9 CUENTOS INCONTABLES
 

CUENTOS
 
 
 

Arcángel Mario Loscri

PRÓLOGO
Ojalá los lectores lo vean como fruto de ficción o literatura fantástica, esa es la modesta pretensión. Son producto de un acceso de prurito, al tratar de quitar el exceso de caspa caída sobre el teclado. Está dedicado al amigo Carlos López, cuyo apellido fue hurtado impunemente para cada uno de los cuentos y por quién solicito un minuto de amables sonrisas, ya que el pobre carga a cuestas una enfermedad de origen desconocido y de pronóstico mortal; padece de poesía terminal inexorable y un ciruja filósofo le aconsejó tal prescripción como última cura. Al carecer de efectos colaterales o contraindicaciones literarias, también pueden probarla ustedes. Ojalá que les caiga bien.
El autor
 
 
 
 
ÍNDICE página
BXZ 309 Neurona Bizca... Mucho gusto. 4
Ladrones eran los de antes 12
La promesa 22
La misión de Tomás 29

El increíble Regalo de Cumpleaños de José Bisiesto. 36
Una Guardia como todas. 49
La Adivina. 55
El manosanta 76

Un Caso muy peculiar: Buenos Aires, primavera del año 2189. 82
 
 
 
 
BXZ 309 NEURONA BIZCA... MUCHO GUSTO
 
—¿ Dónde va el amor cuando muere, papito ?
Con menuda pregunta se despachaba mi hija. Haciendo abuso impune de sus ocho años; fruncía el ceño, los ojos se le juntaban y Zás... Era el presagio de una pregunta que como ésta, pondría en aprietos al mismísimo Platón. Respondí con mi consabida cara de pensador confundido y atiné a responder lo primero que se le ocurrió a mi neurona BXZ 309, bizca de nacimiento y domiciliada en la periferia de la tercera circunvolución frontal, de mi siempre agobiado cerebro.
—El amor no muere, querida; es como la energía y como sucede con ella; no se crea ni se destruye, tan solo se transforma.
Le expliqué el ejemplo del gas, que se quema al arder, pero mientras tanto calienta el agua de una cacerola. Sufre una pequeña incomodidad, pero contribuye a elevar su temperatura.
No parecía demasiado convencida. Mirándome muy fijo, levantó unos ojos curiosos, que se apoyaban en dos mejillas abultadas; mientras asomaba por su naricita un moco, que dudaba en elegir el cachete ideal por el cual despeñarse. Le ofrecí mi pañuelo y resopló con fuerza. Enseguida volvió a respirar sin ruidos.
—Si el amor no muere ¿ En qué se transforma, papá ?
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No pensaba abandonar su cuestionario, eso era evidente; y mientras buscaba una respuesta, la misma que satisficiera la curiosidad propia de su corta edad, me oí decir no demasiado convencido.
—Al principio, el amor es como si no fuera nada; un sentimiento vacío con nada adentro. Luego uno va agregándole cosas, como el orégano, la sal y la pimienta con que se condimenta la comida, y entonces el amor se transforma en un sentimiento que va engordando deprisa; como cuando te das un atracón de helado... ¿Ves?... Es casi lo mismo. Cuando está muy gordo, recién entonces creemos que disponemos de mucho amor en nuestro corazón y podemos decir que amamos. Se puede amar de muchas maneras; a Dios, a nuestros padres, hijos, hermanos y amigos. Tú por ejemplo, puedes sentir eso por tu colegio, tu maestra... Hay otros que aman la música, la poesía, la danza... Qué sé yo... ¡ Existen tantas clases diferentes de amor ! Lo principal es que cada uno puede poseer todos los sentimientos vacíos que desea y los llena con lo que se le ocurre; es lo bueno del asunto.
Marina no se iba a rendir tan fácilmente; había detectado una veta de mineral y la iba a explorar hasta el fondo. Los niños son filósofos autodidactos de alto vuelo y su capacidad para merodear por el absurdo carece de límites. Si no fuera porque ignoran aún tantas cosas, serían insuperables. Lamentablemente, esa aptitud la pierden más o menos a los once o doce años, por acción de la catarata hormonal que los droga y transforma en idiotas insufribles por muchos años. Algunos, de por vida. Sin asomo de duda, las hormonas son las culpables de tan tremendo desaguisado.
Regresó a contemplarme con el sol de sus ojos. Su cabello, como está prescrito por la ley penal infantil correspondiente, se le derramaba sobre los hombros, en dos trenzas de azabache con un primoroso moño rosa ¿ Qué padre no se hace pipí ante una mirada tan ingenua y deliciosa?
—Todavía no me has explicado el amor que sientes por mamá.
Su bisturí dialéctico ya empezaba a disecar con precisión milimétrica. A esta altura dejé de sentirme tan aplomado.
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—Bueno... ¿Cómo te lo puedo explicar ?... En un principio, el amor de una pareja comienza por los ojos... Se miran, se gustan y se interesan el uno por el otro. Como te confié antes, ese sentimiento va engordando bastante. Llega un momento en que no pueden vivir separados y entonces se van a vivir juntos. Unos con la bendición del cura, otros con una libreta del registro civil, y también los hay que viven juntos sin eso, pero con el corazón lleno de amor. En el fondo, lo importante es el amor que se tienen. Después, ese amor engorda mucho porque se lo condimenta con sexo... Que a menudo suele ser bastante difícil de digerir... Por ese motivo los esposos se acuestan juntos... Para digerirlo mejor. Todavía no te hallas en condiciones de comprenderlo cabalmente porque eres algo pequeña. Hay algunos que consumen de ese condimento antes de estar enamorados, pero se trata de un asunto privado de ellos...
—¿ Quiere decir que cuando crezca, yo también voy a dormir con mi esposo?
—Claro, es cuestión de tiempo y maduración, ¿ Has observado el ciruelo que tenemos en el fondo de casa ? Antes de proporcionar fruta, se tardó varios años creciendo y ahora nos regala carradas de ciruelas.
—Ya voy entendiendo... Mis ciruelas van a ser los nenes que tenga más adelante, cuando termine de crecer.
—Eso mismo, claro está que te falta mucho tiempo para ese asunto de las ciruelas. Por lo menos eso es lo que espero.
Solté un resoplido de semi-cuasi-satisfacción, pero sabía que como dos más dos hacen cuatro, ella iba a emplear su cirugía hasta el fondo. La observé como al descuido, parecía tranquila y calma en la superficie; sin embargo el problema se lo debía ocasionar la neurona bizca que seguramente estaría agazapada allí, en la profundidad del lóbulo frontal. La herencia se maneja con leyes inexorables, por exclusiva culpa y responsabilidad de ese sinvergüenza de Mendel, con apellido tan horrible y encima fraile.
Utilizando la carita más ingenua que encontró en su repertorio, reinició la perforación minera.
—Me has contado como nace y engorda el amor... Pero ¿ Cómo se va transformando?
Juro que esperaba exactamente esa pregunta. Al menos mi propia curiosidad la hubiera intentado de estar en su lugar. No pensé demasiado la respuesta. Así me fue luego.
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—Es que al amor hay que engordarlo permanentemente... Todos los días hay que alimentarlo y regarlo con más y más amor... No hay otra manera, porque suele ocurrir lo mismo que si te olvidas de regar el malvón, el mismo que está en tu ventana; desfallece y se va debilitando, hasta que finalmente expira...
—¿ No me dijiste que el amor no se destruye, al igual que sucede con la energía?
Primer apuro serio, gancho directo al plexo con riesgo de KO.
—Eso... Eso... Como la energía, se va transformando. Si no se lo riega todos los días, va perdiendo fuerzas... Se queda sin vigor y al no poder crecer, pierde cada vez más peso. Se va haciendo muy chiquito... Hasta que no queda casi nada...
Entonces me acordé de un viejo amigo: Gustavito Adolfo Domínguez Bastida. Si no lo ubican por ese nombre kilométrico, es porque se hizo famoso con el alias de Bécquer. Poeta maldito si los hubo, que planteaba en su rima el mismo dilema que desvelaba a Mariana.
¡ Los suspiros son aire y van al aire !
¡ Las lágrimas son agua y van al mar !
Dime, mujer; cuando el amor se olvida,
¿ Sabes tu adónde va ?
Marina filosofaba casi tanto como Gustavito, claro está que todavía no aprendió a rimar.
—¿ Entonces en que se transforma, papito ?
Era el momento de la verdad ¿Ustedes se han colocado en el papel del toro, cuando el matador se le aproxima con el estoque, para propinarle el golpe fatal? ¿Aquel que lo trasmutará en proyecto de embutido y columpiando humildemente de una ganchera?
—Marina querida... En realidad el amor no muere del todo; se transforma automáticamente en otro sentimiento opuesto y de la misma gordura que antes había alcanzado el amor.
—¿ Y cómo se llama eso ?
—Eso se llama odio. Es exactamente lo mismo que el amor, pero al revés, ¿Entiendes?
—No mucho... Te agradecería si puedes explicármelo en detalle.
La examiné con mayor respeto. Evidentemente había heredado la neurona bizca BXZ 309. Cuídense ustedes si se encuentran con ella por allí, parece un poco tontuela pero es demasiado peligrosa. Hace trescientos años, con seguridad la hubieran purgado en la hoguera. Vaya que el instinto de supervivencia le mejoró la aptitud para camuflarse y disimular. Es por ese motivo que merodea suelta, como gen recesivo según afirman ciertos científicos de morondanga. Parece ser que no todos los cerebros son castigados con la molestia de su presencia.
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—El odio es una cosa muy mala y tiene la costumbre de comer por su cuenta. Engorda él solo y no precisa de nadie que lo alimente. Los que piensan que alimentan el odio, están fatalmente equivocados. El odio engulle tanto, que acaba por devorar al propio dueño...
—¿ Siempre ocurre de ese modo ?
—Siempre, Marina. Por eso no debemos odiar nunca. Además de todo, es muy contagioso. Si en un grupo de personas, hay una sola con odio en su equipaje, concluye por contagiarle la enfermedad a todos. Esto puede transformarse en una epidemia, como buenamente te podrás dar cuenta...
—Me doy cuenta, papito.
¿Quién podía saber lo que bullía debajo del cabello azabache? Marina estaba más concentrada que el pensador de Rodín en la Plaza de los dos Congresos. Por más que alguien; no sé quien, me ha confiado que la que se encuentra expuesta en ese lugar, es tan sólo una copia.
Me volvió a observar con el farol de sus ojazos, tan abiertos como el dos de copas para hacer la seña del as de espadas en el retruco. Su brillo no era el mismo de siempre... Reflejaba sombras de tristeza.
—Papá... Yo no quiero enfermarme de odio.
—Pero Marina ¿ Por qué dices algo tan espantoso ?
Las sombras se mantenían con la misma tristeza.
—Porque pienso que tu odias a mamá.
Truenos, relámpagos y centellas... Se trataba de un golpe definitivo de KO. Disparó el cañonazo como si nada y continuó impertérrita con un bombardeo nada sutil.
— Es fácil de ver... Ustedes dos ya no se aman.
—¿ De dónde sacas esa catastrófica conclusión?
Me contemplaba con los bracitos en jarra y muy seria, desde los 112 centímetros que calzaba.
—Cuando no estás en casa, mamá se encierra en el dormitorio y yo me doy cuenta que se la pasa llorando, porque tiene la cara colorada y toda mojada. Si le doy un beso me quema de tan caliente. Además, ya no se hacen arrumacos como antes. Hace mucho que no la mimas con alguna caricia. En nuestra casa no existe nada de alegría; como sucede en lo de mi amiga Pepa y hasta también en la de Juancho. Parece que es muy cierto lo que me has confiado: Cuando el amor deja de engordar, se va transformando en eso tan feo del odio.
—Pero... Pero... Yo no odio a tu madre...
—¿Ves?... Ahora es mi madre... Ya no es más tu esposa ¿Te das cuenta?
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Maldije por mis adentros al malparido de Ramón Menéndez López; el maldito neuro-patólogo, que estudió esas neuronas prostitutas a principios del siglo pasado, descubriendo a la más ramera de todas, la puerca BXZ 309. Elevó un detallado informe a la Sociedad Médica Real, acerca de una misteriosa neurona con dos núcleos; cuya rareza consistía en que era ella misma, la que a través del microscopio le espiaba a él y nada menos que con un ojo torcido; de allí el apelativo. Jamás se me había ocurrido pensar que supiera Marina de los desencuentros que mantenía con mi mujer. Nuestra relación se hallaba pasando por un período glacial... Pero eso ya había sucedido anteriormente y la situación regresaba luego a la normalidad ¿Cómo descubrió el medio metro de nuestra hija, esas trifulcas sin gritos, reproches ni gestos destemplados ? Solamente nos tratábamos con mutuo desinterés y hablábamos casi a hurtadillas; con economía de sílabas y abundancia de consonantes mudas... Mhm... Pshh... Hmm.
—Bueno hijita... A veces se produce alguna tormenta en una relación conyugal, o más bien pequeños temporales... Pero son pasajeros. En el fondo, hemos permanecido siempre juntos.
—Sí... Pero si no engordamos el amor, el odio nos destruirá.
Maldita sea la información clasificada que me había sonsacado. Se trataba de un perfecto bumerang. El razonamiento que le había proporcionado, se había vuelto en mi contra. No tuve más remedio que reconocer que el desinterés que nos dispensábamos, en el fondo no era otra cosa que odio disfrazado. Hasta había pensado en recurrir al divorcio, y el paseo con Marina se trataba de la excusa perfecta, para tantear su propia reacción ante la probabilidad de una prolongada separación. Claro que; como siempre, uno propone pero la realidad sentencia que Marina es quien dispone.
Mientras continuábamos paseando por el rosedal de Palermo... Me percaté de que recién ahora lograba percibir la sonrisa de las flores... Y el desafinado coro simultáneo de mil pájaros bullangueros... Y hasta el verdor de la floresta lo notaba distinto. No hay nada que hacer; por suerte los niños pierden su infalible sabiduría al alcanzar la adolescencia; de otro modo, el mundo sería increíblemente aburrido por la existencia virtuosa; aunque en extremo monótona, de los circunstanciales inquilinos.
—Papá... ¿Allí hay un vendedor... Me compras un algodón de azúcar?
—Claro, Marina, a tu padre siempre le complacerte concederte los gustos. Toma el dinero...
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El resto del paseo transcurrió dentro de los carriles normales. Claro está, que apenas regresamos a casa, le hice un guiño cómplice a Marina y se fue de lo más contenta a jugar con Pepa y Juancho. Me encerré entonces con mi esposa en la habitación y dirimimos todas nuestras grandes diferencias como debe ser... A grito pelado. La lucha fue terrible y sin cuartel. Predominaron las críticas amargas y los reproches mutuos. Esto duró hasta que se oyó la campanada final del primer round. El minuto de silencio duró un siglo por lo menos.
El hombre y la mujer son bichos básicamente muy diferentes. Por fortuna se trata de diferencias que se complementan con las del rival. En geometría suelen expresarse como ángulos iguales pero opuestos por el vértice.
Pero por favor; les ruego que me lo recuerden porque soy demasiado olvidadizo. Mañana debo ir a la tienda para reponer un almohadón destripado, y además, una de las colchas que resultó totalmente deshecha. Al consumir todo el odio que nos teníamos, resurgió hasta el último gramo de amor, que tan tontamente habíamos perdido.
Y eso no es todo... Está en imprenta y seguramente será un best seller, el libro que se me ocurrió escribir sobre la relación recíproca que existe entre amor y odio. En el fondo se trata de la misma relación que casa al tiempo con el espacio; sólo pueden existir si van juntos y de la mano. Al menos eso opinaba Tito Einstein, el mayor cráneo funcionante de su época, que fue también contemporáneo del neuro-patólogo de marras. El libraco, que seguramente me volverá famoso en mi club de barrio; lo he intitulado pomposamente, como no podía ser de otro modo... Y ustedes sabrán comprender y disculparlo: BXZ 309 Neurona bizca... Mucho gusto.
Marina se comprometió, muy formalmente por cierto, a cederme un porcentaje de los derechos de autor. Por supuesto que no de balde, sino a cambio de una abundante provisión semanal de palomitas de maíz, que la semana entrante deberá ser estipulada por escrito, con sus representantes y apoderados ad hoc; una tal Pepa y un tal Juancho.
A esta altura creo que no se trata de apoderados sino de cómplices, y que me he dejado atrapar en una de las más elucubradas trampas infantiles de que se tenga memoria.
 
LADRONES ERAN LOS DE ANTES

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Anochecía ya y Florindo López, cómodamente sentado, escribía de lo más eufórico en el ordenador... Bah... Computadora le dicen ahora. Sus dedos viboreaban ágilmente entre las teclas sin efectuar el menor ruido. Se deslizaban orondos y con la misma fruición que cualquier beodo acariciaría un racimo de uvas moscatel. Opinaba que era mucho más cómodo y sencillo ahora, que cuando lidiaba con la vieja Léxicon 80; y eso que la había utilizado durante siglos. Recordó con nostalgia, que escribir con semejante armatoste era como disparar con una ametralladora; el ruido de las letras silbando como balas, las pausas explosivas de mortero cuando cambiaba de renglón; justo luego de oírse las campanillas, que advertían a los pecadores que si todas las cosas tienen fin, las vocales y consonantes no constituían ninguna excepción.
Estaba concluyendo el trabajo y de repente experimentó una alegre comezón porque; en un par de renglones más estamparía un punto, el dichoso punto final. Luego vendría su firma... Y la rutinaria satisfacción de acostarse temprano.
Imprevistamente escuchó un ruido seco, sin poder precisar el origen exacto. Con calma levantó su sufrida humanidad de la silla con almohadones; los gatos del vecindario tropezaban a veces con los maceteros, o quizás se trataba de algún niño travieso del barrio... Pero no... Examinó el reloj del living, señalaba las diez y media de la noche. No era el horario adecuado para que los chicos jugaran en la calle a oscuras. Con cierta intranquilidad, repasó las ventanas cerradas del living. Se trataba de un amplio recinto de seis metros por cuatro, que lindaba con una pequeña cocina, cercana a la puerta del dormitorio; y que se comunicaba por una última abertura, con un estrecho patio de cerámicas rojas y un breve cantero de margaritas. En dicho lugar reinaba una glicina trepadora, que al ascender criando glorieta, otorgaba sombra al patio merced a su florido emparrado. Recorrió los ambientes restantes y; no hallando nada de extraño, murmuró para sí con la boca entrecerrada.
—Los gatos deberían pagar impuestos. No es justo que utilicen los servicios de las casas que apetezcan, ensucien todo de excrementos y orines y se muden luego de inmueble; para regresar después que el dueño se dignó a fregarlo.
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Regresó a su asiento y estampó el ansiado punto final; resopló de satisfacción y se detuvo a pensar en su malhumorado jefe. El señor Pardales, responsable de Cultura del matutino más acreditado de la capital, no era animal fácil de arrear y acostumbraba reclamar las colaboraciones literarias con insistencia pertinaz. Para su suerte había logrado concluir ese cuento, que aparecería en el suplemento del próximo domingo.
Mientras la impresora escupía las ocho hojas a doble espacio, Florindo López se llegó hasta el baño; efectuó un par de gargarismos ruidosos con bicarbonato en medio vaso de agua, y se detuvo un instante para estudiar la imagen que le devolvía el espejo. No le agradó mucho lo que vio; petiso, gordo y para colmo, calvo completo sin el menor atisbo de pelambre, con aguachenta cara de luna llena y ojillos de loro barranquero.
No le importaba gran cosa de su aspecto, y por ese motivo jamás invertía demasiado tiempo en el arreglo personal. Su físico no lo había escogido personalmente, para qué entonces preocuparse en exceso. Se trataba de atributos que la madre tierra recogería a su debido tiempo y disolvería como lo que realmente eran; una amalgama de metales con agua salada. De lo demás no debía preocuparse demasiado; del otro lado de la frontera nadie regresó para relatar lo que sucedía, si es que ocurre algo de interesante en la vida subterránea; además de abonar coliflores y otras menudencias.
Abotonó su camisa y al regresar al escritorio, tomó las hojas impresas. El título del cuento le encantaba. Con la letra tamaño catástrofe del Word apareció: “TU MADRE ES NECESARIA, PERO NO ES TAN INDISPENSABLE”.
Eso le agradaba... Contenía estilo. Lo había escrito de apuro, empleando la única virtud que le reconocían sus colegas; una mezcla de humor negro con cinismo no exento de fantasía; solamente en dosis necesaria para franquear la aduana del censor Pardales. Con eso le alcanzaba para vivir con modestia de bohemio; ya que se consideraba un individuo frugal, hecho conveniente para un soltero empedernido. Por suerte, tampoco había sobrinos que lo amolaran.
—Bueno... Es el momento preciso, lo firmaré y por la mañana temprano lo acercaré al diario. No me ofrece mucha confianza el correo electrónico; mi línea no anda bien.
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La puerta que asomaba al patio se abrió de improviso con gran fuerza; y al rebotar contra la pared interna, gran cantidad de vidrios caian fracturados y se deslizaban por el piso. Ahora sí escuchó el batifondo. Cómo no oír semejante estruendo, pero no atinó a articular ni sombra de palabra, pues en el marco de la puerta apareció un hombre joven, robusto y alto como un ropero, que lo estudiaba con tres ojos. Los dos reglamentarios de todo rostro alterado y el restante, que emergía de un amenazador revolver negro, que blandía como si se tratara de una berenjena.
—¡¡¡Quédese quieto, no grite, no hable, siéntese y no me joda...!!!
—Pero señor, esto es todo un atropello. Nadie ingresa así a mi casa...
—Gordito, quédate en el molde. Era tu casa... En tiempo pasado. Ahora es mía y aquí tengo la más contundente de las escrituras.
Mientras hablaba, giraba el arma y señalaba el cañón con la otra mano.
—Si todavía no te has dado cuenta, esto es un robo con todas las letras del alfabeto.
—Pero señor...
—Nada de señor. Yo no soy un señor; soy un pobre pero honrado delincuente de carrera.
—¿Cómo quiere que le llame ?
Ya me había resignado al asalto, robo con escalamiento de medianera y daños varios en la propiedad, ¿ Pero de que me servia eso? El corazón retornaba poco a poco su ritmo normal; luego de la inundación de adrenalina provocada por la intempestiva entrada del fulano. Se trataba de un soberano cara dura, que ni siquiera se cubría el rostro; antes bien, lo exhibía con total desparpajo. Poseía ojillos inteligentes y la barba de tres días le daba marco a una cabeza siniestra y desprolija, enmarañada de corto cabello castaño. Su voz no era desagradable en demasía, aunque delataba inconfundible origen de arrabal.
—Me puede llamar Magoya... Y usted... ¿ Cómo se llama ?
—Florindo López... Mucho gusto.
—Es todo mío Florindo... Florindo... Florindo... Rimbombante nombre, pero para un alias. Merece que lo arresten por portación de nombre ofensivo a la moral y buenas costumbres. Pero vayamos al grano... ¿Dónde está el dinero, la pasta... La guita?
Extraje de mi bolsillo la billetera, se la arrojé con suavidad y la cazó al vuelo. Qué maravillosa práctica tenía en tales menesteres... Dios mío. En un santiamén confiscó los escasos billetes que contenía, hurgó con nerviosismo en los compartimentos y me la devolvió expeditivamente por la misma vía.
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—No puede ser que tenga nada más que doscientos pesos, aparte del cambio chico.
Le contemplé incrédulo. No se trataba de mucho dinero, pero algo era... Mi barrio es modesto y no podía pretender un botín de Banco en la casa de un modesto escribidor de cuentos.
—Confórmese... Se trata de todo lo que llevo encima.
—¿ Dónde están los verdes ?
Le volví a mirar y casi me desternillo de risa por la respuesta que me dictó el nerviosismo. No podía creer que un cobardón de mi calibre, le saliera con tal contestación a la amable pregunta del Colt; que aún mantenía la boca abierta, pero a la que en el acto imaginé con una oreja atenta, muy atenta...
—Los verdes me los tomé por la mañana. Allí está la pava... Si quiere tomar unos mates, calentamos el agua y listo.
Tampoco esperaba la respuesta que recibí. Me lo tenía merecido.
—Y bueno... Vamos a tomar un par de amargos, Florindo.
—Este... Señor Magoya... Debe aceptar que su pedido no es muy usual que digamos, más aún tratándose de las presentes circunstancias.
—¿ Por qué? —No parecía nada extrañado, como si para él la situación fuera absolutamente corriente.
—Siempre he creído... Que los ladrones, luego de robar, escapan lo más rápidamente posible, cuanto antes mejor.
Me observó con mayor atención. Dudaba entre creer lo que le había expresado, o quizás pensaba que estaba bromeando con él.
—Los tiempos cambian, las costumbres también ¿ A qué se dedica usted?
—Escribo cuentos. Algunos me los aceptan y salen entonces publicados.
—¿ Qué hace con los que no le aceptan ?
—Es demasiado simple ¿ Observa esa pila de papel sobre la repisa ? Los guardo para revisar y corregir.
—¿ Quiere decir que usted se gana la vida con tamaña estupidez ?
Me pareció que ahora era él quien me estaba tomando el pelo. Mientras tanto, el agua se había calentado y después de probar la temperatura con el meñique; le cebé un amargo y lo sorbió con gesto decidido, no sin antes apoyar el revolver en el escritorio. Permanecimos sentados frente a frente. Ni por casualidad se me ocurrió confesarle que los cuentos rechazados tenían su futuro invertido a plazo fijo; ellos se encargaban de iniciar el fuego del asadito dominical. Uno también posee su pizca de amor propio. Traté vanamente de justificar mi oficio.
—Bueno, Sí... Escribir no tiene nada de malo, al menos se trata de una actividad decente.
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—¿A quien le viene a hablar de decencia...? Todavía si usted sudara trabajando... Pero se me hace que muy poco ha transpirado en toda su vida. Además, nadie se produjo una hernia por escribir cómodamente sentado.
Me detuve un instante en la respuesta. No me causaba mucha gracia confraternizar con un caco aficionado a la filosofía.
—Nadie se hernió escribiendo, es cierto; las que sudan son las neuronas, pero como están ubicadas muy adentro, no producen demasiado mal olor. En cambio, muchos han muerto a causa de lo que escribieron. En el transcurso de la historia siempre hubo individuos de pocas pulgas, que no dudaron en suprimir a los que no opinaban igual que ellos. Un dicho puede ser desmentido, pero lo que está escrito es una prueba irrefutable, que no se puede borrar con el codo. A lo sumo se disimula con sangre de inocentes.
—Creo que en ese punto tiene algo de razón. Qué sé yo... Se dicen tantas bobadas de los escritores. Yo, por ejemplo, el último libro que leí fue el manual de 4º grado. Para mí eso fue más que suficiente.
Muy descriptivo. El ladrón que me tocó en suerte era todo un autodidacto. En ese momento, se me ocurrió la pregunta incisiva. La misma que los periodistas le efectúan a las actrices jóvenes, especialmente a las que poseen un talento enorme... En el busto.
—¿ Se siente realizado cuando le roba a la gente ?
No esperaba una pregunta tan mordaz. Pensó un buen rato y para disimular su sorpresa, sorbió repetida y ruidosamente de la bombilla.
—No vaya a creer, se trata de un trabajo como cualquier otro ¿ O usted piensa que todos los ladrones nacimos con esa vocación ? Sin ir más lejos, tengo un amigo; el Rulo, que se hizo chorro cuando le despidieron del frigorífico. No pudo conseguir ningún trabajo decente, la hernia de disco en la columna no se la indemnizaron, porque lo engatusaron con el cuento de que ya la tenía al ingresar. Vivió un tiempito haciendo changas, hasta que un día; y para parar la olla, salió a la calle con un trabuco, entró a una verdulería y solicitó cincuenta centavos de papa, cebolla, apio, zanahoria, banana y pera. El napolitano que le atendió, llenó cuatro cestas de mercadería. Entonces mi amigo guardó el trabuco y se retiró con toda dignidad; no sin antes depositar en el mostrador los cincuenta centavos previamente convenidos ¿ Qué opina usted de lo que hizo el Rulo?
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Por las dudas moderé un poco el voltaje de mi respuesta. Uno nunca sabe.
—Me parece que realizó un magnífico negocio... Eso es bien evidente y nadie puede negarlo.
—Esto mismo dije yo —Magoya se mostraba eufórico, al suponer que un lazo de comunicación estaba naciendo entre nosotros. Era matero de alma, se despachó como quince amargos seguidos. Y en prueba de amistad, condescendió a convidarme con uno. Entonces me animé.
—¿Estuvo preso muchas veces ?
—La verdad que no... Tuve mucha suerte hasta ahora.
—¿Cuánto tiempo hace que se dedica a... Esta actividad ?
—La verdad... Se trata de mi primer robo.
Malditos sean Saturno y también todos sus satélites ¿ Justo a mí tenía que tocarme un delincuente principiante ?. Disimulé con cara de circunstancias.
—¿ Por qué a mí ? Vivo sólo, modestamente y mi casa es de medio pelo certificado.
Me observó compungido, como solicitando excusas.
—Precisamente por eso ¿Tiene usted alguna idea de la cantidad de mecanismos y alarmas anti-robo que existen en todas las mansiones de categoría? Cada vez es más arriesgada esta noble profesión... Y uno no gana para sustos. Es mejor conformarse con poco pero seguro. Eso es lo que siempre me aconseja el Rulo.
—Bueno, al fin me tengo que alegrar por haber sido el elegido ¿ Qué destino va a darle a los doscientos pesos que se lleva ?
—Tengo una hija de diez años que es mogólica y costear la rehabilitación me cuesta un riñón. No tiene idea de lo caro que cobran los especialistas, porque en el hospital se cansaron de atenderla y dicen que no pueden hacer nada por ella. Pero la mocosa se lo merece por cariñosa; cuando me ve, me salta encima y me tapa a besos.
Hice un enorme esfuerzo para contenerme. Al final este tipo me iba a enternecer el corazón.
—¿ Y usted, en que iba a gastarlos, si no venía yo para alivianarle de esa carga?
—Tengo que pagarle mañana a doña María, es la mujer que se ocupa de la limpieza de la casa.
Magoya no parecía contrariado. Antes bien, respiraba con inesperado alivio.
—Bueno... Entonces no se trata de algo demasiado serio, de alguna manera le va a pagar. En tal caso quedo un poco más tranquilo.
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—No vaya a creer, doña María tiene a la mamá muy viejita y que además es inválida. Hace años que no se mueve si no es con silla de ruedas. Hasta hace sus necesidades allí mismo, posee una bacinilla acoplada al asiento. Y por si fuera poco, los remedios son costosos y la anciana, desgraciadamente, no está jubilada ni pensionada.
—Humm... La vida es dura para todos, pero por lo que me cuenta, esa mujer se comporta correctamente con su madre. Se trata de una conducta digna de todo respeto.
Mientras Magoya hablaba, pensé en el título del cuento que acababa de terminar. Lo había intitulado “ TU MADRE ES NECESARIA PERO NO ES TAN INDISPENSABLE”, pero ahora no me parecía tan gracioso.
—Si, Florindo... Es obligación sagrada cuidar de la madre de uno, en especial cuando sobrevienen los años de malaria. Hay que reconocer que esa doña María calza ovarios de acero. Laburar para atender a la viejita. Mire... Casi me hace lagrimear.
Yo estaba sorprendido. Me estaba mintiendo, en realidad tenía los ojos empapados de lágrimas, que le goteaban a toda máquina por las mejillas. Creo que si lo examinaba con auxilio de una lupa, hasta el ojo del Colt se habría contagiado del exceso de humedad.
—Mire Florindo... Por más chorro que sea, no puedo alzarme con este dinero. No estaría bien. El remordimiento me impediría disfrutar de uno solo de los besos de mi hija. Mire... Tome, aquí le dejo los doscientos pesos. Me quedo con las monedas... Para el viaje de regreso.
—Pero... Entonces no va a poder abonar la rehabilitación de su niña.
—Ese es un problema mío, quizás el Rulo tuvo más suerte en su salida.
—Espere... Por la mañana entrego el cuento en el diario... Si Pardales lo acepta, es casi seguro que recibiré un anticipo en efectivo contante y sonante. No me haga sentir mal... Piense en su hija.
El honrado bribón que tenía enfrente se mantuvo en cerrada negativa. La situación era tragicómica, pero uno tiene el corazoncito de carne y no de hormigón. No todos los días se logra perpetrar una buena acción. Hay personas que en el transcurso de toda una vida, carecen de la oportunidad precisa para obrar con desinterés, una sola vez al menos.
—Bueno... —Afirmé con autoridad. Como somos dos personas adultas y sensatas, procedamos con inteligencia. Hagamos exactamente lo mismo que aconsejaría el Rey Salomón...
—¿ Quién es ése...?
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—No tiene tanta importancia... Se trata de un Rey de la Biblia que tuvo la ocurrencia de desposar a cosa de mil mujeres; además de refocilarse con otras mil concubinas. Algunos lo acusan de escribir el primer libro porno. Pero una larga fama le recuerda por haber sido muy justo...
—Habrá sido muy famoso ese tal Salomón... Pero ¿ Realmente soportaba a mil suegras?
—La Biblia ha callado esa incómoda particularidad. Lo que importa es que él, en un caso como éste, tomaría su espada y dividiría el dinero en dos. Así que hagámosla corta, cien pesos se los lleva para su nena y los restantes cien los conservo yo para doña María. ¿Está de acuerdo?
Permaneció dubitativo un buen rato. La repartija no lo terminaba de convencer. Finalmente aceptó el trato a regañadientes y guardó en su bolsillo los cien pesos.
—Si lo dice ese tal Salomón... Y no hay más remedio... Qué le vamos a hacer, la vida es como un esputo, que a veces no hay más remedio que tragar.
—¿No se ofende si uso esa asombrosa definición en alguno de mis cuentos?
—Por mí no hay problema. Pero no estoy muy a gusto con los vidrios rotos de la puerta: Si usted lo permite, mañana regreso y se los reparo. Durante algún tiempo hice esa changa, hasta que la empresa se fundió.
—Faltaba más, y sólo por curiosidad, su nombre real no puede ser Magoya, es demasiado estrambótico ¿Cómo le llaman sus amigos?
—Tengo pocos amigos, el Rulo me dice Pepe...
Antes de desaparecer por la puerta de entrada y luego de estrechar fuertemente sus manos, noté que todavía su cara permanecía húmeda. La noche lo fue cubriendo con el único poncho negro de que dispone y antes de que desapareciera del todo, se me escapó del pecho un suspiro.
—Chau Pepe...
—Hasta siempre... Amigo.
Entré nuevamente. Sentado en el escritorio, mi mano encontró el arma olvidada. Era amenazante pero muy liviana; puro plástico de imitación. La guardaré como recuerdo, quizás Pepe me la pida algún día. Este muchacho es un pan de Dios y por eso no tiene ningún futuro en semejante oficio. Ha equivocado de vocación. Eso mismo... Cualquier ladrón que se precie de tal, no puede andar por ahí despojando a la gente y al mismo tiempo compadecerse del sufrimiento que ocasiona a la clientela circunstancial.
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Tomé la carátula del cuento... Ahora no me gustaba el título para nada. Rompí en mil pedazos eso de “TU MADRE ES NECESARIA PERO NO ES TAN INDISPENSABLE” y rumiando mucho busqué otro. En ese cuento, mientras paseaba en Palermo con mi hijita Marina, debía comunicarle que la situación con mi esposa era muy conflictiva y que lamentablemente nos teníamos que divorciar. Menos mal que la mocosa intervino, para poner las cosas en su lugar y arreglar el entuerto; con el proverbial cargamento de sabiduría de que siempre disponen los niños.
Pero no se me ocurría nada, dejé vagar entonces los dedos por el teclado y apareció el título justo. No lo dudé ni un instante. Lo cambié en el acto, modificando una parte del texto, para adaptarlo al nuevo título y también porque la intervención de ella le había otorgado un rumbo diferente a la historia. Quedó así “BXZ 309 NEURONA BIZCA... MUCHO GUSTO.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
LA PROMESA
 
