Atlantis III: El final o el principio?
Publicado en Mar 26, 2013
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Esta vez me siento muy triste porque mañana sábado es el entierro de mi papá.
   Aún recuerdo que cuando Tania regresó a Londres con Rubén mi papá empacó algunas cosas para llevárselas el día de la boda.
   También esa vez, no hace mucho, cuando fuimos a ver al doctor,  al salir, la mirada de papá era triste como melancólica pero su sentido de humor era el mismo.
   —Cuando me muera quiero mi ataúd de oro, y no quiero señoras rezando y llorando, en lugar de eso quiero payasos, mariachis y un gran pastel –dijo saliendo del consultorio.
   —¡Ay papá! Qué cosas dices –respondí con una pequeña sonrisa.
   De este tema jamás se volvió a hablar. Sin embargo, lo que nunca podré olvidar es que yo misma vi su cuerpo inerte en el piso. Todo pasó unas horas antes de irnos al aeropuerto; el taxi iba a llegar a la casa de mi padre, así que empacamos nuestras cosas y llegamos temprano a su casa. Todavía observé cuando empacaba su ropa y luego le dije que lo esperaba abajo. Minutos después llegó el taxi y le grité a mi papá que se apurara.
   —Bajo en unos segundos –respondió él.
   Y esas fueron sus últimas palabras por que después escuchamos golpes en el piso, pero pensamos que había sido algún objeto que se caía y no le dimos importancia.
   —¡Papá, se nos va a hacer tarde! –le grité desde abajo.
   Pero al no recibir contestación subí las escaleras y abrí su puerta:
   —¡Papá, papá! ¿Qué tienes? Contéstame papá –le grité pero él ya no me oía.
   Rápidamente Alan subió al escuchar mis gritos y llamó una ambulancia.
   — ¡Papá, papá! Por favor respóndeme. No te mueras, aún te necesito, tu nieto también te necesita. ¡Papá, papáaa! No me dejes. ¡Papáaa!
   Cuando llegó la ambulancia y se lo llevaron me fui con él porque no quería que nos separaran. Alan y el pequeño Jacke nos siguieron en el auto hasta el hospital.
   Mi pobre chiquito no entendía lo que pasaba y la pedí a Alan que lo llevara con sus padres.
   En el momento en que salió el doctor, caminé hacia él y me dijo que ya no se podía hacer nada porque había muerto mucho antes que llegara al hospital; le había dado un paro cardiaco fulminante.
   —¡Ah! Ahora me quedé sin su compañía –pronuncié afligida, pero no me salían las lágrimas.
   —No se aflija. Su padre siempre estará con usted.
   —Lo sé, gracias.
   Un rato después Alan regresó por mí y quedamos de acuerdo en velarlo en la capilla del hospital.
   Más tarde pasamos a la casa de mis suegros a darles la terrible noticia y a recoger al pequeño Jacke.
   —Lo siento mucho, hija –dijo mi suegra, dándome un fuerte abrazo– ¿Te encuentras bien?
   —Estoy bien, gracias. Pero no sé cómo se lo voy a decir a Jacke, es que... es tan pequeño, él lo quería mucho– y nos sentamos en el sofá.
   —Este no es momento de que el niño lo sepa; si quieres le puedes decir que se fue a un largo viaje.
   —Muchas gracias, no sé que haría sin usted.
