EL PACTO (NOVELA) 1ra PARTE
Publicado en Apr 12, 2012
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          Era otoño en Buenos Aires y el año apenas comenzaba. La ciudad desparramaba, de a ratos, su nostalgia por las esquinas porteñas como buscando debajo del asfalto, los recuerdos de esa antigua metrópoli con calles de adoquines, donde los zapatos negros y de charol esquivaban los charcos cotidianos. A medida que el tiempo transcurría, nuestra memoria se encargaba de alejar nuestras imágenes como una máquina fotográfica con zoom incorporado.
          Con el progreso, la capital Argentina había adquirido un sin número de ventajas, pero también había perdido otras, en ese trueque silencioso casi invisible entre el antes y el después, entre el pasado y el futuro.
          Sin embargo, entre las cosas inalterables que aún permanecían estaba esa multitud apresurada, que caminaba por todas partes como si no supiera a donde ir.                        
          Los taxis paraban en cualquier sitio, a pesar de lo denso que se ponía el tráfico a esa hora de la tarde. Pero en fin, las malas costumbres son muy difíciles de cambiar.
           Natalia cumpliría cuarenta años, en ese 1985. Pero aún faltaban cuatro meses para que ella entrara en esa edad crítica tan conocida para ambos sexos, donde ya no nos sentimos tan jóvenes y empezamos a analizar todo lo que hicimos.
          En esa edad, pareciera que los seres humanos tomamos conciencia de que el tiempo es demasiado valioso como para desperdiciarlo en otra cosa, que no sea vivir.
         Recién entonces, analizamos nuestros propósitos, nuestros fracasos y nos preguntamos si hemos disfrutado o vivido como esperábamos cuando teníamos veinte. Y tomamos conciencia de nosotros mismos, como si hasta ese día hubiéramos sido sólo protagonistas de una película cuyo libreto no nos pertenecía.
         Y es entonces cuando descubrimos nuestras verdades. La realidad se impone y nos dice que, simplemente, existimos o que nunca fuimos felices. Algo que antes no queríamos oír, aturdidos por el vértigo de nuestra juventud.
         En ese punto de nuestra conciencia, siempre pretendemos dar un golpe de timón que nos cambie el rumbo, como por arte de magia.
          Natalia siempre había oído hablar de la crisis de los cuarenta, pero nunca había experimentado esa sensación de inquietud interior que ahora sentía con frecuencia y la desconcertaba.
           Era otoño en Buenos Aires y esa tarde, las hojas conjuraban una crujiente alfombra ocre, que laceraba a la vida en sus entrañas. Y ella recordó que en esa estación del año, se había inspirado en muchas ocasiones para escribir algún poema, donde se reflejara ese devenir entre lo viejo y lo nuevo, entre las hojas secas y el estallido verde que sucedería después. Y era esa transición permanente, un misterio que la atraía y la motivaba a escribir, ya que era una poetiza innata, de las que en un momento preciso, toman un papel y comienzan a describir un paisaje o un sentimiento o un hecho, de manera espontánea y con un estilo donde no faltan las metáforas ni las imágenes literarias propias de los mejores escritores.
          Una explosión de luz en el poniente, hacía rosado al gris al borde de las nubes, haciendo flotar en el aire una latitud casi extranjera, que separaba la acera del balcón, desde donde Natalia observaba el fin de la tormenta.
           Su pensamiento volaba a cualquier parte, como si quisiera escapar a donde el viento dejara de gemir o las auroras apaciguaran el cansancio de sus ayeres acabados.
           Muchas veces, hubiera querido enmudecer al tiempo, pero la realidad golpeaba cual mendiga, a la puerta y la abofeteaba sin aviso.
          El final de la lluvia, siempre removía sus nostalgias hasta ponerla triste, sin causa aparente.
          Apoyada en la baranda del balcón, se desangraba en la crueldad de los instantes, mientras sus senderos se bifurcaban entre lo bueno y lo malo, entre el ayer y el mañana, como si el destino fuera un péndulo donde nada permanecía, o un torbellino de cristal que la invitaba  al desconcierto del futuro.
         Como siempre ocurría cuando las tristezas se complotaban para atraparla, Natalia tenía que encontrar las palabras y escribir algo que le sirviera de desahogo, para poder continuar con sus tareas, sin tener que suspirar a cada instante. De modo que dejó el balcón y como poseída por su musa inspiradora, tomó una hoja y escribió:
"Hay arcones de otoño
en matinal postura.
Verticales los ocres
descienden el rocío
Y los ecos regresan
al campanario del silencio.
No hay besos ni estallidos
de estambres y pistilos
Hay mariposas de cristal
colgadas en árboles de alambre.
Y una lágrima de papel
se descuelga de los ojos
del viento"
        De pronto, recordó que esa noche viajaría con su esposo a Mar del Plata y que debía apresurarse.
        Tenía que llegar a su negocio, antes del cierre, para dejar todo arreglado antes de que su empleada se retirara.                      
        De modo que enarboló su entusiasmo, se hizo a la mar en la pereza del asfalto y caminó las cinco cuadras que la separaban de su boutique, en la penumbra húmeda que dejara la lluvia.
        Por suerte, a esa hora, Olivos parecía un verde escalofrío de jardines sin sol.
         Natalia era una mujer con una belleza común, pero era atractiva, al punto que nunca pasaba desapercibida.
        Caminaba con agilidad y sentía que los hombres la miraban al pasar. Y eso la reconfortaba, ya que era coqueta y le gustaba estar siempre bien arreglada.
         No tenía más familia que su esposo, el Dr. Fernando Monteros ya que sus padres habían muerto en un accidente, y precisamente por ese motivo, había conocido a su marido quien, por entonces, era médico del servicio de emergencias que los había auxiliado.        
         Tampoco habían tenido hijos, de manera que sus pensamientos, siempre giraban alrededor de ambos y de algunos amigos.
          Por suerte, cuando llegó a la boutique todo estaba listo. Su empleada era muy eficiente como encargada del negocio y eso le permitió regresar enseguida para preparar la cena y terminar de guardar algunas cosas personales en su bolso.
          Unos tallarines con tuco, era la comida preferida de ambos y la más fácil de realizar. De modo que abrió una lata de tuco " pomarola" y puso la olla en el fuego con agua y sal.
         Fernando no tardó en llegar, porque tenían pensado salir a las veintiuna, rumbo a la costa.
         Todos los años lo hacían por esa época, cuando la mayor parte de los turistas ya habían retornado a sus lugares de origen.
          Abril era un mes donde el clima permanecía estable y templado.
          Natalia se apresuró a guardar lo que faltaba y Fernando controló lo suyo hasta que la cena estuvo lista.
         Mientras cenaban, la conversación se hizo trivial, referida a los pormenores del viaje que ambos habían programado con bastante antelación.
---- Ana vendrá con nosotros. Pero irá por su cuenta, porque debe quedarse en la oficina hasta que llegue su reemplazante, que vuelve de vacaciones por estos días- dijo ella.
---- Lo sé, a tu amiga le encanta Mar del Plata y no se perdería ni un solo día, a no ser que fuere necesario.-le comentó Fernando
---- ¿Es una crítica?
---- No, mi amor, hace tiempo que conozco a Ana y me da gusto que vaya con nosotros.
----- Es como una hermana.
------Ya lo sé. Y te acompaña mucho. Principalmente, a hacer compras por los Shopping.
----- Soy compradora compulsiva y ella suele frenar mis impulsos.- le comentó riendo.
----- No entiendo a las mujeres en eso de querer comprar y comprar- dijo él.
----  Tendrías que ser mujer, querido.
----- Dicen los sicólogos que el comprar en forma compulsiva puede ser un síntoma de depresión- agregó él.
----- Puede ser. Yo compro más cuando estoy triste o angustiada. - aseguró Natalia
------Algunos comen, beben, fuman, en fin, menos mal que yo no tengo esos síntomas depresivos.
----- Debes tener alguno.
---- Hace tanto que estamos juntos, que ya deberías conocerme - dijo Fernando
----- Te diría que, a veces, siento que somos dos extraños- le dijo ella
---- Mejor nos vamos, porque más tarde, tal vez no quieras salir en plena noche con un extraño -dijo él sonriendo.
          Cuando se disponían a partir, los truenos comenzaron a oírse, pero eso no impidió que salieran a la hora prevista. Los porteños y la lluvia, siempre fueron viejos amigos.
         Por suerte, una vez que abandonaron la Capital, no había ni rastros de tormenta y la luna parecía ahondar las sombras del camino.
         Natalia encendió un cigarrillo y observó a Fernando, quien acababa de cumplir cuarenta y cinco.
         Se veía espléndido, con esos ojos claros que brillaban cuando un vehículo le alumbraba el rostro.
          Sin embargo, a pesar de que todo entre ellos parecía tan perfecto, había algo que nunca terminaba de conformarlos.
          Lo tenían todo o casi todo. Estaban en la plenitud de su juventud, sin preocupaciones aparentes y como consecuencia de ello, la vida les debía resultar saludable, bella, armoniosa y llena de placer.
          Pero no era así. Ambos sentían que los días, simplemente se sucedían unos a otros, como gotas que caen de una canilla mal cerrada y por efecto de la gravedad.
        Mientras viajaban, ambos parecían desconectados como si no tuvieran nada que decir o como si ya todo lo hubieran dicho o lo que es peor, como si estuvieran pensando en otras  personas.
         Y continuaron así, un largo trecho, como dialogando en silencio con ellos mismos o como si estuvieran dormidos con los ojos abiertos, cada uno con sus sueños.
         Tal vez, Fernando imaginaba a sus amigos que lo aguardaban en Mar del Plata, pues se sentía importante con su título de médico y su buen pasar económico, aunque no era un profesional destacado. Sin embargo, le gustaba aparentar, conectarse con personas influyentes, de las que pudiera sacar alguna ventaja.
           Natalia, no compartía su modo de pensar pero lo dejaba ser, sin inmiscuirse demasiado en su filosofía de vida,  porque eso le aseguraba su propia libertad.
           Ambos vivían en esa tolerancia mutua de permitirse todo, de no preguntar, de no exigir, para evitar hacer y responder por contrapartida. Y si bien eso era cómodo los hacía sentirse solos.
         Pero Natalia, que  no quería pensar en nada de eso, volvió a encender un cigarrillo y prefirió deleitarse con la música que su esposo acababa de sintonizar.
          Fernando sabía perfectamente que no bien llegaran al mar, sus amistades, en su mayoría colegas, llegarían a su departamento a cualquier hora, porque a él le gustaba ser anfitrión y era muy sociable.
             También, como siempre ocurría, Natalia se sentiría más sola que nunca en compañía de toda esa gente, pero en realidad no le importaba demasiado porque la soledad era su mejor compañera. Podía pensar y reflexionar sobre cosas que habitualmente no formaban parte de sus quehaceres cotidianos hasta que Ana llegara y  juntas emprendieran alguna aventura vacacional.
           Por esa razón, estaba dispuesta a disponer de sus energías a pleno.
         Además, el mes de Abril era uno de los más tranquilos en la costa, ya que las playas no estaban atestadas de turistas como en los primeros meses del año, de modo que se podía disfrutar de esa época en que los soles florecían más allá del verano, las noches se poblaban con el rumor del viento y de las olas, para transmigrarla a azules lejanías.
          Por otra parte, los departamentos estaban menos habitados y las tertulias nocturnas de Fernando y sus amigos, no incomodarían a los vecinos.
         Pensando en esas cosas, el viaje le resultó corto porque casi sin darse cuenta, estaban en la maravillosa ciudad de Mar del Plata.
--- ¿Has conducido muy rápido? -le preguntó a Fernando
---- Como siempre.
---  Me pareció más corto el viaje-le dijo ella
---  Me parece que te dormiste, en un momento ¿O no?
--- Tal vez-- dijo ella.
         Pero Natalia no se había dormido, simplemente, se había ido. Pero es difícil explicar cómo alguien se puede ir permaneciendo en el mismo sitio.
          No bien bajaron el equipaje, acomodaron su ropa y se acostaron, ya que temprano tenían previsto comprar algunas provisiones.  
          Sin embargo, Natalia no lograba dormir y aunque eso le estaba ocurriendo a menudo, se resistía a tomar pastillas, aunque las noches se estaban transformando en una tortura, sin saber porqué.
         Por eso prefirió levantarse y ponerse a escribir, pero esta vez, inspirada en su propia vida:
"Frente a frente
éramos un epílogo.
Un abismo interior
amontonando cenizas
con las manos.
Un espacio, apenas,
nuestro cuarto
Mitad luces
mitad sombras
reptando en las paredes.
Voces calladas,
palabras sin memoria,
transitando a tumbos
por la sangre.
Horas de piedra
o mármol
de rutina a cuestas.
De soledad pintada de gris
Sentíamos la vida en caos
y las canciones rotas
en medio de los dientes
Y allí estaba el amor
hecho destierro.
        Natalia hubiera querido seguir hasta el alba, pero estaba cansada y volvió a acostarse, pero cerró la ventana de su cuarto para que la fresca brisa no acrecentara su insomnio.
         Un largo rato se mantuvo con los ojos cerrados y con el pensamiento en blanco hasta que se durmió.
          Por la mañana, Fernando se levantó primero, como era su costumbre y al verla  tan profundamente dormida, decidió encargarse de las compras.
          Cuando ella despertó eran casi las diez. Leyó la nota que él le había dejado y  más tranquila, se duchó, se vistió con ropa deportiva y salió a caminar por la costanera, buscando oxígeno.
           El cansancio del viaje se había esfumado con las pocas horas de sueño y caminaba con mucho placer, dejándose llevar a una playa solitaria que amotinaba soles
en la arena y donde algunas gaviotas se agolpaban buscando la carroña que dejaba el mar.
          Se quitó las sandalias y corrió hasta la orilla para que el agua le mojara los pies. Luego se sentó sobre la arena caliente y a solas, ella volvió a reflexionar sobre si misma, mientras oía el burbujeo del agua arrastrándose en interminables olas, que se unían a la brisa infaltable de la hora
          Hacía 15 años que se había casado y ya los cántaros parecían desertar de su gloria.
          Sabía que ya ninguno de los dos eran los mismos. Se sentía vacía y ni siquiera estaba segura del amor de Fernando ni del suyo propio. La apatía entre ambos era cada vez más evidente, aunque ninguno quería reconocerlo frente al otro.
      Así,  esa convivencia de apariencia perfecta, era nada más que una tensa calma donde se sentían cómodos pero no felices.
        En realidad, Natalia no se sentía ni bien, ni mal. Y se resignaba pensando en que su situación era común entre las parejas, después de muchos años de casados.
        Por otra parte, era difícil alejarse de él, porque le tenía afecto, pues era como la raíz de su árbol.
        Su marido solía pasar muchas horas fuera de la casa por causa de la medicina. Al menos, eso decía.
       Aunque ella no era tan crédula y presentía algunas infidelidades pero estaba dispuesta a tolerarlas porque no creía que la fidelidad fuera una virtud ni siquiera para ella misma.
      Simplemente, la comodidad de una vida sin sobresaltos era lo que la había mantenido fiel a su esposo. Aunque tenía que admitir, que tampoco había encontrado a alguien que la motivara lo suficiente como para abandonar esa especie de equilibrio, que se parecía a la felicidad.
         Y ahora, ella deseaba que algo inesperado le ocurriera para romper ese ritmo callado de su sangre o para quebrar esos esquemas mentales que la atrapaban, en una vida demasiado previsible y sin emociones.
          Casi con la piel en las manos, pensaba que su pasión, que otrora agigantaba mares con su aliento, se le escarchaba día a día.
         Pero no quería pensar, de modo que se levantó dispuesta a volver caminando.
