Cocorroto (Relato Humorístico)
Fernandito Cocorroto tenía menos luces que el sombrero de un gitano. Empleado de un Banco, donde se dedicaba a las labores de comisionista, era conocido por todos como "El Cotorruelo" de Carabanchel por lo mucho que cotorreaba de un lado para otro buscando la máxima ganancia posible y lucirse ante los ojos de Rosa "La Cupletera". Su máxima aspiración, en cuanto a lo profesional, era llegar a ser tenido en cuenta por los de "La Torrecilla", un pequeño grupo de administrativos que buscaban posicionarse en la primera línea de la burguesía dirigidos por Felipe Cocoliso, líder de las causas más estrambóticas de la barriada de Puerta Bonita, como la de querer implantar en toda ella la "Ley del Secante", la cual había presentado a la consideración de todo el grupo el aguador Agüero, que se dedicaba a la venta ambulante de aguas medicinales que, sin embargo, solamente era agua recogida del lavadero de la Marquesa de Villena que el aguador hacía pasar por milagrosa para curar los males de amor.
La "Ley del Secante" consistía en aprovechar el inmenso calor de los veranos madrileños para alquilar, a las mujeres carabancheleras, las cuerdas del tendedero del patio interior de la casa de Don Martín Rufo "El Fenicio", para que dejaran de colgar sus prendas íntimas, junto con los calzoncillos de sus maridos, en plena calle y a la vista de todos los menores de edad. Gracias a la "Ley del Secante", Felipe Cocoliso y Fernandito Cocorroto pensaban en hacer su agosto y apilar un buen puñado de billetes, mientras que Gaspar Niño, el tercero en discordia, sería el encargado de ir controlando continuamente el tiempo que cada mujer empleara en el uso de las citadas cuerdas del tendedero de "El Fenicicio". Otra cosa muy distinta era lo que pensaban las mujeres carabancheleras sobre aquella dichosa "Ley del Secante" y, como era lógico de prever, no hicieron ni puñetero caso y continuaron tendiendo sus ropas en las cuerdas que deban a las calles de la barriada que parecían, de esta manera, una verdadera "literatura de cordel". Así que el negocio se les vino abajo a Cocoliso y Cocorroto incluso antes de recoger un solo céntimo de beneficio.
En lo que no cedió Fernandito Cocorroto era en eso de seguir insistiendo en lo de enrollarse con Rosa "La Cupletera", por ver si ligaba definitivamente con ella, aun sabiendo -como toda la barriada sabía- que estaba casada y era posesión del gitanito Antón con el cual ya tenía una larga y abundante prole de churumbeles. Mas Fernandito, erre que erre, seguía insistiendo en ofrecerle su clavel diario que ella se lo aceptaba de buena gana sólo por darle un poco de palique a pesar de lo peligroso que resultaba ser aquel jueguecito. Por ello, cuando se les veía juntos en la cafetería de "Los Titos", propiedad de dos hermanos gemelos de etnia gitana, toda la chavalería de Puerta Bonita se arremolinaba en la puerta de la citada cafetería cantando lo de "¡Mataron al gitano Antón, mataron al gitano Antón, ay señores que desgracia porque al gitanito Antón to' el mundo lo camelaba poque al gitanito Antón to' el mundo lo camelaba!"; lo cual encorajinaba muchísimo a Cocorroto hasta el punto de dejar el café a medio tomar y salir en persecución de todos aquellos pequeños granujas que corrían a esconderse por los lugares más inaccesibles del barrio.
A veces a Fernandito Cocorroto le daba por ir a jugar al fútbol y entonces era una verdadera risión popular verle deambular por el terreno de juego sin saber qué espacio ocupar para tocar de vez en cuando el balón. Carente de suficiente fuerza física y exento de toda clase de técnica futbolera, era un verdadero espectáculo circense verle dar piruetas de saltimbanqui cuando lograba, de casualidad y más por fallo de algún defensa que por mérito suyo, marcar un gol. Fuera de sí por tal casualidad que le llegaba como caída del cielo, realizaba tal rito de piruetas y morisquetas que las carcajadas de los espectadores eran tan estruendosas que hasta las mujeres preguntaban qué había sucedido. Una vez enteradas del asunto también ellas soltaban carcajadas.
Así que pasaban los días, los meses y hasta los años, y Rosa "La Cupletera" contiinuaba despertando intereses ocultos en "El Cotorruelo" quien, sin resignarse nunca jamás, creía que estaba despertando los sentimientos amorosos de "La Cupletera" la cual, sin embargo, estaba muy lejos de ellos y se encontraba muy a gusto tomando copas que le salían gratuitas mientras seguía cantando sus coplas en la puerta del Mercado Municipal. Y entre copas y coplas la fama de Cocorroto se extendía por todo Carabanchel mientras se hablaba, a sus espaldas, cosas del "quiero y no puedo" y de "debería olvidar lo que siento porque resulta imposible"; pero estaba demostrado, una vez más, que Fernandito Cocorroto tenía menos luces que el sombrero de un gitano.