   Esa misma noche cuando regresamos a nuestra casa vi en una mesa la invitación de la boda de Tania y decidí enviarle un e-mail para enterarla de lo ocurrido, pero...
   —Mi amor, me tomé la libertad de escribirle a Tania para decirle que surgió algo imprevisto y que no podremos asistir a su boda.
   —¿Le dijiste lo de mi papá? –pregunté tranquilamente.
   —Pensaba hacerlo pero no quisiera arruinar su boda.
   —Supongo que es lo mejor –contesté sin ánimo.
   De repente me brotaron las lágrimas que, más tarde, se convirtieron en un mar y Alan, tan tierno y comprensivo, me consoló.
   Luego bajó Jacke y lleno de inocencia preguntó:
   —Papi, ¿po qué lloda mami?
   —No está llorando, se le metió una basurita en su ojo.
   —¡Ahh!
   Todos los jueves íbamos a cenar a la casa de mi papá y Jacke se quedaba a dormir con él; así que volvió a preguntar:
   —¿Vamos a ir con mi abuelito Isaac?
   Entonces me sequé las lágrimas y senté a Jacke en mis piernas.
   —Mira chiquito, hoy no vamos a ir con tu abuelito por que se fue a un largo viaje.
   —Poque ya no me quiede- dijo con lágrimas en sus ojitos.
   —No mi amor, tu abuelito siempre te va a querer.
   —Y poque no me dijo adiós.
   —Bueno, pues, porque él no sabía que se iba a ir...
   —¿Cuándo deguesa?
   —Ya te dije que es un viaje muy largo y no sabemos cuando vaya a regresar. Ahora vete a dormir que ya es muy tarde, en un momento te alcanzo y te leo un cuento.
   Jacke, con casi cuatro años, lo entendió muy bien y ya no volvió a hacer preguntas.
   Al otro día llegó mucha gente al velorio a darme su más sentido pésame: amigos y vecinos, principalmente; ya que la familia vivía muy, muy lejos.
   En todo el día no lloré hasta que vi entrar el ataúd y corrí a abrazarme de la caja, Alan me tomó de la cintura, me separó de mi padre y me sirvió un té para que me calmara.
   El sábado fue su entierro.
   Un par de días después volví a la casa de mi papá a recoger su ropa y sus pertenencias para llevarlas a un asilo. Entre sus cosas hallé una carta que decía:
    "Querida hija Lorena:
   Cuando tengas esta carta en tus manos seguramente ya no estaré contigo, habré pasado, como se dice, a mejor vida."
  No pude evitarlo y empecé a llorar, pero aún así seguí leyendo.
   "No quiero que llores por mí porque mi ciclo ya terminó y estoy orgulloso de ti ya que has sabido salir adelante, a pesar de todos los obstáculos a los que te has enfrentado.
   Sé que te dejo en buenas manos porque Alan es un hombre excepcional, sé que hasta daría la vida por ti y por el niño; cuídate mucho, hija y dile a mi nieto Jacke que lo quiero, que no se olvide de mí porque desde donde esté siempre lo estaré cuidando.
   También dile a Tania, si es que no llego al día de su boda, que la quiero y que siempre estaré con ella.
   Lorena, tienes toda una vida por delante, no la desperdicies; recuerda que te quiero mucho y que estaré contigo toda la vida, así como lo está tu madre.
Adiós
Tu padre"
 