         Cuando llegó al centro, tomó por Colón hasta Independencia y se distrajo mirando vidrieras. Compró un poco de hojas, que usaría como borrador para escribir, y unas lapiceras nuevas.
             En Mar del Plata todo estaba en liquidación. Y sonrió, porque su vida parecía estarlo también. Y tal vez, algún vendedor ambulante pudiera venderla al mejor postor.
        Trató de no pensar, pero por más que se esforzara no lograba sacarse de encima esas manos de espuma, que seguían escarbando en su conciencia por esos senderos
poblados de abandono que la llenaban de orfandad.
         Sus latidos parecían sordos, descifrando la monotonía de esos sentimientos que no lograban alterar el ritmo de su pulso.
         Necesitaba hacer algo para dejar de ser esa margarita sin color y sin perfume, plantada en el cantero de las flores sin cuidados especiales.
         Debía buscar alguna cosa que le sirviera de escape. Tal vez, si se dedicara de lleno a escribir podría intentar escribir una novela que la poblara de sueños, de ilusiones, como cuando era adolescente y pudiera vivir la vida de sus protagonistas sin pensar en la propia.
          Y eso, también era vivir. Escribiendo podía ser libre par elegir cualquier lugar, cualquier persona o cualquier amor.
         Esa idea le apuró el paso y como montada en su propio entusiasmo, salió como disparada hacia su departamento.
        Fernando salía de la ducha, cuando la vio entrar un poco agitada
--- ¿Te ocurre algo?- le preguntó, al verla
--- No, nada me ocurre desde hace tiempo. Ése es mi problema. - le dijo ella
--- No tienes de qué quejarte. ¿Acaso buscas emociones nuevas?
--- ¿Tú no, Fernando?
--- Cuando las quiero las encuentro.- le respondió él
--- Ya lo sé. ¿O crees que no me doy cuenta?-le dijo, seriamente.
          Era la primera vez que hablaban sobre eso y Fernando estaba sorprendido porque su esposa, siempre había sido muy tranquila. Jamás había tocado esos temas tan triviales.
      Sin duda, algo estaba pasando por su cabeza o quizás, sospechara algo.
--- Mejor cambiemos de tema, Natalia.
---Discúlpame. Hoy no es mi mejor día- le dijo ella
----Hoy llegará Ana a las 19 hs. ¿Lo habías olvidado?
--- No, no me había olvidado y estoy ansiosa por verla.
--- Por algo es tu mejor amiga.
--- Sí. ¿Y tus amigos, ya llegaron desde Buenos Aires?
---Sí, los vi frente al casino y tomamos un café.
--- ¿Están en el departamento de Pablo?
---Sí, a tres cuadras de aquí.- le comentó él
--- ¿Hay algo para comer?- preguntó ella
--- En la heladera. Compré pastas, pero yo ya comí en un bar de la costanera. -le aclaró él.
         Natalia no tenía deseos de comer pastas, de modo que se preparó un emparedado.
         Mientras lo hacía pensó en Ana, quien a pesar de ser soltera, comprendía perfectamente todos sus problemas y a veces, hasta hacía de consejera matrimonial.
          Estaba tan acostumbrada a su amiga que ya la estaba extrañando, a pesar de haber estado con ella antes de viajar.
         Por suerte, Fernando no era celoso respecto de ella, como suele ocurrir con algunos esposos cuando las amigas íntimas de su mujer son solteras y por ese hecho, creen que tienen influencias negativas en el matrimonio.                          
         Por suerte, ellos habían superado esos conflictos tan banales.
          Natalia lo tenía todo, cultura, trabajo, buena situación económica, belleza, un marido apuesto y un matrimonio apacible.
     Eso era demasiado, para su gusto. Y el hecho de no haber tenido hijos, no los afectaba, sino todo lo contrario.                     
     Para ellos, el mundo no era un paraíso terrenal, sino más bien, un lugar adonde se llega un día sin ser invitados y donde somos recibidos sin trompetas ni estruendos. Un sitio hostil, donde todo ya está concebido.
       Muchas veces, cuando Natalia pensaba en eso, se sentía deprimida y prefería aturdirse con un televisor que no veía o con música que no escuchaba o salía de compras para llenar bolsas, cuando en realidad lo que ella necesitaba, era llenar su alma.
      A veces, como ahora, salía de vacaciones a donde no quería, únicamente para conformar a Fernando.
        Pero se preguntaba: ¿Y sus propios planes? ¿Acaso no los tenía? ¿Qué le estaba pasando? ¿Esta sería la crisis de los cuarenta?
         Y en la soledad de su habitación ella pensaba, por primera vez, en lo que se había convertido su vida. Y tuvo necesidad de escribir otro poema. Y así, lo hizo:
" Hubo un tiempo
de campanitas en los dedos,
de sol hecho espuma sobre el pelo.
Un tiempo en que la luna
dormía en mis ojos hasta el amanecer
De rosas sin espinas,
de pies descalzos
y tostadas con miel
Hubo un tiempo
de almanaques sin lunes
ni finales de mes,
donde el mañana era largo
y el futuro también.
Hubo un tiempo de coraje
donde todo parecía
estar a mi alcance
y el miedo no se atrevía
ni siquiera a entrar
Pero pronto me di cuenta
de que el sol, la luna,
las estrellas y los sueños
tan sólo existían
en una hoja de papel "
         Eran casi las dieciocho, cuando Fernando la llamó alertándola de que debían ir al aeropuerto, ella se levantó y comenzó a vestirse. Pero en ese momento, sonó el
timbre y él fue a atender el portero eléctrico.
---- ¿Ana? ¿Qué pasó? Sube--- se lo oyó decir.
         Cuando Ana bajó del ascensor, Natalia ya  la estaba esperando.
--- ¿ Se adelantó tu viaje? -le preguntó, al verla
---No, en realidad yo les mentí el horario para que no fueran a buscarme.
--- ¡Qué ocurrencia tan infantil! -exclamó Fernando, al oírla.
        Natalia abrazó a su amiga y la ayudó a acomodar sus cosas, mientras comentaba:
---- Parece que el tiempo está bastante estable.
---- En esta época, Mar del Plata es hermosa - dijo Ana
---- El mar está tibio, esta mañana estuve chapoteando con las olas- le comentó ella.
---- ¿Sin esperarme?-dijo Ana
---- Sin esperarte. Pero si quieres podemos ir ahora, pues el crepúsculo es maravilloso.
---- Después de ducharme. Hoy estuve trabajando todo el día y hasta casi pierdo el vuelo.- le contó Ana.
--- Si quieres podemos quedarnos a descansar.-le propuso ella
---No, eso nunca. Quiero salir a caminar.
         Después de un rato, ambas se vistieron y salieron a caminar por la costanera para aprovechar lo que quedaba del día.
         Había sido una bella tarde de sol y el crepúsculo prometía disputarle al día un gran final, con esa brisa suave que suspiraba el mar y esa bandada callada de gaviotas surcando el horizonte
        ¡Qué bello era el ocaso, en todas partes!
         Los colores se descolgaban sobre la crespa llanura del océano y el silencio era un culto rendido a la plenitud de la hora.
          Por eso, en cualquier lugar del mundo, los pájaros acallan su canto y los rugidos cesan, cuando el sol se acuesta en su lecho de lirios para soñar despierto con un nuevo día.
           Las dos amigas caminaban silenciosas ante ese espectáculo de luces y de sombras, que tantas veces habían visto y que siempre las deslumbraba, como la primera vez.
         Y casi sin darse cuenta, llegaron hasta el Torreón del monje, esa confitería de estilo elegante, que era la predilecta de Natalia, precisamente, porque se encontraba pegada a la costa. Estaba construida sobre las rocas acantiladas donde se estrellaba el oleaje. Y como en un cuento de piratas, el edificio parecía una embarcación encallada y el estruendo del agua contra las piedras podía escucharse, desde sus ventanales.
          La rusticidad del ambiente y el verde de las plantas que adornaban los rincones, como así la sobriedad del trato y las exquisiteces típicas de sus bebidas y comidas, hacían del sitio algo muy especial.
          Eligieron una mesa, desde donde se podía apreciar el paisaje marino y pidieron una jarra de clericó, que era la especialidad de la casa.
         Pero no obstante lo placentero del lugar y la sonrisa puesta de Natalia, su amiga vislumbraba en ella una tristeza reprimida que asomaba, de tanto en tanto, por sus ojos.
---Te noto un poco triste. -le dijo Ana
--Es que....no sé....a veces...
--- ¿Qué te ocurre? Dime.-insistió.
--- No sé. Es que no estoy conforme ni con mi vida, ni conmigo misma. Siento que algo quiere escarparse lejos y no regresar. Nunca me ocurrió algo así, es una crisis.
--- Puedo adivinar que te sientes aburrida con la rutina y el matrimonio no es lo que esperabas porque has perdido la pasión. ¿Ves? Por eso, no me casé.
--- Es que yo he cambiado.
--- ¿Qué quieres decir? Todos cambiamos, lo que pasa es que estás en crisis y eso va a pasar Natalia
--- En cualquier relación de parejas, las personas deben crecer juntas. Si no lo hacen, alguien se queda afuera y las cosas no funcionan.- agregó ella
---Explícame eso. No lo entiendo.-dijo Ana
----Cuando nos casamos estábamos enamorados y cada uno veía en el otro algo perfecto. Luego, cada uno fue modificándose .y al cabo de quince años, somos tan distintos. Aunque estemos acostumbrados a vivir juntos, a compartir cosas y a sentir cariño, pero ya  no sentimos pasión.
----Ahora lo entiendo. Pero yo creía que era la rutina la que acababa con la pasión y el amor.
----No, Ana. Nosotros fuimos siempre personas imprevisibles y nunca fuimos rutinarios. Fuimos libres en el hacer, en el pensar Y ningún día, ni  acto, fue igual a
Otro. Pero, sin embargo, lo mismo nos ocurrió lo que les ocurre a las demás parejas al cabo de varios años
_ Es verdad, Uds. son un ejemplo de convivencia libre
---- Además, la rutina une, no separa.- aseguró ella
----- Tal vez, sea así, yo no puedo decirlo porque nunca tuve una relación estable. La más larga, duró tres años, con Julián ¿Recuerdas?
---- Sí, lo recuerdo.
---- Pero no quiero verte así, Natalia.
----- El ser humano nunca deja de crecer y de cambiar, Ana. Y es eso lo que pone distancia en la pareja, cuando el crecimiento no es similar.
--- Estás hecha una filósofa.-dijo Ana
----Creo que es la crisis de los cuarenta.
--- Necesitas algo o alguien que te reanime.-le dijo su amiga, en tono de broma.
--- ¿Un amante?- Preguntó Natalia
--- No lo deseches. Pienso que cada uno debe hacer todo aquello que le haga bien.
----Tal vez, pero lo que necesito, por ahora, es alejarme, huir. Si pudiera hacer un viaje -dijo Natalia, como pensando en voz alta.
----- Muy bien ¿Quieres ponerte a prueba? ¡Adelante!
--- No sé qué quiero, pero necesito estar conmigo misma.  Siento que así se van a aclarar mis ideas.- dijo Natalia
-- Eso sería fantástico y si pudiera te acompañaría. Precisamente, he visto en una agencia, un viaje muy particular. Es una excursión al Matto Grosso y si quieres te puedo averiguar.
---Me encantaría, porque amo a la selva. ¿Vendrías conmigo?
--- Me gustaría, pero yo trabajo en relación de dependencia y ahora tengo mis vacaciones, Natalia
----La selva me atrae como un imán. Cuando era adolescente estuve en el Amazonas, en una breve excursión y me encantó.-comentó ella
-----En este viaje encontrarás haciendas con sembradíos y mucho ganado.
       Debe ser algo muy bello. Es tu oportunidad.
-----Iré. No bien lleguemos a Buenos Aires, tú misma me harás la reserva.
           Natalia se sintió feliz con esa idea y su expresión cambió desde ese instante. Pidió la cuenta y volvieron en taxi hasta el departamento, ya que se les había hecho un poco tarde.
        En el trayecto, casi no hablaron del tema y cuando llegaron, Fernando había preparado unos mariscos porque estaba esperando a sus amigos para jugar al naipe.                       
         Ellas prefirieron darse una ducha e ir a la cama sin cenar, porque estaban agotadas.
         Una luz nueva parecía iluminar el rostro de Natalia. La idea de escaparse a la jungla, le había cambiado el humor.
          Cuando Ana salió de la ducha ella parecía dormida, de modo que apagó la luz y también se acostó.
          Pero Natalia no dormía, sino que soñaba despierta.             
          Se acurrucó enroscándose en las sábanas, como cuando era una niña y su corazón latía deprisa, como cuando cabalgaba con su abuelo hacia el río, en una Villa serrana de Córdoba.
         Y esos recuerdos, lograban el milagro de hacerla feliz.
        A la mañana siguiente, cuando Ana se levantó, Natalia y Fernando aún dormían. De modo que se preparó el desayuno y leyó el diario del día anterior antes de salir para el centro.
        Cuando Natalia se levantó, preparó café y se sentó junto a la ventana desde donde se apreciaban los quince tonos azules del océano. Desde allí, observó a la gente que se apresuraba para ganar un lugar en la playa, ante la promesa de un día soleado.
             Por ello y como tratando de llenar sus vacíos interiores, Natalia tomó sus hojas y escribió:
" Vestida de simpleza
la mañana ceñía
su cintura de pájaros.
En todas direcciones
la gente se cruzaba
destrozando el ámbito.
Mi vacío interior
se volvió poesía
y mis dedos deslizaban
mi deseo a las letras
y el papel amontonaba
asombros en el alma
A través del cristal
toda la ciudad era un recorte
y en la calle,
el viento se llevaba,
una a una, las respuestas.
Pero más allá de mi piel
estaba el mar..."
Fernando se levantaba en ese instante y cuando la vio entre  tantos papeles, le preguntó:
---- ¿Qué haces? ¿Acaso has vuelto a escribir?
----- Nunca he dejado de hacerlo- contestó ella
----- Convengamos en que hubo temporadas en que no lo hiciste- le corrigió, mientras preparaba un licuado.
----  Estoy por escribir una novela
---- ¿Una novela? ¿ En una época en donde nadie lee? - le dijo, casi despectivamente.
--- Yo no escribo para que alguien lea, lo hago para mi satisfacción personal.- le dijo en tono poco conciliador.
----Yo no entiendo eso. Para mí lo que se hace, debe tener un beneficio económico, no ser una terapia. Para eso, puedes ir a un psicólogo- le dijo, mostrando su desinterés.
---- Eres un materialista. El dinero es el fin de tu vida. No nos vamos a entender, de modo que hablemos de otra cosa.-agregó ella
--- Quizás te haga falta relajarte un poco y hacer un viaje- le propuso él, para aflojar  las tensiones.
--- Eso ya está resuelto, lo tengo planeado.- aseguró ella
--  ¿Cuándo lo decidiste?
---  Ayer.
------ ¿Adónde irás?
----- Al Matto Grosso- contestó Natalia, mirándolo a la cara  para ver su reacción.
          El no pudo dejar de reír, como extrañado del lugar que ella había elegido.
__ ¿Y cuándo lo harás?- le preguntó él
--- En unas semanas.
--- ¿Y porqué tanta prisa?
---Necesito, sentirme viva. Últimamente me siento muy mal, depresiva, no puedo explicarlo porque no tiene explicación
---Cualquiera va a pensar que nuestro hogar es una tumba.
---A veces lo siento así, Fernando, aunque te cueste creerlo.
---- Tal vez, te hace falta un poco más de actividad física. O que practiques algún deporte o algo así.
