Desperté esta mañana con mucha ansiedad
Publicado en Sep 20, 2009
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Desperté esta mañana con mucha ansiedad. Con una mezcla de tristeza, dolor y decepción. Abrí los ojos y sentí el frío recorriéndome. Pude percibir que no era únicamente porque el aire acondicionado había refrescado -más de lo suficiente- la habitación por la noche. No. Este frío era distinto, y se debía a la extraña combinación de sensaciones melancólicas que sentía. Y entonces lo recordé todo.
 
Juan la abrazaba -ahora- a ella, a Miranda, una de mis mejores amigas. Y ella lo gozaba. Según la chusma que había oído, se habían vuelto novios. ¡Novios! ¿Pero cómo? El me había dicho que por el momento no se quería enamorar. Y ella tenía conocimiento de cuánto había sufrido por aquel susodicho, incluso presenciado en una ocasión la cantidad de inagotables lágrimas que mis ojos derramaban. ¿Cómo era posible que fueran ahora una pareja? Ah, pero no una pareja cualquiera. Tal parecía que eran de las más orgullosas del momento.
Sentí de pronto un escalofrío cargado de celos apuñalándome por la espalda. Dos, tres, cuatro punzadas más. Pero ¿POR QUE? Era lo único en lo que podía pensar. ¿Por qué, cómo habían llegado hasta aquel nivel? ¿Por qué estaba sintiéndome celosa, si yo me había convencido de que Juan -claro estaba- no era lo que yo buscaba? Y de todos modos, ¿por qué Miranda, mi "mejor" amiga estaba con él? Ella nunca mencionó -siquiera- una simple atracción hacia él, y yo trataba de convencer a los demás (incluyéndome) que ya no, ya no estaba enamorada de él. Pero, ¿mi mero sufrimiento no le bastaba para descartarlo como un posible prospecto? Entonces, ¿¿¿por qué???
El resto de la gente parecía alegrarse de aquel feliz par que avanzaba por encima de todos, sujetándose amorosamente. Tal como él solía rodearme por la cintura, ahora lo hacía con ella; y ella lo sostenía cual cachorro desamparado a su amo, aferrándose con innegable confianza hacia su protector. Como yo tan acostumbrada estaba a hacerlo. La diferencia radicaba en que nunca nos abrazamos caminando por en medio de toda la escuela, como anunciando la prueba de un verdadero amor. En este caso, como ellos lo hacían.
 
Yo también quise alegrarme. Por lo menos, lo intenté. Me percaté entonces que la curva línea que mis labios dibujaban no era una sonrisa de felicidad. "Oh no," pensé, "Voy a llorar." Me llevé las manos a los ojos y de inmediato salí corriendo en dirección a los sanitarios. No permitiría que los tórtolos individuos me vieran sufriendo. Sufriendo por ellos. Ellos. El y ella. Juan y MIRANDA.
 
Me miré al espejo. A menudo me comentan que, usando el lenguaje corporal, expreso mis emociones con muchísima intensidad. Si estoy feliz, lo demuestro bastante; si estoy triste, también. Aunque no lo haga a propósito. ¡Y qué cierta que resultaba esa teoría! En aquel momento que me encontraba sola -de pie frente al espejo del baño de la escuela- trataba de controlarme, pero el vidrio enmarcado reflejaba todo lo contrario: Tenía la cara y ojos rojos, estos últimos preparándose para empaparse dentro de no mucho tiempo, el ceño fruncido, la boca torcida y en general una expresión de absoluta desilusión. La típica cara que pongo cada vez que rompo en llanto. "Ya vas a chillar, me dije, "¿No crees que estás exagerando? Han habido innumerables casos en los cuales chicas terminan saliendo con los exnovios de sus amigas, y nadie lo toma a mal. Además, Juan es un puerco, un inmaduro. No vale la pena romper tu amistad con Miranda. Las amigas son primero. A la larga terminará lastimándola también, y ella está consciente de ese riesgo. De todas formas sabes que Juan no es para ti. No seas tonta." Fue lo que repetía en mi mente para ver si podía aguantarme. Pero fue inútil.
Estallé inevitablemente. No había nadie y de todos modos no era la primera vez que lloraba en aquel sanitario de mi escuela secundaria. Me acomodé en un rincón del suelo, doblé las piernas de modo que mis rodillas cubrieran mi rostro, al tiempo en que me sujetaba el cabello con las manos. Ya sentada en aquella incómoda posición, lo dejé soltar todo. Quizá estaba haciendo mucho drama, pero me importaba un cacahuate. Como ya dije, involuntariamente expreso todo con exagerado detalle. Pasó un largo rato durante en el cual dejé escapar varios alaridos. Realmente estaba llorando mucho. Ni siquiera supe si alguien entró y me vio así, pero me daba igual. Si en verdad quería salir de allí, debía liberar toda la pena que sentía.
 Aunque el episodio del baño me pareció una eternidad no debió haber pasado mucho tiempo, porque cuando salí de allí todo estaba exactamente igual. Aun era receso.
 
