El destino de estos versos,
de afanoso homenaje,
pretenden retornarte
cuanto menos un ápice,
del placer y gozo,
que suscitas al brindarte.

Victimado, al cabo de instantes,
niegas tu dolor, originado por el ardor
y lo transformas en una especie de amor,
obsequio para tu catador, 
quien esculpe tu arte humeante
en aquellos espacios errantes,
refugios de su melancolía.
 
Condecoro así, tu belleza,
tu simpleza, tu linaje,
tu arte, tu provocación,
tu invención, tu bondad;
Con ceremonia digna,
desde el inicio de tu muerte,
hasta el fin renaciente,
en la naturaleza de tu Madre,
y por sabiduría de tu Padre.
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