--- Necesito pensar. Y tal vez, tú también lo necesites.- le dijo seriamente
---Yo no pienso. ¡Vivo!
--- Tienes razón. Yo pienso demasiado y me olvido de vivir.- dijo ella
--- Estás muy susceptible. ¿No crees que necesitarías un analista?
---Lo que necesito es el divorcio.- dijo, en una reacción poco previsible.
--- ¿Te estás volviendo loca? Primero me hablas de viajar, luego del divorcio, no entiendo nada.
---No soy feliz, ni tú lo eres. Eso sí puedes entenderlo.
--- No hables por mí, yo puedo hacerlo.-dijo él
--- ¿Y qué vas a decirme?
----Que te amo.- dijo él, sin dudarlo.
         Hacía mucho tiempo que no le decía eso. Y ella se emocionó. Fernando la abrazó, la besó y la pasión se volvió a instalar en su cama, como en los viejos tiempos.
Y se prometieron ocuparse más de ellos mismos.
      Cuando Ana regresó, todo parecía normal entre los dos.
          Los días que siguieron no fueron diferentes, todo volvió a ser como siempre. No había discusiones pero tampoco emociones. Los sentimientos entre Natalia y Fernando no alcanzaban para cambiar la relación, por más de un rato. Y luego de una noche especial, todo volvía a ser como era. No podían esconder entre las sábanas, la realidad de un hastío compartido, que sólo algunas  veces, se disfrazaba de pasión.
         Pero con un poco de voluntad hasta el hastío se vuelve normal y hasta puede vivirse con buen humor,  disimulando  las penas y los fracasos. Con un poco de imaginación, todo lo que permanece igual parece distinto y con paciencia, se puede continuar, sin sobresaltos, sin penas ni glorias.
           Mar del Plata era bella, pero Natalia tenía ganas de salir corriendo y no volver.
           ¡Lo que puede el hastío!
          Estaba harta de complacer a Fernando y desistir de cualquier otro rumbo porque sus amigos lo esperaban allí, todos los veranos. Tal vez, si no estuviera Ana, hubiera tenido el coraje de desaparecer sin previo aviso. Pero siempre tenía que ceder, por una cosa o por otra y se sentía acorralada Y sin proponérselo, se encontró pensando en Alfonsina Storni.
        ¿Le habría pasado lo mismo? ¿Por qué el mar le producía tanta nostalgia y le hacía sentir el peso de los
fracasos?
         Natalia sintió que la poetiza, podía haber pasado un momento de depresión como ella y tuvo deseos de escribir un poema para ella. Y como si la imaginara en el momento de tomar la decisión, comenzó a escribir:
Hizo cálculos
mirando a sus pies,
como buscando en el piso
lo que ya tenía en los ojos.
Maraña de silencios
la verdad,
eterno prólogo
su vida,
Pregón de la nada
sus sueños,
que agonizaban
como un viejo farol.
Y aquel espejo
que reflejaba la simetría
de su perplejidad.
Estaba harta de empezar
de juntar sus pedazos
y quiso ser mar.....
para quedarse tendida
para siempre.
Luego, como si le hiciera un epitafio, agregó:
"En las arenas fósiles del tiempo,
tendió los ayeres boca arriba
Y en sus escombros de ternura
florecieron azules, las retamas."
          La escritura le levantaba el ánimo, aún cuando escribiera cosas tristes. De modo que aprovechó para hacerlo mientras permaneciera allí
       Pero el mes de Abril no podía durar eternamente y los días de descanso llegaron a su fin, como absorbidos por los vientos de Mayo.
          El aire se había puesto frío, de modo que decidieron hacer las valijas y regresar a la capital, donde por causa de la humedad, siempre estaba más cálido.
       Durante el regreso, la carretera estaba despejada y Fernando podía acelerar a voluntad. Siempre le había gustado la velocidad y aprovechaba el momento para demostrarlo.
--- Fernando, no es necesario ir a tanta prisa, sabes que no me siento cómoda - le protestó Natalia.
--- Está bien- decía, mientras levantaba el pie del acelerador.
         Al cabo de unos instantes, el velocímetro marcaba, otra vez, la velocidad anterior. Pero ella sabía que era inútil volver a insistir. De modo que puso música de su agrado y encendió un cigarrillo.
-----  No veo la hora de llegar. -dijo ella.
----- Piensas en el viaje ¿No es cierto?- le preguntó él como adivinando sus pensamientos
---- Estoy muy entusiasmada.
--- Espero que te haga bien y que regreses más motivada.
--- Tengo que hacer algo que me quite un poco la ansiedad. Necesito tomar distancia, meditar.
--- Estás deprimida, eso es todo. Volverás como nueva de ese lugar.
--- No estoy segura pero lo intentaré.
--- Por suerte ¡Llegamos! -dijo él, con entusiasmo
           Buenos Aires, parecía más bella e imponente al regresar de cualquier lugar.
           Era de noche, cuando arribaron y un torbellino de luces, le daban ese aspecto tan particular, en medio de un cielo tan negro y tatuado de paganas estrellas.
            A esa hora, el rocío jugaba como un fantasma travieso y la neblina borraba las orillas del Río de la Plata.                   
           Sin embargo, la gente circulaba por todos los sitios, como dándole la espalda al sueño y al cansancio.              
          Los diarieros gritaban por las esquinas porteñas, anunciando los titulares de los diarios y las bisagras de los quioscos crujían anunciando el alba.
           ¡Qué olor a Buenos Aires! ¡Qué ruido a Buenos Aires hacía el barredor de calles! ¡Qué pinturita parecía frente al puerto, donde se inspiró Quinquela!       
         Ningún argentino, podría cambiarla por ninguna otra capital del mundo, simplemente, porque no habría otra igual.
          Fernando y Natalia, dejaron a Ana en su departamento y llegaron a Olivos casi a las seis.  
       Mientras subían en el ascensor, Natalia tuvo el presentimiento de que algo iba a suceder. Y no se equivocó.
          Entre la cantidad de sobres que habían recogido de su casilla interna de correo, había uno, dirigido a ella, con membrete de la embajada de los EEUU. 
        La sorpresa y la perplejidad fueron para ambos, ya que no recordaban tener  amigos ni parientes, en ese país.
        Cuando ella lo abrió, su desconcierto aumentó, ya que la embajada la citaba para darle cuenta sobre un testamento.
--- No entiendo- dijo pensativa
--- ¿Tienes idea de qué se trata?
--- Ninguna. A menos que...
--- ¿Qué?-insistió él
--- Escuché a mamá hablar de un hermano que estaba en EEUU, pero no sé si paseaba o vivía allí. Pero de cualquier forma, no creo que él supiera de mi existencia.
--- ¿No tenía contacto con tu madre?
--- No lo sé. Ella no hacía comentarios sobre él. Pero quizás, mantuvieron algún contacto.
-- Por alguna razón viene a tu domicilio.
        Su corazón latía con fuerza, a pesar de que el dinero no le importaba demasiado,  pero seguramente en su vida se operaría un cambio y eso era lo que ella necesitaba.
----Mañana iremos a la embajada- propuso Fernando
--Sí, mañana lo sabremos, ahora estoy cansada y no quiero pensar.
--- ¡Podemos ser ricos! ¿A ti no te importa?- le dijo, él al verla indiferente.
---- Claro que no - dijo, mientras se metía en la cama.
         Fernando no entendía a su esposa pero se acostó, aunque supuso que no podría dormir después de saber que, quizás, una fortuna en dólares les estaría esperando.                    
          Dio vueltas en la cama y trató de imaginar cómo sería su vida si eso acontecía.
         Mientras tanto, Natalia se durmió al instante y él la miraba absorto al verla tan relajada. Sentía una mezcla de admiración y envidia por esa paz que veía reflejada en su rostro.
          Al amanecer él se levantó, tomó unos mates y a las once, al ver que ella continuaba durmiendo decidió despertarla.
---Vamos, levántate. Tenemos que irnos ¿Recuerdas?
----Mañana....dijo ella, tratando de desperezarse.
-----Hoy, mi amor, no sea perezosa. - le insistió él.
--- ¿Me tratas tan bien porque puedo ser rica?
---- ¡Vamos, levántate!- le dijo, cambiando el tono.
             Natalia se sentó en la cama y él le acercó el desayuno.
--- ¡Qué atención, querido! Con todo esto, yo tengo miedo de que se trate de apenas unos pocos dólares- exclamó ella, riendo.
---- No digas eso, amor. Tú serás rica y yo seré tu esclavo fiel ¿No me digas que no te gustaría?
--- Lo voy a pensar.- dijo divertida
         Natalia tomó su desayuno y luego se vistió para complacerlo, ya que él no soportaría la incógnita de saber si había dado ese salto tan esperado hacia la primera clase.
        Fernando era un ser ambicioso y no podía disimular su ansiedad.
         Cuando salieron, la mañana semejaba un remolino de pasos y voces atropellándose en la vereda.
          Las personas caminaban como autómatas, como si fueran llegar tarde a todas partes o el mundo fuera a derrumbarse en unos instantes.
          ¿Cuál era la prisa que tenían los porteños a esa hora? Ninguna. Simplemente eran así, por naturaleza.
---- Ya no soporto este tráfico - dijo él, malhumorado mientras conducía
--- Cálmate, lo que sucede es que estás muy alterado últimamente.
--- Es que quiero llegar antes de las doce. Si hubiéramos salido antes, como te decía -protestó él
         Enseguida Fernando encontró un estacionamiento cerca de la embajada y pensó que ése sería un día de suerte. Y no se equivocó.
          Debieron esperar cerca de dos horas y cuando fueron atendidos se enteraron de que ella tenía un tío que había hecho un testamento a favor de su hermana, la madre de Natalia, quien era su única heredera. De modo que debía viajar a Los Ángeles para aceptar lo que era una verdadera fortuna.
       Fernando parecía querer llorar de alegría mientras ella se ponía cada vez más seria ante ese inesperado anuncio. Pero al dejar el recinto, ninguno de los dos pronunció palabra alguna. Estaban mudos, asombrados por lo que acababan de oír. Y a partir de ese momento, ambos sentían que nada iba a ser igual en sus vidas.
--- Es mejor no decir nada a nadie, ni siquiera a nuestros amigos- le dijo él, cuando salieron de allí.
--- ¿Por qué ?..No entiendo-murmuró ella
---Porque cambiarán de actitud respecto de nosotros.
---Me da mucho más miedo que nosotros cambiemos por el solo hecho de ser ricos.
--- Eso nunca, mi amor, pero respecto de los otros ya no sabremos si nos quieren de verdad o por interés.
---Sería horrible, no quiero ni pensarlo.
---- Ana, sería la única excepción.- dijo él
--- Por supuesto, no podría ocultárselo. Yo confío en ella.
---Debes pedirle que guarde el secreto
----Lo hará.
          Natalia, no se sentía mejor ni peor que antes. Por el contrario, presentía que esa fortuna le traería aparejado más conflictos.
          Para ella, el dinero no era importante y no lo necesitaba para ser feliz. En el fondo de su alma, hubiera preferido seguir como estaba, sin necesidades ni sobrantes de caja. Pero no quería decirle esto a Fernando porque, indudablemente, no lo comprendería.
          Por otra parte, ella nunca había creído justo el derecho a heredar. Mucho menos, si la herencia provenía de una persona que no conocía, aún cuando fuera pariente de sangre. Siempre habría creído que la base de la desigualdad económica entre los hombres, era ese derecho sobre bienes que no eran fruto del propio esfuerzo.
          Pero las leyes eran así y ella no podía hacer nada para cambiarlas. Además, si su esposo conociera sus pensamientos, pensaría que estaba fuera de sus cabales.                        
           Por eso, calló y prefirió verlo con esa alegría nueva que le dibujaba el rostro y lo iluminaba con ilusiones de nuevo rico. Y pensó que si el dinero servía para eso, sería bienvenido. Sin embargo, ella no podía dejar de tener ese mal presentimiento, como si algo malo le fuera a suceder, por causa de esa fortuna.
            Por suerte, con el correr de los días esa sensación fue desapareciendo y Fernando se mostraba muy cariñoso con ella y esa nueva manera de tratarla, no le disgustaba. Aún cuando supiera que lo hacía por interés.
            Esa misma noche, invitaron a Ana para celebrar Y ella no se hizo esperar, llegó temprano y Fernando preparó unos tragos mientras Natalia le daba las buenas nuevas.
--- Qué maravilloso, Natalia- exclamó Ana.
--- Quiero que me acompañes a Los Ángeles- le propuso Natalia
---- ¡Yo te acompaño! -dijo él, antes de que Ana respondiera.
--- No, esto es algo muy personal- le dijo, riendo.
----No puedo hacerlo Natalia, porque tengo atrasos muy grandes en el trabajo y no me darán permiso.- le dijo, su amiga.
---- Pero pienso ir después de mi viaje al Matto Grosso.- le aclaró
---No podré de todos modos - agregó ella
----- Es una lástima.
----- ¿Porqué no vas con Fernando?- le preguntó su amiga
----- No, prefiero ir sola. Él me pone nerviosa con su exceso de ansiedad.
           Cuando Ana se fue. Fernando trató de esforzarse en mostrarse más tranquilo. No quería que ella siguiera pensando que era muy ambicioso, aunque no se lo había dicho en esos términos.
             Pero Natalia sólo pensaba en su excursión a la jungla y por esa razón, se veía feliz.
           Esa noche estuvo despierta hasta casi el amanecer y cuando el sol aparecía, apenas en el horizonte, ella se puso a escribir:
Amanece
en los cristales
como entonces.
Desnudo va el rocío
por la calle
y es mármol la quietud
en todas partes.
En las grietas mojadas
de los vidrios
se deslizan ternuras
todavía,
aletean las luces
en los nidos
y en tácito silencio
se detiene el instante.
Amanece
en los cristales
como entonces
Y por eso las voces
se levantan descalzas.
              Eran las ocho cuando Natalia se acostó y se durmió enseguida. Pero cerca del mediodía sonó el portero insistentemente y ella saltó de la cama al recordar que su amiga vendría a almorzar.
--- Creí que no estabas - Le dijo Ana, al ver que tardó en abrir.
----Es que escribí hasta el amanecer y me dormí.
--- Si quieres te dejo dormir- le propuso
---No, Fernando ya llega. Pediré comida y almorzaremos enseguida - dijo mientras llamaba por teléfono para encargar un pollo con papas.
          Tal como imaginó, Fernando llegó apresurado y luego de saludarlas, destapó una cerveza para compartir.
           Por su parte, Ana conversaba sobre los detalles de sus recientes averiguaciones, ya que se había ocupado de ir a la agencia de viajes y conseguir los papeles de todo lo que tenía que llevar en su excursión por Brasil, como también las condiciones y fechas de salida. Y así se lo hizo saber a Natalia, quien tomó esos informes con mucha atención.
--- ¿No crees que deberías viajar primero a Los Ángeles? - dijo Fernando, preocupado por lo que acababa de oír.
---No, primero está lo primero - agregó su esposa, de manera categórica.
--- Yo te haré la reserva el lunes para que salgas el próximo domingo, porque para la próxima excursión tendrías que esperar tres o cuatro meses o tal vez, más.- le dijo su amiga.
             Fernando estaba furioso pero trató de disimularlo. No entendía cómo su mujer no estaba viajando a Los Ángeles en el primer avión que saliera con ese rumbo. Como tampoco entendía que quisiera viajar al Matto Grosso, pero él estaba dispuesto a mostrarse cordial y comprensivo, de modo que guardó su enojo adonde ella no lo pudiera ver y se sentó a la mesa para almorzar.
        Después de comer se estiró en el sillón del living, mientras ambas continuaban programando el viaje.
