¿A dónde viajo?... ¿por qué lo hago?

¿Viajo a algún lugar que me aporta algo pero sé que es lo que en verdad me aporta?, ¿Sé que lo que quiero está dónde voy? Y s i no lo sé… ¿por qué estoy yendo?. Porque si no viajo me quedo, y acá no vivo.

Después de reflexionar  preparé mis cosas y me puse en marcha. Al salir, encontré una multitud de gente movilizándose y los seguí. Me contaron que se dirigían al lugar más bello del mundo pero todos me dieron una descripción distinta de él. -¿y si todos se equivocan? – Pensé -¿y si mi lugar está en otra dirección? - Decidí separarme del grupo y empecé un largo viaje.

Después de un tiempo vi un hermoso paisaje montañoso, cubierto de nieve, un pequeño río atravesaba el prado apenas  quebrantando el gran silencio que reinaba en el lugar. –Podría ser un buen lugar –pensé. Decidí quedarme.

Durante meses disfruté de la plena tranquilidad, por la mañana salía a dar un paseo, al caer la tarde, encendía el fuego y me dedicaba a leer.  

Pase mucho tiempo así, embebido en la plena calma, realmente disfrutaba de eso pero a su vez me sentía vacío, la monotonía comenzó a hostigarme, la nieve cada vez parecía más blanca; el frío más duro; el silencio, más ausente.

Decidí ir en busca de algo, sabía que había algo más afuera para mí.  

Caminé durante un tiempo hasta que encontré un denso pantano  con una turbia oscuridad. Me basto con asomarme a una pequeña entrada entre la maleza para convencerme, no dude ni un segundo, claramente ese no era mi lugar, no podría durar un día allí. Giré mi vista y seguí mi viaje.

Camine durante meses sin ninguna esperanza hasta que llegue a una hermosa playa. La arena era blanca como la sal y el agua, cristalina como el vidrio. Me acerque a la orilla descalzo y, luego de que la marea me diera la bienvenida, decidí quedarme.  Pasaron años en los que cada mañana, antes de saludar al mar, agradecía al universo por haberme llevado hasta mi playa.  Algunos días decidía darme un baño y visitar  a las criaturas que vivían en el arrecife, otros, prefería quedarme  y disfrutar del Sol. A veces mi instinto aventurero era saciado por largas caminatas de exploración, otras, el mar se encargaba de traerme alguna sorpresa. Hasta que un día la sorpresa vino de otra parte.

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Una mañana un joven llegó a mi playa y luego de un par de comentarios de cortesía decidió quedarse.  No voy a mentir, realmente era un ser agradable,  pero  deseé que nunca hubiera llegado. Luego de un tiempo las cosas ya no se sentían igual. Ya no éramos solo el mar y yo disfrutando de nuestra compañía, los regalos que las mañanas traían ya no eran para mí, el Sol ya no me saludaba como antes. Esa ya no era mi playa, ahora era nuestra. El lugar único que tanto busqué ya no estaba allí .  Con un gran dolor levanté mis cosas y me marché.

Quizás yo soy el equivocado, debería ir a donde todos iban. No va a ser ese lugar mágico que estoy empecinado en encontrar pero al menos no volveré a sufrir esta gran tristeza, no volveré a sufrir la desilusión de volver a la nada.

Comencé el camino de regreso, que ahora parecía más largo que antes.

Volví a la montaña. Allí vivía un niño totalmente agradecido de haberla encontrado, un niño que disfrutaba del frío y se divertía enormemente al jugar con la nieve.

También pase por ese desolado pantano, el cual ya no parecía tan desolado: justo en el centro, entre tanto barro, había una pequeña y cálida casa. Me generó intriga así que me acerqué para ver quien vivía ahí. Un joven salió por la puerta. Relató que aprendió a trabajar con el barro, con el construyó su casa  y  se pasa el tiempo haciendo hermosas esculturas.

He realizado un círculo y llegué nuevamente al principio.

¿Qué es lo que hay mal en mí? ¿Cómo puede ser que pase por los mismos lugares que ellos y no pude ver lo que vieron? -No logro encontrar las respuestas, pero sí estoy seguro de algo: quiero ser feliz como el  joven con el barro, quiero ser feliz como el niño con la nieve y esa felicidad no la voy a encontrar a donde voy. Entonces… -¿A dónde viajo?

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