Me dolía demasiado el tobillo derecho. Tanto pero tanto; que parecía que mil diablos cornudos se deleitaban en masticar el pezón de cien vírgenes. La artritis me estaba matando. Apoyé el bastón; lo empuñé como arma y a paso lento de cucaracha envenenada, me dirigí en dirección a la vereda sombreada. Por allí se andaba mejor que por la de enfrente, que a esa hora recibía toda la insolencia del sol de verano.
A los diez pasos debí detener la marcha. Los músculos no me respondían como antes y los calambres se tornaron insoportables. Debí esperar inmóvil un buen rato hasta que cediera el espasmo. Observé con disgusto el tobillo hinchado y rojo, mientras sentía que un intenso calor y dolor se irradiaban tanto hacia arriba como por debajo. Todo se debía a la herencia de algún ancestro... Sí... Sin duda debió tratarse de un mariscal... ¿ Y por qué no de un obispo ?
La gota en la antigüedad no la disfrutaban los ricos a secas... No Señor... Había que ostentar abultados pergaminos para hacerse acreedor de tan valiosa condecoración reumática. Tan sólo los muy ricos en honor; sean por oro o por blasón, podían solicitar dicha merced, que acompañó siempre las mesas honradas por la presencia de Epicuro y escanciadas con el mejor Baco disponible. En tren de disparatar, imaginé que quizás circulara por mis venas algún glóbulo azul de sangre noble, de uno cualquiera. A esta altura de la vida no tenía excesivas pretensiones.
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La disgresión me distrajo un momento del dolor. No cualquiera puede ser bastardo de un conde. En tanto, mis pies ya habían recuperado algo de aliento. Iba a retomar la marcha; cuando mis ojos se dirigieron a una mujer, que caminaba taconeando por la acera de enfrente a paso corto sostenido. La misma vereda que el sol lamía goloso con su sexo ardiente.
Afirmar que era gorda sería mentir con descaro. Gordísima se aproximaba un poco más a la realidad. La verdadera calificación sería la de Gordérrima. Eso, siempre y cuando la Real Academia la incorpore a su gordérrimo diccionario. La cara era una pelota con ojos; los cachetes, nalgas de niño pintadas por Rubens. Hacía falta un cuello acorde para sostener tamaña estructura, que desafiaba todas las leyes conocidas de gravedad, y ella lo poseía con holgura. Un somero vistazo me confirmó que las medidas de busto, cintura y cadera eran semejantes; es decir... Monumentales. Calculen ustedes que cada seno desbordaría por completo el agua de un balde lleno. Sus caderas se movían a compás; como la marea en el flujo y reflujo del oleaje por la playa. Se elevaban y descendían treinta centímetros con cada paso que daba. Movilizar tal corpachón implicaba un notable derroche energético. Jamás podría regalarme el lujo de invitar a esa hembra, para compartir la pobre dieta de mi escasa mesa.
Permanecí hipnotizado ante el movimiento magnético de las súper caderas y noté con descuido la cabellera azabache, enlazada al estilo cola de caballo y con moño blanco. Era excesivamente larga y su extremo acariciaba los enormes glúteos, con movimiento regular de péndulo.
Un par de transeúntes desprevenidos abrieron ojos desmesurados al cruzarse con la dama en cuestión y se la quedaban admirando por detrás; incrédulos de que el Supremo hubiera permitido tal presencia en nuestro infierno cotidiano. Era probable que cometiera alguna distracción, con todo el trabajo que le demandó su laboriosa Creación. Por lo bajo le calculé mentalmente ciento setenta kilos. Un batón naranja, adornado con profusión de margaritas blancas, se aventuraba infructuosamente en cubrirle los tobillos mofletudos.
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En determinado momento pasó una mano por su frente y la limpió de sudor. Gotas del tamaño de uvas rodaron y al precipitarse a la vereda, se evaporaban al instante... También, bajo ese sol rajante era una imprudencia caminar por dicha vereda. De pronto, comprendió que por allí aumentaría su agonía. Dirigió entonces una mirada penetrante en mi dirección y cruzó la calle, en busca del resguardo de los naranjos silvestres, que otorgaban algo de sombra fresca y generaban una tenue brisa.
Se encontraba ya como a veinte metros. Disminuí mi propio ritmo de marcha; de por sí bastante lerdo, para regalarme la oportunidad de examinarla a gusto. Nuestras miradas se cruzaron y percibí una sensación extraña. Ella, pudorosa, bajó de inmediato la mirada, pero la reconocí en el acto. Esa mujer no era otra que Clarita. Cómo olvidarme de ella, si fue la primera novia que tuve a los dieciséis años.
Efectué un enorme esfuerzo mental. La memoria no me fue suficiente. Recurrí entonces al auxilio de la fantasía. Adelgacé más de cien kilos de su cuerpo y resté cincuenta años de su espalda. Ahora sí apareció ella. La que recordé siempre; la belleza que hizo latir desaforadamente todos mis motores. Lucía brillantes ojillos verdes y un talle escaso, que podía abrazar cualquier espagueti, de los que mi madre servía los domingos al mediodía. Por Jesucristo, me entretuve como dos años hurgando a destajo entre sus curvas, absolutamente turulato por ella y de no ser por la conscripción, quién sabe el rumbo que habría tomado mi vida. Me tocó Marina y permanecí dos años embarcado y ausente del pueblo. Mis padres se mudaron a la Capital y allí los seguí cuando terminó mi Servicio. Así transcurrió mi vida hasta ahora.
Los estudios y el trabajo cubrieron con cenizas de olvido los años mozos. A fuerza de ser sincero, debo confesar que también contribuyó la experiencia con otras curvas femeninas. Eso sí, de a una por vez, lo que cortó abruptamente el hilo del recuerdo adolescente. Jamás regresé al pueblo hasta ahora. Razones de fuerza mayor me han obligado a tomar la importante decisión del retorno.
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Un enjambre de añoranzas acudió a mi memoria. Recordé caricias robadas; los besos furtivos; el pañuelo bailando en la ventana del fondo de su casa. El mismo que avisaba alegremente del profundo sueño de los padres; mi mano nerviosa explorando los jugos de su carne fresca; nuestra primera vez, también todas las demás. Hasta la última. Ocurrió en vísperas de mi partida a Puerto Belgrano. La noche nos sorprendió abrazados bajo un álamo comprensivo en el camino del lago. Tenía lágrimas tibias prendidas como jazmines de nácar en la cara. Creo que intuyó la prolongada ausencia. Yo la alcé en mis brazos y le juré amor eterno y además, sin límites; tal como correspondía. El juramento se rompió en mil pedazos, que los duendes de la noche no se preocuparon siquiera por reunir. Se disolvió como las estrellas, que al amanecer visitan otros mundos y atestiguan juramentos idénticos de enamorados distintos. Y la Tierra continuó rodando, rodando... Como siempre lo ha hecho.
A veces pienso que la mentira es el motor de todas las cosas. Es más, no concibo el mundo sin auxilio de la mentira; se trataría entonces de un sitio utópico. Las relaciones humanas serían imposibles sin la ilusión que proporciona la mentira. La mentira nos ayuda a vivir, a trabajar, a sufrir, a comprar la publicidad, a amar decentemente a esposas decentes en camas decentes. También a tener hijos decentes. Y ¿ Por qué no ? A morir con decencia.
Clarita se hallaba ahora como a diez metros. No hizo gesto alguno de reconocimiento, y a qué negarlo, yo tampoco me atreví al menor indicio. Sus ojos continuaban siendo verdes, pero carecían del brillo que recordaba. Muchacha de pueblo, dirigió su mirada al piso al cruzar a un desconocido. Vaya uno a saber por qué ley no escrita, al cruzarse con un hombre las niñas no deben alzar la vista. Cuando en verdad, por allí no circula el pecado original del esperma, ni mucho menos de su circunstancia.
A los quince años Clarita flirteaba con un mocoso algo lelo, rubio y de cara linda pero de conversación sosa. Su pecado de gula era tratar de engullir ese postre suculento. Empero ese era un plato sólo para entendidos; para un gourmet hecho y derecho. Tal fue mi suerte y no me costó poco. Debí amolar durante seis meses con entremeses y tentempiés, antes de llegar al platillo principal. Claro que valió la pena Clarita.
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Cuando ella le comunicó que noviaba conmigo, al fulano le atacó una depresión de las gordas. Hasta llegó a intoxicarse con veneno para ratas. Cuando empezó a perder el pelo, del dispensario del pueblo le derivaron a un Hospital de la ciudad y de allí salió con vida por milagro, pero nunca volvió a ser el mismo. Quedó con la polaridad invertida de las neuronas, y destruyó el diploma de varios psiquíatras en un largo tránsito a la locura.
Así sucedieron las cosas, es lo que buenamente recuerdo.
Empero no quedaba mucho tiempo. Clarita ya se encontraba a dos metros, bamboleando senos con caderas. Tenía la oportunidad de hablarle para confiarle las cosas que me habían sucedido. En fin, para expresarle lo que nunca le confesé; que la había extrañado; que me perdonara los silencios; que la vida tiene ciertas cosas que no pueden ser explicadas; que tuve a cien mujeres, pero a ninguna como ella; que mientras las amaba, en realidad era a ella a quien besaba en labio ajeno; que su recuerdo me roía las tripas del alma y finalmente; que no me había casado, porque ninguna me amó tanto como ella.
Quien sabe, quizás al final me animaría a referirle el terrible secreto que me avergonzaba; Sí... ¿Quién sabe ?... Quizás le confesaría que la amé callado y en silencio toda mi vida. Que patatín, que patatán. Bah... Los años me concedieron mucho verso, pero muy escasa poesía.
Me refrené en el acto. Habían trascurrido cincuenta años desde nuestra despedida en esa noche sin luna; iluminada por un millón de estrellas curiosas, testigos mudos del juramento juvenil. El tiempo la había transformado; no era ahora la misma que conocí. A pesar de que su rostro no mostraba una sola arruga, el lunar reposaba como esperando la consabida caricia en el sitio del mordisco acostumbrado. Por un instante, me afloró cierta curiosidad por averiguar lo que había vivido en todos y cada uno de los cincuenta años, en que no nos besamos, ni nos abrazamos, y en los que tampoco recorrimos juntos el camino del lago; protegidos como antes por la sombra cómplice de cien álamos erectos. Pensé también qué hubiera sucedido, si el azar del sorteo me hubiera premiado con un número bajo, exceptuando mi obligación de servicio.
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La realidad nos golpea duro en la frente con el martillo de su impiedad. Empero callé. Juro que entreabrí la boca cuando pasó a mi lado; mas ninguna palabra se atrevió a exceder de ese límite. Sentí vergüenza. La cobardía es la defensa con que fuimos dotados los débiles para digerir las cosas indigestas.
Una imagen volvía y volvía, y volvía a volver hiriendo mi conciencia. Era el rostro de Clarita; empapado de lágrimas en esa última cita nocturna. No había luna, pero las estrellas refractaban chispas del lucero y astillaban cada una de esas gotas de amor, mientras me susurraba con su carita boba de enamorada —“Te amo, te voy a amar hasta que muera”.
Desconfíen ustedes si la mujer que aman no pone en ese momento cara de boba. Es seguro que miente. Busquen otro puerto donde amarrar el bergantín. Me costó mucho tiempo hacer esta experiencia en cien camas ajenas. Y es cierto eso de que el diablo sabe más por viejo que por diablo.
Clarita ya me cruzó. No me di vuelta ni una sola vez, aunque me moría de ganas. En una oportunidad le escuché decir a un escritor amigo: “La vida es como un esputo, que a veces no hay más remedio que tragar”. Cuanta razón tenía el maldito, muy a pesar mío lo estaba comprobando y en carne propia.
La novela de la vida tiene estas cosas. Empuñé de nuevo el bastón, para ingresar lentamente y con paso tartamudo al el Banco Cooperativo y me ubiqué trabajosamente en la fila de la Caja, haciendo el turno respectivo detrás de la caña de mi bastón.
El tiempo peca sólo de justo y corre lo mismo para todos; a la misma velocidad en el reloj del rico que en el del pobre. Iguala a todos con el mismo rasero; le resta veinticuatro horas de vida a cada alma que sobrevive un día.
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Mi tiempo también había transcurrido, tanto como el de ella. No era ya el muchachón robusto, de risa fácil y jopo alegre tumbado al costado de la frente. Mucha agua corrió por mi alma royendo las orillas y erosionando mil sentires. Acababa de cumplir 66 años; la diabetes me mordía el páncreas; debía tomar veinte pastillas al día para controlarme la presión, las coronarias, los gases de la digestión y otro par de insultos médicos; sin contar la gota que me impedía caminar buenamente. Fue por eso, que apenas me jubilé, decidí retornar al pueblo donde había nacido; en la esperanza de que su aire pletórico de oxígeno puro; ese que ya no existe en la Capital, me ayudara a superar las torturas del recuerdo.
Habían transcurrido escasas horas desde mi regreso y sentía ya una extraña mejoría. Retornaron olores y sabores perdidos. El inevitable progreso había modificado muchas cosas; pero lo más importante, la esencia, estaba presente ¿ Quién podría definirla ? Sin embargo logré percibirla enseguida. Era como retornar a la fuente de la que nunca debí dejar de beber. Eso mismo escuché en el susurrante canto de las calandrias, que por la mañana me despertaron gozosas con su arrullo. La tradición afirma que ellas jamás le mienten a quien sabe escucharlas.
El empleado de la Caja se comportó con exquisita amabilidad.
—Bienvenido señor López. Todos los meses, a partir de ahora, puede percibir su jubilación aquí mismo. Los trámites ya están cumplidos. Buena suerte.
Al salir del Banco me crucé a la vereda de enfrente. El sol continuaba despilfarrando virilidad. Pobrecillo... Ignora que en escasos millones de años, también él vivirá de recuerdos. Como yo; que por más que trato de fijar la atención en mil pavadas dispersas, no logro expulsar de mi mente cierta imagen grabada a fuego. Sí... Si no lo adivinan, les voy a brindar un poco de ayuda. Es la de Clarita, que con su boba carita de enamorada; buscándome el alma, me contempla directamente a los ojos, con sus ojazos verdes encendidos en una noche de lágrimas estrelladas y me susurra mil veces al oído “Te amo... Te voy a amar hasta que muera”.
Por eso regresé en realidad. Para hacerle cumplir esa promesa o morir en el intento. Una promesa es una promesa.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
LA MISIÓN DE TOMÁS
 
