaba a esa civilización, era indudablemente artificial. Allí no había agua disponible, tampoco se notaba la presencia de árboles, y mucho menos de flores. No parecía existir ningún animal de los aquí conocidos; ya se trate de los que cabalgan el aire, pastan en el agua o ramonean en la tierra. En realidad se encontraba habitado por unos pocos miles de humanos; bastante diferentes en su aspecto de lo que es la especie en esta época actual. En ese lugar extraño, no me sentía un recién llegado. Vivía allí y tenía a mi disposición un cargo jerárquico de importancia. Muchos me saludaban con temor, y dirigían al mismo tiempo la mirada al piso. No recuerdo bien el porqué, pero en cierto instante me vi impartiendo órdenes perentorias para aniquilar a los seres de otra galaxia. La razón, que entreví más tarde como errónea, en ese momento la había juzgado como muy justa. Con nuestro último esfuerzo tecnológico, habíamos logrado enviar al espacio una expedición desesperada. Nos urgía con premura hallar el recurso más valioso del universo, sin el cual todos nosotros pereceríamos. Debíamos encontrar agua, agua potable y lo más pronto posible. La poca que había en el planeta se hallaba contaminada y era tan radioactiva, que ni en un millón de años podría ser bebida sanamente. La misión fue coronada por el éxito; nuestros exploradores descubrieron un enorme cometa, con tanta agua hecha hielo que salvaría a nuestra civilización por siglos; debía ser el último de la galaxia, pues habíamos consumido todos los conocidos. Entonces, en esa instancia fueron intimados por nuestros enemigos para abandonarlo. También a ellos, el agua vital les solucionaría todos sus problemas... como a nosotros... pero...
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—¿ Pero qué? ¿ Qué sucedió luego... ?
El interés de los más ansiosos interrumpió al personaje, que parecía ir creciendo a medida que se vaciaba de palabras. Se tornaba cada vez más alto y más delgado. A esta altura semejaba un obelisco.
Un médico de impecable vestimenta blanca descendió de la ambulancia y dirigió sus pasos en dirección al oficial de policía. Cuchicheó brevemente con él y permaneció a su lado de brazos cruzados. Dos espesos enfermeros apoyaron sus blancos traseros en el guardabarros del vehículo, entretenidos en inspeccionar con indisimulado interés a los elementos femeninos del gentío.
La mayoría de la gente opinaba que se trataba de una historia fantástica, y deseaban conocer a toda costa el final de sueño tan peculiar. Algunas cuarentonas se relamieron, no canjearían el relato por menos de tres chismes.
—Parece una película de ciencia-ficción ¿ Cómo terminó el sueño?
El solitario predicador mostró en su rostro nubes de preocupación. Llevaba despareja la barba y sus mandíbulas resaltaban los relieves óseos, donde sobraba demasiada piel con arrugas y faltaba mucha carne de primavera. No eran pocos los que opinaban que padecía de un indecible dolor de muelas.
—Es muy sencillo Señores... disponíamos de un arma de efectos terribles por lo mortífera y yo mismo en persona ordené utilizarla, sin dudas ni contemplaciones. Al regresar a mi albergue, encontré una nota en mi mesa de trabajo... una pequeña nota escrita por un niño de diez años apenas; mi propio hijo. Sí... de mi propia sangre lo recibí ¿Quieren saber lo que decía? Pues ahí va...
El orador efectuó otra breve pausa para respirar hondo. Las moscas del aire permanecían inmóviles y con el vuelo suspendido. Los pájaros del parque observaban todo muy atentamente, en medio de una repentina sorpresa. También ellos habían quedado atrapados por el melodioso relato del intruso.
Farfulló sin embargo unas pocas palabras inconexas, sin orden y discordantes, que sumieron al auditorio en el dilema absurdo de interpretar lo que parecía un lenguaje taquigráfico, para iniciar otra pausa, más prolongada que la anterior y retomar sin más ni más su discurso.
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—Este ha sido mi sueño. Lo último que recuerdo es que; precisamente antes de despertar del mismo, un vozarrón increíble perforó mis orejas y me desacomodó los huesos del tímpano. Manifestó textualmente lo siguiente: “Duro es el aprendizaje de la vida para una mente obtusa. La roca de tu entendimiento se ablandará con el castigo que tienes bien merecido. Regresarás al planeta tal y como era hace trescientos años. Allí reflexionarás sobre tus acciones, hasta que aprendas a conciencia la moraleja de esta lección.”
El aire se congeló por un momento. Nadie se atrevió a interrumpirlo. Todos estaban profundamente confusos y conmovidos y le observaban con respetuosa admiración, ante lo que dejaba entrever el inusual mensaje y lo que fabulaban en sus propias mentes. Es maravillosa la sensación que se experimenta, al permitir que fluyan y nos penetren las emociones más nobles y puras. Aquellas que acarician el alma y regocijan el espíritu.