--- Ana, ven a mi cuarto, quiero mostrarte lo que llevaré en la maleta. - le dijo Natalia
----Claro. Dijo su amiga, mientras la seguía.
--- En la agencia me dieron esta lista de cosas que no deben faltar. Y también debes ponerte estas vacunas.- le dijo dándole un escrito.
--- ¡Estoy tan feliz, Ana! Muchas gracias por haberme impulsado a hacer el viaje. Es una lástima que no podamos hacerlo juntas.
---Prefiero que lo hagas sola. Lo necesitas de verdad. Otra vez, voy a ir contigo, lo prometo.
---Tengo que comprar algunas cosas para llevar.- exclamó
--- No debes llevar nada de lo que no está en la lista.- le advirtió
----Sí, pero hay cosas que están allí y que no tengo.-dijo Natalia
--- Debe ser un poco peligroso ir allí ¿O no? Dime, porque tú ya has ido a la selva.- le preguntó Ana, preocupada
---Con guías expertos, no. Pero es emocionante y te encantará
         Natalia parecía otra, sus ojos brillaban iluminando su sonrisa y su dinamismo la hacía moverse por todos los rincones mientras acomodaba algunas cosas sobre la cama.
        Fernando la miraba desde el living, sin entender porqué no corría tras su fortuna, en lugar de estar haciendo planes tan absurdos, como esa aventura por lugares salvajes.
         Por primera vez, tuvo miedo de que al regresar de su travesía, ella reconociera lo que él ya sabía desde hacía tiempo y que ninguno de los dos quería reconocer. O sea, que el amor se había esfumado entre ambos, aunque trataran de disimularlo. Y temía que lo abandonara.
         ¿Y por qué había terminado el amor? Nadie puede saberlo. ¿Cuándo? Tampoco. Sólo sucede, cuando un día miras a la persona amada y te das cuenta de que estás frente a alguien que ya no conoces, que no es la misma con quien querías compartir tu vida. Y te das cuenta de que ya no quieres estar allí, aunque no tengas otro lugar adonde quieras ir. Y no quieres que te pregunte o te cuente nada. Ni tampoco quieres acostarte a su lado  y no quieres besarla, ni tocarla.
           Sin embargo, aún llegas a la casa, te sientas con ella a la mesa, haces algún  comentario por decir algo y luego, buscas un pretexto para volver a irte y regresar lo más tarde posible.  
        Y al día siguiente, todo sigue igual, sin que algo suceda para cambiar el curso de la rutina, que los une por la fuerza de la costumbre.
          Eso ocurre, porque el amor que sentías, se convierte en cariño, apego o añoranza de lo que un día fue tuyo, como el olor a las toallas, la blandura de la almohada, las tostadas con manteca o el ruido del diario por debajo de la puerta, en fin...  todo lo que te ata, sin darte cuenta, a la armonía o a la monotonía de una vida cómoda y sin sobresaltos.
          Fernando temía que Natalia se diera cuenta de que esa fortuna podía cambiarle el rumbo a su vida y lo dejara afuera para siempre. Tenía que mostrarse muy enamorado, ser amable y complaciente. Y a la vez, dejarla ser libre. Esa era la mejor forma de atarla a él.
          El domingo llegó y a primera hora, la acompañó con Ana hasta el transporte terrestre que la llevaría de excursión. Se mostró distendido y feliz, acompañando la  alegría de su mujer por iniciar el viaje. Y antes de que subiera a bordo del micro, la besó en la boca, para demostrarle una pasión que en verdad no sentía.
----Te extrañaré, mi amor- le dijo él, en un susurro.
---Los días pasan rápido y cuando menos pienses, estaré de regreso.
---Cuídate- le recomendó Ana.
--Estaré bien. No me extrañen porque yo no pienso hacerlo- aseguró Natalia, sonriendo.
--- Yo sé que en esos lugares estarás incomunicada pero trata de hacernos llegar algún mensaje- le pidió él
--- A falta de noticias, buenas noticias. ¡No lo olviden!- dijo ella, feliz.
--- Me hubiera gustado acompañarte, mi amor- le dijo él
---- Sabes que eso no es cierto, porque ir a la selva es lo último que harías.
---Es verdad, pero el que tú te vayas sola me preocupa y no me hace sentir bien, mi  amor.
---Ya te aliviarás. Si me pasa algo, tú serás mi heredero- le dijo bromeando.
---  ¿Qué dices? ¿Quién piensa en eso?- protestó él
--- Bueno, ya sale el transporte y debo dejarlos. Cuídense. - les dijo, mientras los despedía con un beso.
          Toda separación se parecía a una pequeña muerte y su tránsito era siempre doloroso. Natalia partió con la sensación de que el tiempo quedaría dividido en un antes
y un después, a partir de ese momento. Y un suspiro profundo salió de su garganta, cuando el transporte tomó por la ruta hacia el Norte, para ir hacia la frontera.
         Ana y Fernando regresaban apurados, tratando de ganarle a la tormenta que se vislumbraba en el horizonte gris de Bs. As. La gente apresurada por encontrar un taxi, dejaba cosas inconclusas para regresar a casa, a resguardarse del aguacero. Las calles eran un verdadero infierno de automóviles que casi se atropellaban para llegar a alguna parte y la ciudad quedó vacía en un instante, sólo el sonido de los truenos anunciaba a la lluvia, que no se hizo esperar.
--- ¡Qué día horrible para viajar!- comentó Ana
--- ¿Y para amar?- le preguntó Fernando.
--- Para amarnos- le corrigió ella
--- ¡Así se habla!
----Pero dime, Fernando ¿Crees que Natalia sospecha lo nuestro?
---No, ella es muy estructurada. No pensaría nunca que tú, que eres su mejor amiga, tengas algo conmigo. No lo toleraría.
--- Tienes razón, pero no hablemos de eso. Tenemos todo este tiempo para nosotros y pienso aprovecharlo- le dijo, mientras le pasaba el brazo por detrás de la cabeza acariciándola.
--- Tendremos mucho tiempo para nosotros, ya que luego viajará a Los Ángeles ¿Lo olvidaste?- le recalcó él
----No, cómo lo olvidaría. Pero ¿No la acompañarás?
--- Ya la oíste, quiere viajar sola.
--- ¿Y si no vuelve?
--- Confía en mí. Yo haré que vuelva.
---Ya me di cuenta de tu juego. Ya vi cómo la besaste, en mis narices.
---No te pongas celosa. Tú sabes que te amo. Pero no pretenderás que me divorcie justamente ahora, que va a cobrar una fortuna en dólares.
----A mí me importas tú, no el dinero.
-----Si te importo yo, debes saber que soy ambicioso y que el dinero me hace feliz.
--- ¿Más que yo?
-----Igual. Y no te conviene competir. Tienes que ser inteligente y comprender que ahora debo fingirle amor, por un tiempo.
--- Sí, pero no te daré todo el tiempo del mundo.- dijo, en tono amenazante
----Por supuesto. Ya pensaré cómo deshacerme de ella
--- ¿Qué dices Fernando? ¡Me asustas!
--- Confía en mí, amor mío. No voy a matarla, te lo juro.
          Mientras conducía, una macabra idea comenzaba a rondar la estrechez de su cerebro. Sin embargo no le comentó nada a Ana sobre lo que estaba imaginando.              
          Cuando llegaron al departamento de ella, todo parecía estar preparado para una luna de miel que ambos se aprestaban a vivir.
         Mientras tanto, Natalia, con la inocencia propia de un ángel, se regocijaba ante el paisaje, sin sospechar el tenebroso plan que su esposo había comenzado a tejer, con la habilidad de una araña, en cuya red pretendía dejarla atrapada.
          Por suerte, la tormenta quedaba al sur mientras que hacia el Norte el viaje parecía prometedor.
         Sentía alivio de estar allí, increíblemente sola y dispuesta a desafiar al mundo por su cuenta. Se sentía valiente, diferente y tan feliz, como hacía mucho no sentía.
         El Paraná se veía majestuoso con sus aguas marrones, por efecto de la creciente. La vegetación de palmeras, al costado del camino, ponía en sus pupilas todo el esplendor de la naturaleza. Y eso era gratis.
             Mientras se acercaban a la frontera, el aire húmedo y tibio le rozaba las mejillas desde la ventanilla, mientras el paisaje ribereño resultaba un sedante para su espíritu inquieto. El clima estaba pesado y resultaba agotador, a pesar de ese maravilloso atardecer con destellos tropicales. A esa hora, los mosquitos se hacían notar, como los más desagradables compañeros del hábitat, pero lo bello del crepúsculo hacía que la molestia fuera tolerable.
         De pronto, una luna inmensa apareció en el horizonte y ella tomó su borrador, que siempre la acompañaba y casi en penumbras, escribió:
Hay un escándalo de luna
deshabitando lágrimas
y un aullido de perros
que se suma
al crepitar del viento.
El miedo retrocede
hasta el exilio.
Un grito desolado
se mutila en silencios
Devastada de espumas
 y de barros
cual tajada de luz
en quieto vuelo,
la luna
se convierte
en sacrilegio
         Cuando por fin llegaron al Río Paraguay, se embarcaron en una chalana grande, que navegando hacia el Norte se internaría en el Matto Grosso.
        El guía hablaba español y portugués pero era oriundo de Paraguay. Tenía 38 años y era un hombre simpático y apuesto, que narraba anécdotas de sus viajes anteriores para distraerlos del temor que sentían, sobre todo, en este comienzo del trayecto donde todo chillido era nuevo para los oídos y toda sombra era negra y hostil para los ojos de los turistas primerizos
          Los pasajeros eran diez, entre hombres y mujeres, todos jóvenes y bien equipados.
          Miguel, el guía, daba muchas indicaciones sobre ponerse las cremas ahuyenta mosquitos, sobre no acercarse aquí o allá, sobre los peligros que encontrarían a su paso. Era un hombre amable y sonriente que transmitía confianza.
          Natalia no sentía miedo y estaba tan entusiasmada con esa experiencia, que casi no recordaba a Fernando, ni tampoco venía a su mente el recuerdo de su fortuna.
          Sólo quería experimentar lo nuevo y ser ella misma, aunque fuere por unas semanas.
          Comenzaron la navegación con mucha cautela para que los turistas hicieran preguntas y se sintieran seguros.                
           Era una experiencia única, aterradora y espléndida.
           Natalia había vivido algo semejante en su juventud, pero esta vez, le parecía una experiencia nueva. Y hasta el mundo había dejado de existir. Sólo el grito de algún pájaro la sacaba de su éxtasis, de su asombro, de su perplejidad.
           La naturaleza era maravillosa y su fuerza absorbía todo pensamiento Era mágica, hipnótica y transportaba más allá de lo conocido.
           Al paso de la chalana, encontraron lugares que parecían impenetrables, donde la embarcación se desplazaba muy lentamente. El temor que todos sentían, no era otra cosa que el respeto por lo natural. El mismo que sentimos cuando estamos en medio del océano o en la cima de una montaña nevada. Allí, las leyes inexorables de la madre Natura, impresionan al hombre y lo reducen a su pequeñez.
          Natalia, sentía aquello que, seguramente, habían sentido los aventureros portugueses al llegar a esas tierras hace miles de años. Ese misterio que encerraba la jungla y que la dejaba sin voz, sin pensamientos y la inundaban de un gozo distinto al que había sentido hasta entonces.
             Sin embargo, no todo era placer porque, a veces, los rugidos o chillidos indicaban alguna pelea de la que siempre resultaba una víctima. Y quien estaba acostumbrado a las grandes ciudades, no podía dejar de conmoverse por esas escenas crueles donde el débil es devorado por el más fuerte
          . La realidad de esa frase tan difundida en la política, se hacía insoportable para la sensibilidad femenina.
          Allí, todo parecía nuevo, el sol, la luna, la vida y la muerte.
           El calor era intenso durante el día y la lluvia llegaba por la tarde como una bendición, aunque sus efectos eran pocos duraderos.
          La chalana se movía cuidadosamente y los tripulantes no se cansaban de admirar cada detalle, cada escena, que sin duda, era única e irrepetible.
         Durante el primer día, el amanecer sorprendió a varios sin cerrar los ojos, mientras una extraña mansedumbre se hacía notar, cuando todo parecía no querer despertar.
          Un mate paraguayo comenzó a circular entre los pasajeros madrugadores. Dos mujeres se habían recostado sobre unas angostas cuchetas, desde donde podían observar,  todo lo que acontecía a su alrededor. Más tarde, ellas tomaron café y conversaron sobre los motivos que las habían impulsado a realizar la travesía.
          Los hombres, se quedaron hablando con Miguel, entre mate y mate, que además de ser el guía era un verdadero anfitrión.
          Los caimanes, eran una plaga y parecían estar siempre despiertos. Aparecían como fantasmas, desde cualquier sitio en el agua y devoraban a las garzas que se acercaban a la orilla o a otro animal inexperto.
          Las escenas, no por repetida, eran menos crueles.                         
         Al principio, nadie lograba verlos, pero gracias a Miguel, aprendieron a descubrirlos debajo del agua, donde se deslizaban despacio, casi sin mover su superficie, con esos ojos fantasmales que un inexperto no vería por más atención que  pusiera. Por suerte, en tierra ellos se volvían pesados y lentos, por lo cual resultaban menos peligrosos.
          Miguel tenía mucha experiencia como guía y parecía llevar a la selva en su sangre, como el marinero lleva el sonido del mar en sus oídos.  
         Con el correr de los días, todos los viajeros se hicieron amigos y de vez en cuando, acampaban en un sitio donde  había campesinos con provisiones, con camas confortables, donde cada uno podía dormir todos sus insomnios de una sola vez.
          Por lo general, se quedaban en el albergue campestre por un día, pero en otras oportunidades lo hacían por tres o más, porque debían explorar algunos saltos y cascadas que eran lo más atractivo de la zona.
          Para ello, debían permanecer en una estancia, donde había comodidades para todos y alimentos frescos.
           Uno de esos días, llegaron a un albergue en donde pudieron relajarse un poco, conversar con los integrantes del grupo y con gente del lugar, además de realizar excursiones cortas y bellísimas. Todos se apresuraron a bañarse con agua caliente y luego se distrajeron con música y algunos juegos de cartas, hasta altas horas de la
Noche. El calor era sofocante y casi nadie podía dormir. A veces, Natalia aprovechaba para salir a las galerías a expresar sus sentimientos, con metáforas que imprimía sobre un borrador, como lo hizo en aquella ocasión, cuando se vislumbraba una tormenta:
Noche...
rincón de pesadillas
donde el deseo es horizonte
Puñal echado al alma
Agua turbia, saturando ayunos
Noche que crece sobre el bosque
abriendo tajos sin sangre
Vuelo de luna sin alas
asentándose en los árboles
donde el viento cuelga
su oración sin besos
Noche de truenos
cayendo a plomo sobre el sueño
para partir en dos
el diálogo o el silencio.
Y el agua cantó su frescura
desde esa lonja de tormenta
que dibujaba guerras en el cielo.
         Con el correr de los días, las charlas entre Natalia y Miguel, se hicieron cada vez más frecuentes. Y ambos se veían muy complacidos con esa amistad recién nacida.
          Ella sentía mucha paz en esos lugares y no se acordaba que Buenos Aires existía.
        Y una noche, en que debido al calor los dos permanecían en la galería de un albergue campestre, Miguel intentó un diálogo más íntimo:
--- ¿No puedes dormir?
--- No. El calor se hace insoportable con la humedad y me dificulta el sueño. Además, hace tiempo que sufro de insomnio.
         Miguel le sirvió una piña colada con mucho hielo, mientras le decía:
---- Dicen que Bs. As.  es muy húmedo
--- Sí, pero uno se acostumbra. ¿Dónde vives, Miguel?