   —¿Estas lista, cariño? –dijo Alan– Pero, ¿por qué lloras?
   —Encontré una carta de mi padre que escribió para mí antes de morir... Ya no quiero estar aquí, vámonos –le comenté secándome las lágrimas.
   —Sí, vámonos.
   —Pero quiero que nos mudemos, a otra ciudad, otro estado, lejos de aquí; donde nada me haga recordar a mi papá.
   —Claro, todo lo que quieras con tal de que ya no estés triste... Sólo hay que arreglar algunos asuntos.
   Esos asuntos no eran tan fáciles, como vender las dos casas (la de mi padre y la mía), que Alan renunciara a su trabajo y que le dieran su último sueldo, entre otras cosas. Todo esto nos llevó por lo menos un mes o mes y medio.
   Un domingo, teniendo todas las cosas listas, poco después del medio día, metimos casi diez maletas al auto y nos fuimos con rumbo a Yucatán, no sin antes despedirnos de nuestros amigos. Yo me senté con Alan adelante y mi pequeño Jacke, atrás.
   En el cielo se podían ver nubes negras y la mamá de Alan nos suplicaba que no viajáramos ese día porque tenía un mal presentimiento.
   —No te preocupes, mamá –le dijo Alan– Prometo hablarte en cuanto lleguemos a la casa.
   Así, la señora, se quedó más tranquila.
   Nos agarró la noche en la carretera y se desató una gran tormenta; Alan prendió las luces del auto mientras yo me pasaba hacia la parte de atrás con Jacke, para que no se asustara con los truenos.
   De repente, salieron un par de luces que venían directo a nosotros y aunque Alan tocó el claxon, los de enfrente no hicieron nada. Luego fue demasiado tarde para esquivarlos y...
   De pronto me encontré en un parque, cubierto por una densa niebla, sentada en una banca.
   —¿Dónde estoy? –Me pregunté– ¿Estaré muerta?
  Entonces vi una silueta que se acercaba hacia mí y que, por la niebla, no la reconocía.
   —Lorena- me dijo una vez cerca.
   —¡Alan! –Respondí sorprendida mientras él se sentaba a mi lado– ¿Qué hacemos aquí?
   —Tú qué haces aquí, deberías estar con nuestro hijo. Tienes que regresar, aún no es tu tiempo.
   —¿Qué quieres decir? –pregunté confundida.
   —Exactamente lo que estás pensando.
   —¡No, Alan, no! ¿Qué voy a hacer sin ti?
   —Lo que siempre has hecho. Eres una mujer responsable, trabajadora, sincera, pero sobre todo eres una gran madre y eso sabrá apreciarlo nuestro pequeño Jacke.
   —Alan, no quiero...- y me tapó la boca con su mano.
   —Shh, no hables. Déjame decirte por última vez que te quiero mucho, que no me arrepiento de haberle dado mi apellido a tu hijo y que fui muy feliz al lado de ambos... Ahora debes regresar, el niño te necesita.
   —No quiero perderte –dije llorando.
   —No lo harás –y me besó– Siempre estaré contigo.
   Al momento de despertar vi que me encontraba en un sencillo cuarto de hospital con la cabeza, el brazo y el tobillo derecho vendados.
   —¡Alan, no me dejes! –grité levantándome.
   —Cálmese, señora –dijo un doctor.
   —Dígame, ¿dónde está Alan? –volví a gritar, pensando que todo había sido un sueño.
   —Debe referirse al señor que viajaba con ella –comentó una enfermera dirigiéndose al médico.
   —Lamentablemente su esposo murió al instante, cuando los vidrios del auto le cayeron encima. Pero si me pregunta por el niño que...
   —Mi hijo, ¿dónde está?
   —Su hijo está bien, sólo se fracturó un brazo.
   —¿Puedo... verlo?
   —Claro, la llevaré.
   Era verdad que Alan se había despedido de mí en mi sueño, pero ahora iba a estar sola, sola con mi hijo.
   —¿Sabe alguien que estamos aquí?- le pregunté mientras caminábamos por el pasillo alumbrado por unas lámparas.
   —Sí, señora; los padres del difunto vienen en camino.
   —¿Qué fue lo que pasó?
—Encontraron su auto volcado fuera de la carretera, por suerte no explotó... Ya llegamos- y abrió la puerta- La dejo, tengo que atender otros pacientes.
—Gracias, doctor.
  Aquel cuarto era amplio y no solamente estaba mi hijo, sino que había otros niños que jugaban con Jacke a los coches.
—¡Mami!- gritó al verme entrar.
—Hola, cariño- y me agaché para cargarlo- No sé que vamos a hacer ahora, tu papá se tuvo que ir y nos hemos quedado solos- empecé a llorar.
—Mami no llores.