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Me llamo Tomás. Acuso ocho años de edad, nací en este bello país y todas las mañanas agradezco a Dios por la vida que me dio. Mi madre me enseñó desde la teta a ser agradecido. Eso y no morder la mano que nos brinda el alimento, han sido los primeros dogmas que me fueron inculcados.
Si yo fuera un repollo, mi edad sería excesiva y con seguridad estaría putrefacto y desintegrado de tan anciano. Si fuera un loro de esos que viven cien años, aún sería un bebé. Si fuera una montaña, se podría decir que habría nacido hace un par de segundos. Si fuera un automóvil, con los ocho años que tengo ahora, ya me encontraría prácticamente amortizado.
Como en realidad soy un perro, puedo expresar que tengo la edad justa para confiarles dos verdades; en la esperanza de que comprendan un par de cosas, pues aunque no lo crean posible, lo real supera en importancia a lo aparente y siempre es conveniente tener en consideración otro punto de vista distinto al de uno mismo. Cuando menos, para ser comparados y extraer alguna conclusión que sirva de provecho.
Si les parece bien, me pueden llamar Tom... Ese es el nombre con el que me conocen mis humanos. Son cuatro; a saber, Ricardo, el hombre de la casa, al que tengo muy avanzado en el aprendizaje y que me acaricia y rasca la cabeza con cierta gracia. Su esposa Adriana... Mmhm... Todavía le hace falta ejercitar un poco el arte de la convivencia, aún se enfada mucho cuando mudo de pelaje, pero creo que logrará mejorar si le dedico algo más de tiempo. Luego están Germán, de 9 añitos y Candela de siete. Ambos son una maravilla. Educarles me brinda placer y seguramente serán humanos de provecho. Entre juego y juego, descubren el carozo de mis enseñanzas. Todo niño debiera ser educado por un perro.
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Vamos a colocar de entrada las cosas en claro. Yo no soy SU perro; es decir NO pertenezco a ellos. En cambio, ellos son MIS humanos ¿Captan la sutil diferencia? La realidad ignorada por MIS humanos, es que ellos se encuentran a MI cargo, bajo MI responsabilidad y tutela, y sujetos a MI vigilancia y docencia. Como se darán cuenta, esto modifica bastante la relación. No es lo mismo ser maestro que aprendiz; dueño que sirviente; o si lo prefieren por razones gramaticales; YO señalo las normas, imparto las enseñanzas y ellos debieran hacer lo imposible para comprenderlas y seguirlas al pié de la letra para progresar del modo adecuado. Este es el mandato que recibí, cuando fui enviado a misionar en esta casa.
Como eso no sucede con frecuencia. Es decir, no respetan ni comprenden mis indicaciones; mi principal tarea es educarlos con toda la paciencia posible y repetirles las cosas una y mil veces, para que aprendan correctamente y modifiquen alguno de los horrendos hábitos que han adquirido y que les conducen a vivir en el craso error de la ignorancia.
Por favor... No dibujen esas caras de incredulidad... ¿Es que nunca oyeron a un perro parlante ?... Para que sepan, los perros entendemos el idioma de los humanos. Los que no entienden nuestra lengua son ustedes. Así que ya existe un punto en que los perros estamos en ventaja. Lo que al mismo tiempo, explica el por qué no nos escuchan.
¿ Cómo ? ¿ Que así no vale ? Permítanme darles una pequeña clase instructiva para que se merienden de cómo es el asunto. También nosotros somos seres vivientes, al igual que los humanos y también son seres vivos los elefantes, marsopas y monos; sólo que con estos últimos, el Creador casi se lleva un chasco. No conozco a fondo todos los detalles, pero por lo que se conmemora en nuestra tradición; a un tal Darwin se le ocurrió la absurda idea de que el hombre desciende del mono. ¡ Qué ridícula estupidez...! La verdad es exactamente la contraria. El mono es quien desciende del hombre. En otras palabras; el eslabón evolucionado es el mono ¿ Qué tal ?
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¿ Qué eso es una barbaridad ? No lo crean. Los simios primitivos del Edén constituyeron un caso aparte. Siguieron otra línea evolutiva diferente; ellos no quisieron descender a hombres y permanecieron encima del árbol de lo más tranquilos; gozando desde entonces el placer de la libertad que les fue negada a los humanos. Ese era el privilegio previsto para los humanos, pero ustedes lo perdieron tontamente.
¿Quién ganó en el cambio ? Les facilito la respuesta; no contesten ustedes mismos, pregunten su opinión a los monos ¿ Cómo... Que nadie ha logrado hablar con los monos ? ¿Ven...? Es muy simple, ahí tienen otra muestra de inferioridad genética. Ustedes solamente oyen lo que desean escuchar... Pero basta ya... No me interrumpan tanto.
Los monos no pagan impuestos, ni alquiler, ni ropa, ni comida, ni se embargan en cuotas. Tampoco existen monas prostitutas. No saben lo que es un cheque, o una tarjeta de crédito, y sobre todo no tienen la más remota idea de lo que es el dinero o lo que significa. Y les dejo lo mejor para el final. Ignoran lo que es el trabajo y el sudor que produce ¿Saben por qué es así? ¡No me digan que nó !... ¿No recuerdan la catilinaria bíblica? Allí está muy claro eso de “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, y “Darás a luz con dolor”. Flor de Decretazo se mandó el que les dije. Con el Jefe no se juega ¿No se han percatado, que desde ese mismo momento ustedes deben trabajar para sudar, vivir y sufrir la horrible gama del dolor psíquico, físico y moral ? No me digan que no han captado concepto tan simple, que es esencial en la vida de este universo. Porque hay otros mundos en otras realidades, donde ustedes desempeñan el papel de nuestras mascotas preferidas. Cosa muy justa por otra parte pues equilibra la balanza de los merecimientos.
Ninguno de esos castigos nos fue adjudicado. ¿ Saben por qué los perros no sudamos? No sudamos porque no es preciso que trabajemos para ganar nuestro pan. Somos como los monos, ellos tienen la comida al alcance de la mano. Comen cuando quieren. Follan a su antojo y sólo cuando les viene la real gana. Duermen todo el tiempo que apetecen y se pasan el día retozando de rama en rama, en los juegos más divertidos que existen y que no gustan compartir con los humanos.
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¿ Ustedes saben guardar un secreto ? Bueno... Yo también, pero dispongo de la necesaria autorización del Jefe para revelárselo. En la práctica nos está prohibido hablar del tema; pero aquí entre nosotros y en confianza, les puedo manifestar que; cuando en nuestra vida canina nos comportamos correctamente, recibimos distintos premios de acuerdo al mérito alcanzado en la educación del humano. ¿ Saben cuál es el máximo galardón al que todos aspiramos con afán? Pues bien, acerquen sus orejas, ya que se los debo confesar en voz baja. Nadie debe oír esto. El premio de los premios es regresar en la siguiente vida como... Un mono. ¿Qué les parece ? ¿ No es algo sensacional ?
Dice nuestra filosofía que cuando los perros abandonamos este mundo, muchos de los que no guardaron el comportamiento adecuado y transgredieron nuestros mandamientos ¿Qué se pensaron ? ¡ Nosotros también los tenemos ! Bueno... Como les iba diciendo, cuando alguno de los nuestros no se comporta en la vida como es debido, al poco tiempo regresa, pero con un alma humana. Eso está considerado como el peor castigo que se le puede inferir a un can; indudablemente el ser más noble de la Creación. Deben saber que contamos con bastantes mártires, pues ciertos hombres de poco seso nos consideran indispensable comida sabrosa. No es por alabarnos pero, por propias virtudes, nos encontramos muy por delante de todo el complejo mundo animal; excepción hecha, por supuesto, de los monos...
¿ Qué significan esos gestos de duda ? ¿ Acaso no me creen ? ¡Traten de desmentirme si pueden ! ¿ No inventaron ustedes la inquisición... La esclavitud... O la jornada de trabajo de catorce horas... O la silla eléctrica... O la discriminación racial ? Desnuden su conciencia de los calzones de la hipocresía; otra exclusiva virtud humana, y contesten sólo con el corazón ¿Cuál es la única especie viviente que mata por matar, y sin la menor necesidad. No para subsistir, sino por el mero placer de exterminar al prójimo; inclusive con el sombrío condimento del sadismo ? Allí tienen otra virtud propia de vuestro género. No se expriman demasiado el cerebelo. Los únicos seres de la Creación que practican ese aberrante deporte, son ustedes. Sus guerras y genocidios constituyen la vergüenza del Universo. No se los reprocho porque no soy el juez indicado. Pero deben enterarse que ese es uno de los motivos por los que el Creador les impuso nuestra tutela.
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La tarea que nos ha confiado es ardua y demasiado ingrata. Tratamos de cumplirla a conciencia, aunque a veces nos lleva toda una vida modificar el carácter de un humano gruñón; en general logramos dulcificarle lo suficiente, para que llegue a aprender buenos modales y convivir con el prójimo. Ese es nuestro mejor aliciente... Cuando obtenemos un cierto avance humano en el camino espiritual. Y es allí de ese modo que encontramos la motivación para persistir en el intento.
¿ Que ustedes son más inteligentes que nosotros ? Por mil diablos y Lulú ¿Quién les ha introducido en el cacumen esa absurda falsedad ideológica ? Un heroico ancestro mío conoció a Pavlov. Se trataba de un científico ruso que; según él, descubrió los mecanismos de lo que denominó acto reflejo condicionado. Opinaba que ante la vista de una chuleta, mi antepasado aumentaba la cantidad de baba... Bah... De saliva. Creía ciegamente que en cada oportunidad que le exhibía una jugosa chuleta a punto medio, existía un complejo circuito nervioso que le estimulaba las glándulas salivales, y activaba su secreción. Entonces se le ocurrió añadir un sonido para reemplazar la visión de la carne. El pobre Pavlov murió pensando que había logrado un descubrimiento trascendente, y es una verdadera broma que por semejante pavada le concedieran el premio Nóbel. La realidad aparente; como siempre ocurre, es absolutamente contraria de la realidad real. Según la antigua tradición oral, que ha llegado a mis oídos de fuente inobjetable, cada vez que mi perro prócer sentía hambre, fabricaba excedente de baba, bah... De saliva, y con ese simpático y disimulado gesto adiestró a Pavlov; condicionándole para que le ofreciera sabrosas chuletas. Si habrá manducado chuletas a costilla del ingenuo científico ¿Quién fue el más inteligente en la verdadera historia ? Extraigan ustedes su propia conclusión.
¿ Que tampoco me creen ? Allá ustedes, se pierden de una magnífica oportunidad para aumentar su caudal de conocimientos. Yo... A ver la hora... Sí... Mmhm... Dentro de cinco minutos debo mantener un coloquio personal con Lulú, sobre intercambio de jugos en el árbol de la esquina. Traten de no interrumpirme porque me falta agregar algo. El tiempo se nos escapa y no saben lo puntillosa que es Lulú con el horario.
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Como iba diciendo. He sido comisionado por los duendes. Antes que interrumpan, les voy a revelar que nosotros les contemplamos desde siempre; en especial donde existe mucho verde de plantas y flores. Claro está que muy pocos de ustedes se hallan capacitados para percibirles. Eso sucede porque no son tan puros de esencia como nosotros. Se trata de unos enanitos laboriosos y encantadores. Bueno... También estamos en contacto con el resto de los espíritus elementales, pero eso no viene al caso. El Rey de los duendes, o gnomos si lo prefieren, recibió de la Jerarquía la misión de contactarse con ustedes, para entregarles un último mensaje. Como no encontró los canales adecuados, fui comisionado en su lugar para reemplazarle, y por Ley no puedo negarme a una solicitud formal de ese tipo. Presten la debida atención, porque no lo repetiré.
La obligación canina es la de transmitirles nuestras virtudes fundamentales; agradecimiento eterno; amistad desinteresada; fidelidad hasta la muerte; respeto a maestros y discípulos. A ofrecer, como nosotros, la otra mejilla cuando nos ofenden; resignación, a veces confundida por ustedes como esclavitud; querer lo que se tiene por poco que sea, aunque no tengan todo lo que quieren. Dejo un párrafo especial para el amor. Se trata de un sentimiento increíble, que posee incontable cantidad de escalones. Existe el afecto; el cariño; la amistad; el compañerismo; la caridad; la lealtad; la fidelidad; el sentimiento hacia los padres, hijos, hermanos, vecinos y tantos otros... Sí... No se apresuren... Incluyendo el amor sexual; quizás el menos significativo y de importancia relativa. Todo lo que se halla relacionado con el amor al prójimo, posee importancia capital y es fundamental para el avance y progreso en la evolución.
El Jefe está cansándose de ustedes, su infinita paciencia está a punto de agotarse. Tan sólo su inmensa piedad sostiene a este universo, pendiente de un pelo de su compasión. No abusen de la buena suerte que han disfrutado hasta ahora. Su equipo de asesores ya le bajó el dedo a la humanidad; consideran que la actual creación ha agotado todas las oportunidades de progreso que le fueron ofrecidas. Él opina distinto, siempre concede una oportunidad extra. Es inconcebible que no hayan hecho caso de las enseñanzas de los muchos maestros que les fueron enviados. Sólo quedamos nosotros; los canes, como último recurso. Oigan... Porque ustedes no acostumbran oír todo lo que escuchan.
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El mandato es corto: AMEN, AMEN Y AMEN al prójimo con todos los grados de AMOR, que recibieron como herencia divina. Se trata de una energía positiva muy contagiosa y su efecto es realmente milagroso. Donde hay amor no puede existir el mal, ni su amargo cortejo de sentimientos negativos. Se trata de la última admonición y esta vez va en serio. Conocemos muy bien cuando el Jefe engola el vozarrón; el mismo que solía emplear en el Antiguo Testamento. El plazo acordado es corto. Disponen nada más que de cien años para el cambio.
Por favor, presten la debida atención, porque lo que suceda con ustedes repercutirá en el resto del Cosmos. El movimiento de un sólo átomo, una luz o un sonido cualquiera, provocan respuestas cuyas consecuencias se irradian a todo el Universo. No olviden que el universo es un holograma ¿Todavía no se han percatado de esa obviedad ? Si aprenden bien la lección y hacen los suficientes méritos, pueden aspirar para ascender a Mono... Igual que nosotros.
Ahora sí... Adiós... Lulú me espera y es de pocas pulgas.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
EL INCREÍBLE REGALO DE CUMPLEAÑOS DE JOSÉ BISIESTO.
 
Hoy es primero de marzo. Un día especial; se trata de mi cumpleaños, o al menos eso creo, aunque en realidad no estoy totalmente seguro. Desnudo en el baño, concluí mi diaria afeitada al enjuagar mis mejillas con energía. Un día tan particular merecía la rociada extra de colonia con que castigué mi cara; una cara cruel que desde el espejo me observaba desorbitada por la sorpresa. Maldita sea mi barba, todos los días debía rasurarla sin falta; en ocasiones hasta dos veces. La marrana prosperaba indómita y salvaje, sin importarle un comino de las molestias que le ocasionaba al dueño. En más de una oportunidad me atreví a reprocharle a Dios por la provisión de algo tan superfluo. Supongo que lo habrá hecho para equilibrar dones con las molestias femeninas; pero por Cristo... El suplicio que nos infligió representa un duro impuesto, que se paga a diario desde que el hombre es hombre. Precisamente desde que se le hinchan las amígdalas de la bodega inferior. En fin...
Contemplé la imagen del espejo, que impertérrito me devolvió la curiosidad intacta recibida y descargué entonces el par de angustias que suelen atormentarme.
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Me considero un perdedor diplomado en toda la regla. Acabo de cumplir cincuenta años y no logré hacer nada de mi vida. Duré más que viví. Estoy sólo, no tengo familia ni amigos que me amolen. Es más, ni siquiera he logrado conseguir un perro que me ladre. Compré uno hace años, pero el pobre cachafaz se murió a la semana de tristeza. No le creí ni pizca al veterinario, cuando me susurró que se trataba de un virus. Macanas... Se fue para no aguantar a un idiota de mi calibre. No me obsequió el destino ni un solo átomo de suerte con las mujeres; las que me agradaron no me dieron corte y las que me buscaron, encontraron el objeto de su deseo en el bolsillo derecho de mi pantalón; allí es donde duerme mi billetera.
A mi padre no lo conocí, mi madre me crió a los coscorrones y cuando cumplí los dieciséis, la pobrecilla se murió de puro aburrida, dejando librada al mundo la condena de hastiarse conmigo. No consideró justo cargar ella sola con tamaño peso sin compartirlo.
Así es mi vida. Un fracaso total; en ocasiones, al recorrer la avenida, observo el pavimento y no me causa sorpresa notar que ni la sombra me persigue, y no me van a decir ustedes que se debe a que el sol está justo encima de mí. No... ¡ Qué va...! El muy latoso también se hartó de desperdiciar luz y calor conmigo. De este punto estoy absolutamente convencido, lo tengo muy en claro.
Pero hoy es un día tan particular, que me permito la libertad de esbozar una sonrisa. Eh... Tú... No sonrías demasiado que no existen motivos; no es para tanto. En realidad he naufragado a menudo en el océano de las dudas. Nunca supe con certeza si hoy es concretamente el día de mi cumpleaños. Nací un veintinueve de febrero, Sí... No se desternillen... Tuve la terrible desgracia de nacer en uno de esos malditos años bisiestos, los del múltiplo de cuatro. No dispongo de fecha justa, pues de niño los festejaba en ocasiones el veintiocho de febrero, y otras veces el primero de marzo. He leído bastante sobre el tema; artículos con mucho seso, que básicamente confirmaban que debía celebrarlo el último día de febrero. Otros también, se oponían con argumentos irrefutables y contundentes, proponían el festejo para el minuto siguiente de dar las consabidas campanadas de las doce, en la noche del veintiocho de febrero.
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Claro está que en tal caso, al levantar la copa de sidra y brindar en soledad, entrechocándola con la botella sudorosa; echaba un vistazo al almanaque y ya era primero de marzo. La única oportunidad de festejo cabal, se me ofrecía cada cuatro años, por ese motivo todo el mundo me conoce como José bisiesto. Nunca me llamó nadie por mi nombre completo: José López y López. Minga de nombre y apellidos de alcurnia que me echaron en el bautismo. No es redundante confesar que luego de acto tan trascendente, pesqué una sinusitis. Algún modesto costo hay que pagar, para sacar el pasaporte al pedazo de cielo que colonizan los cristianos
En fin... Eh tú, Sí... Tú, el del espejo... ¿ Por qué te sonríes tan estúpidamente ? No hay nada de que alegrarse, la vida es una completa bosta ¿No percibes su mal olor? Si hasta posee mal color y seguramente tendrá también pésimo sabor; el mismo de aquel nefasto día en que aterricé en este mundo ¿Quién me pidió algún consentimiento? Mejor me hubiera quedado en el lugar donde estaba. Allí, de seguro seguiría flotando feliz, montado en mi hermosa nube rosada, y convenientemente atareado en la agradable faena de despiojarme las alas de rocío celeste.
Es probable que algún envidioso de mi fortuna haya arreglado los papeles, para expulsarme a puntapiés del cómodo espacio que disponía allí. Parece que siempre sucede lo mismo; la envidia es el gusano de todas las frutas y se ha convertido en peste universal. Quitando a Dios del medio; por razones teológicas, todo habitante del mundo conocido la padece en concentración variable. Parece mentira pero me pongo frenético, cuando observo que alguien envidia malamente aquello que otro supo conseguir por las suyas. Se trata de algo superior a mis fuerzas.
Me retiré del baño, luego de alisar con la mano los siete pelos húmedos aún del champú; lo acostumbro utilizar en exceso, para compensar el escaso taparrabo de mi mollera, y me calcé el mismo pantalón y camisa de todas las jornadas. Para variar, en día tan especial me anudé al cuello una corbata roja con pececillos amarillos.
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Bebí de un trago el café cargado, sin reparar en el cuarto desarreglado ni en las manchas de humedad de las paredes, y descendí resignado los dos pisos del inmundo inquilinato. En el pasillo de la planta baja me topé con Belén; la vieja encargada del edificio, que cumplía su obligación del barrido diario. Ella se ocupaba también del aseo de mi cuarto por unos pocos pesos.
—Doña Belén, fíjese si puede zurcir la sábana rota que dejé sobre la silla... Por casualidad ¿Ha llegado hoy la correspondencia ?
—Todavía no hay noticias del cartero.
Se corrió hasta la fila de buzones y examinó el que me correspondía, a través de un vidrio enfermo de mugre crónica.
—No se nota nada, quizás mañana ¿ Esperaba alguna carta ?
—No, doña... Hasta luego.
Casi nunca recibía correspondencia, pero todos los días le hacía la misma pregunta rutinaria. Maldita sea mi necesidad de mendigar un poco de conversación.
Marché a paso vivo para cumplir con la tarea cotidiana. El trabajo es un pecado sagrado e inevitable, que todos debemos cometer en esta vida con diaria reiteración. Hasta existen individuos que mueren de tanto pecar. Allá ellos... Es preferible pecar, pero con la adecuada mesura.
El humor de perros no me había abandonado. Mientras transitaba con largas zancadas, el subconsciente me atormentaba con funesta complacencia. Se trata de otro maldito parásito de mi mente, a quien no atinaba a darle su merecido y confinarlo a golpes en el sitio que le correspondía; el desván del olvido, donde envejecen las cosas inservibles y fuera de uso. Y de qué forma ese cretino conocía mis puntos débiles, para burlarse de mí y exponerme siempre en ridículo frente los demás.
Mucha gente deambulaba apresurada para llegar al trabajo a tiempo. De pronto... Maldición... Atiné a dar un paso al costado para esquivar a una gorda. La mujerona avanzaba como un navío de guerra; enarbolando senos monumentales que le abrían paso contundente a través del tráfico. Justamente allí, se hallaba ubicada una escalera abierta y encima de ella; un pintor de brocha gorda enchastraba con cal un muro. Incliné un poco la cabeza y logré atravesarla por debajo con lo justo. Recién entonces me percaté de la barbaridad que había consumado.
—¡ Qué joder ! Trae mala suerte pasar debajo de una escalera.
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No había concluido la imprecación anterior, cuando al adelantar mi pié derecho percibí una perdigonada de crujidos. Contemplé el piso y descubrí horrorizado todos y cada uno de los mil pedazos de un espejo hecho añicos.
—¿ Pero a quién se le ocurre apoyar un espejo en la vereda ? Es propio de locos.
Decididamente se trataba de un pésimo día.
Cómo no iba a ser malo si era justamente el de mi cumpleaños.
Era altamente razonable esperar que ocurriera esta seguidilla de sucesos. Es más; diría que constituía un hecho absolutamente normal. Debí permanecer recluido en casa y ya lamentaba mi optimismo apresurado al pensar en una jornada igual que las demás. Bien sabía por experiencia acumulada, que en estas ocasiones debía enclaustrarme sin chistar, para no incomodar a nadie. El resto del mundo no tenía la menor culpa de que José bisiesto cumpliera años.
Ya faltaba poco para llegar a la oficina. Continuaba extraviado en el molino de mis pensamientos, cuando de repente me afloró la ocurrencia fatal.
—Lo único que falta para malograr el día por completo, es que se me cruce un gat...
No había concluido de hilvanar la frase, cuando un enorme gatazo negro, de pelaje indudablemente electrizado; se precipitó desde lo alto de un ventanal, rozó la punta de mi nariz y antes de caer bien parado en la vereda, me efectuó una moderada transfusión de piojos. El muy marrano había errado el zarpazo a un gorrión anémico, que levantó raudo vuelo con una migaja de pan en el pico; pero yo resulté revolcando mi ofendida humanidad en unas baldosas recién baldeadas con abundante lavandina.
Esa fue la gota que colmó mi vaso de paciencia. Incorporé mi castigada humanidad, sacudí un poco la osamenta para lubricar las articulaciones, me masajeé las rodillas, y por supuesto exploté... Como de rigor correspondía.
—Otro mal día, maldición y remaldición. Atravesé por debajo una escalera abierta, rompí un espejo y encima un gato negro se cruza en mi camino. Una sola de estos maleficios puede arruinarle un montón de años a cualquiera. Pero a mí me suceden nada menos que los tres juntos y en menos de cinco minutos. Maldigo con malditas remaldiciones a quien escribió el libreto de mi destino.
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Continué así por un buen rato. Eso es lo que tiene de bueno despotricar; uno se descarga y de ese modo es más difícil que sobrevenga una embolia o un infarto cardíaco; que para el caso da lo mismo, ya que es lo único que varía en las estadísticas de defunción.
Al rato, y más calmado, me dispuse a ingresar en el edificio de oficinas, donde me aguardaba la fajina diaria. Fue entonces que reparé en el nuevo quiosco que habían instalado, a un costado de la entrada principal.
Loto, Prode, Quiniela y Quini 6. Eso mismo afirmaba el cartelito pegado al vidrio, en letras rojas, enormes y muy llamativas. Más destacado era el título que estaban adhiriendo con pegamento, allí se leía: Nueva Agencia “El Regalo de la Buena Suerte”.
Entré con toda la decisión que pudo proporcionarme mi enorme indecisión y pasando por alto la extrañeza del empleado, que examinaba obsesionado los pescaditos de mi corbata, le espeté a boca de jarro.
—Quiero comprar un entero de la lotería.
El empleado señaló con el índice el amplio escaparate, donde reposaban largas tiras de números multicolores.
—Elija el que más le agrade.
—En realidad no me agrada ninguno... Búsqueme usted uno cualquiera, me da lo mismo.
El empleaducho cerró los ojos con expresión convencida; convencida por supuesto de encontrarse enfrente de un perfecto idiota. Y yo no era quien para contradecirlo. Reparé que no apartaba la mirada de mi ropa, donde habían aparecido los lamparones blancos de la lavandina, al desteñir con celeridad la tela.
Tomé el entero de lotería y mientras abonaba el importe de mi propio regalo de cumpleaños, se me ocurrió estudiar el número de mi probable suerte. Era el 5013. Muy justo, cumplía cincuenta años y el trece es el número de la yeta, la mala suerte. Nada más acertado que eso. Poseía en mis manos lo que merecía con justicia.
Fue el preciso instante del momento fatal, ese minúsculo minuto de debilidad del que nadie está exento; en especial alguien como yo, el emperador de los fracasados.
—Espere señor... Quisiera realizar además una jugada al loto.
—Bueno, elija seis números, del 0 al 45.
Lo contemplé dubitativo, pero estaba decidido a no escatimar con mi presente de cumpleaños.
—A ver, hoy es un día innegablemente nefasto, marque el 17 que es la desgracia. En realidad hoy me atacaron tres desgracias; así que anote el 03. La escalera creo que no tiene cifra, pero... ¿ Qué número corresponde al gato ?
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—Es el 05, señor. —Respondió el tipejo, mientras sonreía con inocultable sorna.
—Póngalo, como cumplo años legítimos cada cuatro años, añada también el 04.
—Le restan dos.
Pensé poco, le miré fijo y solté mi cifra preferida como un escupitajo.
—El número que me identifica es el de la eterna mala leche; elijo también el maloliente 13.
A esta altura, intuí que el empleado me consideraba con toneladas de antipatía. Los escogidos eran números horrendos. Dibujó una sonrisa estrecha y comentó con cinismo.
—La corbata que lleva puesta es un poema ¿ Por qué no le juega al 19 que es el pescadito ?
—Correcto, ese será el último número de mi apuesta.
No hice caso de su intención. Nada que dijera podía deprimir más mi estado de ánimo, puesto que eso es un imposible. Uno no puede derrumbarse más abajo que hasta el piso, y por otra parte; esa era precisamente la ubicación permanente de mi alicaída autoestima.
El reloj señalaba las ocho. No había gente esperando el ascensor. Resignado, ingresé a las oficinas de Pérez García y Compañía, marqué la tarjeta de asistencia y saludé a la telefonista.
—Buenos días, Beatriz ¿ Qué hay de nuevo ?
Se trataba de una mujer madura y regordeta, de pelo corto y castaño que enmarcaba una sonriente cara de luna llena, pero con ojazos de poco brillo. Luchaba a brazo partido con el conmutador, pasando y recibiendo llamadas de las oficinas internas. Cubrió con su mano el auricular y me sonrió dulcemente.
—Feliz cumpleaños José, no pensará que me olvidé de su día.
Me alegró ese gesto de afecto. No lo esperaba y realmente me conmovió hasta las tripas. Aparte de doña Belén, Beatriz era la única que no me llamaba “bisiesto”. Le miré agradecido. Ella había recibido mi solicitud de empleo y la fecha de nacimiento le había quedado grabada por lo insólita.
—Bah... Es un día como todos, absolutamente prescindible. Todos los días son igualmente malos.
—No sea tan pesimista, lo que le hace falta es una mujer que le levante el ánimo... Y otras cosas también...
Sonreía con picardía ¿ Qué podía saber ella de mi vida de alcachofa?
—De todos modos gracias por recordarlo ¿ Llegó el chancho?
—No, todavía no entró, está al caer.
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El chancho era mi jefe, más malo que el pecado y de un legítimo carácter avinagrado. Se complacía en gruñirle a todo el mundo con y sin razón, daba lo mismo. Los empleados no le guardaban respeto, pero era tanto el temor que infundía con su sola presencia, que a su paso todos demostraban completa concentración en la tarea; mientras dentro de sí, insultaban a la madre que lo había malparido.
—Bueno, mejor así.
Entré a mí cubículo personal. La peor covacha de todas es el archivo y justamente allí vivía ocho horas al día; de lunes a viernes, desde hacía veinte años. Mi ocupación era digna de infradotados; acomodaba pilas de carpetas y folios por fecha y orden alfabético. Las cuatro paredes desbordaban de archiveros de piso a techo y en el medio del ambiente, bajo una luz flaca y ojerosa, reposaba un amplio escritorio desvencijado que hacía las veces de mesa de trabajo. Resignado a pasar el vía crucis de otro día más, desplomé mis posaderas en la silla de madera maciza y sin cojines. Tenía callos en las nalgas de tanto permanecer sentado, pero al final me había acostumbrado.
A las seis de la tarde, antes de retirarme, introduje la mano en el bolsillo para disfrutar de un cigarrillo. En la oficina no se permitía fumar. Por eso, al llegar la hora de salida, era demasiado irresistible mi ansiedad para satisfacer el vicio. Mis dedos tropezaron con los billetes de lotería y el papelito del Loto. Al llegar donde se hallaba Beatriz, encendí el cigarrillo conservando ambas apuestas en la mano.
—Siempre el mismo José... ¿ No puede aguantar el vicio hasta llegar a la calle? Pero ¿Qué lleva ahí ?
—Nada importante Beatriz. Abajo han instalado un quiosco nuevo y jugué unos números y un billete.
—A ver... A Ver, muéstrelos.
Mientras ella los examinaba con femenina curiosidad, le pregunté por su marido y los cuatro hijos.
—Están todos bien, salvo el más pequeño, con anginas. Pero qué lindos números ha jugado al Loto. Sin embargo, el trece es fea terminación para la lotería... En cambio, estos otros sí que me agradan.
Mientras me devolvía el entero de lotería, conservó un instante el papelito del Loto. En ese momento resonó como un trompetazo el vozarrón del chancho.
—Eh... Usted... José bisiesto... No está permitido fumar dentro de la empresa.
—Ya me estaba yendo señor... Hasta mañana.
Apresuré el paso y luego de dar otra profunda chupada, entré al ascensor, expirando con fruición la humareda contenida.
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Al llegar a mi cuarto, solo pensaba en brindar con una copa de sidra, el único festejo que me permitía. La bebía en soledad, ya que al carecer de amigos, tampoco me daba con los vecinos.
En toda mi perra vida, tan sólo una cosa colmaba mi espíritu; el violín. Ciertamente se trata de un instrumento de difícil manejo, pero muy gratificante si se lo emplea de forma adecuada; con el mentón apoyado en la caja y besando suavemente sus cuerdas dormidas con el arco, para arrancarle sollozos a su alma de madera. Lo había rescatado hacía quince años de un tacho de desperdicios; agradeciendo con insultos al idiota que se desprendió de esa joya. Buen dinero me costó reparar las cuerdas malheridas y con ayuda de un curso por correspondencia que no me enseñó nada, y luego de un virtuoso de cantina que lo tocaba de oído; sin técnica alguna pero extrayendo notas dignas de un arcángel, me fui animando y ya no peleaba tanto con el instrumento. Le sacaba algo de jugo y en verdad me subyugaba su sonido. Nunca tocaba en la habitación, para no soportar la queja de los demás inquilinos; me corría a una plazoleta alejada, donde no incomodaba a nadie. Pero hoy había decidido regalarme alguna pequeña satisfacción por tratarse de mi cumpleaños.
La mano derecha se mostró ágil como nunca y los dedos de mi mano izquierda; contra toda expectativa, no cometieron un sólo yerro. Por un momento pensé que algún espíritu, émulo de Toscanini me guiaba las manos. El Ave María resonó en todo el inquilinato y el aire vibraba con las notas de una música celestial.
Incluso el ratón Ignacio, un roedor de dudoso pedigrí, al que bauticé de tal suerte, tan solo por otorgarle un nombre cristiano, permaneció asomado a la entrada de su madriguera, al costado del aparador; moviendo los bigotes de puro placer y ampliamente satisfecho de hacerme compañía. Ignacio siempre fue muy buen oyente de mis silencios y demostraba cierto talento musical; cosa que nadie podría negarle, pues roía los muebles en Do menor.
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Al llegar al final de la ejecución, lloré desconsoladamente; preso de emociones retenidas durante demasiado tiempo. Pero como no me encontraba solo, le alcancé a Ignacio un trozo de queso. Bueno, alguna satisfacción debía tener también él en esta puerca vida. Luego fue el turno de pensar en mi estómago, que me estaba recordando que también se trataba de su cumpleaños y él, lamentablemente, no se conformaba solamente con música abstracta; sus jugos se emocionaban y suspiraban en presencia exclusiva de comida sólida y concreta. Decidí entonces efectuar una escapada hasta la rotisería de la esquina.
Al regreso, recibí con sorpresa a mi paso el agradecimiento de los vecinos, por el regalo de música tan maravillosa. Muchos afirmaron no haberla escuchado en toda su vida; lo cual me cohibió un poco merced mi temperamento cerrado. Pero en verdad... Me gratificaron horrores.
Habiendo tomado nuevamente el control de mis emociones, recién entonces noté que la sábana estaba arreglada y doblada con sumo esmero. Se notaba que doña Belén la había planchado y entregado en mi breve ausencia. Mientras disponía en la mesa el pollo rostizado con la porción de papas fritas; reparé en el papelito que la casera había depositado en el centro de la mesa: “Dejaron una carta en su buzón, gracias por la música angelical que nos obsequió hace un rato. Me hizo llorar a mares, casi tanto como cuando el finado de mi Jacinto me levantaba la mano”. La caligrafía era rudimentaria y escrita a lápiz, las letras temblaban desamparadas en el arrugado papel de almacén.
Preguntándome quién me escribiría, volví a recorrer la escalera, mientras encendía otro pitillo. Al guardar el paquete en el bolsillo, mi mano tropezó con el entero de lotería.
—Qué insistentes son estos billetes.
Mientras los acariciaba sobándolos con los dedos, retiré del buzón un sobre dirigido a José López y López.
—¿ Quién será el remitente ?
No esperaba ninguna carta y todas las mañanas le preguntaba lo mismo a doña Belén, tan sólo para refrescar mi lengua.
Lo abrí nerviosamente, no sin antes depositar los billetes que me estorbaban dentro del buzón, pues no podía rasgar el sobre con las manos ocupadas.
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Se trataba de una maldita publicidad de calefones. Qué ganas de molestar la paciencia de la gente. Hacía poco más de dos años había adquirido un ventilador y la empresa enviaba la publicidad de sus productos al domicilio de los clientes. Sin pensar en lo que hacía, y fastidiado por la contrariedad; hice un bollo y lo arrojé a la calle. Dos cucarachas se abalanzaron sobre el papelucho, en vano intento de averiguar si se trataba de material comestible. La vida es dura para todo el mundo, y ellas no constituyen ninguna excepción.
El pollo estaba pasable, la copa de sidra me reconfortó algo, observé un rato la tele y; aburrido de mi propio aburrimiento, me dormí como un lirón, disfrutando de la sábana remendada, mientras me decía muy convencido.
—Dentro de todo, creo que fue el mejor cumpleaños que recuerdo haber tenido.
Al día siguiente, cuando se presentó para limpiar la vajilla y los trastos, doña Belén se encontró con un obsequio inesperado. José López y López, para todo el mundo José bisiesto, se encontraba profundamente dormido y lucía la más extraña sonrisa que nadie le había conocido antes.
—Qué raro, nunca se quedó dormido, ni faltó al trabajo.
Casi no le reconoció, nunca le había observado con tanta placidez. Todo estaría bien si no fuera por un pequeño detalle. Al tratar de despertarlo, la doña retiró su mano como si hubiera recibido una descarga eléctrica. No era para menos, José bisiesto estaba frío. Había muerto sin decir ni pío.
El médico de la ambulancia certificó el deceso, no hubo velatorio... Para qué. El cortejo fúnebre estuvo compuesto tan solo por dos acompañantes; la pasmada doña Belén y una sorprendida Beatriz. No hubo sepelio más corto ni rápido que el de José bisiesto.
En la oficina muy pocos se percataron de luctuosa novedad; la mayoría de los empleados no le conocían siquiera; pues vivía enclaustrado en el archivo y ningún oficinista que se precie siente placer cuando concurre a ese sitio, al que en lo posible evitaban.
Al día siguiente, recordando lo sucedido; Beatriz, la telefonista, se dio de repente con la mano en la frente.
—Pero si el pobre José me dejó el billetito del Loto, y como se retiró con prisa por la recriminación del chancho, no se lo pude devolver. Pobrecillo, siempre sentí por él un poco de pena; parecía raro pero en realidad poseía un alma llena de bondad.
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Mientras hojeaba el diario de la mañana, Beatriz fijó la atención en una noticia destacada: “Hubo un único ganador para el Loto de 5.000.000 de pesos, que se vendió en la Agencia El Regalo, sita en...”
Sorprendida, reparó que se trataba del quiosco recién inaugurado, al costado del edificio de oficinas. Extrajo el papelucho de la cartera y su incredulidad llegó al paroxismo cuando corroboró que los números ganadores coincidían con los del billete que mantenía en sus temblorosas manos: 03, 04, 05, 13, 17 y 19. Sintió un desmayo y se precipitó sobre el conmutador. Las luces titilaron vagabundas y huérfanas por la consola durante largo rato.
También doña Belén, al par de días luego de la partida de José, sostenía el entero de lotería entre las manos. Lo había requisado al limpiar y retirar los escasos efectos personales del difunto. Escuchó la voz gangosa del locutor de televisión, que anunciaba el sorteo de la lotería del fin de semana. “Ultimo momento, el número agraciado con el primer premio de la Lotería de Beneficencia Nacional, ha sido el 5013. Buena suerte tuvo en esta ocasión la mala suerte... Señoras y señores”.
Todo lo sucedido referiría una historia común y corriente; aunque algo extraña quizás. Lo que le otorga un matiz diferente, es el hecho inusual de que tanto doña Belén como Beatriz, compartieron esa noche el mismo sueño; idéntico en todos los detalles y absolutamente incomprensible para ambas, cuando mutuamente se lo confiaron entre si.
Ambas soñaron que sobrevolaban por un universo oscuro, ingresaron luego a otro más claro y rosado; cubierto de pequeñas nubes celestes que flotaban a la deriva. Las nubes se encontraban habitadas por individuos de larga túnica color pastel. En una de las más grandes y lujosas, con tres plantas enormes en suite, apreciaron la presencia de un ratón de enormes bigotones, que asomaba medio cuerpo por la proa. Más atrás descubrieron a José bisiesto, feliz y radiante como nunca le habían visto, y que maniobraba el timón con una mano; en tanto la otra sostenía una copa de ambrosía. Les saludó con una sonrisa de oreja a oreja y un pícaro guiño de ojos mientras ellas se deslizaban cerca en vuelo rasante. Cuando se alejaban, escucharon desde otra nube, mucho más modesta que la de bisiesto, el comentario burlón que hasta el día de hoy no saben de qué forma interpretar.
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—Este tipo está imposible desde su regreso. Afirma que compró aquí una de las mejores nubes, pero que la pagó al contado en la Tierra; obteniendo una bonificación especial por cumpleaños bisiesto. ¡ Habráse visto tamaño embuste! ¡ Sin dudas debe estar acomodado...!
Como un eco lejano, les alcanzó el tardío regaño de José bisiesto.
—Parece increíble, pero ni siquiera aquí permanece uno a salvo de la envidia...
Eso fue todo.
Ninguna de ellas concedió excesiva importancia a la nota de débito, que recibieron a la semana siguiente del Banco, donde tenían depositados los respectivos capitales afortunados. Les notificaban acerca de la deducción de 1 (un) peso, pero sin precisar el origen de la minúscula suma debitada. Se trataba de una cantidad tan insignificante que no le concedieron la menor importancia... Bah... Un peso...
 