--- Vivo casi en la frontera con Argentina y Brasil.
---Debe ser lindo vivir entre fronteras. Uno puede cambiar las formas de vida, haciendo unos kilómetros. ¿No es así?
--- Sí, claro. Es como vivir en un puerto.
--- ¿Vives con tu familia?
---No. Vivo solo. Mis padres viven en Curitiba.
--- ¿Nunca te casaste?
---Jamás.
---Yo sí soy casada.- le aclaró.
             Miguel había presentido su estado civil, pero le molestaba que lo hubiera dicho de ese modo. Era como si quisiera poner una barrera entre los dos.
--- ¿A tu esposo no le gusta viajar?- le preguntó
---Él es médico y no puede dejar a sus pacientes. Antes de venir aquí estuvimos de vacaciones en Mar del Plata, que es una ciudad muy bella. ¿La conoces, Miguel?
Él parecía haberse ido de la conversación y no respondió. Por el contrario, le devolvió la pregunta.
---- ¿Eres feliz, Natalia?
         Natalia sintió algo que se clavaba en su pecho. Qué derecho tenía él a preguntarle semejante cosa.
        Miguel se dio cuenta de su inoportuna pregunta y agregó:
----- No me contestes, si no quieres.
----- ¿Acaso tú, conoces la felicidad?- le respondió ella.
--- Si respondes primero, yo lo haré.- aseguró él
---A veces, soy feliz- respondió ella, sin dudar.
--- ¿A veces no?
--- A veces no.
--- ¿Y ahora?
---  El viajar me hace feliz.
---- No me refiero al viaje, sino a este momento.
         Natalia se quedó muda. Miguel la miraba de un modo extraño y no era el mismo de los primeros días. Tenía la impresión de que detrás de ese trato amable y consecuente había algo más. Sentía algo raro cada vez que él la miraba, pero no se atrevía a pensar que hubiera algo más que una incipiente simpatía entre ambos.
         Sin embargo, algo la hacía sentir incómoda cuando él fijaba sus ojos en los suyos, como lo hacía en ese instante. Pero no se iba a dar por aludida.
--- Sí, Miguel. Me siento bien en tu compañía, si a eso te refieres.- le contestó
         Él la siguió mirando intensamente y una emoción que casi había olvidado, le trepó a la piel y se quedó en sus labios, que sólo atinaron a balbucear:
--- Es mejor que vayamos con los demás.
--- ¿Qué es lo que temes?- le preguntó Miguel
---Nada, es que...
---  ¿Estás temblando?
---- No, es que este ambiente de la selva me hace sentir cosas extrañas, me perturba, me confunde y no quiero que...
-----No quieres oír lo que sabes que voy a decirte ¿verdad?
--- No sé qué vas a decirme y no voy a escucharte. Esta conversación se está saliendo de su cauce y es mejor que vayamos adentro, con los demás.- dijo caminado hacia la puerta del albergue
        Natalia entró a la sala donde todos parecían divertirse con un juego de cartas, pero nadie parecía darse cuenta de que ella estaba allí, de modo que subió a su habitación y se dispuso a acostarse.
       Por la ventana, un retazo de cielo mostraba a la luna como un blanco caballo desbocado abriéndose paso entre las sombras. Los aullidos nocturnos, completaban el misterio de esa noche tan particular, plagada de nostalgia y romanticismo.
        Miguel, había hablado mucho más con sus ojos que con sus palabras y ella tenía miedo de esa pasión que presentía y que podía estallar en cualquier momento.
       Sin duda, ella se sentía atraída por ese hombre, simplemente, porque era encantador. Y como siempre ocurría, su mente comenzó a divagar como embriagada de tanto néctar, exaltada por el trópico, o por la pasión que comenzaba a despertarse dentro de ellos.
        Y entonces comenzó a decirse para si misma ¿Por qué no? ¿Acaso era feliz con Fernando?.
          Sintió deseos de romper sus cadenas interiores, de terminar con todas las reglas, de girar ciento ochenta grados, de saltar las cercas, de transgredirse.
          Tenía muchas ganas de conjugar otros verbos, como romper, girar. Correr. Saltar. Tomar. Tener. Morder. Estrujar. Estremecer. Sentir. Abrazar. Estrechar. Acariciar. Compartir. Temblar. Susurrar. Bailar. Hasta el verbo morir, le resultaba más bello que el verbo continuar.
        Temblaba. Se puso un termómetro, porque pensó que una enfermedad tropical la había atacado de repente. Pero no tenía fiebre ni estaba enferma. Estaba simplemente loca. Y estuvo así hasta el amanecer, sin poder dormir.
          Y cuando el parloteo de los pequeños monos se hizo intolerable, ella se levantó dispuesta a averiguar, qué le estaba pasando con Miguel.
          No quería volver a huir porque sentía que la vida, era una maravillosa aventura, que merecía ser vivida a pleno.
           El día, apenas comenzado, prometía ser agobiante y los insectos hacían su fiesta a toda orquesta.
          Como siempre, el Matto Grosso lucía brutal a los ojos de los turistas, que no cesaban de asombrarse ante las guacamayas, las garzas y las aves silvestres, que eran una compañía obligada, en todo el trayecto.
          Durante el desayuno, degustaron una gran variedad de frutas y durante el café, Miguel les informó que harían una excursión a pie hacia el interior de la jungla y que debían equiparse para la travesía, porque las víboras, las anacondas y los animales peligrosos, no eran precisamente una fantasía en ese lugar.
        Todos se prepararon para la ocasión poniéndose ropas adecuadas y botas. Prestaron atención a todas las instrucciones que les dio el guía y se dispusieron a partir de inmediato.
          A media hora de camino, la vegetación se hizo más tupida y siguieron caminado cuidadosamente por los estrechos senderos, que a veces, parecían intransitables y debían abrirse paso a fuerza de machetes.
         El corazón latía aceleradamente por la tensión que requería la hora. Nadie hablaba más de lo necesario, había que agudizar la vista y el oído, para detectar movimientos.                   
         El aleteo de algún ave los sobresaltaba y los ponía tensos, pero a medida que el tiempo pasaba, todos se iban acostumbrando a los sonidos típicos de la jungla y aprendieron a relajarse. Porque como Miguel decía, el nerviosismo  no era el mejor compañero, en ese lugar.
         Cuando, por fin, divisaron el río, siguieron por la costa en el sentido de la corriente y Miguel les explicó, que si bien el curso del agua servía para orientarse dentro de la jungla, era peligroso transitar por el cauce, debido a las pirañas, caimanes y anacondas. También resultaba ser el bebedero de cuanto animal salvaje viviera en la selva y por eso, había que tener mucho cuidado.
         Había que caminar sin ser detectado y abrir bien los ojos para no perder ningún detalle que pudiera ser una trampa. Había que tener mucha experiencia, para que la vista pudiera divisar a ciertos animales, cuyos colores se confundían con el ambiente, a tal punto, que cada persona se convertía en una fácil presa, de no mediar la cautela y sabiduría de un experto como Miguel, quien en una oportunidad, no dudó en usar su arma, al advertir que un jaguar estaba amenazando la tranquilidad de expedicionarios.
         Esa tarde cuando regresaron, todos pensaban que el cansancio de la caminata se veía plenamente recompensado con la maravillosa vivencia de haberle sentido el pulso a la vida salvaje. De modo, que tomaron un baño caliente y se tiraron a descansar hasta la hora de la cena.
        Al final de la noche, la cerveza y la piña colada, comenzó a circular entre los viajeros, que habían pasado una jornada inolvidable.
        Natalia salió a la galería para mirar las estrellas y detrás de ella salió Miguel, dispuesto a invitarla con una cerveza helada, que ella aceptó sin titubear.
--- Está deliciosa- dijo, al beber un sorbo.
---Como tú.- agregó él, mirándola a los ojos.
--Por favor, no sigas.-le pidió ella.
--- ¿Por qué? Me gustas y yo sé que también te gusto.
   Natalia sintió que había dado en el punto. Sí, él le gustaba y a veces, no podía apartarlo de sus pensamientos, pero prefirió cambiar el tema.
---- ¿Cómo haces para acostumbrarte a los peligros de la selva?- le preguntó
----  ¿Acaso hay menos peligros en otra parte?- dijo él
---- Tienes razón. Tú tienes siempre una respuesta para todo.
----  ¿Y tú, la tienes?- la indagó Miguel
----  Tal vez-dijo, desafiante.
---  Dime entonces ¿Cómo haces para vivir con un hombre al que no amas?
---- ¿Qué sabes Miguel? ¿Acaso tienes una vida mejor?
----Al menos, yo no me miento.- aseguró él
--- ¿Yo sí?
----Huyes. Y eso es mentirse, Natalia.- aseguró él
-----Yo no huyo, Miguel.
----- Claro que lo haces. Huyes de mí y también de tu esposo. ¿Por qué?
---- Dejemos este tema. ¿Acaso buscas una aventura conmigo?
         Miguel la miró casi con rabia y sin mediar palabra, giró sobre sus talones y se fue.
         Ella no esperaba esa reacción y se quedó confundida. Ese hombre le gustaba. Su carácter rudo, sus facciones viriles y la profundidad de su mirada, hacían de él algo deseable para cualquier mujer. Era como una tempestad que azotaba los tibios remansos de su alma.                
        Pero sus malditos genes, que portaban siglos de recatadas conductas heredadas, frenaban el impulso de caer rendida en sus brazos. Había reglas que sus entrañas habían memorizado y que no le permitían dar un paso en falso y que no la dejaban ser ella misma. Estaba domesticada, como dijera "El Principito" y esa era la razón por la que frenaba sus impulsos.
      Tenía que vencerse, resurgir como el ave fénix de sus propias cenizas y empaparse de ese salvajismo propio del lugar, donde todo era simple, doloroso y natural. Donde copular o morir, era tan simple como la lluvia.
          Debía despojarse de todo prejuicio. Animarse a vivir o a morir, pero salir del hastío.
         Mientras tanto, en Buenos Aires, Fernando disfrutaba de su soledad, muy bien acompañado.
        Natalia le había regalado esa libertad que él aprovecharía a pleno. Y como era su costumbre, esperó a Ana a la salida de su oficina, en la confitería que quedaba en la esquina de su trabajo.
       Estaba ansioso por contarle sobre el plan que había urdido para sacar del medio a Natalia y que le permitiría gozar de su fortuna sin impedimentos. Por eso, cuando la vio entrar, esbozó una sonrisa que anticipaba su placer.                      
         Ella se veía espléndida dentro de ese vestido corto de color azul. Venía sonriendo sin sospechar la urgencia que él tenía por contarle lo que pensaba hacer.
        Pidieron una copa y él comenzó con su relato, como si se tratara de una película de terror, con los detalles propios de una interesante ficción.
        Todo estaba pensado. El plan parecía no tener errores y por supuesto, no podía fallar.
--- Lo medité toda la noche, casi estoy sin dormir. -le dijo él.
--- ¿Cómo y cuándo lo harás?- preguntó ella
--- Ya hablé con el Dr. Cornejo- dijo él
---  ¿Aceptó?
--- Sí, al principio no quería, pero en fin, todo hombre tiene su precio-aseguró
--- No puedo creerlo, siempre fue un médico tan brillante- comentó ella
--- Pero el brillo, no da dinero. Hay algunos que estudiaron toda la vida y que son muy capaces pero siguen siendo pobres. Y la medicina no es un sacerdocio. Al menos, esa intención no dura mucho tiempo.
-----Pero él no necesita dinero- agregó ella.
---Al dinero, querida, lo necesita quien lo desea. Y quien desea dinero, no tiene límites. Si tiene, quiere más. ¿No lo sabías?
---  ¿Lo dices por ti?
--- Lo digo por todos, Ana.
--- Yo no pienso así, pero en fin, cuéntame Fernando lo que trataste con Cornejo y cómo se hará todo-dijo Ana
---  Hicimos un pacto. Él borrará los rastros de toda evidencia. Y todo resultará legal. Es un plan perfecto, que no puede fallar.
---Mejor dicho, no debe fallar.-le corrigió ella
----Nadie dudará de su autoridad científica, por eso lo busqué a él.
--- ¿Y si algo sale mal?
--- Nada saldrá mal, no te preocupes. ¿Y tú vas a colaborar?
---Lo haré, mi amor...Pero no por el dinero sino por amor a ti.
          Fernando la estrechó en sus brazos y la besó. Sabía que decía la verdad, sus dos mujeres eran personas a las que no les interesaba el dinero.
         Cuando salieron de allí,  Buenos Aires parecía un vergel. A esa hora, el tráfico era más ordenado pero igualmente intenso y el aire se había vuelto irrespirable, no tanto por el humo de los vehículos sino por las mentes voraces de Fernando Monteros y Ana Villarreal.
          Él, un médico poco conocido, casi diría fracasado, cuya ambición era el motor que impulsaba la miseria de su alma. Ella, una solterona que había pasado, de mano en mano, por cuanto hombre casado se le cruzaba, creyéndose una mujer irresistible.
         Lo que seguramente Ana no sabía, era que a la hora de elegir, ella no estuvo en los planes de ningún hombre, como tampoco lo estaría en los de Fernando, ya que era un hombre sin escrúpulos.
          Esa noche durmieron en el departamento de ella y disfrutaron del vino y del sexo, sin preocuparse por nada.                       
          Estaban felices de estar juntos y de poder quedarse dormidos hasta el amanecer. Algo que no ocurría cuando su esposa estaba en Buenos Aires.
         Ajena a esos macabros pensamientos, Natalia disfrutaba de su paseo asombrándose por cada cosa que veía o sucedía en la jungla.
         La chalana seguía río arriba y luego se detenían, lo cual venía muy bien después de soportar algunas privaciones, en la hostilidad salvaje de esa selva plena.
         Y los días pasaban, se hacían largos, casi interminables. Navegaban despacio, hasta que un claro en la vegetación les advertía de la proximidad de un campo, donde un hacendado los esperaba para recibirlos con la cordialidad que sólo ellos eran capaces de tener.
          .A veces, se encontraban con una laguna que se desangraba en miles de espejos y rompía la vigilia de las noches sin sueño.
         Por lo general, las estancias eran muy grandes y tenían ganando vacuno que eran arreados por kilómetros hacia la zona de la costa. Tampoco faltaba el corral de aves y cerdos. Los dueños siempre se manejaban con avionetas particulares y visitaban a sus parientes y amigos en San Pablo o en Río de Janeiro, que era considerada, con razón, una de las más bellas ciudades del mundo.
          Después de varios días de navegación, el pisar tierra firme, siempre los hacía sentir más seguros.
       En esos sitios casi salvajes, el tiempo parecía estático y las voces se marchitaban entre gemidos de auroras, apenas comenzadas. Y si bien, Miguel había cesado de acosar a Natalia, sus ojos estaban siempre llenos de ternura mal disimulada y su trato siguió siendo muy cordial y tierno.
       Pero una siesta, que parecía interminable por lo tórrido del clima, Miguel insistió:
---Ven, acompáñame a la laguna- le pidió
---- ¿Qué hay allí? -le preguntó, sin negarse.
--- Belleza, como la de tus ojos- le dijo él, sonriendo
         Ella también sonrió, pero una intensa emoción le ruborizó la cara. Ya no podía resistirse a ese hombre, que cada día le gustaba más. Era una cuestión de piel, de pasión intensa, de fuerza natural que la arrastraba a sus brazos.
          Caminaron despacio y rozándose los dedos por los angostos senderos que conducían a la laguna. La vegetación y las flores parecían una bendición. El paisaje era tan bello que parecía irreal. Miguel le daba confianza, tomándola suavemente de la mano, para que no tuviera nada que temer.