—No puedo evitarlo, tú aún eres demasiado pequeño para comprenderlo...
—Yo conozco un lugar donde todo se puede explicar.
  Esa voz me era conocida, así que me di media vuelta y ahí estaba Jacke, parado.
—Mami es el señor que se llama como yo.
—Hola campeón, ¿cómo estás?- preguntó- Hola Lorena. Sé que te has quedado sola.
—No quiero estar sola Jacke, llévame contigo.
—No lo sé yo...
—Por favor Jacke, te lo suplico.
—Por supuesto, a eso vine, a llevármelos a los dos.
  Entonces Jacke me tomó de la mano y como por arte de magia llegamos a Atlantis, a la habitación de Jacke.
—Hemos llegado- dijo Jacke- ¿Qué quieres hacer?
—Estoy muy cansada- respondí bajando al niño- Me gustaría darme un baño- y el niño se salió.
—Claro, ya sabes que esta es ahora tu casa... Necesitarás ayuda ya que tienes un brazo fracturado.
—Tal vez la necesite, en todo caso eres muy amable pero mi esposo acaba de morir y pues... tu sabes. 
   —Claro, lo entiendo.
   Aún así me acompañó hasta mi alcoba, me preparó el jacuzzi, y antes que se fuera le pedí un favor...
   —Podrías desabotonarme el vestido de atrás –le dije mientras me colocaba frente a él.
   Y con sus manos me desabrochó muy lentamente.
   —¿También el...?- preguntó nervioso.
   —Sí, por favor- respondí con una tímida sonrisa.
   —Me alegro que hayas regresado- me susurró al oído mientras me rodeaba la cintura con sus brazos.
   —Yo también me alegro, pensé que nunca más te volvería a ver.
   Luego se fue y me metí a bañar. De repente, cuando estaba acostada en el jacuzzi, empecé a llorar porque me acordé de Alan y de mi papá. ¿Cómo fue posible que dos de mis seres queridos se hayan ido así nada más de la noche a la mañana? Lloraba y lloraba, no podía detenerme hasta que Naria entró.
   —¿Se siente bien? –Me preguntó– El príncipe Jacke me dijo que estaba usted aquí.
   —Estoy bien, gracias –respondí secándome las lágrimas– Es sólo que estoy algo triste porque mi papá... –y me solté a llorar de nuevo.
   —Tranquilícese, si no puede contarme yo lo entiendo. Es más, le voy a traer un té de tila que es buenísimo para los nervios.
   —Mu, muchas gracias.
   Enseguida salí del baño y me vestí; luego Naria llegó con el té y mientras me lo tomaba le fui platicando todo.
   —Usted sí que está salada –fue su comentario cuando yo terminé de hablar– ¡Uy! Lo siento, no quería...
   —Descuida, ya todo pasó y le agradezco a Jacke por habernos traído aquí, a mí y a mi hijo.
   Luego se fue y me recosté en la cama a descansar un poco.
   Más tarde entró Jacke a decirme que todos nos esperaban en el comedor. En efecto así era: la reina Eries, Gadeth, Merle y mi hijo ya estaban sentados.
   —Lamento no haberlos saludado antes, pero es que... –les dije al verlos.
   —No te preocupes –dijo la reina– Jacke ya nos explicó.
   A la mañana siguiente Jacke entró a mi cuarto, según él, porque teníamos que hablar de asuntos muy importantes, pero le dije que quería estar  a solas con el niño unos días.
   Durante ese tiempo, me quedé encerrada en la alcoba, y la única que entraba era Naria a dejarnos la comida. Los días en los que estuve sola me dieron el tiempo suficiente para meditar todo lo sucedido recordé que mi padre siempre me enseñó que todo pasa por alguna razón y comprendi que a él y a Alan no les hubiera gustado que estuviera triste y encerrada todo el día. Pense que si había sobrevivido a aquel horrible accidente es porque ellos me dieron la oportunidad de estar con el ser que amo. Sé que ellos me cuidan desde donde estan y que Alan está contento porque sabe que puedo ser feliz a lado de Jacke.
   Por fin una mañana me presenté en el comedor con mi hijo, todos se sorprendieron al vernos.
   Al poco rato, cuando terminamos de desayunar, le pedí a Jacke que habláramos en privado y para que nadie nos interrumpiera fuimos al cuarto secreto detrás del palacio; mientras el niño jugaba por los alrededores.
   —¿Qué decidiste hacer? –preguntó Jacke bastante serio.
   —Decidí que quiero formar una nueva familia, contigo y el niño –respondí tranquila.
   —¡De veras! –exclamó tomándome las manos.
   —Por supuesto, jamás te mentiría.
