Los campos malditos,
 con dificultad,
ahondan sus raíces
en el candor de la tierra
que le ha dejado el tiempo.
Extienden sus verdes ramas
en busca de un rayo de sol
que le permita volver
al origen del que nunca
debieron olvidar.
Sin causa escrita son aniquilados
en tropas de fusilamiento
por una sentencia a muerte dictada
por la ciencia del engaño.
Los campos  se ahogan
tras la niebla propia
 de las urbes y calaveras;
se reúnen para la batalla,
no tienen oxígeno para destilar
la furia concentrada
desde hace siglos.
Callan bajo el silencio
de terror y desconsuelo
roto por la melodía
de los insectos moribundos
tras la plaga del humano.
La metamorfosis de los campos
se acelera mientras lloran estaño,
no hay aliento que les sostenga
en el espanto desdeñado
y engreído de la inteligencia.
Tan solo quedan
en los campos
los sonidos de un espectro
que deambula de madrugada
con temor *enlagrimado.

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