 
 
 
 
 
 
 

UNA GUARDIA COMO TODAS
 

Todas las guardias del Hospital son únicas. No hay dos iguales, aunque existen patrones definidos para ciertos días malditos. Los viernes por la noche aterrizan los que conducen su auto con seis copas de más y las histéricas que se pelean con el novio de turno. Los sábados son de yeso, durante el día concurren los idiotas de más de cuarenta años con huesos astillados, o en el mejor de los casos con esguinces de tobillo, en la creencia de que se puede jugar impunemente al fútbol tras un pantagruélico asado, no muy cristianamente bautizado al vino tinto. En la noche hay también mayor incidencia de accidentes entre quienes compiten en picadas y se imaginan campeones de automovilismo. Sin olvidar a esas candorosas ninfas adolescentes, que se montan a la grupa de motos descomunales y con aires de inocencia, apoyan sus deliciosas y apetecibles piernas en el caño de escape al rojo... Ñácate... Quemaduras ipso facto de tercer grado profundo, bien dolorosas y encima, bilaterales. Un solo pecado es suficiente para que hagan experiencia, pero el rubro posee siempre nuevas candidatas y por lo tanto existe un flujo constante de ñácates.
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A eso de las dos de la mañana, concurren puntualmente las que, tras una pelea con el amado noviecito o, en su defecto, con el amante de turno, se mandan al coleto doscientas cincuenta pastillas de un atómico cocktail de valium, lexotanil, trapax y rohypnol... Deberían hacer un curso específico tales ingenuas del suicidio; en la práctica es casi imposible eliminarse con las jaculatorias que expenden los laboratorios de plaza. ¡Qué inexperiencia!, no se suicidan quienes lo desean, sino los que pueden. Otra cosa distinta era con los barbitúricos de antes... Y sino pregúntenle a Marilyn. Ahora estas niñas caen a la Guardia, conducidas por familiares a los cuales previnieron inmediatamente de ingerir el menú; no sea cosa de que realmente desfallezcan de amor... No... Ellas únicamente desean matar de amor, pero morir... Morir es una eventualidad mucho más seria, prácticamente irreversible. Quieren llamar la atención para recibir un poco más de mimo, o que el fulano adorado abandone a la otra; para retornar a los brazos de ellas, que son quienes bien le aman. Debemos tener piedad para con ese imbécil... Ya que realmente se la merece. Muchas mujeres acostumbran pasar por su cariño una factura tal, que ni en tres vidas consecutivas se la puede amortizar totalmente. Es cierto eso que dicen “Hay amores que matan”. No existe enfermedad tan mortífera como esa plaga, altamente contagiosa y además muy infecciosa; si uno sigue los preceptos preconizados por Woody Allen. En cierta oportunidad le preguntaron si el sexo era una cosa sucia ¿Saben qué respondió el muy marrano?... “Si está bien hecho, sí...”.
Indiscutiblemente se trata de algo en exceso peligroso para la salud viril, toparse con una de esas mujeres que aman demasiado. Líbreme Dios de tan temible flagelo. Tengo un amigo, que resultó impotente en pleno trámite de abandono de una de esas locas de amor. Hace como cinco años que lo entretienen en psiquiatría y aún no le pudieron solucionar el cortocircuito. Encontrándose tete a tete con cualquier hembra, le regresa a la mente la imagen de la otra... Y Chau Pepe; la flauta dulce sufre una cruel metamorfosis y se transforma en mísera pasa de higo turco, para dejarlo huérfano de hasta el menor de los coloquios. Los duelos sin arma en mano se transforman en puro ejercicio dialéctico... Y esto a la larga cansa y produce fatiga oral excesiva.
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Pero no disgreguemos... Retomemos el hilo; los domingos y días feriados son jornadas especiales; se transforman en la demostración práctica de la vigencia de las leyes de Murphy. Si algo se puede descomponer, con toda certeza se descompondrá. Si alguna desgracia es poco probable que suceda... Indefectiblemente acaecerá. A la gente hay que brindarle tan solo la posibilidad de salir de su casa para pasear; es entonces cuando esa misma gente, inofensiva en su guarida, se transforma como por arte de magia en ejército de temibles samuráis, que se trenzan en utópicas discusiones acerca de la cuadratura del círculo o la inmortalidad del ornitorrinco. No descansan hasta averiarse las respectivas dentaduras; y se complacen en machacar cráneos tratando de comprobar las relativas durezas. Respiran agitados bocanadas de aire puro con impunidad... Pobrecillos, ignoran que el nitrógeno de dicho aire produce calambres de intestino y diarrea profusa de solo olisquearlo a hurtadillas. Debido a ese inocente detalle se incrementa el flujo eléctrico de los nervios, merced al brutal incremento de la estupidez colectiva y se despachan con molestos cólicos hepáticos y renales; si es que no consiguen un buen infarto masivo o una muy digna apoplejía. Murphy tenía razón. Es más; si no se ha graduado de médico, propongo solemnemente que le otorguen un doctorado Honoris Causa. Se lo merece, pues ha sido un precursor y merece hasta un coqueto mausoleo. He dicho...
Por si faltaran bichos raros, atendemos a los que están sanos, sin molestia de ningún tipo, pero Zás... El hecho de transitar cerca de la entrada de un hospital, se torna en imán irresistible para osar ingresar a la Guardia y preguntar con tono de voz entrecortada por el disimulo.
—Me duele la cabeza ¿ Podrían tomarme la presión?.
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Claro que como es gratis, con gusto además se operarían de cualquier cosa, con tal de aprovechar promoción tan económica. Afortunadamente para ellos, los cirujanos son alimañas extraterrestres bastante particulares. Ellos sostienen con toda su autoridad, que son prescindibles todos los órganos que poseemos por duplicado o en cantidad excesiva según su criterio. ¿De qué otro modo se explicarían ustedes la realidad estadísticamente comprobada, de que se extirpen a destajo riñones y pulmones sin discriminarlos por orden alfabético, o tantos kilómetros de intestino? Amén de centenas de ojos y testículos por año calendario. No existen límites para el avance de la ciencia... Ni del filoso bisturí que; entre paréntesis, es un instrumento magnífico y muy recomendable para trozar el vacío y asado de tira. Ni qué hablar de pelarles el maldito pellejo a los chinchulines; lo que nos permite luego de hervirlo en leche entera, disfrutar de ese maravilloso regalo de la santa madre vaca.
En la Guardia estamos bien forrados de títulos y habilidades. Disponemos de cirujanos generales, clínicos, un par de anestesistas, dos traumatólogos, un neurocirujano y seis médicos de las más despreciables especialidades. Vigilados todos ellos muy estrechamente por la caba Josefina; vieja perra de guardia, en complicidad con Sor Ludovica, una monja de hospital, que se desvela en las horas apropiadas investigando minuciosamente la sospechosa presencia de condones. Prueba inequívoca de que aún existen demasiados seguidores del mandamiento bíblico “Amaos los unos a los otros”. Gracias a precepto tan inespecífico, han surgido todas las variantes sexuales históricas, y el ingenio humano; que se desvela por las noches, mientras su dueño conversa con la almohada; investiga todas las posibles variantes del asunto. Menos mal que el Creador arregló luego su tremendo desaguisado con aquel de “Creced y multiplicaos”. Este no permite la menor duda sobre el sexo real de los posibles contrincantes.
Aparte de eso hay dispuestas tres ambulancias en la puerta, prontas y con chofer al volante, para prestar la debida atención de las emergencias externas... Y también a los sinvergüenzas que solicitan auxilio por teléfono, para evitarse el viaje a pié hasta la Guardia; o peor aún, para no humedecer sus calcetines en caso de lluvia. O para protegerse de un frío intenso; de esos que elevan testículos y ovarios hasta hacerle cosquillas a la nuez de Adán.
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La venganza es el placer de los dioses. Los que molestan por semejantes naderías, resultan bien atendidos la primera vez, sin endosarles reproche alguno. La vocación es sagrada; pero a partir de la segunda oportunidad, son trasladados al Hospital en carácter de conejillos de india. Un guiño cómplice a la Caba Josefina, es más que suficiente para que inyecte gluconato de calcio en la nalga que prefiera. Se trata de una magnífica sustancia con múltiples virtudes terapéuticas; que no produce ninguna molestia por vía endovenosa, salvo un tierno calorcillo, pero si se aplica por vía intramuscular, deja las posaderas más dolientes que una carie abierta y con el nervio tiritando. Hemos comprobado usualmente que la prescripción y vía de administración empleada resultan curativas con esa única dosis. A la fecha ignoramos el motivo real de que jamás regresen para atenderse con nosotros. Hecho lamentable, pues adelgaza la brillantez de nuestra meritoria estadística de producción.
El caso más estrafalario que llegó a mis manos fue el de Lopecito. Se trataba de un ciruja sin apellido demostrable ni documento palpable, que concurría a la Guardia prácticamente a diario, aquejado de unas monumentales crisis de asma que no respetaban días festivos ni horarios decentes. Durante años arribaba resoplando entre los pitos y flautas de su concierto bronquial. Una aminofilina, un goteo de solución fisiológica y un burbujeo de oxígeno humidificado le sacaban del trance. Pero apenas emergía de la Guardia, encendía el infaltable cigarrillo. Se trataba de un suicida pertinaz; fumador de tres cajetillas diarias de esos petardos baratos que ya no se venden más. Montaba luego en su vieja bicicleta y partía pedaleando lentamente, con el atado remendado de ropa sucia, todo su exiguo capital patrimonial, en el portaequipajes maltrecho de la popa del cascajo.
—Lopecito, tienes que abandonar el vicio.
—¿ Qué quiere que haga Doctorcito... Los vicios son la única cosa que hace pasable la vida ¿ Cómo tolerarla de otro modo ?
Su punto de vista era irrefutable. Más de una vez pensé en ello, llegando a la conclusión opuesta y recíproca. Ninguna virtud produce un miserable gramo de placer y si alguno de ustedes no está de acuerdo conmigo, que me lo demuestre. Evidentemente, Lopecito era uno de los tantos filósofos anónimos; muy sabios por otra parte, que no tienen el menor interés en difundir su apostólica doctrina. Razón más que suficiente para brindarle un merecido reconocimiento por parte de nuestra ignorante sociedad.
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Cuando no logró zafar de una crisis y estiró inerte la osamenta en una camilla de la guardia, la caba Josefina recordó la bicicleta y se llegó hasta ella, para buscar el documento de identidad, pues debía ser anotado en el Libro de Guardia. El bollo de ropa emanaba tal aroma de pestilencia, que nadie podía acercarse a la bicicleta a menos de veinticinco metros cúbicos. Cuando la caba regresó a la estación de Enfermería, cubriéndose con una mano las fosas nasales y cargando el inmundo atado en la otra; las enfermeras rociaron todo con desodorante de ambientes y al desatar el macabro paquete, se encontraron con la sorpresa de sus vidas. Apenas entreabierto, comenzaron a rodar al piso fajos y fajos de gastados billetes, y hasta descubrieron diez monedas de oro, burdamente cosidas a un bolsillo rudimentario. Todo el capital fue tasado en más de cincuenta mil dólares. El juez que intervino, creyó al principio que se trataba de una broma de Caballo Loco Ramírez, el policía de turno en nuestra Guardia y por poco no le deja bajo arresto por ofensa a su investidura. Increíble pero cierto. He dicho.
Pero hay algo que ha paralizado el curso de mis pensamientos. Hoy es domingo, el día de más rating para la Guardia; observo el reloj de la Mesa de Entradas y compruebo que son casi las diez de la noche. A esta hora, los ocho boxes deberían estar rebosantes de adictos a la medicina; con gente en los pasillos; más público expectante todavía en el hall de entrada e incluso feligreses sedientos de salud en viaje charter a la Guardia.
¿Qué cosa extraña estaba sucediendo? Las ambulancias dormían una merecida siesta frente a la puerta de farmacia. La gente discurría con parsimonia por la calle y no parecía percatarse en absoluto de la presencia del Hospital.
Una nueva recorrida me demuestra las camillas inmaculadas, con su bufanda de blancas sábanas en orden. Los pisos aseados y brillantes parecían recién encerados y pulidos. Al llegar a la Estación de Enfermería, observo sorprendido a la caba Josefina tejiendo crochet... Algo inaudito y jamás visto; las otras enfermeras leían novelones o hacían sebo, retocándose las cofias; en tanto se intercambiaban sospechosos números telefónicos. Ya muy preocupado, entreabrí la boca para solicitar las explicaciones pertinentes...
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Pero no alcancé a pronunciar ninguna palabra. Percibí que un par de manos exigentes me tomaban de improviso por detrás y me zamarreaban a destajo. Casi pierdo el conocimiento a causa de los intensos apretujones. Se trataba de un intolerable abuso a mi impoluta jerarquía profesional. Me volví airado para enfrentar decididamente al culpable de tan cobarde agresión.
...Vamos Doctorcito... Apúrese, que los boxes están repletos de urgencias y no damos abasto con la demanda. Han traído accidentados... Vamos... Despierte por favor, que le precisamos.
Acabé muy pronto de despertar. Me había quedado dormido, fatigado por el ajetreo de un domingo malparido, con la cabeza apoyada sobre una impiadosa mesa de la sala de médicos... Y con medio vaso de vino en la mano. Miré sin ver el sándwich de chorizo que blandía en la otra en gesto mosqueteril. Se trataba de la modesta comida que no había terminado de deglutir, por debilidad física irreversible hasta de mi propia dentadura. Un vistazo al reloj me confirmó que transcurrieron solamente menos de cinco minutos, desde que había tomado asiento; y lo peor de todo fue que; mientras le seguía los pasos a una impaciente caba Josefina, que continuaba rezongando por los cuatro costados; no tuve más remedio que escuchar sus últimos exabruptos.
—¿Qué se creyó? Hay mucho trabajo aquí. Esta es una Guardia como todas.
 