   —¡Me haces el hombre más feliz de toda Gahia!- gritó y luego me besó.
   —Sólo que, hay un problema.
   —¿Cuál? –preguntó como si el mundo se le hubiera caído encima.
   —Mi hijo.
   —Nuestro hijo querrás decir –afirmó.
   —Ese es el problema. ¿Cómo le vamos a decir que es tu hijo? Es muy pequeño, apenas tiene cuatro años, no sé si lo vaya a entender.
   —No te preocupes, si quieres yo hablo con él y le explico a mi manera.
   —Pero no lo vayas a lastimar.
   —¿Crees que puedo herir a mi propio hijo?
   Entonces llamé al niño y Jacke empezó con un: "Tenemos que hablar de hombre a hombre". Yo estaba sentada a un lado de Jacke, mi hijo, se encontraba enfrente, nos miraba de hito en hito. Jacke le dijo todo lo que me quería y que pensaba entrar a nuestra familia, pero jamás lo escuché decir: "Tú eres mi hijo" o "Yo soy tu verdadero padre" y creo que estuvo bien. A cambio de eso le dijo: "Quiero ser tu amigo y cuando tengas la suficiente confianza me digas papá". El pequeño Jacke lo tomó con mucha calma y nos dio un beso a cada uno. Después se fue a jugar y nos quedamos los dos solos en aquel espacio.
   —¿Recuerdas que hace días te quería decir algo importante? –preguntó Jacke.
   —Sí, y siento no haberte escuchado pero ya sabes que me encontraba muy mal por lo ocurrido, por lo que le pasó a mi papá y a mi esposo.
   —Te entiendo, pero aún podemos hablar.
   —¿Y qué es eso tan importante que tienes que decirme?
   —¿Recuerdas la primera vez que nos vimos, la vez que sin preguntarte tu nombre yo ya lo sabía y la vez que sabía que tuviste un hijo mío? –preguntó mirándome a los ojos.
   —Sí, recuerdo todo y aún tengo esas dudas; siempre quise preguntarte pero por una u otra razón no lo hacía.
   —Pero ahora que estás aquí conmigo tengo que confesártelo todo –añadió nervioso.
   La verdad es que me esperaba algo como una bola de cristal o la lectura del tarot o, tal vez, una lectura de manos, pero lo que me contó fue algo tan... increíble, tan... fuera de lo común. Sin embargo que se puede esperar de alguien que vive en otro planeta y que aún cree en dioses que ya ni existen como Zeus, Athena, Poseidón y otros.
   —Cada vez que alguien de la realeza cumple quince años –prosiguió él– y que además ya sabe utilizar sus alas con responsabilidad, es llevado por uno de sus padres al lugar sagrado donde se encuentra el oráculo; éste te dice tu futuro, pero antes te pregunta que es lo que quieres saber: amor, dinero, familia, etcétera. Por supuesto le pregunté sobre el amor y me contestó que conocería a una niña llamada Lorena que vivía en la Tierra y que tendría un hijo con ella, pero ella decidiría donde vivir.
   Quedé sorprendida, sin decir una sola palabra, pero convencida de todo lo que me había contado.
   Al pasar los días vi como mis dos amores se llevaban cada vez mejor y eso me daba mucha alegría. Pasaban mucho tiempo juntos y así yo tenía tiempo para adaptarme a las costumbres y tradiciones de los riuyins gracias a Merle.
   Un mes después, faltaban sólo unos días para el cumpleaños de Merle y todos le preparaban una gran fiesta con invitados de primera clase. La celebración fue fabulosa en toda la extensión de la palabra, pero noté extraño a Jacke.
   Llegada la noche me fui a mi habitación porque me sentía muy cansada y justo antes de desvestirme entró Jacke con un gesto de seriedad, como nunca antes lo había visto.
   —Tenemos que hablar, Lorena –dijo.
   —¿Ahora mismo, no puede ser mañana? Estoy muy cansada.
   —No, tiene que ser ahora –contestó tomándome del brazo con fuerza.
   —Me lastimas.
   —Lo siento, pero es que ya no puedo más.
   —Me asustas, dime qué te pasa.
   De pronto se arrodilló ante mí y me dijo:
   —Lorena, te amo. Cásate conmigo.
   —Jacke, este... no sé.
   —Por favor –y sacó un anillo de rubíes– Ya no hay nada que nos separe, comprendo por lo que has pasado, pero creo que es una buena forma de olvidarlo.
   Entonces el pequeño Jacke se paró de la cama, caminó hacia mí y me jaló el vestido.
   —Di que si, él me cae bien –dijo el pequeño.
   Su comentario me dejó sorprendida.
   Miré el anillo, luego a Jacke y...
   —¡Si quiero casarme contigo! –y lo abracé.
