Y así empieza el ritual cotidiano: entro al baño, enciendo la luz, cierro la puerta y me saco la polera. Veo mi torso reflejado: de frente, de perfil, de espalda, y otra vez. Por momentos creo que podría ser galán de teleserie, pero la mayoría de las veces pienso que debería dejar de ser tan tacaño y pagarme el gimnasio. Luego recuerdo que vivo en el tercer país más obeso del mundo. Me pongo la polera, apago la luz y salgo del baño, sonriente. Tan mal no estoy.
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