----No hay peligro aquí- le dijo él.
--- ¿Cómo lo sabes?
---Los animales están en paz. Eso se huele en el aire. Tú no lo sabes, pero es así.
---Si tú lo dices. -.comentó ella.
---Cuando alguien se ha criado en la selva, siente el peligro, como una vibración en su cuerpo.
---- ¿De verdad?
--- Claro, hay algo que sientes debajo de tu piel. Eres un animal, como ellos.
----Es como una defensa. ¿No es cierto?
---- Sí, es como cuando alguien vive en una zona sísmica y siente el temblor más suave, antes de que ocurra.
---- Es verdad.
        Siguieron conversando animadamente y en un momento, Miguel se puso serio. Ella supo que algo lo preocupaba y cuando se disponía a preguntarle, él la tomó
de un brazo para frenarla en el lugar. Luego sacó el arma, apuntó y disparó hacia un sitio donde ella no veía nada. Luego volvió a disparar.
---Era una anaconda.-  dijo
--- ¿Qué? ¿Adónde?-exclamó, aterrorizada.
---Ven y mírala, pero no te apresures.
         Se acercaron prudentemente y ella la vio. Era enorme y bella.
--- ¿Será un mal presagio?
----Dicen que sí, hay leyendas sobre la aparición de la anaconda. Pero yo la maté y eso significa, que el mal no se saldrá con la suya.
---No me asustes. Tal vez, debamos volver. -le pidió ella
---No, la laguna está cerca, no temas. Quiero que veas una cascada bellísima que baja por las piedras hasta el estanque.
          Natalia se dejó llevar. Parecían dos animales en celo buscando un lugar para aparearse. Ambos lo sabían y nada los detendría.
         El sonido del agua los distrajo de esos pensamientos y apuraron el paso. Allí estaba la cascada, tan transparente como la gloria. Y tomados de la mano corrieron para empaparse con su frescura. Enseguida se introdujeron en un pozo de agua, que cubría la mitad de sus cuerpos.
        Luego él la atrajo hacia sí y la besó con vehemencia. Sus ropas mojadas fueron desapareciendo y arrojadas sobre las piedras secas y calientes. El roce de sus pieles doradas por el sol, los hacía estremecer.
       Allí mismo, fueron quitando, una a una, todas las excusas. Y el deseo, se hizo vivo en sus cuerpos, que buscaban ser uno en la profundidad del lago, en cuya transparencia se veían sus pies.
         Natalia sabía que no amaba a Miguel, pero una sensación bella y llena de plenitud la embriagaba como hacía tiempo no lo hacía.
        Sus instintos, su piel, su deseo despojado de sentimiento alguno. Todo eso, era tanto o más valioso que el amor. Y fue feliz. Como hacía mucho no lo era. Se sintió como un animal salvaje, pero también se sintió ella misma.
         Poco a poco, su sed se fue calmando y el sosiego llegó, como llega la lluvia para apaciguar a la tierra del calor del sol.
        Al final de la tarde ambos se dispusieron a regresar entre risas y sobresaltos. El miedo había desaparecido por completo y les costaba alejarse de ese sitio donde habían gozado tanto. Regresaron charlando, como dos chiquillos que acababan de hacer una travesura.
         Ambos sabían que el viaje llegaría pronto a su fin y que los dos regresarían a sus vidas, pero tratarían de vivir la pasión que les quedaba por vivir, hasta que llegara el momento de la despedida, donde ya ninguno volvería a mirar atrás, pero estaban seguros de que tampoco olvidarían esos momentos de plenitud, de goce, tan parecido a la felicidad.
         Se habían sentido salvajes. Y eso, los había llevado a un primitivismo, que seguramente, formaba parte de la naturaleza del hombre. Ella jamás imaginó que una relación como esa, pudiera hacerla vibrar desde lo más profundo de su ser, ni siquiera podía entender por qué había querido sentir ese placer, sabiendo que la relación sería tan solo momentánea y superficial.
         Natalia llegó a la conclusión de que la felicidad que tanto buscamos, suele encontrarse en cosas más simples y menos duraderas.
         A partir de ese día, el viaje se hizo intenso. Cada gesto, palabra o caricia entre ambos, eran registrados como para ser recordado toda la vida.
          El tiempo del regreso parecía cada vez más breve. Los días se hacían cortos y las noches apenas un suspiro.                                      
          Ninguno de los dos, quiso ocultar lo que juntos vivían y todos parecían entenderlos.
         Estuvieron juntos todo el tiempo, amándose sin disimulos.
         Y cuando por fin, llegó el día del adiós. No hubo lamentos, lágrimas ni tristezas. Y todo volvió al punto donde habían comenzado.
         La chalana no se retrasó. El transporte terrestre estaba esperando a los viajeros dispuesto a salir rumbo a Buenos Aires.
        Miguel no intentó retenerla, no hubo más que un largo abrazo y Natalia no volvió a mirar atrás, subió al transporte y se quedó allí, tratando de retomar su vida en el  punto en que la había dejado.
        El viaje le pareció corto y cuando llegó, Buenos Aires era la llovizna acostumbrada.
      Fernando no había ido a esperarla. Tal vez, era mejor así. . Necesitaba un poco de espacio entre sus sueños y la realidad, para saber qué hacer. No sabía si iba a contarle la verdad sobre lo que había vivido con Miguel o iba callar para siempre. Pero los remordimientos la acosaban.
       Buenos Aires también parecía una selva. Sin árboles, pero selva al fin.
         Con los ojos corrompidos de recientes pasiones, observaba las calles rumbo a su casa, mientras viajaba en un  taxi.
        Un hondo silencio quebró el canto de las sirenas. Su sangre rumoreaba excusas que de nada le servían. Hablar o callar, un dilema difícil de resolver.
        Pero la vida, no era un juguete inventado por Dios para entretener a los hombres, sino una constante duda sobre el camino a seguir. Y ella lo sabía.
       Cuando llegó al departamento, tampoco estaba su marido. De modo, que comenzó a acomodar las cosas que traía y aprovechó para sacar algunos regalos, que iba dejando sobre la mesa.
      Luego, se tiró sobre la cama en sus últimos estertores de soledad. Necesitaba pensar. ¿Qué le diría? ¿Cómo?  ¿Qué se había enamorado de otro? No era cierto. ¿Qué había cedido ante el deseo? Sería cruel reconocerlo. Lo heriría sin sentido.
           Ella no sabía qué decir, simplemente, porque no sabía qué le había pasado. Su falta de ilusiones en su edad madura. Su vacío interior. Había muchas cosas y ninguna en particular, que pudieran justificarla.
          Tenía que replantearse todo porque estaba asustada de ella misma. Y a la vez, debía sentirse tranquila con su conciencia, ya que lo vivido no había sido fruto de una tentación, sino que había sido decidido por ella en pleno uso de sus facultades.
        Cuando Fernando llegó, le quitó esos sentimientos de culpa, con su mal disimulada indiferencia.
--- ¡Hola! Me dijeron en la agencia que llegabas mañana- le dijo, mientras la besaba en la mejilla.
---Bueno, ya estoy aquí, Fernando.- le dijo ella respondiendo a su beso fríamente
---Estás como triste ¿O me equivoco?- le preguntó, como si recién la viera.
---Estoy cansada, es todo.
---Ven cuéntame--le dijo, invitándola a sentarse a su lado.
          Ella se sentó junto a él y le comentó sobre algunos detalles generales del viaje y sobre los lugares adonde solían acampar, pero su tono no era muy entusiasta.
--- ¿No había hoteles de 5 estrellas?- le dijo él, tomando el relato con un poco de humor.
--- No, no había hoteles, pero sí había estrellas - le dijo ella, tratando de ser cordial
--- Creí que en la jungla no podía verse el cielo por la vegetación.
--- Hay lugares de campo, adonde la selva ha sido sacrificada en aras de la alimentación y el progreso. En ese lugar, todo era tan diferente e intenso. Deberías ir algún día. Allí, se siente la vida de otra forma. Es como volver a nuestros orígenes en contacto con lo natural -le aseguró ella
---Yo que soy un amante del confort, del aire acondicionado y del buen vino, no estaría cómodo entre caimanes e insectos.- le dijo él
---Somos tan distintos, Fernando. No sé cómo hemos vivido tantos años juntos.
----No hay que ser iguales para convivir. Las personas deben amoldarse entre sí hasta encajar la unas en las otras.
--- Debemos domesticarnos los unos a los otros
--- Así es.
--- ¿Pero lo hemos hecho, Fernando?
--- ¿Tú qué crees?
--- Que no. Simplemente hemos vivido como huéspedes, sin molestarnos demasiado.
--- ¿Quieres decir que somos como dos buenos vecinos, que hacemos lo que queremos individualmente, respetando las reglas?  Creo que el cansancio te hace hablar sin sentido, Natalia.
--- Mejor me voy a acostar -dijo ella.
          Pero en ese instante, sonó el timbre y ella fue a abrir la puerta.
---Ana, qué sorpresa ¿No me digas que tú sabías que llegaba hoy?
        Ana se pudo muy incómoda, no imaginaba que ella estuviera en Buenos Aires.
--No, pasé a combinar con tu marido para ir a buscarte mañana.- dijo, tratando de disimular su nerviosismo.
----No esperabas encontrarme ¿no?
---No, pero dime cómo la pasaste. Debes tener muchas cosas que contar.
--- Ven, te daré un regalo.- dijo, mientras iba en dirección a la mesa.
--- ¿Qué es?
---- Ábrelo- le dijo, mientras le entregaba un paquete.
Ana desenrolló la tela pintada por indígenas que Natalia le había traído y exclamó:
--- ¡Qué hermoso, me encanta!
---  Las hacen los lugareños- le comentó
--- Es muy original. Gracias, Natalia ¡Es precioso!- exclamó
       La falsedad era la virtud más sobresaliente de Ana, quien se preguntaba a si misma, por qué Fernando estaba tan pensativo y nervioso. Sus manos transpiraban tanto como las suyas. Pero Natalia parecía no haberse dado cuenta de nada.
--- ¿Qué te ocurre Fernando? Tienes una cara.-le preguntó Ana
--- Estoy cansado. Es que Natalia me hizo viajar muchos kilómetros con la imaginación, es eso.
--- No temas, porque no quiero seguir hablando del viaje -dijo Natalia
---Yo me voy. Ustedes necesitan estar solos. Deben tener muchas cosas que hacer- dijo en tono pícaro.
--- Como quieras, Ana. Después te hablo por teléfono.- le dijo su amiga, antes de cerrar la puerta
-----Sí, es mejor así. Hasta mañana.
          Cuando quedaron solos, aprovecharon para hacerse unos mimos y luego, con un pretexto cualquiera, ambos se separaron. Natalia, para acomodar su ropa y él para continuar sus trabajos pendientes.
      Después de cenar, Natalia se acostó y se durmió enseguida, mientras él se quedó mirando una película hasta la madrugada.
      Por la mañana, ella se levantó y él ya había salido para la clínica. Puso un poco de agua en el termo y preparó el mate, mientras esperaba la llegada de su amiga, a quien había invitado por teléfono.
          Mientras se cambiaba de ropa para la ocasión, pensaba en la conveniencia o no, de decirle a Ana la verdad sobre Miguel. Pero había algo en su interior que le decía que debía guardar el secreto. Y ella siempre se guiaba por esas voces interiores.
         Cuando Ana llegó, le comentó su travesía con lujo de detalles pero sin mencionar a Miguel.
         Y al mediodía cuando Ana se fue, llegó Fernando con una caja de bombones y una tarjeta que decía:
¡Bienvenida a casa!
        Ella le agradeció con un beso y luego preparó sus fideos preferidos para retribuirle la atención.
           Luego se acostaron a dormir la siesta y por supuesto, los mimos y las caricias  hicieron el milagro de que sus sexos se encontraran una vez más, aunque sin penas ni glorias.
       Fernando, aprovechó el momento de las ternuras, para volver a insistir sobre el viaje a Los Ángeles.
--- ¿Cuándo piensas reservar el vuelo?-le preguntó
---.Acabo de regresar de un viaje y no voy a salir corriendo hacia otro.
--- Es increíble. Cualquiera, en tu lugar, ya estaría allí. Pareces de otro planeta.
--- Tengo otras prioridades.
--- ¿Qué puede ser mejor que ser rico y convertir tus sueños en realidad?
---No tengo sueños. Tendría que inventar algunos.
--- No te entiendo.
--- O mejor dicho, mis sueños no tienen que ver con el dinero.
---- ¿No te interesa el dinero?
--- No. ¿Y a ti?
--- No necesito tu dinero, lo digo por ti.-le dijo Fernando
----Puedo pensar por mí y voy a viajar cuando lo crea conveniente.
--- No volveré a decirte nada. Parece que la selva te cambió el humor.- protestó él
---No me hagas caso. Me duele la cabeza, es todo.
---Deberías consultar a un médico.- le aconsejó él
--- ¿Acaso no eres mi médico?
           Los dos rieron con ganas, como si una fuerte tormenta hubiera desplegado un arco iris de hermosos colores. Pero ella sentía que su agresividad era evidente. Su sentimiento de culpa, tal vez, le había cambiado el carácter. La Natalia que se fue no era la misma que la que había regresado. Y Fernando tenía razón. Tenía que viajar a Los Ángeles cuanto antes, para poner distancia entre ambos.
---- Viajaré en unos días, así no te preocupas más- le prometió ella
--- Es lo más sensato que he escuchado, mi amor- le dijo contento--Yo te conseguiré los pasajes y la visa.
--- No habrá problemas.
---- Es la embajada la que te ha citado.-dijo él
--- El dinero es lo que cuenta para los EEUU. - dijo sonriendo
---  Mañana voy a gestionarte todo.-dijo él
--- No Fernando, acabo de darme cuenta de que ya tengo visa. ¿Recuerdas que la pedí cuando fuiste al Congreso y querías que viajara contigo?
----Tienes razón. No lo recordaba.
--- Entonces no habrá necesidad de solicitarla de nuevo, mi amor.
--- No. Seguro que no.
          AY tal como lo previeron, al cabo de una semana, Natalia partía en un vuelo hacia   Los Ángeles
          Mientras tanto, Fernando y Ana continuarían con su idilio de marchas y contramarchas, tratando de perfeccionar, al máximo, su diabólico pacto.
          Natalia, llegó al país del Norte sin problemas. Hablaba inglés a la perfección y no tardó en arribar al hotel, donde decidió acostarse a dormir, no sin antes pedirle al conserje que la despertara a las siete. Tantas horas de vuelo la habían agotado.
         Sin embargo y por más esfuerzo que hiciera, no pudo conciliar el sueño. Había tomado un cuarto en el primer piso y el ruido del tráfico era molesto, principalmente, el de las sirenas de policías.
        Esa mañana, el teléfono sonó a la hora indicada y enseguida se incorporó y se vistió para la ocasión.
        Tenía que llegar al estudio de un abogado argentino, cuya matrícula y dirección le habían recomendado en la embajada para que realizara el trámite que, con suerte, demoraría unas semanas.
          Pero era demasiado temprano todavía, de modo que después del desayuno caminó por la ciudad, que parecía una gran máquina y donde la gente se movía como robots.
          El abogado compatriota resultó ser muy cortés, le explicó todo lo que debía hacer  y se dispuso a esperar lo que el trámite debía demorar visitando algunos lugares.
          Con el correr de los días se fue acostumbrando al ritmo de la ciudad, pero llegó a la conclusión de que nunca viviría en un lugar como ése. Ella estaba orgullosa de ser argentina, porque su gente se tomaba su tiempo para entablar relaciones afectuosas, entre vecinos, compañeros o amigos y nunca cambiaría a su ciudad natal por ninguna de las que conocía en ese país.
