La noche cae sobre nosotros,
el cielo se oscurece
y las nubes
apagan las estrellas.
Hace frío,
es invierno,
y las luces cálidas de la ciudad
nos envuelven
como un manto dorado.
Mis mejillas se enrojecen,
primero por el frío,
y mi aliento
se vuelve bruma
entre nosotros.
Caminamos,
un poco lejos del mundo,
un poco dentro de él,
perdidos
y presentes a la vez.
Las conversaciones fluyen
como mares calmos,
donde navegamos
sin miedo,
sin destino.
Estás frente a mí,
sentado.
Yo me quedo de pie,
como si así pudiera
domar la ansiedad.
Hacés un chiste,
sonrío,
y entonces…
el silencio.
Un cruce de miradas
donde todo habla
y nada se dice.
Solo la noche,
los pájaros,
algún auto lejano.
Me sonrojo otra vez,
ya no por el frío.
Te miro
y siento
que podés escuchar
todo lo que callo.
Te grito en silencio:
besame.
Pero no lo hacés.
Desviás la mirada,
y yo me quedo
en la fantasía
donde sí.
Donde me besás,
y el mundo cambia de color,
y las farolas estallan
por la fuerzade lo que sentimos.
Pero no.
Llegamos a las escaleras,
y el momento
de irme
llega con nosotros.
Pienso que tal vez
esta vez…
pero no.
Ni vos,
ni yo.
Es más fácil así:
seguir fingiendo
que no queremos lo mismo,
seguir diciendo
“amigos”,
y nunca
decir
nada más.
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