No recuerdo con exactitud qué sucedió después, pero aparecí en un lugar que a mí me parecía tener el decorado de un bar de juegos y karaoke (no tengo idea de donde era, pero todos los chicos de mi escuela estaba ahí.) Parecía un cuarto más de la institución.
No me di cuenta de que Miranda estaba a mi lado. Me saludó como de costumbre, sin percatarse de que había estado llorando. Le devolví el saludo fingiendo una débil sonrisa. En realidad, si era posible, no deseaba que supiera el dolor que su nueva relación me causaba. Tarde o temprano tendría que acostumbrarme, así que de nada servía. Ella inició la conversación, de Juan por supuesto. Mencionó que él andaba por ahí, merodeando con sus amigos, que de cuando en cuando se daban su espacio, que ésa era la clave para que su relación funcionara, que pasara lo que pasara no dejarían de amarse, que le encantaban sus abrazos (lo mismo que a mí) entre otras cosas. Yo sólo asentí a todo, desesperanzada.
Era obvio que la hacía sumamente feliz pero ¿por qué me contaba todo eso con plena naturalidad? ¿Es que acaso no notaba mi evidente dolor? No quería que lo supiera pero, ¿ni siquiera se detenía a pensar en lo que yo pudiera estar sintiendo? Tal vez creía que lo mí con Juan era historia, caso perdido, que ya lo había superado. O quizá no le daba importancia alguna. Sí. Eso era. No hacía falta decirlo: en aquellas circunstancias yo no importaba en absoluto.
 
Miranda salió en su búsqueda.
La verdad, encontraba más placentera mi soledad que tenerla contándome las mil y ún maravillas de Juan.
Pero no pude disfrutar de mi soledad por mucho tiempo.
Un momento después, Juan vino a sentarse a mi lado. No lo miré, por supuesto, aparentando indiferencia. Lo puse a prueba: normalmente cuando pasaba esto él solía rodearme el cuello o hablarme de cualquier estupidez relacionada conmigo.
Pero esta vez fue diferente. No me rodeó el cuello ni me habló, sólo permaneció sentado.
Me sorprendí un poco y me deprimí, pero lo imité.
Estuvimos en silencio por unos minutos, sin mirarnos siquiera.
De pronto se escuchó una voz que dijo "No la lastimes," y me di cuenta de que salió de mi boca.
"Por supuesto que no," respondió él, "La estoy esperando."
Pasaron unos minutos hasta que volvió a decir, entre risas burlonas:
"Miranda... la quiero mucho"
"¿¿Por qué??" pregunté, instantáneamente.
El sólo me respondió con otra risa burlona.
¿Es que acaso su plan de salir con Miranda era para darme celos? O eso parecía. Juan era realmente inmaduro. Pero, si eso era lo que planeaba, le estaba resultando bien.
"Ella sí sabe vestirse," mencionó.
 
Me enfurecí decoraje, sumando -también- mi tristeza. Aunque, como siempre, no se lo hice saber. Ya no tenía caso pelearme con el nuevo novio de mi amiga.
"¿Sólo por eso? Vaya idiota"
"Jajaja, no te enceles..."
Para entonces los dos estábamos cara a cara, a escasos centímetros, y él no dejaba de ver mis labios. ¿Qué pretendía?
 
Y se oyó la voz de Miranda, que lo llamaba.
"Sí, desde hace rato te estoy esperando."
Ambos sonreían como si hubieran encontrado la salida en una inmensa y oscura cueva. Pareciera que yo me hubiera desvanecido en el aire.
El fue a recibirla con un fuerte abrazo de oso, de ésos que se anhelan cuando se extraña a alguien, y que se guardan en la memoria por el inigualable calor que producen. Una ternura. De ésos que sólo Juan ha podido darme. De ésos que, tal como afirmaban los hechos, ya nunca más me podría dar. Nunca más.
Y mucho menos la culminación de aquel momento, un beso que los unía demostrando así que ya nada ni nadie importaba. Ni siquiera yo, que alguna vez me consideré importante para ambos. O al menos era lo que yo quería pensar.
 
En la fusión de aquel beso, mi memoria se borró por completo. Soy capaz de recordar únicamente que ahogué un grito y cerré los ojos, con la imagen de las bocas de Juan y Miranda unidas en mi mente. Era el final. Y volví a estallar.
 
Esa es, pues, la explicación del por qué amanecí hoy en mi cama temblando, aterrorizada. Con mucha, mucha ansiedad.
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Foto del autor luzie/mindbroken.
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Descripción

Un sueño (¿pesadilla?) que quise relatar...

Palabras Clave: sueños pesadillas contigo

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Relatos



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