         En Los Ángeles las personas eran solitarias. No parecían sujetos sino semejaban ser objetos deslizándose de un lugar a otro, como autómatas. Sólo en Navidad la gente parecía más humana y sentimental, aunque lo hacía más por tradición que por religiosidad, como ocurre en casi todo el mundo.
       A medida que pasaban los días, trató de relajarse un poco y anduvo por otros sitios, más allá del circuito turístico, donde EEUU, parecía un lugar perfecto. Pero saliendo de allí, se podían encontrar no sólo papeles en el piso sino basura acumulada por varios días y ese olor nauseabundo que inundaba los callejones de los barrios de negros y de latinos. Porque detrás de esa cortina de humo que formaban los sitios adonde iba el turismo internacional, podían verse las cosas que nadie ve, como la mugre, los borrachos tendidos en la vereda, la droga, la miseria, las enfermedades sin atender, la pobreza y muchas cosas horribles.
          Allí, la contaminación, no estaba sólo en el medio ambiente sino en el alma o en la mente de algunos seres.
         A ninguna hora, se podía estar seguro en esos sitios olvidados del primer mundo, donde una gran cantidad de locos circulaban por la calle como gente normal.
          Y eso también formaba parte de los EEUU, mal que le pese a sus gobernantes, que  pregonan por el mundo el bienestar logrado con su liberalismo económico.  
        Natalia, ya  no soportaba estar allí. Pensaba que los argentinos, deberían conocer más a fondo esa política, para no desear tanto parecerse a ellos.
          Pero en fin, el turista no puede ver ciertas cosas y allí está la diferencia entre ser viajero o turista. El primero se mete en el corazón y en las venas del lugar, buscando conocerlo en profundidad. El turista recibe sólo flashes, que graba como postales en su memoria. El viajero conoce, el turista es manipulado, llevado de las narices, sin darse cuenta.
           Por eso, no bien consiguió el cheque, que transfirió los fondos a un Banco de Buenos Aires, Natalia tomó el primer vuelo disponible y regresó de inmediato.
        Al llegar al aeropuerto, sus ojos se llenaron de lágrimas. Y agradeció a Dios, en silencio, el ser nativa de estas tierras y el estar en compañía de su gente que había comenzado a extrañar, intensamente.
        Fernando y Ana, la esperaban y al verla, la notaron emocionada.
--- ¿Qué pasa, mi amor?- le preguntó él
---Es mi país, que me emociona. Es tan bello. Tan diferente a los EEUU
---Mis colegas siempre hablan maravillas cuando van a los Congresos.- comentó él, mientras conducía rumbo a su casa.
--- Es que hay cosas que no entran a los recintos de los Congresos. Y tú lo sabes. Pero la propaganda que se hace de ese país nada tiene que ver con el país real, te lo aseguro.
---- Es verdad. Yo no puedo decir que conozco el país por haber ido a Congresos Médicos. Sólo he visto algunos hoteles, lugares nocturnos y nada más.
---- Ya vamos a conocer el mundo, mi amor. No te olvides que somos ricos.- dijo ella sonriendo
--- ¿Dónde te gustaría ir primero?
--- A las playas más bellas. A Río de Janeiro y a Jericoacoara, que está a 200 kilómetros al Oeste de Fortaleza, en Brasil. A las playas de Venezuela, de Cuba, de Guatemala, de Colombia, de China.
--- Me dijo un colega que en China hay playas muy hermosas, pero yo elegiría Australia.- dijo él.
---  Iría al África. Luego seguiría con el sur de Chile y volvería a visitar el Sur de mi país.
          Luego de viajar con la imaginación y después de haber dejado a Ana en su departamento, el silencio se apoderó de ambos.
          En realidad, a ella le costaba tener intimidad con su esposo. Por eso, cuando llegó, usó su dolor de cabeza, como pretexto para acostarse temprano. No quería fingir deseos que no sentía y prefirió mentir, pues no tenía deseos de sentir sus caricias.
        A la mañana siguiente, Fernando había preparado el mate y comprado unos criollos.
---- Tenía que prepararte un desayuno bien argentino- le dijo
---Me gustó que pensaras en lo que hablamos. Y como premio, voy a hacerte un regalo.
--- ¿Qué es?
---  He pensado en comprarte el auto que tú elijas. Siempre quisiste tener uno costoso e importante.
---No. No lo acepto- le dijo.
         Natalia se sorprendió, porque siempre había querido tener uno que despertara envidia en los demás y se sintió desconcertada. Había un cambio radical en su esposo que se mostraba más amable y comprensivo, pero el rechazar un regalo así, no encuadraba en su personalidad.
          Pero lo que ella no sabía, era que él no se conformaba con eso sino que lo quería todo. Absolutamente todo. Sólo tenía que darle forma al plan y todo sería suyo. No quería limosnas. Y no descansaría, hasta concretar su ambición.
         Afuera, la primavera hacía sus primeras danzas y los pájaros sus nidos, inaugurando amaneceres, sin retorno. La vida, burbujeaba por doquier en esa estación del año, donde los estambres se enamoraban de los pistilos, mientras la lluvia caía de improviso sobre ellos, como un hada madrina.
         El sol parecía tatuado y las aves de la siesta se cruzaban en el cielo, mientras un murmullo se hamacaba entre las hojas verdes que pendían del balcón de su cuarto.
          Su amiga llegó a visitarla, precisamente, cuando ella salía de la ducha.
---Pasa Ana, siéntate. Me secaré el cabello, mientras charlamos-
---Empezaré el mate.
---Bueno. Esta noche Fernando me invitó a cenar y debo arreglarme un poco- le contó
        Al oír eso, Ana se sintió furiosa. Tenía celos pero trató de mostrarse normal, como siempre lo hacía, aunque le costaba cada día más.
        Pero lo que Natalia  no sabía, era que esa invitación, iba a ser el comienzo del plan que ambos habían preparado con tanta dedicación.
         Hablaron toda la tarde sobre temas triviales y ninguna de las dos, mencionó nada sobre el dinero, el que parecía estar ausente de toda conversación y que, sin embargo, estaba instalado en las mentes de todos.
           Ana observaba a su amiga, la veía bella y pensó en que, tal vez, Fernando no cumpliría con el pacto sino que trataría de conservarla a su lado. Pero pronto, apartó esa idea de la cabeza y comenzó a mirarla con cierta pena.                                       
         Natalia no imaginaba que su fortuna transformaría su vida para siempre.
---- ¿Quieres que te arregle las uñas?- le ofreció Ana a su amiga.
---  Bueno, pero yo sigo con el mate.
---- ¿Te gusta este color? -le preguntó Ana, mientras le mostraba un tono rosa.
---- No está mal, pero prefiero el  lila- le dijo señalando uno de los frascos que Ana había distribuido sobre la mesa.
----- ¿Sabes que Fernando rechazó que le regale un auto?- le comentó Natalia.
---- Qué raro, pero no te preocupes puedes dejarlo para tu amiga ¿No?- le propuso sonriente.
---  Claro que he pensado en eso. Y lo verás- le aseguró
---  No lo aceptaré, sólo es una broma.- le aclaró Ana
--- Entonces aceptarás acompañarnos a recorrer el mundo. Estuvimos hablando de eso con Fernando
         Ana no podía creerlo. Seguramente, Fernando pensaba viajar con ella y abandonar el pacto. No podía soportar la idea. De modo que pronto decidió marcharse y lo hizo antes de que Fernando llegara.
          Él llegó temprano, trayendo unas entradas para el cine.
---No me dijiste que iríamos al cine- le dijo ella, mientras comenzaba a vestirse.
--- Me recomendaron esta película. Si te apresuras, tendremos tiempo de verla, antes de ir a cenar
-----Ya estoy casi lista- aseguró ella
         Fernando se mostraba inquieto como si estuviera nervioso y ella lo atribuía a la prisa por llegar a horario.                     
         Pero llegaron justo a tiempo para no perderse ni un detalle. Era un film de esos que a él le gustaban, con mucha violencia y sexo.
          Ella lo miraba de reojo, se lo notaba nervioso y no concentrado en la película. Sus ojos permanecían fijos aunque en dirección a la pantalla. Algo no andaba bien. Presentía que Fernando estaba ocultándole algo pero no sabía qué. Pero no quiso desconfiar. Continuó viendo la trama del film sin preocuparse por otra cosa.
          Ya en el restaurante, él seguía inquieto y hasta se diría alterado, lo que no pasaba inadvertido para ella.
--- ¿Qué te sucede Fernando? -le preguntó, preocupada
---- Nada, la película me dejó mal.
---- Era muy fuerte. Tantos asesinatos.- comentó ella, aunque sabía que él no la había visto.
---Tenía mucho suspenso. ¿Te gustó?- dijo él.
---Sí, aunque no es de mis preferidas.
           Cuando el mozo los atendió, pidieron pastas y cuando terminaron tomaron café pasando por alto el postre. Mientras esperaban, Natalia decidió ir a la toilete y él aprovechó ese momento, para poner unos somníferos en la copa de champagne recién servida.
           De regreso, Natalia bebió de un sorbo su copa y después de un rato, decidieron volver a su hogar.
          Se sentía agobiada. De un cansancio que comenzaba en su espíritu y terminaba en sus pies. Ya en el auto, mientras regresaban, se sintió mareada y se lo comentó a su esposo.
-----No sé qué me pasa, estoy como borracha y no puedo mantener los ojos abiertos.
----Debe ser el alcohol o el sueño. Es muy tarde.
---- Debe ser eso.
         Fernando tuvo que ayudarla a salir de su asiento y apoyarla sobre su brazo para que ella pudiera llegar al departamento. También tuvo que quitarle la ropa, sacarle los zapatos y acostarla, ya que ella estaba dormida profundamente.
         Y sonrió. Todo estaba saliendo a la perfección y de acuerdo con lo planeado.
         Al cabo de un rato, cuando comprobó que ella no podía despertarse por más que él tratara de hacerlo, cerró la puerta de su cuarto y se dirigió al comedor donde comenzó a arrojar vasos, platos, botellas, contra las paredes y la puerta que daba al pasillo, tratando de que sus vecinos oyeran, pero no Natalia, porque estaba bajo los efectos de los somníferos que el Dr. Cornejo le había recomendado.
 Eran las dos de la mañana. Y los vecinos acudieron enseguida golpeando a su puerta.
--- ¿Ocurre algo, Sr. Monteros?-le preguntaron cuando él abrió
---- No, mi esposa tuvo un ataque de nervios pero ya está mejor. Les pido disculpas, ahora está calmada, disculpen nuevamente ¿Eh?- dijo él, mostrando preocupación y cierto nerviosismo.
--- ¿Llamó al médico?-preguntó un vecino mirando los vidrios en el suelo.
--- No fue necesario, no olvide que yo soy médico ¿O no lo sabían?
---Sí, disculpe, pero si necesita algo, ya sabe.
---Gracias. Pero ya está mejor.
           Cuando el vecino se fue, él se tiró sobre la cama al lado de Natalia y observó que dormía plácidamente. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Todo estaba saliendo de maravillas, pensó, mientras procuraba dormir un rato.
          Eran casi las dos de la tarde cuando ella despertó. Trató de levantarse pero se sentía pesada. Tomó fuerzas y se calzó las chinelas para ir al baño. De pronto, vio el desastre de cosas rotas y tiradas en el piso y lanzó un grito, tratando de despertar a su marido. No podía creer lo que veía.
--- ¡Qué ocurrió aquí, dime!- gritaba.
--- ¿Acaso no lo recuerdas?- dijo él, fingiendo despertar.
--- ¿Qué tengo que recordar? -dijo confundida.
-- ¿De verdad no lo recuerdas?
---No, no  recuerdo. ¿Qué pasó?
---Tuviste una crisis nerviosa... -comenzó a decir
---No, no es cierto. ¡No es cierto! Yo no hice esto.
¡Mientes!
--- Mi amor, no te preocupes, puede haber sido la película o el vino, no tiene importancia.
----Dime que me estás haciendo una broma, dímelo, por favor.- dijo a punto de llorar.
----No, mi amor, puedes preguntarle al vecino de al lado.
--- ¿Qué dices?
---Mira, yo no estoy de humor para seguir con este tema. Limpiaré todo y repondré las cosas que están rotas. Trata de descansar un poco.
--- ¡Qué horror! ¡Qué vergüenza!- dijo, escandalizada
---A cualquiera le puede pasar, no te preocupes.- dijo él, para tranquilizarla
----- Tú eres médico. Tú debes saber qué me pasa.
--- No es nada, mi vida. Has estado presionada por tantos viajes- le dijo él, fingiendo ternura
---- ¿Estaré volviéndome loca?
--No, mi amor. Si esto se repitiera debemos preocuparnos pero es un episodio aislado.-le aseguró
      Ella se abrazó a él casi con desesperación y echó a llorar. Un mal presentimiento acrecentaba su llanto. Ese supuesto ataque le había movido el piso. Y tenía miedo.
           Tanto había querido que algo le sucediera y que cambiara su vida, que ahora tenía terror de que algo espantoso irrumpiera en su tranquilidad y la llevara al infierno.
---Tengo tanto miedo, Fernando.- dijo, apretada a su cuerpo.
----Yo te cuidaré, mi amor. No temas.
--- Gracias. No sé qué haría sin ti.
--- Ven, recuéstate y no pienses en nada.
          Ella obedeció y él se puso a ordenar todo. Cuando despertó, casi a las dos horas, Ana estaba a su lado, mientras Fernando había salido a comprar la vajilla que, supuestamente, ella había roto.
--- Ana, qué suerte que estas aquí.- dijo al verla- Seguramente Fernando te contó.
---Sí, él está preocupado.
---No entiendo qué me pasó.
---No tienes que entender. Pasó y ya terminó. Ven, vamos a tomar unos mates -le propuso, para quitarle importancia al tema.
---Tengo miedo. Siento que algo malo me acecha.
--- Nada malo va a ocurrirte, ya verás.
---No sé lo que pasó...
--- ¿Hay algún antecedente en tu familia?
--- ¿De qué? ¿De locura, quieres decir?
---No quise decir eso.
----  ¡Sí, eso quisiste decir, Reconócelo!- dijo furiosa
----Sólo hablé de tus nervios. Soy tu amiga y quiero ayudarte. Pero si prefieres me voy a casa, Natalia.
---Perdóname. Me estoy volviendo loca. No sé si hay antecedentes, no conozco a toda mi familia. Tengo tíos en el extranjero pero jamás los he visto. Pero ¿Por qué no recuerdo nada? En un ataque de nervios no se pierde la memoria. -dijo, como pensando en voz alta.
--- No le des manija a este asunto, es un episodio Vas a terminar enfermándote.-dijo Ana
---Sí, mejor hablemos de otra cosa.
---Dime Natalia: ¿Qué harás con tanto dinero que heredaste?- le preguntó de improviso.
---Nunca pensé que me importara tan poco. Créeme.
---Ya aprenderás a apreciarlo. Dicen que el dinero te cambia la vida.
----Espero que no.
             En ese instante, Fernando llegaba cargado de paquetes que colocó sobre la mesa. Ana le ayudó a abrirlos, mientras Natalia los guardaba en su lugar.
---Son hermosos, gracias- le dijo a su esposo, al ver los vasos, tazas y platos que había comprado.
--- ¿Cómo has estado?- le preguntó él.
--- Mejor- mintió ella.
--- Hay un olor muy rico en este envoltorio- dijo Ana, tomando uno de los paquetes.
---Sí, son unos sándwich de jamón crudo que a Natalia le gustan.-dijo él
--- ¡Hacía mucho que no me mimabas así! - le dijo ella, abrazándolo.
