Sabidura popular
Publicado en Mar 21, 2011
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Jamás había sido infiel, pero para todo hay una primera vez. Eso, al menos, es lo que dicta la voz del pueblo. Por supuesto no estoy de acuerdo. Ahora mismo me vienen a la mente una veintena de cosas en las que nunca he tenido, ni tendré, ni quisiera tener, una primera vez. Confesaré, no obstante, que esa máxima de la cultura popular fue mi justificación para poder seguir mirándome la cara al espejo después de haber concertado vía telefónica aquella cita con Esther. De todos modos, la conciencia me estaba matando por tantas mentiras: mi adorada esposa pensaba que Esther y yo éramos amigos de años, pensaba que era fea como una resaca en lunes y, para peor, pensaba que ese día y a esa hora yo me dirigía todo arregladito a una entrevista de trabajo. Porque estaba desempleado. Al menos eso, lo del desempleo, era verdad.

Antes, cuando mi situación económica era buena, apenas tenía tiempo para hacerle el amor a mi mujer, y cuando lo hacíamos era rápido y mal. No hay nada más triste que una esposa mal cogida. Decía, pues, que entre la oficina y esos coitos desabridos no tenía tiempo para ninguna otra, eso sin mencionar que, en aquellos días, la mayoría de ellas ni siquiera me miraban. Supongo que para las mujeres no era sino un tipo con traje, cara de aburrido, pelusas en el ombligo y poco oxigeno en el cerebro, abotagado por la corbata. Entonces la compañía se declaró en quiebra. Quién sabe si por moda, por la recesión mundial o por los fraudes millonarios pero muchas compañías se estaban declarando en quiebra. Perdí mi empleo y aunque mi esposa trabajaba también tuvimos que rentar el departamento, que ni siquiera habíamos terminado de pagar, vender uno de los autos y mudarnos a casa de su mamá.

Ella salía a trabajar todas las mañanas. Yo me aburría tanto que me volví adicto a los programas de cocina que transmiten por televisión, a los paseos en las tardes por el parque y a las miradas de reproche de mi suegra todo el tiempo. A eso y a cogerme a mi mujer por lo menos dos y hasta cuatro veces todas las noches. Los lunes, miércoles y viernes hasta echábamos uno mañanero antes de que saliera a trabajar. El desempleo, a diferencia de lo que cualquiera podría pensar, me ponía muy caliente.

Fue en uno de los paseos por el parque cuando la conocí. Llevaba una falda larga y floreada, una blusa blanca con bordados de colores que resaltaba su aire hippie, el cabello castaño, al hombro, aretes largos y un perro de esos pequeñísimos y sin pelo que tanto asco me dan. Era muy joven. Se acercó hasta la banca dónde yo leía el periódico de la tarde y me preguntó si la fuente del parque aún funcionaba o había funcionado alguna vez. Creía que yo era alguna especie de trabajador de intendencia. Aclarado el punto nos reímos. Su risa era mágica, era todas las aves del mundo alzando el vuelo. Charlamos y paseamos a su perro hasta que comenzó a oscurecer. Hicimos lo mismo todas las tardes durante una semana. Ella me contó de sus estudios, de sus ilusiones, de su familia y de sus gustos. Yo le hablé de mi desempleo, de mi afición al buen vino y de mi feliz matrimonio. Entonces ella me dio su número. Su cabello olía a almendras. Aquella noche me cogí a mi esposa como nunca y al día siguiente llamé a Esther:

            —Hola.
            —Hola, David, ¿cómo estás?
            —Pues más o menos.
            —¿Y eso por qué?
            —Porque te extraño

Se burló de mi simpleza, pero por el tono de la voz sé cuando una mujer se siente halagada y ella lo estaba. Nos citamos a las cuatro en el café El Olivo.

Estaba nervioso. Ella lo notó y le dio risa. Sabía que era casado y no le importó, al contrario, me parecía que aquella circunstancia no constituía ningún inconveniente sino que contribuía a hacerme más apetecible. Esther me miraba con ojos pícaros y reía. Las mujeres son el diablo; entre ellas, sobre todo. Y se odian y compiten por principio. Dos cappuccinos y una dona de chocolate más tarde nos encaminamos al hotel.

            Mientras nos desnudábamos, preguntó:
            —¿Qué haría tu esposa si se enterara?
            —Me dejaría, sin duda.
            —¿Y te da miedo?
            —Por supuesto que sí, ¡amo a mi esposa! 
           
Lo peor es que era cierto. Amaba a mi esposa y no era mi culpa que fuera a serle infiel. La culpa era de los fraudes millonarios, de la crisis mundial, del desempleo, de las miradas de reproche de mi suegra, de los programas de cocina en la TV, de las mujeres que se odian entre ellas, de la puta sabiduría popular que sentencia que para todo hay una primera vez, del olor a almendras, del cabello, de la tersura de la piel, de la risa como pájaros alzando el vuelo de la mujer que no era mi mujer y que se retorcía gimiendo y sudando mientras me abrazaba y me apresaba entre sus piernas. La culpa era de todo eso que yo me repetía para aliviar mi conciencia mientras la penetraba una y otra y otra vez hasta terminar en un lento y prolongado orgasmo que nos salpicó el sexo y el alma y las ilusiones y los sueños y el tedio de todo matrimonio feliz. Sí, la culpa era de la crisis. Maldito imperio.
           
Cuando regresé a casa mi esposa me recibió con una sonrisa y una copa de vino.
            —¿Cómo te fue en la entrevista? Tienes muy buena cara.
            —Bastante bien. Ahora sólo espero que me llamen..
            Soy una mierda.

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Foto del autor Hugo David Romero
Textos Publicados: 2
Miembro desde: Mar 14, 2011
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Descripción

Palabras Clave: Infidelidad desempleo sexo mentiras imperialismo crisis econmica

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Relatos



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