Un día se planteó la cuestión en una asamblea general de todos los componentes de "La Torrecilla". ¿Interesaba o no interesaba a todo el grupo aquella especie de delirio que tanto atacaba a la personalidad de Cocorroto y que podía poner en peligro la fama alcanzada por "La Torrecilla" entre las gentes carabancheleras? La cuestión, planteada a lo vivo y sin cortapisa alguna por parte de Felipe Cocoliso, suscitó un enconado debate y, al final del mismo, como consecuencia del alboroto interminable, fue el mismo Felipe Cocoliso quien decidió que se votara a mano alzada si era necesario expulsar a Cocorroto o no expulsarle. Así que, ante el asombro de aquel llamado "Cotorruelo" que pensaba que todos sus camaradas le querían de verdad, ocurrió que por amplísima diferencia el resultado era de expulsarle del grupo; lo cual no sirvió para otra cosa sino para que Fernandito Cocorroto decidiera alistarse en las filas de la panda rival, "Los Justos", que estaban comenzando a tener mucho más poder que los de "La Torrecilla" ya muy desgastados por sus luchas internas que no daban mucho ejemplo a los jovenzuelos y jovenzuelas que decidían unirse a "Los Justos" ante el desagrado de los mayores que veían cómo la juventud abandonaba lo que ellos tanto habían estado respetando.
Y así las cosas, a "La Cupletera" le dio por poner otra vez de moda lo de "¡Será una rosa, será un clavel, el mes de mayo te lo diré!". Pero siempre que llegaba el mes de mayo, ante la estupefacción general, Rosa seguía con su labor de sacarle copa tras copa a Cocorroto sin darle más esperanzas que unas tiernas pero fingidas miradas que el entendía como posibilidades más o menos remotas. A todo esto el desconcierto general fue ya mayúsculo cuando vieron cómo Martín Rufo "El Fenicio", entendiendo que nunca iba a prosperar si seguía con su negocio de chamarilero, decidió emigrar a La Haya. La noticia se regó por toda la barriada y en todas partes se hablaba de si "El Fenicio" había perdido el juicio o se había dado cuenta de su triste realidad.
La triste realidad era que las gentes carabancheleras seguían apretándose el cinturón, cada año más, pero cada vez el futuro estaba menos claro. Incluso se llegó a pedir amnistía general para todos los encarcelados en la Prisión Provincial pero no por tener simpatías con ellos sino por tener algo interesante de lo que poder hablar. Por supuesto que las autoridades se negaron a llevar a cabo dicha petición y todos los de la barriada de Puerta Bonita debieron volver a conformarse con hablar de los funestos amoríos de Fernandito Cocorroto que ahora andaba bastante mucho más mustio y ya no deseaba volver a jugar ningún partido de fútbol. Se le estaban quitando incluso las ganas de ir de un lado para otro cotorreando, porque en las filas de "Los Justos" le habían advertido que no estaban dispuestos a ser "carne de cañón" de burlas vecinales; así que "El Cotorruelo" de Puerta Bonita terminò por decidirse y hablar claro con Rosa. Entonces fue cuando se dio cuenta de todo el engaño a que ésta le había estado sometiendo y ya no supo qué hacer con el clavel.
La "Ley del Secante" consistía en aprovechar el inmenso calor de los veranos madrileños para alquilar, a las mujeres carabancheleras, las cuerdas del tendedero del patio interior de la casa de Don Martín Rufo "El Fenicio", para que dejaran de colgar sus prendas íntimas, junto con los calzoncillos de sus maridos, en plena calle y a la vista de todos los menores de edad. Gracias a la "Ley del Secante", Felipe Cocoliso y Fernandito Cocorroto pensaban en hacer su agosto y apilar un buen puñado de billetes, mientras que Gaspar Niño, el tercero en discordia, sería el encargado de ir controlando continuamente el tiempo que cada mujer empleara en el uso de las citadas cuerdas del tendedero de "El Fenicicio". Otra cosa muy distinta era lo que pensaban las mujeres carabancheleras sobre aquella dichosa "Ley del Secante" y, como era lógico de prever, no hicieron ni puñetero caso y continuaron tendiendo sus ropas en las cuerdas que deban a las calles de la barriada que parecían, de esta manera, una verdadera "literatura de cordel". Así que el negocio se les vino abajo a Cocoliso y Cocorroto incluso antes de recoger un solo céntimo de beneficio.
En lo que no cedió Fernandito Cocorroto era en eso de seguir insistiendo en lo de enrollarse con Rosa "La Cupletera", por ver si ligaba definitivamente con ella, aun sabiendo -como toda la barriada sabía- que estaba casada y era posesión del gitanito Antón con el cual ya tenía una larga y abundante prole de churumbeles. Mas Fernandito, erre que erre, seguía insistiendo en ofrecerle su clavel diario que ella se lo aceptaba de buena gana sólo por darle un poco de palique a pesar de lo peligroso que resultaba ser aquel jueguecito. Por ello, cuando se les veía juntos en la cafetería de "Los Titos", propiedad de dos hermanos gemelos de etnia gitana, toda la chavalería de Puerta Bonita se arremolinaba en la puerta de la citada cafetería cantando lo de "¡Mataron al gitano Antón, mataron al gitano Antón, ay señores que desgracia porque al gitanito Antón to' el mundo lo camelaba poque al gitanito Antón to' el mundo lo camelaba!"; lo cual encorajinaba muchísimo a Cocorroto hasta el punto de dejar el café a medio tomar y salir en persecución de todos aquellos pequeños granujas que corrían a esconderse por los lugares más inaccesibles del barrio.