--Bueno, Bueno. Es mejor que me vaya a mi casa - dijo Ana al verlos tan cariñosos, a pesar de que tenía un nudo en el estómago por tanta amabilidad de Fernando con su mujer.
---No, quédate a cenar -le pidió Natalia
---No, de ninguna manera, debo arreglar unos papeles de la oficina. Mañana cenaremos, te lo prometo.
--- Te acompaño hasta la puerta, entonces - dijo Natalia, antes de despedirla.
        Durante la cena, ella sintió escalofríos pero no quiso preocupar a su esposo. No obstante, comió toda la comida y prefirió callar para que él concluyera el postre.                       Pero el tema fue tocado nuevamente por Fernando cuando levantaban la mesa y se disponían a tomar un café en el living.
---Cuando salí del consultorio, me crucé con el Dr. Cornejo, que es mi amigo y especialista en psiquiatría, le pregunté sobre lo que te había ocurrido.
--- ¿Qué te dijo?
---- Que es una neurosis. Nada importante.
--- ¿Qué más dijo?
----Que vayamos a su Clínica si sucede de nuevo. Pero él cree que no va a volver a suceder.
          Natalia se transfiguró. Las palabras surtieron el efecto esperado y él abrió las ventanas del balcón para que los vecinos escucharan la discusión que no tardaría en llegar.
---- ¿Crees que estoy loca? ¡Por qué no me lo dices! No creo que te hayas encontrado de casualidad con el psiquiatra. Dime que fuiste a consultarlo. ¡A mí nada me tienes que ocultar!- gritó con furia.
---- Cálmate, mi amor- le pidió él
---- ¡Cómo quieres que me calme! ¡Me estás pidiendo que vaya a un hospital para dementes!
--- No grites, no te alteres, los vecinos van a escuchar...
--- ¡Que escuchen! ¡No estoy loca, no lo estoy! ¡No quiero que me trates como a una enferma!
-----Natalia, silencio, por favor....los vecinos.- insistió
---- ¡Vete! ¡No quiero verte más! ¿Me oyes?
--- Sólo quiero tu bien. Y lo sabes.
--- No tienes que querer mi bien ni mi mal  No tienes que querer nada ¿Entiendes? ¡Vete Fernando, vete!
----Está bien- dijo- Me iré, si es lo que quieres.
               Fernando se dirigió a su cuarto y comenzó a llenar un bolso, sabiendo de antemano que ella reaccionaría. Y así fue. Natalia lo siguió, se abrazó a él y le pidió disculpas. No quería quedarse sola. ¿Y si le daba otro ataque, quién la protegería?
           Él la tranquilizó, le pidió que se acostara y aprovechó para darle un tranquilizante. Ese era su golpe maestro, ya que según Cornejo, esa pastilla le produciría alucinaciones que la llevarían a pensar que se estaba volviendo loca.
---Descansa, mi amor. Yo dormiré en el otro cuarto.- le dijo comprensivo.
---No, no me dejes sola. Quédate junto a mí, por favor.- le pidió ella
---Está bien, duerme -le dijo, mientras acariciaba su pelo, sentado al borde de la cama.
         Pero Natalia no podía dormir, Se sentía cada vez más inquieta. Tenía taquicardias y se sentía como afiebrada. Se movía de un lado al otro y él la observaba con satisfacción. Se notaba que era muy sensible a esas drogas y el efecto no tardaría en llegar.
----Me siento muy mal, Fernando- le dijo de repente.
--- ¿Qué tienes? Dímelo. ¿Qué sientes? Explícamelo- le exigía mientras la sacudía para que ella creyera que estaba desesperado.
---Me falta el aire, no sé.
--- No dejaré que nada te suceda. No temas, mi amor- le dijo con fingida ternura.
         Durante toda la noche, ella estuvo agitada y su espíritu se atormentaba por efecto de las alucinaciones. Y lo peor era que estaba consciente de lo que le estaba pasando.
         A partir de ese día sus pesadillas no la abandonaban. Se veía pálida, demacrada, con la mirada extraviada, por efecto de las fuertes drogas que él le suministraba haciéndole creer que la iban a tranquilizar.
         Fernando pedía disculpas a los vecinos, cuando se repitieron roturas de vajillas que él mismo realizaba y ellos le preguntaban, frecuentemente, sobre la salud de su esposa. Y eso era lo que él necesitaba, que sus vecinos supieran que su mujer estaba loca.
          Ana, solía permanecer con ella cuando Fernando no estaba y hasta había faltado al trabajo para acompañarla. Después de todo, pronto serían ricos y no tenía que preocuparse por su empleo. Tenía que vigilar de cerca que todo saliera tal como estaba planeado.
           Cuando Natalia podía pensar, creía que estaba arruinando la vida de su esposo. Y hasta pensó en suicidarse porque la depresión la agobiaba.
         Pero Ana la perseguía por todas partes. Un suicidio, despertaría sospechas y no estaban dispuestos a afrontarlas.
           Durante un mes Natalia se sintió casi normal, porque Fernando le retiraba las pastillas y les daba otras, pero eso era parte de la estrategia. Ana siempre la vigilaba por si algo le sucedía. Salían de compras o a tomar algo en alguna confitería de moda y por más que trataran de evitarlo, el tema de conversación las llevaba a Fernando.
---- Él está muy cariñoso contigo. -le comentó Ana
----Sí, me ha demostrado su amor plenamente. Me cuida, me mima y me protege. Estoy tan agradecida y también a ti.
---- No debes agradecernos, él es tu esposo y yo soy tu amiga. Nuestra recompensa es verte bien, como ahora lo estás.
--- Son Ustedes lo único que tengo, los quiero tanto. Pero tengo miedo de volver con esos ataques y pesadillas. Son horribles, Ana
--- Me imagino, Natalia. ¿Desde cuándo desaparecieron los síntomas?
-----Hace dos meses que duermo bien, parece que Fernando ha cambiado mis tranquilizantes y ahora estoy normal.
---Entonces, ya es un problema superado.
---- Dios quiera, a veces pienso en volver a la selva. Estuve tan bien allí y fue cuando volví que comencé a sentirme así.
---Ni pienses en eso, si te pasara allá sería fatal. Debes estar aquí, por cualquier cosa que pueda suceder.
---Tienes razón. Pero sin embargo, tengo el presentimiento de que nada me ocurriría si me fuera allí.
          Ana no insistió, pero esa noche cuando Fernando la llevaba de regreso a su departamento, le comentó lo que había hablado con Natalia sobre su deseo de volver a la selva.
----No lo hará.- dijo él
----No estés tan seguro, estás demorando todo, inútilmente.
---Todo a su tiempo. Nadie tiene que sospechar que no intentamos curarla. La enfermedad tiene sus altibajos. Yo debo mostrarme feliz ante su recuperación como un marido abnegado.
---No voy a seguir tolerando esto por mucho tiempo.
--- ¿Estás celosa? -dijo él
---Tengo motivos. De un tiempo a esta parte, me has convertido en su enfermera Y ya no hacemos nada juntos.
--- Tienes que mantener la calma. Sabes que todo esto es para que disfrutemos juntos. Qué sentido tiene hacerlo si con ella yo puedo disponer de la fortuna. ¿Acaso no lo has pensado?
----Sí, mi amor no me hagas caso. Sólo estoy nerviosa y cansada.- le aseguró ella.
          Pero Fernando Monteros, sabía que la paciencia de Ana tenía un límite. Y decidió acelerar las cosas.
--- Pero no te preocupes, mi amor. Esta noche volverán los ataques y tú la convencerás de ir a un especialista ¿De acuerdo?
---Gracias, querido. Yo sabía que no me fallarías.
---Hasta mañana, mi amor- le dijo él, mientras le daba un apasionado beso en el interior de su auto.
         Cuando al día siguiente, Ana llegó a ver a su amiga, el panorama era desolador. Unas grandes ojeras circundaban los ojos de Natalia, quien tenía una palidez casi mortuoria. Se notaba claramente que Fernando había cumplido con su palabra y que después de un recreo, la función volvía a continuar.
---- Discúlpame, Natalia, si quieres me voy- le dijo, al verla hecha un desastre.
--- No, quédate conmigo. A ti no quiero ocultarte nada.
--- ¿Qué es lo que pasó?
----Todo volvió a ser como antes- le dijo, con la voz entrecortada.
--- No te pongas así y cuéntame.- le dijo mientras se sentaba a su lado
----No recuerdo nada pero rompí todo. Luego vinieron esas pesadillas, estoy volviéndome loca ¿Entiendes?
---- No digas eso. Sólo son altibajos del tratamiento.
--- Eso dice Fernando pero destrocé su ropa, la mía, las sábanas. ¡Y no lo recuerdo! ¿Entiendes?
---- Creo que es el momento de hacer una consulta, Fernando es clínico y no dudo que hace lo mejor para ti, pero una consulta con un psiquiatra no estaría de más, yo te acompañaré.- le aconsejó Ana
--- Le diré a Fernando que me saque un turno con Cornejo o con algún otro profesional de su confianza.
-- ¿Estás decidida?
---- Sí, creí que estaba bien y mira lo que hice.- dijo señalando algunas cosas que había roto y que todavía permanecían allí.
--- Creo que es lo mejor. No sé qué pensará Fernando pero creo que tienes que hacerlo, amiga. Pronto estarás bien, ya lo verás.
          Cuando llegó Fernando, después de comunicarle la decisión, él mismo pidió turno para el día siguiente y Ana quedó en acompañarla a la hora indicada.
             Por su parte, Natalia no podía dejar de pensar en el sufrimiento de su esposo ante un diagnóstico desfavorable. Pero lo que ella nunca podía imaginar es que algo más horrible que la muerte la aguardaba pacientemente, por decisión de ese hombre que creía tan preocupado por su salud.
              El pacto se concretaría a la perfección. Una suma en dólares sería depositada en un Banco extranjero y eso iba a ser el comienzo de una agonía programada cuidadosamente y que no podía fallar. La enfermedad mental no resistiría prueba en contrario cuando al diagnóstico lo hacía un profesional tan destacado como Cornejo. Sobretodo, cuando había drogas que con el tiempo, provocarían que su enfermedad fuera real e irreversible y cirugías en  su cerebro que podían dejarla incapaz para siempre.
           Pero lo principal del plan, era que nadie pudiera  sospechar de ese hombre tierno, amable y preocupado, que ahora la llevaba al Instituto Neuro-siquiátrico junto a su mejor amiga. Tampoco dudarían del diagnóstico de uno de los mejores Neurocirujanos del país, que era el dueño y director de la institución.
           Era el mes de Setiembre y mientras transitaban con su automóvil, la primavera parecía irreal con su ropaje ceñido de flores y mariposas.
          Los colores celestes, amarillos y gualdas, se arrinconaban en las plazas como las palomas Y hasta el aire se veía más cristalino que otras veces, surcado de pájaros que venían del Este o de nubes, casi transparentes, que parecían flotar en un cielo de azules imperfectos.
           Un nudo se apretaba en la garganta de Natalia al ver estallar a la Naturaleza, que no podía disfrutar gracias a sus tormentos
          Cuando llegaron al lugar, ella sintió que nada tenebroso había allí.
           El edificio era moderno y agradable, de modo que se sintió confiada. Pero Cornejo era un hombre sin
Escrúpulos, muy convincente con sus pacientes y  tampoco andaba con vueltas.
           Cuando terminó con el examen, le recomendó internación para hacerle el diagnóstico y una cura de sueño. Ella no intentó resistirse.
---Vendré a verte todos los días. - le prometió Fernando, mientras la despedía con un beso.
---Te pondrás bien y pronto te llevaremos de regreso a casa - le dijo Ana, antes de retirarse de allí, junto a Fernando
--- Estaré bien, no se preocupen -dijo ella
              Una vez que ambos se retiraron, ella trató de sincerarse con el Doctor Cornejo, como queriendo aferrarse a una esperanza o a una palabra de aliento que él le dijera.
---Tengo tanto miedo, Doctor. ¿Cree que puedo superar estas crisis? - le preguntó ella, casi con desesperación,
---No tema, aquí la ayudaremos.- dijo él, simplemente
---Gracias, Doctor.- dijo, resignada.
          Casi de inmediato, unas enfermeras vestidas de amarillo la llevaron al interior de una habitación que estaba vacía de objetos. Sólo una cama, una mesa pequeña y un baño. Pero no se quejó, pues sólo estaría unos días. Le explicaron que cerrarían la puerta por su seguridad y ella no se extrañó de ello. Algunos enfermos eran peligrosos y debían protegerla.
-- -Que descanse, señora - le dijo la enfermera, después de suministrarle una inyección que la haría dormir.
82
         Pero antes de que surtiera efecto, ella vio a un Cristo frente a su cama y no pudo dejar de decir:
--- Dios, qué soledad la tuya y también la mía.
         Un suspiro escapó de la hondura de su pecho, como si el infinito habitara dentro de ella o como si una paz que venía de otro mundo se instalara en su alma y unos brazos la acunaran, como cuando era pequeña. En los breves minutos que permaneció despierta, sintió que el mundo no estaba allí dentro, ni tampoco afuera, sino en el lugar donde los recuerdos burbujeaban tratando de llenar su soledad.
          Decididamente pensó que la vida no era un juego  ¿Pero qué era? ¿Un instante que se marchaba sin aviso?
¿ En dónde estaba el principio? ¿Y el final?
           Natalia se durmió profundamente. No supo por cuánto tiempo permaneció así, hasta que el Dr. Cornejo la despertó para tomarle el pulso y la presión.
--- ¿Sabe dónde está?- le preguntó él
----Sí, estoy en su clínica. ¿Cuánto tiempo dormí, doctor?
--- Dos días -le dijo él, con total naturalidad. Y su esposo, está esperándola para llevarla a casa.
--- ¿Sí? ¡Ya estoy bien! ¿No es cierto?- dijo eufórica
---Está bien, Natalia. Pero esperemos que no tenga otros episodios.
--- ¿Y si los tengo?
--- Deberá volver a verme. No hay otro camino.
----Gracias, Dr. Cornejo. ¡Es mi ángel!- le dijo
          Cuando Fernando la vio, se apresuró a abrazarla. Ya tenía experiencia como actor y con sus actuaciones convencía a Natalia, cada vez más.
--- Estás más delgada, mi amor
---Sí, he dormido todo el tiempo. Pero no tengo apetito.
---- ¿Cómo te trataron?
---- Muy bien, mi amor
--- Eso esperaba.
           Cuando se alejaban de la Clínica, todo parecía diferente para Natalia y como si fuera la primera vez, observaba con detenimiento todo lo que encontraba a su paso. Veía a la gente, sentía la tibieza del sol, miraba a las nubes, escabulléndose por entre los rascacielos de Bs. As. Fernando se mostraba locuaz y atento, pero él sabía que nada sería igual para ella.
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Foto del autor NORMA ESTELA FERREYRA
Textos Publicados: 38
Miembro desde: Jan 31, 2009
2 Comentarios 911 Lecturas Favorito 0 veces
Descripción

Novela cuyo tema principal es policial y de suspenso, basado en un tringulo amoroso,El tema de la locura es central en el desarrollo de la trama.

Palabras Clave: locura- desamor-intento criminal-suspenso-

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Ficcin



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Andrea Castellano

Me encanto la historia!! sinceramente, me impresiono, me gusto la forma en que la tralatas y muy interesante la trama de la historia, felicidades Norma!! ya estare leyendo la segunda parte!
Responder
January 06, 2013
 

NORMA ESTELA FERREYRA

Andrea recien leo tu comentario y te agradezco mucho. Yo también buscaré lo que escribes y luego te comento. Te mando un abrazo
Responder
July 29, 2013

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