Fue justamente en ese preciso instante que una paloma, blanca como la nieve; y aparecida de la nada, sobrevoló al rotoso y sin demasiadas ceremonias lo bautizó con su deyección. Buena parte de ella cayó sobre sus desordenados cabellos, le fue corriendo en surcos por el rostro y se deslizó finalmente hasta la tabla donde se hallaba afirmado.
Dos o tres de los presentes comenzaron a reír ante el desafortunado incidente. Otros se contagiaron enseguida y finalmente toda la multitud concluyó su ludibrio a carcajadas; mofándose del filósofo de pacotilla. La máxima hilaridad; que consiguió incluso movilizar a los pocos remisos en burlarse; fue provocada por el mismo predicador, cuando se arrodilló al costado del viejo banco y acarició reverente el blanquecino excremento, mientras repetía como en trance.
—Bendita seas caca de paloma. Eres digna de todo mi respeto, pues muy pronto llegará el día en que desaparecerás de la faz de la tierra, junto con el resto de los animales de la creación. Me siento honrado de que te hayas dignado fijarte en mi muy humilde persona...
No le permitieron terminar el discurso. En pocos minutos la plaza se despobló apresuradamente de los otrora atentos oyentes; que se retiraron decepcionados al haber malgastado su tiempo de ocio en atender a un falso oráculo. Es pasmosa la presteza con que una multitud suele cambiar sus humores, de un extremo al otro del abanico de las sensaciones.
Entonces, tras una señal del médico, el predicante fue rodeado por los policías; mientras los enfermeros le calzaban un contundente chaleco de fuerza.
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El oficial había permanecido como un testigo mudo y observaba de reojo el modo violento de que hacían gala los enfermeros, para introducir en la ambulancia el bulto inmóvil del profeta caído en desgracia. Con sagaz cortesía se dirigió al médico, que exhibió en todo momento una sonrisa sardónica y de extrema suficiencia.
—¿Así que lo llevarán al manicomio... ? ¿Al Borda?
—Allí mismo. Como se trata de un paciente muy tranquilo, no se lo vigila demasiado; por ese motivo hoy se nos escabulló. No es frecuente que fuera del hospital repita hechos como el de ahora. Allá en cambio, repite tres veces al día el mismo sermón a los internados de su pabellón. Mire usted si se trata de una persona pacífica; que en compañía de otro loco pirrado por la poesía se ocupan de administrar la guía de teléfonos; único material impreso que les permitimos hojear, para mantenerlos ocupados y que pasen el rato en calma.
—¿Es muy grave la enfermedad que tiene?
—La que padece es una rara y poco estudiada variedad de esquizofrenia. Para su desgracia, es incurable por la ciencia actual. No es peligroso y lo consideramos incapaz hasta de causarle daño a una mosca. Parece y es absolutamente inofensivo. En nuestra jerga a un caso de estos lo denominamos “disco rayado”; pues repite en forma permanente la misma melodía.
—¿ Que tratamiento le proporcionarán en el Hospital?
El médico exhibió una segunda sonrisa odontológica de superioridad y condescendió en confiarle a un profano, el tratamiento prescrito para ese tipo de crisis.
—Si no existen cortes de corriente eléctrica; le efectuaremos un par de contundentes electro shocks. Se trata de un procedimiento milagroso y esto debiera bastar para borrar de su memoria el monótono libreto; que religiosamente repite con toda puntualidad tres veces al día. Pero se trata de un caso decididamente refractario... con el correr de las semanas vuelve a recordar la predicción íntegra, inclusive con puntos y comas. No hemos encontrado aún la explicación válida, de que se muestre tan resistente al excelente tratamiento que le administramos por cuenta del municipio. Y en forma totalmente gratuita... Vaya con el despilfarro que gasta el municipio en esta clase de tipos.
Ya se estaba retirando el profesional, cuando se detuvo de pronto y regresó sobre sus pasos; para confiarle una última revelación al azorado policía, que le continuaba observando con mal disimulada perplejidad.
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—Para completar correctamente su informe, le sugiero dejar constancia en su escrito que se trata de un NN (Persona desconocida). En las primeras ocasiones fue detenido por vagabundo y en el Departamento Central de Policía no lograron identificarlo por sus impresiones digitales. Tampoco figura ningún Osiris López en el Registro Nacional de las Personas. En dicha oportunidad se mostraron más confundidos todavía, por el raro hecho de constatar detalle tan excepcional. Ya que para ellos es como si este individuo no existiera legalmente, como si viniera de otro mundo… quizás de algún universo aún no descubierto. Y lo que no se puede discutir es que el fulano está presente ahora y aquí. También convive con nosotros; pero para ellos es como si no debiera estar. Para el caso da lo mismo una cosa que otra; en el Borda no le exigimos el documento de identidad a nadie. Es más que suficiente con calzarle nuestros atractivos chalecos de fuerza a la última moda... pero... ¡Quién sabe de donde habrá venido semejante orate!

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