George en la soledad de su cama
Publicado en Nov 25, 2012
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George y la soledad de su cama


 Estaba George postrado en su cama, recordando lo excitante que fue ver a la señora Martha esa tarde, cuando los chicos grandes le insistieron en quedarse a tomar unas cervezas en casa de Pablo, él aceptó pero sólo para hacerles saber que ya era tan grandecito como para tomar sus propias decisiones.
La señora Martha, vecina de Pablo, quien degustaba de juergas, jaranas, era amante de los tragos, y además de ser rompe cunas, llegó y se sentó a tomar con los chicos. Luego de varias horas, la señora estaba tan desvariada que empezó a hacer bailes sensuales. Todos los chicos también estaban ebrios, pero sólo George, quien nunca había visto a la señora Martha tan curda, tan ebria, empezaba a apasionarse viendo sus grandes senos lucir ante tanta lozanía.
Eran las once y media de la noche y George estaba exhausto, tenía sueño, pero los recuerdos de aquella vez le hicieron sentir un deseo increíble, un deseo consolador, un deseo exasperante, hasta que se sintió tentado a introducir su áspera mano entre las sábanas, y al mismo tiempo iba pensando en el momento en que la señora cogió suavemente sus manos y se las puso en sus blandos senos. George ya no tenía control de sí mismo, y agitándose bruscamente, sudaba mientras, rompiendo su silencio tenía relaciones sexuales con la señora Martha, pero sólo en sus pensamientos.
La agitada noche terminó para George, confundido entre un sueño cansado y uno tan placentero, sabiendo lo que hizo, procuró no volver a cometerlo. Pero en esa misma mañana tuvo un incidente con una amiga de colegio, la chica que amaba en secreto. Se dirigía a la escuela, y se topó en esos instantes con Jhoselin, la del 4to c, un año mayor que él, la chica con un gran cuerpo y rostro, que piensa que él es tan empollón, tan geek, y por eso sus amigos lo molestaban a tal punto que siempre terminaba llorando en los baños.
-Buenos días Georgito -le saludó amigablemente.
-Jhose... ¿Qué, pero qué tal?  -Ni pudo terminar de decir palabra alguna, sentía una pequeña gota de sudor al ver unas delicadas piernas blanquísimas que tenía debajo de esa pequeña falda.
-Pablo y los demás me dijeron que estabas en la fiesta de ayer. ¿Cómo fue, eh?
George se puso nervioso. Sus amigos le dirían que le había estado tocando los senos a la vecina, que había bailado con ella hasta el amanecer, que por si fuera poco casi lo viola, ¿qué pensaría Jhoselin de él?
-Te quedaste mudo, pequeño.  -George estaba temblando, no sabía qué decirle, pero, ¿por qué estaba tan encariñado con él? Nunca lo había hecho, no lo entendía, hasta le decía cosas tiernas, por eso no quería fiarse mucho de las chicas, ningún humano con la suficiente inteligencia podía entenderlas, era tan difícil. Pero nunca debe bajar la guardia, uno nunca sabe cuando atacarán.
- ¿Qué tanto te dijeron? -Le preguntó tímido.
-Hay, pues que se emborracharon como siempre, y tú fuiste el único que no lo hizo como siempre, jajaja.
-Ah, ¿nada más? 
- ¿Hay mas? 
-No, no me hagas caso. -Tartamudeó avergonzado.
-Bueno, -dijo, y aprovechando que nadie estaba cerca, ambos pasaban por un callejón angosto para voltear a la derecha donde varios alumnos corrían hacia la escuela, volvió a preguntar con una mirada muy profunda.
-George, ¿alguna vez tuviste sexo con alguien?
George ahora estaba sudando. Las piernas le temblaban. Pensó que ya se había enterado de lo de la vecina, y estaba tan molesta, pero por qué no le había tirado una cachetada, o le decía que lo odiaba, eso no encajaba.
-Responde. -Le insistió, acercándose.
-No, claro que no. -Se ruborizó- ¿Cómo crees? ¡Puedo explicarlo!
-Estás nervioso -Dijo Jhoselin, dejando ver la punta de una pequeña lengua rozar sus labios en círculos.
- ¿No quieres tener sexo conmigo? Ya sé que eres un nerd, un cerebrito, pero así me gustas, con esos grandes anteojos que llevas. ¿Cuánto mide eh? ¿Qué tan grande es? -Le dijo como consolándolo, acariciándole el cabello.
George tenía un impulso nervioso muy fuerte, no podía hablar, todo su cuerpo se congeló, sintió esa presión que tiene uno al sentir los senos de una mujer apegarse a su cuerpo, ella se le acercó y deslizó su mano hacia abajo, cogiendo sus genitales. -Vamos-le decía, señalándole un auto. George, que ya no podía más, sabiendo que estaba mal, que era muy religioso, y que esas cosas son abominaciones para los ojos del Señor, que uno debe mantenerse virgen hasta el connubio, escuchó decir un día a su padrecito, gritó con una fuerza extraña que por primera vez experimentó:
- ¡Basta! ¡Déjame en paz, loca demente!
Corrió rápidamente hacia la escuela, y entró directamente a los baños a llorar. Jhoselin se quedó perpleja, dio media vuelta y guiñó el ojo a alguien que al parecer los estaba observando en el auto, esperó a que aquella persona la recogiese, y cuando llegó, cogió sus cosas y desapareció. George se sentía culpable. Se sentía mal por ella. Quería ir a pedirle disculpas, que no se preocupara, que la amaba de todos modos, pero que entienda que está muy mal lo que hizo, que no podía hacer eso. Y que iba a entender, la iba apoyar siempre y terminarían casados, amándose el uno al otro y con dos hermosos hijos.
