Camión: 15 años despues
Después de 15 años subí de nuevo a un camión en la ciudad de Mérida, para mi sorpresa fue una sorpresa llena de matices contrarios a lo que pensaba, mi peregrinar se acompañó de un toque de entusiasmo, curiosidad y aventura.
Salí de casa muy temprano rumbo al servicio mecánico, la camioneta necesitaba un maquillaje preventivo, ya saben, algo así como el retoque que las mujeres nos damos cuando existe la probabilidad de encontrarse con alguien que ponga atención a nuestro cuidado exterior.
Sabía lo que me podía deparar, así que a diferencia de otros días donde cargo con dos bolsas y toda una casa dentro del automóvil, me fui ligera de equipaje con zapatos cómodos y una vestimenta propia para recibir - sin daño- los rayos del sol. Esa fue una de mis primeras sorpresas, el notar como esos objetos tan “indispensables” no necesariamente lo son.
Al llegar al servicio fui en exceso puntual, creo que un exceso de puntualidad es cuando llegas treinta minutos antes, mi nueva sorpresa fue encontrarme con un trabajador del Servicio tan puntual como yo, y con la disposición a trabajar sin que su jornada aun estuviera activa, me encanta ver ese tipo de personas en mi Yucatán y en México, sobre todo cuando corre el rumor de que en México la pereza laboral no es un pecado capital. Al termino de los tramites e incluso aceptar un paquete de ultramaquilaje; Francisco, un nombre muy delatador de su visa Mexicana, me ofreció llamar a un taxi, sin embargo le dije que no, que pasarían por mí y sin duda lo harían, no sabía cómo, ni a qué hora, ni con que rumbo, pero seguramente el camión pasaría por mí.
Así que, cruce la calle, sentí el viento de los carros que pasaban a un lado de mí y camine con la precaución de esquivarlos, no caer y estar al pendiente de la llegada de mi trasporte elegido.
Pocos minutos espere, paso de inmediato un camión tan amarillo como la mostaza, al cual subí y con mis diez pesos por delante –si algo recordaba del pasado es el famoso letrero de “Favor de pagar con moneda fraccionaria”- recibí tres pesos de cambio y forzada por mi ignorancia en el tema me apresure a preguntarle al conductor, si pasaba cerca del centro comercial cercano a mi destino, la comunicación entre él y yo fue un poco tartamuda, yo trate de explicarme y el de explicarse, finalmente ambos nos entendimos.
Aborde y tome asiento, y empezó el avance, calles nuevas, calles saltarinas, embotellamientos, personas que subían y bajaba, tiempo pasando, yo y mi lectura, yo y con mis ojos inquietos, la frenada súbita y las manos de varios pasajeros dominando la inercia. Cerca de mi destino y después de la solidaria resistencia a la inercia; me animo a socializar mis preguntas y después de tan exactas y claras indicaciones, veo que mi destino puede cambiar e incluso volverse más adecuado a mis metas, así que cambio el plan y mantengo la inquietud de comunicarme con el amable chofer, quien sospechaba estaba al pendiente de mí, sospecha totalmente cierta. Pues mi cómplice del volante al llegar a mi destino iniciar, sube la vista al retrovisor me busca con la mirada, se sorprende y respeta mis ademanes que le indicaban que mis planes habían cambiado. Llego a mi nuevo destino, bajo con rapidez, pues yo bajaba y un peregrino subía, el movimiento fue más rápido que mi amabilidad natural –la cual se motiva bajo la creencia de que los actos amables son espiralicos- sin embargo, resistí el atropello de la prisa y al caminar un poco y colocarme en la visual del hombre del volante, nuevamente le envié un ademan de complicidad agradeciéndole ser el piloto de mi peregrinar.
Por cotidiana que resulte esta experiencia para muchas personas, confieso que tengo aroma a posibilidad, posibilidad de cuestionar mis métodos de viaje, mis cargas, mis metas establecidas, posibilidad de volver a peregrinar.
Salí de casa muy temprano rumbo al servicio mecánico, la camioneta necesitaba un maquillaje preventivo, ya saben, algo así como el retoque que las mujeres nos damos cuando existe la probabilidad de encontrarse con alguien que ponga atención a nuestro cuidado exterior.
Sabía lo que me podía deparar, así que a diferencia de otros días donde cargo con dos bolsas y toda una casa dentro del automóvil, me fui ligera de equipaje con zapatos cómodos y una vestimenta propia para recibir - sin daño- los rayos del sol. Esa fue una de mis primeras sorpresas, el notar como esos objetos tan “indispensables” no necesariamente lo son.
Al llegar al servicio fui en exceso puntual, creo que un exceso de puntualidad es cuando llegas treinta minutos antes, mi nueva sorpresa fue encontrarme con un trabajador del Servicio tan puntual como yo, y con la disposición a trabajar sin que su jornada aun estuviera activa, me encanta ver ese tipo de personas en mi Yucatán y en México, sobre todo cuando corre el rumor de que en México la pereza laboral no es un pecado capital. Al termino de los tramites e incluso aceptar un paquete de ultramaquilaje; Francisco, un nombre muy delatador de su visa Mexicana, me ofreció llamar a un taxi, sin embargo le dije que no, que pasarían por mí y sin duda lo harían, no sabía cómo, ni a qué hora, ni con que rumbo, pero seguramente el camión pasaría por mí.
Así que, cruce la calle, sentí el viento de los carros que pasaban a un lado de mí y camine con la precaución de esquivarlos, no caer y estar al pendiente de la llegada de mi trasporte elegido.
Pocos minutos espere, paso de inmediato un camión tan amarillo como la mostaza, al cual subí y con mis diez pesos por delante –si algo recordaba del pasado es el famoso letrero de “Favor de pagar con moneda fraccionaria”- recibí tres pesos de cambio y forzada por mi ignorancia en el tema me apresure a preguntarle al conductor, si pasaba cerca del centro comercial cercano a mi destino, la comunicación entre él y yo fue un poco tartamuda, yo trate de explicarme y el de explicarse, finalmente ambos nos entendimos.
Aborde y tome asiento, y empezó el avance, calles nuevas, calles saltarinas, embotellamientos, personas que subían y bajaba, tiempo pasando, yo y mi lectura, yo y con mis ojos inquietos, la frenada súbita y las manos de varios pasajeros dominando la inercia. Cerca de mi destino y después de la solidaria resistencia a la inercia; me animo a socializar mis preguntas y después de tan exactas y claras indicaciones, veo que mi destino puede cambiar e incluso volverse más adecuado a mis metas, así que cambio el plan y mantengo la inquietud de comunicarme con el amable chofer, quien sospechaba estaba al pendiente de mí, sospecha totalmente cierta. Pues mi cómplice del volante al llegar a mi destino iniciar, sube la vista al retrovisor me busca con la mirada, se sorprende y respeta mis ademanes que le indicaban que mis planes habían cambiado. Llego a mi nuevo destino, bajo con rapidez, pues yo bajaba y un peregrino subía, el movimiento fue más rápido que mi amabilidad natural –la cual se motiva bajo la creencia de que los actos amables son espiralicos- sin embargo, resistí el atropello de la prisa y al caminar un poco y colocarme en la visual del hombre del volante, nuevamente le envié un ademan de complicidad agradeciéndole ser el piloto de mi peregrinar.
Por cotidiana que resulte esta experiencia para muchas personas, confieso que tengo aroma a posibilidad, posibilidad de cuestionar mis métodos de viaje, mis cargas, mis metas establecidas, posibilidad de volver a peregrinar.
550


Cargando comentarios...