 
 
LA ADIVINA
 

Susana sacudió la cintura con un contoneo suave de nalgas y las acomodó finalmente en el asiento. Se encontraba sola en esa oficina. La placa de la puerta denunciaba al dueño: Carlos López, Subcomisario. Sonrió al pensar que no le agradaba nada que a sus espaldas le llamaran Pamplinas López; precisamente por la manía que padecía, de intercalar tal palabreja a cada rato, pero se trataba de una lucha perdida; pues hasta el mismo comisario, delante de la dotación en pleno, exclamaba con voz ronca, mezclada de tabaco y ginebra:
—A ver che... Por este problema me lo consultan a Pamplinas López.
La oficial ayudante Susana Pérez encendió un cigarrillo mentolado y se detuvo a observar atentamente el mobiliario, a falta de otra ocupación menos aburrida. Paseó su mirada por el sillón de cuero marrón oscuro, con hernias de estopa y alma de resortes de acero; tres de los cuales asomaban amenazantes a la superficie; mientras pensaba —¿Cómo diablos puede sentarse allí ? Es el sillón indicado sólo para un fakir. Podría elegir algo más decente, le sobra jerarquía en la repartición.
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La ventana detrás del sillón era amplia y permitía que se filtrase el tibio sol matinal de invierno. A un costado, tres cuadros pequeños y enmarcados exhibían fotos de Pamplinas con sus compañeros de promoción. Las paredes laterales carecían de adornos y al girar la cabeza, notó detrás de ella una biblioteca metálica y un archivo de carpetas y expedientes. El perchero contenía una funda vacía de pistola, con el correaje adecuado para calzar en el sobaco.
Examinó curiosa su reloj de pulsera. Eran las diez y veinte. No era común que su superior le dejara plantada veinte minutos. Era famoso por la puntualidad y se molestaba cuando los demás no cumplían con el horario.
—¿Qué le habrá ocurrido? Bah... Quizás se trata de alguna emergencia, para eso está la policía, para los imprevistos.
Aspiró con deleite el humo mentolado y persiguió con la mirada las volutas enruladas, que trepaban en el aire buscando su nivel. Habían trascurrido dos meses desde que fue transferida desde una comisaría periférica y el nuevo destino le parecía demasiado aristocrático y excesivamente tranquilo. Cualquiera de sus antiguos compañeros habría saboreado como un ascenso el pase a esta institución; ubicada en pleno Barrio Norte, lugar exclusivo de gente paqueta. Hasta los malvivientes poseían tarjeta de crédito y utilizaban en sus transacciones cheques legales. Los delincuentes de por aquí eran de guante blanco; generalmente con estafas por cifras millonarias; sonrió al pensar que la cifra de un millón era el limite que hacía optar a la justicia entre dejar encerrado o libre a los imputados. Los ladrones de gallinas; en cambio, rechinaban los huesos en gayola y a perpetuidad.
Era extraño, nunca pudo comprender los ardides y artilugios de los abogados, para liberar a reos confesos de delitos económicos. Mucho talento demostraba quien producía la quiebra de un banco o se apropiaba del dinero de miles de ahorristas incautos, para disfrutarlo en abultadas cuentas del caribe. Recordó que en una de las primeras conversaciones que había mantenido con Pamplinas, le confió en tono paternal que debían nombrar a cualquiera de estos delincuentes como ministro de Economía, ya que superaban en ciencia y maña a todos los políticos perversos que trepaban las escaleras del poder. Al menos, después de forrarse los bolsillos, seguramente harían algo en beneficio del país.
Volteó la cabeza, alertada por el ruido de la puerta al abrirse bruscamente. Sí... Era él.
—Hola oficial... Disculpe la demora.
—Faltaba más Subcomisario.
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— Son puras pamplinas... Todos me llaman así, pero ya estoy cansado, cada vez tolero menos el apodo. Me tienen repodrido.
Pamplinas López parecía enojado y realmente lo estaba. Su cara obesa resoplaba por los cachetes, movilizando a ambos lados un bigotito corto entrecano. Levantó una mano velluda para rascarse la coronilla. Si... La culpable, como de costumbre había sido su mujer; al faltar sin aviso la mucama, le envió al supermercado para cumplir el perentorio encargo de la compra semanal. Ofuscado, la había atacado. —Pero ve tú, mujer... La casa es siempre ocupación de la esposa. —Pero qué voy a ir toda desgreñada, tengo una posición que proteger, que te has creído. Si me atrevo a llegar así, qué no dirán las chusmas del barrio. Además, no me contradigas, porque me vienen más seguido los calores y deberás ir por mi medicina.
Claro, el maldito climaterio se revelaba nuevamente como la excusa perfecta y la muy pícara la usufructuaba a discreción. No... No había defensa posible; la guerra de los sexos fue ganada por las mujeres, en el preciso momento que al hombre le privaron de esa maldita costilla supernumeraria.
La oficial Pérez le contemplaba fijamente a los ojos.
—¿Está hablando conmigo, señor?
Pamplinas López dejó de murmurar, se percató de que algún pensamiento incoherente se le había escapado de la boca entreabierta y le sostuvo la mirada. Qué bonita era la oficial Pérez; dulce como el melón maduro y quizás con mejor sabor. Pensó tristemente para sí mismo. —Afortunado el que coma de esa fruta.
—No hablaba con usted... Pamplinas... Estaba conversando conmigo mismo. Qué quiere que le diga; el matrimonio es la tumba del amor.
—Si usted lo afirma, señor...
—No... No lo digo yo, es lo que nos enseña la vida, pero dejemos de hablar pamplinas. Le he citado con urgencia, porque es hora de que intervenga en un procedimiento. Se trata de una misión muy delicada, que usted misma va a encargarse de llevar a cabo... Precisamente hoy por la tarde.
Susana Pérez encendió una lucecita de alerta.
—¿Algo especial, señor?
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El Subcomisario López la sopesó en su interior apreciativamente, mientras continuaba pensando. —Espero que esta mujer me sirva para el encargo. Uno de los peces gordos del Departamento Central tiene un pequeño problema y me solicitó el favor de cierta averiguación en casa de una fulana. No... Esa fulana no es amante de él; justamente el problemita era por culpa de la propia amante. El oficial está perdiendo la confianza en ella, debido a las periódicas visitas que efectúa a un departamento del Barrio Norte. Por suerte, en esa zona trabaja el amigazo de Pamplinas López. Qué mejor que hacerle el encargo para que vigile a los moradores y visitantes del lugar. Le consideraba muy derecho y reservado; sabría cumplirlo sin despertar sospechas. Por otra parte, cuando hubo ese asunto de los ascensos, le había ayudado con la promoción, y es muy cierto el viejo proverbio... Una mano lava la otra y... Un poco de investigación y averiguación acerca de los moradores era suficiente. Las excusas de la amante eran tan pueriles como increíbles.
De eso se trataba el meollo del asunto. Cuando recibió la solicitud, Pamplinas López creyó que el asunto era pan comido. Hizo su propia encuesta, pero en tal domicilio solamente vivía una mujer anciana, que carecía de antecedentes y referencias. Los vecinos casi no la conocían de vista, pues salía muy poco. La compra de comestibles era transportada por un cadete. Lo que le había causado más incomodidad, era que recibía varias visitantes a diario, mujeres jóvenes todas, y muy bien vestidas; y con este asunto de la democracia no podía encararlas sin ton ni son y exigirles documentos o información. Una sola vez lo trató y tuvo que sostenerse los pantalones, que se le caían del susto por el apuro, Se trataba de la propia la hija de un senador, precisamente el presidente de la Cámara. Menos mal que se disculpó a tiempo por el lamentable error; de otro modo lo habrían deportado a la octava órbita policial de Saturno.
Lo ideal era confiarle el encargo a una mujer y que se las arreglara como pudiera. Susana Pérez no sólo era la más indicada, sino también la única que tenía a mano. Qué mejor que obsequiarle esa comisión y de paso evaluar como la cumplía. Para eso sirve ser el jefe.
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—Hum... Sí, pero... Pamplinas, se trata de un asunto especial, que no reviste peligro alguno. Más bien es algo confidencial. A usted no debe importarle el motivo, tan solo debe averiguar todo lo posible acerca de Blanca Acosta, domiciliada en Pasteur 3880; no está lejos de aquí. En mis manos conservo su prontuario; se encuentra totalmente limpio y transparente. La anciana acusa 59 años, es viuda y pensionada de su marido; también sin antecedentes. Vive en soledad recluida en ese domicilio. Posee escolaridad primaria y secundaria completa, sin actividad política evidente y no se le conoce ninguna amistad en particular. Lo único que nos podría ayudar sería su ficha médica, pero el neurólogo que la atendía falleció hace poco y su esposa arrojó a la basura todas las historias clínicas. Vea... Aquí tenemos la fotografía de cuando renovó sus documentos de identidad, hace ya veinte años de eso. Le entregaré una fotocopia láser de la foto y además otra perteneciente a amiguita de mi amigo. Espero que consiga algo sólido y creíble. Queda relevada de la fajina de guardia y por una semana no muestra sus nalgas por acá. En 48 horas espero un informe preliminar con sus primeras presunciones ¿ Comprendido?.
La oficial se levantó, Conque se trataba de eso; una investigación de poca monta por lo visto.
—Comprendido, señor.
Cuando la oficial ayudante Susana Pérez traspuso la puerta, Pamplinas López aún continuaba observándola.
—Bendito sea el trasero de todas las mujeres. Es todo un bombón la oficiala ¿Cómo no le presté antes la debida atención? Bah... Yo soy así, mucha cáscara y poca nuez ¿Quién podría creerme que jamás le he sido infiel a mi mujer? Y sin embargo es la pura verdad. Me encanta examinar, eso ayuda mucho para los identi-kits; pero de ahí no paso.
Susana Pérez, ajena a tanta máquina cerebral que despertaba su silueta, alisó con la mano un mechón negro de cabello, que le ocultaba un ojo y recorrió por costumbre el resto de la cabellera, que le rozaba el cuello. Abandonó el uniforme y arma reglamentaria en su casilla numerada; a pesar de la obligación que tenía de portarla consigo en forma permanente, y se alejó de la comisaría disimulando la alegría que le desbordaba por cada poro de su anatomía.
Una semana de vacaciones, eso era lo que representaba la comisión. Sin la obligación de reportarse, ni tampoco estudiar legajos en la oscura oficinita del fondo. Ya vería la forma de disfrutar mejor de esa imprevista semana de libertad.
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El uniforme le producía urticaria, se encontraba más a gusto con ropas de civil. Una falda corta y debajo una blusa blanca con calzado de taco bajo, era su habitual atuendo de entrecasa; el mismo que lucía para salir a diario.
Ni alta ni baja, ni gorda ni flaca, ni linda ni fea, ni excesivo ni poco busto, podía ser considerada realmente una mujer del montón, si no fuera por sus caderas perfectas y redondas; el blanco de las miradas y cumplidos masculinos. El gremio de mujeres anoréxicas la descalificaría por demasiada abundancia, que no se estilaba tanta curvatura en la época actual; pero los hombres que se le arrimaban, lo que en realidad deseaban no era establecer contacto con ella, sino con sus dichosas protuberancias anatómicas. Sin embargo, y pese a todo, había permanecido soltera. A los treinta y un años, su prontuario amoroso delataba dos noviazgos inconclusos y un par de amigos íntimos; cuyo aporte excluyente fue brindarle compañía por un corto tiempo. Su paso por la Academia le dejó pocos amigos, todos querían comer de eso... No es que fuera remilgada, pero le agradaban las relaciones con una pizca de cariño, muy afectuosas y si era posible, con el matiz que otorga siempre el amor. En caso contrario, las consideraba incompletas y le producían hastío con suma rapidez.
Llegó a su departamento, un ambiente pequeño en Planta baja, amoblado con sencillez y poblado de plantas. Aprovechó para regar la palta brotada, que emergía de un gran carozo, afirmado en escarbadientes; amén de los ficus y helechos colgantes. También le cambió el agua a Nabuco; un loro de colorido plumaje, herencia de una amiga que había emigrado a España. Sorbió un café de pié, en medio de la pequeña cocina, y ya en el toilette, recompuso un maquillaje mínimo.
Sus facciones eran agradables, no reflejaban esa clase de belleza que enloquece a los muchachos. Muchos en cambio, la encontraban interesante; como su pareja actual, el bueno de Leandro, que aparte de desfallecer por su anatomía, se complacía en bucear dentro de sus ojos pardos. Con él se llevaba endiabladamente bien. Lástima... Porque era casado y ella no se consideraba una rompe-hogares. Pensar en Leandro le entristeció, en ocasiones sentía un asomo de culpa a causa de esa relación triangular. Desvió entonces su atención hacia la tarea que Pamplinas le había encomendado.
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Recorrió la calle Pasteur al 3800 un par de veces, tratando de atisbar la casa en cuestión con gran disimulo. Timbreó las casas linderas, fingiéndose promotora de belleza. Para ello exhibía a la vista un pequeño maletín con su cosmética personal, pero el resultado fue igual de infructuoso. Había obtenido lo mismo que Pamplinas López, nada... Nadie conocía a la ocupante, incluso le confiaron descripciones antagónicas.
Existía un café común y corriente en la esquina, ubicado sobre la vereda opuesta. Ocupó una de las mesas cercanas al ventanal y mientras hojeaba el diario, mantenía prudente vigilancia de la casa sospechosa. Se trataba de una edificación antigua, el frente se hallaba francamente deteriorado y con la pintura descascarada; presentaba una amplia puerta de madera barnizada, con banderola y anticuado llamador de bronce. No se notaba la presencia de timbre alguno. Una amplia ventana con sus persianas bajas, ocultaba la privacidad de la ocupante de la curiosidad de los transeúntes.
No tuvo necesidad de esperar mucho. Al rato se abrió la puerta y una mujer cuarentona, muy elegante, se retiró de allí y fue recogida por un coche lujoso, cuyo chofer había puesto en marcha el automóvil al verla salir. El vehículo se hallaba estacionado a escasos metros. Cuando tomó conciencia del hecho, ya se había perdido en el voraz tráfico de la avenida. El caso se tornaba interesante. Se preguntó por qué motivo el Subcomisario no ingresó directamente a esa casa con una excusa cualquiera, para indagar por el ocupante, y no encontró respuestas satisfactorias. Era también más sencillo solicitar la comparencia de la anciana en la seccional, con las mismas excusas, y efectuarle allí las preguntas que fueran menester para aclarar el asunto. Pensó que alguna razón debía existir para que Pamplinas no recurriera a dicha metodología. A su juicio, el sigilo era excesivo.
Ya se estaba aburriendo de la lectura del periódico; el reloj del café señalaba las cuatro y cuarto, cuando el llamador de la puerta resonó secamente. Se trataba de una rubia platinada, con jeans demasiado ajustados, que le remarcaban un físico descomunal; imposible de pasar desapercibido. Contempló su rostro por un instante, ya que antes de ingresar a la casa, la visitante examinó con preocupación en ambas direcciones, como si se hallara temerosa del paso que iba a dar.
Esta mujer era precisamente su segundo objetivo. En efecto, Pamplinas López le había entregado la foto de la amante del jerarca policial y no había confusión posible.
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Eran ya pasadas las seis cuando la fulana se retiró. Susana, con lentes para el sol, se preparaba para seguirla de cerca; pero se contuvo pues la mujer se dirigía en dirección al bar. El monumento al sexo ingresó como una faraona. Alrededor de su paso desparramaba feromonas a mansalva. La platea masculina del café perseguía con mirada hipnotizada el enorme busto sin corpiño, que se bamboleaba marcando el compás del calzado taco aguja de la dueña. Los pechos se le transparentaban, abultados en la blusa que inútilmente luchaba por contenerlos. Las tres o cuatro mujeres presentes la ignoraron totalmente, sólo vigilaban a sus parejas, para controlar la inevitable tentación de espionaje. La recién llegada se dirigió directamente al teléfono público; ubicado escasamente a un metro de distancia de Susana, discó nerviosamente y la oficial agradeció a la suerte, por no haberse retirado de lugar tan privilegiado.
—¿ Hola... Mami ? Soy yo... Estuve con Blanca, no tienes idea de todas las cosas que me informó. Algunas son terribles... No... No confecciona cartas natales pero es increíble, cuando llegue a casa te informo de todos los detalles. Ahora debo comunicarme con mi gordito... Otra vez voy a llegar tarde a la cita... Sí... Voy a ver que hago. Adiós mami.
Susana la observaba a través del espejo mientras se retocaba el rouge. Rubia oxigenada, ojos verdes y claros, suculenta boca carnosa, rostro de ángel ingenuo y virgen de toda cirugía. Esta mujer era un petardo ambulante. Con razón el alto oficial había derrapado, existían demasiadas curvas en esa cósmica geometría. Seguramente con su vocecita aniñada llamaría “papito” a cada feligrés que seducía y condenaba al infierno de los deseos.
La rubia volvió a discar.
—¿ Hola, papi ?... Te habla tu bebita... Sí... No te enojes, ya sé que llegaré tarde, pero no te enfades conmigo pues te obsequiaré una linda recompensa... Bueno... Así me gusta más, cuando me dices cosas tan dulces y lindas al oído ¿Que dónde estoy?... Acabo de visitar a una amiga enferma. No... Nada de importancia, ahora mismo salgo para que nos encontremos. En quince minutos estaremos juntos donde sólo tú y yo sabemos... Un besote ahí mismo, papito... Sí... Con mordisquito incluido.
De modo automático y en forma instantánea, varios de los distraídos varones presentes, apoyaron una mano en la entrepierna respectiva, con gestos elocuentes de indecible dolor.
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Susana no salió detrás de la infartante joven, permaneció pensando por un momento sobre la estupidez humana. Estaba claro que su buena fortuna la había acompañado en el primer día de la misión. Podía empezar a acomodar las piezas del rompecabezas. Esta mujer concurría periódicamente a la casa de la anciana, probablemente para consultarla acerca de su futuro, pasado, o lo que fuera. Se trataría seguramente de una vidente o adivina. El asunto no era tan difícil de explicar, se encontraba prácticamente dilucidado y con un par de averiguaciones extras, podía exhibirlo cerrado y atado con un bonito moño para regalo. Claro está que... Entonces adiós semana de vacaciones. Debía encontrar la manera de prolongar la situación; su principal preocupación ahora consistía en descubrir el camino más adecuado.
Había concluido con su jornada, ya pensaría que hacer el día siguiente. Regresó al departamento y se durmió mientras miraba televisión.
Despertó a las nueve, gracias al barullo de Nabuco que repetía sus frases constantemente, con su voz de tono grave y chirriante.
—Hola nena... Arriba nena... Hola nena... Arriba nena... La papa nena...
Cada mañana sucedía lo mismo. Nabuco le adoraba y ella se encontraba tan acostumbrada a su cotorreo, que sostenía charlas interminables con el cariñoso loro paraguayo, de plumaje verde y matizado en las alas con toques de rojo, amarillo, negro y azul brillante.
Con dulzura le frotó la amarilla cabeza moteada y en el acto con la caricia se le irguieron las plumas de la frente. Le alcanzó un trozo de manzana, que fue atrapado con la pata, mientras su poderoso pico lo trozaba con deleite.
—Hola Nabuco... Tu nena te mima...
—Hola... Prrrrprrrprrr... La papa... Pedrito, Pedrito, jajajajajá.
El bicharraco se había revelado como un consumado parlanchín y dominaba un vocabulario de más de treinta palabras. La amiga que se lo obsequió, le había bautizado como Nabucodononsor, pero el susodicho jamás logró repetir la primera sílaba de nombre tan desmesurado. Entonces le quedó en Nabuco; aunque en realidad respondía, por elección propia, al apelativo de Pedrito. Eso sí, la risa era una imitación perfecta de cuando Susana reía alegremente. Hasta agradaba a los vecinos.
Se entretuvo por la mañana escuchando música suave, cómodamente estirada en el sillón, con los pies encimados en un puff enano de cuerina verde. Se hallaba contenta en extremo y disfrutaba de un merecido ocio. Qué felicidad sentía por no hacer nada.
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Al mediodía se comunicó con Leandro y le invitó para almorzar juntos. Cuando él finalmente llamó a su puerta, encontró que la mesa estaba ya decorada con un mantelito de hilo rosa y un bouquet de tritonias tardías. Se sorprendió con la vela roja, que brindaba apenas una sonrisa de luz a la ansiedad de los amantes.
Leandro era morocho, muy alto y atlético, con el físico trabajado por el tenis. Trabajaba como contador en una empresa de electrodomésticos. Allí mismo le conoció, precisamente cuando adquirió el horno de microondas.
Susana acudió a la puerta y se lanzó a sus brazos, él la sostuvo en el aire, mientras sus bocas afiebradas bebían el néctar de besos repetidos. Cómo le amaba... Sí, le adoraba a pesar de que tenía mujer y familia. Ahora no sentía ninguna culpa por esta relación. Se dejaba llevar por los sentimientos, tratando de vivir y disfrutar cada uno de los momentos que compartían juntos. Se separó un instante del abrazo, encandilada por unos ojos claros que reflejaban destellos de deseo.
—Querida, me regalaste la mejor de las sorpresas ¿ No has ido hoy al trabajo?
—Tontito, me han encargado una comisión que me deja mucho tiempo libre. Ven, te preparé una comidita, que te pondrá fuerte como un toro... Eso mismo... Como un toro embravecido.
Le contemplaba con picardía, en tanto le servía una pechuga entera del pollo, con una barricada de papas, batatas y morrones. Todo cocinado al vino blanco.
—Humm... Exquisito... Me encanta tu comida. Dispongo de un par de horas antes de regresar al trabajo.
No bebieron café, pero compartieron el mismo dulce postre, el que disfrutan todos los enamorados. La velada de sexo furtivo fue magnífica, aunque ellos jamás quedaban satisfechos del todo. Son cosas propias del amor... Y de otro cuento, no de éste.
Cuando Leandro se despidió, ella permaneció con el sabor de sus besos y el recuerdo de caricias atrevidas.
—No hay nada que hacer. Se trata de una relación absurda y sin futuro, pero le amo demasiado; es un sentimiento tan fuerte que me impide razonar. Cuando lo tengo cerca, entran en cortocircuito todas mis neuronas.
Evidentemente no podía pensar en un futuro posible con él a su lado. Desde el principio habían acordado no interferirse en las respectivas vidas privadas. Generalmente la que siempre pierde en tal intercambio es la mujer; para el hombre la situación es más cómoda y manejable.
—Bueno, vamos a trabajar, haragana, te tomaste demasiado en serio lo del ocio.
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Susana se duchó, calzó la misma ropa del día anterior y dirigió sus pasos a la calle Pasteur.
Esperó un buen rato y cuando notó que se retiraba otro cliente de la vivienda que vigilaba con entusiasmo, demoró menos de cinco minutos en acudir a la puerta de marras y llevar a sus manos el llamador de bronce.
La puerta se entreabrió y por ella asomó una sexagenaria de cabello blanco, con el rodete atado por una cinta marfil. El rostro con excesivas arrugas demostraba cierta expresión de curiosidad; pero lo que le llamó poderosamente la atención, fueron unos ojos de color gris humo y de mirada tan profunda que le hicieron sentirse totalmente desnuda.
—Sí... ¿Qué desea la señorita ?
—Perdone el atrevimiento... ¿Podría conversar un par de minutos con usted ?
—No le conozco... Pero...
—Por favor, escuché algunas cosas sobre usted y mucho le agradecería una consulta...
—Bueno, ya me lo explicará... Entre por favor.
Un pasillo estrecho las condujo a través de dos ambientes humildemente amoblados. Con un gesto, la anciana le indicó una silla y ella tomó asiento frente a una pequeña mesa de mármol verde. El ambiente era decididamente austero, las paredes amarillas no exhibían cuadros ni adornos; excepto por una minúscula repisa, cubierta de piedras y cristales de diversos colores y formas, dispuestos al azar.
—Permítame presentarme, me llamo Susana Pérez.
La anciana no se mosqueó, le escrutaba fijamente.
—Eso ya lo sé... Es correcto, mi nombre es Blanca Acosta.
Susana se mordió el labio. Iba a contestarle que también lo sabía, pero no deseaba arruinar la entrevista. Por lo menos había logrado entrar a esa casa. Una sensación extraña le decidió a expresarse con la mayor franqueza posible.
—En realidad soy oficial de policía, pero he acudido por motivos particulares. Ayer mismo, por casualidad escuché una conversación en la que se alababan sus dotes y deseaba consultarle ciertas cosas que me intrigan y que deseo conocer.
La anciana permanecía imperturbable, examinándola fijamente con el taladro de los ojos.
—Humm... Dice la verdad... Pero no toda. Oculta un par de cosas, porque estoy percibiendo ahora mismo, que su aura contiene un par de manchas pardas.
Susana sintió un sobresalto ¿ De qué estaba hablando la anciana? ¿Qué diablos era el aura? Calló sin embargo, debía andarse con pie de plomo. Era la primera vez que se encontraba en una situación semejante y se había dejado guiar tan sólo por una repentina intuición.
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La anciana entrecerró los ojos por un momento y habló muy lentamente luego.
—Si busca tan solo satisfacer su curiosidad, le confiaré que muchos me consideran una sensitiva honesta...
—¿ Qué es eso ?
—Se trata de algo bien simple. El sensitivo es una persona que dispone de una sensibilidad aumentada para descubrir ciertas cosas; algunas de ellas ocultas incluso a su propio dueño... Eso es todo... La intuición completa el cuadro. Pero hábleme de usted, jamás atiendo a nadie que no me haya sido recomendado por otro cliente. Espero no tener que arrepentirme, aunque hay algo en usted que me inspira confianza.
Susana se sintió más segura. También la anciana de voz suave y pausada, infundía una atmósfera de seguridad a su alrededor.
—Mi vida fue común y rutinaria, como la de otras tantas personas. Perdí muy pronto a mis padres, tengo pocos parientes y por inercia ingresé a la Academia de Policía. Estoy bajó las órdenes de un jefe gruñón que se llama...
—¿ Se llama algo así como Pamplona… Pamplona López... No... Espere un segundo... Eso mismo... Pamplinas López ?
La sorpresa invadió de inmediato la cara de Susana.
—¿ Pero... Cómo lo supo ? Yo no se lo dije... Todavía.
Blanca Acosta le obsequió con una mirada comprensiva.
—Pero lo pensó, ¿Ve?... Algunos le llaman transmisión de pensamiento. En realidad se trata de algo muy sencillo.
—Será sencillo para usted... Bueno... Como le iba diciendo...
—Espere un segundo, hijita... A ver, a ver... Usted creó una imagen mental de su jefe y estoy percibiendo algo... Espere un instante para que logre concentrarme más en alfa... Ahora distingo todo con mayor claridad. Podría habérmelo dicho antes y nos evitábamos tanto rodeo inútil. El motivo de su visita se ha simplificado.
La oficial Pérez no lograba reponerse, en tanto la anciana proseguía con los ojos entrecerrados, contemplando un vacío imaginario.
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—Sí, su jefe recibió el encargo de otro superior... Pero qué estoy viendo... Se trata del querido de una de mis clientas, que casualmente estuvo ayer mismo por aquí... Ella es una mujer de vagina fácil y complaciente, pero que no esconde picardías ni malas intenciones. Claro está que la pobrecilla es un poco idiota; eso es fácilmente comprensible por la anatomía que Dios le concedió. Se trata de un castigo que deberá llevar a cuestas por varias encarnaciones ¿Qué hombre buscará en ella otra cosa, que la suculenta carne que se le ofrece a la vista ? Nada ni nadie le harán conocer los distintos planos del alma. Invertirá muchas vidas en su evolución. Pobrecilla... Lleva en la belleza exterior la condigna pena por sus apetencias ocultas. Pero regresemos al punto... No, actualmente no lo engaña. Su jefe se sentirá muy satisfecho por transmitirle esta información a su amigo ¿Pero qué cosas nuevas estoy percibiendo además...? A su jefe le rodea un aura dorada de tamaño increíble, posee un alma de primera magnitud con un espíritu excelente. Su temperamento esporádicamente explosivo esconde una personalidad magnífica. Qué pena que se encuentren algo bloqueados los chakras de la voluntad. Si tomara baños de sol en la espalda, los reforzaría y lograría poner en vereda a la arpía de su esposa, que le trata poco menos que como basura. Le miente constantemente y lo maneja a su gusto y provecho. Ya pagó mucho karma en esta vida por su exclusiva culpa. Debería propinarle un buen puntapié en el trasero. Le vendría bien beber un poco del té que le voy a proveer... No se preocupe, es de los mismos que se venden en el mercado. La acción diferente se debe a la intención que le transmito por medio de mi propia energía mental.
Tomó el saquito de té, lo cubrió con un cristal de amatista que extrajo de la repisa y se dispuso a musitar ciertas palabras en secreto murmullo y con los ojos cerrados.
—Pero yo le venía a consultar por mí. Además... ¿Qué son los chakras ?
—Los chakras, tal como lo afirma de antiguo la filosofía oriental, son los sitios por donde penetra y se retira de nuestro cuerpo físico la energía del Cosmos y del interior de la Tierra. En sánscrito esa palabra significa “rueda”.
Susana le había interrumpido con ansiedad incontenible, y ahora se hallaba sumergida hasta las rodillas en el fascinante mundo mágico, creado por el increíble influjo de Blanca.
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—Luego... Luego hijita, hay tiempo para todo. El baño de sol, el té y el puntapié son primordiales, pero tiene que ser exactamente en medio del trasero. No lo olvide. Allí se localiza un chakra muy importante y ya le dirá él lo que sucede después.
—¿Cómo le voy a aconsejar a mi superior que le propine tal golpe a la esposa?
—Sencillo, hija; basta que le exprese, con cara de perro, que sabe todo con respecto a lo que sucedió con un tal Felipe. No debe añadir nada más, y en el acto, aprovecha para efectuarle el tratamiento que le he prescripto. Es para cortar un poco del flujo excedente de energía, precisamente en el chakra kundalini de la arpía. Eso es todo. Asunto arreglado y colorín colorado...
Ahora Susana Pérez se sentía confundida. No comprendía las razones que podía tener la adivina para ayudar a Pamplinas López.
—¿ Hay algún motivo que me pueda confiar, y que explique por qué desea que le informe a mi jefe de tal tratamiento?
—En la vida todo tiene un motivo. La vida misma no tiene existencia sin el motivo que le da sustento. Es difícil para ti comprenderlo ahora, pero llegará un tiempo en que serás mucho más sabia que yo. En cuanto a tus problemas, son tan pequeños que no gastaré demasiada saliva en ellos. La principal inquietud que tienes es sobre...
—Si, sobre...
—Sobre Leandro, pero ¿Es que no te has dado cuenta, tontuela, que justamente con él no existe ningún problema real ?
—¿ Cómo que no hay problema, si justamente él está...?
La adivina completó la frase inconclusa.
—Está casado... ¿ Eso es lo que querías decirme ? No existe nada nuevo bajo el sol del mediodía, sin embargo nos empecinamos en crear obstáculos donde no existen. Tu Leandro es un soberbio ejemplar, te quiere mucho y en realidad no podría vivir sin ti. Sólo que el muy tonto aún lo ignora. El hombre necesita en ocasiones que le empujen y le muestren lo que debe ver. Si tanto te importa, y creo que debiera importarte mucho; debes enterarte que está tan casado como tu loro... Me viene a la mente un nombre extraño... podría tratarse de Nabico... o quizás... eso es... sí... Nabuco.
—Oh... Así se llama mi loro, pero entonces ¿ Por qué me mintió acerca de la esposa e hijos ?
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—Niña querida, la respuesta es tan antigua como el mundo. El hombre humano detesta asumir responsabilidades, escapa todo lo que puede hasta de la misma felicidad. Ése es su karma. Lo que atrae también repele; lo bello por fuera es feo por dentro y viceversa. No me preguntes la razón; así fueron hechas las almas y el que las hizo, sabe cosas que ignoro.
— Sinceramente, no puedo permanecer al lado de una persona que dice quererme, pero al mismo tiempo me enreda con sus mentiras.
—Los años, cuando menos, te darán experiencia suficiente para responder a tus propios interrogantes. Pero la solución, como todas, es muy simple. Él te ha mentido pero te ama. Tú lo amas... pero la ecuación está incompleta de ese modo. Entonces, para equilibrar definitivamente el presente asunto... Tú deberás mentirle.
—¿ Mentirle ? No creo que sea muy correcto el engaño, en ningún orden de la vida; menos aún en el amor.
—Querida niña, se trata de una agradable ficción; él actúa un papel y por lo tanto, está fingiendo. A ti te corresponde actuar en idéntico rol y espero que lo desempeñes con corrección. De ese modo, le tendrás al alcance de la mano... Con una piadosa mentirilla.
—Humm... Y ¿Cómo?
—Le confesarás que te encuentras embarazada, y precisamente de él. En ese caso los términos serán iguales y equivalentes; y tan cierto como que me llamo Blanca, que te propondrá matrimonio... Y a los diez meses darás a luz una niña. Si tal cosa sucediera, ya que realmente ocurrirá; debes prometerme algo muy importante...
—Sin duda alguna que si todo sucede como lo ha vaticinado, complaceré su pedido.
—Hija mía... A esa niña de ojos claros le llamarás Blanca, como yo. Luego podrás confesarle la verdad a ese tonto y seguramente ambos se reirán juntos y vivirán felices.
Susana Pérez se encontraba demasiado emocionada, el desarrollo de la conversación le había elevado a un nivel de placidez espiritual que jamás antes había experimentado. Sentía tanta alegría, que se le escapaba por las capas del aura, al menos eso le explicó Blanca, al informarla del baile de colores que la rodeaba totalmente como si se tratara de fuegos destellantes de artificio. No comprendía todo lo que la adivina le había expresado, pero le embargaba tanta felicidad que se le derramaba hasta de las orejas.
—Ahora me siento realmente fatigada. No debes regresar a visitarme; tus cartas están echadas. Nadie debe averiguar más de lo que está permitido.
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—La última pregunta, por favor ¿Cómo hace para percibir todas estas cosas ?
—Niña mía... Se trata de un don de nacimiento... De jovencita veía a la gente rodeada de colores cambiantes. Con el tiempo se me agudizaron los sentidos internos. En realidad todos los poseemos, pero en la mayoría se encuentran dormidos. Lo que esta mayoría considera como realidad no es nada más que una ilusión bien orquestada. Hace veinte años desarrollé un poquito más la intuición; esa ilógica inquietud que nos permite vencer los obstáculos que nuestra imaginación estima como imposibles de traspasar; que brinca hasta por encima de las montañas y concluye por modificar nuestra realidad aparente. Es un poco complicado para tu nivel decomprensión. Para mí en cambio, se trata de algo natural. Por gracia divina, ningún sensitivo legítimo logra acumular fortuna material, y si la obtiene, pierde en el acto el don de la correcta intuición. Te observo a ti y al mismo tiempo puedo leer tu cuerpo y tu mente; incluso los pensamientos que pretendes ocultar. Ahora basta, es más que suficiente por hoy. Me siento muy fatigada.
—Dígame los honorarios por su consulta.
—No hay honorarios para ti, en verdad esperaba tu visita desde hace bastante tiempo. La única retribución que solicito es el nombre de tu hija, porque ella realizará grandes cosas, aunque yo no las vea con este cuerpo lleno de achaques. Pero ya verás que las veré...
Esa frase enigmática contenía las palabras finales. No abrió la boca ni para saludarla cuando la despidió en la puerta de calle. El único gesto extra, consistió en alcanzarle el saquito de té Crysf, que había permanecido olvidado en la mesa. Se lo entregó en silencio.
La oficial ayudante Susana Pérez entró al café de la esquina y permaneció largo rato ocupada en rumiar todo aquello que había escuchado. Jamás había mantenido una experiencia igual a esa y dudaba de experimentar algo semejante en el futuro.
Al día siguiente, ni Nabuco logró despertarla. Sentía todo su cuerpo molido, como si le hubiese aplastado una estampida de elefantes. Recién al mediodía comenzó a mover manos y pies, poco a poco. Luego de preocuparse por el aseo del departamento, se dirigió directamente a la comisaría. No podía ocultarle más tiempo a su superior los sucesos del día anterior. No le importó en absoluto desperdiciar la vacación perdida. En la vida suceden cosas que revisten demasiada importancia.
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Encontró sentado a Pamplinas López en el lugar acostumbrado; su rostro reflejaba la dolorosa molestia del trasero, atacado a mansalva por los tres fatídicos resortes.
—No le esperaba tan pronto, Oficial Pérez.
—Sucede Señor que he logrado conseguir ciertos datos... Datos que parecen un poco extraños, y me gustaría que usted los juzgue de acuerdo a su propio criterio, y proceda en consecuencia.
—Pamplinas, ni yo mismo en persona logré obtener ninguna referencia digna de interés. No va usted a decirme que logró desenredar el ovillo en sólo un día... No... Que va... Puras pamplinas.
Con disgusto, Pamplinas López se resignó a escuchar a la principiante. Susana le comentó paso a paso cada detalle de lo sucedido; excepto por supuesto lo que se refería a ella misma. La cara de López estuvo a punto de explotar por la presión acumulada, el bigotito le giraba como un molinete sin timón. Sus cachetes parecían globos de tan hinchados.
—¿Es todo lo que se atreve a informarme ?
—Si señor... Y francamente deseo conocer su opinión personal.
—Para empezar, no creo un rábano acerca de todo lo que ha estado fabulando ¿ Está segura de que no ha ingerido nada con alcohol? Creo que desperdicié mi tiempo al confiarle a usted esa importante comisión ¿Cómo puede creer ciegamente en cualquier patraña que escucha ?
—Señor, yo no creo ni dejo de creer. Me pareció prudente consultarle ciertos pormenores de lo que pude averiguar. Ahora, si usted piensa que cargo con todos los embustes del mundo...
Susana Pérez tenía las mejillas arreboladas de justa ira. Estuvo a punto de arrojar su chapa de oficial al escritorio de Pamplinas López. En cambio, depositó el solitario saquito de té Crysf, exactamente en el borde del mueble, con el hilo flotando libremente en el aire. El oficial se ablandó al percatarse de la molesta reacción de la mujer.
—Vamos... No se ofusque... No es para tanto. La vida es una pura pamplina. Ya le haré conocer mi decisión final; por el momento regresará a su casita y esperará noticias mías. Excuse si me excedí, pero a veces no puedo refrenar el temperamento de caca, con que tan injustamente me ha castigado el cielo. Vaya tranquila.
Cuando se retiró la oficial, Pamplinas López permaneció largo rato meditando en medio de una confusión alarmante. Ordenó que no le pasaran llamadas y tomó su decisión final. Levantó el teléfono sin que le temblara el pulso y se comunicó con el Departamento Central de Policía.
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—Hola, que tal amigazo... Sí, habla López... Todo OK... Averigüé ese asuntito que le mantenía en ascuas... No, yo que usted no me preocuparía. Donde concurre la fulanita, se trata de un lugar absolutamente limpio y sin ningún peligro. Allí habita una mujer mayor, anciana casi... No... No posee inclinaciones anormales de ese tipo. La viuda es apenas una adivina con escasa clientela; de acuerdo al informe que me ha elevado el equipo de cuatro expertos investigadores, a quienes comisioné de inmediato luego que usted me lo solicitó tan gentilmente. Ya sabe que puede contar conmigo para lo que se le ocurra... Y le agradezco por anticipado la recomendación para el próximo ascenso. Bueno... Regresando a lo nuestro, esa mujer debe ser una fanática de todo lo esotérico. Usted sabe como son estas cosas. Las féminas adoran concurrir a sitios semejantes... ¿Por qué no se lo comentó ella?... Y que sé yo, las fulanas son así... Les encanta mentir... Hasta practican para llegar a expertas en dicho arte... Bueno, hasta la vista... Un abrazo, viejo...
Luego de colgar el tubo, Pamplinas López continuaba pensativo. El ratoncito, que giraba como bola sin manija por los laberintos de su mente, le incomodaba demasiado. Restaba ahora el asunto de su esposa con el tal Felipe ¿Quién sería ese tipo ? Con seguridad algún viejo conocido de su mujer, pero ¿ Por qué motivo le enviaban consejos justamente a él, que no los había solicitado? Aparte de todo, no creía en tales supercherías. Pero los datos parecían ser demasiado congruentes. Su propia y legítima mujer le estaba arruinando la vida y debía hacer algo para intentar salvar su matrimonio y de paso, lograr un pasar más decente en la vida de perro que últimamente había soportado tan a disgusto.
Cuando serenó su mente; casi con desgano llegó hasta su casillero, buscó un slip, colocó a un policía de imaginaria para prohibir el ingreso de cualquier visitante inesperado y ascendió de a pié la escalera que daba a la terraza. Con estudiada parsimonia se desvistió completamente, calzó el slip y aplastó su pecho contra las baldosas rojas; maldiciendo por lo bajo la payasada que había asumido. El sol era tibio pero igual le calentó la espalda. Cuando no lo aguantó más, se vistió con calma y llegó a su despacho con una pava de agua caliente, hurtada impunemente de la cocina. Examinó con incredulidad el saquito de té que la oficial había abandonado en el escritorio y mezcló ambos en una taza de café.
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—¿Quién dice que no se puede beber té en una taza de café ? Todo es relativo según Einstein, me encantaría saber si él cometería la misma estupidez que estoy por cometer, pero no me quedan demasiadas alternativas.
Al regresar a su casa la noche de ese día; la esposa le recibió con la misma cara acostumbrada de hemorroide; pero él se consideraba un macho derecho y apenas la tuvo enfrente de él, le escupió con voz de trueno.
—Yo sé todo, absolutamente todo, de lo que sucedió con Felipe... ¡¡¡ Eres una completa perra !!!.
La mujer le contempló con ojos desorbitados, parecía no entender nada de lo que le decían. Pero Pamplinas López había asumido su decisión con la firmeza de un quebracho; simuló el intento de cachetearla un poco y cuando ella le dio la espalda, para defenderse de la inminente agresión; le propinó un tremendo patadón en los glúteos con la bota de la repartición. Acabó por rebotar en las paredes, logrando una perfecta carambola a tres bandas, y destrozando en el camino jarrones, cuadros y cristalería varia.
Experimentó un instante de morboso placer al consumar el ataque... Vaya que la doña bien se lo tenía merecido. ¿Cómo no se le había ocurrido antes tratamiento tan gratificante?
Pamplinas López jamás llegó a saberlo; pero el chakra kundalini de su esposa, situado cerca del hueso sacro, recuperó en el acto la armonía de un flujo energético rojo bermellón, que nunca debió haber perdido.
La mujer, despatarrada en el piso, sufrió una aguda crisis de nervios; lloraba a mares y al mismo tiempo clamaba por misericordia. Poco a poco se fue calmando y entre suspiros y lágrimas amargas le fue confesando su pecado, con la voz entrecortada por las emociones vividas demasiado abruptamente.
—Perdóname querido... Fue al poco tiempo de conocerte que salí con Felipe, y sólo en una única oportunidad... Pero ese hombre no significó nada para mí. Yo te quiero solamente a ti... Ahora recapacito en la mala vida que has llevado, por culpa de mi carácter agrio, pero te quiero mucho... No te vayas nunca. Por favor... No me abandones...
El copioso llanto posterior continuó largo rato, a pesar del acceso de hipo que le atacó intempestivamente. Para cualquier observador, la mezcolanza tendría matices tragicómicos, si no conociera los pormenores del momento.
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Pero el que se mostró realmente asombrado era Pamplinas López. No podía dar crédito a lo que había consumado; jamás se le hubiera ocurrido, ni siquiera en sueños, agredir a una mujer; mucho menos a la propia. Obedeció a un impulso repentino y ahora; pese al éxito del medicamento que había administrado, no vislumbraba cabalmente las consecuencias del mismo. O quizás sí... De ahora en más, las cosas funcionarían mejor, de un modo más lógico y satisfactorio. La reacción de ella había sido tremenda, no olvidaría por mucho tiempo hasta el menor detalle de esa trágica noche.
—Bueno... Bueno, pero todo son pamplinas... En adelante las cosas deben andar mejor, es decir... Como a mí me parezcan... Es hora de que me calce las botas en mi propia casa... ¿Estás de acuerdo? Porque si no lo estás...
Hizo el gesto de levantar la bota. Eso fue más que suficiente.
—Ssssí... Sí... Sí, querido.
Comprendió de inmediato que se había excedido; no le habían recomendado esa segunda prescripción traumática, pero no le importó demasiado. Lo hecho, hecho estaba. Entonces Pamplinas López respiró con alivio una bocanada triunfal de aire fresco y como en el fondo era generoso y de corazón blando, la abrazó y besó dulcemente, reconfortándola por el mal trance padecido. Reconciliarse con una esposa es algo demasiado hermoso, todo el mundo debería intentarlo... una vez al menos. El único requisito obligado es comenzar una discusión de modo convincente, y en ese tema la mayoría de los maridos acreditan suficiente experiencia.
En cada oportunidad que rememoraba los increíbles sucesos de esa noche calamitosa, se relamía con una amplia sonrisa de satisfacción; jamás hubiera pensado que fuera tan delicioso el sexo en el piso desnudo del living; aún a pesar de los pinchazos del florero de Murano hecho trizas. En ese preciso instante; con el ego henchido por el suceso obtenido, tomó su segunda decisión de fundamental importancia. Decidió que mañana mismo reemplazaría el maldito sillón de su despacho. Su trasero estaba harto ya de esos resortes y de tanta penitencia. Debía ponerse a tono con su nueva vida, que se insinuaba en el horizonte con una aurora esplendorosa.
Es más, en tren de asumir otras decisiones fundamentales; tan alto volaba su ego; se prometió a sí mismo, que al primero que le llamara Pamplinas, le propinaría un tremendo pisotón... En el callo que más le doliera. Amén.
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A un kilómetro de distancia, otra escena acaparaba la atención de un par de curiosos gorriones que escuchaban atentos en una rama de paraíso y eran testigos involuntarios de aquello mismo que presenciaban.
El ingenuo Leandro, gozaba anticipadamente de la hermosa velada de sexo, que ciertamente le aguardaba al traspasar la puerta de su amante. Al mismo tiempo que su fantasía recorría placeres y sensaciones voluptuosas, oprimió sonriente el timbre del departamento de la Oficial ayudante Susana Pérez. ¡ Qué pedazo de hembra había logrado conquistar ! Le daba a comer alpiste de la mano y cuando a él se le antojaba. Si hasta ella se había creído el tonto poema de que él estaba casado y con hijos. Se consideraba todo un donjuán conquistando féminas. Con solo chasquear un dedo las depositaba a sus pies. Era todo un ganador. Sí señor...
Al abrirse la puerta, escuchó una voz deliciosa que le susurraba al oído.
—Entra querido... Debemos hablar con suma urgencia... Ni te imaginas la hermosa noticia que tengo para darte.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