A veces a Fernandito Cocorroto le daba por ir a jugar al fútbol y entonces era una verdadera risión popular verle deambular por el terreno de juego sin saber qué espacio ocupar para tocar de vez en cuando el balón. Carente de suficiente fuerza física y exento de toda clase de técnica futbolera, era un verdadero espectáculo circense verle dar piruetas de saltimbanqui cuando lograba, de casualidad y más por fallo de algún defensa que por mérito suyo, marcar un gol. Fuera de sí por tal casualidad que le llegaba como caída del cielo, realizaba tal rito de piruetas y morisquetas que las carcajadas de los espectadores eran tan estruendosas que hasta las mujeres preguntaban qué había sucedido. Una vez enteradas del asunto también ellas soltaban carcajadas.
Así que pasaban los días, los meses y hasta los años, y Rosa "La Cupletera" contiinuaba despertando intereses ocultos en "El Cotorruelo" quien, sin resignarse nunca jamás, creía que estaba despertando los sentimientos amorosos de "La Cupletera" la cual, sin embargo, estaba muy lejos de ellos y se encontraba muy a gusto tomando copas que le salían gratuitas mientras seguía cantando sus coplas en la puerta del Mercado Municipal. Y entre copas y coplas la fama de Cocorroto se extendía por todo Carabanchel mientras se hablaba, a sus espaldas, cosas del "quiero y no puedo" y de "debería olvidar lo que siento porque resulta imposible"; pero estaba demostrado, una vez más, que Fernandito Cocorroto tenía menos luces que el sombrero de un gitano.
Un día se planteó la cuestión en una asamblea general de todos los componentes de "La Torrecilla". ¿Interesaba o no interesaba a todo el grupo aquella especie de delirio que tanto atacaba a la personalidad de Cocorroto y que podía poner en peligro la fama alcanzada por "La Torrecilla" entre las gentes carabancheleras? La cuestión, planteada a lo vivo y sin cortapisa alguna por parte de Felipe Cocoliso, suscitó un enconado debate y, al final del mismo, como consecuencia del alboroto interminable, fue el mismo Felipe Cocoliso quien decidió que se votara a mano alzada si era necesario expulsar a Cocorroto o no expulsarle. Así que, ante el asombro de aquel llamado "Cotorruelo" que pensaba que todos sus camaradas le querían de verdad, ocurrió que por amplísima diferencia el resultado era de expulsarle del grupo; lo cual no sirvió para otra cosa sino para que Fernandito Cocorroto decidiera alistarse en las filas de la panda rival, "Los Justos", que estaban comenzando a tener mucho más poder que los de "La Torrecilla" ya muy desgastados por sus luchas internas que no daban mucho ejemplo a los jovenzuelos y jovenzuelas que decidían unirse a "Los Justos" ante el desagrado de los mayores que veían cómo la juventud abandonaba lo que ellos tanto habían estado respetando.
Y así las cosas, a "La Cupletera" le dio por poner otra vez de moda lo de "¡Será una rosa, será un clavel, el mes de mayo te lo diré!". Pero siempre que llegaba el mes de mayo, ante la estupefacción general, Rosa seguía con su labor de sacarle copa tras copa a Cocorroto sin darle más esperanzas que unas tiernas pero fingidas miradas que el entendía como posibilidades más o menos remotas. A todo esto el desconcierto general fue ya mayúsculo cuando vieron cómo Martín Rufo "El Fenicio", entendiendo que nunca iba a prosperar si seguía con su negocio de chamarilero, decidió emigrar a La Haya. La noticia se regó por toda la barriada y en todas partes se hablaba de si "El Fenicio" había perdido el juicio o se había dado cuenta de su triste realidad.
La triste realidad era que las gentes carabancheleras seguían apretándose el cinturón, cada año más, pero cada vez el futuro estaba menos claro. Incluso se llegó a pedir amnistía general para todos los encarcelados en la Prisión Provincial pero no por tener simpatías con ellos sino por tener algo interesante de lo que poder hablar. Por supuesto que las autoridades se negaron a llevar a cabo dicha petición y todos los de la barriada de Puerta Bonita debieron volver a conformarse con hablar de los funestos amoríos de Fernandito Cocorroto que ahora andaba bastante mucho más mustio y ya no deseaba volver a jugar ningún partido de fútbol. Se le estaban quitando incluso las ganas de ir de un lado para otro cotorreando, porque en las filas de "Los Justos" le habían advertido que no estaban dispuestos a ser "carne de cañón" de burlas vecinales; así que "El Cotorruelo" de Puerta Bonita terminò por decidirse y hablar claro con Rosa. Entonces fue cuando se dio cuenta de todo el engaño a que ésta le había estado sometiendo y ya no supo qué hacer con el clavel.
3530


Cargando comentarios...