Era un lunes por la mañana...

El sargento pregonó:
¡Rectos!, ¡Firmes!, ¡En posición!
Y por tal reclamación de
aquella llamada de atención...
El ojo vio, el oído escucho,
la nariz olfateó, la boca gustó,
y la piel sintió.


Inmóviles y hartos de lo mismo,
confiando en sus aliados,
conspiraron contra el malvado
causante de su desagrado.


Pidieron ayuda a los exiliados,
cuya madre crió vanidosos.
De repente, las grises se marcharon,
el amarillo se ensancho,
los verdes comenzaron a danzar,
el viento sopló y el agua se le aferró.


El sargento bendecido por sensatez
desde la concepción,
haciendo valer su honradez
comprendió su rendición.
No sin antes retirarse,
ordenó a los pies,
uno a uno apartarse.


Entonces, en conjunción, se acordó que...
La música se observara,
que el paisaje se escuchara,
que el aroma de de la briza gustara,
que la piel respirara,
y que  el sabor de la vida se sintiera.


Un paso más adelante,  de buena gana,
y con una sonrisa dibujada,
Di inicio... a mi jornada...

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