EL MANOSANTA
 

La partida policial marchaba lentamente en fila india. El camino era polvoriento y la tarde, calurosa en extremo. No corría una gota de viento. Los mosquitos bailoteaban enloquecidos y aguijoneaban sin cesar la cabeza de los nerviosos matungos.
El sargento Sabina, luego de exhalar una bocanada de aire, olisqueó su propio aliento alcohólico y quedó satisfecho de la fragancia que surgía de sus tripas. Luego de rascarse la peluda oreja, dirigió la mirada detrás suyo; tres policías de campaña le seguían al trote cansino de unos jamelgos sudorosos. Hacía muchos años que compartía naipes con ellos, amén de borracheras y pecados contra todo mandamiento divino y terrenal.
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Entretenían su aburrimiento con unos pitillos apestosos, en tanto cuchicheaban en voz baja. Los chismes del pueblo siempre ofrecían tema de conversación, pero estaban intrigados pues el sargento no les había confiado el motivo de la partida. Lo único que sabían era lo poco que habían observado. El comisario se había encerrado con el sargento, y al salir éste, les impartió la orden de alistar rápidamente las cabalgaduras para partir de inmediato y cortando clavos. Al irse, mascullaban improperios mudos porque sabían de antemano que ya no podrían beberse la barrica de vino; incautada ayer mismo tras un intento exitosamente consumado de soborno; ni tampoco hincarle los dientes a un pequeño marrano, que se asaba lentamente bien rodeado de brasas preguntonas. Habían arrestado al susodicho puerco sin habeas corpus que valiera; poco antes o después de escapar del chiquero. Sus mentes pícaras no recordaban el dato con la necesaria precisión y le aplicaron en la yugular todo el peso de la ley. Mala suerte, intuían lastimeramente para sus flacos estómagos; abandonarlo a la custodia del Comisario, no les brindaba la menor confianza, pues era de fama comprobada su severo egoísmo digestivo. Por eso, al partir en comisión; y con mirada desconsolada, se habían despedido definitivamente del vino y también del cochinillo.
Al rato, Sabina se fue tranquilizando y continuaron la marcha a tranco lento, para no fatigar en exceso a la caballada policial; legendariamente anémica y desnutrida. El sol moría por detrás de un bosquecillo de eucaliptos y apresuraba el paso, porque concluía con su fatigosa faena diaria y andaba con ganas de irse a dormir.
El sargento rumiaba sus pensamientos, sin acabar de digerirlos del todo. Trató de recapitular los hechos.
—Sargento Sabina... He recibido órdenes de la superioridad para poner preso a un curandero que; según afirman ellos, anda esquilmando incautos por estos lugares.
—¿De quién se trata... Le conocemos?
Sabina recordó que por la mañana se habían reunido en conferencia con el comisario los dos curanderos y manosantas oficiales del pueblo; la madre Pancha y don Saturno López. La reunión devino tempestuosa y se escucharon gritos, reproches y jaculatorias surtidas. De pronto no se oyó más que un murmullo sordo; hasta que todo concluyó y cada cual partió rumbo a su propio gallinero.
.—No, yo no lo conozco y creo que Vd. tampoco. Parece que se trata de un curandero nuevo... Se hace llamar don Cosme.
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—¿Y dónde atiende ? —Preguntó Sabina, tratando de recordar si había escuchado algún rumor del mismo. El poblado era pequeño y cualquier recién llegado era rápidamente reconocido.
—Atiende cerca del campo de los polacos, antes que el camino al monte de eucaliptos se parta en dos; pegado al rancho de Prudencio Jota Jota.
—Pero si sea trata de un rancho abandonado. —Replicó Sabina, con la mirada fija en los ojos del comisario. Éste le devolvió la mirada como un bochazo.
—Era... Era... Pero una vez a la semana; precisamente los sábados, concurre allí ese tal Cosme y parece que cada vez congrega más gente. Usted sabe bien que no tengo nada en contra de los manosantas, pero doña Pancha y don Saturno me han venido a calentar las orejas, y ya conocemos las influencias que mueven esos dos. No toleran la competencia, y como sanaron al hijo del Juez de Paz de una culebrilla rebelde, consiguieron la orden de detención. Así que prepara una partida y me lo trae de las orejas.
Sabina apuró el paso... Ya llegaban al rancho y bajo una fronda tupida de ombú, observó sorprendido a un grupo de más de quince personas; con mayoría de mujeres, que aguardaban el turno para ser atendidos. A escasos cien metros se destacaba el rancho de Prudencio Jorobado Jodón, al que para economizar le decían Jota Jota.
Detuvo a su tropa y; mientras desmontaba, comprendió el motivo de la denuncia de los otros curanderos, protegidos por la autoridad. Les estaban escamoteando la clientela... Y de que manera; allí se encontraban presentes las esposas de los potentados del pueblo y por si fuera poco, también el tendero, el carnicero y el monaguillo.
—Ustedes esperen aquí y que no se mueva nadie. Vamos a tener que llevar algún testigo, yo me encargo del resto.
Su tropa no comprendía nada, pero igualmente obedeció con rapidez. Permanecieron dos policías de estatua a un costado del rancho y el restante, transitaba dándose aires de importancia alrededor de los clientes; que alborotados por la repentina presencia policial, no atinaban a otra cosa que a cuchichear secretamente entre sí.
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Agachó las orejas y entró al rancho; pese a la penumbra interior divisó a Sarita, la propia esposa del mismísimo comisario, que al parecer conversaba animadamente y en voz baja, con un individuo decididamente estrafalario. Ambos permanecían sentados al borde de una rústica mesa de algarrobo. El tipejo exhibía barba de una semana; calzaba un gorro estrambótico del cual sobresalían dos cuernos inclinados y vestía un poncho rojo que le ocultaba hasta el mismo cuello. No demoró demasiado Sabina en advertir sagazmente, que las manos nerviosas del extraño personaje mezclaban los ingredientes de algo parecido a una infusión, y escuchó que le aseguraba a Sarita que se trataba de lo más efectivo que existía en el universo contra los gases digestivos, el mal de amores y hasta los parásitos de los mismos gatos.
Para suerte de Sabina no se percató de su ingreso; ocupado como estaba en extraer hierbas de grandes frascos, que conservaban cierto milagroso equilibrio en un estante torcido, clavado directamente en el muro de adobe, precisamente por debajo de un enorme cuadro con la foto del famoso santón Pancho Sierra. Distinguió en tales receptáculos, hierbas conocidas y otras no tanto; hojas, raíces y tubérculos secos como pasas.
A ambos lados del oficiante, dos velas de sebo ardían truculentamente iluminando a duras penas la antológica escena. Sobre la mesa descansaba una calavera desdentada y dos cueros de víbora flameaban cual bufandas de un cogote ausente. Sabina reparó sorprendido en una lechuza embalsamada que le observaba con sospechoso deleite. —Demasiados bichos hay por aquí. Atinó a pensar, al percatarse que aún había más actores imprevistos. En efecto, dos sapos tartamudos y un murciélago negro, pero muy negro, eran los restantes testigos involuntarios de la extraña ceremonia pagana.
Sabina colmó su capacidad de asombro, al constatar en ese cubículo a la propia esposa del mismísimo Comisario con ese engendro asustado, que le observaba con ojos desorbitados al notar su presencia; mientras gotas de espeso sudor le caían a plomo dentro del poncho. Contempló ceñudo a doña Sarita y le expresó en carácter de gentil reproche...
—Puede retirarse señora... Yo no la he visto por aquí.
Sarita dio la vuelta, agradeciendo con un guiño la caballeresca complicidad del sargento. A su marido no le agradaba en absoluto que frecuentara tal clase de lugares.
Al quedar a solas, encaró decididamente al supuesto manosanta.
—Nombre, Apellido y profesión.
—Cosme Sosa, curador...
—¡ Curador de las ... ! ¿... No sabe que está prohibido lo que hace... ?
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—¿ Ah, sí ?... ¿ Y quién me lo prohíbe... ?
—La ley. —Replicó Sabina, sorprendido de que el individuo pescado “in fraganti” reaccionara de ese modo. Por más que lo intentó, no lograba recordar las leyes del Código Penal que castigan el curanderismo. En ese momento crucial, se dio cuenta de que nunca había llegado a saberlas, pero reaccionó a tiempo.
—La Ley que prohíbe el ejercicio ilegal de la medicina, no se haga el tonto.
—Pero... Yo... Yo... No me dedico al ejercicio ilegal de la medicina. —Respondió el curandero, hablando bajito.
—¿ Cómo dice ?... ¡ Con todas las pavadeces y porquerías que tiene acumuladas aquí...!, Y por si faltaran más pruebas, están todos de testigo. No entiendo con qué cara me niega esa actividad ilícita. Si hasta tuvo el atrevimiento de tratar a la misma mujer del comisario.
—Pero... Usted comete un grave error... Yo estoy autorizado para atender...
—¿ De qué está hablando ? —Tronó Sabina molesto, y permaneció inmediatamente estupefacto cuando el hombrecillo; con un ademán brusco dio vuelta el retrato con la mirada magnética de Pancho Sierra, y apareció allí un Diploma de Médico con muy prolija caligrafía gótica y hasta una escarapela nacional, adherida con lacre debajo de unos sellos.
Las pestañas de Sabina bailaron de sorpresa sobre un par de ojos paralizados por la inesperada revelación. Ni en su más remota imaginación se le hubiera ocurrido semejante alternativa. El tal doctorcito le examinaba ahora con la suficiencia de quien no está en falta.
Aunque no comprendía lo que había sucedido, se llevó igualmente con él al imputado. Eso sí, tomando la precaución de no contar con testigos, que podrían luego incomodarle con sus bromas de pésimo gusto.
Partieron todos en dirección a la comisaría y en la mitad del recorrido sintió en la nuca los ojos de la tropa, solicitando explicaciones; pero él era un macho derecho y no contestó. Una orden es una orden y sanseacabó...
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—Es cosa de no creer. —Le confió el Comisario. —Este tipo es un médico que atendía en su consultorio de Mercedes; pero allí se moría de hambre porque todo el mundo acudía de los curanderos. Entonces se le ocurrió la idea explotar ese rentable oficio en nuestro pueblo, y le ha ido tan bien hasta ahora, que acabó por robarle la clientela a los verdaderos curanderos de ley... ¡Qué descarado!... Jamás observé tanta falta de ética profesional. Muy a pesar mío le tuve que dejar en libertad. Y eso no fue todo; hasta debí rogarle que me disculpara, pues amenazó con recurrir al juzgado de Mercedes, y por allí me la tienen jurada porque nos acusan de decomisar demasiados puercos... Y no les convidamos con algo de jamón; como según ellos corresponde de acuerdo a la ley del diezmo, no escrita pero que está vigente.
—Es de no creer. —Repitió Sabina, y en su interior se alegró de no haberle comentado el desliz de Sarita.
—Lo que más me molesta de todo esto. —Afirmó el Comisario pensativo, mientras se atusaba minuciosamente el bigote. —Es que me exhibió la medalla de oro, que le otorgaron como premio por tener el mejor promedio de su promoción...
Ante la sonrisa comprensiva de Sabina, y merced a los incongruentes acontecimientos que se empecinan en suceder en este mundo trastornado; el Comisario elevó su globoso abdomen con ambas manos y concluyó con evidente malhumor.
—Vaya descaro que tuvo el individuo... Decirme en mi propia cara que podía curarme del empacho... Cuando en realidad no me encuentro empachado. Mis ventosidades algo malolientes se deben a la molesta indigestión con el lechón. Me lo he debido manducar sin compañía, ya que ustedes tardaban demasiado con la comisión y el inocente animalito se estaba pasando de punto y me daba demasiada pena que se perdiera, sin que algún cristiano le hiciera el honrado y justo reconocimiento de hincarle el diente... Bah... Tampoco puedo achacarle la culpa al vino por el origen de mis gases. Es que tamaño chancho me produjo una sed excesiva y esa infortunada y lamentable circunstancia me obligó al tremendo sacrificio de bebérmelo todo. Hasta la última gota... aunque es justo confesar que el último trago me pareció que estaba algo picado...
 