  A la mañana siguiente, en el desayuno, Jacke les dio la sorpresa y todos los presentes nos felicitaron.
  Pensaba que, ya que Jacke era el príncipe, iba a haber una grandiosa boda que se planearía poco a poco, pero resultó que en un par de semanas se llevaría a cabo la ceremonia.
   —¿Porqué en dos semanas? –Pregunté nerviosa– No voy a estar lista.
   —Tranquila –respondió Jacke– Aquí todo es diferente.
   No me imaginaba que tan diferente pudiera ser y durante esas dos semanas me la pasé desesperada en mi habitación porque no me dejaban salir. Solamente entraba Naria a darme de comer, y Merle sólo entró una vez para que escogiera el vestido. Pero no era el típico vestido blanco; entre los que tenía para escoger había un vestido rojo, otro morado y otro negro, no tuve otra opción que elegir el rojo.
   Me desperté temprano el día de la boda y enseguida me bañé. Me sentía tan desesperada, tan ansiosa, tan preocupada, pero al mismo tiempo tan emocionada. Cuando terminé de bañarme entró Naria a ayudarme a vestir y peinarme. Luego se fue y minutos después entró Gadeth que me llevaría del brazo hasta donde sería la boda. Al salir de la habitación había un camino hecho con pétalos rojos de distintas flores, que recorreríamos hasta llegar al final. Los pétalos llegaban hasta un manantial donde se encontraban la reina, mi hijo, Jacke y personas de la realeza y de la nobleza. Gadeth me dejó a lado de Jacke (como lo hubiera hecho mi padre) y éste me tomó de la mano. Hasta aquí todo iba bien, pero lo extraño aún no llegaba.
   La reina y Gadeth se metieron al manantial e hicieron que Jacke y yo nos metiéramos también.
   No voy a contar todo porque sería muy largo, así que sólo narraré algunos detalles.
   —Traigan las tijeras –ordenó la reina luego de todo un sermón.
   "¿Tijeras? Pero si me voy a casar, no quiero morirme aún", pensé.
   Las tijeras se las dieron a Jacke y su padre, Gadeth, le dijo que me cortara el vestido; luego me entregó las tijeras y la reina me pidió que le cortara la camisa a él.
   Después regresé las tijeras y Gadeth pidió una navaja. Pensé: "Ahora sí me muero". Sin embargo, Gadeth nos explicó que entre los dos tendríamos que formar una cruz de sangre en nuestras manos. Tenía mucho miedo, que tal si me cortaba la mano. Para mi suerte Jacke lo iba a hacer, pero yo se la tenía que marcar a él; mis piernas temblaban como si fueran gelatina.
—¿Confías en mí? –me preguntó.
—S... Si –le contesté nerviosa.
   Entonces él atravesó mi mano en forma diagonal y luego yo hice lo mismo. Y al juntar nuestras manos se hizo una perfecta cruz de sangre.
   Todo estaba a punto de terminar y, al final, Jacke desplegó sus alas, me tomó entre sus brazos y nos fuimos volando al palacio, aprovechando que no había nadie.
   A pesar de que el palacio cuenta con muchas habitaciones pedí que la mía fuera acondicionada para mi hijo ya que desde ese momento dormiría con mi esposo.
   A partir de entonces fui muy feliz, me había convertido en princesa y todos me trataban con respeto; aunque muy dentro de mi corazón sabía que algo me hacía falta y Jacke también lo sentía.
   —¿Qué pasa, mi amor, acaso no eres feliz?- me preguntó un día estando los dos solos.
   —Claro que sí, soy la mujer más feliz del mundo porque te tengo a ti, a mi hijo y muchas personas de aquí me quieren.
   —¿Entonces...?
   —Es mi papá, Jacke –y lo abracé– Lo extraño mucho. Todavía no puedo creer que ya no esté a mi lado –confesé llorando.
   —Cálmate, no me gusta verte llorar.
   Una mañana desperté sola sin saber adonde había ido Jacke. No regresó hasta tarde y mientras, yo lo esperaba en la biblioteca leyendo un libro sobre la historia y costumbre de los riuyins.
   —¿Dónde has estado? –le pregunté– Me tenías muy preocupada.
   —Discúlpame, pero tenía que hacer algo muy importante, aunque sé que me va a doler.
   —¿De qué hablas? No entiendo.
   —Fui con el brujo del pueblo...
   —¿Un brujo? Yo pensé que no existían.
   —Por favor no me interrumpas. Fui y le dije que estabas muy triste y me dijo que... ¡No puedo, no puedo decirlo! –gritó y salió corriendo.