Cuando entró a su salón, para su mala suerte el director anunció un traslado de una hermosa profesora recién llegada de las serranías. Todos, hasta el mismo director no dejaba de contemplar, sus rosadas mejillas y su delicada sonrisa, pero sólo eso creía la profesora. Iba a ser fácil pasar el año con esta serranita, pensaban los alumnos. Va a ser fácil irme a la cama con esta serranita, pensaba el director. George no pensaba nada. No quería pensar nada. Se atenía a contemplar como tremendo mañosón a la profesora, como todos, sino que pensaba y dibujaba al mismo tiempo a Jhoselin, a su amada necesitada.
-Miss Florentina, pero qué hermosa es usted. -Dijo un alumno vivaracho, compinche de Pablo.
-Miss Florentina, pero qué piernas tan sabrosas tiene usted. -Dijo otro, más despacio, ganando la apuesta que había hecho con sus amigos y Pablo. Miss Florentina no se molestaba por ningún comentario que hacían. Hasta iba gustosa a la dirección, cuando el director la llamaba. Se demoraba y unas alumnas regordetas la remplazaban.
-Miss Florentina, ¿me puede hacer un pete? -Preguntó Pablo, al fin, pero Miss Florentina no se molestaba, y los alumnos empezaron a hacerse unos flojos y a pensar en ella desnuda.
George ya no sabía nada de Jhoselin mientras pasaban los días. Ya no iba al colegio. Algunos decían que la habían secuestrado, que la habían violado y asesinado, pero nadie podía comprobarlo. Si les contaba a sus amigos, o a Pablo, ninguno le creería y encima le pegarían hasta que se vaya a llorar a los baños. Pablo le regalaba cada semana revistas para adultos, que ya es tiempo de ser un adulto decía, pero George fingía una sonrisa cada vez que recibía una, y luego las botaba.
Pero George, que ya lo había experimentado aquella noche, quiso hacerlo una vez más, con una de las revistas que guardó debajo de su cama para que su mamá no las vea. Cada noche que pasaba tenía más ganas de volver a experimentar, de hacerlo nuevamente. Ya no era un simple querer, ahora era un deseo. Y luego, esos inocentes deseos se convirtieron en una insolente necesidad, y esa necesidad se convirtió en un deber. Ahora debía hacerlo, pensando en Jhoselin, en su nombre, y también en el nombre de Martha, la vecina tetona, que cada mañana salía a regar las plantas.
Pablo un día le contó a George que había ido a casa de la Miss. ¡La vi en ropa de baño! Y George no lo podía creer. Éste le contó lo que había pasado con Jhoselin, pero Pablo lo vio con recelo. Mentiroso. Le dijo, volviéndose a su asiento para luego en recreo, golpearlo por mentiroso.
Nadie sabía que George por las noches era otro. Ni bien cenaba, se iba a su dormitorio, apagaba las luces, y se dejaba llevar por el magnífico placer que le causaba sus pensamientos, porque las revistas ya no le eran suficientes, quería más. Mojaba sus calzoncillos todos los días, y su madre pensaba, mi hijo está creciendo, mientras lavaba con más fuerza cada día. También pensaba en la maestra suplente, frotándose con más fuerza, con más voracidad. No se detenía hasta estar completamente satisfecho, hasta pensar que estaba junto a sus tres cómplices sexuales, pero tampoco era suficiente sólo pensar en aquellas, sino que pensaba ahora en el ambiente, en el escenario. Pero ya no le era suficiente el escenario, y tuvo que recurrir a algo mayor. Sus noches eran interminables, su mundo íntimo se convirtió en un frío pasar de semanas, meses y años. Ya no podía controlar sus impulsos y caía de nuevo en la tentación. Pero no sólo por las noches, sino en el baño, a plena luz del día, en los baños de su colegio, en su salón. Desde la primera vez, aquella noche recordando la fiesta que aceptó ir por obligación de sus amigos, sus noches fueron interminables. Así, siempre era así, ya no estudiaba, se convirtió en un holgazán, en un depravado que seducía niñas, que abusaba de ellas. Pero cada vez que regresaba a casa, se dirigía a su cuarto, a su habitación, repitiendo un ritual que duraba horas, y se perdía entre las sábanas, en la soledad de su cama.
                   Lunes, 1 de Agosto 12: 26 AM. (Esa noche)
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Foto del autor Jane
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Descripción

George es un niño de casa, es aplicado, no sale a fiestas ni se junta con malas personas, pero eso le ocasionaría tener enemigos, que abusan de él, pegándolo en los recreos. Pablo, uno de ellos, le conduce a un mundo nuevo, a un ambiente hostil, donde uno nunca más podrá escapar. Su vida sexual se hace activa y él presa de ello.

Palabras Clave: george cama deseo sexo prohibido pecado masturbación.

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Relatos


Creditos: Joderick Morgan

Derechos de Autor: Copyright 2012.


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