 
 
 
 
 
UN CASO MUY PECULIAR
BUENOS AIRES, PRIMAVERA DEL AÑO 2189
 
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El profesor Arístides López era muy distraído, tal como corresponde a todo buen intelectual. Esa mañana se despertó a la hora exacta, claro está que su cabeza se encontraba apoyada donde normalmente uno coloca los pies, y sufría además una molesta jaqueca. Con frecuencia creciente le atacaban esos dolores pulsátiles que le abarcaban la mitad derecha del cráneo. Se habían tornado insoportables por excesivos; inclusive, hasta le dificultaban pensar con la debida claridad. Pero él debía atender sus obligaciones y en ese punto era muy quisquilloso. No era para menos, revestía la categoría de Magíster Emérito de las Juntas que periódicamente efectuaba el Ministerio de Genética Diferencial, cuyas decisiones eran inapelables desde cualquier punto de vista. En pocas palabras, reconocía con agrado que había llegado a ser un pez gordo y como tal, adecuadamente respetado entre sus pares por el calibre de los dictámenes que acostumbraba emitir.
—Sí... Si no fuera por culpa de la jaqueca, podría disfrutar de otro magnífico día de primavera.
Tomó de la cómoda una tableta de estaniol y la ingirió con medio vaso de agua; estandarizada como correspondía, por triple hidrólisis alcalina.
Descorrió la amplia cortina verde botella; entreabrió con parsimonia el amplio ventanal y se regodeó en pasear su vista; con el ojo derecho entrecerrado, por el amplio parque que se extendía veinte pisos por debajo. Un sol sin nubes regalaba sus virtudes en todas direcciones. La arboleda, espesa y bien atendida por los guardianes clorofílicos, explotaba en flores que sahumaban el ambiente, hasta el punto de percibirse claramente el perfume de jazmines y magnolias, a pesar de la distancia. Bandadas de pájaros vagabundeaban con chochera por doquier. Esa hora en particular del día le encantaba, pues no se sufría aún el barullo del ingente tráfico aéreo matutino. Por suerte la jaqueca se le estaba disipando lentamente. El milagroso estaniol comenzaba a producir sus efectos.
Acostumbraba dedicar unos minutos de cada mañana al reconocimiento ecológico de la naturaleza; lo que le ocasionaba un placer estético de órdago, pues poseía a ese respecto una percepción superior a la normal.
Levantó con su mano izquierda la paleta de pintor, con los colores al óleo combinados en diferentes tonalidades y se entretuvo unos minutos, con un pincel de fina cerda, en trabajar sobre una tela enmarcada en un antiguo caballete. A guisa de modelo, empleaba un cesto con flores y frutos artificiales.
—Falta poco para que acabe con esta naturaleza muerta, creo que me la quedaré y la exhibiré en la pared del recibidor.
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Luego, su mente retornó despaciosamente a la rutina, regresó al amplio dormitorio, dominado por un enorme lecho con cortinados de terciopelo verde Nilo; admiró un instante los cuadros que adornaban las paredes y detuvo especialmente su apreciativa mirada en uno de los Van Gogh. El par de botines viejos resaltaba en primer plano y había resultado su adquisición más importante del último año. Mucho tuvo que pujar en el remate de Shotteby´s, para hacerse de esa joya, pero finalmente y merced a su peculio, igualó la oferta del potentado boliviano del estaño y eso fue suficiente para asegurarse la adjudicación; dado que a igualdad de oferta, los privilegios de su cargo le hacían acreedor de esa antiquísima belleza impresionista. El potentado sólo le habría vencido en la puja, si hubiera efectuado tan sólo una única oferta y él no la hubiera podido igualar. Tal era la norma vigente. Se había vuelto muy dificultoso competir con los multimillonarios de la época, todos ellos bolivianos; los mismos que hacía muchas décadas ya, habían logrado desplazar a los potentados árabes del sitial de honor; merced a la inacabable riqueza en estaño de Bolivia; un minúsculo país de América; que en cincuenta años había pasado del atraso a la prosperidad, por resultar el mayor exportador de ese mineral, básico para la propia existencia de todo el mundo civilizado.
Lentamente dirigió sus pasos a la cocina; donde su desayuno ya se encontraba servido y con la temperatura adecuada. Tostadas de pan de centeno, jugo de zanahoria y romero y una taza rebosante de delicioso café sin cafeína, teína ni teobromina; despojado químicamente de todas las esencias originales; incluso incoloro pero de un sabor exquisito debido al consabido triple tratamiento electrolítico con iridio y estaño. Hacía más de ciento veinte años, que se había constituido en el único café permitido en la Confederación Tartarone; la que luego de validar tratamiento tan innovador, había procedido a retirarlo del listado de drogas de adicción; permitiendo el consumo masivo e irrestricto de pócima tan milagrosa, que no causaba daño orgánico y que además contenía las vitaminas exactas y necesarias para la actividad diaria.
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Luego de limpiarse la boca con una especie de servilleta vegetal descartable, decidió que era tiempo de cumplir con su obligación de asistir a la Junta. Pensó en tres palabras de modo telepático: QSL, y en el acto se hizo presente un robot enano; su valet personal, que no sobrepasaba el metro altura, pero disponía de ocho brazos articulados en una aleación de plástico y estaño, que era unánimemente considerado como irrompible en la práctica y además polifuncional por sus portentosas habilidades.
No era necesario impartirle instrucciones verbales a QSL, bastaba con que se le transmitieran telepáticamente las órdenes pertinentes, para que los microchips del cerebro artificial programaran en forma automática las variadas tareas indicadas.
Concluido el trámite, se dispuso a concurrir al salón de Juntas, para lo cual ascendió a la terraza privada y tomó los controles de su propio airbus; una especie de cápsula que levantó vuelo con suavidad por sobre los edificios paralelos; todos de veinte pisos, la máxima altura edilicia permitida. Claro está que su investidura mantenía ciertos privilegios; la gran mayoría de habitantes de la Confederación utilizaban el corredor aéreo de 30 metros de altitud, unos pocos el de 40 metros y tan sólo los más privilegiados, entre los que él se contaba, estaban autorizados para utilizar la franja de 50 metros. Como se comprenderá, las altitudes recién se determinaban a partir de los cincuenta metros, la altura edilicia autorizada y uniforme de veinte pisos.
Podía desarrollar hasta 300 Km/hora, pero mantenía normalmente su velocidad de crucero en los 50 Km/hora; lo cual le permitía disfrutar del paisaje con cierta discreción y rumiar sus pensamientos en absoluta soledad. Hacía ya ciento sesenta años que habían sido prohibidos por obsoletos, los medios antiguos de transporte; antes reconocidos vulgarmente como automóviles, ómnibuses y motocicletas. Eso sucedió al agotarse las reservas terrícolas de hidrocarburos. Cuando la fuente de energía electroquímica la reemplazó, padeció anatema universal por despedir excesivas partículas subatómicas; más tóxicas aún que los gases de combustión del petróleo. La de origen solar se reveló demasiado pronto como carcinógena en extremo. Por suerte, se logró combatir el efecto físico deletéreo, con el uso medicinal del bendito estaño.
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Fue en dicho momento, que un genial científico italiano desarrolló la potencia dormida del hemisferio cerebral derecho; el mismo que hasta el siglo XX había permanecido funcionando tan sólo al 10 % de su capacidad. Ese hemisferio gobierna las aptitudes paranormales; tales como la telepatía, telekinesia, bilocación, levitación, capacidad creativa artística, intuición, premonición y otros veinticinco items restantes. El gran científico había inventado un transformador de ondas mentales delta amalgamadas, que modificaba el campo electromagnético de los motores, permitiéndoles funcionar sin polución del medio ambiente. Lo denominó motor a propulsión mental. Todo ello merced al bombardeo neuronal, con estaño micronizado en dosis atómicas.
Fue un gran logro el del Doctor Tartarone, pero no fue esa su única contribución al progreso mundial. Empleando irradiación genética neuronal con bombardeo de ondas cósmicas de una longitud del billón de metros y una frecuencia por segundo mantenida en secreto hasta el momento, logró producir mutación en los genes humanos, transmisible por herencia, que desarrolló el hemisferio derecho para multiplicar sus aptitudes y hacerlo funcionar a un ciento por ciento. Claro está que; paradojalmente, el hemisferio cerebral izquierdo, que en el siglo XX era quien comandaba los sentidos físicos del gusto, tacto, olfato, audición y percepciones; juntamente con la capacidad de efectuar cálculos complejos y razonamiento lógico; había mermado hasta un miserable 15 %. Pero nadie se quejó por dicho efecto secundario, ya que el tremendo avance tecnológico obtenido, fue de tal magnitud que se impuso sin mayores objeciones. Con el tiempo logró controlarse químicamente el deterioro de los sentidos físicos, gracias a una dosis diaria de estaño coloidal, pero la antigua capacidad de razonamiento lógico y cálculo abstracto se perdió totalmente de modo irreversible y definitivo. Afortunadamente, para esa clase de tareas contaban con el invalorable auxilio de los robots “Calculator” de ultérrima generación y provistos de microchips telepáticos que simulaban a la perfección el antiguo funcionamiento neuronal. Ellos se encargaban de evacuar, en forma instantánea, cualquier demanda que implicara operaciones de cálculo lógico, sin que importara mayormente su complejidad. Todo se hallaba minuciosamente previsto en el magnífico orden imperante.
Lo expuesto había transformado la existencia de la humanidad y las alabanzas al insigne descubridor, no se agotaron con el otorgamiento de todos los premios y distinciones conocidas. La Confederación de Naciones pasó directamente a llamarse Confederación Tartarone.
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Sumido en intrincadas cavilaciones, sobrevoló el obelisco. Para ajustarlo a las normas legales, le habían amputado lo que excedía de los cincuenta metros, y su actual cúspide era con forma pirámide truncada. En la plataforma superior improvisaron una pista de ballet, con cuatro bailarines que brincaban al unísono por horas y horas. Recordó por un momento las discusiones para demolerlo, pero primó finalmente su punto de vista estético y logró preservar esa antigüedad; acortando, por supuesto, su altura a lo permitido; ya que de otra forma se perturbaría fatalmente el tráfico aéreo. Se trataba de su primer éxito político de importancia y sentía indecible orgullo por dicha intervención.
En menos que canta un gallo, arribó a la terraza del Ministerio; descendió dos pisos por el elevador que a esa hora lo esperaba puntualmente y penetró a un amplio recinto en forma de semicírculo, con tres amplios sillones detrás de gigantescos escritorios de acrílico transparente, vacíos por completo de cualquier adorno. La parte recta del semicírculo era en realidad una enorme pantalla a media luz.
Se dirigió al asiento del medio; el más elevado, que le correspondía precisamente por detentar el envidiado cargo de Presidente de la Junta y tomó asiento con estudiada pompa. Dirigió alternativamente la mirada hacia uno y otro costado; los dos sillones se hallaban ya ocupados por el Doctor Macro y el Licenciado Micro.
—Buenos días, Señor Magíster Emérito. —Expresaron ambos en un perfecto dúo.
—Buenos días tenga usted, Macro y también usted, Micro. —Contestó Arístides López, su cargo le permitía obviar los títulos académicos de los colegas de menor rango; eran solamente adjutores de relleno. Pero dicha confianza era la única que acostumbraba tomarse con respecto a los demás integrantes de la Junta; por lo demás departía con ellos familiarmente y hasta les efectuaba alguna que otra broma pesada. Con Macro se había trenzado telepáticamente en un Match de ajedrez, que llevaba ya una duración de dos años, y con Micro se distraía a diario en apasionantes partidas de Go. El resultado de esas partidas era muy incierto; por cuanto al no poder efectuar cálculos lógicos de precisión, utilizaban solamente la intuición, lo cual consideraban como suficiente diversión. Es justo reconocer que los que más ejercitaban dicha virtud eran exclusivamente Macro y Micro, pues intuitivamente habían comprendido que lo más saludable para el futuro de sus carreras consistía en no vencer al Magíster en ninguna de las partidas. Hasta un empate se les antojaba ciertamente peligroso.
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Demás está decir que no se había pronunciado palabra alguna. La escasa conversación transcurrió por la vía normal de transmisión del pensamiento. La laringe humana se había atrofiado por el desuso de las cuerdas vocales y la boca servía tan solo como estación de entrada alimenticia al estómago.
Los tres tomaron en sus manos una carpeta similar y el Dr. Arístides inquirió lacónicamente.
—¿Qué caso nos corresponde resolver hoy?
Micro se rascó la oreja derecha, antes de comentar el asunto brevemente.
—Se trata de un problema que nos remite; para someterlo a nuestra decisión, el honorable y muy digno regidor de la región octava. Expone a nuestra consideración un proceso anacrónico que ha sido detectado en una ciudadana de la misma.
El Magíster le interrumpió nerviosamente.
—Vayamos al grano ¿ En qué consiste la anomalía ?
Macro aprovechó para terciar en el tema.
—La imputada, Begonia Leila Oliver y Oliver, de veintitrés años de edad, ha presentado síntomas extraños desde su propio nacimiento. Para empezar, el color de sus ojos es azul claro, pero le ha aparecido una coloración extraña en forma de puntas de amatista, de un intenso color violáceo...
El magíster experimentó un repentino sobresalto; el apellido le resultaba familiar. Sin dejar trasuntar la inesperada inquietud que le había asaltado, inquirió elevando con autoridad una décima de su tono telepático, para demostrar que era él en persona el único que efectuaba las preguntas pertinentes.
—¿Y que tiene que ver con el presente caso, esa peculiar coloración del iris ?
—Bueno... Creo que corresponde mencionar cualquier circunstancia que...
El Magíster le interrumpió con vehemencia, al señalarlo con la mano abierta, pues no le agradaba perder su valioso tiempo en disquisiciones secundarias, que parecían no estar relacionadas con el fondo de la cuestión.
Macro se disculpó con la mirada.
—No se ofenda Magíster. Lo que sucede es que; aparentemente, esto mantiene puntos de contactos con el caso.
El Dr. Arístides condescendió, levantando la mano derecha, que se dignó en abanicar el aire por tres veces.
—Sigamos... A los tres años de edad ingresó a la sala púrpura del jardín de infantes, ya a la semana manipulaba las computadoras de 12º generación con inusual destreza; a pesar de que ninguna de sus compañeras sabía deletrear todavía la palabra computadora. Saltó todos los grados del jardín en un santiamén. A los cuatro años completó el ciclo básico, que tiene normalmente una duración de nueve años, en tan solo 15 meses.
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El Magíster y Micro escuchaban atónitos y con los ojos entrecerrados, era un caso realmente excepcional, jamás visto anteriormente.
—¿ Es confiable la información que hemos recibido ?
—Magíster, es absolutamente correcta, ya ha sido chequeada adecuadamente.
—Adelante entonces ¿ Existen otros pormenores sobre lo que llegó a causar esta grave excepción a todas las normas genéticas en vigencia?
—Lamentablemente hay más. A los ocho años concluyó los estudios cuaternarios, pero en lugar de obtener una licenciatura en poesía o en Premonición aplicada; o en el mejor de los casos en Música barroca, o en Pintura y Escultura ¿Qué creen ustedes que se le ocurrió a nuestra niñita?
—No diga usted Macro que...
—Exacto, excelentísimo Magíster y respetado licenciado Micro. En un acto desastroso para sus intereses civiles, Begonia Leila Oliver y Oliver solicitó especializarse en Ciencias Exactas, Física, Química y Matemáticas superiores...
Se oyó un Oh... Prolongado y generalizado de sorpresa.
El Dr. Arístides y el licenciado Micro no acertaban en concederle crédito a aquello que se les transmitía telepáticamente. No era para menos. Esas ciencias eran desconocidas para la generalidad de los habitantes de la Confederación Tartarone. Solo un núcleo muy reducido de la clase dirigente conocía el significado de tales palabras; aunque en verdad de la cosa; conocer como conocer, no conocían más que el nombre de dichas carreras; por cuanto, desde que la humanidad comenzó a utilizar el hemisferio cerebral derecho, con la atrofia del izquierdo, se había perdido la capacidad de efectuar cálculos matemáticos de todo tipo. Ellos mismos, eminencias dentro de sus respectivas especialidades, debían tomar en sus manos un libro con las respuestas de las tablas de multiplicar, dividir, logaritmos, cosenos y tangentes. Si alguien les preguntaba cuál era el resultado de dividir 120 por 3, y no disponían de un robot Calculator a mano, estaban obligados a recurrir al manual de resultados de operaciones básicas, al igual que el resto de los mortales. En caso contrario, debían efectuar la operación muy lentamente y sobre un extenso papel, rogando no equivocarse. El hiper funcionamiento del hemisferio cerebral derecho otorgaba en cambio otras ventajas sorprendentes. Habían desarrollado todas las habilidades que en pleno siglo XX poseían solamente muy pocas personas; que eran consideradas como anormales por sus contemporáneos, y desmerecían sus acciones al denominar peyorativamente como esotéricos a los fenómenos paranormales o metapsíquicos.
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—¿ Cómo pudo anhelar semejante utopía ? Nadie sabe, excepto muy pocos de nosotros, acerca de la existencia de carreras tan retrógradas como inútiles y que tanto llegaron a proliferar dos siglos atrás. En el siglo XXII, prácticamente entrando al XXIII, hemos borrado de la memoria de nuestras computadoras y bibliotecas públicas, todo rastro de esa peste intelectual del razonamiento lógico.
—Se trata de un punto interesante para dilucidar. El primer entrenamiento en el jardín maternal que recibió Begonia, fue provisto por QRV CORTA; nuestra maestra jardinera robot de penúltima generación. Adelantándome a sus deseos, he solicitado de la misma un informe por escrito, porque a los pensamientos de un robot los suele llevar el viento; el cual recibiremos seguramente en el transcurso de la presente sesión.
—El caso es tan excepcional que merece un tratamiento especial. ¿ Están de acuerdo con mi acertado punto de vista ?
El Magíster Arístides López efectuó el comentario banal de modo caritativo, puesto que en realidad le importaba un maldito rábano lo que opinaban sus colegas subordinados.
—Existe algo extra, Magíster, aquí se encuentran un par de informes. El primero; y que corresponde a la escuela básica, nos informa que la tal Begonia... A ver, Sí... La susodicha, en muy escasas oportunidades se ha comunicado telepáticamente. Por una extraña enfermedad congénita; al menos eso presumo; no sufrió la consabida atrofia en las cuerdas vocales de la laringe, y de los exámenes realizados ha surgido que tal conducta patológica de hablar y evocar estupideces matemáticas, la ha llevado a cabo a pesar de que su hemisferio cerebral derecho era normal en un 100%.
—Inaudito. —Acotó el Magíster.
—Nunca oído. —Terció Micro, en apoyo innecesario, redundante y obsecuente al comentario del superior.
—Bueno, continuemos. El segundo informe corresponde a sus estudios cuaternarios. Sus calificaciones han resultado deprimentes respecto de las actividades estéticas. Dibujo, pintura, escultura, música y poesía fueron reprobadas. Danzas y ballet, directamente no las cursó. Pero sostuvo una actuación muy meritoria, cuando reparó en menos de media hora, la memoria de un millón de EKA Gigas de la Computadora Central de la Universidad de la Mente. Los muy eficientes Tecno-Robots no habían logrado solucionarla tras una intensa semana de tarea continua.
—Si al menos le agradara el ballet, se podría alegar entonces una circunstancia atenuante para su conducta desviada.
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El Magíster no comprendía cabalmente todos los pormenores del caso en exposición. Escapaba de lejos a su capacidad de percepción. Él era un reputado crítico de arte antiguo y su doctorado en pintura impresionista, le colocaba en posición social de prestigio. El doctor Macro era insuperable en poesía universal; podía recitar todo el verso producido en el mundo desde la invención de la escritura y el licenciado Micro dominaba cada una de las corcheas y semifusas del catálogo; a la par que sabía usar y abusar de todos los instrumentos musicales conocidos; más algunos de su propia creación. Sin embargo, la molesta percepción de que desconocía ciertos pormenores ocultos, le incomodaba bastante. Hacía ya demasiados años, al principio de su brillante carrera, había intervenido en un juicio en que el imputado fue un Oliver y Oliver. Precisamente, era dicho apellido el motivo de su inquietud.
—Pero no es así. —Añadió Macro con énfasis.
—Exacto, y es por tal causa que su excelencia, el ilustre regidor de la región octava, nos plantea el presente caso, para que tomemos la decisión adecuada; para velar por los sagrados intereses de la Confederación Tartarone.
—Bien, es hora de que conozcamos finalmente a la imputada.
El rostro del Magíster no reflejaba la menor emoción, estaba cumpliendo con su tarea normal de todos los días. Si no fuera por el prurito ocasionado por el mencionado apellido, se trataba de una jornada habitual de la Junta. Oprimió una tecla luminosa, perfectamente disimulada en el borde de su sillón giratorio y en el acto se iluminó totalmente la enorme pantalla de diez metros por cinco y apareció de cuerpo entero Begonia Leila Oliver y Oliver.
Se trataba de una joven alta, delgada y bastante bonita. Su pelo rubio enrulado le caía graciosamente en la espalda; lucía una blusa crema y un par de pantalones palazzo de idéntica tonalidad; sus pies calzaban unas vistosas sandalias de fibra vegetal blanca. El Magíster Arístides López se dirigió a ella telepáticamente.
—Buenos días Begonia Leila, supongo que conoce el motivo de su presencia en esta Junta.
—Señor, lo único que obra en mi conocimiento es que he sido derivada desde mi lugar de residencia; pero ignoro los motivos reales. Tampoco comprendo el porqué de someterme al comparendo de esta Junta.
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Los Jerarcas se observaron escandalizados entre sí. Begonia Leila no se había dirigido a ellos en forma telepática. Se atrevió a entreabrir los labios y a expresar cada palabra en forma verbal. Esto era inaudito; aunque todos los ciudadanos de la Confederación oían con normalidad, merced al tratamiento con estaño coloidal que fue incorporado diariamente y por ley a la alimentación habitual; ninguno de ellos lograba articular una sola palabra a causa de la atrofia laríngea.
—Sabemos que usted padece de una extraña malformación congénita; ese es uno de los motivos de esta sesión. —Mintió Macro.
La mujer no se inmutó, a continuación se dirigió telepáticamente a ellos, con los labios inmóviles.
— De este otro modo puedo también efectuar y recibir transmisión del pensamiento. Sin embargo, me agrada escuchar mi propia voz. Esto me ha causado problemas en la escuela básica y superior.
Micro aprovechó para meter la cuchara.
—¿Qué le han manifestado acerca de esta anormalidad en el Servicio Médico?
—Pues... Me decían que era por causa de un trastorno hereditario. Me efectuaron diversos exámenes y análisis hasta que...
—¿ Hasta que... ?
—Sí... Hasta que llegaron a la conclusión de que padecía una enfermedad congénita incurable, que no obedecía a causas infecciosas y por lo tanto; al no existir posibilidad de contagio, me dejaron tranquila. Por otra parte, no existe ningún tratamiento específico para la misma.
El Magíster consultó su ficha.
—Eso es correcto, aquí figuran los estudios y diagnósticos. Alguien propuso cirugía convencional para extirpar sus cuerdas vocales. Pero, al encontrarse absolutamente prohibidas las intervenciones mutilantes, se le permitió estudiar, con la recomendación de expresarse lo menos posible por medio de la palabra. Sin embargo, usted no obedeció puntualmente dicha indicación.
Begonia Leila Oliver y Oliver no parecía demostrar arrepentimiento. Su rostro tenso mantenía una actitud desafiante y fijaba alternativamente su mirada en cada uno de los jueces.
—Es que mi voz no le causa daño a nadie, solamente extrañeza por la habilidad de emitir sonidos. No comprendo el hecho de que esa capacidad pueda ser mal vista...
El Doctor Arístides se mordió los labios, no debía exponer todavía a la imputada los argumentos en su contra; los que convenía mantener de momento en reserva. De pronto había rememorado ciertos pormenores del apellido Oliver.
—Lamento informarle que está usted en un profundo error, ya volveremos más adelante sobre este tema. En realidad deseamos efectuarle ciertas pruebas, pero antes deberá informarnos acerca de su extraño deseo de instruirse en Física, Química y Matemáticas Superiores.
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Begonia Leila les examinó confundida. Entendía la pregunta, pero le costaba expresar los términos de la respuesta.
—Es difícil de explicar. —Se justificó. De pequeña me atraía hacer palotes y garabatos, mientras mis compañeros aprendían las técnicas de la escultura y del dibujo artístico. Comencé muy pronto a manejar computadoras y en una de ellas, luego de descifrar un código, manipulando cifras al azar; descubrí el número adecuado; el 9999, y accedí a un curso de historia antigua de la educación. Me entusiasmó tanto, que en muy poco tiempo completé el programa que nuestros antepasados se habían empecinado en estudiar hasta hace poco más de doscientos años.
—¿ Quiere decir que apareció ese programa en una de nuestras Computadoras de la Escuela básica?
—Así es, Señor.
—¿ Y no lo reportó a las autoridades ?
Begonia Leila se encontraba ahora algo más tranquila.
—Por supuesto que lo reporté, pero eso fue antes de que lograra descifrar el código de ingreso al mismo.
—Y qué conducta asumieron sus maestros ?
—Ninguna, como solamente figuraba el programa, pero no se podía acceder al mismo por hallarse protegido, y al ignorar el contenido real, permanecieron tranquilos y me concedieron autorización para jugar con el mismo.
Macro era quien llevaba adelante el interrogatorio. Al arribar a este punto, contempló con fijeza al Magíster. Este le devolvió la mirada con una confidencia.