   Cuando llegué a la habitación ya se había dormido y no pude preguntarle nada.
   Al otro día me sentí extraña cuando desperté y cuál fue mi sorpresa al abrir los ojos: me vi rodeada de mis compañeros del salón, mi maestra de historia y... Alan.
   —¿Cómo llegué aquí, dónde está Jacke? –pregunté.
   —Cálmate, fue un sueño –respondió la maestra– Te desmayaste mientras contestabas tu examen.
   —¡No, no otra vez, sé que no fue un sueño! –grité histérica, pero la maestra no me hizo caso y corrió a todos para que descansara, sólo Alan se quedó.
   Una emoción muy grande recorría mi cuerpo cuando vi a Alan vivo.
   —Qué bueno que estas bien, Alan –le dije.
   Pero él se me quedó viendo extrañado.
   —Descansa un poco, al rato vengo por ti para llevarte a tu casa; no me gustaría que te fueras sola y menos así.
   —Sí.
   Me sentí extraña porque eso ya lo había vivido, estaba completamente segura. Era muy feliz con Jacke en Atlantis, pero no se comparaba con la dicha tan grande que iba a sentir al llegar a mi casa y ver a mi papá.
   Poco antes de que regresara Alan observé mis manos y... Ahí estaba la cicatriz en diagonal  que me hice cuando me casé con Jacke. No entendía nada, me iba a volver loca; probablemente algo o alguien me dio otra oportunidad de no defraudar a mi papá, sin embargo voy a echar de menos a Jacke.
   Más tarde entró Alan y nos fuimos en su auto hasta la puerta de mi casa, le di las gracias y me bajé rápido porque no quería que la historia se repitiera.
   En cuanto entré vi a mi papá y entonces corrí a abrazarlo y besarlo.
   —¡Papá, te quiero mucho! –le dije llorando.
   —Pero hija, ¿qué te sucede? –preguntó confundido.
   —Nada, es que te extrañé mucho –respondí sin soltarlo.
   —Pero si sólo han pasado unas horas.
   —¿Unas horas? A mí me pareció más tiempo.
   Llegado el lunes tuve que ir a la escuela como si nada y tendría que hacer el examen de historia nuevamente, lo cual no fue tan difícil esta vez pues ya lo había resuelto tantas veces que seguramente me sacaría un diez.
   Me sentía muy contenta porque estaba con mi papá y también porque Alan seguía siendo novio de mi hermana, pero por más que trataba no podía olvidar a Jacke, mi único amor.
   A la semana siguiente, el director nos tenía una pequeña sorpresa a nuestro grupo. A primera hora del lunes entró el director a darnos todo un discurso sobre la amabilidad con los compañeros, nos dijo que  tenemos que portarnos bien con todos y nos presentó a un nuevo compañero.
   —Él ha estado en cinco diferentes escuelas en lo que va del año debido al trabajo de su padre; así que reciban con un fuerte aplauso a su nuevo compañero –concluyó– Pasa por favor, que no te dé pena.
   Quedé helada al verlo, me pellizque el brazo para confirmar que no era un sueño y no pasó nada, el nuevo compañero seguía ahí viéndome fijamente
   —Jacke –dije.
   Se sentó atrás de mí porque el lugar estaba vacío y después me mandó una nota que decía:
   Tú eres mi amor, tú eres mi sueño hecho realidad
                                                                                     Jacke         
 
 
FIN
 
 
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Foto del autor Alejandra Jessaid Vargas Santiago
Textos Publicados: 14
Miembro desde: Mar 17, 2013
4 Comentarios 595 Lecturas Favorito 1 veces
Descripción

El gran esperado final de la historia de Atlantis

Palabras Clave: entierro boda Atlantis atlantida nio princesa carta recuerdo hospital principio

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Fantasa



Comentarios (4)add comment
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TraJjJjJjJedia

DÁI QUÍ RÁ!
Muy buen final Lorena... digo, Alejandra...
Saludos!
Responder
March 30, 2013
 

Alejandra Jessaid Vargas Santiago

jajajaja despues de 3 capitulos algo extensos creiste que era Lorena jajaja muchas gracias por tu comentario saludos!! :D
Responder
March 31, 2013

TraJjJjJjJedia

Jajajaja... Nooo... Solo bromeaba... ;)
Responder
March 31, 2013

Alejandra Jessaid Vargas Santiago

jajajaja ok!! :)
Responder
April 01, 2013

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