—Lo que ha ocurrido es una aberración. Se puede inferir que para economizar algo de dinero, en la octava región no fueron destruidas todas las computadoras en el año 2020, tal como fue ordenado por la legislación de la época y abandonaron algunos aparatos anticuados y de descarte, para uso exclusivo de escuelas infantiles. Lo grave de la circunstancia anormal, es que además no les borraron la memoria a esos discos. Vaya a saber uno la cantidad de información perniciosa que estaría allí depositada. Se trata de una infracción gravísima, y de tal modo la expondremos en un lapidario informe al regidor de la región octava.
Begonia Leila continuaba hablando con serenidad, ya totalmente calmada de sus temores iniciales.
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— Encontrar la clave fue tarea sencilla, y al ingresar al programa, me entusiasmé tanto con el contenido, que en pocas semanas dominaba el nivel en que se hallaban expresadas esas materias. Por supuesto que me sorprendió bastante que nadie supiera de ellas. Mis propios maestros no tenían la menor idea de lo que se trataba, y si continuaron permitiéndome utilizar la computadora, fue debido a que opinaban que se trataba de unos inocentes juegos antiguos. Por otra parte, como jamás me han agradado las actividades estéticas o artísticas, mis calificaciones eran decididamente malas. Tan solo mi memoria y capacidad de aprendizaje resultaron de ayuda para que se me permitiera, por piedad, el ascenso a los grados superiores.
—Humm... —Murmuró el Magíster.
El caso se tornaba cada vez más complejo; notaba que se le estaba yendo de las manos ¿Cómo acomodar o resolver rompecabezas tan intrincado ? Otra vez más le regresaba a martillar el subconsciente, tanto el apellido de la imputada, como otro juicio similar a este.
De pronto, una luz azul intermitente comenzó a destellar en la puerta de ingreso a la Junta. El Magíster autorizó la entrada, y un robot ordenanza descontó el trayecto hasta la mesa del Presidente, donde depositó un paquete lacrado, juntamente con un enorme sobre abarrotado de sellos y firmas.
El Doctor Arístides abrió el sobre y murmuró, balanceando la cabeza en dirección a sus colegas.
—Se trata de la remesa del regidor de la octava región. Les informo que nos envía el disco rígido de la Computadora en infracción, a la espera de que nos ayude en la comprensión del caso. Hum... No veo cómo puede servirnos de ayuda, pero quizás al menos nos permitirá comprender la evolución mental de la imputada. También se encuentra en el sobre, la ficha técnica de la robot QRV CORTA, de especialidad maestra jardinera; Allí se nos informa que ha sido descartada por defectos de fabricación. Esto equivale en la práctica, a ser destruida por incompetente.
El Magíster tomó su Manual de resultados matemáticos y anotó ciertas operaciones, al lado de los resultados correspondientes. Recién entonces se dirigió a Begonia Leila, exhibiendo una ceremoniosa sonrisa.
—De acuerdo a los informes recibidos, usted acostumbra efectuar al instante cualquier tipo de operaciones con cálculos ¿ Es eso correcto ?
—Sí, señor presidente.
—Entonces comprobemos esta habilidad suya ¿Cual es el resultado de multiplicar 30 por 8, sí a ese resultado parcial lo dividimos por seis y luego le restamos 10?
Begonia Leila no pestañeó siquiera.
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—El resultado final es 30 Señor.
Macro y Micro se contemplaron embobados, y consultaron de inmediato sus propios manuales. Arístides se mordió los labios, se trataba de una serie de operaciones muy complejas y esta tunante había expresado su respuesta en el acto. Eligió una operación aún más complicada. Y luego otra, y otra más. A todas ellas respondió Begonia Leila Oliver y Oliver prontamente y sin duda alguna.
El Magíster se encontraba anonadado, mandó traer por el robot ordenanza una enorme caja con bolillas redondas, de las que sobresalían tres aletas en cada una, y fijando su mirada en los ojos de la mujer, recapacitó en lo que anteriormente había expuesto Macro.
—¿ Qué se hizo de esa incrustación violeta, que lucía de pequeña en el iris de su ojo? Ahora no está presente.
Begonia Leila le observó con una sonrisa de comprensión.
—Oh... Se trata de esa nimiedad... De niña, mis padres se maravillaban por esa coloración del iris, bromeaban conmigo al llamarme brujita, y también los vecinos me trataban con curiosidad. Nunca me confió nadie lo que significaba esa palabra, que no figura en los diccionarios actuales; los únicos autorizados. A los cinco años los perdí en un accidente por sobredosis accidental de estaño, y no tuve a quién preguntarle. Además, a los ocho años me desapareció de un día para otro.
Si el Magíster no quedó satisfecho con la respuesta, lo disimuló muy bien. Desparramó la enorme cantidad de bolillas aletadas en los tres escritorios y encarándose a ella, le preguntó.
—¿Puede decirme rápidamente cuántas bolillas hay en los escritorios?
La mujer miró por un breve instante las bolillas, esbozó un gesto de perplejidad y luego respondió con solidez.
—Son mil ciento diez bolillas, Señor.
—¿ Por qué dudó un segundo antes de responder ?
Ahora ella se mantenía segura y firme.
—Pues verá, Señor, primero conté las aletas, son tres mil trescientas veintinueve y las dividí por tres para averiguar la cantidad de bolillas. Es mucho más fácil contar las bolillas directamente, pero me agradan sobremanera las operaciones de cálculo. Descubrí entonces que la cantidad de aletas divididas por tres, no daba un número entero. Volví a recontar todo nuevamente y noté que una bolilla contiene dos aletas en lugar de tres; de allí la breve demora en la respuesta.
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Los integrantes de la Junta se contemplaron con ojos desorbitados y Micro comenzó a revolver las bolillas a dos manos, hasta que ubicó una que disponía de dos aletas en vez de las tres normales. Lo que habían visto y oído era fantástico.
Rápidamente el Magíster retomó el control de la situación, que estaba perdiendo con holgura, y luego de solicitar la atención de Macro y Micro, se dirigió también a Begonia Leila.
—Debemos analizar ciertos datos nuevos que han llegado a nuestras manos, y como se aproxima la hora del almuerzo, efectuaremos un breve receso hasta las dos de la tarde, para llevar a buen término el presente caso. Se levanta la sesión.
Dicho esto, oprimió el botón de su sillón y la pantalla se oscureció, desvaneciéndose Begonia Leila en las sombras de la misma. Entonces el Magíster susurró.
—Voy a examinar en nuestra Computadora, el disco rígido que nos remitió el responsable de la octava región ¿ Alguno de ustedes desea venir conmigo?
Macro y Micro se observaron recelosos. No deseaban perderse el almuerzo, pues el robot chef del Ministerio era un reconocido genio culinario, pero tampoco deseaban causar desagrado en el Magíster. Faltaba poco tiempo para los ascensos y promociones.
Al Magíster, en realidad, le importaba un bledo la presencia de los subordinados; sólo se había tratado de un mero gesto de cortesía de su parte.
—Vayan tranquilos... Me ocuparé de esto sin ningún problema, les aguardo en la reapertura de la sesión.
Después que se retiraron, el Magíster se encaminó lentamente al Centro de Cómputos y solicitó una computadora donde leer el disco rígido. Le contemplaron extrañados, el tamaño de ese disco correspondía a un formato muy antiguo. No hallaron ninguna máquina que pudiera recibirlo. Ante la insistencia perentoria del Doctor Arístides López, un empleado robot trajo desde el museo una vieja máquina, allí exhibida como antigüedad y que milagrosamente se dignó recibir el disco. El Museo histórico era de acceso restringido, solo para miembros de la jerarquía y hacía años que no recibía visitantes.
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Le dejaron a solas con el armatoste encendido. Examinó los programas del directorio y al tratar de ingresar en el que le interesaba, se encontró con el paso bloqueado; le solicitaban la clave de acceso. Tecleó entonces el número que recordaba, el 9999 y penetró como por milagro a un universo desconocido. Todo el saber de la humanidad hasta fines del siglo XXI estaba incluido en una Enciclopedia Temática. Permaneció largo rato repasando informaciones que consideraba desactualizadas para el nivel actual de conocimientos. Se trataba en general de toda esa porquería de lógica y cálculo que estaba felizmente superada. Dedicó algo más de tiempo en repasar la parte de arte, música y pintura. Esto le resultaba más entretenido; pero los conceptos que recogía eran pura antigualla para él. La sección referida a historia no recibió ni un segundo de su atención, buscaba otra cosa; hasta que de repente la encontró.
—Esto es lo que busco. Esa mujer mencionó una palabra desconocida que no figura en los diccionarios de la Confederación. Pero aquí hay un ejemplar de 200 años de antigüedad, vamos a ver si la encuentro... Eso es, en la B larga, Brujita... Vamos a ver... Brujita, aquí está... Diminutivo de Bruja... Bruja, mujer que según la superstición tiene pacto con el diablo y hace cosas extraordinarias por su intermedio, Ejem... Ejem... Aquí dice que fueron combatidas por la Inquisición ¿ Qué será eso? Actualmente tal palabra es sinónimo de preguntar, inquirir. Hace muchos años fueron retirados y borrados del Diccionario Maestro actualmente en uso, infinidad de palabras y conceptos por considerarse superfluos e innecesarios. Supongo que estos términos habrán sido expurgados en esa época. Pero vamos a examinar lo que explica acerca de la Inquisición.
El Doctor López tecleó nerviosamente en la búsqueda de dicho término y cuando lo encontró, quedó sorprendido con el resultado obtenido.
—Mhm... Qué extraño... Esa palabreja sostenía otro significado antiguamente. Aquí lo expresa con claridad “Tribunal creado en el año 1231 por un tal Gregorio IX y suprimido definitivamente en 1859. Combatió las herejías y se hallaba autorizado para torturar y dar muerte en la hoguera. Qué interesante. También se nombra a un tal Tomás de Torquemada. Nada de esto figura en los anales de nuestro Ministerio de Educación ¿ Por qué ?
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Permaneció cavilando un buen rato y llegó a la conclusión de que lo que tenía entre manos era pura dinamita; algo extremadamente peligroso y con ideas obsoletas e inútiles. De pronto tomó conciencia del peligro real que representaba Begonia Leila para la Confederación. Esa mujer era un producto anormal, un monstruo, y era sencillo demostrar ese postulado, pues se trataba del único individuo de la Confederación Tartarone con el funcionamiento total y completo de ambos hemisferios cerebrales. Eso la transformaba automáticamente en un caso infeccioso y altamente contagioso. Exactamente lo contrario de lo que había argumentado la propia imputada en su alegato de defensa. Imaginó que cualquiera podría experimentar en el futuro para modificar el letargo del hemisferio izquierdo, y eso trastornaría toda la civilización actual; cuyo enorme progreso se basaba exclusivamente en el desarrollo del hemisferio cerebral derecho. Era el momento preciso de tomar decisiones fundamentales. Por suerte se encontraba él al mando ¿Qué hubiera sucedido si otra persona; carente de sus grandes dotes y del potente caudal de su intuición, resolviera equivocadamente en esta cuestión? No quiso siquiera imaginar tal eventualidad. Debía salvar a la Confederación del peligro potencial.
Una duda sin embargo le bailaba en los vericuetos de la mente. Los recuerdos del antiguo caso del otro Oliver regresaban a incomodarle una y otra vez. Se comunicó telepáticamente con el encargado de los Archivos Generales del Ministerio de Genética Diferencial, y corroboró los datos que le restaban conocer. Otra vez más, su portentosa intuición le había prestado el justo auxilio: Melitógenes Oliver; como todos los antepasados de Begonia Leila, fue secretamente enjuiciado y deportado a Alfa Centauro. Al principio de su carrera como magistrado del Ministerio había participado en el juicio del padre de Leila, y rememoró que posteriormente se negó al conocimiento público cualquier información sobre ese caso. De tal modo ocurría en los juicios considerados de alta confidencialidad. Leila Oliver y Oliver; al igual que todos sus ancestros, se encontraba sometida al Tribunal en idénticos términos. La duda que le incomodaba de momento era ¿ Por qué causa todos los Oliver sufrieron juicios y deportaciones? La única respuesta posible debía estar asentada en los archivos del Ministerio de Genética. No descansó hasta comunicarse telepáticamente para satisfacer su curiosidad.
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Cuando el robot ordenanza se hizo presente, le ordenó que extrajera el disco y tomó su decisión final. Con el disco en la mano se encaminó al taller técnico, se armó de un pesado martillo, apoyó el disco en la sólida mesa del taller y le propinó una docena de golpes, que hicieron añicos el disco y la malsana información que contenía.
—Es muy peligroso que esto llegue a mentes sin la adecuada preparación, podría trastornarlas y hasta enloquecerlas. He asumido la decisión correcta. No por nada soy Magíster Emérito.
Luego de acto tan trascendente, lanzó un bufido de satisfacción; pues le asaltaron de repente los pormenores del antiguo juicio al anterior Oliver y Oliver. Apresuró sus pasos en dirección al salón de Juntas, donde Macro y Micro ya lo estaban esperando. Sentó sus ilustrísimas posaderas en el sillón presidencial y oprimió un botón.
Begonia Leila Oliver y Oliver apareció en la pantalla, se la notaba algo pálida. El Doctor Arístides López se dirigió a ella con premura, pues deseaba concluir pronto con tan enojoso caso.
—Explíqueme el motivo real que le ha impulsado a abandonar el estudio de las bellas artes; aquellas que proporcionan un exquisito goce estético y verdadero placer a nuestra existencia. En realidad, lo único que merece ser considerado importante en nuestra vida.
Begonia Leila no esperaba una pregunta de ese tipo. Pensó durante unos segundos y respondió luego.
—Me agrada presenciar una obra de ballet; al igual que un buen cuadro o recitar una hermosa poesía. Pero ninguna de esas actividades; incluyendo a todas las bellas artes, me proporciona tanta alegría, como cuando creo o imagino problemas de matemática aplicada y logro resolverlos sin utilizar el Calculator. Del mismo modo, también me encuentro muy a gusto formulando hipótesis físicas o químicas.
Al llegar a este punto, Begonia Leila efectuó una breve pausa, finalmente se atrevió a expresar aquello que tanto le había preocupado.
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—Casualmente, desde hace tiempo estoy trabajando en un tema puntual, pues se trata de una posibilidad cierta para suplantar el estaño; material crítico y que permite nuestra vida en el planeta, por una aleación de antimonio y plomo. Lo cual, teniendo en consideración la escasez de estaño y su predecible agotamiento en un futuro cercano; ya que se trata de un recurso no renovable, es probable que goce del interés comunitario. Es por ello, que al redescubrir las ciencias antiguas, lamentablemente desaparecidas, fui recreando la inquietud de volverlas a desarrollar. Supongo que existe mucho futuro en ellas; a pesar que en la actualidad nadie las conoce y por lo tanto ignoran sus posibles beneficios.
—¿Y dónde piensa usted estudiarlas, si eso se puede saber ?
Begonia Leila le observó ilusionada ¿Sería posible tanta felicidad?.
—Oh... Es suficiente conque se me autorice el manejo de la antigua computadora del jardín maternal, con el mismo disco que poseía, y que fue confiscado por orden del Regidor de la región octava. ¿Sería mucho soñar con tal merced?
El Magíster escondió sus pensamientos de la telepática curiosidad de Macro y Micro y susurró apenas unas pocas palabras con expresión de desenlace definitivo.
—Veremos... Veremos. En unos minutos será informada del fallo de esta Junta, pero no acerca de las conclusiones del mismo. Esta es nuestra norma, por tratarse de un tribunal de instancia única, cuyas decisiones no pueden ser recurridas.
Al apagarse la pantalla, el Magíster se dirigió a los expectantes Macro y Micro.
—¿ Ustedes tienen alguna idea de la decisión que debemos tomar?
Los subordinados se miraron entre sí y Micro tomó la palabra.
—Señor Magíster Emérito, nosotros estamos de acuerdo en suscribir la decisión que usted crea que es la correcta.
Ahora el Doctor Arístides López no intentó ocultar la vanidad que le embargaba. Se trataba de buenos muchachos, obedientes y respetuosos de la jerarquía. Quizás los promoviera al finalizar la ronda de Juntas, o quizás no. Resolvería esto al concluir la prolongada partida de ajedrez.
—Bueno, resumiendo este caso, tenemos una mujer con una anomalía congénita de tipo hereditario...
Examinó un instante los papeles que mantenía frente a sí.
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—Ella lo ignora, pero su verdadero padre biológico fue el espermatozoide de una probeta, que hace 198 años fue conservado en Nitrógeno líquido con fines experimentales. Ante el fracaso del intento; la madre y su pareja; el padre ficticio en realidad, fueron interrogados en una de las primeras Juntas en que intervine. El deceso de ambos por sobredosis de ingesta de estaño, consistió en una mentira piadosa para justificar su desaparición del planeta. Nadie reconoció los cadáveres, puesto que fueron deportados a Alfa Centauro; una colonia de reeducación; de la que extrañamente jamás hemos recibido ningún informe. Para el caso, es semejante a una ejecución. Tengo la sospecha de que se nos oculta ese dato para que no titubeemos al tomar decisiones de importancia, cuando sancionamos a los imputados. Supongo que de tal modo imaginan tranquilizar nuestras conciencias.
Macro hacía diez años que ejercía el cargo y Micro solamente llevaba tres años de antigüedad. Demostraron sorpresa en sus rostros ante las novedades que estaban conociendo y no se cansaban de alabar la privilegiada y prodigiosa memoria de su jefe.
Satisfecho del efecto producido. El Magíster prosiguió de lo más orondo.
—Existe otro punto importante que también debe ser tenido en cuenta. Begonia Leila Oliver y Oliver fue seguida muy de cerca por el Ministerio de vigilancia correspondiente, a pesar de reprobar casi todas las materias de Bellas Artes ¿No les ha llamado la atención que le permitieran arribar hasta la educación cuaternaria ? Ello fue decidido así, porque se estaba experimentando con ella. El único caso existente en el mundo actual de un individuo que ha desarrollado el 100% de potencia en ambos hemisferios cerebrales. El hemisferio cerebral izquierdo está considerado actualmente como un fracaso evolutivo; ya que el desarrollo total del derecho es lo que ha posibilitado el avance que hoy buenamente disfrutamos ¿Comprenden?
Macro y Micro permanecían atónitos, sin embargo contestaron a dúo.
—Es tal como usted afirma, Magíster.
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—Bien, entonces prosigo... Esta ciudadana debe ser considerada un peligro potencial, tanto en el presente como en el futuro; puesto que si engendra hijos o se le extraen óvulos fértiles, propagará la peste que arrastra consigo; ya que por herencia transmitirá genéticamente tales características nocivas. El razonamiento lógico puede destruir todo el andamiaje del mundo actual, tal como hoy le conocemos, y es nuestra función protegerlo de tal herejía. El experimento ha concluido en el más completo de los fracasos y comunicaré los resultados al Ministerio de Genética. Propongo que la deportemos a Alfa Centauro, basados en los incisos A, B, M y Z de la Ley Fundamental, artículo 17. ¿Alguno de ustedes tiene algo que añadir?
Macro estaba contento, se desocuparía rápidamente de la junta y con algo de suerte, podría concluir el poema que estaba componiendo, referido a la visión de un amanecer sobre el Lago Titicaca.
—Magíster, su palabra es sagrada y me hallo en absoluta concordancia con su sabio dictamen. Agradezco la posibilidad que me brinda de hacerlo mío propio.
Micro deseaba regresar lo antes posible a su departamento, donde seguramente lo estaría esperando una encomienda del robot correo, con una antigua y rara flauta de cuerno.
—Señor Magíster Emérito, no hace falta decir que apoyo su inteligente decisión.
El Doctor Arístides López tomó el formulario de dictámenes y en el sitio indicado colocó la recomendación “ Se sugiere la deportación a Alfa Centauro. Ciudadana no recuperable, y totalmente incapacitada para ser de provecho en la Confederación Tartarone”. Firmó en primer lugar y luego a continuación, sus subordinados suscribieron el dictamen. Tenía ese nombre pero en realidad se trataba de una sentencia inapelable. Dura Lex sed Lex. La Ley es dura pero es la Ley.
Un robot ordenanza haría conocer el dictamen a Begonia Leila Oliver y Oliver. Ellos no estaban obligados a soportar quejas ni llantos. Su función consistía en resguardar incólume el patrimonio genético de la Confederación.
—Un momento señores. Antes de que se retiren, deseaba preguntarles si poseen alguna objeción sobre una solicitud que expondré ante el Ministerio de Genética.
—¿De qué se trata Magíster ?
—Deseo proponer el cambio de nombre de Juntas del Ministerio de Genética Diferencial, por el de Inquisición Genética Diferencial ¿Existe alguna oposición al respecto?... Espero que nó.
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—Por favor, consideramos todo un honor el hecho de que nos consulte y nos satisface ampliamente el cambio propuesto. Contiene estilo y se oye muy bien. Inquisición suena como una bella palabra y escucharla resulta decididamente agradable a nuestros sensibles tímpanos. Es como si otorgara una mayor jerarquía académica a nuestra importante función, ante los ojos de toda la sociedad.
Al permanecer a solas, el Magíster se comunicó telepáticamente con el Ministro y; luego de recibir efusivas felicitaciones por la unanimidad del dictamen producido; la propuesta del cambio de nombre fue aceptada en el acto. El propio Ministro le debía ciertos favores.
Un rato después, mientras conducía su airbus en la franja de 50 metros de regreso a su piso, aprovechó la oportunidad para comunicarse con el potentado Leónidas Karaj, rey de los reyes del estaño y con quien mantenía una amistad de años. Le comentó la hipótesis de Begonia Leila, acerca del reemplazo del vital estaño por una económica aleación de antimonio y plomo. El multimillonario rió a carcajadas.
—Pero estimado Arístides, si tal posibilidad fuera cierta, ya la habría descubierto alguno de nuestros mil robots investigadores. Les hemos programado para trabajar sin descanso las 24 horas del día ¿Comprende ? Imagine usted el desastre mundial que se produciría. Todo funciona en nuestra Confederación basándose en estaño. La presencia misma de la vida está ligada indisolublemente a la existencia de este elemento crítico. La industria y la actividad se despeñarían a niveles inoperantes de absoluta nulidad. La Bolsa se derrumbaría en dos segundos y todas las empresas quebrarían en un periquete.
—Eso mismo supuse. —Acotó el Magíster. —Pero deseaba exponer el tema a su propio conocimiento y opinión; le ruego discreción pues se trata de una información confidencial en grado extremo. Aparte de todo, yo mismo mantengo ilimitada confianza en la solidez de Stannun Inc.; fíjese que poseo cerca de 10.000 acciones de la misma. Vaya que valoro de tal modo el rol de metal fundamental que representa.
Del otro lado, Leónidas Karaj, presidente vitalicio de Stannun Inc. , meditó por un breve instante antes de continuar con la plática.
—Querido amigo, confidencia por confidencia, me complazco en informarle; con la misma confianza que me ha otorgado; que cuando ustedes deportan a alguien a Alfa Centauro, no es a la constelación de dicha estrella donde realmente la envían...
—¿ Ah... nó...? —Inquirió con curiosidad el Magíster.
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—Por supuesto, nadie lo sabe, pero fíjese bien que las Leyes de deportación no estipulan en ningún artículo la palabra “constelación”; tan sólo hacen mención de Alfa Centauro... Jejejem... Se ha estipulado de ese modo por sugerencia mía.
—Pero entonces ¿Qué es esa Alfa Centauro, si no se trata de la Constelación?
—Querido amigo, se trata de la mina más pequeña de Stannun Inc, que se encuentra a pleno funcionamiento en el interior del Monte Illimani... Pero recuerde que debe guardar esta confidencia en el más absoluto de los secretos.
El Magíster no dio muestras de extrañeza; excepto al oír la conclusión del amigo Karaj.
—Allí, los deportados son utilizados como combustible. Nuestros magníficos robots especialistas han ideado un método que evita el despilfarro calórico. Lograron que la combustión se efectúe átomo por átomo y célula por célula. De cada individuo obtenemos cerca de treinta kilotones de energía pura, que distribuimos en el resto de las minas y el excedente es exportado. No sabríamos qué hacer si nos faltara esa vital materia prima. El fuego purifica las ideas torcidas que usted tan doctamente dictamina. No hay nada más justo que reciclar el material genético deficiente y a ese fin, contribuimos con nuestro modesto aporte. Pero eso no es lo más importante del asunto... Creo que usted merece que le acreditemos 5.000 acciones en su cuenta de la Bolsa de Valores. No se preocupe... No se trata de ningún soborno... Fuera de mi pensamiento tamaña felonía. Es un modesto reconocimiento a la sabiduría y justicia de su criterio y corresponden al premio que acabo de instituir en este momento; el preciso y mismo momento en que le notifico a usted que lo ha obtenido por mérito propio. La Información se hará pública mañana en toda la Confederación. Felicitaciones. Hoy ha resuelto usted un caso muy peculiar.
Cuando se interrumpió la conferencia telepática, Leónidas Karaj, emperador anónimo del estaño mundial y por ende, propietario casi monopólico de la Confederación Tartarone, soltó un impresionante bufido de alivio. Veinte años atrás había destruido personalmente un informe secreto con los beneficios del plomo amalgamado con antimonio. Asimismo, no llegó a pestañear siquiera una vez, cuando convirtió en chatarra los mil robots investigadores; reemplazándoles por otros con la programación incompleta.
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De inmediato se entretuvo en hacer el cálculo estimativo de las ganancias del año entrante. Con el manual de operaciones en la mano y dos robots Calculator a sus espaldas, rió alborozado, al constatar que detrás del primer número existían veintiocho ceros. Ahora, el enorme problema que aquejaba a su mente; insoluble de momento, era idear el método seguro de dilapidar tamaña suma de dinero, sin despertar las voraces sospechas del fisco.
Arístides López por su parte, se encontraba eufórico gracias al obsequio... Mejor dicho recompensa obtenida; de ese modo se había reconocido definitivamente su meritoria labor de Magíster. Arribó a su departamento y cuando empezó a descender del airbus, escuchó muy complacido su propia voz telepática.
—Pues sí, se ha tratado de un día realmente especial.
Y añadió con una sarcástica sonrisa de suficiencia.
—Y por si fuera poco, he resuelto un caso muy peculiar. Ejem... Ejem...

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